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KRISHNAMURTI

Los Años del Despertar
MARY LUTYENS

EDITORIAL ORIÓN

M É X I C 0

1 9 7 9

Título de la obra en inglés:

KRISHNAMURTI - THE YEAR OF AWAKENING

Copyright (e) Mary Lutyens, 1975, English version

Derechos de Autor de Mary Lutyens, versión en español, 1977.
Reservados todos los derechos sobre esta obra.

Ninguna parte de esta publicación puede reproducirse,

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en forma alguna por medios electrónicos, mecánicos,

fotográficos, por grabación o de otra manera sin permiso previo de.
John Murray (Publishers)

50 Albemarle Street

Londres WIX 4BD

Impreso en México.

Printed in México.

EDITORIAL ORIÓN. - Sierra Mojada Nº 325.

México 10, D. F.

P R Ó L O G O
Este relato de los 38 primeros años de la vida de Krishnamurti se ha escrito luego de haberlo él mismo sugerido y con toda la ayuda que ha podido proporcionarme. No obstante, se me ha dejado en libertad de narrar su historia a mi propia manera. Nadie ha mirado por encima de mi hombro y ni Krishnamurti, ni persona alguna, estrechamente vinculada a él, ha solicitado aprobar el texto ni se le ha pedido que lo haga.

Este es un relato muy personal, que registra su singular crianza y educación y las muchas fases por las que pasó hasta llenar a la madurez  sus dificultades, dudas, infelicidad, relaciones personales y el despertar espiritual, que fue seguido por años de un intenso sufrimiento físico. Sobre todo, muestra las circunstancias del desarrollo de las enseñanzas de Krishnamurti, y pone de manifiesto su extraordinaria proeza a1 liberarse de las muchas influencias que lo apresaron en un intento para forzarlo a desempeñar el papel del Mesías tradicional.

Krishnamurti pidió primero a Mr. B. Shiva Rao que escribiera este libro. Mr. Shiva Rao fue por muchos años miembro del Parlamento Hindú y le ha conocido durante más tiempo que ninguna otra persona viva. Shiva Rao emprendió la tarea, coleccionó y preparó gran parte de la documentación, pero una seria afección de la vista le impidió hacer un libro con todo el material reunido. Entonces acepté escribirlo, y Mr. Shiva Rao, quien ha sido mi amigo de confianza durante cincuenta años, me cedió muy generosamente toda su documentación. Durante los últimos dos años, escasamente pasaba un mes sin que él me enviara desde la India respuestas a las muchas preguntas con las que yo lo acosaba. No puedo creer que dos autores hayan tenido nunca una colaboración más feliz.

Mis calificaciones para emprender la tarea son las siguientes: He conocido a Krishnamurti desde 1911 cuando yo tenía tres años; desde 1922 a 1929 compartí muchas de las experiencias que aquí se relatan y en los últimos tres años de esa época, desempeñé un papel en su vida. Aunque después de eso por muchos años lo vi muy poco, la ausencia jamás ha disminuido nuestra amistad.

Este libro es, indudablemente, un relato más íntimo que el que hubiera escrito Mr. Shiva Rao, aunque siempre estuvimos de acuerdo en la forma de narrar la historia de Krishnamurti  dejar que, hasta donde fuera posible ella misma se fuese revelando en las palabras de los personales principales. Como ésta es una historia muy extraña, a veces casi increíble, sentimos que su sabor genuino podría haberse perdido si se relatara en forma ininterrumpida. Con la presentación de las cartas y documentos de la época, el lector se encontrará ahora en posesión de todos los hechos. Este método tiene la principal ventaja de no permitir que la amistad personal cause distorsión o interferencia.

Yo aparezco en la historia como uno de los muchos personajes, y lo que ese personaje pensó y sintió se ha tomado de los diarios íntimos escritos en aquella época. Mr. Shiva Rao y yo también estuvimos de acuerdo en que, después de 1933, cuando florecieron las propias enseñanzas de Krishnamurti, el libro no hubiera podido escribirse de la misma manera, porque desde entonces su vida ha estado dedicada principalmente a su trabajo. No me propongo en este volumen parafrasear o interpretar sus enseñanzas actuales. Únicamente puedo dirigir la atención del lector a los muchos libros publicados desde 1954 por Gollancz en Inglaterra y por Harper & Row en los Estados Unidos de América.

Lo que siento es no tener aquí espacio suficiente para describir la calidad espiritual que indudablemente debe haber poseído Mrs. Besant para inspirar, como lo hizo, tanta devoción en miles de personas alrededor del mundo. La lealtad era tal tez su más relevante característica y fue una colisión de lealtades lo que ensombreció los últimos años de su vida y lo que la hace aparecer aquí más como una incauta que como una fuerza por derecho propio.

El amor de Krishnamurti, que se manifiesta tan claramente en sus cartas, tuvo que ser para ella el mejor tributo en aquella época de su vida, cuando había renunciado a sus propios poderes psíquicos para depender de los poderes de aquellos en quienes ella confiaba. Con respecto a la integridad de C.W. Leadbeater, la persona en quien más confiaba en lo relativo a todas las cuestiones ocultas, no he podido llegar a conclusión alguna, a pesar de que en 1925 estuve nueve meses en contacto diario con él en su comunidad de Sydney. Yo creía entonces implícitamente en su clarividencia; y no he dejado de creer en ella ahora. Era un hombre extraordinario, un hombre lleno de encanto y magnetismo y con una aparente sinceridad de la que a duras penas se podía dudar. Para mí sigue siendo un enigma.

Los Adeptos o Maestros, y entidades espirituales tan altamente desarrolladas como el Bodhisattva, el Señor Maitreya, el Mahachohan y otros, se encuentran en todas las culturas religiosas hasta donde se extendió el Hinduismo y el Budismo. Los significados que se les dan y las funciones particulares que se les atribuyen varían de una cultura a otra. En la presente obra sus nombres tienen el significado que les confieren los teósofos. Sin embargo, la descripción visual de estos Seres, y la creación al por mayor de Iniciados y discípulos de un grado menor en el Sendero del Discipulado, pertenecen a esa época en que C.W. Leadbeater tuvo la mayor influencia oculta en la Sociedad Teosófica. Debería yo aclarar que la teosofía en que se formó Krishnamurti fue “la teosofía de Leadbeater”, la que según entiendo, se encuentra hoy en día muy desacreditada entre los teósofos, aunque todavía existe una Sección Esotérica de la Sociedad.

El no mencionar por su nombre a los numerosos amigos de Krishnamurti que trabajaron con él tan devotamente durante el período que abarca este libro, no implica un desaire. Me he visto obligada a limitarme a nombrar a aquellos a quienes él se refería en sus cartas o a quienes tuvieron alguna influencia en el curso de su desarrollo.

1

NACIMIENTO E INFANCIA
Jiddu Krishnamurti nació el 11 de mayo de 1895, en la pequeña aldea de Madanapalle, situada a unas ciento cincuenta millas al norte de Madrás. Como octavo hijo nacido, varón, de acuerdo con la ortodoxia hindú se le llamó Krishnamurti en honor de Sri Krishna, que también había sido un octavo hijo. La familia Jiddu pertenecía a la casta más elevada, la de los brahmanes, y hablaba la lengua de los “telugus”. El bisabuelo de Krishnamurti había desempeñado un cargo de responsabilidad en la “East India Company” además de ser un eminente erudito del sánscrito; su abuelo había sido también un hombre muy instruido y fue empleado del Servicio Civil, mientras que su padre, Jiddu Narianiah, después de graduarse en la Universidad de Madrás, fue oficial del Departamento de Ingresos en la administración británica, ascendiendo, al final de su carrera, al cargo de ‘Tashildar’ (recaudador de rentas) y Magistrado del Distrito. Por lo tanto, la familia no era pobre de acuerdo con el nivel de vida de la India.

Narianiah se había casado con su prima en segundo grado, Jiddu Sanjeevamma, quien le dio once hijos, de los cuales sólo seis sobrevivieron. Parece haber sido un matrimonio muy feliz. Su esposa, según la describe Narianiah, tenía una bella voz melodiosa y le gustaba cantar para él. En aquellos días la vida en la India era primitiva y apegada rígidamente al sistema de casta. A un lado de la casa donde nació Krishnamurti corría un desagüe abierto para todas las necesidades caseras; era limpiado por los barrenderos, los ‘intocables’, que no pertenecían a ninguna casta. A los barrenderos no se les permitía entrar en la casa, excepto para recoger todos los desperdicios. En un hogar brahmán no se podía preparar, cocinar ni servir ninguna comida por un no brahmán. Además, en el Sur de la India el cocinero era invariablemente un brahmán de origen local, pues los hindúes del Sur eran vegetarianos tan estrictos que hasta el comer huevos les estaba prohibido por los preceptos de la casta. Nada impedía que un brahmán pobre se empleara para trabajo doméstico en un hogar brahmán aunque, desde luego, no podía desempeñar ninguna de las tareas que realizaban los barrenderos o las castas más bajas. No podía haber casamiento entre las castas y no se podía cambiar de casta excepto en una vida futura. A los europeos se les ponía al mismo nivel de los ‘intocables’. Sanjeevamma habría tirado la comida si tan solo la sombra de un europeo hubiera pasado sobre ésta; y si un británico entraba en la casa por asuntos oficiales, se restregaban las habitaciones donde había estado, y a los niños se les ponía ropa limpia. Tal era el ambiente en que Krishnamurti había nacido.

Sanjeevamma tuvo una premonición de que éste, su octavo hijo, había de ser notable de alguna manera, e insistía en que el bebé debía nacer en el cuarto de puja en el piso bajo, una habitación especial reservada para plegarias en los hogares ortodoxos hindúes. Narianiah accedió a su antojo aunque normalmente no se podía entrar en el cuarto de puja por la noche después de la cena ni en la mañana antes de las abluciones.

Sólo estaba presente en el nacimiento una prima con experiencia como partera. A diferencia de los otros partos de Sanjeevamma, éste fue rápido y fácil. Narianiah estaba sentado en la habitación contigua con su reloj en mano. A las doce y media de la noche se entreabrió la puerta del cuarto de puja, y la prima murmuró ‘Sirasodayam’, que significa en sánscrito ‘la cabeza está visible’. Para los hindúes este es el preciso instante del nacimiento, esencial para los cálculos astrológicos. Como en la astrología hindú el día se cuenta a partir de las 4 a.m. a las 4 a.m., Krishna nació el 11 de mayo, mientras que por el cómputo occidental habría nacido a las 12:30 a.m. del día 12.

Uno de los más renombrados astrólogos de la región, Kumara Shrowtulu, hizo los cálculos del horóscopo del bebé al día siguiente. Y pudo asegurar a Narianiah que su hijo seria verdaderamente un gran hombre. Por muchos años pareció sumamente improbable que la predicción se cumpliera. Cada vez que el astrólogo se encontraba con Narianiah solía preguntarle: ‘¿Qué me dice del niño Krishna?’ Evidentemente la respuesta de Narianiah nunca era muy alentadora porque el astrólogo volvía a asegurar al desilusionado padre: “Espere, le he dicho la verdad; él será alguien muy grande y maravilloso”.

En noviembre de 1896 Narianiah fue trasladado a Cudappah, una población mucho más grande y una de las más afectadas por la malaria en el distrito. El año siguiente, que fue de gran carestía y hambre, el niño Krishna, que tenía dos años, estuvo tan enfermo de malaria que durante varios días se creyó que no viviría. Aunque en 1900 Narianiah fue trasladado otra vez a Kadiri, que era una población más salubre, Krishna tuvo por muchos años brotes periódicos de esa fiebre, y también sufrió mucho de hemorragia nasal.

A la edad de seis años Krishna vivía en Kadiri, y como todos los niños brahmanes al comenzar su educación, tuvo que pasar por la ceremonia del ‘hilo sagrado’, o Upanyanam. Esta ceremonia señala su entrada al Brahmacharya, o sea, que asume las responsabilidades de los brahmanes, pues todo brahmán es sacerdote por nacimiento. Narianiah describió este importante acontecimiento:
Acostumbramos hacer de ello una fiesta familiar, y nuestros amigos y conocidos fueron invitados a comer. Cuando toda la gente estuvo reunida, se bañó al niño y se le vistió con ropa nueva. Se usan vestiduras muy costosas si los padres pueden proporcionarlas. Trajeron a Krishna y lo pusieron en mis rodillas, mientras que, con la mano extendida, yo sostenía una bandeja de plata salpicada de granos de arroz. Su madre, sentada junto a mí, tomó entonces el dedo índice de la mano derecha del niño, y con él trazó en el arroz la palabra sagrada, AUM, que en su versión sánscrita consta de una sola letra, letra que es, en sonido, la primera letra del alfabeto en sánscrito y en todas las lenguas vernáculas. Entonces me sacaron mí anillo del dedo y lo colocaron entre el pulgar y el índice del niño. Mi esposa, sosteniendo su pequeña mano, trazó otra vez con el anillo la palabra sagrada en caracteres telugus. Luego, sin el anillo, trazó de nuevo la misma letra tres veces. Después de esto, el sacerdote oficiante recitó mantrams para bendecir al niño de modo que fuera dotado intelectual y espiritualmente. A continuación, mi esposa y yo, llevando a Krishna con nosotros, nos trasladamos al templo de Narasimhaswami para adorar y rezar por el futuro éxito de nuestro hijo. De allí seguimos a la escuela hindú más cercana donde Krishna fue entregado al maestro, quien llevó a cabo la misma ceremonia, trazando la palabra sagrada en arena. Mientras tanto, varios amigos de los escolares se habían reunido en el salón de clases, y distribuimos entre ellos muchas cosas buenas que les pudieran servir de regalo. Así es como iniciamos a nuestro hijo en su carrera educativa de acuerdo con la antigua costumbre de los brahmanes.
Nityananda, el hermanito de Krishna, solamente tres años menor, solía correr tras de él cuando iba al colegio, anhelando ir también. Tan perspicaz era Nitya como irresoluto y soñador era Krishna; sin embargo, existía un lazo muy estrecho entre estos dos hermanos. Krishna solía a menudo regresar a casa del colegio en Kadiri sin ningún lápiz, pizarra ni libro, por habérselos dado a algún niño más pobre. Los pordioseros venían a la casa por las mañanas, cuando era costumbre echar cierta cantidad de arroz sin hervir en todas las manos extendidas. La madre mandaba a Krishna afuera para distribuir el arroz, y él acostumbraba regresar por más, diciendo que había echado todo el arroz en la bolsa del primer hombre. Por la tarde, cuando Narianiah se sentaba con sus amigos en la galería después de regresar de su oficina, los pordioseros volvían por comida cocinada. Esta vez los sirvientes trataban de echarlos, pero Krishna corría adentro a buscarles comida, y cuando Sanjeevamma preparaba algún convite especial de golosinas para los niños, Krishna tomaba sólo una parte de lo que le correspondía y daba el resto a sus hermanos; a pesar de ello, Nitya solía pedir más, y Krishna nunca dejaba de darle.

Cuando vivían en Kadiri, Krishna y Nitya acompañaban todas las tardes a su madre al gran templo de Narasimhaswami, célebre por su santidad. Krishna siempre mostró una disposición religiosa. Tenía también, sorprendentemente, cierta inclinación para la mecánica. Un día en que su padre se había ausentado, tomó el reloj de éste, lo desarmó y rehusó ir a la escuela o comer, antes de armarlo de nuevo. Estas dos tendencias más bien contradictorias de su naturaleza, así como su generosidad, han persistido durante toda su vida.

Los traslados frecuentes de Narianiah tanto como los brotes de fiebre de Krishna, interrumpían a menudo la educación del niño. Durante un año completo estuvo totalmente imposibilitado de ir a la escuela, de modo que se mantuvo rezagado en sus lecciones con respecto a los niños de su edad. Además, detestaba aprender de los libros y era tan soñador que a veces parecía un retrasado mental. No obstante, era un observador agudo cuando se despertaba su interés. Solía quedarse parado por largo rato observando los árboles y las nubes, o se ponía en cuclillas en el suelo contemplando las plantas y los insectos. Esta íntima observación de la naturaleza es otra característica que ha conservado.

Después de tres breves traslados, en 1903, la familia regresó a Cudappah, población en que imperaba la malaria, donde al año siguiente murió la hermana mayor de Krishna. Narianiah contaba que su esposa “estaba angustiada por la muerte de su hija, una joven de sólo veinte años, muy espiritual, a quien no le interesaba nada de lo que el mundo podía ofrecerle”. Poco después de su muerte, Krishna demostró por primera vez que era clarividente. En un relato de su niñez, escrito cuando tenía 18 años, dice que su madre “era un tanto psíquica” y que frecuentemente veía a su hija muerta:
Hablaban entre sí, y había un lugar especial en el jardín al que mi hermana solía venir. Mi madre siempre sabía cuando mi hermana estaba allí y a veces me llevaba consigo a ese lugar y solía preguntarme si yo también la veía. Al principio me reía ante la pregunta, pero ella me invitaba a que mirara de nuevo y entonces a veces veía a mi hermana. Después de eso siempre podía verla y debo confesar que me daba mucho miedo, porque la había visto muerta y su cuerpo incinerado. Generalmente corría junto a mi madre y ella me decía que no había razón para temer. Yo era el único miembro de mi familia, a excepción de mi madre, que tenía estas visiones, aunque todos creían en ellas. Mi madre era capaz de ver el aura de las personas, y yo también a veces la veía.
En el mes de diciembre de 1905, cuando Krishna tenía diez años y medio y la familia se encontraba todavía en Cudappah, se abatió sobre ellos el peor de todos los golpes  la muerte de Sanjeevamma. Krishna escribió en este mismo relato:
Los recuerdos más felices de mi niñez se concentran alrededor de mi querida madre, quien nos prodigaba toda la solicitud amorosa por la que tan bien conocidas son las madres hindúes. No puedo decir que me sentía particularmente feliz en la escuela, porque los maestros no eran muy cariñosos y me daban lecciones demasiado difíciles para mí. Gozaba de los juegos, siempre que no fueran muy rudos, pues tenía una salud muy delicada. La muerte de mi madre en 1905 nos privó, a mis hermanos y a mí, del ser que más nos amaba y nos cuidaba. Mi padre estaba demasiado ocupado para prestarnos mucha atención... realmente no había nadie que nos cuidara. En relación con la muerte de mi madre, puedo mencionar el hecho de que yo la veía frecuentemente después que murió. Recuerdo haber seguido una vez la forma de mi madre subiendo las escaleras. Extendí la mano y me pareció haber tocado su vestido, pero ella se desvaneció tan pronto llegó arriba. Hasta hace poco acostumbraba oír a mi madre que me seguía cuando iba a la escuela. Lo recuerdo especialmente porque oía el sonido de las ajorcas que las mujeres hindúes llevan en las muñecas. Al principio miraba hacia atrás medio asustado, y veía la forma vaga de su vestido y parte de su rostro. Esto sucedía casi siempre cuando yo salía de la casa.
Narianiah confirmó que Krishna vio a su difunta madre:
Teníamos la costumbre de depositar sobre una hoja un poco de la comida preparada para la familia y colocarla cerca del sitio donde la difunta solía acostarse, y lo hicimos así en el caso de mi esposa. Entre las 9 y 10 de la mañana del tercer día, Krishna fue a tomar su baño y apenas se había echado un poco de agua en la cabeza, salió corriendo empapado y desnudo [excepto por un taparrabo]. La casa donde vivíamos en Cudappah era larga y angosta, las habitaciones dispuestas una tras otra como los compartimentos de un tren. Al pasar Krishna frente a mí corriendo desde el baño, le cogí la mano y le pregunté que pasaba. El muchacho me dijo que su madre había estado con él en el cuarto de baño y al salir ella, la acompañó para ver qué era lo que iba a hacer. Entonces, le pregunté: “¿No recuerdas que tu madre fue llevada a incinerar?” “Sí, lo recuerdo”, dijo, “pero quiero ver a dónde va ahora”. Lo dejé ir y lo seguí. Fue a la tercera habitación y se detuvo. Este era el lugar donde se tendían los saris de mi esposa para que se secaran por la noche. Krishna se paró mirando fijamente a algo, y le pregunté qué pasaba. Me dijo: “Mi madre se está quitando la ropa mojada y poniéndose la seca”. Luego se fue a la habitación contigua y se, sentó cerca de la hoja en que estaba colocada la comida. Me quedé allí un momento y me dijo que su madre estaba comiendo. Poco a poco se levantó y se dirigió a las escaleras y continué siguiéndolo. Se detuvo a media escalera y me dijo que ya no podía verla. Entonces nos sentamos juntos y le pregunté cómo se veía ella y si le había hablado. Me dijo que se veía exactamente como siempre, y que no le había hablado.
Después de la muerte de su esposa, Narianiah tomó unos pocos meses de descanso y regresó a Madanapalle por el bien de la salud de los niños; cuando reanudó su trabajo, pudo permanecer allí hasta el momento de su jubilación. Krishna y Nitya fueron admitidos el 17 de enero de 1907 en la escuela superior de Madanapalle donde estuvieron hasta enero de 1909.

A unas dos millas de su hogar había un templo en la cumbre de una solitaria colina, y a Krishna le gustaba subir hasta allí todos los días después de las horas de clase. Ninguno de los otros muchachos quería acompañarle pues era una ascensión difícil por un camino pedregoso, pero él insistía a menudo para que Nitya lo acompañara. También le gustaba celebrar giras campestres con sus amigos. Como su padre era ahora Magistrado de Distrito, posición de cierta importancia, los hermanos de Krishna creían que se rebajaban al cargar la comida hasta el lugar de la reunión; Krishna, que no tenía tales sentimientos acerca de la propia importancia, tomaba la comida de manos de los sirvientes para llevarla él mismo.

Aunque Narianiah era brahmán ortodoxo, se había hecho miembro de la Sociedad Teosófica desde el año 1882 (la Teosofía abarca todas las religiones). Parece evidente que Sanjeevamma simpatizaba con sus ideas, pues Krishna recordaba que como permanecía tanto tiempo en la casa con fiebre durante su niñez mientras sus hermanos iban al colegio, solía ir a menudo al cuarto de puja al medio día cuando ella acostumbraba practicar sus ceremonias diarias. Entonces le hablaba de Mrs. Annie Besant, una de los líderes de la Teosofía, que era muy querida en la India debido a la labor que había realizado por la educación en este país. Él también recordaba que además de los cuadros de las deidades hindúes colgados en la pared, había una fotografía de Mrs. Besant en traje hindú, sentada con las piernas cruzadas sobre un chowki cubierto con una piel de tigre.

Narianiah se jubiló a fines de 1907, a la edad de 52 años, con una pensión de sólo 112 rupias al mes, la mitad de su salario anterior. Él escribió a Mrs. Besant, quien era entonces presidenta de la Sociedad Teosófica, para ofrecerle ‘de todo corazón sus servicios por tiempo completo’ en cualquier condición a cambio de alojamiento para él y sus hijos en los terrenos del Cuartel General Internacional de la Sociedad en Adyar, cerca de Madrás. Informó a Mrs. Besant que durante el tiempo que estuvo al servicio del gobierno, había tenido a su cargo 800 millas cuadradas que comprendían 160 aldeas y pensaba que seria capaz de administrar una propiedad bastante grande. Le hizo notar que era viudo con cuatro hijos de 5 a 15 años y que como su única hija estaba casada, no había nadie más que él para cuidar a los niños. El hermano mayor de Krishna, Sivaram, era el que tenía 15 años. El menor, Sadanand, de 5 años y cinco menor que Nitya, era mentalmente deficiente.

Mrs. Besant rechazó su oferta diciendo que no había ninguna escuela en Adyar que estuviera a menos de tres millas. Esto ocasionarla un gasto al tener que enviar a los niños en coche de caballos, y que de todos modos, los muchachos serían una influencia perturbadora en la finca.

Narianiah, impávido apeló a ella en otras tres oportunidades durante los meses siguientes. Por una feliz casualidad, a fines de 1908, uno de los secretarios de la Sociedad necesitaba un auxiliar, y sugirió que Narianiah ocupara el puesto. Después de haberlo conocido en la Convención Teosófica de diciembre, Mrs. Besant por fin convino en aceptar sus servicios, y el 23 de enero de 1909 se trasladó a Adyar con sus cuatro hijos y un sobrino. Sivaram entró al Colegio Presidencial de Madrás para los estudios preparatorios en medicina, mientras que Krishna, Nitya y su primo iban a la escuela superior Pennathur Subramaniam en Mylapore, caminando todos los días tres millas a la ida y otras tantas al regreso. El pequeño Sadanand no estaba física ni mentalmente capacitado para ir a la escuela.

Como no había casa disponible dentro de los terrenos de la Sociedad, la familia se hospedó afuera, en una cabaña en malas condiciones sin servicio sanitario. La hermana de Narianiah, que se había separado de su esposo, vino a quedarse con ellos al principio para cocinar y cuidar de la casa, pero parece que era una mujer desaliñada y muy mala cocinera. Los niños llegaron a Adyar en espantosas condiciones físicas. Narianiah es merecedor de gran reconocimiento por su persistencia, pues de no haber logrado vivir en Adyar, es muy dudoso que alguno de sus hijos hubiera alcanzado la madurez.
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