Bibliografía La Revolución Francesa y la Guerra de Independencia Americana






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La revolución francesa

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La guerra de Independencia americana

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Índice:

  1. La Revolución Francesa

  • Los antecedentes

  • Los hechos

  • Las consecuencias

  1. La Guerra de Independencia Americana

  • Los antecedentes

  • Los hechos

  • Las consecuencias

  1. Diferencias entre las dos revoluciones

  2. Bibliografía



La Revolución Francesa y la Guerra de Independencia Americana

  1. La Revolución Francesa

  • Los antecedentes:

La Revolución que estalló en Francia hacia 1787 forma parte del gran movimiento revolucionario que alcanzó a todo el Occidente. Fue de la misma naturaleza que las restantes, aunque mucho más intensa. Esta diferencia cuantitativa se basa en dos hechos fundamentales: el lugar ocupado por Francia durante el siglo XVIII en el concierto de las naciones europeas y extraeuropeas, y las relaciones de las clases sociales francesas entre ellas.

Por su superficie, Francia era mucho más extensa que cualquiera de los restantes países alcanzados anteriormente por la revolución, exceptuando a los Estados Unidos; además, los superaba a todos, y con bastante diferencia, por su población. Según parece, en 1789 Francia tenía un exceso de población, lo cual serviría para explicar el hecho de que la revolución tomara allí el cariz de una auténtica “revuelta del hambre”.

Las rentas del Estado, aun cuando su insuficiencia fuese una de las causas de la Revolución, eran más importantes que las del reino de Gran Bretaña, el doble que las de los Estados de la Casa de Habsburgo, el triple que las de Prusia, Rusia, Provincias Unidas o España, y veinticinco veces superior a las de los Estados Unidos. En el terreno intelectual, la preponderancia de Francia en Occidente era abrumadora, la mayoría de los “filósofos” del siglo XVIII habían escrito sus obras en francés, y la lengua francesa era, en aquella época, la lengua universal.

En cambio, la situación que ocupaban en el Estado la burguesía y el campesinado no correspondía a la función económica ni a la fuerza real de estas dos clases sociales. Mientras que la burguesía, desde principios del siglo XVIII, había ido aumentando incesantemente en número y riqueza, era, en cambio, cada vez más postergada de las funciones públicas importantes. Mientras que en el siglo XVII la burguesía había suministrado al Estado ministros de la talla de Colbert, multitud de intendentes, muchos magistrados en los Parlamentos, oficiales al ejército y a la marina y prelados a la Iglesia, en el siglo XVIII todos estos puestos eran reservados a la nobleza; en el último lugar, las reformas efectuadas por el conde de Saint-Germain en el ejército y las de Sartine en la marina habían concedido prácticamente a la nobleza el monopolio de todas las graduaciones. No cabe duda de que la burguesía podía conseguir que le fueran otorgadas ejecutorias a la nobleza, lo cual procuraba siempre comprando cargos que llevaban anejas tales condiciones; pero al hacer esto desviaba del comercio y de la industria capitales que hubiesen podido utilizar para tales fines, lo cual retrasaba el desarrollo económico de Francia, y la burguesía era consciente de tal consecuencia. La situación de la burguesía francesa era, pues, muy distinta a la de la burguesía británica, que participaba ampliamente en el gobierno y en la mayor parte de las funciones estatales desde 1640, y aún era peor en comparación con las posiciones que ocupaban ya las burguesías americana y holandesa. La burguesía francesa estaba, más que cualquier otra, animada por el violento deseo de hacerse con el poder, costara lo que costara.

Si la nobleza tendía a monopolizar los cargos, ello se debía a que, durante el siglo XVIII le resultaba cada vez más difícil vivir de sus rentas, debido al alza constante de los precios desde 1730. Para acrecentar sus rentas, esta clase procedió también entonces a efectuar frecuentes cambios de los “terrenos” y exigió con mayor aspereza que nunca las rentas feudales que se le adeudaban. La reacción aristocrática, general en Occidente, se caracterizó en Francia por una reacción “feudal” particularmente aguda. Los campesinos, que soportaban el peso principal de tales cargas, eran los más oprimidos. Además, la intensidad del incremento poblacional originó entre los campesinos “un hambre de tierras” difícil de satisfacer precisamente en el momento en que los señores, cuando se procedía a repartir las tierras comunales, se hacían atribuir el tercio de las mismas y, para aumentar sus rentas sobre las tierras, tendían a agrupar sus propiedades en “grandes fincas”. Así pues, burgueses y campesinos franceses, esgrimiendo diferentes motivos de queja, sentían un odio parecido contra la nobleza y, en general, se coligarán contra ella: esta unión es la característica específica de la Revolución francesa, y la que explica sus éxitos iniciales, su extensión, profundidad y solidez.


  • Los hechos:

1789 es la fecha en la cual, tradicionalmente, los historiadores sitúan el comienzo de la Revolución francesa. De hecho, ésta había empezado dos años antes, aunque con la apariencia de una revuelta de los “cuerpos constituidos”, muy parecida a la de los cuerpos aristocráticos americanos, irlandeses, holandeses o belgas.

Desde 1789, en Francia, la Revolución va a superar esta fase. Mientras que la oposición aristocrática al gobierno se desune y debilita, es sustituida por una revuelta de la burguesía, rápidamente apoyada por una gigantesca oposición campesina. La unión momentánea de estos tres grandes movimientos, a principios de agosto de este mismo año, dará por resultado el hundimiento del Antiguo Régimen y la proclamación de los principios sobre los cuáles habrá de fundamentarse no sólo el nuevo régimen de Francia, sino también el de toda la Europa moderna. Así, la Revolución iba a ser, en Francia, y en 1789, infinitamente más radical que en los demás países y mucho más pródiga en consecuencias duraderas.

El año 1789 empezó con la organización de las elecciones a los Estados Generales, cuyas modalidades fueron fijadas por el reglamento del 29 de enero. El derecho al voto era muy amplio, pues bastaba tener veinticinco años y figurar en la lista de contribuyentes. No se exigía condición alguna de riqueza para la elegibilidad. Sin embargo, el sufragio para los diputados del Tercer Estado comportaba diversos grados. Los electores debían confiar a sus representantes cuadernos en los cuales expondrían sus “quejas”. Las elecciones y la redacción de los cuadernos se llevaron a cabo con la más absoluta libertad. En los cuadernos de las parroquias y, principalmente en los “cuadernos generales”, la burguesía pudo, gracias a su influencia, lograr la inscripción de sus reivindicaciones esenciales: voto de una constitución y supresión de los privilegios; en algunos de ellos se solicitaba también el liberalismo económico. La forma monárquica de gobierno no era discutida por nadie. Pero en los 40.000 cuadernos redactados por las asambleas primarias se encuentran las quejas unánimes de los campesinos contra el régimen feudal francés.

Las elecciones y la redacción de los cuadernos mantuvieron la agitación. La crisis económica, la peor que Francia había conocido desde hacía medio siglo, imponía, por otra parte, la realidad de sus miserias. Un violento motín estalló en el arrabal Saint-Antoine de París el 28 de abril. También en las provincias menudeaban los alborotos más o menos virulentos, débilmente reprimidas por las fuerzas armadas, víctimas también de la crisis.

No parece que estos desórdenes repercutieran sobre las elecciones. Los diputados fueron exclusivamente miembros del clero, de la nobleza y de la burguesía; entre los de esta última, los “hombres de las leyes” formaban una amplia mayoría.la diputación de la nobleza contaba entre sus miembros algunos nobles “liberales”, tales como La Fayette. Otro noble, conocido por su vida agitada y por sus punzantes libelos, el conde de Mirabeau, había sido elegido por el Tercer Estado de Aix-en-Provence. Destacaban también el abate Sieyès, elegido por el Tercer Estado de París, cuyo folleto titulado ¿Qué es el Tercer Estado? Acababa de elevarle a la celebridad; y el obispo de Autun, el cínico de Talleyrand. Muy pocos diputados del Tercer Estado eran conocidos fuera de sus respectivas provincias. No hubo ni un solo campesino, ni un solo artesano, que fuese elegido para ser diputado en los Estados Generales.

El 5 de Mayo de 1789, los Estados Generales fueron inaugurados solemnemente por el rey de Versalles. Desde el principio se trabó un largo debate que, en apariencia, se refería al procedimiento, pero que de hecho comprometía la existencia y la eficacia de los Estados Generales. Ante la negativa de los estamentos privilegiados a renunciar a sus prerrogativas, los diputados del Tercer Estado consideraron que ellos representaban el 98 por ciento de la nación y declararon, el 17 de Junio, que se constituían en “Asamblea Nacional”. Atribuyéndose en seguida la aprobación de los impuestos, confirmaron provisionalmente los que ya existían: era una advertencia en el sentido de que si el rey o los privilegiados no admitían sus proyectos podrían, tomando como ejemplo a los patriotas belgas, proclamar la huelga del impuesto, amenaza verdaderamente grave para el gobierno real y absolutista.

No obstante, Luis XVI, aleccionado por su séquito, decidió anular por la fuerza las decisiones del Tercer Estado. El 20 de Junio ordenó la clausura de la sala de reuniones. Los diputados se dirigieron entonces al llamado Salón del Juego de la Pelota –estancia que servía para el recreo de los artesanos-, en la cual, y por iniciativa de Mounier, prestaron, en medio del entusiasmo casi unánime de los allí congregados, el juramento solemne de “nunca separarse jamás y reunirse en todos los lugares que las circunstancias exigiesen, hasta que la constitución fuese establecida y asegurada sobre fundamentos sólidos”.

Luis XVI pareció transigir. Permitió que el clero y los nobles liberales se uniesen a los “comunes” e incluso, el 27 de Junio, invitó a los recalcitrantes a formar una Asamblea Nacional que, desde aquel momento, tuvo la aprobación real.

Pero aquello era sólo una estratagema para ganar tiempo y agrupar a las tropas alrededor de la capital. Los movimientos de las tropas aumentaron la inquietud que se había apoderado del ánimo de todos ante el espectáculo de la impotencia de los diputados. Campesinos y burgueses comprendieron en seguida que todos los privilegiados se coaligaban para resistir a las reivindicaciones populares, que iban a obtener del rey la disolución de los Estados Generales, que existía un “complot aristocrático” dirigido y articulado contra la “voluntad del pueblo”.

Desde principios de julio, un “miedo” colectivo sacudió todas las regiones campestres normandas. En todas las ciudades, y principalmente en París, la exaltación alcanzó su punto culminante. Los aristócratas y sus agentes empezaron a ser amenazados. En esta atmósfera sobrecargada se supo, el 11 de Julio, la noticia de la destitución de Necker, preludio del golpe de fuerza maquinado por el rey. Aquella fue la chispa que hizo estallar la pólvora. El pueblo de París se sublevó, y el 14 de Julio, tras asaltar los depósitos de armas y haberse apoderado de ellas, lanzóse a la toma de la Bastilla, que era no sólo un arsenal, sino también una prisión del Estado, símbolo de la arbitrariedad real. Los parisenses rebeldes formaron una municipalidad insurreccional, una guardia nacional y adoptaron una escarapela en la cual, a los colores azul y rojo de París, añadieron el blanco de los Borbones.

Luis XVI, sorprendido por la magnitud de la revuelta, volvió a llamar a Necker al Gobierno y llegó a París el 17 de junio, sancionando así el nuevo ministro los hechos consumados.

La Revolución se extendió por toda Francia, como un reguero de pólvora. En todas las provincias, el pueblo en armas se hizo con los poderes municipales. Los campesinos asaltaron los castillos y exigieron, para quemarlos, los viejos manuscritos en que figuraban los derechos feudales. Si se les oponía resistencia, llegaban a veces hasta incendiar las mansiones señoriales, desencadenándose durante la segunda quincena de julio, en las tres cuartas partes de Francia, ese extraño fenómeno conocido con el tristemente famoso nombre de la grande peur (el gran miedo).

A la revolución aristocrática, que desde 1787 atacaba el absolutismo real; a la revolución de los juristas y de los legistas que, desde el 5 de Mayo, creía hacer triunfar los principios de la libertad e igualdad de derechos con los únicos métodos del procedimiento legislativo, sucedía, bruscamente, la más violenta sublevación popular que Francia había conocido a través de los siglos. Los burgueses, únicos representantes del Tercer Estado en la Asamblea nacional, tenían la intención de redactar metódicamente una constitución que proclamase, junto con la libertad individual y la igualdad ante la ley, el respeto a la propiedad privada. Entonces se apercibieron, con espanto, que la propiedad estaba amenazada en sí misma, pues los derechos feudales y los diezmos, cuya abolición inmediata se exigía, eran propiedades privadas.

Hubo de ser alterado todo el programa de trabajo que la Asamblea Nacional había elaborado a principios de julio. Pareció mucho más urgente poner fin a la insurrección campesina, ya que de no actuar así, hasta la propiedad burguesa estaría amenazada. Los diputados del Tercer Estado defendieron, pues, las reivindicaciones campesinas más esenciales, a fin de “encauzar” el movimiento revolucionario: éste es uno de los aspectos más originales de la Revolución en Francia. En efecto, esta alianza tácita entre la burguesía y el campesinado permitió a la revolución alcanzar de golpe sus resultados más definitivos. Durante la noche del 4 de Agosto, bajo la influencia de los diputados del Tercer Estado y de algunos nobles liberales, la mayoría de los representantes de la nobleza y del clero accedieron a los “sacrificios” esperados por Francia con tanta impaciencia. En medio del entusiasmo general, la Asamblea decretó la abolición del régimen y de los privilegiados, la igualdad ante los impuestos, la supresión de los diezmos. Estas espectaculares decisiones fueron difundidas rápidamente por miles de periódicos, folletos y representaciones, y tuvieron las más profundas repercusiones: las revueltas rurales se apaciguaron y la Asamblea pudo reanudar con calma sus trabajos.


  • Las consecuencias:

Las constituyentes –así fueron llamados desde entonces los diputados- habían resuelto, desde principios de julio, empezar su obra por medio de una declaración de derechos, de la misma forma que lo habían hecho los constituyentes americanos. Pero hay una diferencia notable entre la declaración francesa de los Derechos del hombre y del ciudadano, cuya redacción fue concluida el 26 de agosto, y las declaraciones americanas. Estas últimas no superaban la fase puramente localista; eran, por así decirlo, muy “americanas”. Los diputados franceses, por el contrario, quisieron que su obra fuese válida para toda la humanidad. Desde 1789, la revolución en Francia se distingue de las que la precedieron en Occidente por su carácter universalista. La declaración francesa fue redactada, en efecto, en términos tales que pudiera ser aplicada a todos los países y en cualquier época. Es tan válida para una monarquía como para una república. Es auténticamente universal: he aquí lo que le confiere su grandeza y le asegura su prestigio, aún vigente a pesar del paso de los años.

La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano es, sin duda, la obra de una clase social, la burguesía. Pero también es cierto que las circunstancias influyeron sobre ella. A la vez que condenaba los abusos del Antiguo Régimen, era la base sobre la cual se asentaba el nuevo orden. Colocada bajo la protección del Ser Supremo, mantenía la primacía del catolicismo. Si se omitió, a pesar de la opinión de los fisiócratas, la libertad de la industria y el comercio, ello fue debido a que los diputados estaban muy divididos en lo concerniente a esta cuestión.

La declaración no fue, pues, ni una copia servil de los modelos americanos ni una transcripción prematura de las ideas filosóficas. Fue una obra humana que tenía en cuanta en gran manera las circunstancias históricas en que había nacido. Aunque fuese redactada por la burguesía francesa del siglo XVIII y en su exclusivo interés, rebasa ampliamente por su alcance los intereses de esta clase, las fronteras de Francia y los límites de su época. También hay que consignar las grandes e inmediatas repercusiones que tuvo en el mundo entero.

Este carácter “explosivo” de la declaración inquietó al rey, el cual no sancionó más que los decretos del 4 de agosto, y, como después del 23 de junio, pensó nuevamente en organizar un golpe de Estado. Fueron llamados nuevos contingentes de tropas. Pero a estas concentraciones, acompañadas por un recrudecimiento de la carestía de víveres y del alza de los precios, dio cumplida réplica, al igual que en el mes de julio, la insurrección del pueblo de París. El 5 de octubre, una manifestación de mujeres, acompañada por la guardia nacional, se dirigió a Versalles, y el 6 llevó consigo a París a la familia real. Desde aquel momento, en el palacio de las Tullerías, el rey era el prisionero y el rehén de los patriotas. La asamblea lo siguió a la capital e hizo entonces suya la teoría de Sieyès sobre el poder constituyente: decidió que la Asamblea Nacional y constituyente era superior al rey y que, por tanto, el monarca no podía rechazar una disposición constitucional. Este iba a ejercer una verdadera dictadura, y durante dos años gobernará soberanamente en Francia, cuyas estructuras políticas, administrativas, económicas, sociales y hasta religiosas renovará por completo. ¿Con absoluta independencia? Sería decisivo afirmarlo. En París, la Asamblea sufrirá intensamente la presión del pueblo, mantenido en estado de constante alerta, armado desde julio y agrupado en las organizaciones revolucionarias. Desde principios de septiembre, los patriotas dominan todas las corporaciones municipales de Francia. Armados, han constituido milicias, “las guardias nacionales”, que, desde el mes de agosto, esbozarán federaciones locales, a partir de noviembre formarán federaciones religiosas y, finalmente, se reunirán en París, en una grandiosa Federación nacional, el 14 de julio de 1790.

Como ciudadanos, los patriotas se reunían para discutir los asuntos del Estado en los clubs, surgidos frecuentemente de las numerosas “sociedades de pensadores”, que se habían ido creando desde 1750, pero que se inspiraron también en los clubs ingleses, americanos, ginebrinos y holandeses. Durante los primeros años de la Revolución francesa hubo clubs de todas las tendencias y matices políticos, pero los que agrupaban a los patriotas más enérgicos se fusionaron, y se tomó la costumbre de llamarlos jacobinos, porque la sociedad parisiense de “los amigos de la Constitución”, que los dirigía tenía su sede en el refectorio del convento de los jacobinos; situado en la rue Saint-Honoré.

Estos clubs ejercían una vigilancia activa sobre los asuntos locales, estimulaban a las autoridades, reprendían a los moderados, denunciaban a los “aristócratas”. Pero también se discutía sobre las grandes reformas aprobadas por la Constituyente, y las cuales eran conocidas gracias a las numerosas publicaciones periódicas nuevas. La libertad de que disfrutaba la prensa, de hecho, desde mayo de 1789, había permitido la proliferación de periódicos, los cuales representaban a todas las opiniones. La prensa mantenía a los ciudadanos en estado de alerta, y los ciudadanos orientaban a la Asamblea. En tales condiciones, en el período de dos años, desde septiembre de 1789 hasta septiembre de 1791, la Asamblea Constituyente, había creado un nuevo régimen, cuyos detalles fueron ciertamente efímeros, pero cuyas grandes líneas formaron el armazón de la Francia moderna.


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