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LOS DEMONIOS DE LOUDUN

ALDOUS HUXLEY

Titulo del original: The Devils of Loudun

Traducción: Enrique de Antón Cuadrado

Cubierta: Yzquierdo

Edición no abreviada.

Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Editorial Planeta. Queda prohibida su venta a toda persona que no pertenezca a Círculo.

Círculo de Lectores, S.A.

Valencia, 344 Barcelona

34567894703

© Mrs. Laura Huxley, 1952

Depósito legal B. 50310-1973

Compuesto en Garamond 10

Impreso y encuadernado por

Printer, industria gráfica S.A.

Tuset, 19 Barcelona 1973

Printed in Spain

ISBN 84-226-0546-5

Digitalizado por Spirit96 – Agosto 2004

Capítulo I

En 1605, Joseph Hall, escritor satírico y futuro obispo, hizo primera visita a Flandes: «¡Cuántas iglesias hemos visto destruidas a lo largo de nuestro camino! De ellas sólo queda un informe montón de escombros que advierten al viajero que allí hubo devoción y hostilidad. ¡Oh, la desoladora huella de la guerra! Pero —lo que me llama la atención— las iglesias caen y los colegios de jesuitas surgen por doquier. No hay ciudad donde no haya uno en construcción o donde no esté ya construido. ¿A qué se debe? ¿Será debido a que la devoción no es tan necesaria como la política? Estos hombres —como los zorros— cuanto más execrados son tanto más a gusto se encuentran. Nadie tan repudiado por los suyos, nadie tan odiado por todos, nadie tan atacado por los nuestros; no obstante, toda esa mala hierba va creciendo».

Prosperaron por una razón muy simple y suficiente: la gente los necesitaba. Para los mismos jesuitas, la «política» —como Hall y toda su generación muy bien sabían— era lo fundamental. Las escuelas fueron creadas con el fin de fortalecer a la Iglesia Católica frente a sus enemigos, los libertinos y los protestantes. Los buenos padres de la Orden esperaban, con sus métodos de enseñanza, crear una clase de laicos plenamente consagrados a la Iglesia. En las palabras de Cerutti, palabras que condujeron casi hasta el extravío al indignado Michelet: «del mismo modo que fajamos el cuerpo de un recién nacido para dar a sus miembros las proporciones debidas, debemos, por así decirlo, fajar su vo¬luntad desde su edad más temprana, a fin de que pueda mantener, durante toda su vida, una dichosa y saludable docilidad». El espíritu de autoridad era lo suficientemente decidido, pero su método de propaganda carecía de la fuerza necesaria. A pesar del riguroso encuadramiento de su voluntad, algunos de los mejores alumnos de los jesuitas abandonaban los centros donde se educaban para convertirse en librepensadores o, inclusive, en protestantes, como Jean Labadie. En lo que se refiere a la «política», el sistema nunca resultó tan eficiente como lo habían esperado sus propios creadores. Es que a la gente le tenía sin cuidado el aspecto político: lo que les interesaba era tener buenas escuelas en las que sus hijos pudieran aprender todo aquello que un perfecto caballero debía conocer. En cuanto a esto, los jesuitas satisfacían mejor la demanda que la mayor parte de los demás proveedores de educación. «¿Qué he obtenido yo en los siete años que pasé bajo el techo de los jesuítas? Una vida plena de moderación, de diligencia y de orden. Los jesuítas dedicaban todas las horas del día a nuestra educación y el estricto cumplimiento de sus votos. Como prueba de ello, apelo al testimonio de los miles que, al igual que yo, fueron educados por los jesuitas.» Así lo escribió Voltaire, y sus palabras son, por sí mismas, verdadero testimonio de la excelencia del método pedagógico que practicaban. Al mismo tiempo, y con mayor énfasis, toda su carrera testimonia el fracaso de aquella «política» que sus métodos de enseñanza intentaban servir.

Cuando Voltaire inició sus estudios, los colegios de los jesuítas ya aparecían como figuras familiares en el escenario de la educación. Cien años antes sus peculiares características y sus métodos habían parecido positivamente revolucionarios. En una época en que la única materia que dominaban la mayoría de los pedagogos era el empleo de la palmeta, sus métodos disciplinarios fueron relativamente humanos y sus profesores cuidadosamente escogidos y sistemáticamente aleccionados. Enseñaban un latín de peculiar elegancia, las últimas novedades de la óptica, de la geografía y de las matemáticas, junto con la dramaturgia (en algunos aspectos del arte declamatorio fueron famosos), las buenas maneras, el respeto a la Iglesia y (en Francia al menos, después de la conversión de Enrique IV) la obediencia a la autoridad real. Por tales razones, los colegios de jesuitas se recomendaban, por sí mismos, a todos los miembros de las familias de clase alta: a la madre de corazón tierno que no podía hacerse a la idea de que su querido niño fuese a padecer las torturas de una educación a la antigua usanza; al docto tío preocupado por una sana doctrina y un estilo ciceroniano y, finalmente, al padre que, como patriota oficial, aprobaba los principios monárquicos, y como prudente burgués, consideraba la diplomática influencia de la Compañía de Jesús como un medio para ayudar a sus alumnos a obtener un empleo, un puesto en la Corte o una sinecura eclesiástica.

Tomemos, por ejemplo, un importante matrimonio: el señor Corneille de Rúan, Avocat du Roy à la Table de Marbre du Palais, y su esposa, Marthe le Pesant. Su hijo Pierre es un joven tan prometedor que deciden enviarlo a estudiar con los jesuitas. Pongamos también el caso del señor Joachim Descartes, consejero del Parlamento de Rennes. En 1604 llevó a su hijo menor, un despierto muchacho de ocho años llamado René, al colegio de jesuítas de la Fleche, recientemente fundado e instalado con todo esplendor. Por la misma época, más o menos, tenemos tam¬bién al erudito canónigo Grandier de Saintes: tiene un sobrino, hijo de otro letrado, no tan rico y aristocrático como el señor Descartes o el señor Corneille, pero sí muy respetable. El mu¬chacho, llamado Urbain, tiene catorce años y es inteligente en extremo, por lo cual merece que se le ofrezca la educación más esmerada y cumplida. En la vecindad de Saintes, ninguna ins¬titución resulta más apropiada que el Colegio de Jesuítas de Burdeos.

Este famoso centro de instrucción contaba con una escuela secundaria para muchachos, una escuela de arte, un seminario y una escuela de altos estudios para posgraduados que hubiesen recibido órdenes. Aquí pasó más de diez años el precoz y brillante Urbain Grandier, primero como simple escolar, después como aspirante a grado, luego como estudiante de teología y, después de su ordenación en 1615, como jesuita novicio. No es que tuviese el propósito de ingresar en la Compañía, pues carecía de vocación para someterse a una disciplina tan rígida. Su carrera no sería la de una orden religiosa, sino la de un clérigo laico. En esta profesión un hombre de sus condiciones naturales, alentado y protegido por la más poderosa organización dentro de la Igle¬sia, podía abrigar la esperanza de llegar muy lejos. Podía llegar a ser capellán de algún noble, tutor de algún futuro Mariscal de Francia o de algún Cardenal en ciernes. Habría invitaciones que le permitirían desplegar la elocuencia de su discurso ante los obispos, ante las princesas de sangre real e, inclusive, ante la propia Reina. Quizá habría misiones diplomáticas, altos puestos en la administración, ricas sinecuras, muchas alternativas real¬mente importantes.

Podía haber —aunque no era probable, considerando que no había nacido en noble cuna— algún obispado preeminente que realzara y diera mayor brillo a los años culminantes de su vida.

En los comienzos de su carrera las circunstancias parecían fa¬vorecer tales esperanzas, pues a los veintisiete años de edad, des¬pués de dos cursos de estudios superiores de teología y filosofía, el joven Padre Grandier recibió la recompensa por esos largos semestres de diligencia y buena conducta. La Compañía de Jesús le ofreció el importante beneficio eclesiástico de Saint-Pierre-du-Marché, de Loudun. Al mismo tiempo, y gracias también a los mismos benefactores, obtuvo el nombramiento de canónigo de la Colegiata de la Santa Cruz. Empezaba a pisar firme en los peldaños de la escala: desde ese momento todo cuanto tenía que hacer era ascender.

A medida que su nuevo párroco caminaba pausadamente hacia Loudun, ésta se iba revelando como una pequeña ciudad sobre una colina, dominada por dos altas torres: el chapitel de San Pedro y el torreón medieval de su gran castillo. Como un símbolo, como un jeroglífico sociológico, la silueta de Loudun aparecía como algo fuera de época. Aquel chapitel todavía arrojaba su sombra gótica sobre toda la ciudad, pero buena parte de sus vecinos eran hugonotes que aborrecían la iglesia a la cual éste pertenecía. Aquel enorme calabozo, construido por los condes de Poitiers, era todavía un lugar de formidable solidez. Pero Richelieu pronto llegaría al poder y los días de autonomía local y de fortaleza provincial estaban contados. Ignorante, el párroco cabalgaba hacia el último acto de una guerra sectaria, hacia el prólogo de una revolución nacionalista.

A las puertas de la ciudad colgaban, de las horcas del municipio, consumiéndose, uno o dos cadáveres. Dentro de sus muros se encontraban las habituales calles sucias, la usual gama de olores, desde el de humo de leña hasta el de excrementos, desde el de las aves de corral hasta el del incienso, desde el de pan horneándose hasta el de caballos, puercos y sucia humanidad.

Aldeanos y artesanos, jornaleros y criados, los pobres constituían una despreciable y anónima mayoría entre los catorce mil habitantes de la ciudad. Un poco por encima de esa gente se hallaban los tenderos, los maestros de talleres, los insignificantes oficiales agrupados precariamente en el rango inferior de la respetabilidad burguesa. Por encima de éstos —dependiendo totalmente de sus inferiores, pero gozando de incuestionables privilegios y dominándolos por derecho divino— estaban los ricos mercaderes, los profesionales, la gente calificada en un orden jerárquico: la despreciable clase media, los grandes terratenientes, los señores feudales y los prelados de alcurnia. De tanto en tanto era posible encontrar unos pocos oasis de cultura y de inteligencia desinteresada. Fuera de estos oasis, la atmósfera intelectual era sofocante y provinciana. Entre los ricos, el interés por el dinero y la propiedad —con derechos y privilegios— era apasionado y crónico. Para las dos mil o tres mil personas —como máximo— que contaban con recursos suficientes para plantear un pleito o solicitar el asesoramiento legal de algún profesional, había en Loudun no menos de veinte abogados, dieciocho procuradores, dieciocho alguaciles y ocho notarios.

Todo el tiempo y la energía que no empleaban en la preocu¬pación por sus posesiones, era dedicado a las trivialidades de la vida cotidiana; a los goces y agonías de la vida familiar; a la chismografía acerca de los vecinos; a las formalidades de la re¬ligión y, ya que Loudun era una ciudad dividida en su interior, a las inagotables amarguras de la controversia teológica. No exis-ten evidencias de ninguna religión puramente espiritual en la ciudad de Loudun, durante la permanencia del párroco. En la vecindad, sólo algunas individualidades manifestaban cierto inte¬rés por la vida espiritual: eran aquellos que sabían, por experien¬cia propia, que Dios es un espíritu y que debe ser adorado espiritualmente. Junto con una buena provisión de truhanes, Loudun también tenía su cupo de hombres honrados, bienintencionados y piadosos, y hasta su gente devota. Pero no tenía santos, ningún hombre ni ninguna mujer cuya mera presencia fuese prueba vá¬lida de una penetración más profunda en la realidad eterna, o de una más estrecha unión con el divino fundamento de todo lo que es. Sólo sesenta años más tarde apareció semejante persona dentro de los muros de la ciudad. Cuando Louise de Tronchay llegó para trabajar en el hospital de Loudun, después de correr las más horripilantes aventuras físicas y espirituales, de inmedia¬to llegó a ser el centro de una intensa y vehemente vida espiri¬tual. Gentes de toda edad y de todas las clases sociales acudían en multitud a preguntarle acerca de Dios y en demanda de su consejo y ayuda. «Aquí nos aman demasiado —escribía Louise a su viejo confesor de París—. Me siento avergonzada de ello, porque cuando les hablo de Dios las gentes se conmueven tan intensamente que comienzan a llorar. Temo estar contribuyendo a la buena opinión que tiene de mí.» Deseaba huir y ocultarse, pero quedó prisionera de la exaltación de la ciudad. Cuando rezaba, los enfermos a menudo curaban. Para su vergüenza y mortificación, se la consideraba responsable de su restableci¬miento. «Si alguna vez yo produjese un milagro —escribía—, tendría que pensarme condenada.» Años después, sus directores espirituales le ordenaron que abandonase Loudun. Para la gente ya no hubo ventana alguna a través de la cual pudiera penetrar la luz. En poco tiempo se apaciguó el fervor y decayó el interés por la vida del espíritu. Loudun volvió a su normalidad: la mis¬ma que había vivido dos generaciones antes, cuando Urbain Grandier llegó a la ciudad.

Desde el primer momento, los sentimientos públicos con res¬pecto al nuevo párroco estuvieron intensamente divididos. La mayor parte de sus feligreses lo aprobaba. El párroco anterior había terminado como un achacoso nonagenario. En cambio, su sucesor era un hombre en la primera juventud, alto, atlético, con aire de grave autoridad y hasta (en opinión de un contemporáneo) de majestad. Sus ojos eran grandes y oscuros, y bajo el solideo podían vérsele los mechones de pelo abundante, negro y ondulado. Su frente era alta, su nariz aguileña, sus labios rojos, carnosos y ágiles. Una elegante barba a lo Van Dick remataba su mentón, y en su labio superior lucía un fino bigote cuidadosamente atusado y suavizado con delicadas pomadas, de modo que sus enruladas puntas se confrontaban a ambos lados de la nariz, como un par de coquetos signos de interrogación. A los ojos de un post-faustiano, su retrato sugiere un Mefistófeles metido en carnes, nada inasequible, y sólo un poco menos inteligente que el auténtico, vestido con hábito de clérigo no exento de fantasía.

A esta apariencia seductora, Grandier añadía las virtudes sociales de las buenas maneras y de la animada conversación. Siempre se hallaba dispuesto a corresponder a un cumplimiento con la mayor gentileza, y la mirada con que acompañaba sus palabras eran más lisonjera que las palabras mismas si se trataba de una señora muy presentable. Era obvio que el nuevo párroco se tomaba por sus feligreses un interés que no era meramente pastoral.

Grandier vivía en la gris alborada de lo que podía llamarse la era de la respetabilidad. A lo largo de la Edad Media y a principios de la Moderna, el abismo existente entre la doctrina profesada por la Iglesia Católica y la manera de conducirse individualmente sus clérigos no había podido ser salvado y, al parecer, era insalvable. Es difícil encontrar un escritor del Medievo o del Renacimiento que no diera por seguro que, desde el más alto prelado hasta el fraile más humilde, la mayoría de los hombres del clero eran altamente despreciables. La corrupción eclesiástica originó la Reforma, y a su turno, la Reforma produjo la Contrarreforma. Después del Concilio de Trento hubo, cada vez, menos papas escandalosos hasta que, finalmente, a mediados del XVII, la casta escandalosa había desaparecido por completo. Asimismo, algunos de los obispos, cuyo único mérito para los ascensos era ser hijos menores de familias nobles, hicieron cierto esfuerzo para comportarse correctamente. Muchos abusos del bajo clero fueron controlados por las altas autoridades de la Iglesia gracias a una más vigilante y eficiente administración eclesiástica y, sobre todo, al fervoroso celo desplegado por ins¬tituciones como la Compañía de Jesús y la Congregación del Oratorio. En Francia, donde la monarquía se valía de la Iglesia como de un instrumento para dar mayor fuerza al poder central, a expensas de los protestantes, de la nobleza y de la tradicional autonomía de las provincias, la respetabilidad clerical le concer¬nía a la realeza. Las masas nunca respetarán a una Iglesia cuyos ministros sean culpables de conducta escandalosa. Pero en un país donde no sólo l'État, sino también l'Église c'est moi, la falta de respeto a la Iglesia traduce la falta de respeto para con el Rey. «Recuerdo —escribe Bayle en una de las interminables no¬tas al pie de su gran Diccionario—, recuerdo que un día le pre¬gunté a un caballero que me hacía el relato de una inacabable serie de irregularidades del clero veneciano, cómo era posible que el Senado tolerase cosas como las que me contaba, que no favorecían nada el honor de la Religión y del Estado. Me con¬testó que el bien público obligaba al Soberano a emplear esta indulgencia y, para explicar esta contradicción, agregó que el Senado estaba muy complacido de que curas y monjes fueran despreciados por el pueblo, puesto que, por tal razón, serían menos capaces de provocar una insurrección unidos a ellos. Una de las razones, dice, por las cuales los jesuítas no le resultan gratos al Príncipe, es que preservan el decoro de su carácter y así, siendo los más respetados por la gente inferior, se hallan en las mejores condiciones para promover una sedición.» A lo largo de todo el siglo XVII, la política del Estado con respecto a las irregularidades del clero en Francia, era exactamente la opuesta a la desarrollada por el Senado de Venecia. Puesto que éste temía la intrusión eclesiástica, gustaba de ver a sus clérigos conducirse como cerdos y le disgustaban los respetables jesuítas. Política¬mente poderosa y fuertemente gálica, la monarquía francesa no tenía por qué temerle al Papa, y se daba cuenta que la Iglesia le era muy útil como instrumento de gobierno. Por tal razón favorecía a los jesuitas y desalentaba la incontinencia de los sacer¬dotes o, al menos, la indiscreción.1 El nuevo párroco daba comienzo a su carrera en un momento en que los escándalos de la clerecía, aunque todavía frecuentes, se iban haciendo cada vez más enojosos para todo aquel que ejercía funciones de autori¬dad.
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