Breve mirada al centro del centro: una ciudad






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fecha de publicación08.03.2016
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Breve mirada al centro del centro: una ciudad


El Magistrado llegó en su Toyota blindada al parqueadero situado al lado de la Plaza de Caicedo en el filo de las 7:30 am. Atraviesa el umbral de la Catedral, se inclina respetuosamente ante la homilía del obispo. Acto seguido, penetra precipitadamente en el Banco Anglo Colombiano solicitando una nueva chequera de 30 hojas, mientras consigue algo de efectivo. “Los zapatos están listos doctor”, y paga los mil pesos al viejo embolador, mientras va doblando con ternura el titular del diario El País. Se pone de pie, suena el celular, el guardaespaldas se lo extiende. Sube rápidamente al despacho desde donde observa, a través del vidrio de la ventana, la Plaza Mayor.
El propósito del documento es presentar lo que una breve mirada escrutadora al centro de la ciudad, a la Plaza de Caycedo del siglo XXI, nos puede ofrecer. La mirada está orientada con tres claras intenciones que pueden ser relevantes para la comprensión de la manera en que se escenifica material y simbólicamente, desde el centro, el poder urbano. En primer lugar, la distribución espacial y la visualización del poder; en segundo término, sobre los que viven en la plaza; y, finalmente acerca de quiénes la transitan.
¿Pero, por qué el centro urbano? La ciudad incluye considerables dimensiones espaciales idealizadas: la casa, la cuadra, el barrio, el sector, la comuna, hasta llegar a la idea de ciudad como la dimensión más abstracta donde establecemos relaciones sociales, económicas, políticas y de dominación más generales. Es la ciudad el lugar donde se construye el conjunto de representaciones que dan sentido a las acciones del citadino, y, que provocan la estadía permanente del individuo en “su lugar”. Así, frente a la complejidad que constituye la ciudad, centraremos el foco de atención en un lugar, en un espacio de la ciudad: el centro. Pero aún más, no el centro de la ciudad, sino, el centro del centro, el lugar que ha simbolizado desde el siglo pasado el núcleo generador de Cali y punto nodal del estatus social privilegiado: la denominada Plaza de Caycedo.
La ciudad se nos puede hacer inaprensible tanto por su extensión espacial, como por la diversidad, contrastes, heterogeneidades y antagonismos, que la constituyen. Es por eso que no vamos a deambular en un viaje extenso por la ciudad, sino por el contrario, nos ubicaremos cómodamente en un punto fijo: la Plaza de Caycedo. Dicha comodidad de un lugar central nos permite desentrañar lo que, tal vez, ni el transeúnte que lo padece, disfruta, utiliza y discurre a diario u ocasionalmente no detectan por su prisa, ni tampoco aquel que la vive a diario y, tal vez por ello, la ha naturalizado distanciándose de su posible comprensión.
Así, intentaremos ver el centro del centro a través de algunos recorridos que nos permita mirar, como una lectura más profunda del ver, a la plaza mayor.1 Evocar el centro como un lugar de prestigioso, nos impulsa a recordar cómo a principios de siglo se convocaba a las personas para que concurrieran al centro como lugar de relación social pública:
A favor de la sociabilidad, indispensable para fomentar las buenas costumbres y adelanto, nos permitimos insinuar a las señoras y señoritas que concurran con más frecuencia al Parque Central, no solo en los días de retreta, en los cuales hemos observado ahora que la concurrencia ha disminuido de algunos meses a esta parte, sino también en los días ordinarios, pues los Parques deben ser el lugar preferido para pasear, puesto que precisamente con tal objeto se construyen.2
Pero el centro no ha sido siempre el mismo, él ha tenido cambios importantes que, muchas veces responden a los ritmos e intereses de los sectores de élite. La zona céntrica empieza a ser modernizada por la élite caleña hacía los años 1920 y 1930, cuando se destruyen los lazos con el pasado arquitectónico de la plaza y se instalan los nuevos “rascacielos”. Este proceso fue impulsado por el sector financiero y otros, quienes se establecen en él debido a que el lugar les ofrecía reconocimiento y estatus social. Al respecto, señala E. Vásquez, que,
En las dos primeras décadas del siglo XX el parque de Caicedo estaba rodeado en sus cuatro costados por casonas coloniales de dos plantas, con paredes de adobe, techos de teja de barro con un pequeño alero, fachadas lisas y adustas adornadas solo con balcones que miraban al parque. Residían ahí los patricios y “notables” a lado de las sedes de los poderes políticos y religiosos...3
Sin embargo, y como huellas del pasado, aún quedan algunos edificios góticos: El Palacio de Justicia, vaciado de su funcionalidad política; La Catedral de San Pedro y, el edificio Otero, que como piezas arquitectónicas de tradición, conviven al lado del cubismo de la modernidad. Así, el proceso de transformación de lo céntrico ha sido lento, pero, siempre conservándolo como un lugar central.
Espacios centrales y escenificación de poder.
Iniciado el siglo XXI, el centro goza de menor estatus y prestigio que en la apertura del siglo XX. Sin embargo, el centro aún atrae la mirada, se cree que en él se sucede lo importante y lo desconocido, entrar en él es acercarse al espacio de la vitalidad de lo social. Sin embargo, quedarse en el lugar tiene un costo que no todos están en la posibilidad de sufragar. La propiedad sobre los espacios físicos en el centro de la ciudad se haya distribuida de una manera muy particular y desigual. Tratemos de identificar a algunos de quienes asisten al abordaje del centro, identificando ante todo algunas de sus manifestaciones.
En el centro del área está la plaza de Caycedo, con sus bancas de concreto, empinadas palmas, zonas verdes, disposición de caminos que permiten acceder al eje central desde todas las esquinas y lugares. En el eje y de pie, se erige la estatua de Joaquín de Caycedo y Cuero, quien observa desde lo alto el que la vida fluya ordenadamente, que todos discurran, que solo se detengan fugazmente para admirarle. Mientras abraza la bandera con la lanza guerrera, a sus pies, como el “Protomártir de la independencia de Cali y creador de la vallecaucanidad”,4 que reza en la placa ajustada a la efigie de piedra, como pretensión de un símbolo de independencia y unidad regional, constituido desde el Estado en lo municipal.
Rodeando la plaza mayor, se halla la cerca de estructuras arquitectónicas que la sujetan por todos los costados.
El Palacio nacional, conocido como el antiguo Palacio de Justicia, que aún conserva su viejo nombre en la placa aferrada sobre uno de sus muros: “Plaza De La Constitución Jurada en 14 De Nov. De 1813”. Esta edificación es considerada un patrimonio arquitectónico de la ciudad, en ella se descubre una verdadera combinación de fundamentos simbólicos evocadores de poder: arquitectura, historia, y, ubicación central. Es el espacio que evoca la residencia de una de las instituciones claves del Estado en lo local, como es el de la Justicia. No es en vano su ubicación, pues con él se ratifica el fuerte papel de construcción simbólica del poder político, al dejarlo y ubicarlo en el centro, como lugar por excelencia de mayor reconocimiento social, en cuanto este es identificado como el “Palacio de la Justicia”. Solo el sustantivo ejecuta en el imaginario la majestuosidad, acompañado del adjetivo que señala a uno de los pilares de la democracia moderna.

Palacio erigido para dejar claro el mensaje de la legalidad y funcionamiento del Estado de derecho. Centro que monopoliza la producción del derecho y construcción de la verdad institucional. Quienes incursionan al lugar consiguen sentir la magia de su solemnidad, la ritualidad propia del funcionamiento de una de las ramas del poder público, el sentimiento de obediencia del ciudadano frente al lugar donde se decide lo que es incuestionable, lo autorizado, lo que debe y no debe existir, en fin, el lugar desde donde se define buena parte de una realidad social: delincuente, casado, hijo legítimo, enfermo, propietario, culpable, etc., etc., y toda la institucionalidad que acompaña la realidad creada en el acto mágico de la justicia: cárcel, familia, hospital, propiedad, normas, etc., etc.
Es en esta instancia donde emanan formalizados y codificados los fragmentos cristalizados del poder sancionador, con todo su cuerpo de sistema jurídico registrado públicamente. Pero, ¿cuál será la idea que invade la mente del transeúnte común y corriente cuando se instala frente a la gran mole arquitectónica que se levanta ante él?; ¿logra concebir al lugar como uno de los indicadores característicos del poder del Estado?, y en particular, ¿qué tipo de significado le evoca la idea del Estado de derecho como forma de dominación moderna?.

Por supuesto que la plaza tiene como su referente robusto al palacio, y, esto se puede evidenciar por la multitud de oficinas que funcionan en los edificios que la circundan desde donde despachan abogados. A su vez, en torno al lugar aún circulan los libreros de textos jurídicos desparramados por los andenes en los que se ofrecen constituciones con la última jurisprudencia, la ley actual, reglamentaciones, actos reformatorios de leyes, códigos civiles, penales y contractuales, etc., etc.
En el segundo cuadrante que circunda la Plaza mayor, hallamos otro hito fundamental: La Catedral y las oficinas de la arquidiócesis donde funciona la administración legal y económica de la Iglesia. Centro, ubicado en el centro de quienes poseen el monopolio de la orientación legitimada de los bienes de salvación y condenación espiritual.
En toda la esquina esta la gran Catedral de San Pedro, majestuosa en su arquitectura, tratando de devorar por sus pórticos repujados en bronce a los escurridizos transeúntes.

En su interior, las hermosas pinturas, y las imágenes del Señor Caído, debajo de cuyo altar, se dice, reposan los restos de Joaquín de Caicedo y Cuero. Espacio interno, circunspecto, lóbrego y cargado de arte barroco. Las gentes, entran, se persignan, se acomodan lentamente en las ordenadas hileras de asientos, miran siempre al frente con la contemplación solemne, se arrodillan, unen las manos, inclinan la cabeza, fijan las manos al rostro y, de sus labios brota un murmullo que indica la plegaria. Nuevamente de pie, se dirigen hacia la puerta, antes de salir la media vuelta para santiguarse, y poder salir con la liviandad que propone la expiación, hacia la Plaza Mayor.
Así, lo que observamos en el interior es la mayor sincronía jamás sincronizada entre quienes tal vez, ni se conocen. Coherencia seguramente aprendida en la regularidad de la cotidianidad familiar; apropiada socialmente en un largo proceso de moldeamiento sin evidente director de orquesta, que fue formando, son partitura común, los hábitos religiosos requeridos para poder fluir con soltura en el ritual, que no da tiempo a pensar en el acto que se debe acompasar. Pero el acto de sincronía de los cuerpos implica, además, la articulación entre los símbolos que constituyen la arquitectura y los espacios del lugar, la autoridad institucional y, en tercer término, la sacralización de que goza y exhibe, convencido, quien dirige el ritual.
Así, el momento del culto permite evocar para que perdure en la memoria y el cuerpo, todas y cada unas de las frases, actos, posturas, conductas, y circunspecciones debidas. Pero el ceremonial no sólo evoca sino que provoca aprendizajes. Una suerte de aprendizaje colectivo donde el ceremonial se hace cuerpo en el sujeto, con lo cual se logra la reproducción de las formas colectivas de aceptación de lo que tiene sentido colectivo. Todo, por supuesto bajo la consagración del Estado, pues este posibilita el culto y la institución, con lo cual cumple un papel fundamental en la construcción de un tipo particular de sistema de representaciones y, de prácticas que van extendiéndose hacia los hábitos y las costumbres de las personas.

Por supuesto que el Estado no controla toda la producción simbólica que constituye la unidad del orden social, él es solo uno de los actores centrales del proceso, pues gran parte del simbolismo hunde sus raíces en la llamada Sociedad Civil: los curas y la institucionalidad religiosa, las élites y sus medios de información, los grupos humanos y el sentido común que producen, entre muchos otros.
Por tanto, hay mensajes prácticos no solo desde el ritual mismo, si no desde el momento en que el cura párroco en su discurso, teñido de autoridad y magia, legitima el orden de lo establecido; convocando y creando realidades anímicas con cada frase, generando pautas en la liturgia, que, escapando a todo acto de cálculo de racionalidad, genera otros sentidos y contenidos sociales de cohesión social, pertenencia colectiva, moral particular, necesidad social o individual del amparo y protección paterna, etc.
En el tercer cuadrante están algunos representantes del poder financiero: Conavi, Banco Anglo Colombiano, Banncoop, Colmena y Ahorramás. Representantes por excelencia de la banca moderna, donde circula el crédito, el préstamo, la transacción, el cambio de moneda, el sobregiro y el giro, la consignación, el retiro, el cheque, el efectivo, la tarjeta de crédito y débito, el cajero automático, la apertura de cuentas, los reclamos, dinero a término fijo, pago de servicios públicos, créditos para vivienda; toda una serie de acciones, relaciones e interacciones mediados por el dinero y su formas de representarlo. Sujetos, instituciones, tecnología, imágenes, comunicación que se organizan en torno a la representación del poder financiero. Lugares que concentran la magia del poder ser y hacer, símbolo de la sociedad moderna que tiene en el dinero el dispositivo clave de acceso a la ciudad. Ya sabemos que con el efectivo se nos permite influir, manipular, tomar artículos, adquirir lo deseado, saciarse en lo estético, acariciar de cerca el deseo, determinar decisiones, etc., etc. Tal vez por ello, podemos afirmar que la sociedad moderna traslada el eje de atención del ciudadano al consumidor, debido a que, en cuanto este posee dinero en efectivo o plástico, le es permitido vivir la ciudad, “comprarla” si es necesario, es lo que facilita al sujeto “ser”.
El capital hace posible la circulación de los grandes volúmenes de mercancía, con las que se adorna la ciudad. El dinero permite, por su ductilidad, la formación de tesoros y grandes riquezas, con lo cual se amplía la posibilidad de decidir. En otro sentido, este se constituye en el mediador de relaciones sociales, no sólo de manera inmediata en el intercambio de mercancías, sino también cuando cristaliza trabajo social invertido; cuando mediatiza la relación entre deudores y acreedores; en cuanto puede expresar la relación de un poseedor de capital y un desposeído del mismo y, frente a una relación de los individuos con el Estado, en cuanto este último interviene en el control del dinero y su precio.
En el cuarto cuadrante y cerrando la plaza, hallamos el Banco de Bogotá, los edificios Sierra y Ulpiano Lloreda. Centremos la mirada en este último, pero no tanto como lugar material sino, lo que él puede representar en relación con la élite local. En este edificio funcionan algunas oficinas del diario El País, matinal conservador fundado el 23 de Abril de 1950 por Álvaro Lloreda Caicedo. Con lo que podemos indicar la presencia de una familia con gran reconocimiento y ascendencia política y económica en la localidad, desde finales del siglo XIX. Pero la presencia de sectores de élite en el centro no es algo accidental ni fortuito. Recordemos que desde el principio del siglo XX, la élite ocupó el centro del lugar. Fue desde este sitio que la ciudad empezó a desplegarse en todos los sentidos posibles,
en torno a la Plaza de la Constitución se encontraban los barrios de La Merced, San Pedro, Santa Librada y San Francisco donde habitaban las élites de hacendados, comerciantes, médicos, políticos, , abogados, sacerdotes y militares con cruces de parentesco que entretejían los poderes políticos, religiosos y económicos: los Borrero, Holguín, Garcés, Carvajal, Caicedo, Córdoba…5
Por su parte, el edificio Ulpiano Lloreda, es una estructura arquitectónica que proyecta un apellido, ya que el apellido “Lloreda” se asocia rápidamente con una familia de tradición política y económica en la región. Por ejemplo, con la propiedad de empresas como Lloreda Grasas, Varela, Cablevisión, Prensa Moderna Impresos S.A., entre otros. Con nombres de personas que han ejercido y ejercen el poder político local, regional y nacional: Álvaro J. Lloreda, Rodrigo Lloreda Caicedo y, Francisco José Lloreda (por solo nombrar lo que tal vez permanezca fresco en la memoria). Podríamos decir en términos de W. Mills que estamos frente a una familia de élite, que se hallan “situados de tal manera dentro de la estructura que mediante sus decisiones modifican las circunstancias de otros muchos hombres”.
Junto con Henry J. Eder, Edward Mason, y Benito López, el señor Ulpiano Lloreda constituyen la Compañía de Electricidad, Cali Electric Ligth & Power Co.; la constitución de la fábrica de hielo Ulpiano Lloreda; la trilladora Lloreda. Ya con fluido eléctrico, Ulpiano Lloreda traslada su lugar de vivienda a la Plaza de la Constitución y, con ello, su fábrica de hielo y de puntillas. Fue la familia Lloreda quienes por la década de los años treinta iniciaron la reconstrucción del centro de la ciudad. Como familia de tradición influyente en la ciudad, asiste al centro de la misma con propiedades que real y metafóricamente representaban una élite, en este sentido, diría Mills que estos son hombres mucho más libres, en cuanto tienen acceso a los medios de decisión y de poder que les posibilita autonomía y altos márgenes de decisión.
Son élite en cuanto concentran diversas formas de capital, algunos de los cuales se transforman en reconocimientos y prestigio por tradición, apellido, etc. Grupos que saben aprovechar las circunstancias históricas y las posibilidades que ofrecían el lugar y la futura ciudad. Después de escalonados algunos espacios de poder público, tal vez, ello sirvió de trampolín para ampliar los capitales políticos que, junto a los privados, apuntalban aún más el liderazgo regional. Como familia de élite se fortalece al interior de la misma, afianza las redes de poder en el sector político, controla opinión mediante medios de comunicación, y, acrecienta el control de algunos medios de producción, todo lo cual les ubica en una condición privilegiada de reconocimiento en la ciudad.
De esta manera, alrededor de la plaza se han concitado, como las limaduras al imán, una serie instituciones con gran capacidad material y simbólica. Así, el lugar se constituye en una suerte de campo en el que se dan cita los representantes del poder económico financiero, del manejo de medios de información, del ejercicio de la justicia como codificación formalizada de la dominación, y de la salvación la espiritual.

Pero, ¿por qué la necesidad de estar ubicados en torno a la Plaza de Caycedo? ¿Por qué en el centro del centro de la ciudad?. Tal vez, si un buen número de quienes poseen grandes recursos de poder loran posicionarse en un lugar, con la labor del tiempo y el brillo que sus acciones, posesiones e ideas producen, pueden hacer del lugar, algo luminoso. Al respecto W. Ludeña se plantea las siguientes preguntas:

¿Cuál es la naturaleza y qué representa el "centro" en una ciudad? ¿Es una forma de materializar y reproducir la lógica del poder en el funcionamiento de las ciudades? ¿O es el resultado de una necesidad casi biológica de la población urbana por delimitar -como lo haría cualquier animal- el epicentro de un territorio definido bajo su dominio? ¿Por qué muchas ciudades mantienen un solo centro? ¿Y por qué y a partir de qué condiciones surgen en una ciudad otros centros alternativos? ¿Cuáles son las relaciones entre la existencia de un determinado tipo de centro y las estructuras totalitarias o democráticas de la sociedad?6
Pareciera que para los grupos sociales, en general, la definición del estatus y el poder en todas sus manifestaciones económicas, políticas, ideológicas, simbólicas, etc., debiera ponerse en escena, pero guardando las distinciones debidas. Y que el escenario ideal es situándose en el centro espacial, con lo cual se elabora una economía en la obtención de buenas dosis de legitimación.

Por lo tanto, el hecho de circundar la plaza, como el lugar de lo central simbólico, indica que estos grupos gozan de formas de consagración primordiales, en primer lugar, de que el orden político, por ejemplo, facilita y permite el funcionamiento de sus centros de orientación ideológica; que las instituciones bancarias puedan administrador los dineros de los colectivos; y, que hay lugares destinados para ciertas familias de élite. Y, en segundo lugar, gozan de la eficacia en la construcción del proceso de la legitimación del centro, como un orden que no se pone en cuestión. Por supuesto que habría que investigar la forma como se concibe y percibe por parte de los ciudadanos, la justeza y validez del estado de cosas establecido y, de manera específica, de quienes “viven”, trabajan y transitan por la Plaza. Con lo cuales, seguramente, el tiempo ha logrado labrar el acto mágico de naturalización que requiere la reproducción de las relaciones de autoridad.
Es así como el espacio central, producto social colectivo, ha logrado cincelar en el largo tiempo el sello distintivo definido desde el poder. Pero, el espacio tiene sentido en tanto posibilita disímiles relaciones e interacciones sociales, ritualizadas, azarosas, impensadas, lógicas, razonables, etc. Por ejemplo, en el interior de la Catedral se adelantan, en un orden sacramental, los bautizos, las primeras comuniones, confirmaciones, los cursos matrimoniales, las misas por los difuntos intranquilos; también se reza, se confiesan los pecados, se cumplen promesas, se ofrecen sermones, se brinda consejería espiritual, en fin, es el lugar para la búsqueda de dios o al menos de sus intermediarios o representantes directos ante sus fieles.
De otro lado, en las instituciones bancarias y financieras se establecen múltiples tipos de relaciones a las que obliga el imperativo de la ciudad moderna. Pues, estar atrapado en su lógica de maniobra, implica la inauguración de un cúmulo de relaciones sociales que pasan por el consumo de productos, servicios y estatus: tarjetas de crédito y débito, chequeras, Cdt; créditos, sobregiros, información de estados de cuenta; reconocimiento y, viabilidad funcional de la vida propia de la ciudad.
Por su parte, el edificio Ulpiano Lloreda constituye un centro de relaciones múltiples e importantes. Tal vez, fue el centro desde donde se pensaba la dirección del diario El País, y el mundo de relaciones que a partir de dicho proceso se desencadenaban. Desde el lugar y, en el acto creativo del periódico, se movilizan ideas, mensajes, información, ideología, orientaciones políticas, datos, perspectivas, etc. todos los cuales, como elementos claves en la formación y creación de opinión pública, constituyen también impensadas formas de capital simbólico para algunas familias de élite local.
Pero también está, en la Plaza, la Librería Nacional como espacio de consumo de cultura escrita; lugar de oferta de las propuestas en que se puede concretar como pensamiento escrito el actuar y el pensar de los sujetos: cine, pintura, sociología, filosofía, educación, derecho, literatura, etc. En los altos de la librería, la cafetería para el consumo de jugos, tinto, cafés, panecillos, etc. A los lados de la librería, sitios para el consumo de trajes y vestidos, más cafeterías; la notaria como santuario oficial para el marcaje y control social; en fin, un conjunto de lugares para el consumo público de la ciudad. Allí se desarrollan diversos tipos y formas de relación social, propias de la vida moderna; con lo cual, mirado en el sentido expuesto, pareciera que al centro se asistiera solo como consumidor, más que como ciudadano político que construye espacio y sociedad.
Así, el lugar condensa las formas de autoridad y fuentes de dominación que cristalizan en lugares y símbolos observables en cada una de las relaciones que establecen los individuos desde lo económico y financiero, en lo religioso, con las élites y sus propiedades, en las vivencias como consumidor o transeúnte, o en los tutelajes que en la Plaza representan los símbolos, por ejemplo, del Palacio de Justicia y la estatua del “protomártir”.

Y, ¿quiénes “viven” en la plaza?
Una de las características de la ciudad moderna es la densidad de individuos en intensas interacciones sociales, económicas y culturalmente diversas; y, en particular el centro, contiene y propicia una nutrida red de contactos, por supuesto ante todo en su vida diurna. El día constituye una multiplicidad de vínculos que se establecen de forma más o menos efímera y diversa, y que en las horas nocturnas tiende a difuminarse.

En primer lugar, y lo que salta a la vista son los distintivos arquitectónicos y sus señales que provocan las relaciones formalizadas y ritualizadas que circulan en el interior de las edificaciones con sus clientes. Los contactos furtivos que transitan entre los anaqueles de la librería entre el comprador de lo “último” y su librero; las que se da en medio de las olorosas droguerías entre el hipocondríaco y el vendedor de placebos; en los pulcros almacenes de ropa entre zalameros vendedores y reticentes compradores; en fin, cada una con sus respectivos clientes. Y, las relaciones profundamente más ritualizadas, sacralizadas y mágicas entre el cura con su carga simbólica y los fieles. Así, el clérigo, el vendedor, el gerente, el empleado, el fiel, el cliente, los trabajadores, etc., se constituyen en los usuarios cotidianos de la plaza.

De esta manera, entre quienes viven la plaza se establecen aproximaciones, tal vez, más diádicas, comprometidas con correspondencias más lúdicas, cargadas de broma, conversaciones ligeras. Algunas veces, estas interacciones se lubrican de licor, con lo cual la interacción se desliza con una mayor fluidez entre tramitadores, limpiabotas, comisionistas, jubilados y tantos otros que suelen sumarse al hábitat nocturnal.
La plaza de Caycedo, espacio central y público por excelencia, es habitada por y de múltiples maneras. En ella se alojan los lustrabotas quienes desde hace algún tiempo fueron institucionalizados y rotulados por la alcaldía municipal. Esta los dotó de uniforme y un pequeño cajón desde donde pueden atender a los clientes, claro, uniforme rotulado con el aviso que indica: “todos somos Cali”. En su mayoría son hombres con edades entre los cincuenta y sesenta y cinco años. Ellos viven la plaza como un espacio vital de trabajo, sacándole un fulgor a los paso de los hombres que se dirigen al trabajo. Claro que no sólo es el lugar del rebusque, es también algunas veces, el territorio del encuentro social donde se disfruta, ama, discute, en fin, donde se construyen socialmente los individuos.
Viven el espacio de la plaza los llamados tinterillos o, abogados populares. Desde la administración municipal se los ubicó en dos angostas bahías a los extremos de la plaza. Estos sabios de la legalidad en su más tosca interpretación, conservan aún las vetustas máquinas; y, están allí, siempre sentados frente a sus artefactos extraordinarios elaborando escépticas cartas de amor, telegramas que llevan urgencias, solicitudes imperativas de arduo trabajo, declaraciones de renta en ceros, contratos de arrendamiento leoninos, cartas de recomendación elaboradas por los recomendados, certificaciones para ser certificadas; así como las nuevas exigencias que la ley impone y que sólo son asequibles en su resolución por la vía del sempiterno tinterillo de la plaza central. Son el grupo que persiste a pesar del cambio, que se resiste a salir de la plaza aún cuando el palacio de justicia hace mucho dejo de funcionar y sus oficinas fueron corridas a cinco cuadras del centro. Algunas de las “oficinas” de estos marginales del derecho popular se cubren en lo alto con parasoles circulares, ya hoy fuertemente palidecidos. Algunos dicen estar en el lugar desde hace más de 30 años, por lo cual, sienten que la Plaza es parte de su vida.
Parte de la fachada del antiguo palacio de Justicia, esta durante la semana, cubierto por unas ristras de lotería al mando de diligentes vendedores y vendedoras. A estos, también la alcaldía municipal los ubicó a un costado de la plaza, y, ya formalizados, a diario vocean el número ganador.
Viven también la plaza, los jubilados de las exempresas locales. Hombres viejos que pasan semanas enteras mirando el acontecer diario de la plaza, mientras el resto de vida se esfuma. Conversando con sus amigos, esperando que llegue la tarde para marcharse a casa y volver a regresar nuevamente. Se conocen y reconocen entre sí, se saludan, cuentan de manera repetida la historia del lugar, como un pasado ya lejano y común.
Así mismo, uno que otro indigente se instala de vez en cuando en la plaza, para quienes en las noches, las duras bancas de cemento son sus literas preferidas y, las pocas fuentes de agua públicas sus únicas bañeras. Siempre asediados por la policía, que tiene la orden de mantener la estética urbana. De cierta forma, viven la plaza, los vendedores de agua fría y gaseosa, los proveedores de dulces y chicles, los mercaderes del tinto, las aguas aromáticas, las comidas baratas y rápidas, los minutos de celular, del “chance” y el “chontillo” que te hace millonario, etc., etc.
En conclusión, la plaza, como el centro de la ciudad, se constituye en el lugar para la escenificación del poder en todas sus manifestaciones: económico, financiero, político, de medios de comunicación, de la curia, pero en su transfiguración ante todo simbólica. A su vez, es el espacio de una plaza central vivida o padecida por quienes a ella deben el sustento del a día: los lustrabotas, los loteros, “cafeteros”, “dulceros” y jubilados que esperan frente a Caycedo y Cuero, llegue un día mejor. Pero también docenas de trabajadores que ponen en funcionamiento la institucionalidad del lugar.
¿Quiénes transitan la plaza?
Por las dos vías laterales7, circulan taxis, motos, las ambulancias con el ulular de sus sirenas, carros de la policía, policías motorizados, guardas de tránsito, bicicletas, cajones rodantes de vendedores ambulantes..., en fin, docenas de hombres y mujeres movilizados en la lentitud de la congestión vehicular.

Sobre los andenes que circundan la plaza: las madres llevando de la mano a sus hijas, parejas tomadas de la mano, hombres con afán, mujeres sin prisa, hombres y mujeres con gafas, carteras, maletas, bolsos, maletines, gorros, relojes, correas, agendas de mano, collares, tacones, anillos, blusas cortas, pantalones cortos, anillos con piedras brillantes, aretes guindados, estilógrafos que se asoman por encima del bolsillo. Hombres y mujeres que se ven sin mirarse, casi todos de prisa pues su objetivo no es la plaza, la plaza es un medio, es el paso obligado para llegar a…, no se sabe, pero más allá.

Estos no viven en la plaza, esta es solo un paso obligado, el sesgo necesario. Miran de prisa y sin detenerse cualquier hecho que al ojo parezca insólito, inusual o patético: una excelente dama o caballero de buenas formas, un accidente de tránsito, la desnudez del mendigo arrojado sobre el piso. No hay relaciones, no hay manera de interactuar entre quienes sesgan la plaza de Caicedo, acción sin contenido social. Y, ¿el “Estado”.?, sí, hace presencia a través de sus rudas manifestaciones: dos motorizados que pasan lentamente por las calles, una radiopatrulla estacionada en un costado de la plaza con dos policías avizores, algunos agentes más jóvenes que marchan sonrientes patrullando permanentemente la plaza. Pero claro, esta es una de las manifestaciones visibles del Estado, es la versión de la última razón del mismo; la que está dispuesta a reprimir la manifestación pública de la plaza, al ladronzuelo, el asaltante, el que infringe la norma. Están los magistrados que funcionan en uno de los edificios. Pero este no es el Estado, es sólo uno de los matices en que se manifiesta como garante del orden social y ejercicio crudo del poder.

Por supuesto que también hallamos la actuación menos ruda del Estado en acción, por ejemplo, en el momento en que se regula el paso de los viejos; en la acción de los guardas de tránsito que controlan la circulación y el estacionamiento en el centro de la ciudad; al ofrecer lugares de trabajo a los grupos de tercera edad; cuando posibilita la ubicación de invidentes, al menos, como vendedores de lotería; cuando ubica los tinterillos en un espacio públicamente privado, etc. En cada una de dichas situaciones, encontramos acciones de construcción de realidad social desde el Estado, vista como positiva, que en términos políticos puede traducirse en la legitimidad del mismo en estos sectores poblacionales. También cuando captura al delincuente, cuando informa al citadino despistado, cuando controla al demente que agobia la tranquilidad del transeúnte, cuando requisa al sospechoso tranquilizando al propietario de la Plaza, etc., etc. De esta manera, si bien desde el Estado se evidencia una suerte de complicidad estructural con tipos particulares de relaciones sociales de poder, hay también una eficacia simbólica en la construcción colectiva en cuanto creador de espacios de consenso social, por ejemplo, para quienes “viven” en la plaza, como espacio de trabajo, de vida y tránsito.
Aunque por supuesto, a la plaza de Caycedo asisten fundamentalmente personas a quines ya no requiere llevarles de la mano para que actúen con cordura y razonablemente. Tampoco demandan de un policía para que controle sus pasiones, emociones, impulsos y deseos; ya son sujetos que asumen las expectativas sociales con ordenada naturalidad. En este sentido, la última razón del Estado en términos negativos, no se hace necesaria masivamente todos los días, digamos que, sobre todo cuando la acción civilizadora ha hecho bien su trabajo en el moldeamiento del cuerpo. Sin embargo, la última instancia se hace necesaria cuando el conflicto agudiza, en el momento en que la tensión hace estallar la norma, cuando los lazos de legitimidad tienden a romperse; cuando las creencias que estructuran el orden, las decisiones válidas, y los líderes que las encabezan, pasan a ser considerados incorrectos, inadecuados o inmorales.
La noche en el centro.
Con la llegada de la oscuridad los contactos menguan, hay menor interacción entre quienes transitan con pesadez la plaza. En la noche, el centro se evacua del bullicio vital. No están los empleados escrutando la plaza a través de los vidrios de sus oficinas. Las construcciones están desocupadas de olor humano, solo están sus obras yertas: bancos, librería, catedral, etc. Los que “viven” la plaza, ante todo de manera formal, se marchan; los que la atraviesan fugazmente, ahora están recluidos en sus hogares o en otros”fogones”. El imperativo del reloj social, así como de la inseguridad, desocupan el lugar central, recluyendo al citadino en sus espacios privados donde pone a salvaguarda sus bienes más preciados.

Pero, ¿quiénes se quedan en la plaza?: algunos indigentes, los bribones y el policía que los persigue permanentemente, algunos borrachitos transmutando el dinero en licor para cubrir de carcajadas la noche en la plaza central.

De pie, quedan los símbolos arquitectónicos del poder que parecen borrarse por la mágica pincelada nocturnal. Sólo el Estado en su última razón, persiste en cuidar los símbolos que habitan el centro de la ciudad. Pero, la plaza ya sin hombres y mujeres, queda desprovista de relaciones, interacciones, contactos y ejercicio de poder evidente; aunque él persiste allí y en otros lugares. A la plaza le toca esperar otro día para recrearse con sus nuevos afanes, para remozarse con el mundo de entretejidos que se establecen día a día en el centro del centro: LA PLAZA DE CAYCEDO.

José D. Sáenz

Profesor Universidad Icesi

Cali, Julio de 2008

1 Interesa abordar el tema de una parte de la ciudad desde algunas perspectivas analíticas pertinentes como una visión particular de la ciudad. De W. Mills (Poder, Política y Pueblo, México, Editorial Fondo de Cultura Económica.1993) me interesan sus conceptos de Poder, coacción y autoridad, intentando una consideración sobre la élite en cuanto hay quienes contienen una apropiación de recursos, que les posibilitan toma de decisiones y definiciones en y para la ciudad. De N. Poulantzas (Estado, Poder y Socialismo, México, ed. Siglo XXl.1979), me interesa su perspectiva del Estado como quien condensa, materializa y encarna un tipo de relación social concreta, así cómo desde la Sociedad Civil es donde se concentra y emana el fundamento del poder real y formas de legitimidad. De Parsons (La Estructura de la Acción Social, Madrid, ed. Guadarrama.1968) retomo los conceptos de Socialización y Control Social como los elementos claves que, entre otras cosas, posibilitan un orden social, “el equilibrio social”, en cuanto hay valores compartidos que posibilitan unas regularidades sociales.

2 Agradezco al profesor Jaime E. Londoño, profesor de Icesi, el obsequiarme la fotografía del archivo de prensa.

3 Vásquez B, Edgar. Historia de Cali en el siglo 20. Sociedad, economía, cultura y espacio. Fes, Univalle, Fenalco, Esap, La palabra, Arco Iris, Secretaría de cultura y turismo. Santiago de Cali, 2001. pp.49

4 Si Caycedo y Cuero es “creador” de la vallecaucanidad, es por que se supone que esta existe. La verdad es que, más que una existencia real de valores e identidades de los vallecaucanos como un ethos cultural, hay es una pretensión de las élites caleñas y vallecaucanas por construir una simbología con elementos de carácter histórico y cultural que dé unidad, identidad y sentido de pertenencia, pero como intensión desde el vértice del poder. Es la intención de crear unos valores orientaciones, que, en términos de W. Mills, no serían más que los “símbolos de legitimación del amo”. A renglón seguido, refiriéndose al mismo tema, nos dice Mills que “....esos símbolos no forman ninguna esfera autónoma dentro de una sociedad; su significación social está en su uso para justificar la organización del poder y las situaciones que dentro de ella ocupan los poderosos, o para oponerse a ella” (W.M La Imaginación Sociológica).Así, la construcción y constitución de los valores compartidos no se desligan de unas relaciones de poder concretas en las sociedades.

En este sentido Oscar Gerardo Ramos, en un artículo de la Gaceta de El País del 4 de enero de 1998, hablaba de la vallecaucanidad como una suerte de “....energía oculta que vivifica todo. Es la que hace que lo vallecaucano sea idéntico a sí mismo y diferente de todo lo demás....”, pero sin acercarse a definir cuales serían esas especificidades que, según él, nos hace tan heteróclitos.

5 Vásquez B, Edgar. Historia de Cali en el siglo 20. Sociedad, economía, cultura y espacio. Op. cit. pp.44


6 Ludeña, Wiley. Lima: poder, centro y centralidad. Del centro nativo al centro neoliberal. EURE (Santiago) v.28 n.83 Santiago mayo 2002. ludena@terra.com.pe


7 Me refiero a las actuales carreras 4ª y 5ª.




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