La caída del comunismo y sus consecuencias. Los conflictos del nuevo orden mundial en los noventa






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Asunto: La caída del comunismo y sus consecuencias. Los conflictos del nuevo orden mundial en los noventa. Las guerras de Yugoslavia.

Madrid, 2 de abril de 2014.

A quien corresponda:

Belgrado. Serbios nacionalistas. 1991

El conflicto de Yugoslavia en el contexto de la postguerra fría tuvo lugar a tan solo dos horas de distancia en automóvil de Venecia 1. La Historia de Yugoslavia se ha debatido entre una doble posibilidad de organización política: por un lado la hegemonía del nacionalismo serbio y por otro la federativa basada en el respeto a la pluralidad étnica. Desde 1918 el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos se federaron, pero a partir de 1921 se optó por la versión del nacionalismo serbio unitario. El Partido Comunista denunció esta situación como la conversión del reino en una “prisión de pueblos” dominada por la burguesía granserbia. Era un único partido de composición étnica plural.

Todo el Este de Europa mostraba un mosaico de heterogeneidad, que en Yugoslavia se manifestó especialmente grave, pues en ella transcurría la frontera entre la ortodoxia y el catolicismo así como el límite occidental de la presencia islámica. La denominada limpieza étnica fue un proceso iniciado en el siglo XIX debido a las luchas por la independencia del dominio otomano. El nacionalismo serbio, desde entonces, propendió a mostrar características expansivas, dado su protagonismo en aquella empresa, mientras que el esloveno nunca las tuvo.

La derrota de Yugoslavia ante los alemanes no desataría las pasiones interétnicas, sin embargo, si propiciaron la exacerbación debido al derramamiento de sangre. Contabilizadas las muertes se observa que el porcentaje de musulmanes fue mayor que el de serbios, los más numerosos, o croatas, estos también por encima de los primeros. En este sentido, solo la URSS y Polonia sufrieron tanto como Yugoslavia. En cuanto a la conversión de Croacia como Estado satélite del Eje fue debido a la brutalidad de los medios empleados en la guerra y llegaría a marcar su futuro. Tito, una vez obtenida la victoria, eliminó entre 20.000 a 30.000 personas. De Gaulle siempre se negó a entrevistarse con él, croata de padre croata y madre eslovena, debido a su fama de genocida.

Croacia. Zagreb. Ejército del pueblo croata. 1991.

La dictadura comunista implantada en 1945 pareció haber encontrado una forma de estabilidad: en ella, con un tercio de la población, Serbia obtuvo tan solo un octavo del poder político. En los años cincuenta, cuando el régimen se enfrentó a Stalin, existió una complicidad interétnica frente a la URSS. Tito defendía que si los propios yugoslavos no eran capaces de defender su casa lo harían otros imponiéndose por la fuerza. A lo largo de los años sesenta, esta solidaridad se fue disipando entre un Norte y un Sur separados por la línea del desarrollo.

En 1945, la relación entre Eslovenia y Kosovo en renta per cápita era de tres a uno y luego crecería pasando a ser de seis a uno; el Norte exportaba a los mercados occidentales. Más grave fue que los dirigentes políticos asentaron su influencia desde posiciones nacionalistas en cada una de las repúblicas. En 1974, Tito suscitó mediante una autocrítica la posibilidad de establecer con una nueva Constitución la presidencia rotativa de Yugoslavia a cargo de cada uno de sus componentes.

Aun así, la convivencia futura de Yugoslavia no sería fácil. Problemas como este se daban en todo el Este de Europa y no siempre se tradujeron en conflictos armados. En enero de 1993, tuvo lugar una separación de terciopelo entre la República Checa y la Eslovaquia. A pesar de todo Yugoslavia no pereció de muerte natural sino asesinada por el nacionalismo granserbio. Occidente, y en especial, Europa, no supo intervenir a tiempo para impedirlo, aunque se atribuyó sucesivamente un papel que fue incapaz de cumplir y que prolongó el conflicto una década.

Tito murió en 1980, pero lo decisivo para el destino de Yugoslavia fue la revolución cultural serbia que tuvo lugar al final de esta década. Milósevic, un antiguo jefe de las juventudes comunistas, organizó concentraciones masivas como si se tratara de recuperar prácticas estalinistas. Ahora no se dedicaron al culto a la personalidad sino contra el supuesto genocidio de serbios en Kosovo. Era esta región donde había tenido su germen la resistencia de los serbios contra los turcos. Lo que buscaban sus habitantes era una república autónoma, que tenía sentido, dado que allí vivía la única nacionalidad no eslava de Yugoslavia. En esta región había entre el 80 y el 90 % de albaneses, casi tantos como en la propia Albania. De acuerdo con la Constitución, los poderes de los kosovares eran muy limitados, pues carecían de policía y de asumir la dirección de sus cuestiones económicas; pero ante las protestas cualquier atisbo de autonomía fue suspendida por Milósevic. En Voivodina, otra unidad política con un 53 % de serbios, sucedió algo parecido.

Mientras tanto, los serbios reclamaban lo que ellos mismos no concedían. En Croacia y en Bosnia, las minorías étnicas serbias exigieron una autonomía que los serbios no concedían a sus propias minorías. Bosnia había sido una invención de Tito para contrapesar la hegemonía de Serbia. Era una región donde el mayor número de matrimonios mixtos se producían y los que más yugoslavos se proclamaban, superando cualquier connotación étnica anterior; su presidente, cuando hubo elecciones libres, fue el único sin un pasado comunista. A las dificultades interétnicas se sumaron el hundimiento del comunismo: en 1987, Macedonia, Montenegro y Kosovo se declararon en bancarrota.

Solo les quedaron dos caminos que tomar a los yugoslavos, o bien un programa de reforma desde arriba como vía hacia la economía de mercado y la democracia (el caso de Kucan en Eslovenia) o un Estado autoritario dominado por una ideología nacionalista y populista, como fue el de la Serbia de Milósevic. Los dirigentes serbios sustituyeron al camarada por el hermano y la clase obrera por la nación y, por si fuera poco, llegaron a una identificación completa con la Iglesia ortodoxa. Su interpretación fue que, con la Constitución de 1974, habían quedado preteridos por Tito y ahora podían aspirar a una revancha. De ahí, la intervención en las dos provincias autónomas, la sustitución de quienes ejercían el poder por personas nombradas por Milósevic y la imposición como himno nacional de uno exclusivamente serbio.

Croacia. Vukovar. Los niños "jugando a los soldaditos” entre las ruinas. 1992.

Las consecuencias fueron inmediatas. En enero de 1990 estalló la Liga de los Comunistas; la presidencia federal de Yugoslavia desapareció en quince meses y el Gobierno federal, en seis más. A fines de 1990, se celebraron elecciones multipartidistas en toda Yugoslavia. En Bosnia, Croacia, Macedonia y Eslovenia los partidos comunistas fueron derrotados, pero en Serbia y Montenegro lograron remodelarse como nacionalistas. En esos mismos meses se iniciaba el enfrentamiento serbocroata y a continuación se abrió paso la libanización de Bosnia.

La posición de los países occidentales cambió en estos momentos. Los norteamericanos se negaban ahora a atribuir el papel estratégico que habían otorgado con anterioridad cuando eran un país comunista disidente. En el verano de 1990, la diplomacia norteamericana juzgaba que Yugoslavia se iba a desintegrar, que el proceso sería sangriento y que no podría ser evitado por sus protagonistas. La cuestión se dejó Bosnia. Bosanski Brod. 29/08/1992: refugiados bosnios refugiados en el jardín de infantes.

en manos de la propia iniciativa europea. Solo austriacos y húngaros estuvieron de acuerdo en el diagnóstico, pero Alemania y Gran Bretaña pensaron que cualquier actitud decidida era prematura. Francia opinó lo mismo, pero de forma más distante, como si fuese una exageración de los norteamericanos. Alguna autoridad militar de la OTAN llegó a afirmar que ésta no intervendría, porque Yugoslavia estaba lejos de su perímetro de defensa.

La negativa serbia a que un presidente croata turnara en la dirección del Gobierno como preveía la Constitución, hizo definitivamente imposible la convivencia. Eslovenia se declaró independiente en diciembre de 1990; una coalición anticomunista había ganado las elecciones, pero el presidente sería comunista aunque solo alcanzaron el 17 % del voto. En Croacia, sucedió algo parecido, pero con más voto comunista, se ofreció una vicepresidencia al representante de los serbios. En Macedonia, ganaron los independentistas, pero ni Bulgaria ni Grecia, sus países limítrofes, la aceptaron como nación independiente.

Bosnia. Mostar. 1993. Mostar Hospital.

Planteados los graves problemas de convivencia, Milósevic no intentó conservarla. Croacia siguió el ejemplo de Eslovenia y aquí la autodeterminación produjo paradigmas insondables, como que la región de Krajina, con importante población serbia, se declarara independiente de Croacia y, dentro de ella, la ciudad de Kijevo, croata, se independizó de Krajina. En estas condiciones, se produjo la ofensiva militar serbia. El antiguo Ejército yugoslavo se sumó a los serbios, lo que les hizo pensar en una victoria por la fuerza. La ofensiva se produjo en las zonas en la que los serbios poseían importantes minorías, pero también con la intención de conseguir una salida hasta el mar Adriático.

El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial o la multiplicidad étnica jugaron un papel esencial en la destrucción de Yugoslavia, pero el culpable principal del conflicto fue Milósevic. En Eslovenia, el 17 % de la población es serbia pero aquí no se mantuvo la convivencia. La única forma de conseguirla fue la tolerancia de los serbios que serviría para aglutinar la dispersión de su etnia. La fragmentación de las naciones de la antigua Yugoslavia, tras un período de violencia, en unidades más pequeñas no podía tener otro resultado que la guerra endémica.

Los norteamericanos enviaron a varias personalidades diplomáticas para mediar en la confrontación pero no obtuvieron resultado alguno. Los Estados Unidos no pudieron intervenir de una manera clara y contundente como en la Guerra del Golfo. La política alemana de reconocer a Eslovenia y Croacia no fue contestada por los norteamericanos por lo que el conflicto se internacionalizó dividiendo a los europeos. La Unión Europea no acabó de ponerse de acuerdo en intervenir y reclamó en noviembre de 1991 a la ONU el envío de una fuerza de interposición.

Bosnia Herzegovina. 1993. Ciudadanos de Mostar impiden salir de su ciudad a los soldados de la ONU.

En enero de 1992, tres días después de que la CEE reconociera a los dos primeros países independientes de la ex Yugoslavia, Bosnia se declaró independiente y su reconocimiento sería en abril. Ese mismo mes, Serbia y Montenegro proclamaron la República Federativa de Yugoslavia. Pero los serbios intentaron sumar los enclaves serbios de Bosnia y Croacia. En Bosnia se recrudeció el conflicto, sobretodo lo sufriría Sarajevo, que quedó como ciudad mártir. Solo en febrero se decidió el envío de una fuerza de las Naciones Unidas de unos 15.000 hombres que se iría incrementando.

Pero las esperanzas de paz se perdieron tras la Conferencia de Londres que acabaría con el plan propuesto. Un nuevo plan basado en la partición (Plan Owen-Soltengerg) supuso la victoria para los serbios, que controlarían el 81 % del territorio. En marzo de 1995, había 44.000 cascos azules en Bosnia, con un mandato un tanto ambiguo, mientras, de hecho, seguían las operaciones militares por imposibilidad material de controlar a los serbios.

En junio de 1995, la ONU votó finalmente la aprobación de una fuerza de reacción rápida destinada a defender a los cascos azules y en octubre se produjo el alto el fuego. Las negociaciones, bajo el patrocinio de Estados Unidos, en Dayton en noviembre de Serbia. Belgrado. Lucha contra Milósevic carteles de protesta en las paredes de la ciudad. 1995.

1995, concluyeron en un Tratado firmado en París en diciembre. Bosnia permaneció, tras él, como un país con idénticas fronteras pero dividido en dos entidades políticas autónomas: una Federación croato-musulmana (51 % del territorio) y una República serbia de Bosnia. En ella quedó una fuerza de 63.000 hombres de los que 20.000 eran norteamericanos.

En la práctica, solo tras la intervención de estos fue posible conseguir la suspensión de los combates. Los norteamericanos pensaban que al tratarse de un conflicto remoto, alejado de sus intereses no ejercerían un efecto positivo sobre los beligerantes. Solo hasta que no quedó demostrado hasta la saciedad que sin la intervención norteamericana no habría garantía de paz estable no empezó a encarrilarse este proceso de forma positiva. Por su parte, Europa fracasó en el intento de hacer una política unida y de imponer soluciones definitivas.

Tanto europeos como norteamericanos invocaron un alto principio –la autodeterminación- pero no ofrecieron un plan estratégico para conseguirla. Además ésta se resistió debido a la inclinación de un sector de la población a la violencia. Claro está que tampoco se intervino a tiempo en la prevención de conflictos.

Incluso a mediados de los noventa, cuando pareció que se había llegado a una solución en la antigua Yugoslavia siguió, sin embargo, siendo un polvorín bajo vigilancia diplomática internacional acompañada de intervención militar. Una presencia de fuerzas de tipo multilateral de estabilización creada a fines de 1996 y remodelada en 1998 con mando norteamericano, permitió un proceso de normalización con celebración de elecciones e intentos de juzgar a criminales de guerra. Pero en Kosovo persistió el problema y derivó en la guerra civil. Ésta, cuna de la histórica Serbia, había sido, en junio de 1989, donde se iniciara la confrontación interna. En 1998, casi una década después, se reprodujeron los enfrentamientos violentos. La comunidad internacional no podía aceptar la independencia kosovar sin afectar seriamente la estabilidad de los Balcanes.

Tras intentar negociar una solución política en Belgrado sin éxito, en junio de 1998, la OTAN se vio obligada a intervenir. Esta fuerza actuó desde Macedonia. Tras el fracaso de las negociaciones de Rambouillet, fue preciso desencadenar una serie de bombardeos entre marzo y abril de 1999, hasta que Milósevic cedió. Pero las fuerzas de interposición no lograron solucionar el problema. Y, como en el caso de la Guerra del Golfo, también es posible hablar de un triunfo sin victoria, pues no se llegó a desplazar del poder a Milósevic.

Afectuosamente, JAG.stilo.

1 Fuente principal: Javier Tusell. Manual de Historia Universal. 9. El mundo actual. Historia 16, 2001.

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