Título Original: Confessions (1996)






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Confesiones mortales

JoAnn Ross

1º Hombres de Whiskey River

Confesiones mortales (1997)

Título Original: Confessions (1996)

Serie: 1º Hombres de Whiskey River

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Mira 12

Género: Suspense contemporáneo

Protagonistas: Trace Callahan y Mariah Swann

Argumento:

Whiskey River era una tranquila localidad de Arizona, hasta que la estremeció un asesinato: la muerte de la esposa del senador Fletcher se convertiría en noticia en todo el país.

Trace Callahan debe encontrar un asesino, y hacerlo con rapidez. Pero nunca se habría enfrentado a un caso tan complejo: todo el mundo es sospechoso, incluida Mariah, la hermana de la víctima. Bajo una aparente capa de respetabilidad se mezclan deseos ilícitos, secretos ocultos… y nada es lo que parece ser.

Capítulo Uno

Laura Shawn Fletcher no se había dado cuenta hasta entonces de lo largos que podían ser cinco minutos. Sobre todo si se pasaban conteniendo la respiración.

Miró con aprensión el bote que tenía a un lado del lavabo de mármol, como si la intimidación pudiera acelerar las misteriosas reacciones químicas que se llevaban a cabo en su interior.

Un relámpago iluminó el cuarto de baño, anunciando la tormenta que se avecinaba. El aire olía a lluvia. Normalmente, las tormentas de verano de Arizona nunca habían molestado a Laura.

Pero en aquella ocasión era distinto. Aquella noche se sentía como si la electricidad se hubiera apoderado de su sangre, crispándole los nervios.

—¡Date prisa! —instó al tubo—. Por favor, date prisa.

Ya tenía demasiados problemas.

Respiró profundamente, pero aquello no la calmó en absoluto.

—Sólo son los nervios —se dijo en voz alta, como si las palabras se fueran a convertir en realidad al pronunciarlas.

Tal vez debería haber aceptado el tranquilizante que le había ofrecido Fredericka Palmer. Hacía sólo una semana que su amiga de toda la vida se había mostrado preocupada por ella. Se preguntó qué pensaría si conociera toda la historia.

—¡Contrólate, por favor!

Apenas pudo reconocer su propia voz, distorsionada por la tensión y los nervios. Se llevó las manos a la caja torácica y respiró profundamente varias veces, intentando tranquilizarse.

Pero su mente seguía disparada, dando vueltas a los millones de problemas que la acosaban. Problemas sin límite. Dilemas sin solución.

Con los nervios de punta, decidió ir a ver si la importante llamada que estaba esperando había llegado mientras estaba fuera de casa, comprando la prueba de embarazo.

El contestador automático estaba abajo, en el salón. La luz roja parpadeaba, indicando que alguien había dejado un mensaje. Pulsó el botón de reproducción.

Mientras rebobinaba la cinta daba golpes con el pie en el suelo, nerviosa.

—¿Laura? —la voz grabada de su padre era tan arisca como siempre, pero Laura pensó que podía deberse a su imaginación—. Hoy me han contado una cosa que espero que no sea cierta. Si estás en casa, contesta —hizo una prolongada pausa y suspiró, frustrado—. Cuando vuelva de Santa Fe, tú y yo vamos a tener una larga charla. Porque tienes muchas explicaciones que darme.

De modo que lo había averiguado. Se recordó que iba a decírselo ella misma, pero aun así, se vio asaltada por una avalancha de dolorosos recuerdos, relegados al fondo de su memoria, pero nunca olvidados.

Miró el reloj.

Dos minutos más.

Siguió recorriendo el salón, inquieta. La máquina volvió a pitar.

—¿Laura? Soy Alan. Estamos atrapados en O'Hare, por culpa de la tormenta. Llegaremos a Fénix más tarde de lo previsto, y con la hora y media que hay hasta Whiskey River, probablemente llegaré a casa pasada la media noche. No te molestes en esperar despierta.

No era la primera vez que su marido se retrasaba en un viaje con Heather Martin, la ambiciosa y atractiva jefa de personal. Laura dudaba que fuera la última vez. La diferencia era que en aquella ocasión le daba exactamente igual.

Alan Fletcher era una estrella política en pleno ascenso, la luz más brillante y prometedora del Partido Republicano. Había ganado por segunda vez las elecciones al senado, y en aquel momento lo consideraban el candidato más cualificado para aspirar a la Casa Blanca.

A Laura nunca le había gustado vivir en Washington. Odiaba la ostentación, las fiestas que no eran sino juegos de poder, la importancia que se daba al prestigio político. El papel de esposa de un senador ya le había resultado suficientemente difícil de representar. La idea de convertirse en primera dama le daba escalofríos.

—Hola, Laura —dijo el contestador—. Soy Mariah. La hija pródiga vuelve a casa. Tengo muchas cosas que contarte, aunque supongo que tendré que esperar a llegar a tu puerta, alrededor de las doce de la noche. Ya sé que no es la mejor hora para recibir visitas, pero estoy impaciente por compartir la noticia con mi hermana mayor. Hasta luego.

Laura se pasó una mano por el pelo, nerviosa, maldiciendo la falta de oportunidad de su hermana, que había tenido que elegir aquel fin de semana para volver a Whiskey River. Era como tirar una cerilla encendida a un bidón de gasolina.

Aunque, por otro lado, si alguien podía entender lo que estaba a punto de hacer, ésa sería la mujer que, como su elegante madre, había desaparecido de la familia Swann.

Volvió a mirar el reloj.

Sólo faltaba un minuto.

—Hola —dijo una voz grabada, con un tono profundo e íntimo que calentó el cuerpo de Laura—. Sólo quería asegurarme de que estás bien. Ah, Dios mío —Laura lo imaginó pasándose las manos por el pelo negro—. No recordaba que fueras tan cabezota hace veinte años. Si hubieras… Ah, olvídalo. Vayamos poco a poco, ¿vale?

—Poco a poco —susurró Laura.

Era lo mismo que había estado diciendo durante meses. El problema era que sabía que Clint Garvey no iba a esperar más tiempo. Las últimas veces que habían estado juntos habían perdido un tiempo precioso discutiendo, cuando lo podían haber dedicado a hacer el amor.

Al final, el fin de semana anterior, Clint le había planteado un ultimátum. Laura sabía que si no cumplía su promesa de dejar a su marido perdería al único hombre al que había amado en su vida.

Suspiró y volvió a mirar el reloj.

Por fin había llegado el momento.

El tono rosado de la tira de plástico confirmó lo que Laura había sospechado desde un principio. No era el estrés lo que la hacía sentirse tan agotada últimamente, y si por las mañanas se sentía mareada, no era a causa de una gripe.

Estaba embarazada.

Esperando un hijo de su amante.

Pensó débilmente que el tiempo era el factor más importante.

Se apoyó en la pared y se deslizó lentamente hacia el suelo. Se abrazó a sus piernas y apoyó la frente en las rodillas.

No sabía qué iba a hacer. Se sentía aterrorizada. Su primer pensamiento fue que Clint pensaría que mentía cuando le dijo que no podía quedarse embarazada. Pero no podía pensar otra cosa, después de pasar tantos años intentando concebir un hijo.

Cuando los asesores de imagen dijeron a su marido que una esposa embarazada equivalía a un ascenso en los votos de un ocho a un quince por ciento, Alan empezó a llevarla a clínicas de fecundación de todo el país. Ninguno de los tratamientos, cada vez más desagradables, había funcionado.

Al final, el año anterior, después de su trigésimo sexto cumpleaños, había renunciado a intentar tener hijos. Por supuesto, a Alan ni le había gustado. A fin de cuentas, resultaba más fácil hacer una campaña basada en los valores familiares acompañado de una esposa sonriente y unos cuantos hijos.

Pensó en Alan. Sin duda, su marido se enfurecería. Podía intentar pagar su infidelidad negándole el divorcio. O peor aún, podía intentar reclamar el niño como hijo suyo.

—No permitiré que eso ocurra —se dijo en voz alta.

Se recordó que el rasgo más característico de la personalidad de su marido era que todo lo que decía y todo lo que hacía, incluso casarse con ella, estaba encaminado únicamente a favorecer su carrera. Si intentaba arrebatarle a su hijo, ella convocaría una rueda de prensa y diría la verdad.

Ronald Reagan había demostrado que un hombre divorciado podía ser elegido presidente. Pero no creía que los votantes fueran a elegir a un candidato que estuviera envuelto en una batalla de paternidad.

—No pasará nada —se aseguró—. Esto complica las cosas, pero Alan se dará cuenta de que lo mejor para él es un divorcio rápido y discreto.

Se llevó las manos al vientre, en un gesto protector, sonriendo ante sus pensamientos optimistas.

Se fue tranquilizando poco a poco al empezar a imaginar a su hijo no nacido, suyo y de Clint. Le parecía una recompensa por todo lo que habían sufrido.

Pero aún tendría problemas. Con su autoritario padre, con Alan y con la prensa. Además, su embarazo no facilitaría precisamente los asuntos del rancho.

Pero mientras llenaba la antigua bañera de cobre con patas de león se sintió capaz de enfrentarse a todos sus problemas, por primera vez en mucho tiempo. Se sentía confiada. En su interior bullía la alegría.

En algunas ocasiones ocurrían milagros.

Estaba introduciéndose en el agua perfumada cuando llegó la tormenta que se había anunciado antes. La lluvia sonaba con fuerza en el tejado. Los truenos sacudían la casa. Un relámpago pareció caer justo junto a la ventana.

De repente se oyó un sonido parecido al de una bocina.

Laura maldijo el sistema de seguridad. Los sensores de las ventanas no podían distinguir entre un trueno que sacudiera los cristales y un intruso que intentara entrar en la casa.

Salió del agua, se envolvió en una toalla y bajó rápidamente, dejando un rastro de pisadas húmedas. Después de desactivar la alarma, llamó a la oficina del sheriff para explicar el motivo por el que se había disparado la alarma.

—Estúpida —dijo mirando el cuadro de mandos de la alarma.

Alan llevaba varios meses prometiéndole que cambiaría el sistema. Laura se prometió que, después de lo que acababa de ocurrir, lo arrancaría ella con sus propias manos.

Con treinta y siete años, estaba dispuesta a recuperar el control sobre su vida, junto con la casa y los veinte mil acres del rancho de Arizona que le había dejado en herencia su abuela, Ida Prescott.

Después de muchos años de infelicidad había vuelto a su casa en Whiskey River. Era el lugar donde quería estar, y tenía intención de pasar el resto de su vida con el hombre que había sido su marido durante ocho horas, una eternidad atrás.

Volvió a subir, cambió la toalla por un camisón largo de seda y se metió en la cama de madera de cedro.

Consciente de que no podía dormirse, se quedó sentada y pasó las manos por la preciosa colcha que Clint y ella habían encontrado en un anticuario de Shenandoah Valley, en una escapada de un fin de semana. Cuando concibieron a su hijo.

La tormenta golpeaba la casa fuertemente. La lluvia estremecía los cristales, y los truenos estallaban como cañonazos, siguiendo muy de cerca a los relámpagos que iluminaban el dormitorio. El viento ululaba como un alma en pena.

Laura pensó que iba a ser una noche muy larga.

Sin embargo, al cabo de un rato se quedó dormida. Soñó con la navidad. Podía oler el aroma del abeto, que llenaba el salón. Debajo del árbol de navidad había regalos cuidadosamente empaquetados, llenos de juguetes.

Una hoguera ardía en la chimenea, y por la ventana se veían los copos de nieve, que caían suavemente, como plumas blancas.

Laura se vio sentada en el sillón, delante de la chimenea, abrazada a Clint. Un niño pequeño, con el pelo negro y los ojos azules de su padre, estaba sentado con ellos, escuchando mientras Clint le leía un cuento.

Se trataba de una escena idílica, que recogía las añoranzas más íntimas de Laura. No quería salir de allí. Aquél fue el motivo por el que se resistió a despertarse cuando oyó que se abría la puerta del dormitorio.

Se encendió la lámpara de la mesilla de noche, accionada con el interruptor que había junto a la puerta. Esforzándose por no abandonar su sueño, que desaparecía rápidamente como la bruma con los rayos del sol, murmuró una queja inarticulada.

El sueño se disipó, y Laura se incorporó de mala gana, parpadeando para protegerse de la luz.

Reconoció el rostro. Mientras sus labios se arqueaban en una sonrisa de confusión, un sonido que parecía más intenso que ningún trueno interrumpió la calma de la noche.

Desconcertada, sin darse cuenta de que había recibido un disparo, Laura se llevó la mano al intenso calor que sentía en su pecho. La sangre manaba, manchándole los dedos.

Sin comprender lo que ocurría, miró a su atacante e intentó preguntarle por qué, pero descubrió que había enmudecido. Empezaba a perder la visión.

Las plateadas serpientes de lluvia recorrían el cristal del dormitorio. El corazón herido de Laura seguía latiendo.

Expulsando de su cuerpo la preciosa sangre.

Lo último que pensó Laura era que sentía no haber dicho a Clint que estaba embarazada.

Después, un agudo dolor llenó su mente, y Laura Swann Fletcher se sumió en la oscuridad.

Capítulo Dos

—Bueno, ya te has metido en otro lío —murmuró Mariah Swann.

Se aferró fuertemente al volante de su nuevo todoterreno rojo. Un torrente caía sobre el parabrisas, mientras las escobillas se esforzaban por apartar el agua, acompañando la música.

La tormenta, que la había seguido desde su casa de Malibú, la había retrasado dos horas. En el reloj del salpicadero ponía que eran las dos en punto de la madrugada, y aún tenía que recorrer casi cincuenta kilómetros para llegar a Whiskey River. Y después tendría que avanzar por el escarpado camino que conducía al rancho de su hermana.

—Has pasado diez años fuera —se recordó, reprendiéndose por su impaciencia—. ¿Qué te importan dos horas más?

No debería importarle el retraso, pero le importaba, porque últimamente había estado pensando mucho en Laura.

Había llegado el momento de rectificar, de curar viejas heridas. Y la persona más indicada para empezar era la mujer que, en otro tiempo, había sido su mejor amiga.

Enfrascada en los recuerdos del tempestuoso día en que abandonó Whiskey River, estuvo a punto de no ver la valla blanca que bloqueaba la carretera. Pisó a fondo el freno y se alegró de llevar aquel vehículo, ya que de lo contrario habría caído al agua.

La lluvia había hecho que se desbordara el río. Era una locura que intentara cruzar, sobre todo a oscuras.

Mariah murmuró una maldición y se quedó mirando el río revuelto, la lluvia que caía por el parabrisas y el cielo de la tormenta, mientras consideraba sus opciones. Podía quedarse allí a esperar hasta el amanecer y averiguar la profundidad del agua que bloqueaba la carretera. O podía dar la vuelta, alojarse en algún hotel de Campo Verde y esperar a que amainara la tormenta.

Decidiendo por una vez ser precavida, consiguió a duras penas dar la vuelta. Quince minutos y treinta y cinco dólares más tarde estaba sentada en un colchón demasiado blando del motel Pinewood, con el auricular del teléfono en la mano, intentando llamar a su hermana para decirle que no la esperase despierta.

Frunció el ceño al oír que comunicaba. Era muy raro que estuviera hablando con alguien poco antes de las tres de la madrugada. Lo intentó de nuevo. La línea seguía ocupada.

Se preguntó si Laura habría desconectado el teléfono para evitarla. No resultaría tan sorprendente, teniendo en cuenta su turbulento pasado. Pero dos años atrás habían vuelto a hablar de nuevo, y esperaba que su hermana hubiera decidido olvidar las antiguas enemistades.

Tal vez la tormenta había averiado las líneas telefónicas.

La paciencia no había sido nunca una de las mayores virtudes de Mariah Swann, y seguía sin serlo. Abrió el bolso para sacar el paquete de tabaco que se había comprado en Kingman, jurándose como siempre que sería el último. Sacó un cigarrillo y alcanzó las cerillas que estaban junto al cenicero de la mesilla de noche.

Mientras encendía el cigarrillo e inhalaba una bocanada de humo casi podía oír a Laura dándole una conferencia, como hizo la primera vez que la sorprendió fumando en el servicio del instituto.

Su madre, incapaz de soportar el aislamiento de la vida en el rancho, había huido de Whiskey River y de su dominante marido. El mismo día que Margaret McKenna hizo las maletas y volvió a Hollywood, Matthew Swann solicitó el divorcio.

Furiosa, incapaz de comprender el abandono de su madre, y agobiada bajo la férrea disciplina impuesta por su padre, Mariah se convirtió en la hija rebelde, lo que hizo que a Laura le tocara, por eliminación, desempeñar el papel de hija equilibrada y responsable.

Hacía poco tiempo que Mariah había empezado a comprender que el hecho de tener tantas responsabilidades a una edad tan temprana debía haber resultado difícil para su hermana mayor. Aunque Laura no se había quejado nunca.

Excepto en la ocasión en que se enfrentó a todo el mundo fugándose con Clint Garvey. El desgraciado matrimonio había durado menos de un día.

Cuando su padre la llevó a casa, Laura no volvió a mencionar nunca a Clint. Unos años después se casó con el hombre que su padre había elegido para ella, y a juzgar por lo que decían los artículos que Mariah leía en todas las revistas, su hermana era feliz.

Pero en ocasiones, cuando las lentes de la cámara enfocaban al senador mientras Laura permanecía en segundo plano, algún fotógrafo capturaba en su rostro una expresión en la que se reflejaba tal tristeza que Mariah quería llorar.

—Te compensaré por lo que has pasado, Laura —dijo arrepentida—. Te lo prometo.

Incapaz de quedarse quieta, empezó a recorrer la habitación, sin dejar de fumar, esperando a que amaneciera.

Trace Callahan estaba agotado. Había pasado toda la noche recorriendo las carreteras, colocando barreras en aquéllas que habían quedado bloqueadas por la lluvia, intentando evitar que los turistas idiotas y los residentes borrachos del condado de Mogollon se metieran con sus todoterrenos en el río Whiskey.

Cuando se presentó por primera vez al puesto de sheriff no podía evitar pensar en los viejos tiempos, cuando los vaqueros se emborrachaban y destrozaban los salones de Whiskey River. En la actualidad, los jóvenes se emborrachaban y destrozaban las camionetas de sus padres.

Colgó la capa impermeable junto a la puerta y dejó el sombrero encima de la mesa. Ejercitando el hombro, que le dolía con la lluvia, fue a la cocina sin prestar atención a las pisadas mojadas que dejó a su paso.

Abrió la nevera, y acababa de sacar la cerveza en la que había estado pensando durante la última hora cuando sonó el teléfono. La pantalla del aparato le indicó que la llamada procedía de su despacho.

—Ya te he dicho que estoy fuera de servicio, Cora Mae —ladró al auricular—. Será mejor que se trate de algo importante.

—Lo es, si consideras importante un posible asesinato —respondió Cora Mae Jackson.

Una oleada de adrenalina recorrió su cuerpo. Olvidó el cansancio de inmediato.

—¿Qué?

Le parecía imposible que hubieran asesinado a alguien en Whiskey River. El último asesinato había ocurrido varios años atrás, cuando Jared Lawson se emborrachó en la comida familiar del día de Acción de Gracias y mató a tiros a su suegra por una discusión sobre las preferencias de muslo o pechuga.

—Un asesinato —repitió la telefonista nocturna—. En el rancho del senador Fletcher.

Trace sintió que su cuerpo volvía a relajarse. Se apoyó el teléfono en el hombro mientras abría la botella de cerveza.

—Con lo exagerados que son, estoy seguro de que sólo ha sido un intento de robo. Se pasan la vida llamando por falsas alarmas.

—Después de treinta y cinco años no habría dicho que se trata de un asesinato sólo porque me llamaran para decir que había saltado una alarma. Acaba de llamar el senador. Alguien le ha pegado un tiro a él, y ha matado a su mujer.

El pulso de Trace volvió a dispararse.

—¿Sigue el asesino en la casa?

—El senador dice que los ha oído escaparse. Cree que eran dos personas.

Trace dejó la botella en la encimera, con un golpe seco. La espuma le cayó por encima de la mano.

—¿Por qué no me lo has dicho directamente?

—Creo que eso es lo que he hecho.

—Manda corriendo una ambulancia —le ordenó Trace—. Y localiza a J.D.

—J.D. estaba aquí cuando recibimos la llamada. Ahora está de camino al rancho.

—Llámalo por radio y dile que voy para allá. Y dile que no toque nada.

—De acuerdo.

Mientras volvía a salir a la noche de tormenta, Trace recordó el tiempo en que realmente le encantaba ser policía. Sentía verdaderos deseos de ser útil. Lo que más le gustaba era ser detective del departamento de homicidios, el no va más de la policía. La visita a los lugares de los hechos, las innumerables tazas de café, la investigación, el enfrentamiento cara a cara con el asesino. Y el inimitable sonido de las esposas que se cerraban sobre las muñecas de los culpables.

Se levantaba cada mañana lleno de energía, dispuesto a salir a la calle y salvar al mundo. Pero aquello había ocurrido una eternidad atrás.

Desgraciadamente, la justicia había resultado ser, además de ciega, sorda y muda, y el detective Trace Callahan tuvo que aprender de la forma más dura que un hombre no podía salvar al mundo de sí mismo.

Ahora lo único que quería era tener la oportunidad de llevar una vida tranquila y apacible en la que no tuviera que preocuparse por la posibilidad de que un traficante de drogas loco le llenara el cuerpo de balas. Mientras se metía en su coche patrulla. Trace pensó que había creído encontrarla cuando firmó su contrato seis meses atrás.

Maldiciendo aquella intrusión en su pacífica existencia, puso en marcha el motor y se dirigió a toda prisa, con la sirena encendida, hacia el rancho de los Fletcher.

Whiskey River dormía mientras Trace atravesaba las calles. A pesar de la lluvia, la localidad tenía cierto encanto, que no encajaba en absoluto con la sordidez de un asesinato.

Whiskey River era un pequeño pueblo de Arizona con una población de trescientas cincuenta personas, que se triplicaba durante el verano, cuando llegaban los veraneantes. No era extraño que la gente que iba allí por primera vez tuviera la impresión de haber estado antes; no en vano se había rodado más de una película en el pueblo.

Gene Autry, John Wayne y Clint Eastwood habían bajado a caballo por la calle principal. También habían pasado por allí Doc Holliday y Wyatt Earp, pero los vaqueros de ficción eran los que más importancia tenían para los residentes.

Poblada por primera vez, mucho tiempo atrás, por una tribu india que había sido llamada Mogollon por los arqueólogos, la zona había sido ocupada después por apaches, soldados, buscadores de oro, leñadores y ganaderos. Mientras los residentes de Tombstone se hicieron famosos por su manía de matarse entre sí, Whiskey River era un pueblo conocido por sus tabernas y sus burdeles.

En alguna ocasión los colonos habían ido para refugiarse de los indios. En aquella época la gente se entretenía organizando rodeos.

Diez kilómetros más allá del casco urbano, Trace torció por una estrecha carretera serpenteante que subía por la escarpada ladera de la montaña de Mogollon.

Llegó al rancho justo después de la ambulancia.

El coche patrulla de su ayudante estaba aparcado frente a la casa, con las luces de la sirena encendidas. La puerta del conductor estaba abierta. Cuando pasó junto al coche, Trace maldijo y sacó la llave del contacto. J.D. acababa de diplomarse en criminología en la universidad de Arizona. Era un joven inteligente, entusiasta y lleno de ganas de aprender. Pero también estaba muy verde y tendía a cometer los mismos errores que los novatos de todo el mundo.

El ayudante del sheriff esperaba en la puerta.

—El senador está en la biblioteca —dijo a los enfermeros—. Por esa puerta. Le han pegado un tiro en el costado.

—¿Está consciente? —preguntó una enfermera.

—Pierde la consciencia y la recupera.

—¿Y la mujer?

El ayudante frunció el ceño.

—Está arriba. Pero ocúpense del senador. Para ella es demasiado tarde.

—¿Estás seguro?

—Estaba muerta cuando llegué —insistió J.D.—. Mientras estudiaba, trabajaba en verano de celador en el hospital. Sé reconocer una causa perdida en cuanto la veo.

Trace acompañó al trío a la biblioteca, llena de libros, donde encontraron a un hombre ataviado con unos calzoncillos de seda, tendido sobre la espalda. Tenía algo más de cuarenta años, y poseía un cuerpo esbelto y musculoso al que sin duda dedicaba muchas horas de ejercicio. Su bronceado y las mechas rubias indicaban que pasaba muchas tardes en las pistas de tenis de Georgetown. Le salía un reguero de sangre de lo que parecía ser una sola herida, en el costado. Evidentemente estaba en el sofá cuando recibió el disparo; el cuero estaba manchado de sangre.

Junto al sofá había una mesa. Encima de ella había un vaso vacío, un maletín abierto y un teléfono, descolgado. Los cajones estaban revueltos, y el suelo estaba lleno de papeles. Junto al sofá había una maleta negra, cerrada.

—¿Senador? —la enfermera se dispuso a tomarle la tensión, mientras un enfermero le ponía una mascarilla de oxígeno—. No pasa nada. Se pondrá bien. Hemos venido a ayudar.

—Mi mujer —balbuceó, apartándose la mascarilla—. Ayuden a Laura.

Trace se inclinó para mirar al herido.

—¿Me puede decir qué ha ocurrido?

—Oí un disparo —dijo entre dientes—. Después otro. Al principio pensé que era un sueño. Cuando me di cuenta de que eran reales, uno de los ladrones, el que estaba revolviendo mi mesa, me pegó un tiro.

—¿Así que estaba abajo cuando sonaron los disparos?

Trace lo sabía por las salpicaduras de sangre, pero quería oír la explicación del senador.

—Llegué tarde a casa —aspiró oxígeno con dificultad, visiblemente dolorido—. No quería despertar a Laura, así que me quedé en el sofá.

—¿Cuándo fue eso?

—Alrededor de la media noche.

—¿Estaba conectada la alarma cuando llegó?

—No, y no la conecté —gimió—. Siempre que hay una tormenta se dispara. Siempre prometía a Laura… ¡Dios mío! —sollozó—. Ayer pedí a mi secretaria que llamara para encargar una alarma nueva, pero no podían venir antes del día cuatro —se mordió el labio inferior—. Si hubiera llamado antes, esto no habría ocurrido.

Tal vez fuera cierto, pero Trace no tenía tiempo para escuchar recriminaciones.

—¿Consiguió ver a su atacante?

—No, llevaba una máscara.

—¿Un pasamontañas?

—Algo así —cerró los ojos—. Era marrón, y un poco transparente, como si se hubiera tapado con una media agujereada —contuvo la respiración—. Cómo duele.

—No es nada grave —le dijo la enfermera—. Intente mantener la calma. Todo se arreglará.

—Oí que el pistolero salía por la puerta. Intenté ir a ver a Laura después de llamar a la policía, pero creo que me desmayé —sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Oh, Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir algo así?

Ninguno de los presentes respondió. Mientras los enfermeros seguían atendiendo al senador, Trace salió de la biblioteca, haciendo un gesto a su ayudante para que lo siguiera.

—Enciende la luz superior de mi coche —dijo entregándole las llaves del vehículo que el condado de Mogollon había incluido en el trato para animarlo a firmar.

No ocurría todos los días que un policía profesional especializado en homicidios se mudara a aquella tranquila localidad, y querían asegurarse de que no cambiaría de opinión después de enterarse de que en Whiskey River sólo tendría que ocuparse de algún que otro incidente sin importancia.

Lo que no sabían era que Trace habría aceptado el trabajo aunque no le hubieran ofrecido el último modelo de coche patrulla.

—Supervisa el exterior, a ver si puedes averiguar por dónde entraron. Con toda esta lluvia supongo que también habrá huellas.

—Ahora mismo —dijo J.D., aceptando las llaves con entusiasmo.

Trace se sacó la pistola y subió lentamente la escalera, aguzando los sentidos. Era muy poco probable que el asesino estuviera aún en la casa, pero tenía las cicatrices que demostraban que un policía nunca podía ser demasiado cuidadoso.

Contempló la escena del crimen desde la puerta del dormitorio principal, observando detenidamente el suelo de madera y las paredes blancas. La cama era de madera labrada. La cabecera estaba enmarcada por un arco de color teja.

La colcha estaba apartada. En el centro de la cama había una mujer, boca arriba, con los brazos estirados, como si quisiera alcanzar a alguien que ya se había marchado. Tenía abiertas las palmas de las manos, y los dedos ligeramente doblados. Sus ojos verdes estaban fijos en una expresión de sorpresa que Trace había visto en otras ocasiones. Los cajones de las dos mesillas de noche estaban abiertos, igual que los del buró. Su contenido estaba desperdigado por el suelo.

Encima del tocador había varias botellitas de perfume, un espejo de mano con marco de plata y una fotografía de bodas. Los rostros sonrientes de Laura y Alan miraban la escena. El joyero de caoba estaba volcado, y su contenido estaba desperdigado por el suelo.

Trace se acercó a la cama pisando la toalla húmeda que había en el suelo, junto al vestidor.

Observó que Laura Fletcher seguía siendo bella después de muerta, pero hizo un esfuerzo inconsciente para distanciarse. Era como un interruptor que se cerrara en su cerebro. Había tenido que aprender a desechar las emociones a lo largo de su trabajo.

En los dieciséis años que había pasado en la policía de Dallas había presenciado varias veces el acto básico de la maldad humana: el asesinato de otro ser humano. Cuando se encontraba frente al cuerpo desnudo de una mujer, que probablemente unas horas atrás estaba riendo y amando, no podía perder el tiempo en preguntas teológicas sobre la inhumanidad de las personas.

Cuando tenía que concentrarse para averiguar si la herida ensangrentada de su pecho era un orificio de entrada o de salida. Cuando tenía que juzgar a qué distancia habían disparado el arma que le había hecho el agujero circular en la sien izquierda, y cuál era su calibre.

Al levantarle la muñeca, tocando una piel que se había quedado helada ahora que la vida había escapado de ella, en vez de observar sus dedos largos y finos se fijó en la sangre que manchaba las yemas de sus dedos, que demostraba que ella sabía lo que estaba ocurriendo. Se preguntó por qué la esposa del senador no llevaría su anillo de bodas.

J.D. tenía razón. No había nada que pudiera hacer por Laura Fletcher. Excepto encontrar a su asesino.

Se sacó un cuaderno del bolsillo e hizo un esquema rápido de la posición del cuerpo, la cama y el resto de la escena del crimen. Después bajó a la biblioteca e hizo lo mismo.

Los enfermeros tenían al senador tendido en una camilla, y estaban a punto de meterlo en la ambulancia.

—¿Lo llevan al hospital de Payson?

—Sí. Su herida no es tan grave como para pedir un helicóptero.

—Voy detrás.

—¿Y Laura? —gimió Alan Fletcher—. ¿Está…?

—No se preocupe ahora por ella —dijo el enfermero, intercambiando una mirada con Trace—. Preocúpese por usted mismo.

El senador no tenía buen color, y la forma en que pasaba de la consciencia a la inconsciencia indicaba que podía sufrir una conmoción. No era el momento más adecuado para decirle que su esposa había muerto.

Trace los siguió al exterior.

—¿Has encontrado algo? —preguntó a su ayudante.

—No hay indicios de que hayan forzado ninguna puerta o ventana para entrar, pero tenías razón en lo de las pisadas. Hay unas cuantas que vienen de la carretera. También hay huellas de neumáticos.

—Muy bien. Llamaré al departamento estatal para que nos envíen a alguien del departamento de criminología.

Los ojos de J.D. se ensancharon ante la idea de que se metiera en aquello el departamento estatal de seguridad pública.

—¿Vas a pedir ayuda exterior?

—No tengo elección. Es probable que cualquier estudiante de química de instituto tenga más equipo que nosotros. Este caso es muy importante, y quiero asegurarme de que no se comete ningún error.

—A Ben no le va a gustar —le advirtió J.D.

Ben Loftin había vivido en Whiskey River toda su vida. Era primo del alcalde y había pasado quince años trabajando de ayudante del sheriff. Tenía la esperanza de ascender cuando llegó Trace. Desde la primera vez que lo vio, tuvo la impresión de que era una de aquellas personas que daba mala fama a la policía.

—Ben Loftin no es el sheriff —le recordó—. Voy a Payson con el senador. Quiero que precintes esto y que no dejes entrar a nadie hasta que lleguen el forense y los del laboratorio.

—¿Ni siquiera a Ben?

—A él mucho menos. Por lo que he visto de él, destruiría todas las pruebas sin darse cuenta.

J.D. empezó a reír, pero se calló de golpe al ver por el semblante serio de su jefe que no era una broma.

—Tengo el precinto en el maletero. Acordonaré la zona.

De nuevo, el entusiasmo del joven ayudante recordó a Trace el que él sentía al empezar, y se sintió viejo. El tiroteo en el que su compañero había perdido la vida le había dejado a él heridas físicas y mentales que suponía que jamás curarían.

—Adelante. Volveré después de examinar las manos del senador.

—¿Vas a buscar restos de pólvora? —preguntó J.D. con incredulidad.

—Estaba en la escena de un asesinato.

—Pero le pegaron un tiro.

—Y a su mujer también. Y ella ha muerto.

—Pero es senador.

—Y nosotros somos policías, con un trabajo que cumplir. Eso incluye investigar a todos los posibles sospechosos.

—Se va a montar un buen lío —murmuró el joven.

—No mires ahora —dijo Trace, mirando hacia la casa—. Pero ya se ha montado.
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