Síntesis temática de los diferentes ejes de nuestra propuesta






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Ministerio de Educación de la Nación

Universidad Nacional de Tucumán
Olimpíada de Filosofía de la República Argentina

Capacitación para docentes -2010

Fundamentación:
La propuesta metodológica de estas olimpíadas supone, desde el inicio, una actitud de apertura al diálogo, a debatir y exponer ideas con los jóvenes, no a suponer que el otro no tiene nada para decir o descubrir por su temprana edad. Ese diálogo filosófico es el andamiaje en el cual se sostiene la propuesta metodológica, está presente en el laboratorio de reflexión cotidiana cuando el alumno elige un tema y un problema a investigar, cuando construye una pregunta filosófica, cuando discute y comprende las fuentes cooperativamente y cuando comparte su ensayo, en una instancia de jornada, y recibe preguntas y objeciones de sus pares y docentes.

Desde esta fundamentación, se proponen algunas actividades para trabajar los distintos bloques temáticos, en los diversos momentos del proceso de construcción del trabajo. Es necesario recordar que estos bloques no deben trabajarse aisladamente sino transversalmente. Estas sugerencias específicas buscan ayudar a concretar las ideas generales propuestas en el documento de capacitación: “Capacitación metodológica”.

Capacitación conceptual:

síntesis temática de los diferentes ejes de nuestra propuesta.

Eje 1: ¿Quién tiene el poder?

La reflexión filosófica acerca del poder político, aquel que permite distinguir los estratos sociales otorgando a algunos la capacidad para gobernar a otros, así como la relación entre el derecho a mandar y la obligación de obedecer será el lineamiento general de este eje. Las nociones desarrolladas aquí no son exclusivamente propias del ámbito de lo político sino que entrañan diversas concepciones éticas, antropológicas, epistemológicas e incluso metafísicas que justifiquen el diálogo racional no sólo para generar consenso sino también dando lugar al disenso y la discusión crítica. Obviamente el marco conceptual supone la cuestión política y los entramados en el ejercicio del poder, lo que permite reflexionar mejor acerca de la identidad y la diferencia, acerca de los espacios comunes entre los seres humanos, y las relaciones sociales que enmarcan nuestra realidad. Entonces, la organización, distribución, circulación y control del poder harán posible el desarrollo de las temáticas y las posiciones encontradas de este eje.

A diferencia de otras ediciones de olimpíadas, en las cuales las problemáticas filosóficas se analizaron en el contexto de la modernidad y la posmodernidad, en esta oportunidad los problemas en torno al poder político se abordarán desde aquellos contextos pero también desde textos fundacionales de la filosofía occidental.

Es intención de este texto convertirse en una anticipación de la lectura de las fuentes, en un breve recorrido por algunas de las ideas de los autores presentes en el eje N ª 1 del manual de Olimpíadas de Filosofía de la República Argentina.
Sócrates es una de esas figuras imperecederas de la historia que se ha convertido en símbolo. A formar esta imagen, tal vez, no contribuyó tanto su vida ni su doctrina como la muerte sufrida por él en virtud de sus convicciones.

“… “Pero no te avergüenzas, Sócrates, de ocuparte de asuntos que te lleven a correr el riesgo de morir? Yo, por mi parte le replicaría con palabras justas: “no hablas rectamente, hombre, si crees que un varón, por poco que sea de provecho para alguien, deba calcular riesgo de vida y muerte, en vez de examinar sólo si, cuando obra, obra justa o injustamente, y si sus obras son de hombre bueno o malo…”1

“He aquí, en efecto, señores atenienses, la verdad. En el puesto que alguien se coloca, ya sea porque él mismo haya considerado que sea el mejor o porque un jefe se lo haya ordenado, allí, me parece, debe permanecer arriesgándose y sin prevención contra la muerte ni ninguna otra cosa más que contra el deshonor…”2

Desde estas citas, varias palabras claves explicitan asuntos discutibles en política: “verdad”, “provecho”, “cálculo”, “justicia”, “bueno”, “malo”, “riesgo”, “muerte”, “deshonor”.

En Sócrates se encuentra la convicción de que la ética es la expresión de la naturaleza humana bien entendida. Ésta se distingue de la simple existencia animal por las dotes racionales del hombre, que son las que hacen posible el ethos. Y la formación del alma para este ethos, es precisamente el camino natural del hombre, el camino por el que éste puede llegar a una venturosa armonía con la naturaleza del universo, o para decirlo en griego, a la eudemonía. La nota nueva en Sócrates es que esta armonía se puede alcanzar por medio del dominio completo sobre sí mismo, con arreglo a la ley que descubra indagando en su propia alma.

El concepto del dominio sobre sí mismo, la conducta moral como algo que brota del interior del individuo mismo, y no como el simple hecho de someterse exteriormente a la ley. Para él toda educación debe ser política, tiene que educar al hombre para gobernar o ser gobernado. El hombre que haya de ser educado para gobernar tiene que aprender a anteponer el cumplimiento de los deberes más apremiantes a la satisfacción de las necesidades físicas.

Pero, ¿cómo indagar esa ley en la propia alma? ¿Cómo lograr esa conducta moral que brota del interior del individuo mismo? Tal vez, en un continuo examen de los demás y de sí mismo, en una permanente incitación y requerimiento a problematizarlo todo. La meta, en el pensamiento socrático, de la refutación es la purificación o purga del alma de las ideas erróneas. A través del diálogo, el maestro guía al discípulo a que él realice la propia búsqueda. El verdadero saber, se podría decir, no se encuentra en los libros ni se impone desde fuera, es un hallazgo eminentemente personal, que supone un hombre que reconoce no saberlo todo y está en un continuo proceso de búsqueda.

“…No obstante, les pido sólo esto: cuando mis hijos crezcan, castíguenlos, señores, afligiéndoles con las mismas cosas con que yo los he afligido a ustedes, si les parece que se preocupan por la fortuna o por cualquier cosa antes que por su perfección. Y si aparentan ser algo que no son, repróchenselo, como yo (lo he hecho) con ustedes, por no preocuparse por las cosas que deben, y crean merecer algo que no merecen…”3

El problema hacia el que se orienta desde el primer momento el pensamiento de Platón es la cuestión del estado. La República es, tal vez, la más constructiva de sus obras porque en la misma elige como unidad suprema de exposición no la forma lógica abstracta del sistema, sino la imagen plástica del Estado, enmarcando en ella todo el ámbito de sus problemas éticos y sociales.

El filósofo considera las formas de gobierno sólo como expresión de diversas actitudes y formas del alma y el problema de la justicia está puesto a la cabeza del estudio y del mismo se deriva todo lo demás. La investigación del problema sobre lo qué es justo desemboca en la teoría de las “partes del alma”. El estado de Platón versa sobre el alma del hombre y es central una actitud práctica: la actitud del modelador de alma. Tal vez, el sentido del estado, su superior esencia, es la educación.

Para el discípulo de Sócrates, el concepto de lo justo, no puede significar ya la simple obediencia a las leyes del Estado, está por encima de todas las normas humanas y se remonta a su origen en el alma misma. Es en la naturaleza más íntima de ésta donde debe tener su fundamento lo que el filósofo llama lo justo.

¿Qué pasaría si la ley dependiera de una mayoría del pueblo o de un solo hombre encargado del poder? Tal vez, los mismos modificarían las leyes a su modo y en función de su propio interés. El derecho se convierte así en una mera función del poder, que no responde de por sí a ningún principio moral.

Sócrates refuta en la República la teoría de que lo justo no es sino la expresión de la voluntad del partido más fuerte en cada momento. Se podría preguntar: ¿La justicia es un bien que buscamos por él mismo, o simplemente un medio que reporta determinada utilidad? ¿O figura entre las cosas que amamos tanto por ellas mismas como por sus beneficiosos resultados?

La justicia tiene que ser algo inherente al alma, una especie de salud espiritual del hombre de cuya esencia no puede dudarse, pues de otro modo será sólo el reflejo de las variables influencias exteriores del poder y de los partidos, como lo es la ley escrita del estado. No hay otro camino que éste para sustraerse al completo relativismo que lleva implícito la teoría del derecho del más fuerte.

“- La justicia, en efecto, consiste en algo parecido. No se limita a las acciones externas del hombre sino que se aplica también a la acción interior del hombre sobre sí mismo y los principios que hay en él, sin permitir que ninguna de las tres partes de su alma haga cosa alguna que le sea extraña ni se inmiscuya en sus funciones recíprocas, estableciendo, por lo contrario, un orden verdadero en su interior, induciéndolo a gobernarse, a disciplinarse y a ser amigo de sí mismo, de forma que armonice las tres partes de su alma (…) y ponga en perfecto acuerdo estos variados elementos y pase de la multiplicidad a la unidad, la templanza y la armonía”4.

Para Aristóteles, la ética forma parte de la política. Esta última es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades. La pregunta sería: ¿Cuál es la meta de la política? ¿Cuál es el bien supremo entre todos los demás que puedan realizarse? Todos, tanto el vulgo como la gente ilustrada consideran que ese bien es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. La disputa comienza cuando el planteo es: ¿Cuál es la naturaleza o esencia de la felicidad? La vida contemplativa e intelectual es aquella que le es propia al hombre, el camino de la virtud.

Hay dos tipos de virtudes: las de la razón considerada en sí misma (virtudes dianoéticas) y las de la razón aplicadas a la facultad de desear (virtudes éticas). Las primeras deben gobernar a las segundas.

Las virtudes éticas son un hábito, una manera de ser que consiste en la búsqueda del término medio, que puede encontrar el hombre por su razón. Esa posición intermedia no es la misma para todos los hombres y debe establecerla la razón “como lo haría en cada caso el hombre prudente”.

Justamente la felicidad en forma perfecta sólo se encuentra en la vida racional, en las virtudes dianoéticas o intelectuales, es decir, en las relativas a la vida teorética, en el pensamiento. Solamente el hombre que desarrolla en profundidad su inteligencia, la sabiduría podrá discernir y actuar en el justo medio mencionado.
Las respuestas elaboradas en la modernidad también aparecen en la propuesta de olimpíadas, por ejemplo en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres de Jacques Rousseau. Para el autor el primer hombre que decidió cercar un terreno y decir: esto es mío, fue el verdadero fundador de la sociedad civil, aquel hombre olvidó que los frutos son de todos y la tierra no es de nadie. El hombre debería haber permanecido en su estado salvaje, el género humano estaba hecho para quedarse siempre en él, ese estado es la juventud del mundo y todos los progresos han sido, aparentemente, progresos para el individuo pero un retroceso y decrepitud para la especie. El hombre salvaje respira tranquilidad y felicidad, quiere vivir y permanecer ocioso en cambio el ciudadano permanece activo, se atormenta en búsqueda de conseguir la inmortalidad. En realidad, el salvaje vive dentro él mismo y el hombre sociable siempre fuera de sí, sólo vive de la opinión de los demás.

Para Rousseau la desigualdad es casi nula en estado natural y saca su fuerza y su crecimiento del desarrollo de nuestras facultades y de los progresos del espíritu humano y finalmente se hace estable y legitima por el establecimiento de la propiedad y de las leyes. A través del texto, el autor desarrolla la lenta sucesión de acontecimientos que explicitan el progreso de la desigualdad, el establecimiento y el abuso de las sociedades políticas.

Por el contrario, Kant desde la confianza en la razón intenta establecer un esbozo filosófico “Hacia la paz perpetua”. Para el filósofo, la paz significa el fin de las hostilidades, es decir, que las causas para una futura guerra se destruyen en su conjunto por el tratado de paz. Ningún Estado es un patrimonio sino una sociedad de seres humanos sobre la que nadie más que él mismo tiene que mandar y disponer. Por lo tanto, ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y en el gobierno de otro.

El autor sostiene que la constitución civil de todo estado debe ser republicana, establecida con la libertad de los miembros de una sociedad, con la decisión de la dependencia de todos los ciudadanos con respecto a una única legislación común y teniendo en cuenta el principio de igualdad de todos.

Desde su perspectiva, tiene que existir una federación de índole particular, a la que se puede llamar la federación de la paz, que buscaría terminar con todas las guerras para siempre. La misma no se propone atentar contra el poder de cada Estado, sino mantener y garantizar la libertad de los mismos para sí mismos.
Para Karl Marx y Federico Engels, en el manifiesto del partido comunista la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. La moderna sociedad burguesa no abolió las contradicciones de clase de la sociedad feudal sino que ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas: la burguesía y el proletariado. La burguesía, con su dominio de clase, ha creado fuerzas productivas más abundantes que todas las generaciones pasadas juntas. El proletariado, para estos filósofos, pasa por distintas etapas. Pero su lucha con la burguesía comienza con su surgimiento. Al principio, la lucha es entablada por obreros aislados, luego por los obreros de una misma fábrica o de un mismo oficio. Luego, los obreros comienzan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común para la defensa de sus salarios. De todas las clases que se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria, en cambio, el proletariado es su producto más peculiar.

Las capas medias luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias, pero las mismas no son revolucionarias sino conservadoras y reaccionarias porque pretenden volver atrás la rueda de la historia.

Los autores se preguntan: ¿Cuál es la posición de los comunistas con respecto a los proletarios en general? Que se distinguen de los demás partidos proletarios en que: - destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad, - representan los intereses del movimiento en su conjunto. El objetivo inmediato de los comunistas es la constitución de los proletarios en clase, el derrocamiento de la dominación burguesa y la conquista del poder político por el proletariado. El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino de la propiedad burguesa, ya que el comunismo no arrebata a nadie la facultad de apropiarse de los productos sociales sino que quita el poder de sojuzgar el trabajo ajeno por medio de esa apropiación.

JS Mill indaga en: “Sobre la Libertad. El Utilitarismo” acerca de las razones que exigen que los hombres sean libres de conducirse en la vida según sus opiniones, sin que los demás se lo impidan física o moralmente, y siempre que sea a costa de su exclusivo riesgo y peligro. Para el autor, aquellas acciones, de cualquier clase que sean, que sin causa justificada perjudiquen a alguien, pueden y deben ser controladas por sentimiento de desaprobación o por una activa intervención de los hombres. De este modo la libertad del hombre queda limitada por la condición siguiente: no perjudicar a un semejante. Pero si el hombre se abstiene de molestar a los otros y sigue en su obrar su inclinación y juicio, debe ser libre de poner en práctica sus opiniones. Es deseable, en definitiva, que sea afirmada la individualidad.

El libre desarrollo de la individualidad, apreciada en su justo valor, es uno de los principios esenciales del bienestar y debería ser condición y parte necesaria de la educación, la instrucción y la cultura. El hombre no debe seguir la costumbre, ni dejar que los otros elijan por él su plan de vida, debe escoger por sí mismo. Debe emplear el raciocinio y el juicio para prever, el discernimiento para decidir y la firmeza para mantenerse en su deliberada decisión. Sería no comprender esta doctrina vincularla con el egoísmo y la indiferencia, los hombres deben ayudarse, los unos a los otros, a distinguir lo mejor de lo peor, y a prestarse apoyo mutuo para elegir lo primero y evitar lo segundo. Pero es por la educación, que debería actuar por convicción y persuasión que el hombre puede descubrir el ejercicio de estas nobles facultades.

Tal sistema de ideas motiva un nuevo cuestionamiento: ¿Dónde se halla, pues, el justo límite de la soberanía del individuo sobre sí mismo? ¿Dónde comienza la autoridad de la sociedad? ¿Qué parte de la vida humana debe ser atribuida a la individualidad y qué parte a la sociedad? Para Mill todos aquellos que reciben la protección de la sociedad le deben algo por este beneficio, el hecho de vivir en sociedad impone a cada uno una cierta línea de conducta. Esta conducta consiste en no perjudicar los intereses de los demás, o más bien, ciertos intereses, que sea por una disposición legal expresa, sea por un acuerdo tácito, deben ser considerados como derechos. Además cada uno debe asumir su parte (que debe fijarse según principio equitativo) de los trabajos y los sacrificios necesarios para defender a la sociedad. Y esta última, tiene el derecho absolutamente de imponer estas obligaciones a quienes pretendieran eludirlas.

El advenimiento y expansión de la democracia liberal trajo consigo otros desafíos con respecto a la distribución y ejercicio del poder. Crawford Macpherson plantea algunos modelos políticos aplicables en nuestra sociedad. Así, el modelo nº 3 -tomado de Joseph Schumpeter- supone la democracia como equilibrio o “modelo elitista pluralista de equilibrio”. Es pluralista pues supone que la sociedad a la que debe adaptarse un sistema político democrático moderno es una sociedad plural, es decir, una sociedad formada por individuos que poseen intereses individuales y grupales; es elitista, porque el papel principal en el proceso político se le asigna a grupos de dirigentes escogidos por sí mismos; es de equilibrio en el sentido en que mantiene cierta proporción entre la oferta y la demanda de mercaderías políticas. Este modelo considera a la democracia sólo como un mecanismo para elegir y autorizar gobiernos de políticos (elites) organizados en partidos que adoptarán las decisiones sobre la base de los deseos reales de los ciudadanos, no de lo que debería ser. La democracia es nada más que un mecanismo de mercado: los votantes son los consumidores, los políticos los empresarios, excluyéndose de este paradigma cualquier componente ético. Los defensores de este sistema sostienen que es más descriptivo, realista y viable que cualquier otro. Macpherson no está de acuerdo y señala que no es tan democrático, pues la “soberanía” que dice producir en el consumidor es ilusoria, al mismo tiempo que genera apatía política. Y con respecto al supuesto pluralismo, este modelo es más bien oligopólico ya que hay sólo unos cuantos proveedores de mercadería política. Frente a esta propuesta, se abre la alternativa del modelo nº 4 que defiende la democracia como
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