Es innegable que las cosas sencillas son las que más conmueven los corazones






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LA GAVIOTA

Fernán Caballero



Hay en este ligero cuadro lo que más debe gustar generalmente: novedad y

naturalidad.

G. DE MOLENE

Es innegable que las cosas sencillas son las que más conmueven los corazones

profundos y las altas inteligencias.

ALEJANDRO DUMAS

CAPÍTULO I

En noviembre del año de 1836, el paquete de vapor Roy al Sovereign se alejaba de

las costas nebulosas de Falmouth, azotando las olas con sus brazos, y desplegando sus velas

pardas y húmedas en la neblina, aún más parda y más húmeda que ellas.

El interior del buque presentaba el triste espectáculo del principio de un viaje

marítimo. Los pasajeros apiñados en él luchaban con las fatigas del mareo. Veíanse mujeres

desmayadas, desordenados los cabellos, ajados los camisolines, chafados los sombreros.

Los hombres, pálidos y de mal humor; los niños, abandonados y llorosos; los criados,

atravesando con angulosos pasos la cámara, para llevar a los pacientes té, café y otros

remedios imaginarios, mientras que el buque, rey y señor de las aguas, sin cuidarse de los

males que ocasionaba, luchaba a brazo partido con las olas, dominándolas cuando le ponían

resistencia, y persiguiéndolas de cerca cuando cedían.

Paseábanse sobre cubierta los hombres que se habían preservado del azote común,

por una complexión especial, o por la costumbre de viajar. Entre ellos se hallaba el

gobernador de una colonia inglesa, de noble rostro y de alta estatura, acompañado de dos

ayudantes. Algunos otros estaban envueltos en sus mackintosh, metidas las manos en los

bolsillos, los rostros encendidos, azulados o muy pálidos, y generalmente desconcertados.

En fin, aquel hermoso bajel parecía haberse convertido en el alcázar de la displicencia y del

malestar.

Entre todos los pasajeros se distinguía un joven como de veinticuatro años, cuyo

noble y sencillo continente y cuyo rostro hermoso y apacible no daban señales de la más

pequeña alteración. Era alto y de gallardo talante; y en la apostura de su cabeza reinaba

tanta gracia como dignidad. Sus cabellos, negros y ensortijados, adornaban su frente noble;

las miradas de sus grandes y negros ojos eran plácidas y penetrantes a la vez. En sus labios,

sombreados por un ligero bigote negro, se notaba una blanda sonrisa, indicio de capacidad y

agudeza, y en toda su persona, en su modo de andar y en sus gestos, se traslucía la

elevación de clase y la del alma sin el menor síntoma del aire desdeñoso que algunos

atribuyen injustamente a toda especie de superioridad.

Viajaba por gusto, y era esencialmente bondadoso, por lo cual no se dejaba arrastrar a

estrellarse contra los vicios y los extravíos de la sociedad; es decir, que no se sentía con

vocación de atacar los molinos de viento, como Don Quijote. Érale mucho más grato

encontrar lo bueno, que buscaba con la misma satisfacción pura y sencilla que siente la

doncella al recoger violetas. Su fisonomía, su garbo, la gracia con que se embozaba en su

capa, su insensibilidad al frío y a la desazón general, estaban diciendo que era español.

Paseábase observando con mirada rápida y exacta la reunión, que, a guisa de

mosaico, amontonaba el acaso en aquellas tablas, cuyo conjunto se llama navío, así como

en dimensiones más pequeñas se llama ataúd. Pero hay poco que observar en hombres que

parecen ebrios y en mujeres que semejan cadáveres.

Sin embargo, mucho excitó su interés la familia de un oficial inglés, cuya mujer

había llegado a bordo tan indispuesta, que fue preciso llevarla a su camarote; lo mismo se

había hecho con el ama, y el padre la seguía con el niño de pecho en los brazos, después de

haber hecho sentar en el suelo a otras tres criaturas de dos, tres y cuatro años, encargándoles

que tuviesen juicio y no se moviesen de allí. Los pobres niños, criados quizá con gran rigor,

permanecieron inmóviles y silenciosos como los ángeles que pintan a los pies de la Virgen.

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Poco a poco el hermoso encarnado de sus mejillas desapareció; sus grandes ojos,

abiertos cuan grandes eran, quedaron como amortecidos y parados, y sin que un

movimiento ni una queja denunciase lo que padecían, el sufrimiento se pintó en sus rostros

asombrados y marchitos.

Nadie reparó en este silencioso padecer, en esta suave y dolorosa resignación.

El español iba a llamar al mayordomo, cuando le oyó responder de mal humor a un

joven que, en alemán y con gestos expresivos, parecía implorar su socorro en favor de

aquellas abandonadas criaturas.

Como la persona de este joven no indicaba elegancia ni distinción, y como no

hablaba más que alemán, el mayordomo le volvió la espalda, diciéndole que no le entendía.

Entonces aquel joven bajó a su camarote a proa, y volvió prontamente, trayendo una

almohada, un cobertor y un capote de bayetón. Con estos auxilios hizo una especie de cama,

acostó en ella a los niños y los arropó con el mayor esmero. Pero apenas se habían

reclinado, el mareo, comprimido por la inmovilidad, estalló de repente, y, en un instante,

almohada, cobertor y capote quedaron infestados y perdidos.

El español miró entonces al alemán, en cuya fisonomía sólo vio una sonrisa de

benévola satisfacción, que parecía decir: «¡Gracias a Dios, ya están aliviados!»

Dirigióle la palabra en inglés, en francés y en español, y no recibió otra respuesta

sino un saludo hecho con poca gracia, y esta frase repetida: Ich verstehe nicht (No

entiendo).

Cuando, después de comer, el español volvió a subir sobre cubierta, el frío había

aumentado. Se embozó en su capa y se puso a dar paseos. Entonces vio al alemán sentado

en un banco y mirando al mar, el cual, como para lucirse, venía a ostentar en los costados

del buque sus perlas de espuma y sus brillantes fosfóricos.

Estaba el joven observador sin su levitón, que había quedado inservible, y debía de

atormentarle el frío.

El español dio algunos pasos para acercársele, pero se detuvo, no sabiendo cómo

dirigirle la palabra. De pronto se sonrió como de una feliz ocurrencia, y yendo en derechura

hacia él, le dijo en latín:

-Debéis de tener mucho frío.

Esta voz, esta frase, produjeron en el extranjero la más viva satisfacción, y sonriendo

también con su interlocutor, le contestó en el mismo idioma:

-La noche está, en efecto, algo rigurosa; pero no pensaba en ello.

-Pues, ¿en qué pensabais? -le preguntó el español.

-Pensaba en mi padre, en mi madre, en mis hermanos y hermanas.

-¿Por qué viajáis, pues, si tanto sentís esa separación?

-¡Ah!, señor; la necesidad... Ese implacable déspota...

-¿Conque no viajáis por placer?

-Ese placer es para los ricos, y yo soy pobre. ¡Por mi gusto!... ¡Si supierais el objeto

de mi viaje, veríais cuán lejos está de ser placentero!

-¿Adónde vais, pues?

-A la guerra, a la guerra civil; la más terrible de todas: a Navarra.

-¡A la guerra! -exclamó el español al considerar el aspecto bondadoso, suave, casi

humilde y muy poco belicoso del alemán-. Pues qué, ¿sois militar?

-No, señor; no es ésa mi vocación. Ni mi inclinación ni mis principios me inducirían

a tomar las armas sino para defender la santa causa de la independencia de Alemania si el

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extranjero volviese otra vez a invadirla. Voy al ejército de Navarra a procurar colocarme

como cirujano.

-¡Y no conocéis la lengua!

-No, señor; pero la aprenderé.

-¿Ni el país?

-Tampoco. Jamás he salido de mi pueblo sino para la Universidad.

-Pero tendréis recomendaciones.

-Ninguna

-Contaréis con algún protector.

-No conozco a nadie en España.

-Pues entonces ¿qué tenéis?

-Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.

Quedó el español pensativo al oír estas palabras. Al considerar aquel rostro en que se

pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules, puros como los de un niño; aquella

sonrisa triste y al mismo tiempo confiada, se sintió vivamente interesado y casi enternecido.

-¿Queréis -le dijo después de una breve pausa- bajar conmigo y aceptar un ponche

para desechar el frío? Entretanto, hablaremos.

El alemán se inclinó en señal de gratitud, y siguió al español, el cual bajó al comedor

y pidió un ponche.

A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos acólitos; a un lado había dos

franceses. El español y el alemán sentáronse a los pies de la mesa.

-Pero ¿cómo -preguntó el primero- habéis podido concebir la idea de venir a este

desventurado país?

El alemán le hizo entonces un fiel reflejo de su vida. Era el sexto hijo de un profesor

de una ciudad pequeña de Sajonia, el cual había gastado cuanto tenía en la educación de sus

hijos. Concluida la del que vamos conociendo, hallábase sin ocupación ni empleo, como

tantos jóvenes pobres se encuentran en Alemania, después de haber consagrado su juventud

a excelentes y profundos estudios y de haber practicado su arte con los mejores maestros.

Su manutención era una carga para su familia, por lo cual, sin desanimarse, con toda su

calma germánica, tomó la resolución de venir a España, donde, por desgracia, la sangrienta

guerra del Norte le abría esperanzas de que pudieran utilizarse sus servicios.

-Bajo los tilos que hacen sombra a la puerta de mi casa -dijo al terminar su narraciónabracé

por última vez a mi buen padre, a mi querida madre, a mi hermana Lotte y a mis

hermanitos, que clamaban por acompañarme en mi peregrinación. Profundamente

conmovido y bañado en lágrimas, entré en la vida, que otros encuentran cubierta de flores.

Pero, ánimo, el hombre ha nacido para trabajar; el cielo coronará mis esfuerzos. Amo la

ciencia que profeso porque es grande y noble. Su objeto es el alivio de nuestros semejantes,

y el resultado es bello, aunque la tarea sea penosa.

-¿Y os llamáis...?

-Fritz Stein -respondió el alemán, incorporándose algún tanto sobre su asiento y

haciendo una ligera reverencia.

Poco tiempo después los dos nuevos amigos salieron.

Uno de los franceses, que estaba frente de la puerta vio que, al subir la escalera, el

español echó sobre los hombros del alemán su hermosa capa forrada de pieles, que el

alemán hizo alguna resistencia y que el otro se esquivó y se metió en su camarote.

-¿Habéis entendido lo que decían? -le preguntó su compatriota.

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-En verdad -repuso el primero, que era comisionista de comercio-, el latín no es mi

fuerte; pero el mozo rubio y pálido se me figura una especie de Werther llorón, y he oído

que hay en la historia su poco de Carlota, amén de los chiquillos, como en la novela

alemana. Por dicha, en lugar de acudir a la pistola para consolarse, ha echado mano del

ponche, lo que si no es tan sentimental, es mucho más filosófico y más alemán. En cuanto al

español, le creo un Don Quijote, protector de desvalidos, con sus ribetes de San Martín, que

partía su capa con los pobres; esto, unido a su talante altanero, a sus miradas firmes y

penetrantes como alambres y a su rostro pálido y descolorido, a manera de paisaje en noche

de luna, forma también un conjunto perfectamente español.

-Sabéis -repuso el otro-, que, como pintor de historias, voy a Tarifa, con designio de

pintar el sitio de aquella ciudad, en el momento en que el hijo de Guzmán hace seña a su

padre de que le sacrifique antes de rendir la plaza. Si ese joven quisiera servirme de modelo,

estoy seguro del buen éxito de mi cuadro. Jamás he visto la naturaleza más cerca de lo

ideal.

-Así sois todos los artistas: ¡siempre poetas! -respondió el comisionista-. Por mi

parte, sí no me engañan la gracia de ese hombre, su pie mujeril y bien plantado y la

elegancia y el perfil de su cintura, le califico desde ahora de torero. Quizá sea el mismo

Montes, que tiene, poco más o menos, la misma catadura y que además es rico y generoso.

-¡Un torero! -exclamó el artista-. ¡Un hombre del pueblo! ¿Os estáis chanceando?

-No, por cierto -dijo el otro-; estoy muy lejos de chancearme. No habéis vivido, como

yo, en España y no conocéis el temple aristocrático de su pueblo. Ya veréis, ya veréis. Mi

opinión es que, como gracias a los progresos de la igualdad y fraternidad los chocantes aires

aristocráticos se van extinguiendo, en breve no se hallarán sino en España, entre las gentes

del pueblo.

-¡Creer que ese hombre es un torero! -dijo el artista con tal sonrisa de desdén, que el

otro se levantó picado, y exclamó:

-Pronto sabré quién es; venid conmigo y exploraremos a su criado.

Los dos amigos subieron sobre cubierta, donde no tardaron en encontrar al hombre

que buscaban.

El comisionista, que hablaba algo de español, entabló conversación con él, y después

de algunas frases triviales, le dijo:

-¿Se ha ido a la cama su amo de usted?

-Sí, señor -respondió el criado, echando a su interlocutor una mirada llena de

penetración y malicia.

-¿Es muy rico?

-No soy su administrador, sino su ayuda de cámara.

-¿Viaja por negocios?

-No creo que los tenga.

-¿Viaja por su salud?

-La tiene muy buena.

-¿Viaja de incógnito?

-No, señor; con su nombre y apellido.

-¿Y se llama...?

-Don Carlos de la Cerda.

-¡Ilustre nombre, por cierto! -exclamó el pintor.

-El mío es Pedro de Guzmán, y muy servidor de ustedes -añadió el criado.

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Con lo cual les hizo una cortesía y se retiró.

-El Gil Blas tiene razón -dijo el francés-. En España no hay cosa más común que

apellidos ilustres: es verdad que en París mi zapatero se llama Martel, mi sastre Roland y mi

lavandera madame Bayard. En Escocia hay más Estuardos que piedras. ¡Hemos quedado

frescos! El tuno del criado se ha burlado de nosotros. Pero, bien considerado, yo sospecho

que es un agente de la facción, un empleado oscuro de don Carlos.

-¡Qué había de ser! -exclamó el artista-. Es mi Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno: el

héroe de mis sueños.

El otro francés se encogió de hombros.

Llegado el buque a Cádiz, el español se despidió de Stein.

-Tengo que detenerme algún tiempo en Andalucía -le dijo-. Pedro, mi criado, os

acompañará a Sevilla, y os tomará asiento en la diligencia de Madrid. Aquí tenéis una carta
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