Estudio preliminar






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Alejandro Sawa

Iluminaciones en la sombra

Edición, estudio y notas

de

IRIS M. ZAVALA



Primera edición, 1977

EDITORIAL ALHAMBRA, S. A.

R. E. 182

Madrid-1. Claudio Coello, 76
Delegaciones:

Barcelona-8. Enrique Granados, 61

Bilbao-14. Doctor Albiñana, 12

La Coruña. Pasadizo de Pernas, 13

Málaga. La Regente, 5

Oviedo. Avda. del Cristo, 9

Sevilla-12. Reina Mercedes, 35

Valencia-3. Cabillers, 5
México

Editia Mexicana, S. A.

México-6, D.F. Lucerna, 84-106

Apart. 61-261
Rep. Argentina

Editorial Siluetas, S. A.

Buenos Aires-1201. Bartolomé Mitre, 3745/49
Perú

Editia Peruana, S. R. Ltda. Lima. José Díaz, 208.


n c 27020050

© Herederos de Alejandro Sawa
Edición, estudio y notas de Iris M. Zavala


ISBN 84-205-0359-2
Depósito legal: M. 21.481 - 1977

Impreso en España - Printed in Spain

Tordesillas, O. G. - Sierra de Monchique, 25 - Madrid-18

ÍNDICE


ESTUDIO PRELIMINAR 4

I. BOHEMIA Y FIN DE SIGLO 5

II. ESPAÑA, FIN DE SIGLO: BOHEMIA, ANARQUISMO, SOCIALISMO 10

III. ALEJANDRO SAWA, HOMBRE DE NOVELA 21

IV. ALEJANDRO SAWA, ESCRITOR 28

V. ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 35

BIBLIOGRAFÍA 38

NUESTRA EDICIÓN 41

ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 42

ALEJANDRO SAWA 43

A ALEJANDRO SAWA 47

ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 48

BREVE ANTOLOGÍA DE ARTÍCULOS 133

CORRESPONDANCE LATINE 133

Feminismo 134

Una carta 136

Notas 138

LO DE SIEMPRE* 138

Un destino 140

Zola 141

Crónica 143

Crónica 144

De moral 145

Ante el misterio 146

LOS CORTESANOS DE LO ÍNFIMO 147

La historia que miente 148

Vaguedades 150

ESTUDIO PRELIMINAR



Yo soy un hombre que, de

tanto mirar hacia la luz

se ha quemado las pupilas.
Alejandro Sawa.

[3]

I. BOHEMIA Y FIN DE SIGLO



Pour dissimuler leur misère,

ne pas la porter comme un joug,

ils la portent comme une

faintasie.

Jules VallÈs: Les réfractaires.

Lo dijo George Sand en 1837, en la novela Le dernière Aldini, echando a rodar al mundo literario moneda nueva, al definir la bohemia como pasión de independencia y libertad. Los grandes nos rechazan:
Ils nous laissent nous amuser sans eux; laissons les s'ennuyer sans nous. Narguons l'orgueil des grands, rions de leurs sottises, dépensons gaiement la richesse quand nous l'avons, recevons sans souci la pauvreté, si elle vient, sauvons avant tout notre liberté, jouissons de ]a vie quand méme, et vive la Bohème!
Lélio duda unos instantes, suspira y entona su canto: «Vive la bohème!»1. Cuando Henri Murger la bautiza oficialmente en sus Scénes de la vie bohème, cuadros que aparecieron como folletín en Le Corsaire Latin (1845-1849), el giro era archiconocido y sus elementos esenciales ya habían sido fijados. Bohemia significaba también repudio del mundo burgués convencional, aspiración a originalidad, cosmopolitismo, esteticismo. «Pour patrie le monde entier», dicen los [4] personajes de Sand, y Murger describe, sobre todo, «la grand Bohème» o «bohemia galante»2.

La bohemia romántica de mediados de siglo —Théophile Gautier, Gérard de Nerval, Alfred de Musset—, que tan acertadamente capta Murger, se apartaba de la sociedad burguesa por artilugios individualistas, para vivir en sentido muy diverso al de sus progenitores. Artísticamente románticos, fueron a menudo originales y extravagantes seguidores de las modas de turno. Para ellos, belleza y rebelión surgían de idéntico tronco. El recorrido que emprendían de vez en cuando a la «corte de los milagros» era un viaje a países exóticos, a submundos fantásticos, que podían abandonar una vez cansados de deambular. Alguno, como Nerval, terminó en el suicidio (también Larra, por muy diversos motivos). Esta «bohemia galante» francesa regresaba al mundo burgés a conveniencia; era —en certera precisión de Murger— la de los «appelés de l'art». ¡Cuánto de todo esto le legarían a Baudelaire! Él, que dedica sus Fleurs du mal (1861) a Gautier, de ellos aprendió el «malheur» y la íntima relación entre vida y poesía.

Con los años, este primer ejército de la noche adquiere con Jules Vallès militancia y propósito. Siglo XIX «materialista y prosaico», lo llamó Bécquer, a quien tocó vivir y sobrevivir algunos de los estertores políticos decimonónicos. Ya Gustavo Adolfo sentía que el artista tenía poco sentido en un mundo grosero y chabacano, y también engrosó las filas de los inadaptados que, como en Francia, apenas podían resistir el destino y la miseria. Época, la de estos mediados y postrimerías del XIX, de desarrollo industrial, revolución maquinista, grandes negocios de la banca, bolsa de valores: es decir, de capitalismo ascendente. Toda una clase social —la burguesía intelectual— vive al margen de los negocios y la alta empresa; pero, al mismo tiempo, se mantiene alejada [5] de la clase proletaria, cuyo espíritu levantisco había dado ya más de una prueba. Desvinculada de su sociedad, no se integra a las actividades capitalistas, sino que engrosa las filas de los marginados e insatisfechos. Es ésta una burguesía intelectual, que, como bohemia, se ve condenada a la miseria y sólo encuentra refugio en las actividades periodísticas, desde donde se abalanza contra la burguesía emprendedora y la sociedad capitalista. Esta nueva bohemia amenazadora y revolucionaria encuentra en Jules Vallès su portavoz. Entre 1857 y 1865 escribe Les réfractaires, colección de artículos publicados en Le Fígaro. ¿Quiénes son sus «raros»? Intelectuales desempleados, pintores sin estudio, poetas que nunca publicaron un libro, inventores de quimeras, soñadores, fabulistas. Su centro de encuentro es el Quartier Latín; son, como dice el autor, los «qu'a tués la vie» (p. 95). Y continúa Vallès: «Le monde n'a jamáis vu dans le malheureux que des révoltés»; nunca, sin embargo, ha comprendido que estos miserables mueren de hambre y frío. «Leur patrie, c'est la rue» (p. 212), sólo esa patria los acoge3.

Si Vallès pinta con veracidad el mundo de la bohemia, otros escritores aspiran a dirigirse a las masas. Estos últimos encuentran su cauce en la novela naturalista, a la cual se lanzan también algunos bohemios —Champfleury, Duranty— cuyos alaridos despiertan los recelos de escritores como Flaubert y los hermanos Goncourt, que consideraban muy sospechoso escribir cara al proletariado4. Realidad y rebelión se estrechan la mano en estos escritores naturalistas y bohemios; no es en balde el rechazo de las clases dominantes, para quienes todo arte que reflejara la vida en su crudeza era en sí un hecho revolucionario.

«C'est dans cette armée triste de la Bohème que je m'engageai», confiesa Vallès en su libro. Describe entonces el batallón de la noche: los oscuros, los excéntricos, los que padecen suplicios sin gloria, los desconocidos, que la sociedad deja morir en lenta muerte, los malditos. Son, en [6] realidad, las víctimas anónimas de la sociedad, los condenados apátridas. Vallès se rebela contra la bohemia inofensiva, y la dota de armas de lucha. La literatura debe servir —repite con frecuencia— como instrumento de defensa de los intereses del proletariado. Ya en su novela postuma L'Insurgé (1886) se muestra amenazante: no pinta ahora con rasgos realistas al bohemio, sino que, lleno de cólera, escribe: «Ils ont imaginé une bohème de laches, je vais leur montrer une de désespérés et de menaçants.» Y a esa aventura propuesta por el comunalista se lanza el proletariado de las letras, los pobres de la literatura. La bohemia miserable e indiferente se convierte en proletariado militante, que exige su derecho a la vida. Vallès arma con fusiles de palabras al intelectual y lo lanza a las trincheras. No es fortuito que sus tropas integren las barricadas de la Comuna de París en 1871, encabezadas por el propio Vallès (1832-1885), e incluso por Paul Verlaine (1844-1896), que debió emigrar a Inglaterra al reforzarse la III República conservadora. Vallès no regresaría a París hasta la amnistía de 1880.

Exterminada la Comuna, el autor revolucionario de las filas de Vallès se quedó en virtual desamparo. Con la III República el capitalismo financiero e industrial se desarrolló rígidamente en una tupida red de intereses5. El artista se siente aún más inadaptado, con una conciencia de culpabilidad que al mismo tiempo lo impulsa a buscar la forma anticonvencional de la vida. Expresa su rebelión con la forma institucional burguesa a través de distintas actitudes frente al amor, al matrimonio, los sentimientos, la política. Solidaridad, en cambio, con los aplastados por la vida: el suicida, la prostituta, el artista que no vende su pluma. Su discordia con la sociedad le inspira desgarrados cantos contra las nuevas ciudades que cobijan a aristócratas venales y la alta burguesía inescrupulosa. Estos temas se tejen y entretejen en fecundo desafío, y con antorcha profética y visionaria, el poeta engrandece «el poema» de la vida de un desamparado de la fortuna, el amor o el éxito. La Fatalidad dota de grandiosidad a la escoria del capitalismo.

[7] Odia y maldice al filisteo este «poeta maldito» o «poeta saturniano», de Verlaine, que desde sus castillos interiores moldea el «poema de su vida», en frase de Alejandro Sawa. De esta desdicha interna dio certero testimonio Maurice Barrès: «Mi obra es mi persona encarcelada.» En resumen: el poeta perfecto, pero maldito, es el artista inadaptado, prisionero de la miseria, refugiado a menudo en el alcohol, los paraísos azules y Venus. Ahítos de vida y dolor; como aquel Catulle Mendès que antes de morir lanzó su postrer desafío: «Cuando se ha vivido lo que yo, la muerte no importa nada.» Noctámbulos, suicidas, genios incomprendidos —creían ellos— en rebeldía contra todo. Charles Morice da testimonio de ello en su Littérature de tout à la l'heure (1889), al subrayar como mandamiento principal: «Harás todo lo contrario de lo que hicieron tus predecesores.» Miseria, sí, pero les quedaba el reducto de la libertad y la fantasía. En un mundo mecanizado de burócratas planificadores, economistas, publicistas, emergen estos inconformes que con ingenio e imaginación lanzaban piedras al cristal del mundo convencional y rutinario. Su piedra fue a menudo guijarro, y el cristal quebrado el propio.

Esta segunda bohemia del XIX era un estado espiritual, y su capital era París. Bohemia triste, frente a aquella primera «bohemia galante» de «dandies» y opulencia, bautizada por Nerval y descrita por Murger. El suicidio les venía por «la nostalgie du monde invisible», aclara Paul de Saint-Victor hablando sobre el misterioso suicidio de Nerval6.

Fin de siglo francés, porque allí, en París, brotó y allí se pueden observar sus más brillantes expresiones o degeneraciones, como dictamina con poca simpatía Max Nordau al iniciar su famosísimo catálogo de enfermedades de poetas: Degeneración (1892), uno de los más punzantes ataques contra las nuevas turbas artísticas. Nordau denigra y describe su galería de locos: los modernos son anarquistas, decadentes, nihilistas. Y los acusa de criminales desvaríos; los decadentes desafían a los hombres sanos y poseen
los mismos rasgos intelectuales, y a menudo hasta somáticos, que los mismos individuos de la misma [8] familia antropológica que satisfacen sus instintos insanos con el puñal del asesino o con el cartucho del dinamitero7.
Darío tomará la pluma en cruzada contra Nordau en Los raros (1896) para refutar a este malintencionado observador que tan estrepitosamente atacaba al tropel revolucionario.

Frente al cuadro tenebroso y sombrío de Nordau y sus afines destaca aún más la visión que de sí mismos tenían los «degenerados». Ellos eran los magos y videntes que guiaban a la humanidad hacia la luz, hacia el espíritu. Exaltaban los valores subjetivos e intuitivos y aspiraban a captar la realidad furtiva en su multiplicidad, actualizándola poéticamente. Eran nostálgicos de la acción, violentísimos polemizadores, insurrectos del arte, en guerra abierta con la inmundicia y los imbéciles que aceptaban pasivamente los imperativos burgueses. Cóleras impotentes que convertían el combate en aparentes triunfos insólitos contra el mundo burgués. ¿Hemos de olvidar aquel magnífico presagio de Les imbéciles (1867) de Verlaine?
«La France aux yeux ronds», prévue par le poète, vient d'éclore; effectivement, elle a brisé l'oeuf, et la voilà qui secoue ses ailes engluées, essaye son bec sur ses pattes et pousse son petit cri aigu et bête, qui va devenir sinistre, vienne la nuit.
[9] Sí, ¡ay!, el interés, el dinero, la lujuria, la gula imperan; el vestir a la última moda, las suculencias de salsas y comidas, los menús pantagruélicos encumbrados. Y después, estos vendidos por treinta monedas nos hablan de deber y patriotismo: «Le plus sage, voyez-vous, c'est encoré de rire de tout cela...», menester es —finaliza— refrescarnos en el ensueño, en el hemistiquio del poeta8.

La nueva bohemia finisecular es un «proletariado artístico» de aguerridos combatientes, fuera de las fronteras de la sociedad burguesa y marginada en su inframundo por volición propia, libre e irresponsable, anárquica y consciente. Explotada por la burguesía, que sólo le permite vivir del tres al cuarto, pero rompe lanzas contra todo. Algunos son desesperados que se autodestruyen, exasperados contra lo divino y lo humano y enfurecidos contra la monotonía y el aburrimiento. De estos grupos emerge el cenáculo de Le Chat-Noir (1882-1895) en el café de Rodolphe Salis, en la Ciudad Luz, revista donde colaboraron Tristan Corbière (poeta bretón), Verlaine, Catulle Mendès, Charles Morice, Charles Cros, Germaine Nouveau, Maurice Rollinat, Francois Coppée, Jean Richepin, Edouard Dubus, que recordará tan a menudo Alejandro Sawa en España. Las primeras tertulias de los «Hidropantes» —nombre que adoptaron— se remontan a 1881; al año siguiente sale a la luz el primer número de su revista. Es ésta la bohemia de Montmartre, a la que precedió la del Quartier Latin, con La Plume (1889-1913), como vocero, desde que la fundó León Deschamps. No era muy distinto al anterior este conjunto de escritores y pintores reunidos en el Soleil d'Or, 1, Place Saint-Michel9. Allí se trasladaron Verlaine, Charles Morèas, Adolphe Retté y, alguna que otra vez, [10] la bohemia hispánica: el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, el nicaragüense Rubén Darío y el sevillano Sawa. Llegó muy a tiempo Rubén en 1893, fecha de su primer viaje a París, para impregnarse de este azul. La Plume fue, al parecer, zona de encuentro en los «ismos» de moda: los Félibres, los decadentes, los ocultistas.

No menos combativa fue la del Mercure de France (1890-1965), encabezada durante estas postrimerías del siglo por Alfred Vallette. El novísimo primer número de 1890 incluye un manifiesto de Vallete fechado en diciembre de 1889 que da la tónica. ¿Nos llaman decadentes?, pregunta. ¡Sea! Pero distingamos: si por decadentes se entiende escritores amantes del arte, curiosos intelectuales, despreciadores del clisé verbal y político, y del lugar común, y del engaño y la hipocresía, ¡sea! No tenemos programa —puntualiza—, cada cual es libre de expresar su pensamiento; eso sí, todos coincidimos en una visión heterodoxa del mundo, en una «nueva moral» que defiende lo anticonvencional. Pero, de ningún modo, «decadente» significa incoherencia verbal o intelectual, ni banalidad. La nuestra es literatura militante: somos soldados de la belleza.

Ejército tal hubo de enfrascarse más de una vez en contiendas. En 1893 uno de los integrantes del Mercure reseñó Luttes stériles, libro de G. de La Salle, ardiente defensor del arte social. Charles Merski se lamenta de que éstos no comprendan la grandeza del arte a secas, de la belleza formal. Los cultivadores del arte social proclaman, según él, lo utilitario y práctico, de uso inmediato y material. Superior es el «arte integral», que hermana belleza y mensaje; mi generación no puede creer ya más en las promesas irrisorias de la demagogia política, ni en las utopías, subraya Merski. Queremos ir más lejos, bucear más a fondo.

Y, en efecto, sí hermanaban arte y política. Estas publicaciones y muchas otras, cuya catalogación rebasaría la intención de estas páginas, reseñaron a menudo las obras de Max Stirner, Kropotkin, Bakunin, Malato, Schopenhauer, Nietzsche, Ibsen, cuando no elogiaban en panegíricos ardientes a los emigrados anarquistas rusos que habitaban por entonces en París. No hay que olvidar tampoco los hiperbólicos [11] y merecidos elogios a Louise Michel, a quien le dedicó Lélian un breve poemita10.

¡Cuántas escuelas al declinar el siglo! Según Anatole Baju, en folleto titulado L'Anarchie Littéraire (París, Vanie, 1892), estas hordas se componían de decadentes, simbolistas, instrumentistas (los pintores), ocultistas, magníficos, anarquistas y romanistas11. Todo se reduce a un nombre común: anarquistas. El crítico guardaba distancias; lo evidente en sus páginas era no simpatizar, no distinguir, no individualizar.

La bohemia es, pues, escéptica, pero combatiente. En Francia, hija de la III República; en España, de la Restauración. Grey inofensiva o legión de conspiradores, la vida bohemia se extiende como la pólvora, y también hará su entrada y se aposentará en la vida española al filo del siglo.

[12]

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