La revuelta de los suburbios franceses: una sociología de la actualidad






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La revuelta del “precariado”
También puede verse una prueba del carácter “político” de estas revueltas en las causas sociales que las han engendrado. Dentro de la tradición del “movimiento obrero”, se trata en este caso de identificar, si no una nueva “vanguardia”, por lo menos un nuevo integrante de dicho movimiento. Considerando que el “obrerismo” fue durante largo tiempo un recurso decisivo en este universo político, es de notar que la rehabilitación o la apología del subproletariado parecen tener actualmente un rendimiento menor. Así es como para Alexandre Piettre “uno de los problemas de la izquierda partidista y asociativa es la permanencia de ciertos esquemas marxistas, como el de la distinción entre un Lumpenproletariado incapaz de pensar y de actuar, y proletarios dotados de una conciencia de clase”. Según él, “en un momento en que la antigua clase obrera estructurada ha prácticamente desaparecido, esto equivale a relegar a las clases populares fuera del campo político y a reservar la conciencia de clase para los pequeños funcionarios o, lo que es peor, para las difusas clases medias”71. Entre los jóvenes de los barrios populares y los pequeños funcionarios, las clases populares se habrían así evaporado… Varias hipótesis podrían dar cuenta de esta forma recurrente de populismo: más allá de la búsqueda de una clientela popular por fuera de un universo por largo tiempo “ocupado” por el PC-CGT, más allá de la disputa entre “pequeños profetas” dedicados a la competencia por “la radicalidad”, más allá de las disposiciones asociadas a las conversiones de disposiciones religiosas en disposiciones políticas más o menos “radicales” que conducen a buscar la salvación “en los más pobres de entre los pobres” (“los sin”), también cabe una pregunta sobre la relación entre estas tendencias y el racismo de clase frente al “obrero ordinario”, a menudo confundido con la figura del “beauf72, a quien se sospecha de machismo, racismo, consumismo y de “votar por Le Pen”73, etc.

Según Denis Merklen, “junto con la nueva sociabilidad, emerge lo que hemos llamado una "politicidad" […] Ni "pre-políticos", ni "protopolíticos", menos aún "a-políticos"”. Según él, “los más jóvenes dieron cuenta de un sentido muy agudo de la oportunidad política que desmiente los clichés sobre la "despolitización" de las clases populares”: “jóvenes entre los jóvenes, estos hombres que quemaron, apedrearon, y rompieron, pero también dialogaron, se expresaron en la tele y contaron cosas, se muestran a sí mismos como lo que son, seres políticos […] Prolongan una lucha al interior de las clases populares en el sentido de la definición de su propia politicidad74”. La tesis –en principio paradójica– se apoya en dos argumentos. El primero establece un cortocircuito entre “condición de clase” y “conciencia de clase”: “no hay exterioridad entre los sujetos de las clases populares y la política […] Carece de sentido pretender que los habitantes de los suburbios no tienen vida política”, escribe Denis Merklen75. El segundo argumento vincula el carácter “político” de la revuelta con una base social inédita. Según el autor, “la revuelta de los jóvenes de los suburbios no se origina en quien sabe qué "repliegue comunitario" o en una "defensa identitaria", sino en la formación de nuevas clases populares”: “casi todos son hijos de obreros o de trabajadores de lo más bajo de la escala social, masivamente desocupados y cuando no, desprovistos de cualquier esperanza de progreso social, ni siquiera, quizás, de una simple estabilización de su futuro. Antes de ser hijos de inmigrantes, son hijos de obreros desocupados”. Hijos indefensos de padres indefensos, los jóvenes de los barrios populares estarían marcados por el sesgo de una “politicidad” inédita. La tesis remite a la de Miguel Benassayag y Mona Cholet que ven a “los sin” como portadores de un mesianismo de los tiempos (post)modernos: “los "sin" encarnan mucho más que una simple lucha de categorías”, escriben. “Este es un momento bisagra, en el que transgreden la simple lucha por la supervivencia, sin ser todavía nuevos actores sociales.” Habiendo perdido toda esperanza, “los ‘sin’ ejercen un nuevo tipo de protagonismo […] Empiezan a desear de un modo distinto […] asumen el hecho de no tener ninguna utilidad económica”. Es por eso que, sostienen los autores, “estamos convencidos de que existe en ellos, a condición de que se conviertan en sujetos, un contenido universal que sobrepasa sus reivindicaciones concretas”76. Aunque renovada, se trata de una clásica tesis anarquista77: según Alèssi Dell’Umbria que reivindica la tradición anarquista, “los jóvenes de los suburbios pobres son la nueva figura de este neoproletariado flexible y precarizado”, “la ola de incendios del otoño 2005 ha constituido la primera gran revuelta de los precarios” y “la generalización del asalariado precario abre un nuevo espacio de lucha”78.

A esta interpretación se le puede oponer la objeción que Jacques Revel hacía al trabajo clásico de George Rudé79: “de entrada se establece una relación entre las acciones de la multitud y una conciencia política que parece imponerse por sí misma.”80 Aunque George Rudé pueda ser considerado como un seguidor de la obra de Georges Lefebvre, el autor de Foules révolutionnaires le reprochaba precisamente a los historiadores el hecho de estudiar “más bien las condiciones de la vida económica, social y política que, según ellos, están en el origen del movimiento revolucionario, y, por otra parte, los acontecimientos que lo han marcado y los resultados que ha obtenido”81, forzando así la relación entre “causas” y “efectos”. En este caso, si bien pueden identificarse, efectivamente, “causas sociales” de la revuelta (y mostrar que esas “causas” son, a la vez, “efectos” de políticas neoliberales que han sido desarrolladas desde hace un cuarto de siglo), esto no significa que “los efectos” que provocan esas políticas sean necesariamente “políticos”. Así, por ejemplo, es cierto que se puede “explicar” la existencia y el desarrollo de las prácticas delictivas mediante causas sociales (aunque no sea tan sencillo82), sin embargo parece difícil (pero no imposible: existe una larga tradición en la materia) otorgar a estas prácticas un registro “político” y, si la conversión del “derecho común” en “político” no está excluida, es necesario mucho candor y mucha inexperiencia para pensar que ésta se impone por sí misma. De manera general, imputar mecánicamente a una condición social efectos políticos equivale a suscribir a un teorema de la vulgata marxista que pretende asociar mecánicamente a una “condición de clase” la correspondiente “conciencia de clase”… Al respecto, conviene subrayar que los sociólogos que han llevado a cabo investigaciones sobre los jóvenes de los barrios populares señalan, por ejemplo, respecto de estos últimos, “su rotundo rechazo a aceptar la condición obrera”83. Así también, un legislador comunista sostiene que “la miseria conduce rara vez en sí misma a la idea progresista”. “A la inversa, precisa, la miseria sin conciencia conduce a la revuelta que, tal como lo escribía Victor Hugo, "robustece a los gobiernos que […] no logra derrocar. Sirve para probar el ejército; concentra la burguesía […] estira los músculos de la policía; consigna y registra la fuerza de la armazón social. Es una gimnasia, casi un régimen de higiene. El poder goza de mejor salud después de un motín, como el hombre después de una fricción".”84 Por otra parte como lo señala Loïc Wacquant, este “precariado” “se mantiene en estado de simple conglomerado […] compuesto por individuos y categorías heterogéneas y definidas negativamente por la privación social, la falta material y el déficit simbólico. Tan solo mediante un inmenso trabajo propiamente político de agregación y de representación […] se puede esperar que este conglomerado acceda a la existencia y, por ende, a la acción colectiva”85.

La tesis de la “revuelta del precariado” se inscribe en una perspectiva “clásica” derivada de la vulgata marxista. Sin embargo, desde el momento en que uno da por hecho que “el conflicto del capital y del trabajo ha dejado de ser el nervio de la conflictividad”86, dos interpretaciones son posibles: una se focaliza en la transcripción espacial de la segregación social y considera que “la relación con los territorios se ha vuelto central”87, la otra explica la revuelta mediante las nuevas divisiones “étnicas” de la sociedad francesa. En realidad, las dos tesis suelen estar asociadas, y en algunas ocasiones se hace hincapié en la “ghettización”, mientras que en otras en la reivindicación “identitaria”.
La revuelta de los “ghettos”
Al hacer la historia de la política de la ciudad, Jacques Donzelot opone dos tesis: la de aquellos que, como Robert Castel88, consideran que las “violencias urbanas” de principios de los años 1980 señalan “el retorno de la cuestión social”89 y quienes, al igual que él, “prefieren hablar de la cuestión urbana, por ende de un cuestionamiento de la ciudad, de las tendencias que inspiran su configuración y sus transformaciones”: “entre las dos calificaciones, social y/o urbana, de la cuestión de los suburbios, proponemos elegir la segunda”, precisa. No es el único en esta empresa de “espacialización de la cuestión social”90: con un cariz dramático, ésta conduce a explicar la revuelta de noviembre de 2005 como una revuelta de los “barrios populares” (“los grandes conjuntos urbanos” construidos en los años 1960) convertidos en “ghettos” a principio de los años 198091. Según Jacques Donzelot, la cuestión urbana surge “a partir de los años 1970, con la transformación de la mayoría de los grandes conjuntos urbanos en barrios de relegación de los pobres y sobre todo de las "minorías" visibles”: según explica, ésta es producto de un triple proceso de “relegación”, de “peri-urbanización” y de “gentrificación”92. Prácticamente confinadas a sus hogares, estas “minorías visibles” están encerradas en esos “lugares de relegación”, condenadas a “una apremiante intimidad”. Agudizando este aspecto, Alain Touraine anuncia, desde el principio de los años 1990, que “nos acercamos, cada vez más, al modelo norteamericano […] Vamos yendo hacia una segregación en su forma más dura, el ghetto […] Teniendo en cuenta la lógica general de la progresión de la segregación, es de esperar que nuestras grandes ciudades tomen el camino de Chicago”93. En diciembre de 2005, el editorial del número que la revista Esprit dedica a las revueltas urbanas confirma que una fosa urbana ha sido cavada” y que “no se resume en la oposición entre el centro y la periferia”: “la República encierra en un "territorio dado y cerrado" las soluciones a los problemas de todo tipo, lo que exacerba los vínculos identitarios, religiosos y étnicos.”94

En realidad, esta representación, a la vez “espacial” y “étnica” de “la cuestión social” es también la del ministro del Interior y la del Movimiento de los Indígenas de la República95. Según el ministro, “la realidad [de nuestros barrios populares], es que hemos dejado que se desarrollen verdaderos ghettos urbanos en los que franceses, agrupados la mayoría de las veces en función de su origen, sienten que no tienen ninguna perspectiva en la sociedad francesa y no tienen confianza en Francia, viven culturas identitarias al margen de los valores nacionales, han constituido islotes de comunitarismo que agravian a la comunidad nacional”96. Según el Movimiento de los Indígenas de la República, “las poblaciones originarias de la colonización están confinadas en sus lugares de residencia en estas nuevas zonas de indigenado que son los barrios populares”97. Para Yann Moulier Boutang, “la primera victoria, caramente pagada, de los jóvenes participantes de la revuelta es haber hecho de la cuestión del ghetto social, que nadie quería ver sino como algo que ocurría en los Estados Unidos (olvidando que fue inventado en Europa medieval, en Venecia98), un objeto directo de la cosa pública y de la cuestión social.”99 También se encuentra la tesis del “apartheid urbano” bajo la pluma de Dominique Vidal: “conjugado con el racismo que afecta a los jóvenes originarios de la inmigración, este apartheid urbano, negación brutal del "modelo francés de integración", basta para explicar la actual explosión, con fondo de crisis identitaria, a la que contribuye la reafirmación, mediante la ley del 23 de febrero de 2005, del "balance positivo" del colonialismo francés…”100

Oponiéndose a esta banal confusión entre los “barrios sensibles” de los suburbios franceses y los ghettos norteamericanos, Loïc Wacquant muestra que “la declinante banlieue obrera francesa y el gueto negro norteamericano constituyen dos formaciones socio-espaciales diferentes”. Mientras que “la exclusión actúa sobre la base del color y es reforzada por la clase y el Estado en el cinturón negro”, la marginalización en los suburbios rojos se da, ante todo, “sobre la base de la clase” y es “mitigada por la acción estatal”, escribe. Mientras que el geto en los Estados Unidos es “un universo racial y culturalmente homogéneo”, los suburbios populares en Francia son “fundamentalmete heterogéneos en términos tanto de clase como de reclutamiento etnonacional”101. En otras palabras, según él, estos barrios de relegación “no son incubadores de "comunidades" étnicas homogéneas que expresen una demanda de reconocimiento como tal en el espacio público. Por el contrario, las reivindicaciones de sus habitantes son fundamentalmente sociales, ligadas no a la diferencia o a la "diversidad" […] sino a la igualdad ante la policía, la escuela, la salud y, sobre todo, al empleo. Éstas remiten a la esfera social de la ciudadanía y no a la etnicidad (ya sea definida sobre una base nacional, lingüística o confesional)”102. Asimismo, según Hugues Lagrange, “la segregación étnica, que afecta porciones limitadas del territorio y de la sociedad en Francia y Gran Bretaña, no es consecuencia de un encierro comunitario deliberado ni de una secesión generalizada, sino de un proceso de polarización social y étnica en uno de los extremos del espectro social, en sociedades que no logran redefinir su sistema de solidaridad”103. En realidad, cabe preguntar de qué manera se vincula esta transformación de la “cuestión social” en “cuestión urbana” con la abjuración de cualquier propuesta que parezca vinculada, aunque sea de muy lejos, al marxismo. Más prosaicamente, la “cuestión social” remite, en el campo político, a la “lucha de clases”, la “cuestión urbana” a políticas públicas. Por lo mismo, no está de más preguntar lo que el diagnóstico debe a los remedios disponibles… De la espacialización del problema se derivan soluciones posibles (“la política de la ciudad” en sus diferentes variantes, de la cual la revista Esprit es uno de los defensores104). Según Jacques Donzelot, “la seguridad territorial exige que se adopten los medios políticos necesarios para rever la organización territorial, i. e. las formas de solidaridad urbana adecuada en el ámbito de la escuela, del empleo, de la seguridad, de la salud”105. Frente a la lógica de separación de los territorios, escribe, “está planteada la posibilidad de mantener la ciudad, de asegurar una continuidad entre estos fragmentos de ciudad que se cristalizan y se cierran mutuamente”: así es como propone sustituir la “política de la ciudad” (que fue, según él, “el nombre que se le dio a una política de integración de los inmigrantes que nunca dijo su nombre” y cuyo resultado fue un fracaso) por una “política para la ciudad” (“que facilite la movilidad, aumente la capacidad de poder (empowerment) y unifique la ciudad”)106.
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