Panorama actual del campo evangelico en argentina un Estudio Sociológico






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PANORAMA ACTUAL


DEL

CAMPO EVANGELICO

EN ARGENTINA


Un Estudio Sociológico



Hilario H. Wynarczk M.A.

Lic. Pablo Semán

Lic. Mercedes de Majo

Copyright© 1995 Hilario H. Wynarczk, M.A.

Lic. Pablo Semán

Lic. Mercedes de Majo

Av. Eva Perón 5170 (1439), Buenos Aires

Argentina

Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio

sin la autorización escrita del autor.
Hilario H. Wynarczyk, M.A.

Universidad del Salvador. Miembro de la

Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP).
Lic. Pablo Semán

Instituto de Investigaciones, Facultad de

Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.
Lic. Mercedes De Majo, graduada en Sociología en

la Universidad de Buenos Aires.

Panorama actual del campo


Evangélico en Argentina

Un estudio sociológico

Facultad Internacional de Educación Teológica

I. UN ANÁLISIS DEL CAMPO EVANGÉLICO Y EL PENTECOSTALISMO EN LA ARGENTINA (SEGUNDA VERSIÓN)*

Hilario Wynarczyk y Pablo Semán


  1. INTRODUCCIÓN


Por su crecimiento y por la atención que las ciencias sociales le dispensan, el pentecostalismo, especialmente en algunas de sus variantes, es el fenómeno más relevante del movimiento evangélico en Latinoamérica. Pero, con ese carácter saliente se relaciona una parcialización de la mirada que lo interroga. En efecto: al quedar constituido como una emanación autónoma y escindida del campo evangélico se pierden de vista las fuerzas que lo influyen e influyeron y el horizonte en que se inscriben los efectos de su crecimiento¹. Alrededor de estos problemas nuestro trabajo se propone responder dos interrogantes elementales pero imprescindibles para comprender al pentecostalismo: ¿Cuáles son las relaciones del pentecostalismo con esas fuerzas?².
Para entrar en el tema precisamos comprender el contexto histórico.
Usaremos las expresiones “campo evangélico” y “movimiento evangélico” en referencia al conjunto dinámico de las iglesias protestantes históricas, evangélicas (o evangelicales), pentecostales y neopentecostales, que también serán llamadas respectivamente, primer protestantismo, segundo protestantismo, tercer protestantismo y cuarto protestantismo. A las del segundo protestantismo las llamaremos indistintamente evangélicas o evangelicales; la última expresión suele ser preferida por criterios técnicos de claridad pero la primera es de uso corriente en nuestro medio, motivo por el cual le aremos uso preferencial en las estadísticas del siguiente artículo. Con el término “fundamentalismo” no queremos designar más que el fenómeno originado en los grupos evangélicos de los Estados Unidos y Europea y su repercusión en nuestro país. Por lo tanto también está desvinculado de la familiaridad con los usos de la palabra que designan tendencias ideológicas o religiosas extremistas. Con este uso tampoco suscribimos ninguna definición valorativa del fenómeno que representa el fundamentalismo evangélico. Por otra parte, no desagregaremos iglesias fundamentalistas respecto del resto de las evangélicas o pentecostales. El fundamentalismo evangélico entre otras características, se encuentra asociado a la comprensión literal de la Biblia en el sentido usual de las palabras y su aceptación como documento revelado y autoridad última e indiscutible. No es nuestro objeto aquí focalizar esta corriente teológica y hermenéutica. En todos los casos se trata de definiciones de trabajo que adoptaremos para aprender nuestro objeto de estudio y se tornarán explícitas a medida que el texto avance.
La integración histórico-cultural del campo evangélico en la Argentina surge de tres oleadas de irradiación cultural provenientes del exterior, asociadas a la expansión económica de los países europeos y los Estados Unidos con posterioridad a la Revolución industrial. Así tiene lugar la progresiva constitución de los subconjuntos religiosos mencionados, cuyas etapas serán objeto de breves “arco conservador bíblico”. Veremos que estos procesos de difusión cultural no fueron completamente unidireccionales, ni respondieron a una mecánica tan simple sobre todo en el caso
*La primera versión de este artículo apareció en: Frigerio, 1994, “El pentecostalismo en la Argentina”, Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.

del subconjunto pentecostal, y la aparición de fenómenos de posterior re-elaboración e irradiación cultural interna que atañen al neo-pentecostalismo en la manera que aquí será tratado.
Algunos datos permiten situar la magnitud de la colectividad evangélica en al ciudad de Buenos Aires (Capital Federal), que es el espacio cuantitativo al que se restringe nuestro estudio³.
Mientras en la ciudad de Buenos Aires existen 200 parroquias de la iglesia católica el número de templos evangélicos llega a 309 (Según información válida hasta el año 92, indudablemente el total es hoy mayor si consideramos que en 1991 y 1992 el promedio de implantación de templos fue de 17 por año, y el de la década del 80 fue de 10). El número de católicos y evangélicos asistentes a cultos semanales asciende respectivamente a 140.000 (hipótesis del 5 % de los católicos nominales, tomando como tales el 95 % de la población) y a 60.000. Puede verse así que, pese a ser minoritaria, la evangélica es una colectividad religiosa, que más allá de ser creciente, tiene hoy el valor de representar a más del 25 % de los cristianos activos de la Capital Federal4. Veremos ahora cómo se fue constituyendo ese conjunto.



  1. LAS CUATRO VERTIENTES DEL CAMPO EVANGÉLICO




  1. El primer protestantismo que se establece en el país llega con la inmigración europea. Entre 1825 y 1850 se instauran las iglesias Anglicana, Presbiteriana, Metodista y Evangélica de Prusia (que dará origen a la Iglesia Evangélica del Río de la Plata). Se trata de lo que Villalpando denomina “la iglesia residente” de súbditos extranjeros. El período posterior al segundo gobierno de Rosas vio la llegada de las iglesias Valdense (piamonteses), Reformada (holandeses) y Luterana Dinamarquesa ligadas a los respectivos flujos migratorios (la iglesia inmigrante). Las primeras iglesias se desarrollaron con el objeto de asistir espiritualmente a europeos en nuestro país y, en consecuencia, no tenían un mayor afán proselitista. En parte es el resultado de las estrechas condiciones con que diversos gobiernos permitían el ejercicio de un culto no católico, sobre todo en el período de la iglesia residente. Pero también, es efecto del modo en que las comunidades correspondientes procesaron su condición de inmigrantes y su relación con el país receptor5. Cualquiera sea la causalidad de su débil tendencia a la predicación pública se trata de iglesias que, con excepciones, han tenido crecimiento lento, retracciones o confinamiento a la comunidad étnica o cultural con que llegaron. En función de estas características se las ha llamado “iglesias de transplante”.


Como protestantismo liberal, al primer protestantismo se lo conoce en función de su perspectiva ideológica y de su posición en nuestra sociedad. Ella estuvo determinada por una convergencia de intereses que resultó ser inestable. A ojos de ciertos sectores de la elite gobernante el país requería de la expansión de una cultura que el protestantismo portaba por naturaleza. A su vez, este, que se asociaba a las ideas de libertad de conciencia, y el valor de la razón frente a la idolatría pagana, encontraba aliados en los sectores deseosos de minar la influencia de la Iglesia Católica (primero algunos liberales luego los socialistas y también los masones)6. Buena parte de estos intereses se canalizó en la construcción de instituciones educativas y filantrópicas prestigiadas hasta hoy. Pero, con excepciones (el ejemplo más importante de aproximación popular fue el de William C. Morris), careció tanto de arraigo popular como de influencia profunda y duradera sobre las elites políticas y sociales.
Posteriormente, una conexión entre el desarrollo de algunas posibilidades teológicas implícitas en el protestantismo liberal e ideas, prácticas e instituciones que el protestantismo evangelical y fundamentalista deja de lado, dará lugar a la conformación de una tendencia que algunos autores llaman liberacionista (Deiros, 1992). El desarrollo de una teología que convoca a la acción histórica en una perspectiva crítica de la opresión, la actividad en la defensa de los derechos humanos, la apertura y el ensanchamiento de los compromisos con el movimiento ecuménico, así como su apertura a la racionalidad de la cultura secular y a la herencia colectiva del saber en el campo de las humanidades y ciencias sociales, son algunos de los rasgos que caracterizan a esta corriente y que han dado notoriedad a las iglesias llamadas protestantes históricas, entre los años 60 y 90. La Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE), una de las primeras instituciones que se planteó la unidad de los distintos grupos evangélicos, cuenta con el predominio de grupos ligados a esta corriente aún cuando integra a grupos de los otros protestantismos.


  1. El protestantismo que es llamado misional por Villalpando, conforma la segunda camada de evangélicos. Esta vertiente contiene originariamente (luego esta conformación se modifica con algunas autoexclusiones), a las Iglesias Metodista Episcopal, Bautista, de los Hermanos Libres, Ejército de Salvación, Adventistas del Séptimo Día, Alianza Cristiana y Misionera, Discípulos de Cristo, Luterana Unida, Menonita, Luterana Argentina, Nazarena y Congregacional7. Aunque en su mayoría nacieron en Europa se expandieron desde sínodos norteamericanos. Casi todas estas iglesias vinieron a la Argentina entre 1881 y 1924. Al comienzo del presente siglo las iglesias nombradas poseían departamentos de misiones al exterior y celebraban reuniones sobre temas misioneros, sobresaliendo entre ellos el Congreso de Obra Cristiana que tuviera lugar en Panamá en 1916. Los concejos de diferentes iglesias se dividieron el campo misionero en regiones, lo cual explica la instalación diferencial por zonas geográficas en algunos casos, buscando hacer más eficaz su trabajo.


Como señala Floreal Forni (1992), los misioneros participaban del modo de ver del primer protestantismo: traer el Evangelio como luz a un continente oscurecido por la fe católica. En general las iglesias misionales orientaban sus metas a la expansión evangelista y, en consecuencia, no se regían por criterios de nacionalidad. Esto no debe oscurecer un hecho crucial: su teología y su ideología están moldeadas por la herencia de los despertares espirituales de los siglos XVIII y XIX y su posterior procesamiento. En un primer momento, y de acuerdo a ese legado, José Miguez Bonino (Conferencias Carnaham 1993) lo describe en los siguientes términos “el protestantismo misionero latinoamericano es básicamente evangélico según el modelo del evangelicalismo americano del segundo despertar. Individualista, cristológico, soteriológico, en clave básicamente subjetiva, con énfasis en la santificación. Tiene un interés social genuino que se expresa en la caridad y la ayuda mutua pero que carece de perspectiva estructural y política excepto en lo que toca a la defensa de su libertad”. En las primeras décadas del siglo esta ideología fue transformada, en los EEUU, en una respuesta a los desafíos que representaron el desarrollo social moderno y las teologías modernistas y/o promotoras de la reforma social. Siguiendo a Miguez Bonino podemos situar dos momentos de esa respuesta que dará lugar a la posición evangelical y fundamentalista: primero la defensa de la fe y la afirmación del valor de la Biblia, luego la defensa de la encarnación de esa Fe en la “América cristiana”. Algunas de las misiones más antiguas –o sectores de ellas-, que recibieron estos planteos conflictivamente, terminaron formando parte de la tendencia liberacionista (es el caso de Metodistas, Discípulos de Cristo y Luterana Unida, que en las estadísticas del segundo artículo serán contadas dentro del protestantismo histórico). Las nuevas misiones, sobre todo las que surgieron en este proceso de cambio, estaban más homogéneamente imbuídas de estas ideas. La base social de la expansión misionera estuvo en las clases medias y siguió de cerca algunos patrones de su evolución cultural y política. De la convergencia entre aquellas ideas y esta inserción surge un específico evangelicalismo latinoamericano que deviene, también, del distanciamiento de la radicalización iluminista de sectores liberales otrora aliados del protestantismo. Como tendencia ideológica es hegemónico en el campo del protestantismo misional que se articula institucionalmente en la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA) –aunque de esta institución participan grupos de otros protestantismos que comparten la posición evangelicalista, sin pertenecer al protestantismo misional. No forman parte de este sector los Adventistas. Al nivel continental los evangelicales adhieren a CONELA y a nivel mundial participan de comités evangélicos como el de Lausana, que básicamente consiste en un sistema de encuentros y seminarios. En las estadísticas del segundo artículo este subconjunto aparecerá bajo el nombre de iglesias evangélicas. Junto con el pentecostalismo constituyen el “arco bíblico conservador”. En la actualidad las iglesias demográficamente más dinámicas del protestantismo misional son la Bautista y los Hermanos Libres.


  1. La tercer corriente del movimiento protestante y evangélico es el pentecostalismo. El movimiento pentecostal argentino surge en gran medida de una onda de irradiación cultural de las iglesias norteamericanas pentecostales o de carácter pentecostal si bien debemos acotar luego el sentido uni-direccional de esta afirmación. A ello en Argentina debe agregarse la presencia de corrientes como la del pentecostalismo sueco. Aunque la historia del movimiento registra antecedentes que pueden remontarse al metodismo del siglo XVIII la pentecostalidad como tal surgió en los Estados Unidos, al comienzo de nuestro siglo, y se expandió socialmente en sectores populares y minorías étnicas8. En Latinoamérica y también en Argentina el pentecostal es el movimiento religioso de mayor tasa de crecimiento en las últimas décadas. La diversidad que convocan sus orígenes, sumada a la que ha signado sus diversos desarrollos han dado pie a las más diversas (y contrapuestas) afirmaciones sobre características teológicas, sociales, culturales y políticas del pentecostalismo. Por ello no daremos aquí más que una reseña de los que pueden definirse como sus comunes denominadores9 . El pentecostalismo tiene, más allá de sus diversidades un patrón común articulado alrededor de los temas que provee la afirmación Jesús sana, salva, santifica y vuelve como Rey. Esta afirmación, aparentemente elemental, recoge múltiples tradiciones de movimientos posteriores a la reforma protestante y los funde en un espíritu de retorno a la iglesia de los primeros tiempos. Una idea de la pluralidad de marcas teológicas presentes en el pentecostalismo la da una de las más citadas definiciones de la identidad pentecostal: “Con respecto a la salvación por medio de la fe somos luteranos. En la forma del bautismo por las aguas somos bautistas. Con respecto a la santificación somos metodistas. En el evangelismo atacante somos como el Ejército de salvación. Pero en relación con el bautismo en el Espíritu Santo somos pentecostales” (Beatriz Muñiz da Souza, 1969: “San Pablo dos ciudades”, citado por Carmelo Alvarez en “Santidad y Compromiso”). La declaración “Jesús sana, salva, santifica y vuelve” no diferenciaría al pentecostalismo de otros grupos cristianos si no fuera por que se encarna en una serie de énfasis en prácticas, percepciones y códigos destinados a dar permanente cuenta de la actualidad de la intervención del Espíritu Santo en el don de lenguas, la sanidad, la profecía, la liberación. Por ello el culto, es de carácter festivo y fuertemente expresivo, y se constituye uno de los rasgos que más recelo despertó, y despierta aún, en otros grupos evangélicos. El antintelectualismo teológico de los pentecostales, derivado de ciertas elaboraciones teológicas (he aquí la paradoja), y el radicalismo de su planteo relativo a la santificación, sumados a las particularidades del culto marginaron inicialmente al pentecostalismo respecto de los demás grupos evangélicos.


La presencia pentecostal en Argentina tiene dos momentos clave10. El primero corresponde a la llegada de pioneros, que hicieron de su conversión un llamado a la misión y fundaron las primeras iglesias desde 1909 en adelante. Posteriormente, a partir de los años 20, y más decididamente en los 30 y 40 las misiones de iglesias extranjeras se hicieron presentes. Parte de la comunidad de italianos pobres de la Isla Maciel, situada frente a La Boca, juega un rol histórico en estas etapas. Los misioneros actuaron a través de la mediación de iglesias ya existentes. Esto es importante de remarcar para una precisa explicación de su dinámica. Así, el pentecostalismo se estructuró desde el país, hacia centrales extranjeras (que en muchos casos eran iglesias provincianas o predicadores independientes), desde donde recibe influencias mediatizadas de la teología e ideología predominante en aquel momento en los Estados Unidos: el evangelicalismo y el fundamentalismo bíblico. (Esta es la causa de su cercanía ideológica a los grupos del segundo protestantismo). Pero tal afirmación no implica que su desarrollo (el que es anterior como el que es posterior a esa estructuración) no haya tenido características propias, e incluso matices y divisiones debidas a esa orientación. Una de las bases de su crecimiento reside en su capacidad de conectarse con experiencias propias de sustratos religiosos populares, aún cuando las absorbe y codifica de manera diferente, resignificándolas. Esto junto con su amplio desarrollo en los sectores populares, así como las particularidades de su culto y teología, se halla en la base de la irreductible singularidad que impide su confusión en el evangelicalismo y el fundamentalismo bíblico. Es en parte por esto que la mayoría de los grupos pentecostales de la Argentina se reúnen actualmente en federaciones propias, la CEP, Confederación de Iglesias Pentecostales, la FIPA, Federación de Iglesias Pentecostales Autónomas, CIPRA, Confederación de Iglesias Pentecostales de la República Argentina, y sostienen una vasta red de institutos bíblicos donde forman sus obreros y siervos (pastores)11 .
La llegada a este punto implica focalizar el despliegue de un tercer momento de la evolución del pentecostalismo. Este puede situarse en los años 50 y en el impulso que promueven algunos hechos y con una presencia cada vez más decidida y creciente en las grandes urbes. En ellas su capacidad de integrar los factores culturales locales le permitió, y le permite, capitalizar los efectos de un proceso de descomposición de instituciones sociales y culturales tradicionales (una variante de esta tesis, centrada sobre la sustitución de carismas políticos, es sostenida, entre otros, por Norberto Saracco: 1989 y 1992).
Entre los hechos dinamizadores de los años 50 es preciso señalar la campaña del evangelista Tommy Hicks (Saracco, 1989). La presencia de Tommy Hicks convocó al trabajo unificado de algunos pentecostales con algunos evangélicos y, luego, el éxito multitudinario tuvo efectos decisivos: señaló al pentecostalismo la disponibilidad social, la importancia del énfasis en el tema de la sanidad divina, y consolidó positivamente la identidad de los pentecostales alentando el desarrollo de las vocaciones ministeriales.
El actual peso de los pentecostales es, sin embargo, un dato reciente y producto de una evolución acelerada tal como surge de la comparación que exponemos en seguida: el cuadro 1 compara la evolución paralela de dos conjuntos, (A) el que conforman los protestantes históricos-liberacionistas y los evangelicales, y (B) el que forman los pentecostales, en cuanto al número acumulativo de templos implantados en varios cortes cronológicos, 1920, 1950, 1970, 1980, 1985 y 1992, en la Capital Federal12 .
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