Los Derechos Humanos en la Conferencia de Helsinki






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Los Derechos Humanos en la Conferencia de Helsinki

En el espacio de tiempo que transcurre entre la aprobación de las dos Con­venciones mayores que acabamos de estudiar por la Asamblea General en 1966 y su puesta en funcionamiento diez años después tiene lugar un nuevo e impor­tante capítulo en la historia de los Derechos Humanos. Por vía indirecta, es cierto; porque en esta ocasión no entran siguiendo la línea mayor de las decla­raciones o de textos directamente relacionados con ellas sino al socaire de un acontecimiento de política internacional: la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa que tiene lugar en Helsinki en agosto de 1975 y de la que emana un documento -el que a nosotros nos va a interesar- que lleva el nombre un tanto atípico en el vocabulario del derecho internacional de Acta Final de la Conferencia de Helsinki.

Dos son los factores que nos llevan a entender la razón de ser de la Con­ferencia y la importante repercusión que va a tener en la evolución histórica de los Derechos Humanos.

En primer lugar, es una Conferencia que desde su convocatoria hasta su celebración va a estar estrechamente ligada a ese fenómeno de nuestra histo­ria reciente que denominamos Guerra Fría.

En segundo lugar el proceso que guió sus pasos y el resultado final de la misma está relacionado con un dato característico de esa Guerra Fría: una cier­ta inferioridad del bloque comunista dirigido desde la Unión Soviética frente a su rival capitaneado por los Estados Unidos.

Expliquemos cada uno de estos dos puntos.

1) La Conferencia de Helsinki y la Guerra Fría

Las tensiones en el seno de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial que ya habían conocido sus preliminares con la proclamación de la Doctrina Truman en marzo de 1947 y que habían ido en aumento a lo largo de este año y del siguiente con episodios tan significativos como la implantación por la fuerza de regímenes comunistas en Hungría y Checoslovaquia y el bloqueo de Berlín Occidental de abril de 1948 a mayo de 1949 se acrecienta aún más con el definitivo triunfo de los comunistas en China a finales dei mismo año y cul­mina mediado 1950 cuando el régimen comunista implantado en el norte de Corea, contando con el apoyo de Rusia v China, se dispone a dominar la tota­lidad de la Península. El conflicto de Corea elevará durante tres años (1950­1953) la tensión internacional al máximo grado.

Detengámonos aquí. Se ha abierto ese período original en la historia uni­versal de todos los tiempos, como original es el neologismo que le dio nom­bre: Guerra Fría1.

Una guerra fría era una guerra que llevada a sus últimas consecuencias siem­pre podía ser y nunca sería porque una fuerza superior a los dos adversarios en potencia se imponía a la última resolución de declaración de hostilidades. Y no habría ni Sarajevo ni Dantzig que la doblegase. Era «el gran miedo», como lo llamó por estos años Fhílippe Toynbee2.

En términos concretos, el miedo a la energía nuclear convertible en arma­mento, dotada desde su primera manifestación en la mañana del 6 de agosto de 1945, de una capacidad de destrucción exponencialmente superior a cual­quier arma convencional conocida hasta entonces y que a partir de esa fecha, mes a mes, año tras año, iría multiplicando su potencia. «En diez años, seña­la C. Delrnas, tomando como punto de referencia las primeras bombas lanza­das sobre Hiroshima y Nagasaki, la potencia de destrucción de un solo ingenio explosivo se había multiplicado por 750 y el radio de destrucción había pasa­do de 2 200 metros a 28 kilómetros»3.

Apostar por un conflicto armado suponía contradecir a la guerra en sí en cuanto que ésta busca por su naturaleza misma concluir con un vencedor y un vencido. En este caso, una destrucción general desbordaría las mismas posibi­lidades de existencia de ambos bandos.

Pero esta contención in extremis ante la guerra «caliente» no anulaba la hos­tilidad radical, vamos a decir también el desamor profundo, entre las partes que ha precedido siempre al desencadenamiento de una guerra. Y ese desamor no consumado podía tener vida propia, autoalimentarse con nuevos argu­mentos, prolongarse año eras agito, en principio indefinidamente, al amparo de alianzas militares cada vez más potentes. Es en este sentido como Suzanne Bastide ha definido la Guerra Fría como «Alianzas militares no acompañadas de conflictos declarados»4.

A toro pasado sabemos que la Guerra Fría no ha sido indefinida, aunque sí larga (cincuenta y dos años para ser exactos). Ahora bien, esta extensión en el tiempo daba pie a que dentro de ella cupiesen paréntesis de «distensión», de «coexistencia pacífica», de «átomos para la paz», de «deshielo», de «guerra tibia», términos todos estos que se emplean en estos años.

Pues bien, la primera «distensión, el primer ensayo de «coexistencia pací­fica», fue el que se produjo tras la muerte de Stalin en marzo de 1953; a ella se unió e) armisticio de la Guerra de Corea en julio de ese mismo año y los preliminares para la restauración de la plena soberanía de uno de los países más sensibles por su situación estratégica ., su pasado histórico, Austria.

Y su fruto fue una primera reflexión sobre un hecho anómalo que se había producido en la II Guerra Mundial. Era éste, un conflicto armado que no había conocido un tratado de paz generalizado y más concretamente con su principal protagonista, ya vencido, en Europa, Alemania.

Ello conllevaba que siguiese siendo un asunto pendiente el reconocimien­to de las nuevas fronteras creadas a su término y la fijación, en el marco del derecho internacional, de las partidas y contrapartidas consensuadas a lo largo del conflicto entre los todavía presuntos vencedores, en las distintas conferen­cias que jalonaron sus seis años de duración: Carta del Atlántico (agosto de 1941), conferencias de Casablanca (enero de 1943), Teherán (noviembre de 1943), y de un modo particular las de Yalta y Potsdam, ya en las postrimeras de la guerra, en febrero y julio de 1945.

Parecía claro que si ambos aliados de ayer, hoy convertidos en adversarios habían incumplido tales acuerdos, era la Unión Soviética quien había final­mente conseguido mayores ganancias. El avance de sus ejércitos a partir del invierno de 1942-43 en que iniciaron su gran contraofensiva frente a las tro­pas alemanas, había cubierto un espacio mucho mayor que el que las tropas aliadas pudieron ocupar desde su desembarco en Normandía en junio de 1944. Los amplios territorios de Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia, Polonia -aquí, el contencioso entre los dos gobiernos de Polonia, el de Varsovia y el de Lublín, se había resuelto a su favor- resultaron ser no sólo zona de influencia cono se había estipulado en Yalta y Potsdam, sino países someti­dos a su entero control político y económico. Había bastado traducir al len­guaje e idearla comunista la voluntad democrática del pueblo exigida en tales acuerdos.

Quedaba el problema de la misma Alemania y de Berlín, divididos en dos zonas desde los primeros meses de 1948. Era la consecuencia de la iniciativa tomada unilateralmente por los aliados occidentales de contravenir el régimen cuatripartito estipulado en el armisticio, unificando las tres zonas de Inglate­rra, Estados Unidos y Francia en tema tan vital como el de la moneda. Sería el primer paso hacia la creación en el otoño de 1949 de un Estado indepen­diente, la República Federal Alemana. Tras un primer movimiento de reac­ción, el bloqueo de Berlín, la Unión Soviética aceptó el reto. Los occidentales le brindaban la posibilidad de crear ellos a su vez, sin pasar de nuevo por el método de elecciones libres, una nueva formación política, la República Democrática Alemana con su capitalidad en la zona de Berlín sujeta a su con­trol. Había nacido en el viejo continente un glacis de grandes dimensiones v perfecta unidad interna formado por los siete países del centro y este de Europa obedientes según el modelo del Centralismo Democrático a la auto­ridad superior de Moscú. Sus energías latentes, su capacidad de acción polí­tica y económica se sobreponían materialmente al pequeño rincón del occidente Europeo, término que nace también ahora como expresión de la realidad que aceramos de señalar.

Tal situación regida por la política de hechos consumados necesitaba una convalidación en el ámbito del derecho internacional. Una conferencia que reuniese a las partes interesad s peala subsanar este vacío diplomático y con ello desactivar no pocos de los mutuos agravios que alimentaban esa Guerra Fría. Esa sería la Conferencia de Helsinki. Y la Unión Soviética era la primera interesada en convocarla.

2) Una cierta inferioridad del bloque comunista

Porque hubo además un segundo factor que la propició. Y fue el que como decíamos más claramente marcó su proceso interno de preparación y en defi­nitiva sus resultados.

Pasados los primeros años de posguerra, un análisis paralelo de los dos aliados de ayer hoy enfrentados sin concesiones daba corno balance un déficit claro s,-además creciente del liderado por la Unión Soviética. Es cierto que geo­gráficamente esta última poseía un territorio mucho más extenso; que en el piano militar tenía a su favor la presencia de su ejército de guerra intacto -unas ciento cincuenta divisiones- que continuaba desplegado sobre el este y el centro de Europa; mientras que los Estados Unidos se habían apresurado a licenciar el grueso de sus efectivos militares. Pero fueron siempre a la zaga en el renglón más importante del poderío militar: el armamento atómico. Hasta 1949 no consiguieron desarrollar una bomba atómica y sólo tres años después de que los Estados Unidos hicieran estallar en 1952 su primera bomba ter­monuclear alcanzaría la Unión Soviética ponerse nuevamente en línea en poten­cial atómico5.

Económica y políticamente también Occidente llevaba la delantera: en unio de 1947 se había puesto en marcha el Plan Marshall que daba pie a la reconstrucción de Europa Occidental. La Europa Oriental. por imperativo de la Unión Soviética, hubo de atenerse a las consecuencias de no participar en aquel riego de 15’000,000,000 de dólares ofrecidos desde los Estados Unidos que hubieran podido significar el motor de su recuperación económica, bajo el signo de una economía capitalista, es cierto. Esto no era admisible.

Siguieron luego los primeros resultados del viejo proyecto de unidad euro­pea: el Consejo de Europa en 1949; la CECA en 1952; más tarde en plena euforia de recuperación económica el Mercado Común en 1958, que en 1973 iniciaría la política de ampliación de nuevos socios que llega hasta nuestros días. La doble réplica de la Kominform en el campo político y del COMFCON en el económica, no conocieron un éxito igual. Fa!¡¿) en aquélla la adhesión esperada de los dos grandes partidos comunistas de la Europa Occidental, el francés y el italiana: pronto sufrió además en su seno la disidencia yugoslava. 1 n 1956 se optaría por su disolución.

Pecó el segundo, admitidos sus indudables éxitos, tales como las grandes líneas de energía que recorrían el vasto espacio del COMECON europeo, de rigi­dez: cada país había de atenerse a la especialización en una determinada rama de la producción. Así Rumania destinada a ser el suministrador de petróleo y de productos agrícolas se vería obligada a renunciar a una política de indus­trialización. Tuvo también el defecto de la heterogeneidad y dispersión de sus miembros: a los consabidos países satélites del centro v este de Europa se uni­rían Mongolia en 1962, Cuba diez años después y finalmente Vietnam en 1978.

Aún nos queda un breve apunte sobre el desequilibrio social. Esa división de Europa a partir de 1947 en dos bloques separados por una rígida frontera, la que desde Occidente se denominaba telón de acero fy no era una pura metá­fora), había ido generando a lo largo de los años sendas sociedades claramen­te diferenciadas entre sí: una estructurada democráticamente y otra sujeta a la doctrina leninista de la primera Fase de la Revolución, la del aludido Centra­lismo Democrático dirigido desde Moscú.

Ello significaba 3 que mientras en Occidente las tensiones sociales se resolvían en el seno de su mismo régimen de libertades, en los países comunistas estaban Condenadas a saltar de firma brusca e incompatible con el esquema político vigente: de ahí las protestas de los obreros de Berlín en 1951; los 50.000 obre­ros de Poznam en Polonia reclamando en junio de 1955 la retirada de las tro­pas soviéticas y una mejora de las condiciones de vida; el levantamiento de la población de Budapest en 1956 y en la misma Unión Soviética; el movimiento «Samizdar» (etimológicamente, «publicaciones por cuenta propia»). Databa su origen de los años inmediatos a la muerte de Stalin y consistía en una red de información clandestina destinada a alimentar la resistencia (le una minoría de la población compuesta sobre todo de intelectuales y profesionales.

Tal situación hubiera podido sostenerse si la política de incomunicación impuesta desde el bloque comunista hubiera dado resultados. Pero no se pudie­ron evitar los efectos de esa ósmosis natural que ha funcionado en todas las épocas entre las personas y grupos sociales con independencia de las fronteras políticas; a ella se añadía en el espacio de tiempo que nos ocupa la acción de los nuevos medios de comunicación desconocedores por su naturaleza de fronte­ras: la radio y, a partir de los años cincuenta, la televisión. Ellos transmitían día tras día la imagen, digamos mejor, el señuelo de un mundo libre y prós­pero, que suscitaba la envidia del ciudadano de los países del Este. Así se ini­ció ese trasvase de población desde el espacio comunista hacia el occidente europeo regido por la economía capitalista.

Cuando el flujo se transformó en una auténtica sangría demográfica -3 000 000 se contabilizaban en el verano de 1961- se recurrió al recurso límite de levantar un muro de cemento entre los dos sectores de Berlín, la ciu­dad que sintetizaba esa división entre los dos modelos de sociedad y en la que por su naturaleza urbana no cabra el sistema de zonas de alambradas y perros adiestrados de las fronteras en campo abierto.

Nos liemos detenido en esta exposición, porque desde ella se entiende que si la Guerra Fría pedía una conferencia entre los dos bloques y que ya desde su primer plantean tinto fuera -,a Unión Soviética la más interesada en que tuviera lugar, este interés por su celebración, tras los puntos que acabamos de señalar, fuera aún mayor. Y a su vez se comprende que dirigiera su invitación al conjunto de países del continente europeo, no específicamente al bloque rival, con el que en tantos aspectos no podría competir. Como diría en su momento el ministro de Asuntos Exteriores Soviéticos Molotov, se trataba de «construir una cooperación pacífica paneuropea, como fórmula de relevo a un mercado común belicista»6.

Veámoslo: en enero de 1954 el citado Molotov lanza desde Moscú un pri­mer mensaje de que era preciso crear en Europa Las condiciones de una segu­ridad colectiva. Occidente no respondió a la llamada.

Un año después, en julio de 1955, la delegación soviética en la Conferen­cia de jefes de Gobierno de Ginebra presentó nuevamente un proyecto lla­mado de Solidaridad Colectiva. Dos años después, en octubre de 1957, es el ministro de Asuntos Exteriores polaco Adam Rapacki quien desde la alta tri­buna de las Naciones Unidas propone crear una zona desmilitarizada en el centro de Europa. Entrada la década de los sesenta se produce un cambio de estrategia, meramente Formal, es cierto. No será la misma Unión Soviética o algún representante directo suyo sino el órgano colegiado del Pacto de Varso­via quien haga llegar a Occidente el mismo mensaje; así sucedió con su reu­nión en Bucarest en 1966 y en la de Budapest en 1967.

Pero el bloque occidental seguía sin reaccionar. Era mucho lo que se le pedía y en caso de conflicto, no deseado por nadie, él se encontraba en situa­ción de ventaja.
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