La dictadura cívico-militar argentina: 1976-1983 la implementación del modelo de valorización financiera y el terrorismo de estado






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La dictadura cívico-militar argentina: 1976-1983 la implementación del modelo de valorización financiera y el terrorismo de estado.

Romina Adamucci/Viviana Viegas

Todo está cargado en la memoria, 
arma de la vida y de la historia”. (León Gieco)

Fundamentación:

Han transcurrido 30 años del restablecimiento de la democracia en Argentina. A pesar de este tiempo y del innegable fortalecimiento de las instituciones políticas logrado en estos años, quedan aún varias cuestiones por resolver, por lo que seguimos repensando la complejidad del proceso militar previo y sus consecuencias presentes y futuras en los diferentes órdenes de la vida social.

En este sentido, durante los últimos años se han logrado importantes avances en el esclarecimiento de lo sucedido en el marco del genocidio de Estado como consecuencia del aporte de las investigaciones de las diferentes disciplinas científicas, de la lucha de los organismos de derechos humanos y del impulso dado en la última década a los juicios relativos a los crímenes cometidos durante dicha etapa. Prueba de ello resulta, por ejemplo, la determinación de la responsabilidad de los sectores civiles en el diseño del plan de reestructuración de la sociedad que tuvo entre sus objetivos el “golpe”. Pero aún quedan cuestiones por resolverse en la continua búsqueda de memoria, verdad y justicia.

El presente trabajo no pretende ahondar en nuevos aportes investigativos, sino que se encuentra centrado en facilitar a los alumnos la comprensión de la complejidad de éstos procesos, compilando las contribuciones conceptuales producidas en el campo científico y político para reflexionar sobre lo sucedido. En todo caso, su humilde aporte será el de socializar parte del capital cultural logrado por la sociedad argentina, alimentando la memoria colectiva. En palabras de Ana Lo Giudice1, abriendo así paso a la dimensión del saber, a esas huellas que están inscriptas como determinación de los sujetos y también de la comunidad. Memoria no entendida como añoranza, sino como resorte de vida y como condicionante del lazo social.

A tales fines, se intentará analizar el período comprendido entre los años 1976-1983 en Argentina en su complejidad, abordando diferentes aristas para tratar de arribar a una visión más completa de sus determinantes. Para ello, se partirá de los siguientes ejes:

  • Los factores externos, es decir, la situación internacional en tanto condicionante geopolítico; y los fundamentos económicos y político-ideológicos de las transformaciones del capitalismo occidental iniciadas a mediados de los ´70.

  • Los factores internos, definidos por la existencia de una crisis de hegemonía al interior de los sectores dominantes y un escalada de violencia política en el período previo al “golpe”; y la consecuente necesidad del rearmado de un nuevo bloque hegemónico en el marco de la dictadura cívico-militar.

  • El campo económico, haciendo especial énfasis en las transformaciones en su estructura, como consecuencia de las políticas aplicadas durante este período

  • El campo político y social, identificando la modalidad de implementación del terrorismo de estado como herramienta para lograr el disciplinamiento social, condición, a su vez, para llevar adelante las transformaciones acordes al nuevo patrón de acumulación.

  • Las distintas formas que podrían nominarse de “resistencia” que distintos sectores de la sociedad civil ponen en práctica frente al proyecto dictatorial

  • Y por último, los motivos de la finalización de dicha dictadura y el contexto en el que se procede a la reapertura democrática hacia 1983…


Los factores externos: la situación internacional y los fundamentos económicos y políticos.

Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no duraran en personas que no nos importan”.

Emilie Herni Gauvreay

El miércoles 24 de marzo de 1976 se concreta lo que hasta ese momento era la crónica de una muerte anunciada para una amplia mayoría de la población: La Presidenta Constitucional Isabel Perón es destituida y trasladada al sur. Se inicia así una de las etapas más trágicas de nuestra historia, mencionada popularmente como “El Proceso” o, más exactamente, denominada por la mismísima Junta de Comandantes que asumió el poder “Proceso de Reorganización Nacional”; dictadura cívico militar que va a ocupar el sillón presidencial desde 1976 a 1983, arrastrando a la Argentina a un destino común con sus vecinos del cono sur, en el marco del nuevo liberalismo y al amparo de la “Doctrina de la Seguridad Nacional” impulsada por EEUU.2

Para poder comprender geopolíticamente esta etapa es necesario profundizar en su cosmovisión del mundo, la que se acentuará con preeminencia en las décadas subsiguientes, y que no es más que la mascarada con que vuelven a consolidarse los intereses de las clases dominantes.

A tales efecto, debemos remontarnos a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con los tratados de Yalta y Potsdam que definen las áreas de influencia para los ganadores de esta contienda: EEUU, que va a liderar el bloque capitalista en Europa y América Latina; y la URSS y el bloque socialista, conformado por Europa del Este y áreas de influencia. Ambos antagónicos e irreconciliables.

Este nuevo orden mundial bipolar, al que se denominó Guerra Fría, se extenderá hasta la segunda mitad del Siglo XX, generando una carrera armamentista con focos de tensión y conflicto que se dirimirán en países periféricos sin existir una formal declaración de guerra entre ambas naciones. Su finalización llegará recién con el colapso de la Unión Soviética en 1990, dejando a EEUU como único Imperio mundial.

En este contexto, EEUU desarrolla una serie de políticas que tienen como objetivo fundamental controlar el bloque socialista ante los posibles avances del comunismo; con consecuencias para Europa y América Latina.

Así, en 1945 se firma el Acta de Chapultepec entre EE.UU. y las naciones de Latinoamérica, en ocasión de la Conferencia celebrada en la Ciudad de México. Dicha Acta retoma los principios de la “Doctrina Monroe” y es impulsada por los sectores más conservadores de la región, ampliando el pacto de solidaridad recíproca entre los estados parte. Resulta elocuente el punto 8vo. del tratado, donde plantea la defensa colectiva del continente contra agresiones extra-continentales y establece una serie de procedimientos para sancionar a países americanos en determinadas circunstancias.

Posteriormente, la Doctrina Truman (1946) en correspondencia con estas resoluciones, sostendrá en el aspecto político que « Estados Unidos apoyara a los pueblos libres que están resistiendo los intentos de subyugación por minorías armadas o por presiones exteriores".

Ambas iniciativas fueron el origen del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en Río de Janeiro en 1947 y de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948.3

Para el caso de Europa, el modo de prevenir el avance comunista y garantizarse la preminencia sobre ese mercado será, en lo económico, el Plan Marshall (European Recovery Program), basado en la reconstrucción de una Europa de pos guerra devastada; en tanto en el aspecto militar y de control civil, la creación de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y de la CIA(Central Intelligence Agency).

LA CIA, será la agencia reemplazante de la Office of Strategic Services (OSS, Oficina de Servicios Estratégicos), heredando los mismos procedimientos y agentes de su antecesora. Fue creada durante la guerra para ejecutar misiones de espionaje y apoyo a la resistencia. Posteriormente será autorizada para investigar expedientes administrativos y fiscales sin necesidad de intervención judicial, ampliando su área de influencia más allá de Europa.

Sin embargo, no todas sus acciones fueron de espionaje. La agencia estuvo detrás de múltiples tareas de entrenamiento de insurgentes y desestabilización de gobiernos contrarios a las políticas de la Casa Blanca. El Presidente contará así con un segundo punto de vista, elaborado por civiles, frente al aportado por los militares de la Agencia de Seguridad Nacional.

En concordancia, se implementará para América Latina la “Doctrina de Seguridad Nacional”, otorgándoles a las FFAA de estos países un rol protagónico en la lucha contra el comunismo, entrenando a los distintos ejércitos en la llamada “Escuela de las Américas”4 en Panamá y retomando las experiencias en métodos y procedimientos de la Escuela Francesa aplicados en las guerras de independencia de Indochina y Argelia.

Estas fuerzas extenderán su rol de defensa al ámbito interno, al considerar a los propios ciudadanos como posibles amenazas a la seguridad nacional, contando para ello con el apoyo de la CIA, quien sostuvo ideológicamente y en los hechos a las dictaduras que asolaron al continente durante los ´60 y ´70.

En este marco y bajo el sustento ideológico de la Doctrina de la Seguridad Nacional se desarrolla, por parte de las dictaduras de América Latina, la Operación Cóndor, creada e impulsada por Washington, cuyo objetivo era exterminar a opositores a sus políticas.

En Argentina, durante la presidencia de Arturo Frondizi, el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) del año 1959 es el precursor en la aplicación de estos lineamientos, poniendo a las FFAA y de seguridad al servicio de la represión interna.

La Implementación de estas políticas fueron el soporte para la dinamización de las economías de las potencias hegemónicas entre la finalización de la II Guerra Mundial y mediados de la década del 70.

Tales estrategias de seguridad se combinan en América Latina con la implementación de modelos de Estado de Bienestar, cuyas políticas económicas resultan fundamentales en la construcción de una lógica de acumulación centrada en el área industrial a partir de la crisis del 30;en complemento con el sector privado y de organizaciones sindicales fuertes e influyentes en el ámbito político.

Dichos Estados, bajo una estrategia neocorporativista para mantener “la paz social”, se proponen entre sus objetivos principal es lograr el pleno empleo y construir un sistema inclusivo de seguridad social; lo cual, podría decirse, se consigue en los 60, donde se registran niveles prácticamente de pleno empleo.

No obstante, la acumulación continua de capital se encuentra con uno de sus mayores obstáculos: la escasez de mano de obra, por lo que en el marco de esa década se tornará necesario lograr que ésta fuera más barata y despolitizada.

EEUU y Europa favorecen políticas de pro-inmigración para resolver temporalmente dicho problema. Por su parte, en América Latina será a través de modelos de Estado burocráticos-autoritarios5 que se intentará el disciplinamiento social necesario para el logro de tales objetivos.

En este contexto se produce la llamada “crisis de mediados de los 70”, la que determina un hito para el desarrollo de los nuevos patrones de acumulación. Al respecto, las economías capitalistas occidentales entran en una nueva fase caracterizada por un estancamiento y posteriormente una disminución del peso relativo de las actividades manufactureras con respecto al conjunto de la economía, y un aumento relativo del peso del sector servicios.

Dos acontecimientos actúan como disparadores de tales transformaciones: la inconvertibilidad del dólar y el aumento del precio del petróleo a partir de la creación de la OPEP6, en tanto se genera gran inestabilidad en los mercados, actuando como contención de la demanda y desatando un importante proceso inflacionario.

Ello, junto a la incorporación de las nuevas tecnologías7 al proceso productivo, dará como resultado la transformación de todo el aparato manufacturero y, por ende, del mundo del trabajo; tanto en los países centrales como en los dependientes; marcando el cierre de un ciclo y el rearmado de una nueva lógica de acumulación a escala mundial en el capitalismo occidental.

Según Dorfman8, las características principales del nuevo sistema de producción podrían resumirse en cinco postulados de validez universal: desgigantización, descomposición del proceso productivo en elementos separables, relocalización, flexibilización y aptitud para la diversificación; habilitando nuevos recursos para el logro de la competitividad.

Lo concreto es que, como consecuencia de ello, las empresas se tornan mucho más agresivas y competitivas, aprovechando la crisis para recuperar el poder perdido en la década del ´60,en relación al movimiento obrero.

Esto dentro del contexto de una reorientación internacional hacia las exportaciones por parte de las principales empresas trasnacionales (ET), utilizando la demanda mundial como reactivante industrial en los países centrales, lo que produce un alud de productos importados, que hacen peligrar las industrias nacionales de los países receptores.

Estamos ante la Desindustrialización por un lado y la Reindustrialización como contrapartida, pero ambas atentan contra el mercado de trabajo, produciendo despidos en masa y/o nuevas contrataciones precarias, sin ninguna protección legal y actuando automáticamente como disciplinadoras del salario a escala mundial.

Por su parte, la crisis del petróleo antes aludida, incrementa el flujo monetario en los países miembros de la OPEP, generando un sobrante financiero que es captado por los países centrales (por medio de los bancos) y que deberá ser reinvertido para reproducir el ciclo, por lo que nuevamente saldrán a la periferia como préstamos masivos.

Así, los países dependientes son receptores obligados de estos “petrodólares” por medio de préstamos a los que responderán con valiosos activos, sobre todo de empresas estatales, consolidándose, de este modo, una deuda pública sin antecedentes para América Latina.

Específicamente en el caso de Argentina, estas nuevas estrategias económico-financieras entran en conflicto con el modelo semi-proteccionista de la sustitución de importaciones, marcando su fin.

La crisis del ´70 posibilitará el viraje a la implementación de la ideología neoliberal, un nuevo liberalismo que aparece como la gran esperanza de resolver viejos y nuevos problemas del conjunto social.9

Sus premisas están dirigidas a desarmar los postulados básicos del Estado de Bienestar para asegurar una mayor concentración de la riqueza y por lo tanto del poder en manos de los grandes grupos económicos, perpetuando la desigualdad y peor aún, acrecentándola, al oponerse a la intervención redistributiva.

Sus principios básicos quedan plasmados en lo que se denominó el “Consenso de Washington”10, el cual condensará diez principios de política económica11, consensuados por el Banco Mundial, el BID, los altos ejecutivos del Gobierno de EEUU y sus agencias económicas, el Comité de la Reserva Federal, el Fondo Monetario Internacional, miembros del Congreso interesados en temas latinoamericanos y los "thinktanks" dedicados a la formulación de políticas económicas. Dichos principios apuntan a forzar cambios estructurales en Latinoamérica, proponiendo:

- disciplina presupuestaria y austeridad fiscal;

- cambios en las prioridades del gasto público;

-reforma fiscal encaminada a buscar bases imponibles amplias y tipos marginales moderados;

- liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés;

- búsqueda y mantenimiento de tipos de cambio competitivos;

- liberalización comercial;

- apertura a la entrada de inversiones extranjeras directas;

- privatizaciones;

- desregulaciones;

- garantía de los derechos de propiedad.

Estos consejos económicos repercutirán profundamente en el entramado social ya que será el mercado el que conducirá los destinos de la humanidad, exigiendo una libertad absoluta. Libertad económica por sobre el resto de los valores societales. Así, el bien común, la responsabilidad social, entre otros principios, son sustituidos por el natural desempeño de las leyes de mercado. Se construye de este modo una ideología más orientada al consumo que a la producción,12 se radicalizan los valores del capitalismo en cuanto a poseer, acumular, competir y consumir, una cultura que está mucho más orgullosa de “lo que se tiene “que de lo que “se es”.

Se trata de una cultura que resalta el consumo de determinados bienes y servicios considerados válidos por el mercado, por lo tanto tendiente a homogeneizar necesidades ficticias y ser poco tolerante con las diversidades.

Son éstas transformaciones a escala mundial las que van a conformar las condiciones para la aparición de un nuevo bloque dominante en Argentina, en torno al cual se van a propiciar las adecuaciones internas a los fines de responder a los nuevos patrones de acumulación. Ello sumado a los condicionantes internos, decantará en el golpe de Estado del 76, quien será por medio del terrorismo de estado que garantizará tales readecuaciones.

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