Literatura griega y la estructura del párrafo 5






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fecha de publicación15.06.2016
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EL ENSAYO


“Que cada uno de tus actos, palabras y pensamientos sean los de un hombre que acaso en ese instante haya de abandonar la vida”.

¿Qué opinas de las reglas instauradas en el colegio o de las leyes de un país?

Exprésate y argumenta desde un ensayo

SÓCRATES

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El ensayo es el género más joven y libre de la literatura. Es joven, porque su nacimiento se dio en Inglaterra en el siglo XVI y se reforzó en Francia en el siglo XVIII con los escritos de Montaigne. Digo además que es libre porque su forma no es tan estricta como la de la poesía o la de la novela, ni la exposición de sus ideas debe estar sujeta al seguimiento estricto de todas las exigencias académicas, como las notas a pie de página o la comprobación científica.

En el ensayo los escritores y pensadores tienen como único propósito sugerir, disertar, persuadir e invitar a la reflexión, sobre un determinado tema o asunto humanístico, pero empleando un lenguaje claro y con un tono fresco, que puede aproximarse a lo literario; es decir, que el escritor puede emplear imágenes poéticas, ejemplos de toda índole o un estilo particular, despojando así el escrito del carácter severo que adquieren a veces los textos filosóficos o de crítica literaria. El gran escritor mexicano Alfonso Reyes llamó al ensayo el centauro de los géneros, diciendo así que éste podía tener tanto características de la poesía, por sus imágenes y por su prosa elegante, como de la ciencia y la filosofía, porque profundizaba en una determinada área del conocimiento.
Los dos mejores ensayistas de la última época son el filósofo español Fernando Savater y el poeta mexicano Octavio Paz. El primero se distingue por haber bajado a la filosofía de su altar imposible y ponerla al alcance de todos los lectores, a través de un tono de conversación que no le resta, sin embargo, profundidad a sus ideas. Y el segundo nos habla de la poesía y de los problemas del hombre del siglo XX, con una prosa exquisita exenta completamente de oscuridad y confusión.
El escritor de ensayos puede abordar los temas que quiera o sienta, de la forma como crea conveniente, pero eso sí, sin olvidar establecer con el lector un diálogo inteligente, en el que se advierta una gran capacidad de síntesis, que no le reste densidad y profundidad al tema que se esté tratando.

  • Ejemplo:

Veamos dos fragmentos de escritos, uno por Savater y otro por Paz, para observar en ellos el manejo del lenguaje y el tono en el ensayo.
Fernando Savater

Ética para amador
¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida?, Pues no ser imbéciles. La palabra imbécil es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín Baculus que significa “bastón”: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque al bastón que nos referimos no es el que se usa legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo peque mil volteretas...

Octavio Paz

El mono gramático

Dichas o escritas, las palabras avanzan y se inscriben una detrás de otra en su espacio propio: la hoja de papel, el muro de aire. Van de aquí para allá, trazan un camino: transcurren, son tiempo. Aunque no cesan de moverse de un punto a otro y así dibujan una línea horizontal o vertical (según sea la índole de la escritura), desde otra perspectiva, la simultánea o convergente, que es la de la poesía, las frases que componen el texto aparecen como grandes bloques inmóviles y transparentes. El texto no transcurre, el lenguaje cesa de fluir. Quietud vertiginosa para ser un tejido de claridades: en cada página se reflejan las otras y cada una es el eco de la que precede o la sigue –el eco o la respuesta, la rima y la metáfora. No hay fin y tampoco hay principio: todo es centro.
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1. Escribe una pequeña reseña sobre las diferencias y similitudes, desde el punto de vista de tono y empleo de lenguaje, que existen entre los fragmentos que acabas de leer.

2. ¿Qué podemos entender por subjetividad en el ensayo?
3. ¿Cuál crees tú que sea el futuro del ensayo en este mundo contemporáneo, tan lejano de la lectura y de los temas “serios”?.
4. Escribe un ensayo sobre el ensayo, y su importancia en el agitado y vertiginoso mundo actual.
5. Escribe un ensayo sobre la enseñanza de las humanidades en Colombia, tomando como referencia tu propia experiencia de alumno.
ENSAYO CIENTIFICO
El siguiente texto es un fragmento del libro El breviario del señor Tompkins en el país de las maravillas de George Gamow: 1904-1968, un físico teórico ruso-ucraniano, nacionalizado estadounidense en 1940.
El protagonista es C. G. H. Tompkins, es empleado bancario interesado en la ciencia moderna (las iniciales C.G. H. hacen referencia a las tres constantes físicas fundamentales: la velocidad de la luz, c, la constante gravitacional, G, y la constante cuántica, h, que tienen que ser modificadas para que haya efectos fáciles de advertir por el hombre ordinario).

El señor Tompkins quiere distraerse de las labores de su trabajo y asiste por las tardes a una serie de conferencias sobre los problemas de la física moderna. Pero es incapaz de comprender al viejo profesor y sólo puede coger al vuelo algunas ideas fundamentales. Por la noche o en el trabajo, sigue pensando en la maraña de números y conceptos sin sacar nada en claro, hasta que se queda dormido. En ese momento, sueña con mundos en los que pasan cosas extraordinarias, relacionadas con las enseñanzas del profesor. El texto es un poco extenso pero muy divertido.


  • Lee el texto y señala los apartes o expresiones que no comprendas


Al señor Tompkins le gustaban sus sueños; por eso esperó ansiosamente la conferencia de la semana siguiente, que le daría material para sus aventuras nocturnas. Quedó muy desilusionado, pues al averiguar que la plática sobre la teoría cuántica había sido la última, y que no se dictarían más en el resto del año. Algo se consoló, sin embargo cuando logró agenciarse un manuscrito de la primera, a la que no había podido asistir.d:\imagenes\imagenes modulos\escribiendo.jpg
Aquella mañana, el vestíbulo del banco estaba casi vacío, de modo que el señor Tompkins, oculto tras su ventanilla, abrió el apretado manuscrito y trató de avanzar por la maraña impenetrable de fórmulas y complicadas figuras geométricas con las que el profesor intentaba explicar a sus discípulos la teoría de la relatividad. Pero sólo pudo comprender el hecho clave en torno al cual giraba la conferencia entera, a saber: que existe una velocidad máxima, la de la luz, que ningún cuerpo material puede rebasar, y que de ello se desprenden consecuencias de lo más inesperadas y extraordinarias. Se afirmaba, sin embargo, que, como la velocidad de la luz es de 300 000 kilómetros por segundo, los efectos relativistas son casi imposibles de discernir en la vida ordinaria. Pero lo más difícil de entender era la naturaleza de tan extraños efectos, y el señor Tompkins tuvo la impresión de que todo aquello contradecía el sentido común. Mientras trataba de imaginar la contracción de las varas de medir y el comportamiento anómalo de los relojes -efectos que eran de esperar a velocidades próximas a la de la luz-, su cabeza se fue inclinando pesadamente sobre el manuscrito abierto.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró de pie en una esquina de una hermosa ciudad antigua. Sospechó estar soñando, pero, para su sorpresa, no sucedía nada de particular a su alrededor: hasta el policía de la esquina opuesta tenía el aspecto que los policías suelen tener.
Las manecillas del gran reloj de la torre que estaba al final de la calle señalaban casi mediodía y todo estaba casi desierto. Sólo un ciclista bajaba lentamente por la calle y, conforme se acercaba, los ojos del señor Tompkins se fueron abriendo desmesuradamente de asombro Porque tanto la bicicleta como el joven que iba montado en ella aparecían increíblemente aplanados en la dirección del movimiento, como vistos por una lente cilíndrica. El reloj dio las doce y el ciclista, con prisa innegable, empezó a pedalear con más fuerza. Al señor Tompkins no le pareció que ganase mucho en velocidad, pero como premio a aquel esfuerzo, el ciclista se aplanó más todavía y pasó de largo. Parecía exactamente una figura recortada en cartón. El señor Tompkins se sintió de repente muy orgulloso, pues comprendía lo que le pasaba al ciclista: se trataba simplemente de la contracción de los cuerpos en movimiento, cuya descripción acababa de leer.
Indudablemente, el límite natural de velocidades es inferior en esta región concluyó, y por eso aquel Cerciorándose de que el policía miraba en otra dirección, se encarama una bicicleta que estaba arrima: a la acera y salió dándole a los pedales calle abajo.
Confiaba en aplanarse de inmediato, lo cual le satisfacía mucho, pues su gordura incipiente lo……..
-¡Caramba! -exclamó excitado, veo el trucol Aquí es donde encaja la palabra "relatividad". Todo lo que se mueve en relación a mí, me parece más corto, sin importar que pedalee.
Era buen ciclista y hacía todo lo posible por alcanzar al joven. Pero no le resultaba nada fácil sacar partido de aquella bicicleta. Ya podía acelerar la rapidez con que pedaleaba: su velocidad casi no aumentaba. Las piernas empezaban a dolerle, pero al pasar junto a un farol, que había en una esquina vio que no iba mucho más deprisa que al principio. Parecía que todos sus esfuerzos por correr eran inútiles.
Comprendió ahora, perfectamente, por qué el ciclista y el coche que acababa de encontrar iban tan despacio, y recordó las palabras del profesor, que decían que era imposible superar la velocidad límite de la luz. Con todo, se dio cuenta de que las manzanas de las casas se acortaban algo más, y El ciclista que iba delante de él parecía más próximo. Después de dar un par de vueltas lo alcancé al fin, y cuando empezó a marchar a su lado lo llenó de asombro ver que era un joven de lo más normal, con aire de deportista. -¡Ah! Pensó. Esto se debe a que ahora no nos movemos en relación uno del otro. Y dirigiéndose al joven, le preguntó:

¡Perdone señor!¿No le resulta engorroso vivir en una ciudad con un límite de velocidad tan bajo?
¿Limite de velocidad? Pregunto el otro, sorprendido. Aquí no hay ningún límite de velocidad. Voy adonde quiero, tan de prisa como me place. ¡Podría hacerlo, mejor dicho, si tuviera una motocicleta en vez de este artefacto viejo, que no sirve para nada!.
Pues iba usted bien despacio cuando pasó junto a mí hace un momento. Me dí perfecta cuenta.
¿Ah, sí? ¿De modo que se dio perfecta cuenta? -replicó el joven, evidentemente ofendido. Lo que parece que no ha notado es que hemos pasado cinco calles desde que usted me dirigió la palabra.
¿No le parece velocidad suficiente?
Es que aquellas calles se acortan –arguyo el señor Tompkins.
¿Y qué diferencia hay entre decir que vamos más deprisa o que las calles se acortan? Tengo que pasar diez calles para llegar al correo, y si muevo más rápidamente los pedales, las manzanas se acortan y llego antes. Mire usted, ya estamos -dijo el joven bajándose de la bicicleta.
El señor Tompkins miró el reloj del correo que señalaba las doce y media.

¡Pues bien! -exclamó triunfante. ¡sea como quiera, le llevó a usted media hora recorrer esas diez cuadras! Cuando lo vi pasar eran las doce en punto.
¿Y usted noto esa media hora?

-preguntó el otro.
El señor Tompkins tuvo que reconocer que sólo le habían parecido unos cuantos minutos Además, al consultar su reloj de pulsera vio que no marcaba más que las doce y cinco.
-iVaya! -exclamó ¿Es que el reloj del correo adelanta?
-Naturalmente O el suyo atrasa como que viene usted de correr un buen trecho ¿Qué es, pues, lo que le afana? ¿Es que se ha caído de la Luna? Y luego de decir estás palabras el joven entró al correo.
Tras la conversación, el señor Tompkins lamentó de veras no tener a mano a su viejo amigo el profesor, para que le explicase aquellos sucesos, tan extraños para él. Evidentemente, el joven era del lugar y se había acostumbrado a semejante situación antes de aprender a andar. De modo que el señor Tompkins tuvo que resignarse a explorar por su cuenta aquel extraño mundo.
Puso en hora su reloj con el del correo y, para cerciorarse de que marchaba bien, esperó diez minutos. Su reloj no atrasó. Siguió su paseo calle adelante hasta que vio una estación de ferrocarril y decidió verificar de nuevo la marcha de su reloj. Comprobó, sorprendido, que había vuelto a atrasar un poco. -Bueno -concluyó-, debe ser otro efecto relativista Decidió entonces consultar a alguien más inteligente que el joven.
La oportunidad no tardó en presentarse. Un caballero cuarentón bajó del tren y avanzó hacia la salida. Una dama muy anciana salió a su encuentro y, con gran asombro del señor Tompkins, se dirigió a él llamándolo "abuelo querido". Era demasiado para el señor Tompkins. Con el pretexto de ayudar a llevar el equipaje, inició una conversación.
-Perdóneme si me inmiscuyo en sus asuntos familiares -empezó-, pero ¿es usted de veras el abuelo de esta encantadora anciana? Vea usted, soy extranjero, y nunca ..
-Ah, ya veo -dijo el caballero, esbozando una sonrisa. Pienso que me estará usted tomando por el judío errante o algo por el estilo. Pero la cosa no puede ser más sencilla. Mis negocios me obligan a viajar continuamente y, como pasó la mayor parte de mi vida en tren, es claro que envejezco más despacio que mis parientes, que viven en la ciudad ¡Me da tanto gusto volver a encontrar a mí querida nietecita todavía viva! Pero discúlpeme, por favor. Tengo que ayudarla a tomar un taxi Y escapó, dejando al señor Tompkins otra vez solo con sus problemas. Un par de sandwiches del restaurante de la estación fortalecieron un poco su capacidad mental Hasta pretendió haber dado con la contradicción en el famoso principio de relatividad.
-Es claro -se dijo, mientras sorbía el café-; si todo fuese relativo, el viajero se presentaría a sus parientes como un anciano, y ellos le parecerían muy viejos a él, aunque en realidad todos fuesen bastante jóvenes. Pero lo que estoy diciendo es absurdo iNo hay quien tenga bigotes relativos' En vista de lo cual decidió hacer un último intento por averiguar la verdad, y se dirigió a un hombre solitario, con uniforme de ferroviario que estaba sentado cerca.
-¿Podría hacerme el favor, señor -empezó-, el gran favor de indicarme quién es el culpable de que los pasajeros del tren envejezcan mucho más despacio que las personas que se quedan en la ciudad?
-Yo soy el culpable -dijo el hombre con gran sencillez.
-¡Ahl -exclamó el señor Tompkins iDe modo que ha descubierto usted el elixir de los alquimistas! Usted debe ser famosísimo en el mundo médico.
¿Ocupa usted la cátedra de Medicina en esta ciudad?
-No, por cierto -respondió el hombre, enteramente desconcertado. No soy sino el guardafrenos de este ferrocarril
-¡EI guardafrenos! ¡EI guardafrenos ha dicho -exclamó el señor Tompkins, sintiéndose tambalear. ¿Quiere decir que usted se limita a poner los frenos cuando el tren llega a la estación?
-Eso es justamente lo que hago: y cada vez que el tren reduce su velocidad, los pasajeros ganan edad en relación con el resto de la gente Ni que decir tiene -añadió modestamente- que el maquinista que acelera el tren tiene también algo que ver en el asunto.
-¿Yeso qué tiene que ver con el conservarse joven? -preguntó el señor Tompkins, muy sorprendido.

-Verá usted -dijo el guardafrenos. Yo no sé exactamente lo que pasa, pero así es. Una vez se lo pregunté a un profesor de la Universidad que viajaba en el tren, pero se embarcó en una explicación incomprensible y muy larga, y acabó diciéndome que es lo mismo que los "desplazamientos hacia el rojo" -creo que eso dijo -del Sol ¿Ha oído usted hablar alguna vez de esos desplazamientos hacia el rojo?
-No -dijo el señor Tompkins, con cierto aire de duda. El guardafrenos se alejó, meneando la cabeza Un camarero grandulón, de aspecto sombrío, se acercó a la mesa con una cuenta en la mano, y el señor Tompkins empezó a buscar suelto en sus bolsillos. Como no encontró nada, preguntó al oscuro personaje si podría aceptar un cheque.
-No -ladró el mesero-, lo quiero en efectivo.
-Es que no tengo dinero – explico el señor Tompkins, empezando a alarmarse.
-¡En efectivo! -gritó el otro, ¡en efectivo!. ¡Haga el favor de cambiarlo! -repitió la voz, irritada.
El señor Tompkins levantó la cabeza de la mesa. Al otro lado no estaba el siniestro camarero, sino su viejo amigo el profesor, que le tendía un cheque.
-jOh, me da tanto gusto verlo! -exclamó el señor Tompkin precisamente quería preguntar! Si se logra vivir eternamente con solo pasarse la vida dando vueltas
-Lo siento, pero no tengo tiempo dijo el profesor. ¿Quiere cambiarme este cheque? Tengo prisa en acudir a una cita.
Indudablemente, el anciano profesor era mucho menos amistoso en la vida real que en sueños. El señor Tompkins suspiró y empezó a contarle los billetes.
2. Señala la tesis científica que sostiene el relato.
3. Escribe las consecuencias científicas que observa el señor Tompkins en su sueño
4. Pregunta a tu profesor de física sobre la explicación científica del relato. Plantéala como discusión en dicha clase.
Michel de Montaigne se considera el creador definitivo del género moderno llamado ensayo; consiste esta forma de escritura, en la defensa de un punto de vista personal sobre un tema, que bien puede ser humanístico, político, filosófico, cultural, científico o de cualquier otro tema. El crítico Eduardo Gómez de Baquero, más conocido como "Andrenio", afirmó en 1917 que "el ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía y hace excursiones del uno al otro".
Un ensayo tiene tema libre, mezcla elementos como anécdotas, proverbios, recuerdos y va dirigido a un amplio público. A diferencia del texto informativo, el ensayo no tiene una estructura rígida ni sistematizada, ya que no pretende informar sino persuadir o convencer.
Si bien el ensayo no es rígido en su estructura, si tiene una introducción al tema, donde el ensayista presenta la tesis que va a sostener. En seguida, profundiza en ella mediante los recursos de la descripción, la narración y las citas. Para finalizar, el escritor concluye con una vuelta al inicio y determina si lo dicho se cumple o no.
El ensayo científico puede adquirir la forma de un documento de investigación para la comunidad científica y en ese caso, el rigor en la formulación y exposición de las ideas es indispensable. O también, puede estar destinado al público en general y entonces, sin sacrificar la verdad científica, está escrito de manera más coloquial.

  1. Realiza tu propio diccionario con las palabras desconocidas de la unidad cuatro

  2. Realiza un mentefacto conceptual sobre la argumentación

  3. Elabora un ensayo en el que expongas tu opinión sobre las vanguardias literarias

  4. Dibuja tu sueño más anhelado por medio de símbolos.

  5. ¿Qué piensas sobre el aborto? Argumenta tu posición en un texto mínimo de 30 renglones.



TALLER No 1
DE LA LITERATURA UNIVERSAL DE TODOS LOS TIEMPOS, CORRIENTES Y ESTILOS; DE LA INMORTALIDAD

Aquella señora podía tener sesenta, sesenta y cinco anos. Yo la miraba mientras estaba acostado en una camilla frente a la piscina de un club de gimnasia situado en la última planta de un edificio moderno, desde don de se ve, a través de unas grandes ventanas, todo París. Estaba esperando al profesor Avenarius, con el que a veces me reúno aquí para charlar. Pero el profesor Avenarius no llegaba y yo miraba a una señora; estaba sola en la piscina, metida en el agua hasta la cintura, mirando hacia arriba a un joven instructor vestido con un chandal, que Ie ensenaba a nadar. Le daba órdenes: tenía que sujetarse con las manos al borde de la piscina y aspirar y espirar profundamente. Lo hacía con seriedad, con empeño, y era como si desde las profundidades del agua se oyera el sonido de una vieja locomotora de vapor (aquel sonido idílico, hoy ya olvidado, que para quienes no lo conocieron sólo puede ser descrito como la respiración de una vieja señora que, junto al borde de una piscina, aspira y espira sonoramente). Yo la miraba fascinado. Me quedé absorto en su enternecedora comicidad (el instructor también era consciente de ella, porque

Ie temblaba a cada momento la comisura de los labios), pero después me saludó un conocido, quien distrajo mi atención. Cuando quise volver a mirarla, al cabo de un rato, la lección ya había terminado. Se iba, en bañador, dando la vuelta a la piscina. Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el cora zón! aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años! Su brazo se elevó en el aire con encantadora ligereza. Era como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con su amante. Aquella sonrisa y aquel gesto tenían encanto y elegancia, mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno. Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad. En cualquier caso, cuando se volvió, sonrió y Ie hizo un gesto de despedida al joven instructor (que no pudo contenerse y se echó a reír), no sabía su edad. Una especie de esencia de su encanto, independiente del tiempo, quedó durante un segundo al descubierto con aquel gesto y me deslumbró. Estaba extrañamente impresionado. Y me vino a la cabeza la palabra Agnes. Agnes. Nunca he conocido a una mujer lIamada así...

  1. Cuando Milan Kundera se refería a “vivir fuera de tiempo con cierta parte del cuerpo”, esta afirmación hace relación:

  1. Al profesor Avenarius

  2. Al instructor de natación

  3. A la señora que aprendía a nadar

  4. Al conocido que pasó y la saludó

  5. A todos nosotros

  1. Cuando el autor afirma que por un instante quedó deslumbrado por “ una especie de esencia de su encanto”, fundamenta su afirmación a partir de:

  1. El cuerpo de la señora

  2. La manera de lanzar el balón de colores

  3. La forma elegante de aspirar y espirar

  4. El gesto de despedida

  5. La agilidad para jugar con su amante

  1. Al evocar un antiguo medio de transporte, para quienes no lo conocieron, el autor afirma que su sonido sólo puede describirse de dos formas:

  1. La estrepitosa risa del instructor al despedirse

  2. Una vieja locomotora de vapor

  3. La sonora respiración de una vieja señora al borde de una piscina

  4. Las órdenes estridentes de un instructor de natación

  5. El empeño y la seriedad de las órdenes del instructor en las profundidades del agua.

  1. Los movimientos de aspiración y espiración de la señora dejan absorto a quienes la observan, quien considera que ella es al mismo tiempo:

  1. Consciente y distraída

  2. Hermosa y joven

  3. Tierna y cómica

  4. Olvidadiza y joven

  5. Joven y encantadora

  1. Si tuviéramos que escoger un título de carácter literario para el trozo anterior,. Según el contenido, sería el mejor:

  1. Aprendizaje de la natación

  2. La locomotora de vapord:\imagenes\imagenes modulos\lengua.jpg

  3. La señora de 65 años, hoy

  4. Gestos fuera del tiempo

  5. El instructor burlón.


BIBLIOGRAFÍA




  • JIMENEZ RODRIGUEZ JORGE ALBERTO Comunicativamente lengua castellana y literatura 11. Bogotá: Voluntad. 2008.

  • CECILIA VILLABONA DE RODRIGUEZ Y RUBIELA POLANIA VARGAS. Proyecto comunicativo 11. Bogotá: Educar Editores. 2003

  • JORGE HERNANDEZ CADAVID Y DUQUE CRISOSTOMO. Lengua Castellana 11. Bogotá: Grupo Editorial Norma. 1996.

  • GUTIERREZ PEÑA ISAIAS. Manual de la Literatura Latino americana. Bogotá: Educar Editores. 1987

  • DIAZ ORDOÑEZ OLEGARIO. Español Sin Fronteras. Bogotá: Voluntad 1991.

  • GRUPO EDITORIAL NORMA. señales 11. Colombia

  • EDUCAR EDITORES. Lenguajes y Saberes 11. Colombia 2006.

  • SANCHEZ PACHECO MARY LUZ. Ingenio Comunicativo 10. Bogota: Voluntad. 2006.

SANTILLANA. Literatura española y análisis textual 10. Bogota: 1995.


  • EDUCAR EDITORES. Nuevo Pasa ICFES. Colombia 1998.


WEBGRAFÍA




  • Wikipedia la enciclopedia libre.

  • www. cespro.co
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