Formación de la clase obrera (1886-1920)






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títuloFormación de la clase obrera (1886-1920)
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Los valores y las expresiones culturales de la nueva clase
Como en el caso de las tradiciones, la clase obrera colombiana no nace en el vacío. De hecho muchos de los valores de la naciente clase obrera, lo eran también de la sociedad colombiana en su conjunto. Es la forma como la clase se apropia de ellos y los desarrolla en sus luchas, lo que les da la fisonomía propia. Ante todo digamos que el obrero de los años veinte se veía a sí mismo como un ser honrado, responsable con su trabajo, diligente y creativo. El trabajo lo hacía digno y lo enaltecía. Su carácter de nueva clase valientemente lo proclamaban cuando decían que no eran ni siervos ni esclavos y exigían un trato «justo», acorde con su dignidad obrera.
Uno de los valores más codiciados por la naciente clase obrera era la educación, que se entroncaba en la tradición racionalista de la que ya hablábamos. La función de la prensa obrera va a ser precisamente promover esa anhelada educación. La educación haría acceder a los trabajadores a la razón, a la ciencia y al progreso. La tarea educativa era, por tanto, una tarea liberadora para los primeros núcleos obreros. Como se desprende de lo anterior, la educación era concebida como instrucción política, aunque también se hacían llamados a la superación del analfabetismo y al acceso del saber común de la sociedad. La ausencia de esa educación política era concebida como una gran traba para la consecución de la libertad.
En algunos círculos obreros, influenciados por la iglesia católica, la educación prestaba, además de una función moralizadora, otra de promoción personal y de ascenso social. Sin embargo, ésta no fue la visión predominante en la naciente clase obrera colombiana.
Acompañando a la labor educativa, los primeros núcleos obreros de distintas orientaciones ideológicas empredieron una verdadera batalla contra los vicios entendidos como manifestaciones irracionales de los trabajadores. Entre estos vicios descollaba el problema del alcoholismo. El consumo exagerado de bebidas embriagantes (en especial chicha, cerveza y aguardiente) era visto como un gran obstáculo para que la clase obrera adquiriera un papel de protagonista en la transformación social que el país necesitaba.
Aunque la campaña antialcohólica era una cruzada apoyada por distintos estamentos sociales, los obreros le darían su sello propio. En general dicha campaña se enmarcaba en el debate, por ese entonces en boga, sobre la «degeneración de las razas». Durante los años veinte no faltaron las voces que postularon que nuestras razas tropicales -entiéndase por éstas las clases bajas- no se podrían adaptar a la modernización creciente de la sociedad. Estas voces encontraban en el alcoholismo un argumento para justificar sus sospechas de que sí existían razas degeneradas en nuestro medio.
Los sectores empresariales colombianos, aunque sin acoger todo el argumento racista, opinaban que el alcoholismo significaba una disminución en la productividad del trabajo. La Iglesia por su parte, entendía el alcoholismo como una degeneración más moral que racial y con igual ahínco lo combatió.
En este panorama cultural, ¿cuál fue la posición obrera ante el problemadel alcoholismo? Ciertamente no se compartía la teoría de la «degeneración de las razas». Por el contrario, ya veíamos cómo el obrero se concebía como un ser humano con valor. Además la tradición socialista, alimentada por el racionalismo, señalaba a la clase obrera como el último y más elaborado fruto de la evolución social. El anarquismo y el marxismo predicaban que la clase obrera era la clase portadora de la bandera de la liberación para toda la humanidad, Por ello, la clase obrera no se consideraba una «raza degenerada». Sin embargo, también le preocupaba el problema del alcoholismo. Este, entonces, era un obstáculo a superar; una traba que ciertamente podía «degenerar» a algunos de sus miembros, pero no a la clase en conjunto.
Ahora bien, no se necesita mucha malicia para descubrir que por detrás del debate sobre el alcoholismo estaba el problema del control del tiempo libre de los trabajadores. Era común que los obreros a la salida del trabajo y en los dominicales, se reunieran en tabernas o bares a consumir alcohol.
Esto era mal visto por los empresarios y el clero, por las razones arriba anotadas. Para los activistas obreros también esta práctica popular era criticable pues se perdía un tiempo que se podría aprovechar en el estudio político y la organización. Sin embargo, a pesar de las campañas de lado y lado, los sectores populares urbanos, y en particular los obreros, siguieron acudiendo a la cita casi diaria en la taberna o en el bar. Pero, podemos preguntamos antes de condenar, ¿qué representaba esta práctica? Parece ser que por detrás del consumo del alcohol existía la necesidad de reunirse, de sentirse en comunidad después de una jornada de trabajo despersonalizadora, de comunicarse, de intercambiar opiniones.
De hecho, contra el querer de muchos sectores sociales y aun de dirigentes obreros, los bares y tabernas jugaron un papel cohesionador en la naciente clase obrera. Esto es más claro aún para las concentraciones obreras en aquellas actividades extractivas de propiedad del capital norteamericano (especialmente en la zona bananera de la Costa Atlántica y en la petrolera del Magdalena medio). Allí, por tratarse de una típica economía de enclave, los obreros, que vivían en hacinamientos humanos de reciente formación, no tenían más diversión que acudir a dichos sitios. Como se ve, la lucha contra el alcoholismo, aunque tiene su matiz entre los obreros, no es un valor contradictorio, como en últimas todos los valores lo son.
La clase obrera colombiana, especialmente sus sectores más politizados, trató además de desarrollar todo un comportamiento ético que, sin negar el predominante en la sociedad, le diera una identidad como nueva «comunidad social». Es así cómo en apartados municipios del territorio nacional, al mismo tiempo que surgieron distintas organizaciones de resistencia obrera (cooperativas, clubes culturales o sindicatos) éstas se iban dotando de un código de comportamiento moral propio.
En esto influyeron indudablemente las prácticas éticas tanto de sociedades mutuales y cooperativas, como de sociedades teosóficas, logias masónicas y sociedades secretas que en algunos municipios habían florecido desde fines del siglo XIX. Los núcleos obreros más militantes practicaron, por tanto, distintos ritos de iniciación que iban desde juramentos a la bandera de la asociación obrera, hasta bautismos y matrimonios «socialistas». En Líbano, Tolima, artesanos y obreros se casaron en los años veinte según un rito que era el mismo de las sociedades secretas que allí funcionaban desde mucho antes, con un nuevo lenguaje «socialista». Lo mismo sucedió, aunque en forma aislada, en distintos sitios como Dagua (Valle), Barrancabermeja y la zona bananera.
Ahora bien, explícitamente se decía en las actas que se levantaban de tan singulares ceremonias, que estos ritos no excluían las prácticas religiosas tradicionales del pueblo colombiano, que seguramente seguirían siendo las de la mayoría de los trabajadores.
Paralelamente a estas prácticas de identificación de la nueva «comunidad social», la clase obrera, desde su nacimiento, va desarrollando valores nuevos y propios de ella. Nos referimos principalmente al espíritu de cooperación, a la solidaridad y a cierto radicalismo social.
Aunque el espíritu de cooperación se remonta a las sociedades democráticas y a las sociedades mutuales, es en el siglo xx cuando se llega a su mejor expresión a través de las cooperativas de producción y consumo, y de las cajas comunales de ahorro. Es por ello que en los años veinte comienzan a desarrollarse dichas organizaciones, que no son exclusivamente impulsadas por la Iglesia. Aunque tal vez las más exitosas serían las de influencia clerical, y dentro de éstas, las establecidas por el padre José M. Campoamor, los sectores socialistas y aun anarquistas también las impulsaron.

La solidaridad de clase es tal vez la expresión más nítida de la naciente clase obrera. Las continuas llamadas al apoyo de otros sectores en conflicto, que aparecen en la prensa obrera de los años veinte, muestran cómo la clase va identificando lo que la une más allá de la diversidad de actividades y de patrones que ella enfrenta. La huelga de apoyo y la huelga general, que se presentan tenuemente en esos años, serán la mejor expresión de dicha solidaridad.
El desarrollo de un radicalismo social en los años veinte, puede ser considerado también como otro valor propio de la clase obrera en gestación. Este radicalismo social, que ampliaremos en el siguiente punto, se manifestó en la impresionante actividad huelguística, en la tendencia a la generalización de la protesta social y en la militancia política bien en las toldas socialistas o en las anarquistas.
Ahora bien, el discurso ético y cultural obrero de los años veinte no fue homogéneo y totalmente coherente. Por ejemplo, a los campesinos se les trata a veces como aliados, a veces como potenciales enemigos, o a veces se les ignora simplemente. A la mujer se le dedican algunas páginas de denuncia de la opresión patriarcal y contradictoriamente, al mismo tiempo en otras páginas, se realimenta la ancestral tradición machista inscrita en la cultura popular.
Pero estas contradicciones son explicables no sólo por el momento social que vivía el país, sino porque la contradicción era inherente a las mismas tradiciones y valores adoptados por los obreros en sus luchas de resistencia.
Contexto socioeconómico de la formación de la clase obrera en los años veinte
Ha llegado el momento de abordar el accionar concreto de la clase obrera en el último decenio estudiado. Sin embargo, éste no se puede entender si no lo relacionamos mínimamente con el contexto socioeconómico y político del país en el cual surge la clase obrera, interesándonos destacar lo relativo a la explotación, a las formas de dominación y de comportamiento del Estado y los partidos tradicionales ante la naciente clase.
La economía colombiana de los años veinte, que ha sido desarrollada en otros capítulos, vive un momento de transición de un modelo orientado al sector externo, a uno que pone más énfasis en la ampliación de un mercado interior y en el desarrollo de una industria nacional. La primera guerra mundial había mostrado la debilidad de una economía que dependía de los productos manufacturados del exterior. Lentamente se habían establecido en el país algunas industrias de bienes de consumo como textiles, bebidas, prendas de vestir, calzado, jabones, etc. Al mismo tiempo el flujo de créditos norteamericanos, acompañados de los veinticinco millones de dólares de la indemnización por Panamá, van a significar un gran impulso a las obras públicas, en especial las vías de comunicación. Estas últimas concentraron un significativo número de trabajadores.
La naciente clase obrera, ubicada en esos sectores dinámicos, va a enfrentar dos lógicas de explotación derivadas del momento de transición que vivía la economía colombiana en los años veinte. La lógica exportadora, apoyada en diversas formas de coacción extraeconómica, hará que los primeros obreros tengan que luchar contra forma de contratación indirecta (como los «contratistas», por ejemplo), el pago de abultadas deudas y le multas, el monopolio comercial de los productos de subsistencia por parte de algunas empresas (especialmente de economía de enclave) y, en general, lo que los trabajadores llamaron «un trato injusto». La lucha contra las extensas jornadas de trabajo (se presentabancasos de doce y hasta quince horasdiarias de trabajo), el empleo a destajo (que disfrazaba largas jornadas de trabajo) y el descenso del salario nominal, hacía parte también de la resistencia obrera contra esta lógica de explotación anclada en el tradicional modelo agroexportador.
Al mismo tiempo, con la transición nacia una economía más integrada internamente y con incipiente industrialización, se insinuaba una nueva lógica de explotación de la fuerza de trabajo. Una lógica más capitalista, en donde el énfasis se ponía en el aumento de la productividad del trabajo a través, bien de métodos de racionalización odel trabajo o bien de nueva tecnología y maquinaria más eficiente. En este sentido, interesaba a los empresarios tener una mano de obra más libre y más motivada al trabajo. Aquí se inscriben las abundantes luchas obreras de los años veinte por un mejor salario, estabilidad laboral, condiciones higiénicas y ciertas comodidades en el sitio de trabajo, prestaciones sociales y ampliación o cumplimiento de la escasa legislación laboral. Con esta última reivindicación a tocamos al aspecto clave de las formas de dominación política que enfrentó el movimiento obrero del decenio de los veinte. La misma coyuntura de transición estaba obligando al Estado, en manos conservadoras en todo el período estudiado (1886-1930), a abandonar en la práctica el dogma del laissezfaire y adoptar medidas interventoras tanto en materia económica, como en aspectos sociales. Sin embargo, la evidencia encontrada hace pensar que los últimos gobiernos de la Hegemonía Conservadora tuvieron más éxito en la intervención en economía, que en lo social propiamente dicho.
En material laboral no se avanzógran cosa. Aunque desde 1907 existía una ley sobre descanso dominical para empleados públicos, fue en 1915 cuando se inició la legislación laboral en el país.El proyecto de ley sobre accidentes de trabajo, presentado el año anterior por el general Rafael Uribe Uribe, se convirtió en la ley 57 de 1915. En 1918, la ley 46 exigía la construcción de habitaciones higiénicas para los trabajadores. Las primeras leyes sobre huelgas, la 78 de 1919 y la 21 de 1920, se elaboraron al calor del primer movimiento de protesta obrera de vasta magnitud. Ambas leyes trataron de legalizar, y por tanto controlar, el fenómeno huelguístico. Se establecieron etapas previas a la declaratoria de la huelga, se permitió el ésquirolaje y se prohibió la huelga en los sectores catalogados como servicios públicos. Las leyes 37 de 1921 y 32 de 1922 hablaban de un seguro colectivo y obligatorio para todos los trabajadores de una empresa. La ley 57 de 1925 versaba sobre accidentes de trabajo. La ley 15 de 1925 establecía las condiciones de higiene social y asistencia. La ley 57 de 1926 estipularía el descanso dominical para todos los trabajadores. Aparte de estas leyes, y del establecimiento de la Oficina del Trabajo como dependencia del Ministerio de Industrias, en 1924, no hay más legislación laboral en el período estudiado. Por el contrario, el Estado hará aún continuos pronunciamientos de no intervención en los conflictos sociales, y más bien acudirá a la cruda represión, como sucedió especialmente a partir de la Ley Heroica del 30 de octubre de 1928.
Por ello se puede decir que para la Hegemonía Conservadora, la «cuestión social» fue más una «cuestión de orden público». Ampliemos este punto. Para la élite conservadora en el poder, anclada aún en el laissefaire económico, el Estado debía dejar que las fuerzas del mercado libremente solucionaran los diferendos salariales. En este caso concreto las fuerzas del mercado eran el capital y el trabajo. Ahora bien, si el conflicto salía de los marcos económicos, entonces ya era cuestión de orden público. Como el Estado no debía inmiscuirse en la negociación económica, su función no debía ir más allá de promulgar unas pocas leyes laborales y mantener una Oficina del Trabajo dedicada más a informar al ejecutivo que a presionar la negociación. Lo demás correspondía al Ministerio de Gobierno o a las Fuerzas Armadas. Estos últimos eran los que aparecían ante el obrero como la imagen del Estado. En este sentido, la clase obrera era objetivamente excluida como clase del juego democrático. El obrero, aunque podía participar en el sistema político como «ciudadano», no podía hacerlo como clase.
El Estado bajo la Hegemonía Conservadora por tanto, no daba cobertura a todos los sectores sociales. De ahí se concluye que estos sectores sociales no vieran como «legítima» la dominación de ese Estado. La adhesión obrera a ideologías evolucionarias es una consecuencia a esta ausencia de consenso entorno al Estado. Para los liberales colombianos, por el contrario, la existencia de la clase obrera era inevitable. Más aún, la contradicción capital-trabajo, en el plano económico, era vista como algo natural y propio del desarrollo económico. El Estado, en consecuencia, debía trabajar por la coexistencia pacífica de las clases. Al no entender los gobiernos conservadores, las peticiones económicas obreras, producían una radicalización política de estas últimas, radicalización que el liberalismo tampoco veía con buenos ojos. Sin embargo, los liberales acusaban a los gobiernos conservadores, en especial al de Miguel Abadía Méndez, de exagerar el peligro revolucionario colocado por la clase obrera, para justificar políticas regresivas. Los revolucionarios, decía la prensa liberal, eran «exóticos» para el país y no pasaban de ser un pequeño puñado.
La respuesta sugerida por los liberales a los conflictos laborales era la combinación de una oportuna intervención del Estado en los conflictos laborales -enviando tropas para prevenir disturbios y presionando a las dos partes a negociar- con la aplicación de una serie de políticas laborales y de bienestar que hicieran que los obreros se sintieran también representados y atendidos por el Estado.
Esta será la lógica que el liberalismo pondrá en ejecución una vez acceda al poder. Para el movimiento obrero, la lógica de dominación que debió enfrentar fue la conservadora. Muchas veces sucedió que cuando se adelantaba un pacífico movimiento de protesta laboral, el gobierno conservador de turno consideraba, instigado por los empresarios (especialmente extranjeros), que se había salido del marco económico y por lo tanto dejaba en la policía o el ejército la «solución» del conflicto. Por supuesto que los obreros, que se sentían amenazados, se lanzaban a una respuesta también violenta. De ahí que la historia sindical de los años 20 está plagada de enfrentamientos sangrientos, teniendo en la masacre del 5 de diciembre de 1928, en Ciénaga (Magdalena), el evento más luctuoso de toda la historia de la dase obrera colombiana.
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