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La Marina de Guerra del Perú y sus vínculos con la política nacional. Breve recuento
(primera parte)

Juan Carlos Llosa Pazos* 

La política es una ciencia que está ligada indisolublemente a la historia y que ha estado presente en la humanidad desde que el hombre descubrió su capacidad de discutir y ambicionar sin límites, y su desmedido afán por dominar a sus semejantes. La política por tanto es muy antigua, y sin ella el hombre jamás habría podido conducir con éxito sus propios asuntos, ni mucho menos aquellos con los que se gobiernan los estados. La política está presente en todas las actividades. De una forma u otra es inherente a todos, es propia de nuestra naturaleza. Supone también idea de conjunto, de sociedad, donde tienen lugar la discusión y el discurso. Es respecto a este entorno que, desde una perspectiva antropológica, Aristóteles sostiene que toda organización política es en cierto modo propiedad de todos, pues exige como requisito fundamental un suelo común, ya que según su postulado quien dice Estado dice unidad de lugar. Entonces, al tratar sobre sociedades y estados, la política resulta muy variada y contrapuesta en ideas e intereses, lo que muchas veces genera discordia. Sobre este punto, Aristóteles plantea que son tres las causas de discordia en política: la disposición moral de los revolucionarios, el fin que se proponen y las causas particulares de la discordia. De la discordia se deriva el conflicto y de éste un fenómeno en extremo violento llamado guerra.

Dentro de este escenario las fuerzas armadas han ocupado y ocupan un espacio político que está determinado por la probabilidad de la guerra y por la voluntad del Estado de ser fuerte para vencer y dominar a otros.

Desde sus primeros años como república, la política peruana ha sido bastante volátil. A lo largo de casi dos siglos las fuerzas armadas han jugado un papel protagónico en el desarrollo de los acontecimientos políticos y, en muchos casos, han sido actores decisivos de los mismos. Es aquí que cabría preguntarse ¿cuánta ha sido la influencia de la Marina de Guerra del Perú en la política nacional? La respuesta escapa al contenido del presente artículo, ya que responderla requiere de mayor estudio e investigación; sin embargo, tenemos la intención de aportar algunas ideas y resaltar algunos momentos en los que la participación política de la Marina de Guerra del Perú fue relevante.
Los primeros tiempos de la Armada: ausencia de una política naval

La Marina de Guerra del Perú fue creada por el general José de San Martín, quien con el apoyo de su ministro de Guerra y Marina, Bernardo Monteagudo, dotó a la naciente república de una institución destinada a preservar sus intereses marítimos. De aquella época datan figuras como los vicealmirantes Martín Jorge Guise y José Pascual de Vivero, de orígenes británico el primero y español el segundo. Ambos fueron comandantes generales de la Armada y, con su dedicación y entusiasmo, le dieron el impulso necesario para iniciar con éxito sus primeras actividades operativas y administrativas.

Desafortunadamente, la labor iniciada por el Libertador no tuvo continuidad y pronto se diluyó. La causa de ello fueron las convulsiones políticas que siguieron a su alejamiento del país, que tuvieron por protagonistas a diversos caudillos que con irresponsabilidad y egocentrismo convulsionaron la vida nacional durante las primeras décadas de la República. Sin posibilidades de construir y trabajar por un objetivo nacional, al concluir la primera década como república nuestro poder naval se había reducido considerablemente, al extremo de quedar casi anulado.

En 1823, poco después que San Martín dejara el país y que Bolívar hiciera su aparición en la escena nacional, la Armada se vio involucrada en la que sería su primera crisis política. Bolívar exigió a Guise, comandante general de la Escuadra, que retirase el apoyo de sus fuerzas al mariscal José de la Riva Agüero -entonces presidente constitucional del Perú- y se uniese a su causa. Al negarse a ello, Guise se ganó la enemistad de Bolívar, que habría de acarrearle funestas consecuencias tanto a él como a la Armada luego que éste asumiera el control total del gobierno peruano.

Pocos años más tarde se produjo la guerra con la Gran Colombia, en la que le cupo un papel sustantivo a las fuerzas navales comandadas justamente por Guise, quien falleció al mando de dichas fuerzas durante el combate de Guayaquil (24 de noviembre de 1828). Los años transcurridos entre esa fecha y el inicio del primer gobierno del mariscal Castilla, constituyen una de las épocas de mayor crisis institucional de la Armada. Al respecto, el historiador José de la Puente Brunke dice:

Las dificultades económicas -de la Marina en su conjunto, y de sus oficiales y personal subalterno en particular-, unidas a la inestabilidad política, generaron problemas muy diversos en la Armada (........). Ello trajo serias consecuencias, ya que los sucesivos gobernantes de esos años tuvieron relaciones muy diversas con el personal de la Marina según como hubiera sido la actitud de la institución -o de la mayor parte de sus integrantes- con respecto a sus aspiraciones políticas. Tales situaciones generaban, por ejemplo, muchos cambios en los puestos directivos de la Armada, que obedecían a esas motivaciones políticas”.

Como se ha señalado, aquel periodo estuvo plagado de guerras civiles y luchas internas, y si bien algunos caudillos fueron notables administradores, como Agustín Gamarra y Andrés de Santa Cruz, ninguno de ellos logró valorar la importancia de controlar el mar no sólo para tener un nivel adecuado de seguridad sino también para poder contribuir al desarrollo económico del país. En consecuencia, no hubo una política naval que garantizara el libre uso y dominio de nuestro mar territorial.

Pero no sólo lo naval y lo marítimo quedaron relegados, pues tampoco hubo un ambiente propicio para que prosperara la ciencia o la industria. Fueron años en que prevaleció la voluntad del caudillo de turno, válida tan sólo durante el tiempo que su espada pudiera sostenerlo.

Tal fue el caso del general Felipe Santiago Salaverry, en quien se presentó una extraña mezcla de valentía, audacia, juventud y vehemencia, que no le permitieron enfocar con serenidad aquello que convenía a los superiores intereses nacionales. Su declaración de guerra a muerte a Santa Cruz y a la Confederación Perú-Boliviana, al final sólo benefició a los objetivos nacionales propuestos por el ministro chileno Diego Portales, que buscaban destruir a la Confederación por considerarla un peligro para su patria. Simplemente, Salaverry no logró percatarse de que la Confederación era conveniente para los intereses del Perú.

La Marina sufrió un fuerte revez durante ese conflicto, pues casi la totalidad de sus oficiales tomaron partido por la causa de Salaverry, quedando muchos de ellos fuera del servicio luego que éste fuese derrotado por Santa Cruz. La crisis subsiguiente afectó a hombres y medios, y esta situación fue determinante para el éxito de las campañas restauradoras que, partiendo de Chile, derrotaron a las huestes de Santa Cruz y de Orbegoso. Con ellas se expidió la partida de defunción de la muy efímera y primera alianza estratégica entre Perú y Bolivia.

Muchos de los militares de ese periodo eran más políticos que soldados, convirtiéndose en serios factores de inestabilidad. Esto acarreaba otro tipo de consecuencias, entre ellas la profunda debilidad institucional del propio Ejercito, que se veía envuelto en luchas internas y vivía permanentes sublevaciones, muchas engendradas fuera de sus filas. No ocurría esto en la Armada, entre otras razones porque en sus filas no aparecían de buenas a primeras contralmirantes o capitanes de navío reclamando para sí el mando supremo de la Republica.

La Marina, a pesar de todas las dificultades, tuvo la entereza y perseverancia para saber sobrevivir en un tiempo tan hostil, en torno a una oficialidad más o menos homogénea.
Castilla y la política naval limitada

Uno de los más importantes presidentes que tuvo nuestro país fue Ramón Castilla Marquesado. No fue un político iluminado ni un genio militar, pero tuvo gran habilidad e inteligencia para saber manejar y emplear las potencialidades de otros en provecho del país. También tuvo suficiente talento para impulsar aquellas actividades que podían contribuir a convertir al Perú en una nación de primer orden. Su sueño fue alcanzar la grandeza de su patria y probablemente ningún otro haya dado más pasos en esa dirección que él.

Sin duda cometió muchos errores, pero sus aciertos fueron sustancialmente mayores. Uno de ellos fue la política naval que ejecutó durante sus dos gobiernos.

A diferencia de sus predecesores y de muchos de sus seguidores en la presidencia de la República, Castilla dio a la Armada Nacional el apoyo político necesario para que atendiese sus necesidades y pudiese imponer su presencia en el espacio marítimo peruano. Esto trajo mayor prestigio y reconocimiento para el país, en una época en que las comunicaciones marítimas eran fundamentales.

Su labor contribuyó a que la Armada se consolidara institucionalmente y pudiera llegar a los difíciles años de la Guerra del Pacífico con un sólido prestigió, y con oficiales y tripulantes firmemente convencidos de la importancia de su labor en defensa de la nación.

Castilla intentó hacer del Perú un país respetado en la región, no sólo por las riquezas con las que contaba, sino también por su poder militar. Para ello buscó contar con un ejército moderno y eficiente, y principalmente con una escuadra poderosa que asegurase la soberanía nacional en sus aguas adyacentes.

Durante sus gobiernos se adquirieron varias unidades navales, tales como el Rímac, primer buque de guerra a vapor en la región, cuyo arribo marcó el inicio de una nueva era en la Marina de Guerra del Perú.

Como señalan Romero y Valdizán, Castilla prestó particular interés a los temas marítimos y navales quizá por haber vivido de cerca el humillante incidente de Islay, cuando una división naval inglesa al mando del contralmirante Thomas detuvo cuatro naves de guerra peruanas. Castilla comprendió allí que el Perú necesitaba una Escuadra lo suficientemente poderosa como para disuadir cualquier pretensión extranjera.
El Partido Civil y la Marina

A fines de la década del sesenta del siglo que nos ocupa, luego de importantes sucesos como la caída de Pezet, la guerra con España y la muerte del mariscal Castilla, un nuevo fenómeno político hizo su aparición en la vida nacional: la fundación y ascenso al poder del Partido Civil. Ciudadanos de diferentes clases sociales, agrupados en la Sociedad Independencia Electoral, a la cual se unieron algunos marinos y militares, ingresaron a la arena política motivados principalmente por el rechazo a medio siglo de hegemonía caudillista. Había nacido el primer partido político organizado en el Perú.

Si bien la intención parecía correcta, varios de los principales civilistas ingresaron a la actividad política para defender los intereses de los poderosos consignatarios del guano. Uno de ellos fue Manuel Pardo y Lavalle, líder indiscutible del partido y primer presidente civil del Perú por voto popular. Pardo se enfrentó en más de una ocasión con Nicolás de Piérola, quien como ministro de Hacienda del gobierno del coronel Balta implementó una política que afectó los intereses de los poderosos consignatarios del guano. Esa enemistad habría de durar décadas, arrastrando en algunos casos a la Armada. La fundación del Partido Civil y su encumbramiento en el poder, tras su victoria en las elecciones presidenciales de 1872, tiene un significado especial para la historia del Perú.

Fue en dicho año que la Marina de Guerra tuvo un importante papel en la vida política nacional, al oponerse al golpe de estado perpetrado por los hermanos coroneles Gutiérrez. Un manifiesto a la Nación, redactado a bordo de una unidad naval y suscrito por un numeroso grupo de oficiales, marcó el inicio del fin para dicha revolución. A diferencia de lo ocurrido con Salaverry, el apoyo de la Armada a la causa civilista le trajo consecuencias positivas.

Luego de tomar Palacio de Gobierno y apresar al presidente José Balta, su ministro de Guerra y Marina, coronel Tomás Gutiérrez, envió un telegrama al capitán de navío Diego de la Haza, comandante general de Marina, exigiendo la subordinación de las fuerzas navales a su autoridad. De la Haza no estaba dispuesto a aceptar dicho ultimátum, por lo que reunió a los comandantes de los buques a su mando y acordó con ellos rechazar el golpe de estado perpetrado por el coronel Gutiérrez y sus tres hermanos. Declarada la Escuadra en estado de alerta, sus unidades zarparon hacia San Lorenzo, desde cuyo fondeadero se emitió el referido manifiesto. A bordo de las naves iban también numerosos miembros de la Armada que servían en dependencias de tierra o que se hallaban sin colocación.

El manifiesto a la nación firmado por los oficiales navales rechazando el golpe de estado de los Gutiérrez, fue un hecho sin precedentes en la vida política peruana, tal como ha sido destacado por diversos autores. La Armada asumió un papel de defensa del orden legal frente a la clásica usurpación del poder constitucional.

Cabe señalar que este documento estuvo inspirado en buena parte por la simpatía que numerosos oficiales navales tenían por el civilismo, reflejado en estrechos vínculos con muchos de los miembros del movimiento cívico que fuera el principal artífice de la caída de los Gutiérrez. Es necesario agregar que, a diferencia de tiempos recientes, en esa época era absolutamente legal la participación de los miembros de las fuerzas armadas en actividades político partidarias.

Con la ayuda de la Marina, los civilistas consiguieron detener la acción golpista, marcando un hito en la lucha contra el militarismo. Si bien esa lucha se daba con oficiales de ejército, la actitud de los civilistas dejaba en claro que su rechazo no iba dirigido a esa institución sino a su intervención en las decisiones soberanas de la voluntad popular.

Sucedía algo distinto en el caso de la Armada, muy probablemente por la ya mencionada influencia que los seguidores de Pardo tenían al interior de la institución. La irrupción de la Armada en el escenario político peruano no sólo no incomodó sino que incluso resultó conveniente para muchos. La Marina se presentaba como una institución respetuosa del orden constitucional y del imperio de la ley .

Los líderes navales que promovieron el rechazo al golpe pertenecían a una generación que había empezado su carrera profesional al final de periodo de la vela. Muchos de ellos habían dotado las primeras unidades a vapor con que contó la Armada Peruana, y algunos llegarían a ser comandantes del más moderno elemento naval de la época, el blindado. Entre ellos figuran Miguel Grau, comandante del monitor Huáscar, Carlos Ferreyros, comandante del vapor Tumbes, Samuel Palacios, comandante de la fragata Independencia, Camilo Carrillo, director de la Escuela Naval, y Aurelio García y García.

La actitud de la Armada y el levantamiento del pueblo “en rechazo al autoritarismo y en respaldo a la Constitución” han sido vistos por la mayoría de historiadores como una respuesta al caudillaje militar que dio paso al primer gobierno civil en nuestra historia republicana. Margarita Giesecke sugiere que el pueblo se rebeló y ultimó a los Gutiérrez no tanto por su sentido constitucionalista sino por otras causas. Por su parte, Alfonso Bouroncle6 , asegura que la mano del civilismo estuvo detrás de la caída de los Gutiérrez y que la figura del líder golpista Tomás Gutiérrez ha sido deformada por las circunstancias y por los intereses que estuvieron en juego.

Muchos historiadores han sostenido que el rechazo popular al golpe de los Gutiérrez y el ascenso del civilismo al poder no tuvo motivaciones antimilitaristas sino que obedecieron a una reacción cívica en favor de lo que hoy llamamos estado de derecho. En la misma línea de Giesecke, creo que esta apreciación no se ajusta totalmente a la verdad y que, en efecto, la reacción popular fue manejada y dirigida por el civilismo. Por otro lado, el civilismo tuvo una actitud contraria a la deformación de las instituciones militares en instituciones políticas, cosa que se aplicaba con mayor propiedad en el caso del Ejército. Cabe destacar que entre los civilista se contó con distinguidos militares, como La Puerta, Medina, Buendía o Freire, figurando entre sus aliados el general Mariano Ignacio Prado. La Armada no fue considerada peligrosa por el civilismo, sino más bien una aliada a la cual se le dio la oportunidad histórica de obtener protagonismo político y no mantenerse a la saga del Ejército, como había ocurrido en el pasado.

Este rechazo antimilitarista afectó a la Defensa Nacional, pues llevó a que los políticos debilitaran al Ejército reduciendo así el riesgo de que volviese a irrumpir en la vida pública. Se llevaron a cabo acciones concretas en esa dirección, reduciendo los efectivos militares de doce mil plazas a inicios del gobierno civilista a cuatro mil al finalizar éste. Otra medida que se tomó fue el fortalecimiento de la Guardia Nacional, organizada en base a un decreto supremo de noviembre de 1872. La Guardia Nacional se constituyó en una institución paralela al Ejército que, apoyada por la Marina, pudiese eventualmente neutralizar una acción militar.

Los errores de la política de defensa nacional de Pardo sin duda se harían sentir en abril de 1879, cuando ya era demasiado tarde para corregirlos. El propio líder civilista, poco antes de su asesinato a manos de un sargento de la guarnición de Lima (noviembre de 1878), comprendió el real peligro en que se encontraba la Nación debido al bajo alistamiento de su material bélico, e intentó ponerle remedio tratando de persuadir al gobierno de su sucesor, de la existencia real de una amenaza internacional.

La política naval del gobierno civilista se caracterizó por los bajos salarios y los escasos recursos para reponer o mantener un material bélico que empezaba a quedar obsoleto frente a los nuevos avances tecnológicos en la guerra naval. Heredero de la crisis económica generada en el gobierno de Balta, el primer mandatario civil peruano no pudo o no consideró prioritario atender las necesidades de la defensa nacional.

Sin embargo, hay que destacar la habilidad con que Manuel Pardo logró atraer a jóvenes jefes navales como Montero, Grau, Carrillo, y García y García. Varios de ellos participaron en la política y en la gestión pública. El jefe del civilismo se aseguró la completa lealtad de la institución naval, una institución para entonces bastante respetada. Con dichas lealtades pudo llevar adelante su proyecto político, que en buena cuenta era la causa de la democracia y la legalidad, en una época en que la revolución y la desestabilización golpista eran una espada de Damocles. En razón a ello, la Marina jugó posteriormente un papel decisivo en las revueltas que promovió Nicolás de Piérola en los cuatro años que gobernó Manuel Pardo y Lavalle. Este hecho fue resaltado por el general de división Nicolás Freire, ministro de Guerra y Marina durante buena parte del primer gobierno civilista, y quedó expresado en la Memoria de Marina que presentó al Congreso de la República al final del mandato de Pardo, en los siguientes términos:

Sumamente satisfactorio me es deciros, que el Cuerpo de Marina se ha manifestado en los cuatro años de la administración del Gobierno actual, con la decisión y con el mismo espíritu de orden, que han hecho de él, uno de los principales elementos para la marcha pacífica de la república.

En estos cuatro años ha habido para los marinos, una serie de pruebas que han puesto en evidencia hasta donde llega su decisión por la conservación del orden y su abnegación por el cumplimiento del deber.

Conmovida la República por los trabajos constantes de ciertos hombres, que no pueden vivir sino en medio del desorden y que son enemigos de la paz pública, el Gobierno encontró siempre a la Marina lista para llevar su eficaz auxilio donde quiera que se le haya necesitado: jefes, oficiales y marineros, han manifestado una voluntad inquebrantable para el cumplimiento de sus deberes; y esto, en circunstancias harto difíciles, pues en muchas ocasiones se ha encontrando la Escuadra insoluta hasta de nueve meses de sueldo y casi desnuda”.


* Capitán de corbeta de la Marina de Guerra del Perú.

 1.- Aristóteles, La política (Editorial Alba 2001).

 2.- José de la Puente Brunke, Hombres del Mar (Lima, Dirección de Intereses Marítimos, 1994).

 3.- Fernando Romero Pintado, Grau, Biografía Lírica (Lima, Dirección General de Intereses Marítimos, 1984); José Valdizán Gamio, Historia Naval del Perú (Lima, Dirección General de Intereses Marítimos, 1984, t. III).

 4.- Carmen Mc Evoy, Un proyecto nacional en el siglo XIX, Manuel Pardo y su visión del Perú (Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1994).

 5.- Margarita Giesecke, Masas Urbanas y rebelión en la historia, golpe de estado, Lima 1872 (Lima, Centro de Divulgación de Historia Popular, 1978).

 6.- Alfonso Bouroncle, La tragedia del 79.

 7.- Memoria del ramo de Marina que presenta a la legislatura de 1876 el Ministro de Guerra y Marina (Lima, Imprenta Económica, 1876).

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