La palabra democracia se usa con frecuencia para expresar una exigencia, una demanda de que en la toma de decisiones sociales se considere la opinión de todas






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fecha de publicación09.06.2015
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  1. Ciudadanía y democracia


La palabra democracia se usa con frecuencia para expresar una exigencia, una demanda de que en la toma de decisiones sociales se considere la opinión de todas las personas que son o serán afectadas por dicha decisión. Si bien es un término propio del ámbito político, su uso se ha extendido a otros espacios, por lo que no es extraño que, cuando alguien toma una decisión que afecta a otros sin consultarlos, se llegue a decir que dicha persona es autoritaria y no democrática. Así, la palabra democracia y su negación se han vuelto adjetivos utilizados no sólo para las autoridades políticas, sino en general para cualquier persona que toma una decisión que tiene consecuencias en otros.
Es importante conocer la definición de democracia y cómo está íntimamente ligada al Estado de Derecho y a la defensa de los derechos humanos, a la participación ciudadana y al pluralismo, y que, a pesar de ser hasta ahora la mejor forma de gobierno conocida, también tiene sus problemas.

En algunas ediciones, el término politeia implica la mezcla de las tres formas de gobierno; es decir, un gobierno mixto, que algunos autores lo entienden como República y que busca el bien común.
Formas de gobierno. El concepto de democracia se usa propiamente para una determinada estructura de poder político, es decir, una forma de gobierno. Ya desde la antigua Grecia se distinguían diversas maneras de gobernar y una de ellas era, precisamente, la politeia, democracia. Tomando en cuenta el número de personas que ejercen el poder, Aristóteles planteó tres formas de gobierno: la monarquía, cuando una sola persona detenta el poder político; la aristocracia, cuando un pequeño grupo tiene el poder político; y, por último, la politeia, cuando muchos —la mayoría— ejercen el poder político.
Para Aristóteles no sólo era importante distinguir las formas de gobierno de acuerdo con quiénes gobiernan (si uno, pocos o muchos), sino también cómo lo hacen, es decir, si lo hacen bien o mal. ¿Cómo hacer esta última distinción? Teniendo presente el fin que todo gobierno debe tener: alcanzar el bien común. Así, el criterio para distinguir cuándo una forma de gobierno es buena o mala se refiere al tipo de interés que persigue el gobernante: el social o el individual. Las formas buenas serían aquellas en las que el poder se aplica en la búsqueda del interés común; las formas malas, aquellas en las que el poder se ejerce para alcanzar intereses propios. Estas últimas son consideradas formas corruptas o degeneradas porque van en contra del fin que debe tener todo gobierno; en ellas el poder político se desvía de su objetivo principal que debe ser, como dijimos, el bien común.

¿Cuál es la diferencia entre democracia y demagogia?
De esta manera, en Aristóteles, el gobierno de uno se llama monarquía cuando es bueno, y tiranía cuando es malo, porque ve sólo por los intereses del monarca; el gobierno de pocos se llama aristocracia cuando es bueno, y oligarquía cuando es malo, porque persigue sólo los intereses de unos pocos, que son los ricos; y, el gobierno de muchos se llama politeia.
Si bien la clasificación aristotélica de las formas de gobierno ha sido una de las más importantes, a lo largo de la historia se han elaborado otras tipologías. Entre las propuestas contemporáneas es de mencionar la clasificación hecha por Hans Kelsen, que comprende sólo dos tipos de gobierno: la autocracia y la democracia. Para este jurista, el único criterio riguroso para distinguir los tipos de gobierno es la manera en que una constitución regula la producción y modificación del ordenamiento jurídico que caracteriza a un Estado de Derecho. Sólo existen dos maneras de producir dicho ordenamiento: desde “arriba” o desde “abajo”. Decimos desde arriba cuando los destinatarios de las normas no participan en su creación; y desde abajo, cuando sí lo hacen.
Para Kelsen, sólo en este último caso los miembros de una sociedad son libres, porque son ellos mismos los que establecen el ordenamiento social y lo que se debe hacer en él; en este sentido, lo que quieren y lo que deben hacer coincide. A diferencia de la democracia, en donde el orden legal del Estado se identifica con la voluntad de los miembros de la sociedad, la autocracia se caracteriza por la servidumbre. Esto se debe a que en una autocracia los miembros de la sociedad están excluidos de la creación del ordenamiento jurídico, que fija lo que se debe hacer sin importar qué es lo que ellos quieran.
Democracia. A pesar de sus diferencias, tanto en Aristóteles como en Kelsen los tipos de gobierno dependen de quiénes pueden participar en la toma de decisiones que afectan a toda la sociedad. Por eso, el filósofo italiano Norberto Bobbio propuso, en su libro El futuro de la democracia, la siguiente definición mínima de esta forma de gobierno: “Por régimen democrático [se entiende primeramente] un conjunto de reglas procesales para la toma de decisiones colectivas en el que está prevista y propiciada la más amplia participación posible de los interesados.” En este conjunto de reglas que caracteriza a la democracia destacan las siguientes:


  1. Todo ciudadano con mayoría de edad, sin ningún tipo de distinción, tiene derecho, por medio del voto, de expresar su opinión o elegir a quien la exprese por él.

  2. El voto de todos los ciudadanos tiene el mismo peso.

  3. Los ciudadanos tienen la libertad de votar según su opinión formada lo más libremente posible, es decir, a partir de una competencia libre entre grupos políticos organizados.

El voto debe ser una elección, es decir, debe haber alternativas reales.

  1. El principio de mayoría numérica rige para las deliberaciones colectivas y para las elecciones.

  2. Las decisiones tomadas por mayoría no deben limitar los derechos de las minorías, principalmente el derecho de volverse, bajo las mismas condiciones, mayoría.


Sobre estas reglas es importante hacer algunas observaciones. Con relación a la primera, que establece quiénes pueden participar, es necesario hacer dos señalamientos. Primero, así como la democracia es un logro histórico fruto de diversas luchas sociales, el establecimiento de quiénes pueden participar en ella también ha variado históricamente a partir del reconocimiento paulatino de diversos sectores que habían sido excluidos. Si bien cada país ha tenido su propio desarrollo, del caso de México podemos poner los siguientes ejemplos: es en 1953 cuando se otorga el derecho al voto a las mujeres y en 1969 cuando se concede la ciudadanía a todos los mexicanos mayores de 18 años. Segundo, si bien una democracia se caracteriza por la mayor participación posible de los miembros de una sociedad, no pueden participar todos. En este sentido, lo que se podría llamar omnicracia (el gobierno de todos) sería sólo un ideal que nadie ha propuesto, ya que implicaría que todos —incluidos, por ejemplo, los niños— pudieran participar en igualdad de condiciones.
En relación con la regla tres, es importante destacar cómo ésta establece la libertad de los ciudadanos no sólo para votar, sino también para estar informados de las alternativas que están compitiendo. Esta regla toca un punto crucial en los procesos democráticos, ya que se requiere que las diversas propuestas lleguen libremente a los ciudadanos, para que ellos, a su vez, formen su opinión sobre los mismos con toda libertad y escojan la opción que consideren mejor. Aquí es donde se juega gran parte de las elecciones, por lo que el papel que desempeñan los medios masivos de comunicación es tan importante y no deben sorprender, por ejemplo, las grandes discusiones que se dan al respecto en nuestro país en cada proceso electoral.

El Estado de Derecho y la cultura de la legalidad en una sociedad democrática están estrechamente vinculados con el reconocimiento y la garantía de los derechos humanos.
Por último, la regla seis establece que, si bien la toma de decisiones es por mayoría, ninguna de sus decisiones puede atentar contra los derechos de las minorías, entre ellos, precisamente, el de seguir participando libremente en la política y tener la posibilidad de volverse, en un futuro, mayoría. ¿Qué quiere decir esto? Que hay cosas que no pueden estar a discusión, que no pueden ponerse a votación de la mayoría, como los derechos fundamentales, inalienables, que todo gobierno debe respetar.
La democracia tiene sentido sólo en un Estado de Derecho en el que se respeten plenamente los derechos humanos. Si no fuera así, la participación ciudadana y los procesos electorales que caracterizan a esta forma de gobierno se volverían una farsa con la que se justifica la imposición de algún grupo en el poder.

Algunos problemas de la democracia. A pesar de la relevancia y el logro social e histórico que representa vivir en una democracia, hay que reconocer que ésta tampoco es una panacea. Para concluir, señalemos sólo cuatro de sus principales problemas:


  1. Originalmente, la democracia parte de que todos somos libres e iguales, por lo que es una forma de gobierno que se caracteriza por la mayor participación posible de los miembros de la sociedad en la toma de decisiones que afectan a la misma. Sin embargo, a lo largo de su desarrollo, como vivimos en una democracia representativa —es decir, en la que no decidimos directamente, sino que elegimos a nuestros representantes para que sean ellos los que tomen por último las decisiones—, se han creado grupos de poder, élites políticas.

  2. Asimismo, la democracia entendida como un poder ascendente, que viene desde abajo, tampoco ha llegado a copar todos los espacios en los que se toman las decisiones que nos afectan a todos. Si bien la democracia surgió como una forma de gobierno —es decir, para la legitimación y control ciudadano del ámbito político—, no se puede hablar propiamente de un proceso de democratización acabado si en muchos otros ámbitos de la sociedad se siguen tomando las decisiones de manera descendente, desde arriba.

  3. La democracia pretendía también hacer transparente el poder; que el poder político realizara sus acciones en público, a la vista y para el conocimiento de todos los ciudadanos que podrían, así, ejercer un control sobre él. Sin embargo, con los desarrollos tecnológicos que refuerzan la capacidad de conocer sin ser conocido, la tendencia ha sido la contraria: el control de los ciudadanos por parte del poder.

  4. Por último, se creía que una de las consecuencias de la práctica democrática sería la educación de los ciudadanos. El desarrollo de una cultura participativa debería llevarlos a orientarse no por los beneficios que esperan obtener, sino por considerarse partícipes en la articulación de las demandas y en la formación de las decisiones colectivas. Pero en las sociedades contemporáneas se observa el fenómeno de la apatía política, es decir, los ciudadanos no participan. Donde sí hay participación aumenta el voto por beneficio, por lo que la democracia se estaría sosteniendo por el voto de acuerdo con los intereses personales de los ciudadanos y no por la formación de una opinión pública, colectiva.


Una observación final sobre la democracia. La democracia contemporánea es fundamentalmente liberal. Uno de los principales rasgos del liberalismo es centrar las actividades del ciudadano en el interés privado, llegando, lamentablemente a vaciar a la política de su importancia pública. En este sentido, no sólo se debería pugnar por extender la democracia a más espacios de nuestra vida, sino a restablecer el ámbito de lo político como aquello que nos caracteriza como seres humanos y libres.
Para ello, la tradición republicana puede llegar a desempeñar un papel crucial al recordarnos algo tan elemental como es el hecho de que todo individuo se construye y vive en sociedad. Desde los antiguos romanos, res publica remitía a la cosa pública, a la cosa del pueblo, al bien común, a la comunidad. Algunos de los principales rasgos del republicanismo son el ejercicio del poder con el fin de lograr el interés común, conformar la voluntad soberana de acuerdo con reglas y obrar por el bien común en la medida en que todos se consideran iguales entre sí. Asimismo, el fundamento de un gobierno republicano es la virtud cívica de los ciudadanos, entendida ésta como la disponibilidad y capacidad de servir al bien común.
Aquí es de destacar una observación que hizo uno de los principales filósofos de la Revolución francesa, Jean-Jacques Rousseau: un Estado consistente debe aproximar a los extremos sociales, es decir, no tendría que tolerar las grandes desigualdades en la sociedad (que exista gente opulenta ni pordioseros). Estas dos posiciones extremas —el muy rico y el muy pobre— son igualmente desastrosas para el bien común, porque entre ellas surge el tráfico de la libertad pública: una la compra y otra la vende. Así, desde el siglo xviii se plantea que la democracia requiere, además del imperio de la ley y de la participación ciudadana —aspectos sobre los que ha insistido el liberalismo—, de ciertas condiciones materiales mínimas para que todos los ciudadanos puedan efectivamente, en libertad, no sólo elegir los proyectos personales de vida que prefieran, sino también participar activamente en la vida pública de su comunidad.

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