Estados Unidos y sus aliados siguen concentrándose en hacer que a los gobiernos les resulte más lucrativo apoyar, tolerar y dedicarse al terrorismo






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LIMITACIONES CONSTITUCIONALES/LEGALES
Al responder a los riesgos de la actividad terrorista, aquí y en el extranjero, es necesaria la sensibilidad a las protecciones constitucionales. Por ejemplo, durante las investigaciones de denuncias de posible actividad terrorista, podrían estar involucradas la prohibición contra allanamientos y confiscaciones irrazonables de la Cuarta Enmienda, la protección de las libertades de expresión y de asociación de la Primera Enmienda, la protección del derecho de portar armas de la Segunda Enmienda, y los derechos de debido proceso legal bajo las enmiendas Quinta y Decimocuarta. La estructura constitucional establece los límites exteriores dentro de los cuales debe conducirse toda investigación oficial.


EL TERRORISMO POSTMODERNO
El terrorista del futuro será menos ideológico, tenderá más a abrigar resentimientos étnicos, será más difícil de distinguir de otros criminales y constituirá una amenaza especial para las sociedades tecnológicamente avanzadas.

REGLAS NUEVAS DE UN VIEJO JUEGO
Cuando el siglo XIX llegaba a su fin, parecía que nadie estaba inmune a un atentado terrorista. En 1894 un anarquista italiano asesinó al presidente francés Sadi Carnot. En 1897 unos anarquistas apuñalaron mortalmente a la emperatriz Isabel de Austria y mataron a Antonio Cánovas, el primer ministro español. En 1900 Umberto I, rey de Italia, cayó víctima de otro atentado anarquista; en 1901 un anarquista estadounidense asesinó a William McKinley, presidente de Estados Unidos. El terrorismo se convirtió en la principal preocupación de los políticos, jefes de policía, periodistas y escritores, desde Dostoevski hasta Henry James. Si en el año 1900 se hubieran reunido los líderes de las principales potencias industriales, la mayoría habría insistido en asignar alta prioridad al terrorismo en su orden del día, como lo hizo el presidente Clinton en la reunión del Grupo de Siete, luego de la explosión de junio en las instalaciones militares estadounidenses en Dhahran, Arabia Saudita.

Desde esta perspectiva el resurgimiento reciente de la actividad terrorista no es especialmente amenazante. Según el informe anual del Departamento de Estado sobre la materia, el año pasado murió menos gente en incidentes de terrorismo internacional (165) que el año anterior (314). Sin embargo, estas cifras prácticamente no significan nada, -- debido a los incidentes que no tienen en cuenta y aquéllos que incluyen. Las definiciones actuales del terrorismo no captan la magnitud del problema en todo el mundo.

El terrorismo ha sido definido como el uso de violencia o amenaza de violencia por individuos a nivel subestatal con el propósito de sembrar el pánico en una sociedad, para debilitar e incluso derrocar las autoridades titulares y causar un cambio político. En ocasiones se transforma gradualmente en guerra de guerrillas (aunque a diferencia de las guerrillas, los terroristas son incapaces o no están dispuestos a tomar y retener territorio) y aún en un sustituto de la guerra entre estados. En su larga historia el terrorismo ha hecho su aparición en muchas formas; hoy la sociedad se enfrenta no a un terrorismo sino a muchos terrorismos.

Desde 1900 la motivación, la estrategia y las armas han cambiado en cierto modo. Los anarquistas y los grupos terroristas de izquierda que les sucedieron, hasta los Ejércitos Rojos que operaron en Alemania, Italia y Japón en los años setenta, han desaparecido; si mucho, la iniciativa pasó a la extrema derecha. Ahora, la mayor parte del terrorismo internacional e interno, sin embargo, no es de izquierda ni de derecha, sino de inspiración etnoseparatista. Los separatistas étnicos tienen más fuerza para resistir que los motivados por ideologías, ya que los sostiene una reserva mayor de apoyo público.

El cambio más grande en décadas recientes radica en que el terrorismo no es, de ningún modo, la única estrategia de los militantes. La Fraternidad Musulmana, de múltiples ramales, los hamas palestinos, el Ejército Republicano Irlandés (IRA), los Tigres Tamiles de Sri Lanka, los extremistas kurdos de Turquía e Irak, el movimiento Patria y Libertad del País Vasco (ETA) en España y muchos otros grupos que han surgido en este siglo, han tenido facciones políticas, así como terroristas desde el comienzo. El brazo político suministra servicios sociales y educación, administra los negocios y disputa elecciones, mientras que el "ala militar" realiza emboscadas y asesinatos. Esta división del trabajo tiene sus ventajas: El liderazgo político puede desasociarse públicamente cuando los terroristas cometen un acto particularmente atroz u ocurre algún fracaso. En estos casos la afirmación de falta de control puede ser bastante real, ya que el ala armada tiende a independizarse; con frecuencia los hombres y mujeres con armas de fuego y bombas pierden de vista los objetivos más amplios del movimiento y terminan perjudicando más que ayudando.

Las operaciones terroristas también han cambiado algo. El secuestro de aviones es ahora raro porque los aviones secuestrados no pueden permanecer en el aire indefinidamente y pocos países están dispuestos a permitir que aterricen y quedar así con el estigma de apoyar abiertamente el terrorismo. Por otra parte, los terroristas vieron rendimientos decrecientes en este tipo de secuestros. La tendencia actual parece ser la de disminuir el ataque a objetivos específicos, como por ejemplo las autoridades del bando contrario, y llevar a cabo, en cambio, asesinatos indiscriminados. Aún más, la línea divisoria entre el terrorismo urbano y otras tácticas se ha vuelto menos definida, a la vez que la línea entre el terrorismo políticamente motivado y las operaciones del anarcosindicalismo nacional e internacional, en la Unión Soviética, América Latina y otras partes del mundo, es a menudo imposible de discernir para los extraños. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre el crimen internacional y el terrorismo: Las mafias no tienen interés en derrocar los gobiernos y debilitar la sociedad en forma decisiva; en realidad, tienen intereses adquiridos en una economía próspera.

Los malentendidos, no sólo de orden semántico, rodean las varias formas de violencia política. Un terrorista no es un guerrillero, estrictamente hablando. Ya no hay guerrilleros, estilo maoista, empeñados en la liberación de territorios que se conviertan en la base de la oposición a la sociedad y un ejército permanente que luche contra el gobierno central, salvo quizás en lugares remotos como Afganistán, Filipinas y Sri Lanka. El término "guerrillero" ha tenido una larga vida, en parte porque los terroristas prefieren ese nombre por sus connotaciones más positivas. Persiste también porque los gobiernos y los medios de información en otros países no quieren ofender a los terroristas llamándolos terroristas. La prensa francesa e inglesa no soñaría en referirse con otro nombre a los terroristas de sus países, pero llama militantes, activistas, luchadores por la liberación nacional, e incluso "personas con armas", a los terroristas de otros países.

Ha echado raíz la creencia de que las misiones terroristas de voluntarios empeñados en suicidarse constituyen una nueva tendencia radical y peligrosa porque es imposible impedirlas. Sin embargo, ese es un mito, como tantos otros en los que siempre se ha envuelto el terrorismo. Los que explotan bombas y están dispuestos, y en efecto ansiosos de volarse a si mismos, han existido en todas las épocas y tradiciones culturales, afiliados a tendencias políticas que van desde el izquierdismo de la brigada Baader-Meinhof de los años setenta en Alemania, hasta el extremo de derecha. Cuando el ejército japonés quería pilotos kamikaze, a finales de la Segunda Guerra Mundial, miles de voluntarios se apresuraron a ofrecer sus servicios. Los jóvenes árabes que actúan como bombas humanas en los autobuses en Jerusalén y buscan la recompensa de las vírgenes en El Paraíso, son un eslabón en esta vieja cadena.

El terrorismo auspiciado por los estados no ha desaparecido. Los terroristas ya no pueden contar con la Unión Soviética y sus aliados en Europa Oriental, pero algunos países del Mediano Oriente y África del Norte todavía los apoyan. Sin embargo, Teherán y Trípoli están menos ansiosos de afirmar que tienen el derecho divino de llevar a cabo operaciones de terrorismo fuera de sus fronteras; el ataque aéreo estadounidense de 1986 contra Libia y los diversos boicoteos contra Libia e Irán tuvieron efecto. Hoy en día ningún gobierno se ufana de las luchas realizadas por otros a los que instiga y apoya.

Por otra parte, el Sudán, sin mucho bombo, se ha convertido para los terroristas en lo que fuera la Costa de Berbería para los piratas en otras épocas: Un santuario. El gobierno militar en Kartum, aislado políticamente, enfrentado a una economía desastrosa y respaldado por líderes musulmanes, cree que nadie quiere tener nada que ver con el Sudán y por tanto puede impunemente apoyar a terroristas de muchos países. Esa confianza se justifica siempre y cuando el terrorismo sea sólo una molestia, pero, si pasa a más, las reglas del juego cambian y tanto los terroristas como sus protectores se ven sometidos a unas grandes presiones.

OPORTUNIDADES DEL TERRORISMO
Las historia muestra que el terrorismo generalmente tiene poco efecto político y que cuando lo tiene es, con frecuencia, lo opuesto del que persigue. El terrorismo de los ochenta y los noventa no es una excepción. El asesinato de Rajiv Gandhi, en 1991, cuando hacía campaña para volver a ser primer ministro, ni aceleró ni impidió la declinación del Partido del Congreso en la India. En Israel, el aumento del terrorismo por parte de hamas y hezbollah indudablemente influyó en el resultado de las elecciones israelíes en mayo. Sin embargo, aun si logró su meta inmediata de provocar un revés al proceso de paz, en el que la Autoridad Palestina del presidente Yasir Arafat ha jugado su futuro, podemos preguntarnos si la presencia de un gobierno Likud de línea dura favorece realmente los intereses de estos grupos. Por otra parte, Yigal Amir, el estudiante judío ortodoxo de izquierda que asesinó a Yitzhak Rabin el otoño pasado, porque desaprobaba el acuerdo de paz con los palestinos, podría muy bien haber ayudado a elegir al segundo de Rabin en mando, el pacifista Shimon Peres, a un período completo, si los terroristas musulmanes no hubieran convertido otra vez en problema la seguridad israelí.

Los terroristas causan perturbaciones y desestabilización en otras partes del mundo, como en Sri Lanka, donde la decadencia económica ha acompañado la guerra entre el gobierno y los Tigres Tamiles. Sin embargo, en Israel y en España, donde los extremistas vascos han realizado atentados durante décadas, el terrorismo no ha tenido efecto sobre la economía. Aún en Argelia, donde el terrorismo ha cobrado el mayor precio en vidas, los extremistas musulmanes han avanzado poco desde 1992 y 1993, cuando muchos predijeron la muerte del impopular régimen militar.

Hay quienes afirman que el terrorismo debe ser efectivo puesto que ciertos líderes terroristas han llegado a ser presidentes o primeros ministros de sus países. En esos casos, sin embargo, los terroristas renunciaron primero a la violencia y se ajustaron al proceso político. Finalmente, según una creencia generalizada, el terrorismo puede dar origen a la guerra o, por lo menos, impedir la paz. Esto es verdad, pero sólo donde existe mucho material inflamable: Como en Sarajevo en 1914 o en el Mediano Oriente y en otras partes hoy en día. Tampoco se puede decir con certidumbre que la conflagración no habría ocurrido más temprano o más tarde en algún caso determinado.

Con todo, las perspectivas del terrorismo, con frecuencia sobreestimadas por los medios de información, el público y algunos políticos, mejoran a medida que aumenta su potencial destructivo. Esto tiene que ver tanto con la aparición de grupos e individuos que practican o pueden tomar parte en el terrorismo, como con las armas que hay disponibles para ellos. Las últimas décadas han presenciado el nacimiento de docenas de movimientos atrevidos que abrazan variedades de nacionalismo, fundamentalismo religioso, fascismo y milenarismo apocalíptico, desde los nacionalistas hindúes en India, pasando por los neofascistas en Europa y el mundo en desarrollo, hasta el culto Branch Davidian en Waco, Texas. Los primeros fascistas creían en la agresión militar y formaron un enorme conglomerado militar, pero esta estrategia ha llegado a ser demasiado costosa aún para las superpotencias. Ahora, los catálogos que ofrecen artículos que se pueden comprar por correo tientan a los militantes con armas de fácil adquisición, mucho más baratas, no convencionales y convencionales (las bombas nucleares del pobre, como las llamó el presidente iraní Ali Akbar Hashemi Rafsanjani).

Además de las armas nucleares, las armas de destrucción en masa incluyen agentes biológicos y compuestos químicos fabricados por el hombre que atacan el sistema nervioso, la piel o la sangre. Los gobiernos han venido produciendo armas químicas por espacio de cerca de un siglo y armas nucleares biológicas por muchas décadas. Durante ese tiempo la proliferación ha sido continua y el acceso cada vez más fácil. Los medios de transporte, cohetes balísticos, cohetes de crucero y aerosoles, también son ahora mucho más eficaces. Mientras que en el pasado los cohetes se utilizaban sólo en guerras entre los países, recientemente se han visto en las guerras civiles de Afganistán y Yemen. Su uso por grupos terroristas sería sólo un paso más.

Hasta los años setenta, la mayoría de los observadores creía que el material nuclear hurtado constituía la amenaza más grande en la progresión de las armas de los terroristas, pero muchos piensan ahora que el peligro podría encontrarse en otra parte. Un informe de abril de 1996 del Departamento de Defensa dice que "la mayoría de los grupos terroristas no tiene los recursos financieros o técnicos para adquirir armas nucleares, pero podría reunir material para fabricar dispositivos de dispersión radiológica y algunos agentes biológicos y químicos". Algunos grupos tienen patrocinadores estatales que poseen o pueden obtener armas de los últimos tres tipos mencionados. Los mismos grupos terroristas han investigado el uso de venenos desde el siglo XIX. El culto Aum Shinrikyo realizó un atentado con gas venenoso en marzo de 1995 en el tren subterráneo de Tokio; el contacto con el gas neurotóxico sarin causó la muerte de diez personas y afectó a otras 5.000. Otros intentos más rudimentarios, en Estados Unidos y el exterior, de experimentar con sustancias químicas y agentes biológicos para uso en el terrorismo, han incluido toxinas que causan botulismo, la proteína venenosa rycin (dos veces), sarin (dos veces), bacteria de la peste bubónica, bacteria de tifoidea, cianuro de hidrógeno, vx (otro gas neurotóxico) y posiblemente el virus de ebola.

¿USARLAS O NO USARLAS?
Si los terroristas han empleado armas químicas sólo una vez y material nuclear nunca, se debe, en cierta medida, a razones técnicas. En la literatura científica se puede leer sobre la cantidad de problemas técnicos inherentes a la producción, fabricación, almacenamiento y transporte de cada una de las tres clases de armas no convencionales.

La fabricación de armas nucleares no es tan simple, como no lo es su transporte hasta el objetivo. El material nuclear, del cual el abastecimiento es limitado, está bajo la vigilancia del Organismo Internacional de Energía Atómica, afiliado a las Naciones Unidas. Solamente los gobiernos pueden adquirirlo legalmente, de manera que aún en esta era de proliferación los investigadores podrían seguirles la pista, sin gran dificultad, a los que apoyan a los terroristas. La vigilancia puede pasar por alto un arma nuclear más primitiva: El material nuclear no fisionable pero radioactivo. Se sabe que agentes iraníes en Turquía, Kazajstán y en otras partes han tratado de comprar tal material, que se origina en la ex Unión Soviética.

Los agentes químicos son mucho más fáciles de producir y obtener, pero no tan fáciles de guardar en forma segura en condición estable y su dispersión depende en gran parte de factores climáticos. Los terroristas responsables del atentado del año pasado en Tokio escogieron un objetivo conveniente donde se reúnen multitudes de personas, pero su sarin estaba aparentemente diluido. Los agentes biológicos son, con mucho, los más peligrosos, podrían causar la muerte de cientos de miles, mientras que los químicos causarían sólo miles de muertes. Son relativamente fáciles de conseguir, pero su almacenaje y dispersión son más difíciles que en el caso de los gases neurotóxicos. El riesgo de contaminación de quienes los manejan es alto y muchas de las bacterias y esporas no sobreviven bien fuera del laboratorio. Según informes, Aum Shinrikyo dispersó la bacteria de ántrax (entre los agentes más tóxicos que se conocen) en dos ocasiones, desde un edificio en Tokio, sin efectos dañinos.

Dadas las dificultades técnicas, es probable que los terroristas estén menos inclinados a emplear dispositivos nucleares que armas químicas, y menos inclinados aún a intentar el uso de armas biológicas. Con todo, las dificultades podrían salvarse y la selección de armas no convencionales, a la postre, es una función de las especialidades de los terroristas y de su acceso a sustancias mortíferas.

Las razones políticas para esquivar las armas no convencionales son igualmente de peso. El riesgo de ser descubierto y de venganza dura o la sanción severa subsiguientes es grande y aunque quizás esto no disuada a los terroristas, sí puede disuadir a sus patrocinadores y abastecedores. Los terroristas ansiosos de emplear armas de destrucción en masa pueden alejar por lo menos a algunos patrocinadores, no tanto porque odien menos al enemigo o tengan escrúpulos morales mayores, sino porque creen que el empleo de ese tipo de violencia es contraproducente. Los ataques con armas no convencionales podrían dejar regiones enteras inhabitables por largo tiempo. El empleo de armas biológicas presenta el riesgo adicional de una epidemia incontrolable. Y aunque parece que el terrorismo tiende hacia el asesinato y el pánico indiscriminados, quizá los terroristas no estén dispuestos a utilizar armas de superviolencia que causan daño tanto al enemigo como a un buen número de sus parientes y amigos del terrorista, digamos, kurdos en Turquía, tamiles en Sri Lanka y árabes en Israel.

Además, el terrorismo tradicional se basa en el gesto heroico, en la disposición a sacrificar la propia vida como prueba de idealismo personal. Es obvio que no hay mucho heroísmo en propagar botulismo o ántrax. Debido a que la mayoría de los grupos terroristas están tan interesados en la publicidad como en la violencia, y como la publicidad originada por una intoxicación en masa o una bomba nuclear sería mucho más desfavorable que la de un atentado convencional concentrado, sólo los terroristas que no están interesados en publicidad considerarían el uso de armas no convencionales.

En términos generales, los terroristas no cometerán excesos si sus armas tradicionales, la ametralladora y las bombas convencionales, son suficientes para continuar la lucha y lograr sus metas. Con todo, la decisión de emplear violencia terrorista no siempre es racional; si lo fuera, habría mucho menos terrorismo, ya que la actividad terrorista rara vez alcanza sus propósitos. ¿Qué pasa si después de años de lucha armada y de pérdida de muchos de sus militantes los grupos terroristas no ven progreso? La desesperación podría llevar a abandonar la lucha o al suicidio, pero también podría conducir a un intento último y desesperado de derrotar al enemigo odiado con armas no empleadas antes. Como dijera de si mismo uno de los personajes de Racine, su "única esperanza yace en su desesperación".
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