El proyecto del gobernador Manuel Fresco para fundar un nuevo orden social en la provincia de Buenos Aires (1936-1940)






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Presidencia de Agustín P. Justo
A pesar de la abstención radical, Agustín P. Justo ganó los comicios presidenciales de 1931 sin que se registraran maniobras fraudulentas como las que ocurrieron en la provincia de Buenos Aires.
Al servicio de los intereses económicos tradicionales, atenuó la política económica iniciada con la Revolución de Septiembre, para ello necesitó un estrecho control del poder que no encontraría demasiados reparos en los sectores populares representados por los obreros y los partidos democráticos que veían en Agustín P. Justo a un representante de los intereses de los productores rurales en especial los de la provincia de Buenos Aires y políticos del conservadurismo entre los cuales se encontraban Manuel Fresco, Daniel Viola Dorna, Juan E. Kaessa y Antonio Santamarina, poderoso hacendado de la zona central de la provincia.
El partido Socialista y el Demócrata Progresista condujo la oposición parlamentaria que denunció implacablemente la política del oficialismo, a punto tal que sufrieron directamente la violencia del aparato conservador, como los asesinatos de un diputado socialista en Córdoba y de Enzo Bordabehere, demócrata progresista, en pleno recinto del senado; a pesar de ello estos partidos no lograron un mayor apoyo popular.

El fraude llevaría a la gobernación al senador Federico Martínez de Hoz -presidente de la Sociedad Rural- de ideas aristocráticas y sin atributos políticos se enfrentó con la Concordancia justista que basaba su desacuerdo en que este “reinaba” en la residencia de los gobernadores y Rodolfo Moreno “gobernaba desde el ministerio del interior”.17
Caracterizado por los antecedentes políticos -Justo- buscaría por un lado, la reivindicación de la democracia liberal y los mecanismos electorales mientras que por el otro, la constante violación de éstos conduce por la vía del desengaño, a la crisis de todo una cultura política 18 en realidad, el estaba convencido que no es su responsabilidad sino fruto del escaso desarrollo de la cultura cívica de la sociedad argentina y juzgaba a las opciones totalitarias, en ascenso por el derrumbe de los democracias liberales, como improbables, fuera de Europa y mucho menos para nuestro país.

Su popular apoyo político, no solo descansaba en las clases conservadoras sino también en algunos sectores de la clase media, que vieron en Justo un garante del orden, de la estabilidad y hasta del progreso económico. Además el ejército que comenzó a participar en actividad política y la iglesia católica, se fueron haciendo cada vez mas influyentes en su gobierno especialmente ésta última a partir de la organización del Congreso Eucarístico de Buenos Aires en 1934, la Legión Cívica , la Acción Católica y otras organizaciones “filofascistas” surgidas de la experiencia corporativista de Uriburu también se incorporan como una reacción que enfrentaría los intentos de los políticos democráticos y del movimiento obrero de crear en la Argentina un frente popular como el que había triunfado en Francia y en la España republicana. El gobierno, que no simpatizaba con estos grupos, permitía su ascenso con el propósito de equilibrar los progresos que se verificaban con las fuerzas políticas ubicadas a su izquierda, sobre todo, la de los socialistas.
El proyecto personal de Agustín P. Justo era construir a su alrededor un partido Radical renovador depurado del personalismo y gobernar intentando balancear los distintos grupos partidarios con habilidad; aunque descreen de los partidos políticos sabe de la conveniencia estratégica de manejar entre equilibrios para evitar conflictos internos.
Esta situación se sostuvo porque controlaba la mayoría de las situaciones provinciales y el bloque legislativo más importante y, el antipersonalismo y el anti socialismo independiente alcanzaron representación en el Estado Nacional gracias al deliberado apoyo de Justo; éste liderazgo de doble rostro le permitió un margen de autonomía política y reforzó notablemente su jefatura en la coalición. Sobre estas bases el gobierno supo resolver a su favor las diferentes coyunturas políticas del período, sin poder eludir algunas cuestiones que lo acompañaban desde su origen como el crecimiento de los grupos filofascistas, por un lado y su imagen de legitimidad por el otro.

Justo se inclinó hacia los sectores conservadores que podían garantizarle, si no la mayoría –al menos un importante número de votos- a su vez, había profundizado su acercamiento al catolicismo, con la organización del Congreso Eucarístico de 1934, además intento reconquistar a los grupos nacionalistas, que se habían apartado poco después de su llegada a la presidencia, concediéndoles la persecución legal del partido Comunista.
Este tipo de maniobras estaban destinadas a buscar una mayoría capaz de garantizarle a Justo el control de su sucesión. A partir de allí surge su decidido compromiso con el fraude electoral.

En 1935 debían renovarse varios gobernadores provinciales, acontecimiento político importante para su futuro, ya que las provincias seguían siendo las piezas claves del control electoral. Sin embargo un año antes en su mensaje al congreso Justo solo dedicó unas pocas líneas al fraude y a la violencia, mientras tanto a su despacho llegaban los padrones y las listas de autoridades de mesa, que eran revisados y fiscalizados por sus secretarios personales.
Al instalarse como principal tema político, el fraude renueva el problema de legitimidad del gobierno. Justo apela a un argumento que venia ensayando desde los primeros años de su gestión, y asegura que la legitimidad de un gobierno no solo proviene de haber alcanzado el poder por medio de una elección, sino también de la forma en que se ejerce la autoridad. Para ello intentó vincular aspectos diferentes, la normalidad y el orden que el sistema político argentino debía aparentar, condición previa indispensable para afrontar las dificultades de integrar al radicalismo por un lado y los efectos de la crisis económica mundial por el otro. La paz política y social que el presidente demandaba era tan necesaria como grave parecía la crisis económica que azotaba a la Argentina; cuya responsabilidad atribuía al gobierno Radical depuesto.
Las dos producciones más importantes como las carnes y los granos encontraban crecientes dificultades para colocarse en los antes mercados internacionales; el sector externo, clave de la economía Argentina, se había contraído notablemente y el único medio disponible para equilibrar el presupuesto y hacer frente a los compromisos financieros internacionales era reducir drásticamente el gasto estatal.
Hacia mediados de la década, la Argentina, había superado los peores efectos de la crisis. En 1934, el nivel de la actividad económica había aumentado, la balanza comercial recuperó una posición favorable, el capital extranjero empezó a regresar en forma de inversiones a corto y largo plazo. Los precios de las exportaciones se recuperaron y las imprevistas sequías sufridas por otros países productores permitieron acelerar esa recuperación. Al mismo tiempo, las inversiones industriales crecían, sobre todo las de origen norteamericano y bajó notablemente la desocupación.

En cuanto a la carne, el pacto Roca-Runciman operó como factor de estabilización. El acuerdo debía impedir que se redujera la cuota de carne enfriada adquirida por los británicos y aseguraba el control del comercio de exportación al poderoso pool frigorífico anglo norteamericano.
El tratado Roca-Runciman, firmado el 1º de mayo de 1933, comprendió un documento principal, un protocolo adicional explicativo y una convención arancelaria.

Desde el punto de vista británico se buscaba una asignación preferencial de las divisas y un bloqueo de los fondos congelados por aranceles aduaneros sobre sus exportaciones al país.19

Como en la Argentina funcionaba un sistema de control de cambios, la suma total de las libras provenientes de la venta de productos argentinos en el Reino Unido se destinarían a cubrir las remesas correspondientes a la Argentina.

Se garantizaba, asimismo, el pago de las mercaderías importadas desde Gran Bretaña y el de sus dividendos a los accionistas de las empresas británicas radicadas en el país.

Respecto del comercio de las carnes, las empresas frigoríficas estatales ó sin fines de lucro mantendrían un 15% del mercado mientras que el porcentaje restante se distribuía entre los frigoríficos británicos y norteamericanos que operaban en la Argentina.
El gobierno nacional se comprometía, también, a otorgar “un tratamiento benévolo a las empresas de capital británico” radicadas en el país y ambas partes contratantes se comprometían a colaborar en una investigación conjunta de la estructura económico-financiera del comercio de carnes de modo de asegurar a los ganaderos una rentabilidad razonable.
El pacto tendía, en términos generales, a recomponer una relación ya tradicional; la complementación de la economía agraria Argentina con la economía industrializada de Inglaterra. En realidad, el pacto había consolidado el monopolio frigorífico en manos de los ingleses y de norteamericanos;20 hecho que fortaleció el descontento en sectores nacionalistas civiles y militares que desplegaron argumentos de todo tipo para demostrar que el país estaba sometido a los intereses del imperialismo británico.
La influencia de los nacionalismos europeos encontró en intelectuales como los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta y en militares como Juan Bautista Molina, entre otros, un caldo de cultivo para afianzar un sector de claras simpatías filofascistas.
La expansión del modelo fascista, con el renacimiento de la Alemania nazi y el despliegue agresivo de la Italia fascista de Mussolini, había impactado profundamente a ciertos sectores civiles y militares partidarios de un poder autoritario y antidemocrático.
La reorganización del ejército devolvió a Alemania un prestigio que había decaído tras la derrota de 1918. A su vez el ejército argentino estrechó contactos con la Wehrmatch para perfeccionar a sus oficiales, enviándolos al Tercer Reich ó recibiendo instructores alemanes. Anualmente se enviaban 20 oficiales a Alemania, la extraordinaria eficiencia y poder de la Wehrmantch influyó en algunos oficiales de tendencia autoritaria como el general Francisco Fasola Castaño, viejo uriburista, admirador de Mussolini y líder de un sector reducido del ejército. En 1936 desafió al presidente Justo acusándolo de traicionar la revolución del 30, este hecho motivó su destitución de la fuerza. En el mismo año, regresa de una prolongada estadía en Alemania, el coronel Juan B. Molina, que se convirtió en la cabeza militar visible de un nacionalismo argentino profundamente influido por el ejemplo nazi-alemán; logró congregar a un grupo de nacionalistas de extrema derecha y a importantes figuras, como el uriburista general Nicolás Accame, el almirante Abel Renard, ex ministro de marina de Uriburu, y el ex ministro del interior Matías Sánchez Sorondo. El nuevo jefe de la escuela de suboficiales de campo de mayo inició un complot destinado a derrocar a todas las autoridades, a reestructurar las profesiones y los sindicatos sobre líneas corporativistas y nacionalizar el Banco Central.

Una oportuna serie de traslados de oficiales evitó el estallido y el posterior control de la situación por parte del presidente Agustín P. Justo neutralizó el golpe de Estado.21


El sistema político garantizaba la estabilidad y la previsibilidad en las relaciones económicas, pero dejaba al descubierto dos sectores opuestos , el del presidente Agustín P. Justo, preocupado por mantener una democracia aparente, además de continuar las relaciones bilaterales con Gran Bretaña, y el otro sector, el nacionalista, integrado por militares y civiles, de simpatías filofascistas que pretendían para la Argentina un futuro de gran potencia y reivindicaban el papel decisorio del ejército no sólo en materia de política económica sino también exterior.
Estas dos líneas ideológicas marcarán en la provincia de Buenos Aires sus discrepancias en la Convención que reformó la Constitución provincial en 1934; la fracción que respondía al senador nacional Matías Sánchez Sorondo cuya postura autoritaria limitaba la libertad de prensa y recomendaba la enseñanza religiosa en las escuelas, se enfrentó al sector más liberal que se oponía a esto y reconocía el liderazgo del ministro de gobierno, Rodolfo Moreno.22

Los legisladores también tomaron partido en la disputa porque la nueva Constitución limitaba sus atribuciones en materia de gasto público acentuándose con el levantamiento de la abstención en 1935.
La provincia de Buenos Aires era un reducto electoral decisivo en cualquier elección presidencial y el retorno del radicalismo al ruedo electoral complicaba el panorama político del gobierno, que corría el peligro de perder el control de la provincia si no adoptaba las viejas prácticas fraudulentas conservadoras, por lo que el enfrentamiento entre las dos tendencias sufrirá una interrupción estratégica por cuatro años impulsada por Agustín P. Justo. La revitalización electoral del radicalismo, tras el triunfo de Amadeo Sabatini en Córdoba, se tornaba peligrosa porque, si bien las corrientes de derecha habían crecido, la izquierda progresista y liberal aumentaba sus contactos con el partido de Alvear, que además de oponerse airadamente al fascismo conformará un frente popular que le disputará el control interno del partido. Justo no vaciló, entonces, en oscilar hacia la derecha del espectro político y recomendó al ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires Rodolfo Moreno y a su ministro del interior, Melo, sacar del medio al gobernador Federico Martinez de Hoz (1932-1935) que no aceptaba las prácticas fraudulentas en su distrito y dejar en manos del vicegobernador, Raúl Edgardo Díaz, la tarea de dirigir las elecciones de renovación gubernamental.

Luego de renunciar al ministerio de gobierno, Moreno, prepara las condiciones para que se levante la custodia del despacho del gobernador y un grupo de hombres armados de Avellaneda, acompañados de fotógrafos y periodistas, irrumpen en la casa de gobierno y deponen al gobernador. “El pronunciamiento popular” se interrumpe porque el gobernador toma la precaución de pedir la intervención federal telegráficamente. A disgusto, el presidente, lo repone en el cargo e intenta gestionar su renuncia pero Martinez de Hoz, se niega y designa un nuevo gabinete “nacionalista”. A punto tal que un grupo de jóvenes de “las ligas nacionalistas” defenderían armados la casa de gobierno de la Plata, para impedir otra “revolución popular”. Pero la legislatura decide por unanimidad su suspensión y el presidente Agustín P. Justo envía la intervención al Poder Ejecutivo bonaerense. Depuesto el gobernador se preparaba la estructura fraudulenta para las elecciones de noviembre de 1935; aunque dentro de la Concordancia, las dos tendencias volvían a enfrentarse por el control de la provincia, por un lado, la antidemocrática liderada por Manuel Fresco, presidente de la cámara de diputados y candidato a gobernador, partidario del deber patriótico de imponerse por la fuerza y no por el engaño y, la “democrática” de Rodolfo Moreno que prefería el fraude en el escrutinio.

Gobernación de Manuel Fresco (1936-1940)
Manuel Fresco llegaba a la gobernación apelando a maniobras que lesionaban los principios de la Ley Sáenz Peña. Su proyecto se basaba en la organización de la sociedad desde el Estado, según un esquema corporativo, donde la misma debía ser movilizada a favor de ese Estado y éste último debía encargarse de la educación, de la actividad sindical y hasta de los comicios.

La ingenuidad política de los radicales avalaría los comicios en la provincia de Buenos Aires proclamando como fórmula a Pueyrredón-Guido, mientras los demócratas nacionales presentarían a Manuel Fresco-Aurelio Felipe Amoedo.
La campaña proselitista se manejó dentro de parámetros normales y los radicales confiaban en un holgado triunfo. El 3 de noviembre de 1935 se realizan las elecciones en la provincia de Buenos Aires, y la aparente calma de la campaña previa dejó de serla cuando los demócratas nacionales comenzaron a poner en marcha su maquinaria fraudulenta. Los presidentes de mesa designados a dedo expulsaban a los fiscales radicales y volcaban los padrones. A esto se le sumaba la presión de los caudillos leales a Fresco sobre los sufragantes, que armados les impedían votar ó deliberadamente lo hacían por ellos.

Estas maniobras fraudulentas llevaron a la fórmula Fresco-Amoedo, del partido Demócrata Nacional a obtener 100.000 votos más que los radicales.

La situación bonaerense se había transformado en un ensayo para el control político del fraude electoral, su autor Manuel Fresco decidía poner un drástico final a los principios y mecanismos de la Ley Sáenz Peña, que bautizó como “fraude patriótico”.
Para Fresco las elecciones eran una de los tantos rituales que movilizaban a la ciudadanía bajo estricto control del Estado. Su concepción totalizante se hacia una característica de la sociedad argentina a pesar de las encendidas criticas de los medios gráficos, del Congreso y hasta del mismo gobierno nacional, que intentaba separarse de la imagen fraudulenta del gobierno provincial, pero permitía su continuidad y además apoyaba en cierta manera, el desarrollo de su modelo de gobierno, que sintetizaba el integrismo católico, el fascismo europeo y el New Deal de Roosevelt, mediante la realización de ambiciosos planes de obras públicas con empréstitos nacionales para construir en numerosos partidos del interior de la provincia palacios municipales, cementerios, mataderos y nuevos espacios de sociabilidad, como plazas y parques.
El paisaje comenzaba a transformarse a partir de una planificación estructurada bajo nuevas formas geométricas desde la arquitectura moderna, cargada de un profundo simbolismo que irá gestando los primeros rasgos de un nuevo orden social para la provincia imitando los modelos exitosos, para el momento, Alemania e Italia.

El nuevo compromiso social y económico creado por el nacional-socialismo, en Alemania obtuvo un consenso público –una nueva representación general del pueblo – que significaba la primacía de la política por sobre todos los órdenes.

El modelo Nazi comenzaba a poner en evidencia el fracaso del liberalismo y encontraba entre los grupos nacionalistas adeptos que apoyados por intelectuales, medios gráficos de extracción filofascistas y militares buscaban imponerse en la provincia de Buenos Aires.
La franca simpatía germanófila de Manuel Fresco posibilitará que muchos de estos intelectuales y militares se unan a su proyecto. La influencia de los nacionalismos y el rechazo al imperialismo británico darán forma a un nuevo modelo de gobierno para la pampa argentina bajo una estética totalitaria, que por momentos tendrá rasgos de la política de Mussolini y por momentos nazi.
Al igual que en Alemania e Italia la derecha rechazaba la democracia parlamentaria simplemente como algo antinacional y pedía un gobierno autoritario para combatir a la izquierda , sin embargo esto último en la provincia de Buenos Aires no será así ya que Fresco intentará incorporar a los grupos comunistas obreros en un futuro partido de masas, mientras que el gobierno nacional los perseguía. La estrategia de Fresco era buscar consenso popular entre los obreros para formar a futuro un partido nacionalista con una amplia base política que le permita acceder a la presidencia, pero a diferencia de Mussolini ó Hitler, no poseía un carisma significativo para las masas populares.

Esa será la motivación principal que llevará a Manuel Fresco a incorporar en su esquema de gobierno a un antiguo diputado socialista independiente Roberto J. Noble en el ministerio de gobierno que realizará una reforma educativa acorde con los tiempos; sabía de la necesidad imperiosa de educar a los nuevos ciudadanos que formarían el futuro de la nación, además impuso en la provincia el valor de la educación física- un aspecto importante en la Alemania Nazi-, y hasta redactó un manual de educación física donde puede observarse claramente su particular simpatía por la superioridad masculina a través de la disciplina atlética.

Nacido en Navarro, provincia de Buenos Aires, en 1888, Manuel Fresco estudió medicina en la Universidad de Buenos Aires e inició su actividad en un hospital público de Avellaneda, donde se vinculó a Alberto Barceló, caudillo local que mantenía una clientela política con los recursos que obtenía de las casas de juego y la prostitución. Durante la década del 20, Fresco se convertirá en el dirigente conservador más importante del distrito de Morón y una década después será protagonista de la Revolución de Septiembre, hasta llegar a la gobernación de la provincia.

Con cierta autonomía política supo interpretar la coyuntura política mundial convirtiéndose en el ejecutor de un proyecto modernista al estilo alemán en la provincia más importante de la República Argentina con un interior de características rurales y con pueblos con escasa población, rasgos que favorecen la implantación de un modelo fascista. Por supuesto que estos rasgos se complementan con la educación y la cultura a la hora de procurar una hegemonía ideológica que le permita desplegar un poder más omnímodo.

En las elecciones presidenciales de 1937, Manuel Fresco lo pondrá en práctica desplegando su prepotencia golpeando y en algunos casos baleando con sus matones a los radicales que querían votar en partidos pequeños y distantes como Tres Arroyos, Lincoln ó Coronel Dorrego.

Sus alardes de autoritarismo despertaron las protestas de algunos conservadores y socialistas de Mar Del Plata, aunque los ciudadanos y los radicales no daban muestras de descontentos ó se resignaban ante la presencia de una policía militarizada que controlaba los comicios para que el triunfo de Ortiz en la provincia fuera decisivo- mandato del presidente Justo, que avalaba éstas prácticas para mantener el poder a través de su sucesor- y a la que llamaban “una necesidad patriótica”.

Todas estas prácticas fueron poniendo en alerta a los grupos democráticos que denunciaban el ascenso del fascismo en la política Argentina comparando a esa policía con las camisas negras de Mussolini o los grupos civiles del nazismo.

Pero la estrategia de Manuel Fresco será dotar a su gobierno de una estética totalitaria, lejos de la persecución antisemita – proclamada por intelectuales argentinos – ó de instrumentar grupos parapoliciales como Hitler y Mussolini, tal vez porque no era necesario en una provincia con pueblos rurales y de escasa población que controlaba con los caudillos locales, salvo el caso de Mar del Plata que estaba en manos de los socialistas.

Richard Walter sostiene, por el contrario, que si bien Fresco pareció encontrar en los regímenes totalitarios de derecha algunos de los componentes más importantes de su propia ideología, no era ni fascista ni siquiera un “reaccionario”23. Es evidente que las características de su gobierno y sus actitudes personales se enmarcan en lo que nosotros denominamos “filofascismo”, concepto definido en el capitulo I, “Introducción”, de este trabajo.
El nazismo fue el primer movimiento político de masa que introdujo el manejo de la estética dentro de su estrategia de desarrollo, tanto en la propaganda, como en la cultura y en la arquitectura. Era un esteticismo cargado de conservadurismo, ley y orden.

Esta seducción estética debía llegar hasta el último rincón del régimen; para ello contaba con la propaganda como elemento fundamental de dominación. Se colocaban carteles, panfletos, se organizaban actos políticos y se distribuían periódicos en los lugares más importantes.

El eje del mensaje era la exaltación de la figura de Hitler. Creado el mito, se insistía en sus virtudes y acciones. También mediante el uso de la propaganda se definía al enemigo.
En el caso de Fresco, es importante destacar que no son estos rasgos los que intentamos comparar sino la influencia que éste régimen nazi tiene sobre él, al igual que el de Mussolini, y que se da en medio de una situación tan coyuntural como la crisis ideológica mundial y su efecto sobre la política Argentina. Por eso hablamos de filofascismo, porque se trata de una imitación ó de simpatías, aunque muchos intelectuales de la época se identificaran como fascistas y antisemitas, y justamente al definir al enemigo de la Nación se siente como una claudicación frente a los intereses británicos, tomando como referencia al pacto Roca-Runciman, y no a los judíos en particular.

También es importante aclarar que Manuel Fresco proyectaba crear un nuevo orden social en la provincia de Buenos Aires, idea que puede verse en las producciones literarias locales de mitad de la década del 20 y en algunos grupos nacionalistas militantes pero que defiere notablemente de éstos en su concepción, porque intentará construir este nuevo orden basado en la estructura arquitectónica, en la educación y en la economía.

Fresco no desconoce que la provincia está sufriendo un proceso de emigración de las zonas rurales hacia las zonas urbanas producto de la crisis nacional que se arrastra desde el Crack de1929, la pérdida de mercados para un país agro exportador era una condena que había que revertir; aunque las políticas públicas estaban dirigidas hacia la modernización territorial, la realidad mostraba que la aspiraciones industrialistas del gobierno nacional claudicaban ante la urgente necesidad de generar obra pública como una salida a la crisis.

Esta medida acentuaba aún más la polarización entre las grandes ciudades como Buenos Aires y el interior, las migraciones internas estaban dirigidas hacia ella, el crecimiento de la metrópoli, si bien disminuyó no se interrumpió formando a su alrededor un conglomerado urbano producto de esas migraciones; la capital era un polo de atracción difícil de superar.
La modernización distaba mucho de ser homogénea y dejaba al descubierto el conflicto entre la ciudad “europea “,creada por las elites liberales que gobernaron el país hasta 1910 mirando hacia Europa, y el interior provinciano postergado y destinado a ser exclusivamente rural, reservando para sí los valores profundos de la argentinidad.
El gobernador Fresco argumentaba que el gobierno nacional estaba ubicado lejos del interior y sometido al lujo metropolitano y a la influencia de los sectores poderosos que representaban a los intereses extranjeros; los ferrocarriles ingleses transportaban las riquezas naturales del país hacia el puerto y de ahí hacia Gran Bretaña, el país estaba estructurado de manera tal que Buenos Aires era el centro económico, industrial y político del país mientras que el interior, a su espalda se debatía entre la baja densidad de población de sus pueblos y la pobreza. Era necesario, entonces, diseñar políticas que favorecieran el arraigo en los pueblos del interior de la provincia, impulsar el desarrollo industrial de los mataderos para competir con el monopolio de los frigoríficos anglonorteamericanos y fortalecer el poder estatal.
Este proceso de modernización de la provincia de Buenos Aires estará caracterizado por el afán reformista de la gestión pública y por la intención de invertir el sentido histórico de la expansión territorial, impulsando el crecimiento de pequeños núcleos urbanos como Coronel Pringles, Laprida, Saldungaray en el sudoeste de la provincia, Azul, Rauch, Balcarce en el centro y Chascomús, Pellegrini, Carhué entre otros diseminados por el interior de la provincia. El ambicioso proyecto intentaba dotar de la estructura necesaria para definir institucionalmente a cada uno de los 110 partidos bonaerenses , además de fortalecer el área de acción municipal en términos de infraestructura , servicios, calidad de vida y espacios públicos en los pueblos del partido cabecera para eliminar los contrastes y las dificultades de crecimiento, fundamentalmente porque hacia 1936 pocos creían que el modelo agro exportador podía superar los problemas y las limitaciones estructurales24
La modernización del interior se hacia inevitable porque al proceso migratorio se le sumaban intensas sequías y plagas que realzaron la idea de que el interior rural se convertía en una zona devastada. Tanto el gobierno nacional como el provincial coincidían en la necesidad de apoyar el desarrollo del campo, cambiando las condiciones de precariedad de los trabajadores rurales y contribuyendo a fortalecer su arraigo. Para ello se impulsaron políticas dirigidas al sector agropecuario centradas en la colonización ó el crédito agrario y se crearon además instituciones específicas para ocuparse del problema como el Instituto de Colonización de la Provincia de Buenos Aires en 1937, el Consejo Agrario Nacional en 1938 y la Dirección de Tierras y Colonias del Ministerio de Agricultura.
Estas políticas estaban influidas por la necesidad de evitar las grandes concentraciones urbanas estimulando el arraigo en los pueblos rurales del interior buscando la formación de núcleos urbanos autosuficientes, que debatían entre las teorías urbanísticas anglosajonas predominantes y el postulado arquitectónico liderado por el arquitecto modernista Francisco Salamone para la provincia de Buenos Aires. Esta última corriente definirá el debate urbanístico concretándose en la construcción de edificios tan simbólicos como palacios municipales, portales de cementerios y mataderos para centralizar las esferas espiritual, económica y política en estructuras monumentales que puedan, en sus desmesuradas dimensiones, resguardar los aspectos más importantes del desarrollo y el progreso.

Estos emprendimientos urbanísticos fueron más allá de un proyecto edilicio que intentaba rivalizar con los palacios de estilo europeo- símbolo del auge económico- de la capital. Mostraban el enfrentamiento ideológico entre un nacionalismo emergente que intentaba imponer un estilo propio, desde lo arquitectónico, y una elite liberal que mostraba en su opulencia las instituciones responsables del sometimiento del país a los intereses británicos.
Este antagonismo será llevado al terreno de las figuraciones arquitectónicas por el gobernador Fresco y su arquitecto oficial, Francisco Salamone imponiendo un modelo arquitectónico –basado en una mezcla de estilos- paternalista que subordine el individuo al Estado. Sin duda influenciado por la emergente filosofía fascista de los regímenes italiano y alemán.
El aumento del empleo, las grandes obras públicas y la gloria de la Nación eran características de la llegada al poder de Mussolini y Hitler. El primero, desde 1922 despertó los sueños de la Roma Imperial, construyendo fábricas, estaciones eléctricas, ferrocarriles, aeropuertos y carreteras para recuperar su economía y poner en prácticas sus ideas arquitectónicas que simbolizaban el orgullo nacional.

Una década después, Adolf Hitler inicia una serie de drásticas reformas sociales en Alemania que restauró el orgullo nacional evocando la grandeza prusiana. Su rápida expansión económica se basó en un importante programa de obras públicas para construir fábricas, estaciones eléctricas, ferrocarriles, aeropuertos y edificios tan simbólicos como los estadios donde se realizaban los mítines del partido nazi y las principales manifestaciones atléticas. El propio interés de Hitler por la arquitectura lo vincularía con el arquitecto Albert Speer que crearía para el Reich una serie de edificios monumentales que representaba el apogeo y la gloria de régimen. A su vez imponía una estética que transformaría los proyectos urbanísticos y el protagonismo estatal en la vida cotidiana de la nueva Alemania.

Ambos modelos sintetizaban la idea de homogeneizar ideológicamente el paisaje urbano en las ciudades por la acción del Estado.
En la provincia de Buenos Aires, en la segunda mitad de la década del treinta, esta idea iba a ser llevada adelante por el gobernador Manuel Fresco, por un lado para resolver la problemática de la deserción poblacional en los pueblos del interior y por otro, para imponer un sistema de gobierno filofascista que le permita crear un “nuevo orden social”, basado en la construcción de una sociedad ruralizada incorporada a la vida nacional desde un punto de vista moderno, con una economía industrializada mediante la construcción de mataderos con mayores medidas higiénicas en el faenado; la remodelación ó en muchos casos la reconstrucción total de cementerios para consolidar el sentido de pertenencia en los poblados y la erección de edificios municipales que rijan la vida administrativa y puedan transmitir el paternalismo estatal que dará forma al “ nuevo orden social” en la provincia.
Emergía así, un arquitecto italiano Francisco Salamone –incorporado como el arquitecto oficial del estado provincial- al igual que Albert Speer en la Alemania nazi, que introduciría de modo contestatario en la arquitectura moderna Argentina una mezcla de estilos para diseñar las fachadas de éstos edificios tan simbólicos sin contenido social, pero cargados de un esteticismo totalitario, en su monumentalidad, en sus líneas duras y rectas y en la neutralidad de su coloración.

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