Acercamiento a la cabala: Sobre el Arbol de la Vida Sefirótico






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ACERCAMIENTO A LA CABALA:

Sobre el Arbol de la Vida Sefirótico



JOSE MANUEL RIO
La palabra Qabalah quiere decir en hebreo Tradición, y Tradición con T mayúscula es lo mismo que transmisión, de un Conocimiento, de una Sabiduría, que se encara como herencia porque es anterior a nosotros y la recibimos como comienzo de un camino en el momento que entramos en contacto con ella (o ella con nosotros). La misma palabra Qabal (la raíz verbal qbl) significa también recepción, habiendo quedado por otra parte en el lenguaje ordinario como sinónimo de integridad, entereza o justeza. Así la Tradición es tanto transmisión como recepción y al mismo tiempo es orientación. En árabe, lengua emparentada con el hebreo, por su tronco abrahámico, quiblah (que tiene las mismas consonantes raíz) significa la orientación ritual. Es decir, que interiormente (de lo que el gesto exterior es un rito en el tiempo y el espacio que son entonces cualitativos) el ser humano se orienta, se vuelve o se pone ante una revelación, ante la posibilidad de la recepción del Conocimiento, que por ser una apertura en su alma (que en cierto sentido comienza por eso mismo a ser) puede recibir y desarrollar, hasta el punto de generar o concebir un nuevo ser, que es él mismo, en su Identidad hallada en el momento en que nace efectivamente al Origen de esa revelación o transmisión, al espíritu, al cual ella se refiere en todos sus aspectos y manifestaciones, en tanto que vía iniciática que a él conduce, por los sucesivos nacimientos y muertes a otros estados en el camino de retorno a esa realidad "anterior" y "preeminente" (Qadmon),1 la que es atemporal y mítica, y en su trascendencia, puramente espiritual y arquetípica. Por lo que esa "con–versión", en un sentido mucho más profundo que el puramente exotérico, significa la transformación y transmutación integrales de todas las potencias del ser, afirmándose con respecto a este proceso integral de Conocimiento, que hay que "darse vuelta como un guante", según decía en su plástico lenguaje Federico González en el C.E.S. de Barcelona en 1979, pues el punto primordial del que todo procede, aparentemente oculto en su manifestación, es al contrario el que contiene todo.

Ese vocablo, quiblah, lleva implícito el sentido de 'volverse hacia', o sea de algo que está frente a frente y en el que un término de la confrontación se conjuga o se absorbe en el otro que dará un nuevo ser, en una unión que es el comienzo de la generación espiritual. Lo que, como nos dice R. Guénon, es el verdadero sentido de la "conversión", y no el de cambiar a una u otra de las formas tradicionales, que es otra cosa que no tiene nada que ver. Esto mismo se ha heredado de la Tradición y conviene hacer memoria de ello para valorar lo que es un Mensaje, y cómo opera un Mensaje, del que todos los pueblos han dispuesto, en la forma que les ha correspondido según la Tradición Unánime y que hoy se percibe, para el que comienza, como algo apenas incipiente, vago, en un medio que es la multiplicidad en acción y ponerse un poco en el lugar de aquellos habitantes de un pueblo tradicional, que reciben junto con la vida y la existencia la herencia espiritual de sus antecesores, donde entonces la puerta de los hombres y la puerta de los dioses se conjugan, no son opuestas, están verdaderamente en el eje, porque se recibe del padre o del maestro no sólo la vida sino el conocimiento, o la invitación o participación al conocimiento, que realice efectivamente el recipiendario más o menos que otros de sus familiares o de sus coetáneos, participando todos en el hecho común y unitario de la actualidad de lo sagrado, que en verdad es lo que otorga realidad a todo, de tal modo que la existencia de ese pueblo, o de ese ser humano, no es otra cosa que la continua recreación de esa Realidad, por la cual, gracias a su existencia como rito, como hacer y ser sagrado, esas influencias espirituales que son los Nombres divinos, o los Aspectos divinos, descienden al vacío, a la receptividad del corazón de todos y cada uno de aquellos que conforman ese pueblo, y al propio Centro o Tabernáculo, que es el corazón del templo (y el corazón de cada cual), el que recibe la Shekinah, la presencia divina, que nos dice la Cábala es la síntesis del Arbol Sefirótico, la que acompaña al pueblo que está en exilio –en este caso Israel es el símbolo del que ha perdido su patria celeste–, y se dice sufre con él y es la intermediaria de esas influencias espirituales que se comunican al pueblo o al individuo, las que corresponden a su rito, a su gesto y orientación permanente.

La Cábala como transmisión (o si se quiere como corriente sagrada de pensamiento) se desarrolla, o mejor, se manifiesta a lo largo del tiempo, no en su esencia metafísica, en la realidad original que ella está destinada a transmitir, sino en las adaptaciones y posibilidades de explicitación que lleva en sí misma, las que cumplen la función de rescatar al mundo, al iluminarlo en la Unidad. Así cuando Isaac Luria, exponente de la llamada "Cábala de Safed"2 expresa su enseñanza de la "rotura de los vasos"3 no está añadiendo nada; como el taoísta, o el arcaico, el cabalista sabe que todo está en todo, sin perjuicio de que, como ocurre con la estructura de todo lenguaje, el significado de sus elementos sea válido por la correspondencia precisa con la inteligencia del pensamiento que en él se expresa. Por otra parte si bien la Cábala es propiamente el esoterismo de la tradición hebrea, es expresión de una Tradición Unánime, Tradición Universal de la que las tradiciones particulares son formas, en el sentido de que su depósito central, su realidad esencial, es una, lo cual puede observarse en los símbolos fundamentales que se hallan presentes por doquier y en todas las tradiciones.

Es entonces la Tradición y no el hombre4 la que revelándose, revela la realidad de las cosas, los mundos, planos, lecturas o dimensiones de la Verdad total5 ("... porque mis Pensamientos no son vuestros pensamientos, dice YHVH, cuanto más altos están los cielos...", así los pensamientos divinos trascienden las consideraciones humanas...), pues son la Sabiduría y la Inteligencia divinas las que todo lo hacen, vehiculadas por lo mismo que ellas crean o manifiestan: "la revelación es coetánea con el tiempo";6 pero al mismo tiempo, el Conocimiento que el hombre ha de lograr no es la suma de aspectos (indefinidos, innumerables, que exceden al conocimiento distintivo y no son el objeto del unitario), sino la síntesis que le permite atravesar los mundos o planos hasta su Origen. Por lo que el cabalista no sólo medita en el estudio de la Cábala, absorbiéndose en la contemplación, sino que constantemente se suma al rito permanente, lo inaugura si es preciso cualificando el tiempo, sacrificándolo (sacrum–facere), hace de todo un rito, pues no hay otras expectativas que el cumplimiento de la Voluntad divina, de una Voluntad que es una con las estructuras de la vida y del universo, simbolizadas por la dialéctica de los números, por la totalidad de las direcciones del espacio y el tiempo, las que dependen del Centro supremo cuya proyección es el Eje universal, constituido por la columna central del Arbol de la Vida en la que las otras dos encuentran su equilibrio y aun su origen.

Si se observa el "macrocosmos" desde el punto de vista de las condiciones de lo individual, es decir mediante las formas, lo vemos a través de las condiciones individuales, del tiempo y el espacio objetivizados como exteriores, de lo antropomorfo, o más bien lo sensible como base de conocimiento, y proyectamos aquellas en otros tamaños y ampliamos esas condiciones como si fueran propias del mundo vivo o actual en su totalidad, y éste no incluyera realidades suprahumanas que se dan en el corazón del hombre o a las que el hombre se abre o nace, cuya identidad y cuyo conocimiento son asimismo suprahumanos, lo que significa el nacimiento de un nuevo ser, o la actualización del Ser, o del Sí–mismo por grados, lo que por otro lado es una pérdida de perspectivas ilusorias y del continente que las enmarca o define, que es el conjunto de sus desarrollos o su proyección sobre lo conocido y lo "desconocido", con lo que otro grado del Ser universal es otro mundo o nivel de la Realidad que absorbe en sí la multiplicidad, pues es un grado de Identidad. Que estos son intermediarios Divinos, agentes del Principio, o el Principio en acción, si así puede decirse, es por el grado de universalización que producen, en el corazón, constatado por la Inteligencia (Binah), que es una diosa, por su poder generador del autoconocimiento del Ser, penetrando los estados del Ser, la cual es también la Memoria, pues ese estado ya era, y era realmente otro, y no estaba fuera del hombre, siendo que la realidad o el origen de ese mundo de lo discursivo y todo lo que puede darse en esa manifestación es 'posterior', un sueño dentro de otro sueño (el sueño de lo particular–individualizado dentro del sueño del mundo como imagen de ello o de lo general que se toma por lo universal), nacido por la falsa radical del "yo y el otro"; y no estaba en otro lugar –aunque eso sea reflejo de un símbolo de la cualidad del espacio, o sea una alegoría– sino que cualquier cosa que ello sea es lo que las cosas son, si es que son algo en la ausencia de límites del verdadero Origen.

Las sefiroth, o ideas siempre presentes en el modelo universal del Arbol de la Vida cabalístico, pueden ser revividos por primera vez y, deteniéndose así, participar un poco más de las emanaciones de un Cosmos o universo que nos ha generado junto con todas las cosas y que junto con esa generación ha incluido los códigos sintéticos que hablan de esa Identidad, cualquiera sea ella en sí misma, que somos nosotros, en nuestro más profundo ser, y en ese sentido podemos considerar que nuestro rostro a lo mejor no es el que vemos una mañana en el espejo, o la imagen de nuestros egos, o nuestra autosuposición; que somos imágenes de un Adán primordial, de un hombre prototipo del cual todos los seres humanos son imagen, que está presente en todos nosotros, y que su actualización corresponde a la identidad primera que nos ha sido dada, antes de que por una secuencia cíclica, que llega a la decadencia y la fragmentación, y que se manifiesta en el presente estado de lo que hoy se llama cultura, existencia o vida, hayamos sido lanzados a una especie de lejanía o de extrañeza con respecto al propio mundo –el cual vivimos y nos conforma–, que era y es en sí, como el hombre que en él está incluido, una imagen del Principio, mundo, universo o manifestación que Adán podía nombrar, en todas sus posibilidades, al conocer su esencia inmanifestada, al hallarlo en sí mismo por ser creado a imagen divina. El hombre primordial conocía cada una de las criaturas (que son presentadas ante él para que les dé sus nombres) como símbolo, como expresión de una realidad inteligible que a su vez lo es de una suprainteligible, por lo que al reunirlas se absorbía en el Hombre Universal. En tanto que contemplaba lo inteligible unía su mundo, en tanto que se elevaba a lo incognoscible era uno con el mediador de todos los mundos.

Este era Adam Qadmon, "primordial", atemporal como el Paraíso, creado en el "sexto día", último de la "acción" creativa o manifestación, anterior al "descanso". En él se unía lo creado y lo increado, pues estaba hecho de la tierra (adamah) animada por el soplo divino en el que estaba la "imagen y semejanza" del que era anterior a los cielos y la tierra, es decir a todos los estados que constituyen la manifestación universal.

En la historia sagrada del pueblo hebreo, los patriarcas son los hombres–tipo que ejemplifican la relación con el cielo, prefigurando, junto con los profetas y los reyes, la venida del Avâtarâ o Mesías.

La noche es símbolo de oscuridad y también de interioridad, donde se produce el combate espiritual. Así Jacob, en su lucha nocturna con el ángel, lucha contra los reflejos, contra la multiplicidad de aspectos existenciales que ocultan la unidad, así como contra la limitación de lo antropomorfo y resiste por el recuerdo de su naturaleza primordial humana, sintetizada en lo libre, hasta el amanecer, en que se retira su oponente, la lucha con el ángel que se le manifiesta como hombre en la soledad de la noche; y así, cuando su oponente le pide que lo deje ir y él le exige su bendición, éste le da un nombre (Israel) que por su terminación es un nombre divino, que podría traducirse por "hombre en quien está el espíritu, o el aliento, de Dios (Él)", el cual, manifiesta la unidad que trasciende los aspectos múltiples de la realidad, porque Jacob ha vencido en esta batalla, lo que lo hace heredero del Dios de sus padres, de Abraham e Isaac. También "Abram", después de vencer a los reyes, recibe otro nombre, junto con la promesa7 –por la cual es padre de su tradición (abrahámica)– que se traduce en posteridad, física y espiritual; lo que ocurre después de la bendición8 que le otorga Melkitsedeq en el nombre del Dios Altísimo (El–Elion), el que excede la manifestación, el no–actuante, en realidad más allá de la distinción entre "alto" y bajo", nombre trascendente que está en la vertical de la inmanencia en el centro del estado humano, siendo su valor numérico igual al de Emmanuel (Dios en nosotros o con nosotros). Jacob vio abrirse la puerta de los cielos (comunicados por la escala axial), mientras "YHVH estaba junto a él", en Beith–El, cuyo antiguo nombre era Luz,9 o morada de inmortalidad, es decir, la inmanencia de la Tierra de los Vivos, o de otro estado de ser que corresponde a la plenitud del hombre verdadero, el cual está efectivamente en la vertical del "Hombre trascendente" o universal que es el Verbo divino, o que es el intermediario arquetípico, o el arquetipo del hombre, o de todo estado central en el Universo; el arquetipo de la mediación y por lo tanto el que lleva a la identidad una, o a la identidad principal. Esa realidad solar que encarnará Jacob en tanto que padre de las doce10 tribus es asimismo central.

Así como Esaú es el hijo mayor, anterior a Jacob, sin embargo no recibe la herencia, que le correspondería por el derecho de primogenitura. Esaú es también llamado Edom, nombre que da la tradición hebrea (refiriéndose a los reyes de Edom) para las 'creaciones anteriores', que se consideran como incompletas o insuficientes; es decir, donde no se ha manifestado la tierra y el hombre como expresión de las posibilidades prototípicas, imagen o presencia del arquetipo. Esaú, que vende su derecho de primogenitura (su filiación espiritual) por un plato de lentejas, es imagen del hombre viejo, y el exilio de Jacob y su "viaje", imagen también de la búsqueda del sí–mismo, de lo real. Esta misma epopeya será la que como pueblo, Israel, sacado de la esclavitud de Egipto, que en un sentido o en ese caso representa el mundo profano, realice a través de sus distintas pruebas, como la travesía del desierto, o el paso del Mar Rojo, conducidos también por el eje simbolizado por la columna de fuego que los ilumina en la noche y la columna de nube que los guía y los oculta a sus perseguidores (manifestaciones de la Shekinah o "presencia" divina), mientras el alimento espiritual aparece, como el rocío alquímico, por una coagulación o actualización que la noche, imagen aquí de la inmanifestación, deja durante el alba, al rayar el día o mundo de lo manifestado, alimento que encarna un conocimiento transmutado y sostiene el cumplimiento de la Promesa hecha a los primeros padres, en el origen del tiempo, a un pueblo nacido de las entrañas de su Dios, o a un pueblo a quien la Deidad le ha dado el ser en el origen y la promesa de su generación o de su re–generación, el que recibirá, por intermedio de Moisés, la revelación del Sinaí, que es la Torah, la cual en su exoterismo será la Ley y en su esoterismo la Revelación, de la cual aquella es un símbolo, como la cosmogonía lo es de la metafísica.
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