CÓmo se gestó el llamado pacto antiterrorista y por qué se nos excluyó






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fecha de publicación03.08.2015
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CÓMO SE GESTÓ EL LLAMADO PACTO ANTITERRORISTA Y POR QUÉ SE NOS EXCLUYÓ

En los primeros años de la transición el PSOE tuvo, además de un portavoz parlamentario, dos territoriales. Carlos Solchaga por el socialismo vasco y Ernest Lluch por el catalán. Como se ve, eran otros tiempos. Los dos brillaron con luz propia y los dos fueron ministros de González. Pero a sensibilidad por lo vasco siempre le ganó Lluch al de Tafalla y eso que éste había sido miembro del primero y segundo Consejo Preautonómico Vasco presididos por Rubial y Garaikoetxea, los años 1978 y 1979, y había tenido devaneos con la ETA del franquismo, había sido miembro de la Asamblea de Parlamentarios Vascos, trabajaba en Bilbao en el Banco Vizcaya y fue el redactor del programa, que incluía la transferencia de la Seguridad Social, de los socialistas vascos en las primeras elecciones autonó­micas en 1980. A pesar de todo eso, Ernest Lluch sentía pasión por lo vasco, lo estudiaba, le encantaba discutir y escribir sobre ello y vivir en San Sebastián, donde había adquirido un piso.

Le conocí en su última etapa como diputado en el Congreso donde estaba incómodo como parlamentario de la mayoría porque su único trabajo era apretar el botón. Un día coincidí con él en el avión que iba a Bilbao. Se me sentó en el asiento contiguo y me dio una clase de sociología aplicada en la que analizaba la virulencia y los viveros de ETA en función de zonas geográficas vascas. Una de ellas y la, para él, más característica era el Gohierri gipuzkoano. Estando en ello le dije si no se daba cuenta que en lugar de ir a Bilbao tenía que estar en el Congreso votando un importante proyecto de ley. «Me da igual. Pagaré la multa y ya está. Además diré que nos habíamos puesto de acuerdo tú y yo. Tú no ibas y yo tampoco. Pero me parece más interesante lo que voy a hacer en Bilbao», me contestó.

Aquel año 2000 se cumplían sesenta de la entrega del primer presidente de la Generalitat Lluís Companys al gobierno de Franco. El secuestro se había trabajado desde la mencionada sede vasca de la avenue Marceau y Companys era entregado para, tras una farsa de juicio, ser fusilado en los fosos del Castillo de Montjuíc. La noticia tenía enjundia y al acto en el Ayuntamiento de Irun, con presencia de concejales de HB, y una representación teatral simbólica en el Puente Internacional de Hendaya acudió Ernest Lluch, con quien tuve oportunidad de volver a conversar.

ETA comenzó matando

Aquel año 2000, ETA había comenzado el año con el asesinato en un coche bomba del teniente coronel Blanco García. Era el primer crimen tras la ruptura de la tregua de 1999 y el lehendakari Ibarretxe había anunciado que dejaba en suspenso el Pacto de Legislatura con EH. Al poco, IU anunciaba que abandonaba el Pacto de Lizarra. Inmediatamente después, el PP hacía público que suspendía sus relaciones con el Lehendakari negándose incluso a hablar con él.

Inmersos en semejante clima enrarecido, ETA asesinó en Vitoria, con otro coche bomba, al portavoz del grupo socialista en el Parlamento vasco y antiguo vicelehendakari y diputado general de Álava, Fernando Buesa, y a su escolta Jorge Diez. Aquello fue toda una conmoción que además sirvió para constatar la creciente división de la ciudadanía y de los políticos que convocaban una manifestación con lemas y cabeceras distintas. Y eso ocurría tres días antes del inicio de la campaña electoral para las legislativas generales con un Almunia en pacto inestable con Francisco Frutos y con un Aznar culpando al nacionalismo de todo. No fue extraño que el 12 de marzo el PP obtuviera una abrumadora mayoría absoluta de 183 diputados ni que esa misma noche electoral Joaquín Almunia dimitiera como secretario general del PSOE.

Ante semejante bloqueo, el Lehendakari solicitó hablar con Aznar y éste le recibió en La Moncloa. Ibarretxe le presentó su oferta de diálogo, que Aznar rechazó.

Pero, desgraciadamente, ETA continuaba actuando. El 7 de mayo en Andoain ETA asesinó al columnista José Luís López de la Calle. El gran dedo acusador se volvió una vez más contra el PNV y el Lehendakari admitió que el Pacto de Lizarra había quedado invalidado mientras el PNV forzaba la suspensión sine die del acuerdo municipal conocido como Udalbiltza. Pero ETA estaba dispuesta a que todo se pusiera patas arriba y asesinó en Durango al edil del PP Jesús María Pedrosa, un personaje asimismo afiliado al sindicato nacionalista ELA y que tomaba chiquitos en el batzoki de Durango. La locura parecía no tener límite y, ante la presión popular, el 22 de junio, Aznar recibió a Ibarretxe en La Moncloa tras haberle dicho previamente que «le iba a decir todo y por su orden».

En el PSOE, mientras tanto, de las cuatro candidaturas presentadas para sustituir a Almunia, las de José Bono, Matilde Fernández, Rosa Diez y Rodríguez Zapatero, venció la de este último, que tras entrevistarse con Aznar lo primero que dijo y anunció fue que había que construir con el PP una alternativa al PNV. La presión contra el PNV era tal que ése parecía el único programa creíble para un Rodríguez Zapatero necesitado de ser admitido en sociedad como buen español y no dudoso de su combate contra ETA. A pesar de que en esa primera reunión Aznar le dijo a Zapatero «sé tú mismo», en realidad le había querido decir «sólo serás tú mismo si haces todo lo que yo te digo». Y para nuestra sorpresa, Zapatero se convirtió en el eco de Aznar.

En ese mes de agosto, en una de esas entrevistas veraniegas, me preguntaron por el nuevo equipo al que Benegas había bautizado como «la guardería». «Son gente preparada, competente, y los conocemos desde hace años, pero de lo vasco tienen tanta idea como yo de Salamanca y de León», les contesté. Al poco, el director del Museo de Salamanca me envió una guía de la ciudad, pero yo me ratifiqué en lo dicho. Ni Zapatero, ni Caldera tenían idea de un material tan sensible y explosivo como era el contexto político vasco y no es de extrañar que en lugar de aplicar ideología y programa propio, cogieron el del vecino que de esta manera los convirtió en sus prisioneros ideológicos y, a raíz de aquella intervención, el Pacto Antiterrorista dejó de ser tal para convertirse en antinacionalista.

Pero esos meses de julio, agosto y septiembre de 2000 nos trajo nada menos que el asesinato del ex gobernador civil de Gipuzkoa, el muy dialogante Juan María Jáuregui. No conforme con semejante «hazaña» realizada en un bar de Tolosa y aprovechando un viaje desde Chile del dirigente socialista, ETA asesina en Oiarzun al nacionalista y presidente de los empresarios gipuzkoanos, José María Korta, y al día siguiente, en Berriozar, al brigada Francisco Casanova y a los once días al concejal del PP en Zumarraga, Manuel Indiano.

Aquella espiral de sangre y muerte fue el nudo de la conversación que mantuvimos González de Txabarri y yo en Irun con Ernest Lluch mientras éste nos decía que había que hacer algo y pronto. Nos pedía mayor contundencia mientras reconocía la labor nefasta de unos medios que habían cambiado la posición de su mira telescópica. «Antes el enemigo a batir era ETA, ahora sois vosotros —nos decía indignado—, y de esta forma no hay Dios que arregle esto.»

Su asesinato

Aquel otoño de 2000 fue caliente políticamente hablando. El PP y el PSOE al alimón decidieron presentar mociones de censura al Lehendakari aun a sabiendas que no podían prosperar, como así fue, mientras ETA continuaba atentando y el 21 de septiembre asesinó en San Adrián del Besós al concejal del PP José Luís Ruiz Casado.

En este clima, Ibarretxe creyó que había llegado el momento de presentar una triple propuesta por la paz, cuestión ésta que hizo en el Debate de Política General del Parlamento vasco. Todo esto a Mayor Oreja y a Nicolás Redondo les sonaba a música celestial porque la entente entre los dos había ya comenzado.

En octubre, ETA asesinó en Sevilla al teniente coronel médico Antonio Muñoz Cariñanos y al funcionario de prisiones Máximo Casado, y en Madrid, al magistrado José Francisco Querol, su escolta y su chofer y a un conductor de un autobús de línea. En se­mejante clima emocional las fuerzas que apoyaban al gobierno vasco convocaron una manifestación con un lema muy claro: «Bakea. ETA ez.» (Paz. ETA no.)

De ahí que el 21 de noviembre, por la noche, no hubo nadie con un gramo de humanidad ni preocupado mínimamente por lo político que no se llevara las manos a la cabeza ante la magnitud de la noticia: «ETA acaba de asesinar al ex ministro socialista Ernest Lluch.» Aquello parecía un mal sueño. No podía ser posible. «¿A Lluch?»

Pues sí. A Ernest Lluch.

Veinticinco años de la coronación

El gobierno de Aznar en el año 2000 quiso recordar el acto de la coronación del Rey Juan Carlos. Curiosamente no había tenido el mismo interés en recordar la muerte del dictador. Veinticinco años después la efeméride merecía decir a las nuevas generaciones que aquello había sido una horrible carnicería y que el delito de una sublevación militar había sido durante cuarenta años pura apología del terrorismo, muchos de cuyos herederos estaban sentados en el banco azul.

Pero el clima creado por los asesinatos de ETA no nos permitió a IU y al PNV decir que no acudiríamos a un acto que no recordaba el veinticinco aniversario de una coronación tras la aprobación de una Constitución democrática, sino la coronación ante los procuradores franquistas de un rey en aquel momento impuesto por un dictador.

El caso es que la sala se vistió de gala para oír al jefe del Estado que leyó cosas de interés que si se hubieran llevado a la práctica deberían incomodar a un Aznar cerrado al diálogo: «La solidaridad en los objetivos no busca imposiciones. Requiere más bien una voluntad permanente de diálogo presidido por la lealtad recíproca entre las instituciones.» A mi lado, el portavoz de IU me decía: «Mira, ese ponente constitucional acaba de decir que el nacionalismo es como un virus destructivo que se ha introducido en el engranaje constitucional.». A nadie nos extrañó cuando, a los pocos días, Aznar, desde la muy nacionalista e independiente Croacia, gritara que “lo vasco de cuestión política nada”y que lo que quería de verdad era un acuerdo de fondo con el PSOE. De hecho, en la Junta de Portavoces posterior al acto con el Rey, los partidos de la oposición le criticamos a la presidenta su discurso en aquel 25 aniversario en el que había omitido la voluntad popular, había silenciado el régimen de Franco y había hecho una curiosa comparación entre Constitución y Reforma Política junto a una alusión hecha «al enfrentamiento entre compatriotas» refiriéndose al 23-F. Pero mientras el portavoz Caldera criticaba duramente a la presidenta Luisa Fernanda Rudi, por debajo, Javier Zarzalejos y Alfredo Pérez Rubalcaba, muñían algo muy parecido a un Frente Nacional. Y no precisamente contra el terrorismo. Los extremos, nuevamente, se estaban alimentando.

La manifestación en Barcelona

El acto con el Rey se celebró bajo la tremenda impresión del asesinato de Ernest Lluch, que había trabajado en aquel hemiciclo como diputado y ministro, y casi todos le conocíamos. A su calidad humana se le unía su visión hacía la resolución de un problema enquistado cuya llave creía ver en el diálogo.

Por la tarde, la Cámara nos puso a los diputados el servicio de un avión de la Fuerza Aérea para ir a la manifestación que se estaba organizando en Barcelona. Y allí fui junto a los diputados del PNV José Juan González de Txabarri y Josu Erkoreka, no sin cierta pre­vención, habida cuenta del ambiente ígneo que se vivía.

Al llegar a Barcelona nos encontramos con el ex Lehendakari Ardanza, el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna así como con el Lehendakari Ibarretxe, que iba llevado en volandas y protegido por el PSC y la Generalitat y rodeado de un nutrido coro de aplausos, no así Aznar.

La multitudinaria y emocionada manifestación hizo una distinción muy clara entre ETA y el nacionalismo y fue el PSC quien más interés tuvo en que no se insultara al Lehendakari ni a nadie del PNV. Veníamos de una manifestación celebrada en Madrid donde lo que más se había coreado había sido la petición de la pena de muerte con gravísimos insultos contra Xabier Arzalluz. Por eso los tres diputados vascos, mientras recorríamos aquella extraordinaria manifestación de dolor, nos mirábamos incrédulos, ante tantas muestras de solidaridad, simpatía, petición de diálogo, y rodeados de una emoción inenarrable a favor del legado ético y dialogante de Ernest Lluch.

Pero ya la culminación fue cuando Gemma Nierga subió a la tribuna y dijo aquello de «Ernest Lluch hubiera dialogado con sus asesinos. Dialoguen ustedes». Había que estar allí para palpar la emoción del momento corroborada por las propias hijas y compañera del político catalán asesinado. En aquel clima, el rector de la Universidad de Barcelona nos decía: «Ernest quería a Euzkadi apasionadamente. Y para arreglar algo hay que querer a las personas, no odiarlas. Y Ernest os quería.»

Todo eso molestó sobremanera al PP, que se vio desplazado y maltratado. Los portavoces y diputados del PP estaban indignados y en el trayecto desde la plaza de Cataluña al aeropuerto no pararon de despotricar contra todo y contra todos, mientras nosotros, por lo bajo, nos mirábamos con ojos de complicidad y con algún guiño que otro.

Entre otros con Virgilio Zapatero, que había sido ministro de la Presidencia en tiempos de González y es en la actualidad el rector de la Universidad de Alcalá de Henares. Acababa de editar un libro sobre Fernando de los Ríos. «La culpa la tenéis vosotros —le decíamos— a cuenta de aquella consigna anestesiante en la transición de que había que mirar al futuro. Eso logró que el franquismo se saliera de aquella inmensa responsabilidad y ahora sus herederos nos dan lecciones de democracia y lo vasco lo resumen sólo a ETA.» Zapatero nos reconocía el hecho mientras nos comentaba la relación que su biografiado De los Ríos había tenido con el lehendakari Aguirre en Nueva York. «Yo —nos replicaba—, cuando oigo esas cosas de vosotros no les doy crédito porque os conozco y sé vuestra historia y vuestro compromiso ético, pero a pesar de todo me hacen dudar, por eso me pregunto ¿cuánto daño estará haciendo todo esto en el españolito corriente sin ningún elemento de juicio de contraste salvo unos medios tan hostiles a vosotros?»

El pacto antinacionalista

La transmisión en directo de la manifestación y de las palabras de Nierga. La aprobación de la familia de Lluch. El rechazo a Aznar en Barcelona. La petición clamorosa de diálogo tras un año 2000 caracterizado por la violencia y el terror de ETA, encendieron la luz roja del Ministerio del Interior de Oreja y de La Moncloa, que decidieron agilizar todos los trámites para la firma de un pacto que bajo el eufónico nombre «Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo» podía resumirse en «Pacto Antinacionalista». A tal efecto se excluyó a IU y a CiU con la excusa de que podían adherirse cuando quisieran a un menú previamente cocinado en La Moncloa entre Zarzalejos y Pérez Rubalcaba. A diferencia del Pacto de Madrid de 1987, cuyo único objetivo era la unión de todos contra ETA, aquí la estrategia era otra. Los verdaderos partidos españoles contra el terrorismo, sin análisis previo alguno y reduciéndolo todo a un mero pacto policial sin monsergas democráticas.

Lo malo de todo esto fue ver a Alfredo Pérez Rubalcaba hacer el papel contrario al realizado en tiempos de González. Recordábamos la últi­ma reunión celebrada con él en el despacho de Caldera, tras haber aceptado reunimos con Mayor Oreja en la sede de su ministerio lo mismo que una reunión previa a una visita de Arzalluz en La Moncloa, en la que habíamos comido con él y con Corcuera y cuyo único mensaje socialista había sido que no se rompiera con ese mundo violento como había hecho Aznar desvelando el nombre del intermediario Pérez Esquivel y rompiendo todo contacto con el mundo de las cárceles y con la posibilidad de una negociación. «Dile a Aznar —le decían Corcuera y Pérez Rubalcaba a Arzalluz— que haga lo que haga siempre le apoyaremos y que en este campo entendemos que hay que hacerlo discretamente y con apoyo.» Arzalluz, horas después, se lo transmitía a Aznar. «Bastaría que lo hiciera y se me arrojarían al cuello», le contestó éste con una dureza inusitada.

Y sin embargo era el mismo Pérez Rubalcaba el que, solícito, subía la escalera del Ministerio del Interior, el que pergeñaba documentos y documentos con Javier Zarzalejos y el que de todo lo vivido con el PNV no quería saber nada de nada. ¿Podía ser el mismo diputado socialista con el que negociamos la Logse y cuya única obsesión había sido dejar solo al PP? ¿Era el mismo Pérez Rubalcaba al que Arzalluz le llevó a Madrid un día, en el que comimos con él, una caja de pastas y caramelos típicos de la pastelería Goya para su mujer, que es vitoriana? ¿No sería un clon de aquel ministro de la Presidencia y portavoz del gobierno de Felipe González que le decía a Arzalluz que almorzara con Anson para suavizar sus argumentos, mientras Arzalluz le decía que no tenía columna vertebral y que para achantar a Anson no había que acariciar a la fiera sino enfrentarse con ella? ¿Se trataba del mismo Alfredo Pérez Rubalcaba que en la crisis del caso Mariano Rubio nos pidió que presidiéramos la comisión de investigación y al decirle nosotros que agilizara la transferencia de la política de aguas lo hizo en veinticuatro horas para que Jon Zabalía hiciera aquel complicado trabajo?

Pues sí. Era el mismo Pérez Rubalcaba, de Solares, seguidor entusiasta del Real Madrid, hombre listo y agradable con el que se puede discutir inteligentemente de muchas cosas. Pero en ese momento, sin tan siquiera avisarnos de nada, nos había ya señalado, junto con Zarzalejos, como los culpables de todo aquel año 2000. Y eso era en definitiva aquel pacto que no iba a acabar con ETA sino que tenía raíces mucho mas profundas. Era un Frente Nacional, lo nunca visto en la polí­tica española. No había precedentes.

Bien es verdad que una ETA salvaje golpeando preferentemente al socialismo había sentado las bases para un acuerdo de semejante envergadura histórica. Sin embargo, Pérez Rubalcaba había renunciado a la política, a la historia, al diálogo y a la complicidad que habíamos mantenido durante tantos años por aquel antidemocrático y excluyente regate que en el fondo había sido un gol en su propia portería del Real Madrid.

En este contexto fue cuando, el 12 de diciembre, el PP y el PSOE firman en La Moncloa el «Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo» en cuyo preámbulo se descalificaba la estrategia del nacionalismo vasco.

Mal estilo

La presión del PP hacia el nuevo secretario general del PSOE, José Luís Rodríguez Zapatero, era antológica. Lo quería sometido irrestrictamente a la política de trinchera del Ministerio del Interior sin ningún tipo de veleidad a la experiencia de González, Corcuera, Antoni Asunción y demás valedores de las conversaciones de Argel o de búsqueda de un final dialogado de la violencia.

En ese ambiente, una de las piezas clave la estaba siendo el secretario general del Partido Socialista de Euzkadi, Nicolás Redondo, que había roto amarras con el posibilista Benegas y con toda la experiencia y relación acumulada entre dos partidos centenarios.

Y sin embargo, y a pesar de la firma en La Moncloa, decidimos acudir al Congreso del PSE. Digo PSE pues ya lo de Euskadiko Ezquerra ni lo dijeron. Y allí fui con Josune Ariztondo, secretaria del Euzkadi Buru Batzar, que observaba atónita cómo un partido invitaba a otros a su clausura y que, sin embargo, la bronca interna impedía darnos una atención medianamente presentable. Menos mal que Isabel Celaa se tomó el trabajo de atendernos y de aguantar a una socialista que le increpó sobre por qué el PSE estaba en manos del PP

Así estuvimos por espacio de casi tres horas para al final ver a un Redondo, al que no le salían las cuentas, quedar elegido casi por los pelos. La gran sala del Palacio Euskalduna estaba bien ambientada pero sin presencia alguna del euskera, o de un distintivo vasco o de tan sólo una ikurriña. Aquel congreso podía ser el del socialismo castellano o el del andaluz. Podíamos estar en Algeciras o en Albacete y eso era también lo que estaba pasando con el socialismo vasco.

Curiosamente se homenajeó a Lluch con una canción del independentista Lluís Llach cantando en catalán. Nada en euskera. Intervino Redondo. Nos criticó, aunque no de manera tan zafia y mitinera como Rodríguez Zapatero. Aquello nada tenía que ver con lo que había dicho en el homenaje a Lluch en Barcelona. Estuvo agresivo y faltón con Ibarretxe, con el PNV, con el gobierno vasco y con un Arzalluz del que se jactó que nunca le había dado la mano.

Ariztondo y yo nos mirábamos. ¿Cómo era posible que se invitara a un partido al cierre de un congreso quizá con la única misión de, para desviar malos olores internos, agredirle con semejantes calificativos y estando nosotros de cuerpo presente? ¿Invitar para insultar? Ariztondo y yo estuvimos en un tris de levantarnos y marcharnos. Aquello era mal estilo, prepotencia y falta de habilidad política. Pero era también una evidencia. Todo se pegaba menos la hermosura y el PSE había ya adquirido el estilo del PP hasta el punto de que el alcalde de Santurce, Javier Cruz, lo verbalizaba en una en­trevista que le hacía Jiménez Losantos: «Hay que desalojar al PNV de todo.» Era la consigna.

Los que habíamos visto al PSC en la manifestación de Barcelona y los que veíamos la actitud del PSE nos dimos cuenta de que el famoso pacto no era contra ETA. Claramente era contra el PNV.

Carta a Caldera

Cuando en 1993 Eduardo Martín Toval fue sustituido como portavoz del PSOE por el ex ministro Carlos Solchaga y éste eligió como su adjunto al salmantino Jesús Caldera, entablamos una relación política intensa que se acrecentó cuando, tras dimitir Solchaga por el caso Rubio, fue sustituido por Joaquín Almunia, que mantuvo a Caldera como su adjunto.

Natural de Béjar y con aspecto de monaguillo o de cura exclaustrado como le describió un columnista a él que se jacta de no pisar una iglesia y dice ser hombre de izquierda y nada dogmático. Español lo justo, con prontos que le pierden y en continua preocupación por su imagen. En la entrega de unos premios de los periodistas del Congreso le dije que se había declarado en rueda de prensa permanente y la cosa le hizo tanta gracia que siempre me lo recuerda porque era para él una buena definición.

Es hombre de buenos sentimientos y a veces actúa como un niño malcriado. Le gusta apostar y cuando alguien se le mete entre ceja y ceja, lo crucifica.

Al volver de un viaje a México en el que había tratado de meternos a todas horas una serie de discursos tras haber leído el libro de Hugh Thomas “La Conquista de México” cuestión que el presidente de la delegación, el catalán López de Lerma, sólo le había permitido en la última cena, le dije al sobrevolar Béjar, su pueblo natal, que lo viera por la ventanilla para ver cómo era Béjar sin él.

Con Lola, su mujer, hemos hecho numerosos viajes parlamentarios y reído con esos prontos de Jesús en los que su mercurio sube y baja como la espuma.

Todo esto me sirve para describir una terrible sensación de incredulidad ante lo que estaba aconteciendo. Una ruptura sangrienta de la tregua de ETA con dos asesinatos, entre otros, de dos socialistas tan señalados como Fernando Buesa y Ernest Lluch. Una sustitución traumática de Joaquín Almunia tras la mayoría absoluta del PP. Una ruptura con la política del diálogo y la negociación.

La llegada de un inexperto Rodríguez Zapatero, prisionero mediático e ideológico de un agresivo PP. La increíble ciaboga del amigo Pérez Rubalcaba. El silencio de Felipe González obligado por la nueva dirección. El Pacto Antinacionalista defendido con entusiasmo por el PSOE. El mal estilo del Congreso del PSE. El sinsentido de la continua violencia de ETA y la defensa que hacía Caldera de aquel, para mí, engendro, me hizo escribirle la siguiente carta que le sentó como un puñetazo en la nariz:

Bilbao, 11 de diciembre de 2000

Sr. D. Jesús Caldera Portavoz PSOE Congreso

Estimado Jesús,

Felicidades. Ya lo tenéis. Un acuerdo cerrado con el PP contra el nacionalismo DEMOCRÁTICO vasco. Un frente nacional del nacionalismo español contra los «bárbaros del Norte». Y en los bárbaros estamos ETA, HB, PNV y EA y los «tontos útiles de IU». Más del 60por ciento de los vascos.

Pero ya me lo dijiste. «No podemos acercarnos a vosotros. Son cinco millones de votos menos.» Es decir, aquí no hay planteamiento de Estado, sino un cálculo de partido. Zapatero necesita tiempo, Redondo toca poder y lo de menos es ETA.

El otro día fui donde aquel Caldera que creía seguía siendo el mismo de hace un año, cuando tú y yo pusimos contra las cuerdas alPP al no votar aquella iniciativa que comenzaba condenando la sublevación militar de Franco. El mayor delito de sangre de la historia de España del siglo XX. Un año después, y ante la bochornosa conmemoración del 25 aniversario de la muerte del dictador, camuflada por un acto penoso en el Congreso que recordaba el nombramiento del Rey por una Cámara orgánica de procuradores franquistas, creímos llegado el momento de pedir se quitara, veinticinco años después, la simbología franquista que aún insulta al ciudadano. Y me dijiste que no. Ya estabais en luna de miel con el PP, Rubalcaba acariciaba la espalda de Zarzalejos y no era políticamente correcta esa iniciativa tan osada. El Caldera antifranquista de hace un año, convertido en un manso gatito ante Arenas.

Jesús, tú sabes, como decía Fernández Ordóñez, que la ideología cabe en la punta de una servilleta, y el resto son relaciones personales. Por tanto he de reprocharte el trato personal que nos habéis dado. Tomasteis la opción del PP, cerrasteis un acuerdo, y no habéis tenido ni la cortesía mínima de informarnos personalmente. Y esto, sobre todo como en el caso de Rubalcaba, a quien conozco desde la negociación de la Logse, es bochornoso. Te lo resumo: es una vergüenza lo que habéis hecho y cómo lo habéis hecho..

Sobre el PACTO ANTINACIONALISTA:

  1. Nombráis al PNV y EA en cuatro ocasiones. A ETA en tres. Vuestra obsesión es el nacionalismo, no ETA.

  2. Es un retroceso de Ajuria Enea. ¿Dónde queda el PSOE de Argel, Pérez Esquivel, Corcuera y demás? ¿Dónde? ¿Qué vais a hacer cuando se produzca el siguiente atentado? ¿Culparle al PNV por no estar en un pacto cerrado y cocinado en el despacho del ministro del Interior? ¿Tú crees que tras ese pacto, ETA va a dejar de asesinar?

  3. Habíamos quedado que sin violencia en democracia se podía reivindicar todo. ¿Qué se le puede decir a un joven violento que dice que eso es mentira? ¿Que tiene razón y la única salida es la violencia?

  4. El lehendakari en el debate de política general mandó Lizarra al desván de la historia porque a Lizarra la mató ETA cuando rompió la tregua. Pero vosotros os empeñáis en esgrimir Lizarra. ¿No será porque Lizarra habla de un conflicto de origen y naturaleza política y vosotros, como el PP, no queréis ni oír hablar de esto?

Lo decía Alejandro Agag. «Primero, acabar con Lizarra. Segundo, vencer al PNV aunque sea por un voto y hacerle la vida imposible a lbarretxe. Tercero, tiempo y sangre. Tiempo, tenemos de sobra y sangre, la que sea, porque la alternativa es negociar y no queremos y después de éstos, vienen los catalanes.»

Ésa es la visión de Estado que avaláis con vuestra firma.

5. Parece que os alegráis del fracaso de Lizarra. Pero fracasó porque el PNV le dijo No a ETA. Pero «equivocándonos», se logró que en quince meses no hubiera un solo muerto. El PP, con su cerrazón, ha logrado que ETA mate a 21 personas en un año. Tras ese pacto, la iniciativa se la dejáis a ETA. Y eso es muy grave. Los demás a esperar el siguiente funeral.

Vosotros siempre habéis dicho que si hubierais tenido quince meses para maniobrar hubierais hecho virguerías, pero al parecer, vuestra palabra, como el yogur, tiene fecha de caducidad.

  1. A los que siempre hemos propiciado un acercamiento a vosotros y reconducir las cosas, nos habéis dejado sin argumentos. Si el PSOE pacta con el PP, al PNV sólo le queda la salida de HB. Y eso es fraccionar la sociedad, sobre todo con una ETA que no está en tregua, porque si se hizo el acuerdo con HB fue para consolidar una tregua.

  2. Habéis incumplido todo lo que dijisteis en agosto, y en la conversación que tuvimos Zubia, Txabarri y yo, en tu despacho, contigo y Rubalcaba.

Arrumbamos Lizarra, dejamos sin presupuesto a Udalbiltza, organizamos una manifestación contra ETA donde vosotros fuisteis en la cola y sin embargo la ciudadanía os apoyó, estuvimos con Mayor Oreja, en su despacho, organizamos la semana pasada en San Juan de Luz una manifestación nítidamente contra ETA, hicimos un acto de reconocimiento del Estatuto de Gernika y os hemos pedido conversaciones.

Y¿qué habéis hecho vosotros?
No hablar con el PNV, insultarnos en vuestro congreso en Bilbao, plantearle una moción de censura a Ibarretxe, descalificar a sus dirigentes, matar definitivamente hasta el Pacto de Ajuria Enea, besuquearos en público con el PP y cerrar cualquier tipo de acuerdo por simple cálculo electoral de partido.

Y el argumento es que el PNV está demonizado.

Porque vosotros lo habéis querido.

Lo de RTVE es de juzgado de guardia. Silencian noticias positivas, desmesuran fuera de contexto expresiones desafortunadas, se impone un pensamiento único preconstitucional y cuando eso ha cuajado, vosotros no tenéis el coraje de romper ese fascista muro de silencio y distorsión y os plegáis a él.

Hace veinte años al PNV se le excluyó de la Ponencia Constitucional. Veinte años después los españoles dicen en las encuestas que el principal problema del país es el terrorismo. Y sin embargo, el histórico PSOE pacta contra el PNV en una orgía de nacionalismo español que sólo va a lograr dar argumentos a quienes están deseando esa fotografía.

Habéis matado por segunda vez a Lluch. La primera fue ETA, al Lluch persona. La segunda vosotros, a sus ideas de diálogo, porque el diálogo no es entre el PP y el PSOE, sino entre todos. Habéis defrau­dado la manifestación de Barcelona.

La vida es muy larga. Verás cuando ocurra el siguiente atentado y Aznar acuse al PNV, que el papel que habéis firmado es mero papel mojado, pero que habrá dejado en el camino lo más importante en política: las relaciones personales y la confianza, que habíamos mantenido hasta ahora.

¡Qué error!¡Qué inmenso error!

Un abrazo,

Contra las cuerdas

Caldera, el mismo día en que recibió mi carta bomba, se encontró con mis compañeros diputados en el aeropuerto. Les dijo que estaba desolado. Pero no tuvo capacidad de mover ni una coma de aquel acuerdo de calado. No sabía que aquel papel no iba a servir para detener la locura de ETA. Esta organización, aquel mes de diciembre de 2000 y justo a los dos días de la firma del pacto, asesinaba en Tarrasa a Francisco Cano, concejal del PP del Ayuntamiento de Viladecavalls y el 20 de diciembre ETA asesinaba en Barcelona al policía municipal Miguel Ángel Gervilla, el mismo día en el que el lehendakari convocaba en Gernika un acto a favor de un compromiso ético. Finalizaba aquel año 2000 entre sangre, dolor, lágrimas y acuerdos de futuro. Cambiaba no sólo el milenio. Cambiaba una manera de entender la solución a un problema político que no se quería admitir que lo era.

Lo único que nos quedó a IU, a CiU y al PNV fue organizar en el salón de relojes del Congreso una reunión donde no acudió nadie del PSOE, ni del PP y organizar una rueda de prensa en el escritorio denunciando la marginación a la que se nos había sometido. Posteriormente dimos una rueda de prensa con Llamazares pero todo aquello era simple pataleo. Mediáticamente las supuestas bondades del acuerdo PP-PSOE se elevaron a los altares aunque nadie supiera de verdad de qué estaban hablando porque el pacto no estaba impidiendo que, mientras era tan engoladamente vendido, ETA estuviera preparando sus siguientes atentados. Se había roto una forma de trabajar pero se había salvado una idea de España unida que en el fondo parecía que era lo importante.

Por esos días nos reunimos en la plataforma de la llamada Declaración de Barcelona y emitimos la siguiente protesta fechada en Madrid el 12 de diciembre:

“Los grupos políticos que conforman Galeusca —CiU, PNV y BNG—, ante el denominado acuerdo PP-PSOE para combatir el terrorismo, manifiestan:

1. El método seguido para llegar a este acuerdo fue todo un modelo de espíritu antidemocrático. Se gestó al margen del Parlamento y se excluye a la mayoría del abanico parlamentario, con descarada prepotencia y evidente finalidad electoralista, a pesar de tratarse de un tema de tanta gravedad en el que se necesita la participación y el compromiso de todos los partidos democráticos, y no la manipulación político-partidaria con fines electoralistas.

2. La disposición a llegar a acuerdos en el combate contra el terrorismo, desde el respeto al pluralismo democrático legitimado por la Constitución Española sin exclusiones de nadie, excepto de los que practican la violencia y desde el compromiso de buscar soluciones reales”.

Pero todo esto no sirvió de nada. El 29 de marzo de 2003, Pérez Rubalcaba y Zarzalejos resumían lo que había sido aquel acuerdo: «El Pacto Antiterrorista ya no se refiere a una hipotética solución negociada con ETA, como sucedió con su precedente, el Pacto de Ajuria Enea de 1988, sino en dirigir a la banda un mensaje disuasorio: gobierne quien gobierne en España, ETA jamás logrará sus objetivos.»

Cámbiese ETA por el PNV y la afirmación quedará más clara. Eso fue aquel «acuerdo» que, fundamentalmente, traicionaba el espíritu del asesinado Ernest Lluch. Fue su segunda muerte.

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