El poder del periodismo de intermediación a tachi radialista apasionada ciudadana radio el poder del periodismo de intermediación






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A la discriminación por recursos económicos, se suma una nueva, hija directa de ésta, la discriminación en el acceso a las nuevas tecnologías. Los pobres son, además, info-pobres. Los ricos son, además, info-ricos. Y la brecha digital sigue agrandándose.
Un medio de comunicación con responsabilidad social no puede pactar con un mundo tan injusto y asumirá como tarea principal y más urgente la lucha contra la pobreza, contra el hambre y en favor de una mejor distribución de los bienes.
Hélder Cámara, obispo de Olinda y Recife, solía decir: Cuando doy pan a los pobres, me llaman santo. Pero cuando pregunto por qué los pobres tienen hambre, me llaman comunista. Esta pregunta espera respuesta en la programación de una radio ciudadana.

Hemos ido desmenuzando diez discriminaciones básicas que se dan entre los seres humanos. Podríamos apuntar diez más, porque el afán de inventar rangos y categorías de nuestra especie no tiene límites. Quien tiene un título de alcurnia (aunque sea un ridículo Marquesado de Peralta comprado a buen precio como hizo el “santo” José María Escrivá) se siente superior a los demás mortales. Quien tiene un diploma académico (aunque se lo hayan falsificado en la calle Azángaro de Lima, donde venden títulos de cualquier carrera y de cualquier universidad peruana) muestra ínfulas de grandeza. Bachilleres, licenciadas, doctores, santos padres y madres superioras, generales y generalísimos, damas de alta cuna y baja cama, honorables diputados y reputados... Todos son atuendos que inventamos para sentirnos más importantes que los demás. Pero más allá de la pomposidad de los trajes, resulta que el rey está desnudo, como reveló el niño inocente del cuento de Andersen.


MISIÓN DE LA RADIO
Si quisiéramos resumir en un par de palabras la misión de una radio y, en general, de un medio de comunicación, no dudaríamos en hacerlo refiriéndonos a la construcción de ciudadanía. Construcción sugiere proceso, avances y retrocesos. Y ciudadanía, como el Jesús de Arjona, es verbo y no sustantivo.
Ahora bien, el proceso de ciudadanización puede verse desde dos perspectivas, una más personal y otra más política. La primera exige cambiar el modelo educativo. La segunda, cambiar de educadores.

EL PRIMER TERRITORIO LIBERADO
Lo primero que hay que ciudadanizar es la cabeza. En el llamado complejo R —el cerebro más antiguo que tenemos los humanos— se inscriben los instintos primarios de conservación y reproducción. Ese estrato primitivo que compartimos con los reptiles juega un papel decisivo en el establecimiento de las jerarquías y en la obediencia ciega al líder.74 La manada sigue al jefe. La bandada sigue al pájaro guía. Y con preocupante frecuencia, la sociedad humana sigue al caudillo. Siempre es más cómodo hipotecar la libertad y dejar que otra persona decida por nosotros.
El primer territorio a ser liberado son los mil cuatrocientos centímetros cúbicos de tu cerebro. La ciudadanización tiene que ver con las capas superiores donde residen las funciones cognoscitivas, las que nos permitieron trascender los impulsos irracionales. ¿Cómo se logra esto? ¿Cómo se desarrolla esa conciencia personal y esa responsabilidad por los demás? ¿Por qué camino nos apropiamos de valores altruistas como la solidaridad? La respuesta no es otra que la educación.
¿Qué es educar? El vocablo viene del latín educare, que a su vez se formó a partir del verbo educere. Este verbo está compuesto por el prefijo ex, que significa afuera, y la raíz indoeuropea duc que significa llevar, guiar. Así pues, según su etimología, educar significa llevar hacia afuera, extraer.
A Sócrates le encantaba este verbo. Y lo relacionaba con el oficio de su madre, que era comadrona.
—Es lo mismo que hacer parir —decía el sabio griego--, pero no a los cuerpos, sino a las almas.
Sócrates llamó mayéutica —arte de comadronas— a su método filosófico de investigación y aprendizaje. Se trataba de descubrir, a base de preguntas bien orientadas y ejerciendo el raciocinio propio, la verdad que está dormida en la mente de cada persona. Igual que la partera educe al feto y lo saca a la luz, quien educa también ayuda a extraer las ideas más honestas, los mejores conceptos, de otras personas.
En esta óptica, educar sería facilitar el pensamiento propio. Más que imbuir de conocimientos, la pedagogía socrática apunta a desarrollar la personalidad, desenvolver, desplegar las potencialidades del ser humano.
Igual que la vida, también la educación será un proceso continuo, permanente. La formación del hombre y de la mujer no acaba nunca. Somos perfectibles. Si el camino de la ciencia es inagotable, el de la conciencia lo es aún más.
Otro asunto es la instrucción, los conocimientos que recibimos en la escuela, la docencia. Para comprenderlo, rebusquemos también en la etimología de esta palabra.
Docencia viene del verbo latino docere y éste del griego dokein. La raíz doc es la que da origen a doctor, la persona que enseña. Del mismo vocablo vienen palabras como doctrina, documento, ortodoxia, dogma. De la misma raíz proviene didáctica, la ciencia de enseñar y aprender.
Están bastante claras las dos opciones. ¿Educere o docere? ¿Duc o doc? Aunque las palabras se parecen, los sentidos son bien distintos. En el primer caso estamos hablando de educar en valores. En el segundo, de instruir, de transmitir conocimientos. Por supuesto, ambos verbos no tienen por qué pelearse. Al contrario, pueden y deben complementarse. Pero una cosa es una cosa y otra es otra, como dice la sabiduría popular.
Cuando hablamos de democratizar la cabeza, nos referimos, claro está, a la educación en valores. En los tres valores fundacionales de la concepción ciudadana —libertad, igualdad y fraternidad— que nos permitirán asumir una actitud nueva ante la vida, una manera desprejuiciada de relacionarnos con los demás.
El día en que mires de frente y a los ojos a cualquier persona y sientas que no vales más ni menos que ella por el color de tu piel ni por tu sexo ni por ninguna otra diferencia biológica o social, habrás ciudadanizado el pequeño territorio gris de tu cerebro. Serás a child of the univers, como soñaba Max Ehrmann —aquel poeta de Indiana que escribió Desiderata—, un hijo del universo, una mujer cosmopolita, un joven con mentalidad moderna, una chica ecológica que sólo alza una bandera, la de la Humanidad. Mirarás a los diversos como iguales. Y no solamente tolerarás sus diferencias, sino que disfrutarás con ellas. Ni más ni menos que nadie: ésa es la consigna.
Cambiar el modelo educativo para aprender a gobernarnos por las capas superiores de nuestro cerebro. Pero también cambiar de educadores porque ha cambiado el mundo y necesitamos una brújula más precisa para orientarnos en él.

UN CAMBIO DE ÉPOCA
El año 1989 fue una bisagra de la historia. El 9 de noviembre cayó el muro de Berlín. Una semana después, los militares salvadoreños asesinaron a los jesuitas de la UCA.75 A los pocos días, Estados Unidos invadió Panamá. A las pocas semanas, el Frente Sandinista perdió las elecciones, vencido tras una guerra de alta intensidad made in USA.
Por entonces, yo estaba viviendo en Managua y recibí una invitación de los compañeros de Radio Venceremos para darles un taller de producción radiofónica. Estaban preparando la segunda ofensiva a San Salvador.
—¡El día de la victoria se acerca vertiginosamente! —vibraba la voz de Santiago, el legendario locutor de la emisora guerrillera.
Fue una capacitación especial, naturalmente. Tuve que pasar varios controles militares hasta llegar a Morazán. Hice noche en Perquín76 y desde allí, con ayuda de un baqueano, alcancé el campamento clandestino de la Venceremos.
Leti era la directora de la radio. Me presentó a todo el equipo y comenzamos las prácticas. Las hacíamos, a veces, al aire libre. Otras veces dentro del buzón, como cusucos, porque en cualquier momento rugían los aviones bombarderos. Fue un taller subterráneo, el micrófono en una mano y el fusil en la otra.
Cuando nos fuimos a bañar al río, una muchacha muy joven, que andaba enmontañada desde cipotilla, se acercó y me preguntó:

—¿Le puedo hacer una pregunta?
—Dime.
—Usted que viene de fuera, tal vez me sepa responder. ¿Cuándo vamos a ganar esta guerra?
—La victoria está muy cerca —respondí yo repitiendo las palabras de Santiago.
Los acontecimientos internacionales se precipitaron. En agosto de 1990, Irak invadió Kuwait y al año siguiente Estados Unidos invadió Irak. La Unión Soviética se desintegró. Las revoluciones centroamericanas, una tras otra, fueron arriando sus banderas.
—Es que no es una época de cambios, sino un cambio de época —decía, siempre optimista, el jesuita Xabier Gorostiaga.
Sí, pero, ¿a dónde va esta época? ¿Por dónde seguimos? Como dijo mordazmente un grafitero quiteño: Cuando casi teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas.
¿Estaban mal enfocados nuestros objetivos justicieros? No, desde luego. Porque hoy el mundo está más desequilibrado que cuando en 1968 los obispos progresistas de América Latina firmaron los Documentos de Medellín. O cuando el Che, un año antes, murió peleando en las selvas de Bolivia.
¿Tal vez no erramos en la meta pero sí en el camino para alcanzarla? Puede ser. Si algo hemos aprendido en estos tiempos es que el poder no se toma, sino que se construye. Igual que la ciudadanía.

SI QUIERES LA PAZ, PREPARA LA PAZ
Las hembras de chimpancés tienen mucho que enseñarnos. Sin haber asistido a cursos de resolución de conflictos, son expertas en la materia. ¿Cómo se comportan?77
Estalla una trifulca entre los machos. ¿Por qué pelean? Por comida, bebida y cogida. Por todo. Por pelear. Incluso otros machos que no tienen arte ni parte en el lío, se entrometen y animan a los luchadores para que se peguen más duro. Si las cosas se complican, el macho alfa toma la iniciativa y los disuelve a empellones.
¿Y las hembras? Cuando los machos se han retirado, unos envanecidos y otros humillados, las chimpancés comienzan su labor de mediación. Una va y se sienta junto a un macho derrotado. Lo mira, le hace muecas, le toca el pelo, comienza a espulgarlo. Lo anima para que él haga lo mismo con ella. Después, le enseña las nalgas. No busca sexo. Es una treta para que él la siga mientras ella se aproxima al adversario. Ya tiene a los dos un poco más cerca. Ahora se sienta junto al segundo y repite las miradas, las payasadas y el espulgo. Vuelve al primero. Más nalgas y más cercanía. Y así, del uno al otro, del otro al uno, hasta que los peleones se encuentran frente a frente. La mona hace una última monada y los dos machos se perdonan, hasta se besan y comienzan a acicalarse mutuamente.
Las hembras, especialmente las más adultas, conocen muchas dinámicas de grupo y de reconciliación. Cuando riñen los jóvenes, una chimpancé mayor se mete en medio y comienza a manotear. Aúlla, brinca, agita las manos. Arma tanto alboroto que los pendencieros se desaniman y se van por donde vinieron. Otras veces, las chimpancés pacificadoras arrastran por la mano a un enemigo y lo sientan junto al otro. O rascan al vencedor en las costillas y su insistencia es tanta que éste acaba acercándose al vencido para hacer las paces.
¿A qué vienen estos cuentos de monos? Bueno, resulta que los chimpancés son nuestros parientes más próximos, nuestros primos hermanos. Tuvimos un antepasado común hace apenas cinco millones de años que, en el reloj biológico, es como decir anteayer. En el libro de instrucciones de la vida, el ADN, tenemos demasiadas páginas en común.78
Estos arrebatos de violencia, tan frecuentes en monos como en humanos, se deben, en buena medida, a las hormonas. La agresividad tiene relación con la testosterona. Y los hombres poseen, por lo menos, siete veces más cantidad de testosterona que las mujeres.79
Este sustrato biológico se refuerza enormemente con el estilo de crianza y de educación. Los padres que incitan a sus hijos varones a demostrar que tienen bien puestos los huevos cuando en la escuela les hacen cualquier ofensa. La prohibición de llorar. La homofobia. El castigo frente a cualquier aproximación del niño al "mundo femenino", desde jugar con una muñeca hasta besar a otro compañerito. La agresividad nace y se hace.
Mezcla de genes y de género, el caso es que el varón es mal negociador. Su forma más habitual de resolver los conflictos es a puñetazos. Así le enseñaron en la casa y en la calle. Así lo ha visto y confirmado en la televisión. Se calcula que cada tres minutos hay una escena violenta en la pantalla chica, un balazo, un asesinato, una explosión.
Las niñas también reciben el impacto de estos programas. También quedan tentadas por la violencia como el camino más rápido para resolver los problemas cotidianos. Pero no ceden tan fácilmente a ella.
Las mujeres tienen una gran ventaja biológica y una enorme reserva cultural. Son ellas quienes dan a luz. Son ellas quienes crean la vida. Los varones inseminan, pero no crean nada. Por su mayor fuerza física, se orientaron a la caza mayor y después, para defender los excedentes de la agricultura, a la guerra mayor. Los varones han sido los fabricadores de prácticamente todas los conflictos armados padecidos en este planeta. Mientras las mujeres estaban dando vida, los varones estaban quitándola.
¿Significa esto que todas las mujeres son pacíficas y todos los hombres son violentos? Nada de eso. Basta con recordar la dulce sonrisa de Gandhi y la odiosa mirada de Condolezza Rice (a pesar del significado de su nombre). Hablamos de promedios. ¿Significa que todas las mujeres saben negociar y ningún hombre es diplomático? En lo absoluto. Basta con escuchar los gritos de mi vecina y la franciscana actitud de su marido. Hablamos, repito, de mayorías y minorías, de porcentajes.
Con todas las salvedades, no cabe duda de que la agresividad de los varones, innata y cultivada, es responsable de la mayoría de los problemas de convivencia social. No es casual que la población carcelaria en todos los países del mundo tenga una proporción de cinco hombres por cada mujer internada.
Si quieres la paz prepara la guerra, decían los belicosos romanos. Las chimpancés y las mujeres nos enseñan otro camino, el de la maña frente a la fuerza. El de la negociación frente a la violencia. Dialogar, razonar, ceder un poco de ambas partes, aproximar posiciones.
Nos preguntamos antes si habíamos equivocado nuestras metas de justicia. Tal vez el mayor error fue el de no haber sabido cambiar de educadores. En esta nueva etapa del mundo, saturados ya de las guerras que provocan los terrorismos y de los terrorismos que desencadenan nuevas guerras, necesitamos pedir orientación, quizás hasta ayuda profesional, a quienes saben darla, es decir, a las mujeres. Necesitamos —los varones— reeducarnos, reconstruirnos, ser y vivir de otra manera. Necesitamos —con urgencia— aprender a compartir el poder.
Ciudadanizar las relaciones políticas significa renunciar a la agresión como método para solucionar los conflictos y experimentar la solidaridad como una mejor y más eficaz alternativa. Significa ir construyendo poder desde abajo, como los árboles.

Ciudadanía personal y política. Y un tercer reto, el de ciudadanizar la programación de la emisora. ¿En qué consistirá esto? En experimentar formatos como los ya mencionados para enfrentar las viejas discriminaciones y para compartir los nuevos valores con la audiencia. Y algo todavía más integral, más holístico: pensar todo el medio radiofónico desde una perspectiva mediadora. El periodismo de intermediación —que desarrollaremos en la segunda parte— será el motor más formidable, la propuesta más exitosa, para cumplir la misión de nuestra radio.
En esta tarea, las compañeras están llamadas a ser protagonistas. Nosotros también, los varones, en la medida en que controlemos la testosterona.
—¡El colmo! —me enfrentó un periodista defensor de su género durante un taller en la capital paraguaya—. ¿Qué quiere usted? ¿Qué ellas gobiernen la radio, darle la vuelta a la tortilla?
—No, colega —recordé una lúcida frase de una lúcida feminista—. No es cuestión de voltear la tortilla, sino de cocinarla juntos.
Necesitamos de hombres y mujeres en las emisoras ciudadanas. Ambos sexos, cada uno desde sus mejores aptitudes, aportará aspectos indispensables para el proyecto radiofónico. La testosterona, bien encauzada, se traduce en audacia. Y necesitamos iniciativas intrépidas en el diseño de la programación. ¿Quieres hacer la guerra, indómito varón? Hazla contra la rutina, la peor enemiga de la pasión y de la radio. Declara una batalla sin cuartel a la monotonía, a los programas predecibles. Emplea tu efervescencia hormonal y tu sentido de orientación —bien masculino, por cierto— para hacer cacería de burócratas y corruptos. Aprovecha tu fortaleza física —un veinte por ciento más que la mujer— para enfrentar a los violadores de los Derechos Humanos.
Necesitamos las dos alas extendidas —la masculina y la femenina— para volar alto y seguro, como el albatros, sobre los grandes acantilados y las tormentas que se desatarán si tomamos en serio el compromiso de construir ciudadanía. Con las dos alas equilibradas, con el mismo respeto y las mismas oportunidades para ellos y ellas, podremos cumplir a cabalidad nuestra misión.
Hablamos antes del cambio de época. De preguntas trastocadas y respuestas pendientes. ¿Hay una luz al final del túnel o es la del tren que se nos viene encima?
No, ya salimos del túnel. Hace un buen rato que subimos a nacer desde la profunda zona de nuestro dolor diseminado.80 Ha habido mucha frustración, pero también muchos signos de esperanza en este milenio que estrenamos. Mientras escribo estas líneas, millones de mujeres y hombres vuelven a inundar las calles y plazas de toda España. La matanza en los trenes de Madrid ha sido un acto terrorista salvaje. Tan salvaje como la guerra terrorista de Estados Unidos contra Irak a la que se sumó, con oídos sordos para su pueblo, el señor José María Aznar, de infeliz memoria. Esa ciudadanía, digna e indignada, tiene una sola bandera, la blanca. La que enarboló hace un año —el arco iris— se condensa ahora en el color de la paz.
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