Formación de la clase obrera (1886-1920)






descargar 212.54 Kb.
títuloFormación de la clase obrera (1886-1920)
página3/6
fecha de publicación07.09.2015
tamaño212.54 Kb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6

El accionar huelguístico

(1919-1930)

La huelga, fenómeno que impactaba a la sociedad colombiana de los años veinte haciéndola temblar, va a ser la forma de resistencia más importante del movimiento obrero en estos años. Sin embargo, la huelga en ese entonces era bien distinta de la contemporánea.
Comencemos por decir que a veces era más una «asonada» o un «motín» que una huelga entendida como un movimiento relativamente preparado y organizado. La huelga de los años veinte era la expresión de la protesta que estallaba espontáneamente, en la mayoría de los casos. observando el movimiento huelguístico en el decenio de los veinte salta a la vista el impresionante accionar iniciado en 1919 y que se prolongará hasta el primer semestre de 1920. Fueron los artesanos de Bogotá los que abrieron la puerta a este vasto movimiento. En julio de 1919 los líderes artesanales y obreros convocaron a manifestaciones de protesta contra la contratación, por parte del Ministerio de Guerra, de la confección de ocho mil uniformes del ejército con firmas extranjeras. El gobierno del presidente Marco Fidel Suárez respondió con el fuego de las armas, dejando un saldo de varios muertos y heridos y cerca de trescientos prisioneros. Luego vendrían las huelgas de mineros de la compañía inglesa de Segovia, Antioquia (agosto de 1919), y la de trabajadores del ferrocarril de la Dorada (diciembre 1919 enero 1920). Paralelamente se produjo una gran movilización campesina en la región del Sinú, dirigida por los centros socialistas de Montería en donde actuaba el ya mencionado Vicente Adamo, a quien, como premio por su actividad, le esperaría la cárcel.
En 1920 encontramos treinta y dos huelgas; cifra excepcional para el momento dada la limitada cobertura de la clase obrera. Dentro de este movimiento huelguístico sobresalieron los ferroviarios (de la Dorada, Antioquia, la Sabana de Bogotá, Valle del Cauca y de Atlántico), los sastres y zapateros (de Medellín, Caldas, Manizales y Bucaramanga) y los trabajadores textileros de Bello, BarranquiUa y Cartagena. La dura crisis fiscal que vivió el país a comienzos de los años veinte presionó a los trabajadores del Estado a una permanente movilización eligiendoel pago oportupo de sus salarios.En ello estuvieron presentes aun los jueces y algunas guarniciones de la policía.
Entre 1921 y 1923 hay un leve descenso en la actividad huelguística. En 1921 se presenciaron nueve huelgas cuatro en 1922 y ocho en 1923. Será en 1924 cuando se presente un nuevo repunte del movimiento de protesta laboral. Parece que al abrigo de las reformas económicas sugeridas por la Misión Kemmerer, el país se recuperaba fiscalmente e iniciaba su apertura al flujo del crédito externo. La inflación se dejó sentir con dureza en esos años de prosperidad económica. Las dieciocho huelgas realizadas en 1924 así lo indican. Entre el 20 y el 22 de abril de 1924 los trabajadores de la empresa municipal del tranvía de Bogotá se lanzaron al paro exigiendo estabilidad laboral y aumento salarial. El conflicto se agravó cuando el superintendente de la empresa dio muerte a un trabajador. Finalmente el concejo municipal accedió a subir salarios, destituir al superintendente y estudiar las otras peticiones obreras. En los meses siguientes, ferroviarios, mineros y trabajadores textiles adelantarán movimientos reivindicativos de gran radicalidad. Para fines de 1924 se gestaba un movimiento de protesta en cerca de catorce empresas de Bogotá, lo que hubiera podido derivar en una huelga general, de no ser por la excepcional intervención del ejecutivo presionando la negociación.
Sin embargo, en Barrancabermeja el 8 de octubre del mismo año, estalló la primera de las grandes huelgas petroleras. La dirección del movimiento se cayó en la Sociedad Unión Obrera dirigida por Raúl E. Mahecha. Los trabajadores aducían incumplimientode lo negociado a principios de año. A pesar de la presencia en el puerto del Ministerio de Industrias, la Tropical Oil Company se negó a la negociación. A los trabajadores no les quedó más recurso que radicalizar el movimiento, lo cual provocó el terror de los empresarios y el gobierno. Ilegalizada la huelga, la «Troco» procede a la expulsión de más de mil doscientos trabajadores, que en su mayoría son deportados de la zona por el gobierno.
La derrota obrera la justificó el gobierno al catalogar la huelga como un movimiento «subversivo».

En diciembre del mismo 1924, los trabajadores de la United Fruit Company lanzaron un paro para denunciar el incumplimiento de la legislación laboral por parte de la compañía norteamericana y para presionar estabilidad y aumento salarial. La división entre los mismos trabajadores y la rotunda negativa del gerente en negociar dieron al traste con el movimiento, que será la semilla del lanzado cuatro años más tarde.
De las catorce huelgas de 1925 merecen ser mencionadas las de los trabajadores del ferrocarril de la Dorada (en enero) y los tranviarios de Bogotá (en diciembre). En ambas, la dura respuesta oficial terminó con cientos de huelguistas encarcelados, otros tantos licenciados y la negativa empresarial a cualquier negociación. Parecería que se quería aniquilar a la clase obrera más que ser aceptada en el concierto nacional.
En contraste con el movimiento huelguístico previo, el de 1926, año de cambio de gobierno del general Pedro Nel Ospina al doctor Miguel Abadía M., mostró algunos triunfos obreros. Primero fueron los braceros de Girardot y luego los trabajadores del ferrocarril delPacifico. La clave del éxito radicó en la amplia solidaridad obrera y ciudadana conseguida. En el caso del ferrocarril del Pacífico (1-3 de septiembre), se logró paralizar al occidente colombiano. Así se entiende que la gerencia de la empresa haya aceptado inmediatamente los puntos centrales del pliego petitorio (aumentos salariales, establecimiento de la jornada laboral de ocho horas, condiciones higiénicas y otras reivindicaciones). Esta huelga fue durante años la huelga modelo para el movimiento obrero. Sin embargo, la euforia obrera no duraría por mucho tiempo.
En enero de 1927, de una forma un poco apresurada, los petroleros de Barranca lanzaron su segunda huelga. De la justeza de sus peticiones dio testimonio el alcalde Luna Gómez que tuvo que renunciar ante la divergencia de intereses con el ejecutivo. A pesar de ser pacífica la huelga, el gobierno entró a suprimirla por la fuerza. En un tranquilo banquete de homenaje obrero al saliente alcalde, irrumpió la policía violentamente dejando un número impreciso de muertos. El gobierno dictó una ley marcial para la región, ilegalizó el movimiento y procedió a los conocidos encarcelamientos, mientras la empresa aprovechaba la situación para producir expulsiones masivas. Así murió por asfixia la segunda huelga petrolera; Raúl E. Mahecha, su líder indiscutible, sería de nuevo encarcelado junto con otros dirigentes.
Esta nueva tónica se prolongaría en los siguientes años. Hacia el 13 de noviembre de 1928, los trabajadores de la United Fruit Company presentaron un pliego de peticiones que, si se analiza cuidadosamente, no era sino el resumen de la escasa legislación laboral existente. Se pedía seguro colectivo, cumplimiento de ley sobre accidentes de trabajo, habitaciones higiénicas, descanso dominical, aumento salarial del 50 %, cesación de los comisariatos, anulación de los pagos por medio de vales, pago no por quincenas sino semanal, contratación colectiva y establecimiento de hospitales. A pesar de lo prudente del pliego y de la pacífica organización de los trabajadores, el Estado, alimentado por telegramas alarmistas de las directivas de la UFC, vio con temor la huelga. Envió en consecuencia, un gran contingente de ejército. El general Carlos Cortés Vargas fue nombrado jefe militar y civil de la zona. En el primer decreto firmado por Cortés Vargas se prohibía la reunión de más de tres personas y se autorizaba al ejército a disparar cuando lo creyera conveniente. El decreto 4, leído en la fatídica noche del 5 al 6 de diciembre, declaraba «cuadrilla de malhechores» a los huelguistas.
Con el señuelo de una posible reunión con el gobernador de Magdalena, miles de trabajadores convergieron en la plaza de Ciénaga el 5 de diciembre. Las horas fueron pasando y no arribaba el alto funcionario. Hacia medianoche, el general Cortés Vargas ordenó el desalojo de la plaza. Los obreros se negaron a ello y, por el contrario, renovaron su ardor con gritos de «Viva Colombia libre», «Viva el ejército colombiano» y uno que otro «Viva la revolución social». La masacre, cuyas reales estadísticas tal vez nunca se conocerán con certeza, se consumó esa fatídica noche. Los obreros, después de la masacre, trataron vanamente de armarse y responder con la misma moneda. Por supuesto, la huelga finalizó unos días más tarde, sin haber conseguido los obreros ninguna de sus peticiones, y teniendo por el contrario que aceptar un sueldo menor del que recibían cuando se inició el conflicto.
Ante esta violenta respuesta del Estado, la clase obrera tendría que replegarse temporalmente, acudiendo a otras formas de resistencia distintas de la huelga. En la zona bananera, por ejemplo, con el cañón de los fusiles aún humeando, los trabajadores en medio de sus faenas comenzaban a componer coplas en las que se recordaban los sucesos, que el Estado quería olvidar, y se generaban mitos como el de Raúl Eduardo Mahecha como «hombre indestructible». Comenzaron a circular leyendas sobre Mahecha de quien se decía que el ejército no lo podía matar. Que le habían disparado mil tiros y apenas le rozaron un pie. Se decía, en fin, que en el forro de los dientes escondía el secreto. Estos mitos devolvían cierta fe a los trabajadores abrumados por tan violenta respuesta del Estado. Así como estos ejemplos de resistencia cuftural, existieron muchos otros cuya enumeración sería de nunca acabar.
La resistencia obrera de los años veinte abarcó formas que iban desde la solidaridad económica familiar o comunitaria, hasta la mitología y el folklore; desde el saboteo oculto a la producción con la destrucción de las máquinas, hasta la insurrección organizada pasando por la huelga. Este es un tema que hasta ahora está abordando, la investigación histórica en nuestro país.
Volviendo sobre la huelga, la forma de resistencia mejor estudiada, podemos decir que en general ella predominó en dos sectores económicos: transportes e industria manufacturera, siendo el peso del primer sector abrumadoramente mayoritario. Además, aunque hay una serie de huelgas lanzadas por sectores típicamente artesanales, fueron los trabajadores asalariados los que más contingentes de huelguistas aportarían. Por último, hay dos características propias de las huelgas de los años veinte que van a disminuir en decenios posteriores. Nos referimos a la solidaridad de clase y ciudadanía que lograron convocar, y a la radicalidad de muchas de ellas. Ambas características son las dos caras de una misma moneda: la rígida actitud del Estado ante la «cuestión social». La clase obrera debía resistir bien invocando a la solidaridad amplia, o bien radicalizándose. Ésta fue la tónica predominante en las relaciones entre el movimiento obrero y el Estado, relaciones que fueron más de exclusión que de mutua aceptación.
Las formas de organización obrera
El carácter espontáneo de muchos de los conflictos laborales explica el porqué muchas veces el lanzamiento de la huelga precedió o se dio simultáneamente con la formación de una organización obrera, generalmenfe un sindicato. Se puede decir que por detrás de cada periódico existía un proyecto organizativo. La difusión de la prensa obrera es, en parte, una difusión de las organizaciones obreras.
En 1910, en Tumaco, se había fundado El Camarada y en Cartagena El Comunista. Para 1916 surgió en Bogotá el periódico El Partido Obrero. En 1919 nacieron El Obrero Moderno de Girardot, El Luchador de Medellín, El Taller de Manizales, y la Ola Roja fundada por Ignacio Torres Giralda en Popayán. En 1920 nace El Socialista, que se mantendría en pie por lo menos hasta mediados de los treinta. Para 1924 se publica en Barrancabermeja el periódico dirigido por Raúl E. Mahecha, Vanguardia Obrera. Por esa misma fecha salen a la luz pública los periódicos anarquistas La Antorcha, El Sindicalista, la Voz Popular, y Pensamiento y Voluntad en Bogotá, y Vía Libre en Barranquilla. El Partido Socialista Revolucionario (PSR) tendrá también sus órganos de expresión como La Humanidad de Cali, dirigida por Torres Giralda, y La Nueva Era, órgano del Comité Central. Para 1928 tenemos otros periódicos obreros de importancia como Claridad de Erasmo Valencia, El Libertador del mencionado Biófilo Panclasta, Sanción Liberal de LJ. Correa, todos ellos en Bogotá, Vox Populi en Bucaramanga y El Moscovita en Ambalema. Hasta los obreros conservadores tendrán su semanario, Unión Colombiana Obrera, publicado en Bogotá. Esto para mencionar sólo los más destacados.
Aunque ya hemos dicho "que la clase obrera contaba con una amplia gama de organizaciones (desde sociedades mutuales y cooperativas, hasta clubes culturales y asociaciones secretas), va ser el sindicato la forma privilegiada por la clase en su resistencia. El Estado, consecuente con la visión laboral que hemos expuesto, no sólo no propició esa forma organizativa, sino que se opuso a ella por distintos medios.
Hasta 1919 existían sólo veintisiete organizaciones «obreras» legalmente reconocidas. Es bueno anotar que algunas eran más asociaciones obreropatronales, que sindicatos propiamente Dichos. En el decenio de los veinte, el Estado reconoció cuarenta organizaciones «obreras», nueve de ellas de segundo grado. Predominaban las organizaciones por oficio o gremiales. El sindicalismo de base no era muv común, y el de industria era prácticamente desconocido. En las actividades económicas, predominó el sindicalismo en transportes y en industria manufacturera, los mismos sectores que habían aportado más al movimiento huelguístico.
En general, la impresión que se tiene al observar los sindicatos existentes en los años veinte es que éstos eran de vida coyuntural (generalmente se creaban a raíz de un conflicto y desaparecían cuando éste se terminaba). Además, como no existían marcos institucionales para el sindicalismo, los trabajadores tuvieron que echar mano a sus tradiciones para organizarse. En este sentido parece que los antiguos clubes culturales y políticos obreros que florecieron en los sitios de concentración trabajadora, asumían la responsabilidad organizativa en los momentos de conflicto. Así se explica que en muchos casos la dirección de la huelga estuviese en manos de activistas obreros o líderes políticos que no rabajaban directamente en la empresa en conflicto. Ello permitió la mayor politización de las organizaciones de resistencia, aunque también las hizo lo más vulnerables al ataque de un Estado y de unos patrones que en cualquier organización obrera veían una amenaza subversiva.
Como los sindicatos no se circunscribían a una empresa, podían tener una visión más de conjunto sobre las formas de explotación y dominación, imperante en el país. Pero al mismo tiempo, esta ventaja organizativa se podía convertir en docilidad, puesto que el Estado y los patronos, especialmente los extranjeros, se negaban sistemáticamente a reconocer la legitimidad de estos sindicatos, aduciendo que estaban conformados por elementos «externos» a las empresas en conflicto.
Hacia finales del decenio comienza a observarse, sin embargo, el surgimiento de algunos sindicatos permanentes inscritos en empresas específicas, que buscan la legalidad. Es decir, hay un desarrollo incipiente y minoritario en términos cuantitativos, de un tipo de sindicalismo cercano al que hoy llamamos de base.Las formas organizativas quedarían truncadas si no hacemos aunque sea una breve consideración sobre los proyectos políticos que agitó la clase obrera en el decenio de los veinte.
Implicaciones políticas de la lucha de la clase obrera en los años veinte
Anteriormente señalábamos que en mayo de 1919 se había constituido el Partido Socialista. Sus adherentes iniciales eran nueve asociaciones artesanales, dos sociedades de beneficencia y tres agrupaciones sindicales obreras.
Como se ve, predominaba el artesanado en su constitución. Además, nótese que el nivel propiamente reivindicativo va a estar muy mezclado con el político, lo cual es una constante del naciente movimiento obrero, por lo menos hasta bien entrado el decenio.
En realidad, el Partido Socialista representó más que un partido organizado, una agrupación política de opinión..En este sentido tendremos tanto una participación «socialista» en los conflictos sindicales (en el caso de las textileras de Bello fue claro), como una inusitada actividad política electoral, que se intensificó en 1921. En las elecciones a la Cámara (marzo), y a los concejos (octubre), los socialistas obtuvieron resonantes triunfos. En Medellín, las listas socialistas superaron a las liberales. En Girardot, los socialistas fueron mayoría en el concejo. En otras poblaciones con concentración obrera, los socialistas consiguieron importantes avances: Honda, La Dorada, Palmira, Dagua, Segovia, Puerto Wilches, Remedios, Puerto Berrío y Dabeiba. Estos éxitos electorales pusieron en alerta al liberalismo,que en sus congresos de Ibagué y Medellín, decidió incorporar algunas reivindicaciones obreras y socialistas en su programa. La adhesión, en 1922, de importantes personajes socialistas a la candidatura liberal del general Benjamín Herrera, hizo que prácticamente el Partido Socialista desaparecieracomo fuerza política independiente.
Por esos años algunas voces obreras comienzan a plantear la necesidad de proyecto político independiente de la clase. En un principio, no se pensaba en la construcción de un partido propiamente dicho. Se decía que con la ruptura del bipartidismo y con el ejercicio real de la democracia por parte del proletariado, ya se habría avanzado bastante. La presencia, cada vez más fuerte en el país, de ideologías internacionalistas como el marxismo y el anarquismo, redundará en la concreción de proyectos políticos más articulados.
En 1923 surgen ciertos círculos de intelectuales y obreros llamados «comunistas». Aunque el inmigrante ruso Silvestre Savitsky era su cabeza visible, jóvenes intelectuales como Luis Tejada, Moisés Prieto y Gabriel Turbay fueron el alma de estos núcleos.
Allí participaban también trabajadores de ferrocarril, tranvía y construcción. Las relaciones entre intelectuales y obreros eran cordiales. Savitsky y Vidales, por ejemplo, redactaron los estatutos del sindicato de albañiles y similares. Las simpatías de estos núcleos por la Internacional Comunista eran evidentes. Merece destacarse la labor literaria de Luis Tejada, que sin lugar a dudas pudo ser más definitiva en la vida política del país, de no haber muerto el escritor repentinamente en 1924. En mayo de 1924 se celebraron simultáneamente dos eventos importantes para la clase obrera colombiana: el Primer Congreso Obrero y la Conferencia Socialista Nacional. Aunque muchos de los participantes del congreso, lo fueron también de la asamblea, hay matices diferenciadores de los dos eventos. En el congreso se discutieron aspectos reivindicativos como la lucha por la jornada de ocho horas; la exigencia de mayor legislación y cumplimiento de la poca existente; el problema de la vivienda obrera; el incremento de las fuentes de trabajo, etc. En materia política, a pesar del ardor con que las distintas corrientes ideológicas expusieron sus planteamientos, ninguna logró un consenso mayoritario y por tanto el congreso se disolvió sin aclarar mucho en este plano. Sin embargo, ya flotaba un cierto ambiente propio para la ruptura con el bipartidismo.
En las horas de la noche, muchos de los delegados al congreso obrero se reunían con otros colegas socialistas en el marco de la Asamblea Nacional Socialista. Allí se avanzó un poco más en materia política. Se acordó rendirle un homenaje al dirigente ruso Vladimir I. Lenin, recientemente fallecido. Días más tarde se aprobó por mayoría abrumadora la adhesión de la asámblea a la Internacional Comunista, aceptando las condiciones por ésta impuestas. Se veía ya el predominio de las corrientes marxistas, en su versión de la IC, y anarcosindicalista, que en parte simpatizaba también con aspectos de la IC y la Internacional Sindical Roja. De hecho, si la fraseología que dominaba a estos círculos era marxista, la práctica era más parecida a la deseada por los anarcosindicalistas. Precisamente 1924 y 1925 serían los años de oro del anarcosindicalismo en Colombia. En Bogotá, en 1924, funcionaba un grupo claramente anarco-sindicalista: la sociedad Antorcha Iibertaria del cual hacía parte el tipógrafo Carlos F. León" Este grupo publicó el periódico La Voz Popular. En 1925, un grupo libertario de Santa Marta publicó el semanario Organización. Este grupo tendría incidencia en la huelga bananera del 28. En 1925 también, en Barranquilla, funcionó por breve tiempo otro grupo anarquista que publicaba el periódico Vía Libre. Este mismo núcleo impulsó, aunque sin grandes resultados, la creación de una Federación Obrera del Litoral Atlántico.
Sin embargo, el mejor momento del anarcosindicalismo se plasmó en el Segundo Congreso Obrero de julio de 1925. De allí surgió el primer intento de confederación de las organizaciones de resistencia obrera existentes: la Confederación Obrera Nacional (CON). Se pretendía que los sindicatos no sólo lucharan por las reivindicaciones económicas, sino que enfrentaron políticamente al Estado y los patronos. La presencia marxista en el Congreso se evidenció en la adhesión que hizo éste a la lC.
El proyecto anarcosindicalista fue rápidamente criticado por distintos sectores obreros e intelectuales que se habían adherido inicialmente a la CON. En ese ambiente comienza a surgir nuevamente la idea de la construcción, de un partido indepeneliente de la clase obrera.
Al calor de resonantes éxitos huelguísticos como los habidos a fines de1925 y a lo largo de 1926 (recuérdense las huelgas de tranviarios y ferroviarios), se reunió en Bogotá, el21 de noviembre de este último año, el Tercer Congreso Obrero. Después de discutir aspectos generales (jornada laboral de ocho horas, por ejemplo) y sindicales (fortalecimiento de la CON y creación de federaciones de trabajadores de transportes), el debate giró en torno a la fundación del partido de los obreros. Mientras la minoría desconocía la necesidad de dicho partido, la mayoría, intluenciada por el marxismo, votó por su construcción. La minoría, en la cual convergirán sectores reformistas y anarquistas (Juan D. Romero, L.J. Correa, Carlos F. León, Biófilo Panclasta y Erasmo Valt;ncia), se opondrá al nuevo partido. Ésta conformará en 1928 un Comité de unidad y Acción Proletaria, que disputará la representación del proletariado en los eventos internacionales. La ruptura estaba consumada.
Por su parte, la mayoría creará el Partido Socialista Revolucionario (PSR). Las disputas de mayoría y minoría del Tercer Congreso Obrero de 1926, redundarían en cierto endurecimiento de los proyectos políticos obreros y con ello se perderá un poco la tradición pluralista del naciente proletariado colombiano. A pesar del endurecimiento político del núcleo más proclive al marxismo, no se puede desconocer en el PSR el mantenimiento de importantes tradiciones obreras.Por un lado, se quiso formar no un partido cerrado de cuadros, sino uno amplio de masas. Si se le designó «Socialista Revolucionario» y no «comunista», fue precisamente para atraer más adherentes. Por otro lado, el PSR mantuvo cierta autonomía en su elaboración política, con respecto a los centros directivos de la IC. El hecho de que tozudamente conservara un criterio de organización no muy leninista, es muestra de ello. EI PSR recogió cierto pluralismo ideológico, aunque esto dio paso al eclecticismo y a la imprecisión de las diferencias ideológicas con el liberalismo.
El PSR contó con características figuras que le dieron un gran prestigio entre los núcleos trabajadores del país. La constante actividad de Raúl E. Mahecha siempre será recordada por trabajadores petroleros y bananeros. Con una imprenta portátil, este infatigable tipógrafo predicaría la liberación obrera haciendo uso de heterodoxos métodos como aquellas charlas informales sobre «hadas» y «aparecidos», charlas en las cuales metía «el veneno» de las ideas socialistas, como él las llamaba. Las giras de María Cano llenarían las plazas públicas y constituirían los antecedentes de las grandes movilizaciones de masas urbanas de los años 40. Con lenguaje sencillo, entre poético, religioso y político, María Cano llegaría con su mensaje al corazón del obrero colombiano de los años 20. La labor tesonera de Ignacio Torres G., Tomás Uribe Márquez y Alberto Castrillón, merecen también ser destacadas.
El tratamiento de la «cuestión social» por parte de los últimos gobiernos conservadores, hizo que el movimiento obrero en su conjunto se alejara del Estado. Esta situación objetiva hizo pensar a los dirigentes del PSR que el fin de la Hegemonía Conservadora estaba pronto, pero que había que corregirlo. Desde 1927, el PSR en su convención de la Dorada, decidió apoyar un plan insurreccional que también venía calentando las mentes de algunos dirigentes liberales «guerreristas». Para este fin se creó un organismo clandestino, el Comité Central Conspirativo Colombiano(CCC). La actividad general y política se relegó a un segundo plano, para privilegiar el plan insurreccional. Despuésde intentos frustrados por lanzar una insurrección que coincidiera con alguna de las grandes huelgas del río Magdalena o de la zona bananera, se decidió que el 28 de julio sería el gran día. La fecha fue escogida en concordancia con el general rebelde venezolano Arévalo Cedeño. A última hora éste pospuso su levantamiento y el CCC se vio obligado a aplazar el golpe en Colombia. Pero la noticia desafortunadamente no llegó hasta apartados sitios como Líbano, San Vicente y La Gómez. Allí aislados núcleos obreros y artesanos una vez lanzados a la insurrección se enteraron de la ausencia de un movimiento nacional, viéndose obligados a pasar a una difícil resistencia. Con estos eventos se sellaba la suerte futura no sólo del PSR, sino de la clase obrera misma, si se tiene en cuenta que éste cristalizaba muchas de las tradiciones y anhelos de la clase. El movimiento obrero que, como lo reconocería posteriormente el presidente Alfonso López P., contribuyó decididamente a la caída del régimen conservador, no pudo cosechar como merecía los frutos de su infatigable actividad.
1   2   3   4   5   6

similar:

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconEl Salvador será un lindo / y sin (exagerar) serio país / cuando...

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconLa constitucionalidad del carácter orgánico del decreto con rango,...

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconI. la revolucion industrial y la cuestion obrera

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconDia 13 de Noviembre de 1920

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconIii la iglesia colombiana de 1820 a 1886

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconEstructura de la Constitución Política de Colombia de 1886

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconDe la revolución a la nueva estructuración de la sociedad: 1920-1940

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconTema: mi entidad de 1920 a principio del siglo XXI

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconPrimer gobierno de Arturo Alessandri Palma (1920-1925)

Formación de la clase obrera (1886-1920) icon2. A. CÁNovas. Discurso pronunciado en el congreso de los diputados. 3-vil-1886






© 2015
contactos
ley.exam-10.com