Resumen Este trabajo ensaya una mirada sobre los procesos de dos barrios montevideanos: el Cerro y Punta Carretas. Desde el punto de vista convencional imperante, uno y otro representan tendencias opuestas, de degradación y de “gentrificación”, respectivamente.






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títuloResumen Este trabajo ensaya una mirada sobre los procesos de dos barrios montevideanos: el Cerro y Punta Carretas. Desde el punto de vista convencional imperante, uno y otro representan tendencias opuestas, de degradación y de “gentrificación”, respectivamente.
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fecha de publicación18.06.2016
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El barrio, un ser de otro planeta *

Graciela Martínez **

Resumen

Este trabajo ensaya una mirada sobre los procesos de dos barrios montevideanos: el Cerro y Punta Carretas. Desde el punto de vista convencional imperante, uno y otro representan tendencias opuestas, de degradación y de “gentrificación”, respectivamente. Mas si se rechaza el criterio de valor que esta óptica sobreentiende y se apela a otros más inmanentes de la condición humana, ambos siguen el mismo curso destructivo. El Cerro y Punta Carretas pueden reconocerse como dos caras de una misma moneda, muestras paradigmáticas del advenimiento de un Nuevo Orden, a la vez único y dual, en la capital uruguaya y en el país y el mundo.  

Palabras clave: barrio, globalización, transformación urbana, no-lugares, Montevideo

Abstract

This work attempts to look into the processes of two Montevidean neighbourhoods: El Cerro and Punta Carretas. From the conventional prevailing view, one and the other represent opposite tendencies of degradation and gentrification respectively. However, if the judgment of value that this criterion in particular implies is replaced by other ones more inherent to the human condition, we may conclude that both of them take the same destructive way. El Cerro and Punta Carretas can be recognized as the two faces of the same coin, that is, paradigmatic samples of the advent of a New Order, unique and dual at the same time, in the Uruguayan capital, in the country and in the world.

Key words: neighbourhood, globalization, urban transformation, no-places, Montevideo.

 

Introducción

Los cambios operados en el orden mundial desde los años 80 abarcados bajo el término globalización han aparejado transformaciones notorias en el medio urbano igualmente globales; transformaciones físicas, funcionales, sociales, como también en las ideas que mueven las conductas y las relaciones de las personas y los grupos entre sí y con el lugar. El efecto conjunto y el signo común de estas tendencias es más que la extrema polarización socioterritorial de la ciudad dual de Castells; es una disgregación más profunda y multifacética de la ciudad como ámbito de convivencia que refleja y retroalimenta una descomposición de los ámbitos continentes y significantes de la vida en distintos planos y a distintas escalas. Una de las manifestaciones elocuentes es la pérdida de la cohesión y la identidad histórica de los barrios, al tiempo que una reculturización universalizada los asimila a modelos de distritos urbanos –ya no barrios- que se reproducen en las ciudades más distantes del mundo trasmutándolos hacia un uniforme anonimato –no lugares de Augé- sin otra diversidad que el poder de consumo que expresan. El barrio y su agonía resulta así un objeto de análisis muy adecuado para comprender esa “deslugarización” generalizada de esta época y buscar pautas para contrarrestarla. Tal es el propósito de la investigación aquí presentada, que ensaya una mirada en contrapunto sobre los procesos de dos barrios montevideanos: el Cerro y Punta Carretas. Desde el punto de vista convencional imperante, uno y otro representan tendencias opuestas, de degradación y de “gentrificación” respectivamente. Mas si se rechaza el criterio de valor que esta óptica sobreentiende y se apela a otros más inmanentes de la condición humana, ambos siguen el mismo curso destructivo. El Cerro y Punta Carretas pueden reconocerse como dos caras de una misma moneda, muestras paradigmáticas del advenimiento del Nuevo Orden, a la vez único y dual, en la capital uruguaya como en el país y en el mundo.

El barrio, lugar antropológico

En distintas lenguas y usos, la palabra barrio admite importantes matices y ambigüedad respecto a las dimensiones y escala de relaciones que abarca, a su carácter popular y/o periférico o no necesariamente, a su conformación espontánea o planificada. En el Río de la Plata existe el arquetipo de barrio profusamente ilustrado en las letras de tango, que es de condición humilde y arrabalera y está cargado de un fuerte tono afectivo y nostálgico porque es, infaliblemente, un barrio perdido. Pérdida que se refiere, al mismo tiempo, a una historia personal y a una época pasada. El barrio del tango está asociado a un tiempo idílico –el de la niñez y la juventud, el de la feliz inocencia- y remite a un ámbito solidario y protector; es un barrio pobre donde se compartían confidencias y puchero y donde se hicieron la primera novia –el protagonista es casi siempre varón- y los verdaderos amigos. Es el lugar de pertenencia que, aun en su visión más negativa, evocativa de la grisura y la miseria, marca para siempre la existencia individual. “Dicen que me fui de mi barrio...”, recita la voz ronca y cascada del entrañable “Pichuco”, Aníbal Troilo-, “...si yo siempre estoy volviendo... Mi barrio era así, así... qué sé yo si era así, pero yo me lo acuerdo así...”.

Esta figura de barrio propia de la cultura tanguera impregna nuestro uso común más restrictivo, en el que la palabra es casi un calificativo, toda vez que se habla de “vida de barrio” o de que una zona residencial es o no barrio (o barrio-barrio). Sin que tenga un contenido de clase estricto, de hecho esta acepción excluye el estilo de vida privado, cerrado y autosuficiente de las clases altas.

Barrios así no surgen por decreto ni de la noche a la mañana. Son entidades vivas, fundadas en vínculos de parentesco y vecindad tejidos por la permanencia y el conocimiento mutuo a lo largo de generaciones. Tienen encuentros cotidianos, fiestas, recordaciones y duelos propios, reconocen señales y símbolos identificatorios que pueden pasar desapercibidos a los extraños, pueden generar ritos y códigos de conducta que los diferencian de otros barrios y del resto de la ciudad. Este barrio, constructo propio de una colectividad identificada con su lugar al que la tradición puebla de sentido, es eminentemente un lugar antropológico, una “construcción concreta y simbólica del espacio... a la cual se refieren todos aquellos a quienes ella les asigna un lugar... [que] es, al mismo tiempo, principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de intelegibilidad para aquel que lo observa”, tal como lo define Augé contrastándolo con “el espacio del no-lugar [que] no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud [y] tampoco le da lugar a la historia, eventualmente transformada en espectáculo..., allí [donde] reinan la actualidad y la urgencia del momento presente” (Augé, 1992: 57-58 y 107).

Como lugar antropológico, el barrio puede ser visto, descrito, analizado, pero sólo puede ser plenamente aprehendido en forma vivencial. A propios y ajenos se manifiesta a través de indicios tangibles, pero no es una lista de rasgos o atributos lo que hace al barrio. “Lo” barrio es inobjetivable porque su esencia radica en una carga de significado subjetiva, una codificación de lo perceptible por lo que se sabe o cree de sus lugares, sus personajes, sus historias y sus leyendas. Una influyente obra de los 70, La cuestión urbana de Manuel Castells, cuestionaba, desde un riguroso materialismo científico, la existencia de los barrios o de cualquier unidad ecológica humana, incluyendo a la misma ciudad así entendida. “No se descubren ‘barrios’ como se ve un río; se les construye” (Castells, 1974: 128). Sus énfasis, entonces y todavía hoy oportunos para desenmascarar “la ideología del medio ambiente” como una “naturalización de las contradicciones sociales”, reflejan, sin embargo, el mismo principio de realidad capitalista. Los barrios, efectivamente, no se descubren como se ve un río. Porque “descubrirlos” supone un punto de vista externo capaz de sentenciar una realidad inapelable como la existencia de un río, existencia que, por otra parte, admite innúmeras miradas. Comparar un típico barrio obrero con un suburbio estadounidense para concluir que lo que los diferencia es pura cuestión de clase, en el fondo es desestimar todo sentido y motivación de la existencia humana que no sea la “racionalidad económica”.

No hay más remedio que remitirse a una “vaguedad” cualitativa y subjetiva cuando se habla de esas cosas intangibles como la identidad o el arraigo, porque estos poco tienen que ver con la propiedad privada o con las “preferencias de localización” que miden las encuestas. Los lugares de vida no son para la gente una opción disponible según el precio, como la oferta de destinos turísticos o la de asistir a su superficial espectáculo, más modestamente y sin diferencias sustanciales, a través de la televisión. El lugar sentido como propio no es una mercancía de “libre” elección; no es fungible ni intercambiable como el derecho de propiedad que, aparentando dotarlo de una mayor seguridad a través de la legitimación jurídica, lo ingresa en la lógica mercantil donde todo está sujeto a la prevalencia del valor de cambio. La mudanza residencial, según investigaciones psicológicas, ocupa un puesto muy alto en el orden de vivencias traumáticas y la pregunta ¿se mudaría a otro lugar? provoca una especie de desconcierto entre quienes tienen su vida unida al barrio y se reconocen en él, tal vez parecido al que provocaría preguntarle a uno si desearía ser otra persona. Ciertamente, el suelo urbano ya está despojado de mucho del significado de la tierra para el campesino, pero aun en él se verifica ese sentimiento entrañable de pertenencia recíproca al y no sólo del lugar, a y de ese y no cualquier otro lugar “equivalente”.

La deslugarización de “nuestra época”

Tal vez el barrio represente una restauración parcial de la aldea dentro del extravío de –parafraseando a Ciro Alegría- “el mundo demasiado ancho y ajeno” que es la gran ciudad, reflejo y fruto de la pertinacia reconstructora de ámbitos vitales de un ser humano desarraigado y masificado. Si el barrio, como creación popular espontánea, recupera valores fundamentales de la naturaleza humana desbordando afortunadamente la rigidez aséptica de la planificación autoritaria, lejos está de ser la “unidad natural de la vida social” en un medio “urbano, nueva era de la humanidad, que representaría la liberación de los determinismos y las exigencias de las fases anteriores”, siempre y cuando “escape a toda represión... en definitiva, el derecho a la ciudad”, como sostiene Henri Lefebvre (Castells, 1974: 109, 111 y 128). Porque tal posibilidad de libertad es ficticia y cada vez más estrecha en “un mundo cuya inmensa variedad potencial... ha sido sacrificada a una uniformidad metropolitana de un nivel inferior. Un mundo sin raíces, arrancado de las fuentes de la vida, un mundo plutónico... ciudades que se extienden sin razón alguna y que de esta suerte cortan el alma de su existencia regional... ciudades donde se trata de hacer más ganancias en el papel y más sustitutos artificiales para la vida” (Mumford, 1945, tomo 2: 63). Ya hace bastante más de medio siglo, autores como Mumford y Wirth hablaban del carácter desequilibrado y desequilibrador de la urbe capitalista y en los años 60 Reymond Ledrut constataba una polarización de la vida social en la sociedad moderna en torno a los dos extremos, la ciudad y la vivienda, sin que haya apenas posibilidad de supervivencia para los grupos intermedios.

Si algo nuevo ha aportado la globalización en este proceso es una agudización y una aceleración dramática de esas tendencias. La trasnacionalización del poder, la precarización laboral, la exclusión social, el imperio de una despiadada competencia, la ética débil, el pragmatismo, el individualismo, la compulsión al consumo, la cultura de la intrascendencia, la fugacidad y el inmediatismo que constituyen la marca de “nuestra época” como un juego de espejos sinérgico van desarticulando los ámbitos continentes y significantes de la vida en distintos planos y a distintas escalas dando lugar a ese mundo fragmentado de que habla Castoriadis (1997) y esa explosión del desorden de que habla Fernándz Durán reproduciendo, 60 años más tarde, casi textualmente las palabras de Mumford: “El tiempo de la vida cede paso al tiempo vacío del capital. La atomización de las relaciones personales, el desarraigo, la alienación en el trabajo, la ausencia de un equilibrio con la naturaleza, el aturdimiento sonoro y lumínico, el intento de satisfacción de las necesidades vitales vía consumo... en definitiva, la falta de sentido de la vida ocasionan una fuerte desorganización de la personalidad urbana en la gran metrópoli” (Fernández Durán, 1996: 138). El avance de esta globalización no puede sino acompañarse del crecimiento y la expansión indefinida de las áreas metropolitanas, de la segregación socio-territorial y la eclosión de inseguridad y violencia, de la decadencia de los centros tradicionales y la aparición de “nuevas centralidades” dispersas, de la multiplicación de asentamientos marginales y suburbios residenciales al estilo USA, del culto al automóvil y el confinamiento en el hogar y en hipercentros cerrados. En medio de este Big Bang, este estallido y este dinamismo centrífugo, es absolutamente coherente que, como la ciudad misma, los barrios desaparezcan.

La tesis aquí sustentada es que, lejos de ser derivaciones contingentes, procesos tales son inherentes a la lógica del Poder. Imponer el gran no-lugar que es la globalización requiere, más que producir no-lugares, llevar a cabo una “deslugarización” generalizada que lleva a extremos ilimitados la alienación iniciada con la ciudad industrial y que es parte fundamental del modelado del ser humano funcional al sistema, un átomo desarticulado, un ser anónimo, aún más que individuo masificado y que hombre unidimensional de Marcuse; un nowhereman, hombre de ninguna parte, más parecido al de la canción de los Beatles que al habitante del feliz Nowhereland de William Morris; un sujeto aislado y perdido, despojado de referencias comunitarias y locales propias, culturales, históricas y naturales, a merced de la coerción y la manipulación mediática. Las utopías del espanto concebidas por George Orwell y Aldous Huxley se subsumen esencialmente en esta desintegración de la identidad y el lugar en el mundo de la gente y su sustitución por el equivalente universal único y un espacio de flujos aséptico y designificado.

“La sustitución de los lugares por una red de flujos de información constituye una meta fundamental del proceso de reestructuración [socioeconómica del capitalismo]... Escapar a la lógica social inherente a cualquier lugar particular se convierte en el medio de conseguir la libertad... El surgimiento del espacio de flujos expresa la desarticulación de sociedades y culturas con base local” –dice un párrafo de Castells altamente revelador de esta estrategia. “Lo que surge –afirma- no es la profecía orwelliana de un universo totalitario controlado por el ‘Gran Hermano’ sobre la base de las tecnologías de la información. Por el contrario, se trata de una forma mucho más sutil y... potencialmente más destructiva, de desintegración y reintegración social. No existe una opresión tangible ni un enemigo identificable ni centro de poder alguno que pueda ser responsabilizado de problemas sociales específicos... El sentido social se evapora de los lugares y por lo tanto de la sociedad y se torna diluido y difuso en la lógica de un espacio de flujos cuyo perfil, origen y propósito último son desconocidos incluso para muchas de las entidades integradas en la red de intercambios... La gente vive en lugares, el poder domina mediante flujos” (Castells, 1995: 484-485, subrayado mío).

Dos faros sobre Montevideo y el Big Bang

Prácticamente todas y cada una de las tendencias asociadas a la globalización tienen su expresión en las transformaciones de la capital uruguaya en los últimos decenios y lo que sobre todo se verifica es el efecto conjunto: la pérdida de una integración y una identidad forjada, con la del país, hasta mediados del siglo que acaba de terminar. Este trabajo ensaya una mirada en profundidad sobre ese proceso a través de dos barrios singulares de la ciudad que representan casos paradigmáticos, el Cerro y Punta Carretas.



Ubicación de ambos barrios en Montevideo, Uruguay

Hacer una lectura como esta ha supuesto fijar la atención, ora alternativa, ora simultáneamente, en dos tipos de comparaciones, establecidas a través de una coordenada espacial y una temporal, previendo la existencia de coincidencias o invariantes y de diferencias o cambios. Esto es, un contrapunto entre lugares, por un lado, y un contraste, por otro, entre un antes y un ahora de límites no precisos ni necesariamente coincidentes para uno y otro barrio pero en principio reconocidos, respectivamente, hacia algo pasada la mitad y en la última década del siglo XX, lo que ubica el tránsito dentro de un lapso que en la cronología nacional se corresponde con el período dictatorial (1973-85) y en la mundial, con la entrada en la era de la globalización. Para comprender las continuidades y las rupturas históricas que ese tránsito significa, por momentos la mirada se remonta a épocas pretéritas. La investigación trascurre así por los sectores dispuestos en el cuadro adjunto al final focalizando el interés principal en la cruz de interfase, más particularmente en el centro y fundamentalmente en uno de sus cuadrantes, que es donde radica la posible relación del caso con las hipótesis; lo que las mutaciones de uno y otro barrio tienen en común y reflejan del curso de la ciudad toda, del país, del mundo.

Las respuestas buscadas no quieren ni pueden ser verdades científicas. Valiéndose desprejuiciadamente de fuentes y datos diversos –bibliografía histórica, cartografía, información censal, investigaciones antecedentes, entrevistas testimoniales, periódicos y otras manifestaciones culturales locales, así como conocimientos previos y percepciones personales- y utilizando como “indicadores” algunos principios de la existencia de una unidad de habitat localizada en el espacio y el tiempo –límites y distancias, centros y nexos, signos de identidad o anomia, de arraigo o desarraigo, unidad o uniformidad entre partes que conforman o no un todo-, a través y más allá de todo ello se intenta construir una mirada compuesta de miradas diversas que permita interpretar qué claves operan en la antinomia primordial entre unidad y fragmentación, cohesión y decohesión, ser y no-ser, en definitiva, de esa entidad llamada barrio.

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