La revuelta de los suburbios franceses: una sociología de la actualidad






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La revuelta de noviembre de 2005 y el perímetro de lo político
“¿Qué es lo que distingue la "revuelta" de la "Revolución"?”, pregunta Michel Vovelle. ¿El fracaso, la ausencia de ideología y perspectivas, la falta de organización y proyecto, la inscripción de la revuelta en el tiempo corto194? Si nos limitamos a estos criterios, la revuelta de noviembre se asemeja, con toda evidencia, a las revueltas “del estilo antiguo”. Se presenta como una revuelta “protopolítica”195, ciertamente susceptible de ser “politizada” (tanto por la izquierda como por la derecha), pero también de ser convertida en un movimiento religioso, o aún despolitizada, etc.: “la representación que los grupos tienen de sí mismos […] contribuye en gran medida a lo que son esos grupos y a lo que hacen”, escribe Pierre Bourdieu196.

“Cualquier población dispone de un repertorio limitado de acciones colectivas, es decir de medios para actuar que son comunes, sobre la base de intereses compartidos […] Estos medios diversos componen un repertorio, un poco en el sentido en que se entiende la palabra en el teatro o en la música […] Las reglas de este repertorio se conocen más o menos bien y se adaptan a los objetivos perseguidos […] El repertorio en uso dicta la acción colectiva […] Los agentes del Estado dedican parte de su tiempo a controlar, regular, facilitar y reprimir diversos tipos de acción colectiva”, escribe Charles Tilly197. Estos repertorios de acción colectiva no son inmutables. Según él, “en algún momento del siglo XIX, los franceses dejan de lado los medios de acción colectiva que habían utilizado durante dos siglos y adoptan el nuevo repertorio aún vigente actualmente”198. Asimismo, según Jean-Claude Caron, “los años 1840 están marcados por un lento pero inexorable proceso de extensión del campo de la violencia ilegítima”, la construcción judicial de los acontecimientos del verano de 1841 modula las incriminaciones y juega con las calificaciones: folklórica, amotinada o política199. Michel Offerlé puso en evidencia las consecuencias que tuvo “la construcción de la República electiva” en los repertorios de acción admisibles y, más generalmente, en lo que designa como “los registros de resiliencia”200: las libertades republicanas deben permitir “educar al pueblo” y el “derecho a la calle”, reivindicado por Jules Guesde en 1884, está evidentemente excluido del pacto republicano (el aprendizaje de la manifestación es dificultoso). “No hay democracia, por lo tanto, sin delimitación de una exclusión externa, sin designación de contraejemplos que no forman parte del espacio de juego […] La descalificación en el campo se establece entre los partidos de gobierno (expresión que aparece en aquel entonces) y los otros”, señala Michel Offerlé201. La marginalización fuera de este campo es traducida por “el proceso político que sanciona la ilegalidad y la sedición políticas”. Los debates sobre las amnistías ponen en evidencia “la delimitación de los crímenes y de los delitos de derecho común” y plantean “la cuestión infinita de los hechos estrechamente vinculados con los hechos insurreccionales […] que son recalificados como políticos”. Pero este trabajo de civilización de las costumbres políticas tiene por lo menos dos consecuencias. Por un lado, el movimiento social, pacífico y/o revolucionario, tiende a “subordinar a sus objetivos el conjunto de los registros de resiliencia que en potencia pueden ser movilizados”. Por otro lado, y como consecuencia de este mismo hecho, folklorizadas, desechadas como insignificantes, “las diversas formas, rurales y urbanas, de las emociones populares son reprimidas y deslegitimadas por aquellos mismos que habrían podido ser sus portavoces”. De manera general, “la constitución de un espacio político que funcione autónoma y pacíficamente implica […] la constitución de un espacio criminalizado en el que se niega a las prácticas que allí tienen lugar que puedan ser asemejadas a prácticas de revuelta social”, concluye202. Así, aquellos que (siendo, en su mayoría, miembros de las clases dominadas) tienen buenas razones para indignarse y protestar, pero que por falta de encuadramiento y de educación política (por ende, de interiorización del repertorio “legítimo” de acción colectiva), expresan sus “emociones” en prácticas inscritas en un registro de resiliencia políticamente ilegítimo, son relegados a la insignificancia o a la pura y simple criminalidad. A pesar de las tentativas anarquistas de rehabilitación de los “de afuera” o de constitución de “la unidad política de los ilegalismos populares”203, el movimiento obrero, en sus diferentes componentes, los clasifica desde entonces como lumpenproletariado: “ni los granujas, ni los bandidos o los vagabundos pueden ser asimilados o asimilables a la clase orgánicamente revolucionaria.”204 Situado y fechado, producto de una relación de fuerzas políticas y simbólicas, el repertorio de acción política legítima define un léxico (discursivo y práctico) políticamente aceptable, susceptible de pretender su habilitación o irremediablemente descalificado. “La "crisis de los suburbios", las "revueltas urbanas" de noviembre de 2005, suerte de paroxismo de las incivilidades y violencias de los últimos 20 años, nos exponen a una suerte de prueba proyectiva de los umbrales de nuestra sensibilidad a la clasificación de los ilegalismos populares”, escribe Michel Offerlé205. Si bien es evidente que las prácticas de los participantes se sitúan fuera del repertorio de acción colectiva legítima de la Francia actual206, la revuelta de noviembre de 2005, examinada tanto desde el punto de vista de su desencadenamiento y de su motivo inicial, como de la identidad social y de las prácticas de los participantes, no puede ser reducida a la pura y simple delincuencia y tampoco ser obviada como insignificante: en realidad, el registro de resiliencia movilizado la asemeja a un repertorio de acción colectiva antiguo, “protopolítico”207, es decir anterior a cualquier empresa “moderna” de organización política, de canalización de los “registros de resiliencia disponibles hacia formas reguladas de acción "revolucionariamente orientadas" o compatibilizadas con la perspectiva de una liberalización humana y social”208. Pero la historia de los participantes de la revuelta no se interrumpe el 15 de noviembre con el regreso al nivel normal de autos quemados…

Al excluir las facilidades de la profecía retrospectiva, la sociología de la actualidad obliga a los visionarios a la prudencia. ¿Se puede ver en la revuelta de noviembre de 2005 las premisas de una rebelión de los jóvenes de los barrios populares, esta vez conciente de sí misma?

“La etnización” o “la comunitarización” de las relaciones sociales y, en particular, la imposición de una identidad “árabo-musulmana” son posibles por dos razones: la primera está ligada a un proceso de segregación social y espacial agravado por el racismo que producen de facto un grupo separado, designado por “emprendedores de la identidad cultural” como “étnico” o “comunitario”. La segunda está ligada al desamparo político que remite en parte al sálvese quién pueda de los “establecidos”, que abandonan a su suerte a los “marginales”209: para quienes están escolar, profesional y políticamente descalificados, la religión puede llega a ser el último recurso simbólico disponible y los imanes pueden evidentemente encontrar en esos barrios abandonados por todos una tierra fértil para su misión… Con la crisis de los voceros políticos de las clases dominadas, con el lento ocultamiento de la clase obrera, que es en parte resultado de esta crisis de representación política, se abre un amplio campo de identificación en términos de comunidades. Según Jean-Loup Amselle, esta “lenta erosión de la conciencia de clase deja […] el campo libre al despliegue de una paleta de identidades entre las cuales se puede optar, en el ámbito étnico, tomando como referencia a sus ascendentes por línea paterna o materna o de cualquier otro ámbito de la vida social. Es en este contexto que hay que situar la emergencia de lo que podríamos llamar las identidades de consuelo”210.

Por muy paradójico que pueda parecer, la politización por parte de la derecha no puede ser excluida. La atención que suscitó Nicolas Sarkozy en una fracción (la menos indefensa) de los jóvenes de los barrios populares remite a la parálisis de la izquierda, pero también a su propia capacidad de atraer apoyos al reforzar la división entre una “élite merecedora” y los otros (“la escoria”), al retomar como suyo tal o cual aspecto de un “comunitarismo a la francesa”. Apropiándose el léxico y el pensamiento político neoliberal anglosajón, Nicolas Sarkozy, más allá de su apoyo a la Unión de organizaciones islámicas de Francia (UOIF)211, se afirma en efecto como partidario no sólo de la “tolerancia cero”, sino también de la “discriminación positiva”.

La politización “hacia la izquierda” plantea cuestiones cruciales que no se limitan a la adopción de una “policía de proximidad” o a la promoción de “la mixtura social”212. ¿Cómo acercar los portavoces políticos a los sectores populares? ¿Cómo reconstituir y unificar un movimiento popular capaz de incluir a los outsiders? ¿Cómo “reducir la fractura” entre “establecidos” y marginales, entre las clases medias precarizadas y las clases populares bloqueadas en su esperanza de ascenso, y los “excluidos”, y los “sin” desprovistos de todo?

Cabe esperar que “la revuelta de papel” engendrada por la revuelta de noviembre de 2005 haya contribuido a plantear estas cuestiones de manera durable.


1 El 2 de noviembre, durante el primer debate en el Congreso, el diputado de Yvelines (Jacques Myard) declara que “en los suburbios tenemos ghettos racistas anti-franceses que es preciso enderezar, en especial mediante verdaderos batallones disciplinarios”, y el diputado de París (Claude Goasguen) estima que el único objetivo del gobierno debe ser “imponer orden a esos granujas que sabotean los suburbios”. El presidente del grupo UMP ante el Consejo regional de Île-de-France, pide más firmeza “frente a una minoría de delincuentes que aterrorizan los barrios en función de preservar sus tráficos lucrativos” y el diputado del Rhône (Georges Fenech) aboga por “la creación de una ley anti-revuelta”, etc.

2 Cf. Jean-Pierre Mignard y Emmanuel Tordjman, L’affaire Clichy, op. cit.

3 Cf. Adil Jazouli, Les années banlieue, París, Éditions du Seuil, 1992. Tal como lo subraya Jacques Donzelot, “hablar de magrebíes, nombrándolos como tales, era algo que, en ese momento, sólo se podía hacer situándose a la extrema derecha”. Cf. Quand la ville se défait. Quelle politique face à la crise des banlieues?, París, Éditions du Seuil, 2006.

4 Cf. Hugues Lagrange, “Autopsie d’une vague d’émeutes”, art. cit.

5 Cf. Véronique Le Goaziou, “La classe politique française et les émeutes: une victoire pour l’extrême droite”, en Véronique Le Goaziou y Laurent Mucchielli (dir.), Quand les banlieues brûlent… Retour sur les émeutes de novembre 2005, op. cit.

6 NdT. Referencia a los acuerdos de Grenelle, firmados el 27 mayo de 1968, que involucraron al gobierno de Georges Pompidou, sindicatos y organizaciones patronales, y desembocaron en un aumento del salario mínimo, entre otras medidas.

7 NdT. Miembro del Frente Nacional.

8 NdT. Fundador del Movimiento por Francia, partido que representa una derecha conservadora.

9 El alineamiento respecto de una opinión pública “revelada” por las encuestas sirve de coartada a la incapacidad de abrir otra perspectiva política que no sea el alineamiento con los partidos de derecha que, a su vez, se alinean con la extrema derecha (alineamiento reivindicado en nombre de la “ética de la responsabilidad” de un “partido de gobierno”): dicha posición ignora que las encuestas “hacen la opinión” –con la participación de los periodistas y del personal político al que recurren– mucho más de lo que la reflejan. Cf. Patrick Champagane, Faire l’opinion, París, Éditions de Minuit, 1990.

10 Cf. Hugues Lagrange, “La structure et l’accident”, art. cit.

11 Por otra parte, muchos de ellos fueron depuestos de sus funciones con motivo de los problemas financieros que enfrentaron las asociaciones.

12 Según Manuel Boucher, algunos representantes políticos “en busca, la mayoría de las veces, de una inserción social y/o de poder político, favorecen el desarrollo de lógicas coercitivas (étnicas, religiosas, morales) y de "mediaciones comunitarias" asumidas por actores "etnicizados"”. Cf. “Les intervenants sociaux au service de la sécurité? Analyse d’une dérive dangereuse”, en Véronique Le Goaziou y Laurent Mucchielli (dir.), Quand les banlieues brûlent… Retour sur les émeutes de novembre 2005, op. cit. Según una receta que ya ha sido probada, en ausencia de “futuros gloriosos” prometen un “más allá radiante”, y en ausencia de reconocimiento social proponen un reconocimiento comunitario incondicional que supone la adhesión a la “comunidad”.

13 Cf. Hugues Lagrange, “Autopsie d’une vague d’émeutes”, art. cit.

14 Ibid. En relación a la supuesta amenaza que representa el integrismo musulmán, conviene subrayar, como lo hace Nathalie Kakpo, “el distanciamiento cada vez mayor con el Islam de los padres” por parte de los jóvenes de origen magrebí, pero también que la reivindicación de la religión musulmana puede ser, para algunos, un “signo de fidelidad a la cultura familiar” tanto más reafirmada cuanto ésta es criticada o despreciada y, para otros, un “emprendimiento de recalificación”, una “reconquista de la autoestima mediante la alta cultura” (cf. Nathalie Kakpo, “Communauté d’expérience et diversité des trajectoires”, art. cit), de restauración de una imagen de sí deteriorada por la escuela y/o la descalificación con la que se enfrentan en el mercado del trabajo (cf. también Gérard Mauger, Les bandes, le milieu et la bohème populaire, Études de sociologie de la déviance des jeunes des classes populaires (1975-2005), op. cit.). A estas dos modalidades del revival musulmán, se pueden agregar otras. Fuera del clásico “opio de los pueblos” que compite acá con el consumo ordinario de drogas menos espirituales (la conversión religiosa es, de hecho, una de las vías de salida de la adicción a las drogas), se puede mencionar, en el caso de las muchachas, quienes ven en el hecho de llevar el velo “una manera de que las dejen tranquilas, a veces la única forma de evitar el acoso cotidiano” y, en el caso de los muchachos, quienes “ven en el discurso islamista la manera de restaurar su posición en relación a las muchachas que aprovechan las escasas posibilidades de emancipación individual ofrecidas por la desintegración familiar y la escuela.” Cf. Alèssi Dell’Umbria, C’est de la racaille? Eh bien j’en suis! A propos de la révolte de l’automne 2005, op.cit.

15 El rector de la mezquita de París lanzó un llamado a la calma, la Unión de las organizaciones islámicas de Francia (UOIF) exhortó a los musulmanes a abstenerse de participar en la revuelta.

16 Cf. Olivier Masclet, La gauche et les cités. Enquête sur un rendez-vous manqué, París, Éditions La Dispute, 2003.

17 Cf. Yazid Kherfi, “Les émeutiers: entre violence et résignation”, art. cit.

18 Cf. Hugues Lagrange, “Autopsie d’une vague d’émeutes”, art. cit.

19 Cf. Philippe Juhem, “Entreprende en politique. Les carrières militantes des fondateurs de SOS-Racisme”,
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