El poder del periodismo de intermediación José Ignacio López Línea y Punto, Lima 2006 a tachi radialista apasionada ciudadana radio el poder del periodismo de intermediación






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OTROS PROGRAMAS
La intermediación no se agota en un formato. Es una forma de hacer periodismo. Una forma de hacer radio que va más allá de los noticieros y las radiorevistas informativas.
Con un ejemplo nos explicaremos mejor. Tomemos la reprogramación de Radio Marañón, en el Jaén peruano. Esta emisora transmite en AM y FM y se ha tomado muy en serio la propuesta ciudadana. ¿Cómo la traducirá en el conjunto de sus horarios y programas?
De 6 a 8 de la mañana arranca el Noticiero Marañón. Este espacio se transmite en ambas bandas e incluye tanto noticias locales como enlaces satelitales e información recibida por internet. También da paso a las denuncias recibidas de los moradores del distrito.
—Recibidas o buscadas —aclara Paco Muguiro, el director—. Hay que estar atentos a los casos que llegan a la radio y todavía más a los que no llegan. Éstos suelen ser más peliagudos.
Es exactamente ahí donde unen fuerzas el periodismo de intermediación y el de investigación. Éste último se vuelve imprescindible no solamente a la hora de destapar las corrupciones, sino después, cuando haya que darles seguimiento (o perseguimiento) a los corruptos.
Terminado el noticiero matinal, Olinda Mori comienza su revista Sexto Sentido orientada a las mujeres citadinas. Tiene mil temas a tratar, pero la intermediación la concentra en la Defensoría de Consumidores. A continuación, de 10 a 12 am, da inicio el programa Habla Barrio. Kike Montoya, su animador callejero, prioriza la temática ambiental y las denuncias relacionadas con la ecología y la seguridad ciudadana.
Mientras esto ocurre en la FM, Roxana Robles anima en AM una revista para las mujeres campesinas. Trata de salud y nutrición, graba sociodramas y radionovelitas. Uno de sus ejes temáticos es la violencia intrafamiliar. La de los maridos contra sus compañeras y la de los adultos contra niños y niñas. Su programa intenta convertirse en una Comisaría de la Mujer al aire libre.
En la segunda tanda del Noticiero Marañón, de 1 a 2 de la tarde, el equipo de prensa sigue atando cabos que hayan quedado sueltos a lo largo de la mañana.
Por la tarde, el perfil de la programación cambia y se vuelve más musical y descansado. Tampoco hay que intermediar tanto que acabemos estresados y estresantes.
La intermediación se puede trabajar, prácticamente, en todos los programas de contenido. El sentido común nos indicará la dosis.


LOS SIETE PELIGROS

En el Apocalipsis hay siete trompetas anunciando las amenazas que se ciernen sobre el mundo. Y en el periodismo de intermediación hemos registrado otros tantos peligros que revolotean sobre quienes asuman este desafío radiofónico. Un repaso no nos vendrá mal.

CHISMOGRAFÍA

¿Hacemos lo mismo que la peruana Laura Bozzo, que se autocalifica de abogada de los pobres y a cuyo set llegan infelices reclamando justicia, desgraciadas exponiendo sus desgracias, abusadas y abusadores? ¿O que Maritere, Cristina, Mónica, Geraldo y tantos otros animadores de telebasura?
El periodismo de intermediación tiene objetivos exactamente opuestos a los de estos programas de chismes y alcahueterías.
¿Qué buscan esos talk shows? Regodearse en el lío, no solucionarlo. Ventilar la pestilencia para que apeste más. Excitar al mono sapiens que todos y todas llevamos dentro. La radiorevista de intermediación pretende todo lo contrario, busca resolver los problemas.
Además, aquellos programas no trascienden el caso individual. Se fijan solamente en el arbolito. Nuestro aporte periodístico, al tramitar las denuncias, será situar esos casos particulares en un contexto que permita analizarlos y comprenderlos mejor. La pregunta del árbol la responde el bosque.
En esos talk shows que nos ofrece una televisión sin valores ni creatividad, el dolor se vuelve espectáculo. Para estimular el morbo de quienes están al otro lado de la pantalla, los conductores necesitan tragedias y difamaciones, dimes y diretes. Por eso, si no hay, se inventan. La inmensa mayoría de los casos que nos presentan son trucados y pagados. En nuestro programa, no habrá sitio para chismosos ni chismosas.
—¡Vengo a esta radio a denunciar a mi vecina que está metiéndose con mi marido y la voy a matar si...!
—... si la dejamos seguir hablando a usted —la corta el buen periodista de intermediación—. Señora, váyase por la sombrita para que no le dé una embolia.
Nunca podremos cubrirnos al cien por cien de la chismografía. Pero podemos tomar medidas de seguridad.
Ya mencionamos algunas de ellas. No recibir denuncias graves por teléfono, sino pedir que vengan a la radio. Comprobar, y hasta fotocopiar, las cédulas de identidad. Conversar antes con los interesados, conocer el problema en cuestión, verificar datos y filtrar los casos que no califiquen como necesidades ciudadanas. Ahora bien, si en medio de la radiorevista se dice una impertinencia, si se hace una acusación indecente o imprudente, siempre podemos cerrar el micrófono. Estos programas hay que realizarlos con un dedo en la perilla.
Frente a un percance de éstos, tampoco hay que rasgarse las vestiduras radiales. Los conductores pedirán excusas a la audiencia y lamentarán que todavía haya personas que no entiendan la reciprocidad ciudadana. Para que respeten mis derechos tengo que respetar los ajenos.


BENEFICENCIA PÚBLICA
Un segundo peligro de estos espacios es convertir la emisora en una oficina de caridad pública. Con intenciones políticas, eso hacía el famoso Compadre Palenque en Bolivia. Y eso están haciendo en la actualidad bastantes canales de televisión. Presentan a una niña agonizando que necesita de urgencia una pinta de sangre. Filman a una ancianita que no tiene para pagar el cajón de su nietecito que acaba de morir atropellado por un bus. Piden la solidaridad del público y después le restriegan a ese mismo público que el canal fue el gran benefactor. El truco, por supuesto, es más conocido que el de la estampita.
Una situación muy distinta es la que vivió Azucena Castillo, Chena, la reina de la tarde en la radio nicaragüense. Desde los micrófonos de La Primerísima, en Managua, Chena informa, se ríe, pone música, habla. Y sobre todo, hace hablar a la gente.
Una tarde, le llegó el caso de un antiguo capitán de la Fuerza Naval sandinista.
—Con el cambio de gobierno, quedó desempleado —explicaba el amigo que fue a la estación—. Se metió en la pesca y lo que pescó fue un SIDA en esos lados del Caribe. Un hombre que pesaba 180 libras ahora pesa 75. Ya no tiene voz. Está todo mustio, llagado, acabado.
—¿Y qué podemos hacer por él?
—Una silla de ruedas —el tono del amigo no era de súplica, sino de exigencia—. Figúrese, Chenita, que su mama por ayudarlo se cayó ella y se quebró un brazo.
—Lo de la silla está bien. Pero... ¿qué medicamentos está tomando?
—Ninguno. En el hospital Manolo Morales no le dieron nada. Lo mandaron a la casa a morirse.
No había acabado el programa cuando llegó una señora con una silla de ruedas nuevecita. Otros trajeron pampers y comida. Resuelto el problema.
Pero Chena no quería quedarse en la ayuda individual, en el asistencialismo. Así que, al día siguiente, llamó al MINSA102 y sacó al aire la llamada:
—La Primerísima ha confirmado que ustedes tienen casi once millones de córdobas destinados a los pacientes de SIDA. ¿Ideay? ¿Por qué le han negado los medicamentos a este señor?
Como el Ministerio quedaba mudo, Chena hizo la denuncia pública y fue a la fundación Xochiquetzal, que trabaja estos casos. Allá chequearon al paciente, lo pasaron donde un especialista y presionaron al MINSA para que le dieran ese cóctel de retrovirales.
—Este caso fue como sacarle la primera hoja al nacatamal —a Chena se le alegra la cara—. Primero conseguimos la silla de ruedas. Luego, los medicamentos brujuleados en el MINSA. Y no solo para él, sino para cinco enfermos más que escucharon el programa y exigieron también. Y ahora descubrimos que con los enfermos de cáncer pasa lo mismo, no les dan las medicinas. Ya ves, lo que parecía un caso de beneficencia individual se convirtió en un reclamo colectivo.

SUPLANTACIÓN DEL ESTADO
Si en nuestros países la justicia tuviera vendados los ojos, tal vez la radio pudiera taparse la boca y no meterse a mediadora.
Pero ése es el problema, que las instancias públicas son frágiles, que la corrupción crece más rápido que la mala hierba y muchos ciudadanos y ciudadanas, aunque constitucionalmente tengan garantizados sus derechos, en la vida cotidiana no saben a quién recurrir cuando se los conculcan.
Los medios de comunicación no son tribunales, pero sí tribunas donde la ciudadanía puede ejercer presión para que sus reclamos sean escuchados. No es la emisora la que va a solucionar los problemas. Para eso tenemos al Estado y no pretendemos suplantar sus instituciones. Cuando decimos una radio que resuelve nos referimos al significado original de esta palabra: resolver significa desatar.
La ciudadanía suele tener atada la lengua. Hay demasiadas arbitrariedades y burocracia, demasiadas discriminaciones, demasiadísima exclusión en los responsables de garantizar los derechos. Corresponde a los medios de comunicación la tarea de desatar la palabra, de soltar la voz del pueblo, de la gente común y silvestre, de aquellos y aquellas que no tienen influencias ni transitan por los pasadizos del poder.
Aunque los programas de intermediación sean calientes, a veces de fuego cruzado, no buscan provocar ni prolongar la guerra, sino contribuir a terminarla. Estos espacios se inscriben en la lógica de la Cultura de Paz y fortalecen la democracia y la gobernabilidad. Una democracia y una concertación social basada, obviamente, sobre la igualdad de todos y todas ante la ley.

SUPLANTACIÓN DE LA CIUDADANÍA
Si peligroso sería intentar suplantar las funciones del Estado, se corre un peligro similar erosionando la responsabilidad ciudadana y promoviendo una especie de paternalismo radiofónico.


Recuerdo haber escuchado en una radio de San Salvador esta llamada telefónica:
—¡A ver si viene el camión de la basura a llevarse un burro muerto que hay aquí en la colonia!... ¡Ya no se aguanta la jedentina!


—¿Y cuánto tiempo lleva ese burro ahí? —preguntó la periodista.


—¡Lleva tres días y la alcaldía ni se asoma!
—¿Y por qué los vecinos no agarran un mecate y sacan al animal y lo queman?
—¡Qué chula, vos! ¡Con la calor que hace y lo que jiede el burro! ¿Y eso no le toca a la alcaldía? ¿Por qué nos vamos a pijiar nosotros los vecinos si de ellos es la responsabilidad?
La moneda tiene dos caras. Las autoridades deben comprometerse y cumplir. Y las comunidades deben comprometerse y participar. A la emisora le toca recordar ambos compromisos.
A la hora de recibir las denuncias, serán infaltables las preguntas sobre la actitud propositiva de quienes llegan a la radio, sobre las iniciativas tomadas, las gestiones adelantadas ya, a qué instituciones han acudido, por qué no les han hecho caso.
Al Estado rogando y con el mazo dando. Porque no es cuestión de disfrutar mis derechos (ciudadanía pasiva) sino también de asumir mis responsabilidades (ciudadanía activa). ¿Exijo una ciudad limpia? Debo pagar mis impuestos. ¿Quiero vivir en un barrio seguro? Me organizo con los vecinos para cuidarlo. La regla de oro del cristianismo es válida para la ética ciudadana: hagan a los demás lo que quieran recibir de ellos.
Una mente ciudadanizada sentirá como propios los espacios públicos. Por eso, no arrojará botellas en el parque. Respetará como propia la propiedad pública. Por eso, no robará al Estado.
Y al revés. Una mente ciudadanizada pensará y sentirá como públicos los espacios propios. Por eso, no maltratará puertas adentro a nadie de su familia, ni siquiera al perro que fue a pedir cobijo.

DIVINA PROVIDENCIA
Si la radio contribuye a resolver un caso, se presentarán veinte. Si un barrio consiguió el alcantarillado gracias a la presión del programa de intermediación, todos los dirigentes comunales estarán haciendo cola frente a la puerta de la emisora. El éxito puede matar al mismo éxito, igual que un diluvio ahoga a las plantas que viven del agua.
No somos la Divina Providencia ni podemos echarnos a la espalda todos los problemas de la comunidad. Desgraciadamente, la sociedad está saturada de injusticias pero nuestro programa no es el gobierno nacional.103
Toca, pues, seleccionar. ¿En qué sopas vamos a meter la cuchara? Hay, por lo menos, tres tipos de casos:

Los que no se deben resolver
Pongamos aquí los temas de la esfera verdaderamente privada, líos de faldas y pantalones, pleitos de vecinos, chismes y demás habladurías.
También están otros asuntos donde la emisora no logra ver qué intereses oscuros se mueven detrás de una denuncia. Mejor tomarse un tiempo, verificar la información recibida, conversar con algunos confidentes. No valdría la pena jugar a Daniel y acabar en el foso de los leones.

Los que no se pueden resolver
Mejor dicho, sí pueden resolverse, pero escapan a nuestras posibilidades. Tal vez por lo grande del problema, tal vez por lo pequeña de nuestra emisora. ¿Cómo vamos a intermediar en conflictos vinculados al narcotráfico que son redes de corrupción internacional?
No es problema de valentía, sino de sensatez. Dicen que la política es el arte de lo posible. También la radio lo es.


Los que sí se pueden resolver

Ubiquémonos aquí, en los reclamos ciudadanos que buscan una solución urgente ante las instituciones públicas. Pero aun dentro de este grupo, tendremos montañas de casos posibles, encontrados por los reporteros en sus andanzas con la móvil, o recibidos en la radio a través de visitas y llamadas.
¿En cuántos casos podemos meternos y comprometernos? No establezcamos una cantidad, que sería muy artificial. Pero recordemos el sabio consejo de que mucho abarcar es poco apretar.
Comencemos con unos cuantos casos y no cejemos hasta que se solucionen. Incluso, podríamos entrenarnos con situaciones relativamente sencillas. Ganado el pleito, informada la audiencia, nos iremos posicionando como una radio que resuelve. Que la sigue y la consigue.
¿Y qué haremos con los otros casos? Todos pueden ser sacados al aire, con más o menos tiempo de exposición. Entre los asuntos denunciados, seleccionaremos un porcentaje menor para la interpelación de autoridades y responsables. Y reservaremos el seguimiento para los más significativos, los más relacionados con la agenda temática que prioriza la emisora.

POLITIQUERÍA
En Radio Amazonas, allá por Puerto Ayacucho, en Venezuela, hace "periodismo de intermediación" el locutor Hugo Alí Urbina.
El Negro Alí, como todos lo conocen, habla por las mañanas bien temprano. Después de hablar, se hace invitar por los barrios para seguir hablando, para juramentar las directivas de las asociaciones de vecinos, para prometer que las cosas van a cambiar. El Negro Alí habla desde todos los rincones del campo y la ciudad, y hace sonar spots donde pondera su eficacia y generosidad.
—¡Hugo Alí no descansa, también ayuda a los hermanos yanomamis!
Se oyen aplausos reales de los indígenas. O tomados de un disco de efectos, da igual.
El Negro Alí está en campaña. No le interesa resolver los problemas ciudadanos. Le interesa la alcaldía. Y ha descubierto, como tantos otros politiqueros latinoamericanos, que el camino más recto para conseguir un cargo público pasa por las cabinas de las emisoras y los sets de televisión.
Una vez en el poder, las cosas cambian. Los dientes se afilan. Los dedos se alargan. Vamos a lo que vinimos, dirá el Negro Alí, perdón, el Señor Alcalde.

¿CADA PERIODISTA TIENE UN PRECIO?
El séptimo peligro —¿o el primero?— es el Becerro de Oro. Detrás y delante, a los costados y en la misma enjundia de los conflictos sociales, se encuentra el omnipresente y casi omnipotente dinero, el que compra conciencias y favores, el que exige obediencia universal, que quita y pone con demasiada frecuencia a las autoridades civiles, militares y hasta religiosas.
Haciendo periodismo de intermediación estamos tocando y afectando intereses económicos. ¿Qué precio tiene este locutor insolente, cuánto hay que pagar a esa atrevida para que se calle?
Primero serán amenazas, luego chantajes, luego prebendas. Nos ofrecerán dinero por callarnos la boca, nos ofrecerán dinero por hablar lo que no es, le ofrecerán plata a la dirección para que nos saque a patadas de la cabina. Nos querrán comprar y corromper.
Quienes en la actualidad conducen programas de intermediación, saben a lo que me estoy refiriendo. Algunos y algunas, los más, levantarán la cara con dignidad, orgullosos de su vocación periodística, aun con el riesgo que ella implica. Otros, ese puñado de mercenarios que nunca falta, leerán estas líneas con sonrisa de hiena. Que sigan comiendo carroña.

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