Formación de la clase obrera (1886-1920)






descargar 212.54 Kb.
títuloFormación de la clase obrera (1886-1920)
página1/6
fecha de publicación07.09.2015
tamaño212.54 Kb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6
LA CLASE OBRERA COLOMBIANA

(1886-1930)

I

Mauricio Archila
El 13 de febrero de 1920 algo inusitado sucedía en la pequeña población de Bello, distante 10 km. de Medellín. Las trabajadoras de la fábrica de tejidos de Bello, en número aproximadode 350, estaban apostadas enlas puertas de la fábrica para impedir que el resto de los trabajadores, unos 150 (en su mayoría varones), ingresaran al sitio de trabajo. Encaramada en un taburete, Betsabé Espinosa, la conductora de tan sorprendente movimiento, dirigía un incendiario discurso a sus compañeras. No podemos soportar más la situación que vivimos, les decía: «Estamos trabajando once horas diarias y se nos, paga en promedio 1,50 pesos por semana, cuando cualquier peón de construcción gana entre 3 y 3,60 pesos semanales, o cualquier empleado de la industria textil gana 1,35 pesos diarios, eso para no hablar de los sueldos de los gerentes o de los gobernantes y como si esto fuera poco -agregaba la líder - se nos imponen multas constantes que a veces abarcan el total de nuestro salario semanal. Cuando no podemos trabajar por enfermedad, no se nos reconoce nada. Además, por absurdos motivos, no se nos deja entrar calzadas a la fábrica y para colmo de males los vigilantes nos dan un trato denigrante. Basta ya, esto no puede seguir así. ¡A la huelga!».
Efectivamente la actividad se paralizó totalmente en la fábrica de tejidos de Bello por más de veinticinco días. Era ésta una de las treinta y dos huelgas que el país presenció en el año 1920. Como la gran mayoría de ellas la huelga de Bello estalló sin gran preparación, de un día para otro.
Lo sorprendente del suceso radicaba no tanto en el estallido de una huelga -pues ésta, mal que bien, ya se conocía en Colombia desde 1910 o incluso antes - sino en lo que significaba la irrupción en el escenario nacional la clase obrera. Ella estaba formada por un pequeño porcentaje de población (no más del 5 %) que, sin embargo, estaba ubicado en las áreas estratégicas de la economía (vías comunicación, industria manufacturera, actividades extractivas y agricultura moderna). En estas páginas intentaremos, por tanto, describir la formación de esa nueva clase y señalar el impacto que ella tuvo en la vida del país en el período llamado de «Hegemonía Conservadora» (1886-1930).
Formación de la clase obrera (1886-1920)
A pesar de la sorpresa que causaba la irrupción de la clase obrera en los años veinte, en realidad su gestación se venía preparando desde muchos años antes. No sólo nos referimos a los procesos económicos que objetivamente la crean, o a los proyectos políticos de estabilización de la dominación. Estamos hablando también del conjunto de tradiciones y valores que van a contribuir a la formación de la nueva clase cuando los factores económicos y políticos hagan posible su existencia. Lo que se quiere mostrar es que la clase obrera no es el mero resultado de Ia combinación de técnicas y formas políticas externas, sino que también su «cultura» juega un papel destacado en su formación.
Con el desarrollo incipiente del modelo exportador a mediados del siglo pasado, los artesanos neogranadinos se vieron obligados a defender sus intereses en contra del librecambismo defendido por gran parte de las élites criollas. Surgieron así las primeras asociaciones de defensa de los trabajadores manuales: las sociedades democráticas. Aunque en un principio tenían un carácter marcadamente cultural, lentamente fueron asumiendo posiciones políticas proteccionistas, hasta desembocar en un apoyo militante a la corta dictadura del general José María Melo. El fracaso de esta revolución de 1854 significaría también la derrota política de los núcleos, artesanales militantes. Aunque muy golpeadas, las sociedades de defensa de artesanos y trabajadores manuales no desaparecieron del país, como lo atestigua la participación de artesanos en el levantamiento urbano contra los «ricos», principalmente comerciantes alemanes, sucedido en Bucaramanga en 1879. En otra revuelta, la del pueblo bogotano el 15 y 16 de enero de 1893, una organización, llamada Sociedad de Artesanos, estuvo al frente de la movilización. Los hechos en Bogotá se produjeron en protesta contra algunas acusaciones de inmoralidad de los artesanos. Según se dijo en el momento, el movimiento había sido inspirado por «ideales anarquistas», lo cual fue expresado por la multitud que enarboló banderas negras anarquistas y agitó la consigna de «¡Viva la comuna!». Sin embargo, estas expresiones políticas del artesanado no fueron lo predominante de su actividad a fines del siglo pasado. La actividad reivindicativa tendrá que esperar unos años más para poder resurgir con fuerza.
Los trabajadores manuales de fines del siglo pasado, sin embargo, buscarán mitigar sus condiciones de existencia a traves de la ayuda mutua. En ese sentido comienzan a desarrollarse en el país, a finales del siglo XIX, sociedades de mutuo auxilio. Los estatutos de la Sociedad de Socorros Mutuos de Manizales en 1889, por ejemplo, señalaban que ésta se había creado con el objetivo de dade ayuda a los trabajadores que enfrentaban calamidades como enfermedad, exilio, prisión o muerte. A través de una contribución semanal de 10 centavos se creaba un fondo para atender esos riesgos. Como esta sociedad surgieron otras similares en las principales ciudades del país.Aunque en ella podía participar cualquier persona, independientemente de su actividad económica, en realidad predominaron los artesanos en su composición. Muchas de ellas Fueron promovidas por la Iglesia, y cumplían además funciones de control moralsobrelos afiliados. Esto no obstaba para que el gobierno de regeneración mirara con recelo a algunas de ellas. Tal fue el caso de la Sociedad de MutuoAuxilio de Bucaramanga que seliquidó en 1890por sospecharse que Había sido convertida en un club político. En 1892 volvería a reconstruirse con la previa aprobación del gobernador y del cura párroco.
A raíz de la separación de Panamá, 3 de noviembre de 1903, se formó espontáneamente un movimiento de protesta contra la intervención norteamericana. Numerosas organizaciones mutuales, juntas de vecinos y personalidades exigieron del gobierno del presidente José Manuel Marroquín la adopción de medidas en defensa de la integridad nacional. Paralelamente se organizaron recolectas de dinero y movilizaciones de protesta. Sin embargo, fueron vanos estos esfuerzos pues ya el hecho estaba consumado y las élites colombianas, aunque molestas, buscaban acomodarse a la nueva situación.
La tradición anti imperialista siguió viva en los sectores populares urbanos que nuevamente se expresaron en marzo de 1909 en el rechazo al pacto trÍpartito firmado por representantes de Colombia, Panamá y los Estados Unidos. Colombia, por medio de este tratado, reconocía a la República de Panamá, y a cambio recibía una pequeña compensación por parte de los Estados Unidos. Las protestas urbanas de febrero y marzo del mismo año expresaron tanto el descontento con el tratado como con la dictadura del general Rafael Reyes (1904-1909). La caída del general Reyes aplacaría temporalmente la movilización popular. Pero un año después el pueblo bogotano declararía un boicot total a la empresa norteamericana que manejaba el tranvía. Durante casi seis meses los bogotanos se movilizaron a sus sitios de trabajo o bien a pie o bien utilizando algunas carretas de bueyes prestadas por hacendados de la Sabana de Bogotá. Finalmente se solucionó e1conflicto con la municipalización deI tranvía, aunque el gobierno pagó una exorbitada suma de dinero en compensación a la compañía americana.
A pesar de que las anteriores movilizaciones no fueron promovidas exclusivamente por los artesanos o los aislados núcleos obreros que comenzaban a surgir en el país, se da por descontada su activa participación. Al abrigo del desarrollo del transporte, especialmente fluvial, y del surgimiento de algunos establecimientos industriales en ramas como alimentos, bebidas, velas y jabones, y más recientemente, textiles, comenzaron a formarse pequeñas concentraciones de trabajadores manuales asalariados.
Es en este contexto en el cual aparece explícitamente el fenómeno de la huelga en el pais. Aunque hay evidencia histórica de que la huelga había sido ya utilizada por aislados grupos asalariados en el siglo pasado - en el ferrocarril del Pacífico en noviembre de 1878 y en el entonces estado de Panamá, en febrero de 1884, por parte de los trabajadores del Canal - fue la huelga de braceros de Barranquilla, de febrero de 1910, la primera que se conoció ampliamente en el país. El conflicto nació como protesta contra la larga jornada de trabajo (diez horas) y los bajos salarios. Rápidamente se generalizó a otros braceros y demás sectores asalariados del puerto. Ante el intento de esquirolaje, los obreros respondieron violentamente impidiendo el acceso al trabajo. Era un pequeño microcosmos de lo que sucedería diez años más tarde. Después de cuatro días, el conflicto se solucionó, previa intervención del gobernador del Atlántico: las empresas navieras reconocieron un sustancial aumento salarial, pero nada se dijo sobre la jornada de trabajo.
Paralelamente los trabajadores manuales comenzaron a dotarse de formas organizativas acordes a sus necesidades. En 1909 el gobierno reconoció el primer sindicato: la Sociedad de Artesanos de Sonsón. Esta sociedad, promovida también por la Iglesia, estaba conformada por sastres, zapateros y otros artesanos.
El cansancio con los partidos tradicionales llevó a los trabajadores al organizar grupos políticos independientes. En 1911, algunos núcleos artesanales hablaron de la urgencia de organizar un partido obrero para elevar su voz unificadamente ante los poderes públicos. La iniciativa cuajaría unos cinco anos más tarde. Algunos periódicos obreros comenzaron a hablar de la «emancipación de los hijos del trabajo».
En 1913 surgió en Bogotá una organización que pretendía aglutinar a los distintos gremios obreros existentes. Se llamó la Unión Obrera>. En tres meses de actividad logró congregar a 15 gremios con cerca de 3.500 afiliados. Su plataforma de acción rechazaba la acción política tradicional y propugnaba por la alfabetización, la batalla contra el alcoholismo, el estíomulo al ahorro, etc. El ejemplo de Bogotá fue seguido por otras poblaciones con concentración obrera como Honda en donde se creó, en 1915, la Unión Obrera Local.
El primero de mayo comenzó a celebrarse públicamente en Colombia en 1914. Aunque se hacían modestos desfiles y pomposos actos culturales en recintos cerrados, se observa claramente la intención de vincularse al movimiento obrero mundial. En enero de 1915, cerca de seiscientos obreros firmaron en Bogotá un manifiesto que convocaba a la fundación de un partido obrero. Como primer paso se publicó un periódico del mismo nombre. Los objetivos programáticos eran similares a los de las mutuales del siglo XIX. Lo novedoso radicaba en la abierta ruptura con los partidos tradicionales. El proyecto tuvo corta existencia.
Bogotá será sede de la reunión obrera más resonante de todo el decenio de los diez. En mayo de 1919 distintas organizaciones obreras y artesanales convocaron a una asamblea obrera, la primera de carácter nacional. La principal y casi única labor de ese congreso fue la creación del Partido Socialista, el cual subsistirá sólo hasta1923. El partido representó la síntesisde las tradiciones heredadas por la naciente clase obrera. La bandera del nuevo partido fue roja y su lema -bien diciente-: «Libertad, Igualdad y Fraternidad.» Su plataforma reivindicaba un socialismo moderado que no buscaba la abolición del Estado sino su democratización.
Antes de avanzar en el estudio del decenio de los veinte, es necesario señalar que además de las diversas organizaciones gremiales y políticas, los obreros colombianos contaban con una rica tradición cultural que se expresaba tanto en sus periódicos como en otras formas organizativas, las cuales iban desde grupos espiritistas hasta sociedades secretas. Aunque aún no hay mucha evidencia al respecto, la investigación histórica ha mostrado que en el país existían activos clubes culturales conformados por obreros, artesanos e intelectuales. Por ejemplo don Rodolfo Carro, padre de la famosa líder socialista de los años veinte, María Cano, fue un gran difusor del espiritismo en la capital antioqueña. En torno a él, un grupo de intelectuales que se nutriría de esta tradición, la proyectaría luego sobre sectores de la naciente clase obrera.
En la apartada población tolimense de Líbano, existían desde comienzos de este siglo unas semic!andestinas sociedades teosóficas. Estas recibían abundante literatura de España. No dejaba de ser notable que en un país abrumadoramente católico, los núcleos artesanales y obreros hicieran esas rupturas con la religión oficial. Las sociedades teosóficas, por tanto, representaban una forma organizativa al margende lo establecido.En este sentido abonaban el terreno para posteriores organizaciones sindicales y socialistas que funcionaron en el municipio tolimense. Todo parece indicar que el caso de Líbano no fue único. Grupos espiritistas, teosóficos y hasta masones, contribuirán a la formación de la clase obrera. En otras palabras, la clase obrera colombiana no nace en los años veinte con las manos vacías.
Por el contrario, posee una rica herencia de tradiciones y valores compartidos por gran parte del pueblo colombiano. Dicha herencia adquirirá características propias a medida que la clase obrera enfrente las formas concretas de explotación económica y de dominación política en los años veinte. Consideremos primero el arsenal cultural con el que nace la clase obrera, para luego analizar los distintos mecanismos de resistencia implementados por la clase en dicho decenio.
Las tradiciones heredadas por la naciente clase obrera
La clase obrera colombiana irrumpe en el seno de una sociedad educada, desde los tiempos coloniales, en algunosvalores occidentales. A las tradiciones católicas e hispánicas, se les unen en el siglo pasado el utilitarismo y el racionalismo positivista, encarnados éstos en el radicalismo neogranadino de mitad de siglo. Por otro lado, la preocupación por las clases menos favorecidas (plasmada tanto en el pensamiento del papa León XIII como en las corrientes neoliberales y en el socialismo), también tocará playas colombianas a comienzos del siglo xx. No es extraño, por tanto, que diversas tradiciones conformen el bagaje cultural de la naciente clase obrera. Principalmente destacaremos tres: cristianismo, racionalismo liberal y socialismo. A pesar del antagonismo de estas tradiciones, la clase obrera las integrará en una síntesis muy particular. Veámosla a continuación.
Los obreros colombianos recogen ante todo una cierta tradición cristiana aunque no exactamente católica. Se rechazaba todo lo que de ella indujera a la resignación o al mantenimiento del orden establecido. Se insistiría entonces en los aspectos progresivos del cristianismo: la rebeldía de Jesús, las denunciasde los profetas y de los SantosPadres contra la riqueza, y las formas de vida colectiva desarrolladas por las primeras comunidades cristianas. En este sentido se intentaba rescatar un cristianismo «puro», distante de las prácticas de la Iglesia y del partido conservador, que se decía defensorde la catolicidad.El cristianismo de los primeros núcleos obreros era un cristianismo de la rebeldía, más parecido al de los esclavos en su resistencia al Imperio Romano, que al de las opulentas cortes cardenalicias. Por ello, participando los obreros de la más poderosa tradición de Occidente, estaban alejadas tanto de la Iglesia católica como de las otras iglesias y sectas protestantes.
En el fondo lo que se buscaba era entroncar el socialismo enarbolado porlos primeros núcleos obreros, con tan poderosa tradicion. Se suponía que el socialismo era el producto más elaborado de los anhelos liberadores de las religiones del pasado. Por ello no es de extrañar que los obreros colombianos de los años veinte, como antes lo habían hecho los radicales del siglo pasado, a título de rescatar un cristianismo «puro», se hubieran convertido en anticlericales. Aunque seguían manejando un lenguaje religioso - a la actividad política se la llamaba «apostolado», al líder obrero «mártir», a la solidaridad «hostia común», y se escribieran «catecismos socialistas » - su contenido era secular.
El anticlericalismo, y por esa vía un cierto ateísmo, va a flotar en el ambiente cultural obrero de los años veinte. Aquí no se puede desconocer la influencia tanto del liberalismo, en calidad de corriente ideológica, como deI espiritismo, teosofismo y la masonería, que contribuyen a desmitificar la labor eclesiástica en el naciente movimiento obrero.
Ahora bien, el liberalismo ideológico contribuye no sólo a desligar los obreros de la práctica eclesial, sino que aporta una especie de nueva divinidad: la Razón. Los obreros de los años veinte pondrán toda su confianza en la razón como principio organizador del comportamiento social. En este sentido la naciente clase obrera colombiana bebió primero de las fuentes de la Ilustración que del socialismo, se adhirió antes a la Revolución francesa del siglo XVIII que a la rusa de 1917, Y cantó primero La Marsellesa que La Internacional. Ello no es de extrañar puesto que no solamente esas son las tradiciones que encuentra el Movimiento Obrero cuando surge, sino porque aun las ideologías radicales como el socialismo o el anarquismo, en las versiones vulgarizadas que arribaron a nuestra patria, compartían esa confianza en la razón.
Se creía, por tanto, en la razón como principio organizador de la comunidad. El progreso, que era una de las caras de la razón, conduciría inexorablemente a la humanidad hacia un futuro mejor. La ciencia, entendida en un marco positivista, era el instrumento de la razón contra todos los fanatismos irracionales. La técnica era la rueda definitiva del progreso. La clase obrera nació, por tanto, con el convencimiento optimista de que la razón sería el principio redentor de la humanidad, y de que ella, la clase obrera, era su última y más perfecta herramienta. Era una visión optimista de su papel histórico. Desde esa perspéctiva, los primeros núcleos obreros del país concebían a la ciencia y a la técnica como procesos neutros. Por ello dedicarían innumerables páginas de sus periódicos a la alabanza de la ciencia y a la difusión de los hallazgos técnicos. En lo que sí se apartaba la naciente clase obrera de la tradición racionalista liberal, era en el culto al individualismo.

Desde sus orígenes, la clase obrera se inclinaba más por valores como la cooperación y la solidaridad, que por las secuelas del individualismo. En este sentido se entiende la inclinación obrera al socíalismo aún definido vagamente, desde los tempranos años de su gestación. Se trataba de un socialismo amplio que representaba la síntesis intuitiva y las aspiraciones obreras. Por socialismo, nuestra naciente clase obrera entendía un proyecto de bienestar social para las clases menos favorecidas. Era la conclusión lógica de un proceso histórico de luchas sociales, que comenzaba con las gestas del esclavo Espartaco, y pasaba por las revoluciones campesinas y la Revolución francesa, hasta llegar a la Comuna de París y la Revolución rusa. De esta última, a principios de los veinte, se sabía poco, pero se la admiraba entrañablemente.
Digamos que las condiciones de explotación económica y dominación política que analizaremos más adelante, hacían de nuestros obreros receptores de cualquier mensaje que les brindara la semilla de la libertad. Por eso, ellos no se cerraban a ninguna idea nueva que ofreciera la posibilidad de redención. Aunque no eran gentes muy leídas -en realidad el nivel de analfabetismo entre nuestra clase obrera era alto en esos años- estaban atentos a la palabra de los nuevos predicadores sociales. Así llegaron a nuestro país las ideologías políticas más definidas como el marxismo o el anarquismo. Para mediados del decenio de los veinte, algunos inmigrantes internacionalistas jugaron un papel destacado en la difusión de estas ideologías. Aunque sus vidas están cubiertas con un cierto halo de misterio, alimentado en parte por la cruda persecución oficial, algo se ha investigado recientemente sobre ellas. Se dice, por ejemplo, que el marino ruso Silvestre Savitsky llegó procedente del Japón, junto con su esposa. Instalado en una vieja vivienda del centro de Bogotá, reunía por las noches a un selecto grupo de jóvenes intelectuales y obreros y con palabras sencillas les describía, tal vez exagerando un poco, las maravillas de la construcción del socialismo en Rusia. Vicente Adamo, un italiano llegado a Colombia en 1904, se radicaría en la aislada población de Montería. Desde allí pacientemente ayudaría a la formación de diversas organizaciones obreras. Socialista convencido, Vicente Adamo alcanzaría un gran prestigio entre los vecinos de la población costeña. El peruano Nicolás Gutarra, de inclinaciones anarquistas, se instalaría a comienzos de los años veinte en Barranquilla. Allí colaboraría en la formación de la poderosa Liga de Inquilinos que puso en jaque a los terratenientes urbanos y presionaría con éxito la disminución de los arriendos.
Como ellos hay un buen número de inmigrantes de distintas nacionalidades que contribuyeron a difundir ideologías revolucionarias en nuestro medio. Ahora bien, sería injusto y antihistórico atribuirles a ellos la responsabilidad del proceso de agitación social que presenció el país en esos años. Por un lado, es claro que sin las condiciones materiales, las ideas rebeldes no encontrarían acogida en nuestro territorio. Por otro lado, encontramos a un gran número de intelectuales y líderes obreros colombianos, que se interesaron por los problemas sociales. Sin tocar todavía a los socialistas, de los que hablaremos más adelante, señalemos a prestigiosos intelectuales, muchos de ascendencia liberal, como Luis Tejada, José Mar, Armando Solano y el mismo Jorge Eliécer Gaitán, quien por esos años presentó su brillante tesis «Las ideas socialistas en Colombia.
Otros, más prácticos, como Biófilo Panclasta, difundían su mensaje en cualquier camino, o bajo la sombra pródigade un árbol, o aun en sitios vedadospara la sociedad del momento como tabernas y bares. Los periódicos obrerosy socialistas, cuyo número era cercano a 80 en 1925, contribuyeron también grandemente a la difusión de las ideologías revolucionarias.
El marxismo, en la versión de la Internacional Comunista, y el anarquismo, especialmente el anarcosindicalismo, contribuirán a la cristalización de .proyectos políticos obreros. Al mismo tiempo que colaboraron en la definición política, irán dando origen a crudos enfrentamientos ideológicos que culminaronen rupturas organizativas, como veremos más adelante. Con ello disminuye sensiblemente la tradición pluralista que caracterizaba al movimiento obrero en sus primeros años. Si a comienzos de los años veinte, los obreros oían y leían, a veces, indiscriminadamente las prédicas socialistas, anarquistas o marxistas, con el correr de los años esa apertura a lo nuevo, viniera de donde viniera, va dando paso a la selectividad política acorde con la influencia ideológica predomnante en cada núcleo obrero. Sin embargo, aunque disminuida la tradición pluralista, no desaparecerá del todo en la clase obrera, al menos en la de los años veinte.
Podemos decir, para redondear esta sección, que con estas tradiciones aparentemente contradictorias -nos referimos a la cristiana, racionalista, liberal y socialista en términos amplios- la clase obrera desarrollará su resistencia. Ahora bien, en ese proceso la clase va generando valores que la identifican con una «comunidad social» distinta obviamente de las clases dominantes y aun de otras subordinadas. Veamos, aunque sea de una forma breve, este conjunto de valores adoptados por la clase obrera en sus años de gestación, antes de considerar sus luchas en concreto.
  1   2   3   4   5   6

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconEl Salvador será un lindo / y sin (exagerar) serio país / cuando...

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconLa constitucionalidad del carácter orgánico del decreto con rango,...

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconI. la revolucion industrial y la cuestion obrera

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconDia 13 de Noviembre de 1920

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconIii la iglesia colombiana de 1820 a 1886

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconEstructura de la Constitución Política de Colombia de 1886

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconDe la revolución a la nueva estructuración de la sociedad: 1920-1940

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconTema: mi entidad de 1920 a principio del siglo XXI

Formación de la clase obrera (1886-1920) iconPrimer gobierno de Arturo Alessandri Palma (1920-1925)

Formación de la clase obrera (1886-1920) icon2. A. CÁNovas. Discurso pronunciado en el congreso de los diputados. 3-vil-1886






© 2015
contactos
ley.exam-10.com