Sobre la democracia ateniense, Historia de la Guerra del Peloponeso, por Tucídides, citando a Pericles






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títuloSobre la democracia ateniense, Historia de la Guerra del Peloponeso, por Tucídides, citando a Pericles
fecha de publicación25.09.2015
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Sobre la democracia ateniense, Historia de la Guerra del Peloponeso, por Tucídides, citando a Pericles
37. Porque tenemos una constitución que nada envidia a los demás estados, y antes que meros plagiarios somos un ejemplo a imitar para los otros. La administración del Estado no está en manos de pocos, mas del pueblo, y por ello la democracia es su nombre. En los asuntos privados todos tienen ante la ley iguales garantías; y es el prestigioso particular de cada uno, no a su adscripción a una clase, sino su mérito personal, lo que le permite el acceso a las magistraturas; como tampoco la pobreza de nadie, si es capaz de prestar un servicio a la patria, ni su oscura condición social, son para él obstáculo. La libertad es nuestra pauta de gobierno en la vida pública, y en nuestras relaciones cotidianas no caben los recelos, ni nos es ofensivo que quieran vivir nuestros vecinos del modo que les plazca, sin que se dibuje en nuestro rostro aire alguno de reproche que, sin constituir un castigo, no deja de ser vejatorio.

Y mientras vivimos nuestra vida privada sin ser molestados por nadie, nos guardamos muy mucho, por el respeto que nos merecen, de transgredir las disposiciones del Estado, obedientes en todo momento a las autoridades y a las leyes, no sólo, y de un modo especial, las que han sido dictadas para protección de los que sufren ofensas, sino también aquellas que, sin estar escritas, comportan, con su trasgresión, general menosprecio.
38. Además para solaz de nuestras fatigas, hemos procurado innumerables esparcimientos al espíritu, con juegos y fiestas que se suceden a lo largo de todo al año, y con hermosas residencias privadas, cuyo disfrute cotidiano aleja todo signo de tristeza. Y la importancia de nuestra patria permite que entren en ella todos los productos de la tierra, suerte que gozamos de los frutos de los demás países con la misma naturalidad que de los que en nuestro suelo crecen.
40. Y, en efecto amamos la belleza con simplicidad y rendimos culto al espíritu sin caer en la enervación. La riqueza, antes nos sirve de oportunidad para obrar que como medio de jactancia en los labios; confesar su pobreza no es, entre nosotros, un baldón para nadie; lo es, y más, no poner todo empeño en evitarla. Nuestros ciudadanos sienten el mismo interés por sus asuntos propios y por la política; e incluso aquellos que atienden exclusivamente a sus negocios disponen de suficiente información acerca de los asuntos del Estado. Y es que somos el único país que considera al que no participa en la vida en común, no un ocioso, sino un inútil. Nosotros, personalmente, decidimos o discutimos con sumo cuidado los asuntos de Estado, en nuestra creencia de que las palabras no pueden ser obstáculo para la acción y que sí lo es no haberse informado cumplidamente previo el diálogo, antes de ir a la ejecución de un plan trazado. Y he aquí, también, a propósito, otro aspecto de nuestra superioridad: somos audaces, mas, al tiempo, analizamos a fondo los pros y contras de nuestras empresas; en los demás, la ignorancia genera audacia, el cálculo, indecisión. Y con justicia han de ser juzgados espíritus más fuertes los que, con una idea clara de los que son las penas y los goces de la vida, no por ello rehuyen los peligros. ¡Si hasta en la generosidad es nuestro talante distinto al de los otros! Que no es recibiendo favores, es haciéndose como nos ganamos los amigos.
41. Proclamo, en síntesis, que nuestra patria es, en todo, un ejemplo para Grecia.

Formas de gobierno
De los gobiernos unipersonales, solemos llamar monarquía a la que mira al interés común; al gobierno de unos pocos, pero más de uno, aristocracia, sea porque gobiernan los mejores, o porque se propone lo mejor para la ciudad y para los que pertenecen a ella; y cuando es la masa la que gobierna en vista del interés común, el régimen recibe el nombre común a todas las formas de gobierno: república; y con razón, pues un individuo o unos pocos pueden distinguirse por su excelencia; pero un número mayor es difícil que descuelle en todas las cualidades; en cambio, puede poseer extremadamente la virtud guerrera, porque ésta se da en la masa. Por ello, en esta clase de régimen el poder supremo reside en el elemento defensor, y participan de él los que poseen las armas. Las desviaciones de los regímenes mencionados son: la tiranía de la monarquía, la oligarquía de la aristocracia, la democracia de la república. La tiranía es, efectivamente, una monarquía orientada hacia el interés del monarca, la oligarquía busca el de los ricos, y la democracia el interés de los pobres; pero ninguna de ellas busca el provecho de la comunidad.
Aristóteles, Política, I. III, cap. 7 (Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1970, p. 80-81

Edicto de Milán (313):
"Yo, Constantino Augusto, y yo también, Licinio Augusto, reunidos felizmente en Milán para tratar de todos los problemas que afectan a la seguridad y al bienestar público, hemos creído nuestro deber tratar junto con los restantes asuntos que veíamos merecían nuestra primera atención el respeto de la divinidad, a fin de conceder tanto a los cristianos como a todos los demás, facultad de seguir libremente la religión que cada cual quiera, de tal modo que toda clase de divinidad que habite la morada celeste nos sea propicia a nosotros y a todos los que están bajo nuestra autoridad. Así pues, hemos tomado esta saludable y rectísima determinación de que a nadie le sea negada la facultad de seguir libremente la religión que ha escogido para su espíritu, sea la cristiana o cualquier otra que crea más conveniente, a fin de que la suprema divinidad, a cuya religión rendimos este libre homenaje, nos preste su acostumbrado favor y benevolencia. Para lo cual es conveniente que tu excelencia sepa que hemos decidido anular completamente las disposiciones que te han sido enviadas anteriormente respecto al nombre de los cristianos, ya que nos parecían hostiles y poco propias de nuestra clemencia, y permitir de ahora en adelante a todos los que quieran observar la religión cristiana, hacerlo libremente sin que esto les suponga ninguna clase de inquietud y molestia. Así pues, hemos creído nuestro deber dar a conocer claramente estas decisiones a tu solicitud para que sepas que hemos otorgado a los cristianos plena y libre facultad de practicar su religión. Y al mismo tiempo que les hemos concedido esto, tu excelencia entenderá que también a los otros ciudadanos les ha sido concedida la facultad de observar libre y abiertamente la religión que hayan escogido como es propio de la paz de nuestra época. Nos ha impulsado a obrar así el deseo de no aparecer como responsables de mermar en nada ninguna clase de culto ni de religión. Y además, por lo que se refiere a los cristianos, hemos decidido que les sean devueltos los locales en donde antes solían reunirse y acerca de lo cual te fueron anteriormente enviadas instrucciones concretas, ya sean propiedad de nuestro fisco o hayan sido comprados por particulares, y que los cristianos no tengan que pagar por ello ningún dinero de ninguna clase de indemnización. Los que hayan recibido estos locales como donación deben devolverlos también inmediatamente a los cristianos, y si los que los han comprado o los recibieron como donación reclaman alguna indemnización de nuestra benevolencia, que se dirijan al vicario para que en nombre de nuestra clemencia decida acerca de ello. Todos estos locales deben ser entregados por intermedio tuyo e inmediatamente sin ninguna clase de demora a la comunidad cristiana. Y como consta que los cristianos poseían no solamente los locales donde se reunían habitualmente, sino también otros pertenecientes a su comunidad, y no posesión de simples particulares, ordenamos que como queda dicho arriba, sin ninguna clase de equívoco ni de oposición, les sean devueltos a su comunidad y a sus iglesias, manteniéndose vigente también para estos casos lo expuesto más arriba (...). De este modo, como ya hemos dicho antes, el favor divino que en tantas y tan importantes ocasiones nos ha estado presente, continuará a nuestro lado constantemente, para éxito de nuestras empresas y para prosperidad del bien público.
Y para que el contenido de nuestra generosa ley pueda llegar a conocimiento de todos, convendrá que tú la promulgues y la expongas por todas partes para que todos la conozcan y nadie pueda ignorar las decisiones de nuestra benevolencia".
LACTANCIO, "De mortibus persecutorum" (c.318-321). Recoge M. Artola "Textos fundamentales para la Historia", Madrid, 1968, p. 21-22.

Símaco: en defensa del paganismo
«Cuando vuestro numerosísimo Senado vio dominado el vicio por las leyes, y que la gloria de los últimos años había recibido de buenos príncipes nuevo lustre, siguiendo el impulso de un siglo tan afortunado y dando libre expansión al dolor comprimido durante tanto tiempo, me confió por segunda vez el encargo de hacerme intérprete de sus quejas. Hace poco que los perversos [1]consiguieron que nos fuese negada una audiencia del divino príncipe, sabiendo que se nos administraría justicia.
Mi misión es doble: en condición de prefecto vuestro, defiendo los intereses públicos; en condición de enviado, vengo a sostener el voto de los ciudadanos. No debe esto causaros maravilla, porque desde hace mucho tiempo han dejado de creer vuestros súbditos que el apoyo de los cortesanos pueda servirles para salir airosos en sus cuestiones. El amor, el respeto, la adhesión de los pueblos valen mucho más que el poder. ¿Quién querría tolerar luchas privadas en el sendo de la república? Con razón castiga el Senado a todo el que se atreve a anteponer su autoridad a la gloria del príncipe; nosotros buscamos solícitos vuestra clemencia, pero ¿se nos podrá culpar de que defendamos las instituciones de nuestros abuelos, los derechos y el porvenir de la Patria, con el mismo calor que defendemos la gloria de nuestro siglo, que será mucho mayor, si no se permite nada que se oponga a los usos de nuestros padres?
Nosotros reclamamos la observancia a la religión que por tanto tiempo ha servido de sostén a la república. Dos príncipes siguieron a un tiempo las dos religiones y los dos partidos [2]; el que vino después honró los ritos nacionales [3]; su sucesor no hizo nada contra ellos. Si ya no sirve de ejemplo la religión de los antiguos príncipes, sirve de prudencia de los últimos.
¿Quién habrá tan inclinado a los bárbaros que no pida el restablecimiento del altar de la Victoria? Indiferentes respecto de lo futuro, desoímos los pronósticos de la desventura: pero ya que no atendemos a la divinidad, respetemos a lo menos su nombre. Vuestra Eternidad debe mucho a la Victoria; y le deberá más todavía. Sólo el que no ha probado sus favores, ha sido capaz de mirar con desdén su poder; pero no lo deseará nuestro patriotismo, pues los repetidos triunfos os enseñan a apreciarlo.
Todos los hombres han tributado siempre adoración y respeto a esta divinidad, por lo mismo que importa mucho tenerla propicia. Si no se quiere respetar de modo alguno a la Victoria, déjese a lo menos a la curia su ornamento. Permitid, os lo suplico, que podamos trasmitir a nuestros hijos la religión que recibimos de nuestros padres cuando éramos jóvenes. Es una cosa grande venerar los usos antiguos.
Felizmente duró poco lo que hizo el divino Constancio; guardaos de imitar lo que fue anulado después de un brevísmo transcurso de tiempo. Nuestros esfuerzos se dirigen a que sean eternas vuestra gloria y vuestra divinidad, a fin de que el siglo futuro no halle nada a corregir en lo que hayáis hecho. ¿A quién pondremos por testigo del juramento de obedecer vuestras leyes y de cumplir con lo que nos ordenáis?
¿Qué temor religioso retendrá al hombre perverso a quién nada le cuesta quebrantar su fe? Dios está en todas partes, y al perjuro no le queda ningún abrigo; pero para evitar el delito es necesaria la religión.
Este altar es depositario de la concordia pública; él recibe la fe de los ciudadanos; y nuestras decisiones no han tenido nunca tanta autoridad como cuando todo el cuerpo ha jurado ante él. Los perjuros serán castigados por los ilustres príncipes, cuya inviolabilidad descansa en un juramento público; pero entre tanto se pretende abrirle un asilo sacrílego. Lo mismo, dícese, practicó el divino Constantino. En todo lo demás imitamos la conducta de este príncipe, el cual no obrara así, si otros antes que él no abandonaran el recto camino. Las faltas cometidas por los predecesores, deben de servir de escuela a los que les suceden, y la reprobación de un ejemplo anterior enseña a seguir una senda más acertada. El destino permitió que un predecesor de vuestra clemencia no pudiese evitar ser injusto en materia aún nueva; pero semejante excusa no nos valdría a nosotros, si imitásemos un ejemplo réprobo por nuestras conciencias.
Busque, pues, Vuestra Eternidad en la vida de aquel príncipe otros ejemplos más dignos de seguirse; él no despojó a las vírgenes sagradas de ningún privilegio [4]; concedió el sacerdocio a los nobles; no negó a los romanos el dinero necesario para celebrar sus ceremonias religiosas; visitó todos los puntos de la ciudad eterna, acompañándole el Senado, en extremo complacido con esto; examinó atentamente los templos; leyó los nombres de los dioses escritos en los frontispicios; quiso saber el origen de aquellos edificios; alabó la piedad de sus fundadores, y aunque de distinta religión, los conservó el imperio, dejando a cada cual sus ritos y costumbres.
El espíritu divino dio a cada ciudad dioses custodios; y así como todo hombre al nacer recibe su alma, todo pueblo cuenta sus genios tutelares. Esto precisamente era útil; y la utilidad liga los dioses al hombre. Pues que la causa primera está velada de tinieblas, ¿de qué otra cosa podrá deducirse el conocimiento de los dioses sino de la tradición y de los anales históricos? Si la autoridad de la religión se funda en el transcurso de largos años, conservemos la fe de tantos siglos, sigamos el ejemplo de nuestros padres, que tan ventajosamente siguieron el que les dejaron los suyos.
Paréceme ver a Roma ante vosotros y oírla dirigiros estas palabras: "Excelentísimos príncipes, padres de la patria, respetad mi senectud, de que soy deudora de una religión sabia; respetadla para que me sea dado seguir profesando mi culto, y no tendréis que arrepentiros de ello. Dejadme vivir según mis deseos, pues que soy libre. Este culto ha sometido al mundo a mis leyes; estos misterios han rechazado a Aníbal de mis muros... ¿Y qué? ¿Mudaré en mis viejos años lo que me ha salvado hasta aquí? ¿Me pondré a examinar ahora lo que conviene establecer? La reforma de la ancianidad es tardía e insultante."
Pedimos paz para los dioses de la patria, para los dioses indígenas. Deben considerarse comunes a toda la sociedad las cosas que todos honran y respetan. Todos recibimos la luz de los mismos astros, a todos nos rodea el mismo cielo, a todos el mismo mundo. ¿Qué importa la senda que cada uno siga para acercarse a la verdad? No se llega por un sólo camino a la solución de este gran misterio. Ocúpense los ociosos de discutir sobre tales cosas; nosotros no tratamos ahora de promover disputas, nos ceñimos a suplicaros.
¿Qué beneficio reportó a vuestro sagrado tesoro de la revocación de los privilegios de la vírgenes Vestales? Lo que concedieron príncipes nada pródigos, es negado actualmente por emperadores en extremo generosos. Sólo el honor añade algún precio a este estipendio de la castidad, a la manera que las vendas sagradas son el ornamento de la cabeza de los sacerdotes, así también la exención de los cargos públicos es el distintivo del sacerdocio. Ellas no piden otra cosa que esa vana palabra de inmunidad, pues su pobreza las preserva de todo daño, y los mismos que las despojan son los primeros en pagarles los tributos de sus alabanzas. La inocencia que se consagra a la salvación pública es mucho más digna de respeto, cuando no recibe ninguna recompensa. Purificad vuestro tesoro de esa ligera ganancia, y haced que se enriquezca no con los despojos de los sacerdotes, sino con los del enemigo. ¿Qué ventaja puede nunca justificar su injusticia? La desgracia de aquellos a los que se quiere despojar de sus antiguos privilegios es tanto mayor, cuanto que en vuestras almas no halla entrada la avaricia. Bajo emperadores que respetan lo ajeno y resisten a la codicia, nuestros enemigos aspiran más a insultarnos que a empobrecernos.
El fisco se ha apoderado de lo que otros legaron al morir a las vírgenes y a los sacerdotes. Os suplico: ¡o ministros de la equidad! Que restituyáis a la religión de vuestra cuidad su herencia. Los ciudadanos dictan sin temor sus testamentos, porque saben que en el reinado de unos príncipes generosos se respetan sus últimas disposiciones; sea preciosa y sagrada para vos esta dicha de que disfruta el género humano. Los ciudadanos a tiempo de morir, se asustan con cuanto sucede actualmente; y todos preguntan si la religión de los romanos no está ya bajo la salvaguardia de los derechos del pueblo. ¿Qué nombre se dará a esta expoliación no autorizada por las leyes ni por lo comentarios? Los libertos obtienen la posesión de los legados hechos en su favor; no se niega a los esclavos la justa ventaja que les resulta de los testamentos, ¿y sólo ha de excluirse del derecho hereditario a las nobles vírgenes y a los ministros de los ritos sagrados?¿De qué sirve, pues, consagrar a la salvación pública un cuerpo sin mancha, asegurar la eternidad del Imperio con los favores del cielo, ceñir de virtudes amigas vuestras armas y vuestras águilas, hacer votos eficaces por todos los cristianos, cuando ni aun se tiene el permiso de gozar del derecho común?¿No sería preferible la esclavitud? Esta conducta arroja grandes daños a la república, pues la ingratitud nunca dio buen fruto.
Ni creáis que defiendo ahora tan sólo los intereses de la religión; todos los males de la humanidad provienen de los excesos de esta clase. Las leyes de nuestros abuelos honraban a las vírgenes Vestales y a los sacerdotes, concediéndoles un módico estipendio y privilegios fundados en la justicia de disfrutaros, hasta que vinieron viles tesoros que suprimieron los alimentos destinados a la sagrada castidad para darlos a miserables conductores de literas; entonces sobrevino una repentina escasez, una reducida cosecha burló las esperanzas de las provincias. No debemos echar la culpa de esto a la tierra, ni quejarnos de los astros, que el grano no ha sido destruido por las caries, ni la cizaña ha ahogado la mies; el sacrilegio es quien ha esterilizado el suelo. El hambre mató a los que habían negado a la religión lo que le era debido. Cíteseme otro ejemplo de una calamidad igual a esta, y convendré que todo lo que hemos sufrido ha de atribuirse a las vicisitudes de los tiempos. Hasta los vientos se desencadenaron para agravar la esterilidad. Los hombres tuvieron que buscar su alimento en los árboles de los bosques, y el hambre reunió a los aldeanos de nuevo alrededor de la encina de Dodona. ¿Ha sucedido algo que se parezca a esto en tiempos de nuestros abuelos, cuando se miraba como un honor público alimentar a los ministros de la religión?
¿Se vio jamás a los hombres sacudir las encinas ni cavar la tierra para extraer las raíces de las hierbas destinadas a servir de sustento, cuando la cosecha era común al pueblo y a las vírgenes sagradas?¿Dejó nunca de ser suficiente la fecundidad ordinaria de las provincias para reparar un engaño accidental? El bienestar de los sacerdotes aseguraba el producto de la tierra, porque lo que se les suministraba, lejos de ser una sustracción era un preservativo. En efecto, ¿quién dudaría que se daba con objeto de asegurar la abundancia universal, lo que hoy reclamamos para hacer que cese la miseria pública?
Tal vez dirá alguno que el Estado no debe estipendiar una religión que le es extraña. Los buenos príncipes no creerán ciertamente que las cosas del público concedidas a una clase particular de individuos puedan pertenecer al fisco. La república se compone de todos los ciudadanos, y cada individuo se aprovecha de lo que ella emana. Vuestro poder se extiende a todo; pero dejad a cada cual lo que es suyo, y más que la licencia pueda en vosotros la justicia. Consultad, pues, vuestra munificencia; y decid si esta no se resiste a considerar como públicas las cosas que habéis trasladado a otros. Los bienes que fueron concedidos a la gloria de Roma, cesaron de pertenecer a los donatarios; y todo lo que al principio era beneficio, se convirtió con el tiempo en un débito. Hay personas que tratan de esparcir vanos terrores en vuestra mente divina, diciéndoos que si no favorecéis la codicia de los raptores, os hacéis cómplices de los donatarios. Sea Vuestra Clemencia propicia a los misterios tutelares de toda religión, y en especial a aquellos que en otro tiempo fueron protegidos de vuestros abuelos, que aún en el día [de hoy] os defienden, y que nosotros respetamos.
Pedimos la religión que conservó el Imperio en manos de vuestro divino padre, y dio a aquel príncipe los herederos de su sangre. Desde su sublime mansión celeste ve correr el divino anciano las lágrimas de los sacerdotes, y cree contemplar su desprecio en la violación de los usos conservados por él libremente. No imitéis el ejemplo de nuestro divino hermano: olvidad un acto que, de seguro, él ignoraba habría de desagradar al Senado: así aparecerá que la legación fue rechazada sólo por el temor de que se pusiese en la necesidad de celebrar un juicio público. El respeto a los tiempos pasados exige que no vaciléis en revocar una ley, indigna de un príncipe.»

Texto extraído del Tomo I de la Historia Universal de Cantú en: http://es.geocities.com/mundo_medieval/

La conversión de Constantino según un pagano
Una vez que el imperio entero estuvo bajo su único dominio, Constantino ya no ocultó el fondo malo de su naturaleza, sino que se puso a actuar sin contención en todos los dominios. Utilizaba todavía las prácticas religiosas tradicionales menos por piedad que por interés; y, así, se fiaba de los adivinos porque se había dado cuenta de que habían predicho con exactitud todos los sucesos que le habían ocurrido, pero, cuando volvió a Roma, henchido de arrogancia, decidió que su propio hogar fuese el primer teatro de su impiedad. Su propio hijo, honrado, como se ha dicho antes, con el título de César, fue acusado, en efecto, de mantener relaciones culpables con su hermana Fausta y se le hizo perecer sin tener en cuenta las leyes de la naturaleza. Además, como la madre de Constantino, Elena, estaba desolada por esa desgracia tan grande y era incapaz de soportar la muerte del muchacho, Constantino, a modo de consuelo, curó el mal con un mal mayor: habiendo preparado un baño más caliente de la cuenta y habiendo introducido en él a Fausta, la sacó de allí muerta. Íntimamente consciente de sus crímenes, así como de su desprecio por los juramentos, consultó a los sacerdotes sobre los medios adecuados para expiar sus felonías. Ahora bien, mientras que éstos le habían respondido que ninguna suerte de purificación podía borrar tales impiedades, un egipcio llegado a Roma desde Hispania y que se hacía escuchar por las mujeres hasta en la Corte, se entrevistó con Constantino y le afirmó que la doctrina de los cristianos estipulaba el perdón de todo pecado y prometía a los impíos que la adoptaba la absolución inmediata de toda falta. Constantino prestó un oído complaciente a este discurso y rechazó las creencias de los antepasados; luego, adhiriéndose a las que el egipcio le había revelado, cometió un primer acto de impiedad, manifestando su desconfianza con respecto a la adivinación. Porque, como le había predicho un éxito grande que los acontecimientos le habían confirmado, temía que el porvenir fuera igualmente revelado a los demás que se afanaban en perjudicarle. Es este punto de vista el que le determinó a abolir estas prácticas. Cuando llegó el día de la fiesta tradicional, en el curso de la cual el ejército debía subir al Capitolio y cumplir allí los ritos habituales, Constantino tomó parte en ellos por temor a los soldados; pero como el egipcio le había enviado un signo que le reprochaba duramente el subir al Capitolio, abandonó la ceremonia sagrada, provocando así el odio del Senado y del pueblo.
Zósimo, Historias, II, 29, en: Textos y Documentos de Historia Antigua, Medieval y Moderna hasta el siglo XVII, vol. XI de la Historia de España de M. Tuñón de Lara, Labor, 1984, Barcelona, pp. 124 y s en: http://www.geocities.com/milan313/MEDWEB.HTML





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