Facultad de filosofía y letras, U. N. T






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FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS, U.N.T.

MONOGRAFÍA DE PROMOCIÓN

Díaz, Sebastián
16/05/2014

Mariano Moreno y La Construcción de una Nación

Profesor: Dr. Ramón Eduardo Ruiz Pesce.

Alumno: Sebastián Díaz

El pasado y el presente coexisten, pero el pasado no debería ser un flashback”, Alain Resnais (1922-2014).

Una hipótesis de trabajo

Un proceso de independencia supone, como mínimo, algún tipo de reestructuración del orden social hasta entonces vigente por la sencilla razón de que, de otro modo, no podríamos decir que se trate de una revolución. Sin embargo, esta afirmación de carácter general, claro está, adquirirá diferentes matices en cada caso. En una palabra: ¿qué forma adquirió esta re-legitimación del orden social en la que se vieron envueltos los “hombres de mayo” y, entre ellos, Mariano Moreno? Para responder no sólo debemos fijarnos en las directrices que se fueron superponiendo después de 1810, sino en la situación histórica mundial que atraviesa el conflicto de las independencias en América. Pero, asumida la complejidad de tal empresa, hemos de resaltar fuertemente las implicaciones que tiene una reestructuración social. Por ello, antes de sumergirme en el tratamiento del tema propiamente dicho (Mariano Moreno y la construcción de la nacionalidad argentina), quiero desarrollar algunas conceptualizaciones respecto de los fundamentos de la realidad social postulados por Berger y Luckman en su libro La construcción social de la realidad1, para extraer de la misma algunas consecuencias significativas en orden a la propuesta de esta monografía.

El hombre ocupa un lugar peculiar dentro del reino animal: no posee ambiente específico determinado por su bagaje genético. Cada ser humano es un individuo en su totalidad, la sociedad debe “regularlo”, pues sus impulsos son inespecíficos. Construimos nuestro ambiente: nuestra naturaleza, pues, es la cultura. Entonces, en tanto organismo biológico, el hombre adolece de una suerte de “subdesarrollo” en virtud del cual su relación con el mundo externo es lábil. A esto es lo que Berger y Luckman llaman “apertura al mundo”. De aquí que el ser humano precise de un mundo exterior que le fije esos caminos, marque limites a su comportamiento. Este papel es justamente el que compete al orden social; en palabras de los autores, “el orden social es una relativa clausura al mundo”2. Es decir que no hay un fin escrito de antemano (o no lo conocemos). Mas si este fin naturalmente no está presupuesto (y si no actuamos meramente por instintos), entonces es el hombre mismo quien crea sus propios fines. Ahora bien, este thelos puede ser abordado desde un punto de vista social. Así, nos preguntaremos: ¿qué fines orientadores impulsó Mariano Moreno partiendo del vacío socio-político, para la naciente república?

Lo que permite al hombre crear o “construir”, es el drama existencial del que parte: su imperfección natural, su falta de astros (entendidos como fines reguladores a los cuales seguir). La contrapartida de la caída en la anomia (tan mentada en sociología) cuando los lazos sociales se debilitan, es, en términos filosóficos, la caída en la condición del des-astre: la falta de astros, de fines que nos encauzan. La diferencia con los demás animales no radica en que el hombre viva en sociedad o en que estas sean más complejas, sino que la sociedad de los animales se equipara a un organismo. Mientras que en nuestro caso, cada individuo constituye, de por sí, ese individuo orgánico. La consecuencia es que sus impulsos son, en rigor, personales (propios de cada sujeto). Esta carencia es precisamente la que viene a suplir la sociedad. Ergo: las directrices que asuma la sociedad repercutirán en sus individuos.

Nacemos en un mundo que nos preexiste y en el que nos formamos, lo que implica que lo interiorizamos, lo hacemos parte de nuestro organismo individual. De aquí que el objetivo de todo orden social es llegar a percibirse como si fuese natural, que cada hombre no se pregunte cómo debe actuar, pues ese cómo está dado por el orden social que interiorizamos. Ahora bien, B y L explican la objetivación de lo subjetivamente exteriorizado a través del proceso de institucionalización. La institucionalización deriva en “formas de hacer las cosas” para los miembros de una sociedad. Hay que señalar que dicho carácter “orientador” o “controlador” es intrínseco a la institución misma, “aislado de cualquier mecanismo de sanción establecido específicamente para sostén de una institución”3. La importancia de este aspecto se vuelve evidente si concebimos las ventajas de no requerir mecanismos sancionadores para determinar la voluntad de los individuos a ciertos cursos de acción: el comportamiento honesto, al hallarse institucionalizado, permite que la policía no tenga que actuar en todo momento para encauzar todas nuestras actividades. Al mismo tiempo, la necesidad de cárceles es prueba de que dicho comportamiento no es natural, sino socialmente preferido e institucionalizado. Si nos fijamos en el contexto de mayo de 1810, vemos como, al no estar institucionalizada la relación mando-obediencia que comienza a eclosionar tras el derrumbe de la monarquía española, es menester legitimar y sancionar las revueltas “sociales”. Por eso Horowicz4 da tanta importancia, en ese contexto, a la formación de cuerpos de milicias estables para el control de los territorios y los levantamientos del interior. El desvío resulta, desde luego, la mayor amenaza social. El objetivo de toda institucionalización es volver innecesaria la sanción. Más claramente, lo institucionalizado ha sido ya controlado socialmente, “solamente se requieren mecanismos de control adicionales cuando los procesos de institucionalización no llegan a cumplirse cabalmente”5. En otras palabras, el objetivo es que las instituciones se experimenten “como si poseyeran una realidad propia, que se presenta al individuo como un hecho externo y coercitivo”6.

Aquí los autores citan a Durkheim para afirmar que los hechos sociales adquieren así carácter de “coseidad”. Para quienes no asistieron a su construcción, la institución así objetivada adquiere el aspecto de la realidad. Para el mantenimiento del orden social es vital que los sujetos sean “menos individuales”, esto es, que las definiciones institucionales prevalezcan por sobre los significados subjetivos que cada sujeto pueda atribuir a una situación particular. En otras palabras, que la sociedad se ahorra el control explícito (por mecanismos de sanción) de la actividad de sus miembros en la medida en que la voluntad de los mismos sea coextensiva con la de su comunidad. Esto es, desde luego, lo que ocurre con mayor regularidad en sociedades ya establecidas: “las mas de las veces el comportamiento se encauzará “espontáneamente” a través de los canales fijados por las instituciones”7.

Este largo desarrollo nos sirve para abordar la complejidad del caso: ¿cómo se propone Mariano Moreno legitimar un nuevo orden? La situación de los habitantes del Virreinato del Río de la Plata es analogable a la de los chicos que no han internalizado aún la realidad social objetivada; es decir, para quienes no asisten a su creación el orden social se impone con mayor facilidad. Pero justamente de lo que aquí se trata es de la gesta de un nuevo orden social, de una legitimidad que busca rehacerse. Claro que esa legitimación será paliada en gran medida militarmente, lo que da cuenta del grado de anomia reinante: ¿a quién se obedece? Justamente, la llamada máscara de Fernando es una forma de evitar una ruptura social brusca. Jurar obediencia a Fernando era pragmáticamente, en sentido social y político, necesario. Pero yendo un poco más allá: ¿cómo se justificó intelectualmente la autonomía? Las influencias que recibe Moreno van más allá de la revolución francesa de 1789: por eso debe desarrollarse, si bien sucintamente, las ideas contractuales de los españoles Francisco Suarez y Francisco de Vitoria además del Rousseaunismo mezclado de ilustración española vía Chuquisaca que absorbe Moreno. Pero, aún antes, como se advirtió al comienzo, es necesario remitirnos a la situación de la América hispana en el enclave mundial. Finalmente nos preguntaremos (a modo de conclusión) ¿a qué dirección se lleva al naciente país entre medio de estas legitimaciones?

El contexto

Los hombres y las ideas que se conjugaron en la revolución de mayo argentina constituyen tramas complejas; ergo, la visión histórica que ve en la revolución francesa el pábulo único de los ideales de la revolución de 1810 debe ser revisada. La mentada complejidad, hace que nos preguntemos por otros factores más allá de las ideas, que constituyeron razones de peso en la “gesta de mayo”: el contexto comercial restringido con la corona española -trunco tras la batalla de Trafalgar-, las invasiones inglesas, los intereses comerciales porteños con Inglaterra, el contrabando, las guerras en Europa; entre otros factores, son los que harán notar que la libertad tenía intereses centralistas (esto es, porteños) por detrás. Lo que en definitiva explica, al menos en parte, el rumbo que iría tomando el país.

Pero la pregunta que tenemos que hacernos es ¿qué generaron estos factores? Y aquí empiezan los problemas. Oscilando entre dos extremos inconciliables (una revolución plena o una continuidad de la dependencia con la monarquía española) diremos que, mínimamente, estos factores son el pábulo de lo que sea que haya sucedido en el Virreinato del Río de la Plata en mayo de 1810. Lo son porque fueron la condición de posibilidad de estos sucesos; por eso dice Horowicz: “Para que se entienda: mayo no es el producto de un pronunciamiento militar, sino una consulta inevitable determinada por la crisis peninsular8. Es decir que la posibilidad misma de la independencia no viene dada tanto desde el mero sentimiento de pertenencia a un suelo distinto (traducida en proclama militar-patriótica), sino de una crisis, de un vacío político y social a llenar, determinado por hechos de alcance mundial que decidieron la debacle de la monarquía borbónica.

Será Inglaterra la que ocupe un lugar central en este sentido. Esta se va constituyendo en una gran potencia a fuerza de desarrollos tecnológico-militares, como el cañón de pólvora instalado en sus buques; e industriales, como las grandes industrias textiles. Es decir que, por un lado, pasa a producir más mercadería (y requiere por ello ampliar sus mercados) y, por otro, comienza a vislumbrar la posibilidad de dominar los mares (sobre todo tras Trafalgar -1805-) y, con ello, la ruta comercial hacia América; lo que daba la posibilidad de ampliar los márgenes del mercado: primero a través de la piratería, luego intentaría hacerse directamente del control a través de las invasiones inglesas (1806-1807), finalmente con los tratados y concesiones comerciales en las que jugó un papel no menor nuestro Mariano Moreno (ver su Representación de los hacendados). Además, en España (por entonces el reino más importante) empezaba a resquebrajarse la estructura monárquica: la extracción de minerales americanos, fundamentalmente de Potosí, tenía una salida rápida para solventar los gastos de una aristocracia improductiva y, sobre todo, de sus ejércitos. No tan solo las fuerzas profesionales para controlar sus virreinatos, sino el lastre de la manutención de la guerra contra Inglaterra e, indirectamente, la subvención al ejército francés que ello le importaba, a los fines de que estos mantuvieran a raya a los ingleses. Con la llegada del ejército de Napoleón a España y la encarcelación de Fernando, el vacío de legalidad política se haría sentir en el continente americano: “la derrota militar española a manos del ejército francés destruyó los restos borbónicos del imperio de Carlos V y dejó sus dominios americanos librados a su propia suerte. Puesto que los borbones no podían seguir gobernando, América tuvo que autogobernarse como pudiera. ¿Cómo pudo? Mediante la Guerra de la independencia y el comercio libre, en las condiciones del mercado mundial hegemonizado por el capitalismo británico…”9

Será preciso remarcar también que la Corona de Castilla monopolizaba el comercio en sus tierras de América. Es decir que los comerciantes porteños se veían muy bien predispuestos al contrabando de plata y cueros (sobre todo con Inglaterra) para evitar la costosa renta impuesta por la metrópolis. Y esto a tal punto que hace decir a Horowicz que “En esas condiciones “contrabando” no es otra cosa que el nombre local del comercio internacional” y “América, como conjunto indiferenciado, era el mercado más dinámico del comercio inglés en los comienzos del siglo XIX. En ese dinamismo se asienta la existencia del nuevo virreinato.”10 Es decir que La situación mundial dejaba a las colonias españolas en América ante la nueva lógica del intercambio comercial con Gran Bretaña y, políticamente hablando, expectante ante la posibilidad de un autogobierno comercialmente provechoso. Pues un nuevo gobierno, allende toda proclama patriótica, significaría administración propia de la renta comercial. Aquí comienza a tomar forma la idea de un Buenos Aires con intereses muy particulares de cara a lo que fue la emancipación del país.

El orden social en el virreinato del Río de la Plata

Entonces, ¿cómo se legitimarían políticamente esos intereses? Retomando lo visto de B y L, digamos que los nuevos integrantes no aceptarían con naturalidad el orden impuesto. Así, “el interior se vio constantemente sometido a un doble vaivén político: por un lado, se los consideraba como integrantes de un acto de refundación política y, por tanto, con suficientes derechos constitucionales; y por el otro, si se proponían usar esos derechos en una dirección distinta al puerto de Buenos Aires la primera reacción (y en muchos casos la única reacción) pasaba por enviarles un cuerpo armado para que entendieran.”11 Por eso me gustaría afirmar que lo más sencillo fue encarar el tema de la siguiente forma: todo lo que socialmente pudiese no cambiar sería mejor que no cambiase. Es decir, la estructura social debía mantenerse (evitando la anomia) pasando el bloque comercial porteño a manejar las rentas, sin las directrices de la metrópolis. El caso sería, resuelta la complejidad del andamiaje social (al menos parcialmente) con una suerte de continuidad, legitimar la independencia misma: ese obstáculo resultaba insoslayable. Y la forma en que se resuelve está dictada por –al menos- dos aspectos centrales: en primer lugar la formación intelectual y política de los hombres de mayo. Y en segundo lugar, logrando que esa justificación vinculada al recorrido intelectual, justificara a su vez la primacía de Buenos Aires. Mas esto no sería acatado fácilmente, de aquí que la formación de cuerpos estables de milicias criollas hayan obedecido al doble fin de defensa contra posibles enemigos externos como de cualquier sublevación al propio interior. Y la mejor forma de resolver esto sería, siguiendo a Shumway, elaborando ficciones orientadoras. Shumway toma este concepto de E. S. Morgan para decir que una ficción orientadora es a la vez “necesaria y positiva: necesaria porque la creencia de que el gobierno representa nuestros intereses mueve a los ciudadanos norteamericanos a obedecer las leyes con un mínimo de coerción; positiva porque nada promueve tanto la reforma como el esfuerzo para que la realidad coincida con la ficción orientadora de la representación.”12

Ocurría que, al visualizarse la independencia política, Buenos Aires pasaría a ser la metrópolis del resto del virreinato en la medida en que se fueran disolviendo los lazos con la Corona española. Justamente, una de las primeras medidas de Cisneros al desplazar a Liniers fue consultar sobre la conveniencia de permitir la venta de la carga de dos buques de procedencia inglesa. Está claro que, en materia económica, Buenos Aires tenía unos intereses bien delineados. No puede decirse lo mismo en materia política: “En materia económica, el bloque comercial alcanzó un completo acuerdo, pero sobre sus implicancias políticas nadie se pronunciaba con claridad”13. Esto es: el enclave mundial disparaba una situación comercial que debía ser aprovechada. Pero nunca estuvo claro qué rumbo debía tomar, políticamente, el naciente país. De estos polvos, futuros lodos. Y Moreno sería uno de los encargados de proyectar un rumbo como representante del programa del bloque comercial porteño. No sería tarea fácil pues, siguiendo el razonamiento de Shumway, los mitos de nacionalidad en Europa tenían suelo antes de crecer en ellos las naciones mismas. Aquí ese suelo debía abonarse: esos mitos no preexistían y debían ser creados. Por lo cual era preciso generar un sentimiento de pertenencia a partir del vacío no meramente político, sino cultural; “Las colonias españolas fueron ordenadas con vistas a la expansión del Imperio español, de modo que fueran cultural, económica y políticamente dependientes de la Madre Patria. No se buscó en ningún momento que desarrollaran un sentimiento de nacionalidad propio e independiente, sino que fueran extensiones de España…”14.
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