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Martín Luis Guzmán

La sombra del caudillo

Título original: La sombra del caudillo

Martín Luis Guzmán, 1929

Editor digital: IbnKhaldun

Prólogo

En septiembre de 1913 —después que Victoriano Huerta asesinó al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez y se adueñó del poder— Martín Luis Guzmán se embarca en Veracruz. De Nueva Orleans sigue por territorio norteamericano a Sonora, en donde se incorpora a la Revolución. Conoce a los principales caudillos y vive en el grupo de jóvenes militares y civiles que han hecho antes lo mismo que él. Tiene 25 años. Sus inclinaciones políticas lo llevaron, dos años antes, a la Convención del Partido Liberal Progresista, y sus aficiones literarias al Ateneo de la Juventud.

A poco forma parte del estado mayor del general Ramón F. Iturbe y, durante unas semanas, del general Obregón. Cumple una comisión de Carranza en Chihuahua. Se incorpora a la División del Norte, bajo las órdenes directas de Francisco Villa. Éste lo destaca en la capital como enviado de la División del Norte. Asiste a la entrada de tropas constitucionalistas. Es encerrado en la Penitenciaría y sale, un mes después, por orden de la Convención Militar de Aguascalientes. Sirve como consejero del general José Isabel Robles, secretario de Guerra y Marina, nombrado por la Convención. Ocupa al mismo tiempo los cargos de secretario de la Universidad Nacional y de director de la Biblioteca Nacional.

Ha terminado la primera etapa de sus experiencias revolucionarias. En 1915 va por primera vez a España. Publica su folleto La querella de México. Quiere explicarle a sus lectores lo que ha sucedido, lo que está sucediendo en el país. Es la primera reflexión, lejos de su patria, sobre la situación de México. De su impresión del México de entonces queda el epígrafe inscrito en su folleto: «Nada puede hacerse sin la reforma moral de algunos». ¿De algunos? Acaso medita en la modestia de esta palabra, pero decide dejarla.

Va a Estados Unidos y se radica en Nueva York. Es nombrado profesor de lengua y literatura castellanas en la Universidad de Minnesota. De vuelta en Nueva York, se dedica al periodismo. En 1919 regresa a México. Trabaja en El Heraldo de México. En 1920 publica su libro de ensayos A orillas del Hudson. Es secretario particular de Alberto J. Pani, Ministro de Relaciones Exteriores, y después miembro del Comité organizador de las fiestas del centenario de la consumación de la Independencia (1921). En 1922 funda y dirige el diario El Mundo, que se publica hasta 1924. A fines de 1923 tiene lugar el levantamiento de Adolfo de la Huerta contra el presidente Obregón. De septiembre de 1922 a diciembre de 1923 es diputado por un distrito de la ciudad de México. En diciembre de 1923 sale nuevamente del país y, después de un viaje por Europa y de vivir un año en Nueva York, va por segunda vez a España, en donde permanecerá hasta 1936: once años, más los meses de una larga estancia en París. En España se dedica al periodismo, participa en las agitaciones que derribarían la monarquía y, al instaurarse allá la república, se ve ligado a los gobernantes españoles.

Ha tenido en México su segundo período de experiencias revolucionarias. ¿Revolucionarias? De las últimas marejadas de la Revolución, antes de entrar definitivamente en los cauces constitucionales. Ha presenciado de cerca la revolución de Adolfo de la Huerta, y ha sido diputado en una época de turbulento parlamentarismo. Está ya completa su visión del México revolucionario. En España le obsede una constante reflexión. Van delineándose paulatinamente —como una placa fotográfica al contacto de las sustancias que la revelan— toda su vida de revolucionario, de actor en ciertos casos y de testigo cercano en otros; de periodista político y de diputado, siempre admitido en las altas regiones donde se fragua el poder.

En las horas que le dejan libres sus labores periodísticas todos sus recuerdos van adquiriendo perfiles literarios, se componen en un cuadro fácil a la narración. En el arte de escribir —que ha practicado, principalmente en el periodismo, durante años laboriosos— su estilo ha ganado en eficacia, en flexibilidad y en sobria elocuencia desde los tiempos de La querella de México y de A orillas del Hudson.

En España, escribe, primero, El águila y la serpiente (1928), especie de memorias que, por momentos —cuando él se sustrae de su propio escenario— parecen una novela. Termina dramáticamente en 1915, cuando, al ir a despedirse de Villa, no sabe si éste lo dejará salir del país, o si, considerándolo traidor a la causa, lo detendrá y lo castigará. Sucede lo primero.

Después, reflexionando —durante su destierro no voluntario— en los acontecimientos de México de junio de 1920 a febrero de 1925, escribe La sombra del caudillo (1929). A la narración lineal de El águila y la serpiente sucede ahora la compleja composición de una novela. ¿Qué ha sucedido en México en esos años? Algo que Guzmán ha vivido, en parte, y visto de cerca, en parte: la revolución de Adolfo de la Huerta, el desarrollo de la posición y estratagemas políticas de Jorge Prieto Laurens y su partido, las borrascas de la Cámara de Diputados, la rivalidad de los generales que ambicionan la presidencia de la República, y la creciente autoridad, casi dictatorial, de Obregón. Y, además, algo que, por su ausencia de México, no ha visto, pero que ha tenido amplia publicidad y gran resonancia en la prensa: la lucha política para sustituir al general Obregón al término de su período presidencial, las inquietudes y especulaciones públicas sobre si el poder lo heredaría el general Francisco R. Serrano, Ministro de la Guerra, o el general Plutarco Elías Calles, Ministro de Gobernación. Y, finalmente, el desenlace sangriento: el fusilamiento de Serrano y algunos de sus partidarios en Huitzilac, camino de Cuernavaca a México.

Aquellos sucesos eran muy variados y de gran complejidad. Aunque la intervención de Guzmán hubiera sido constante en ellos —como en los anteriores que, con tanta limpieza de perfiles describe en El águila y la serpiente— quedaba la labor de darles expresión literaria. Sus años de periodista, de diputado y de testigo cercano de la revolución de Adolfo de la Huerta revolotean en su memoria. Por otra parte, Guzmán está lanzado en una intensa labor de producción que nada puede detener. Pero ¿cómo dar forma a aquellas nuevas experiencias y recientes sucesos? El desenlace trágico vino, no sólo a completar el cuadro que bosquejaba en su imaginación el novelista, sino a darle un nuevo sentido, a recomponer todo el esquema que se había trazado. Su instinto de artista tuvo la repentina revelación de un final dramático e impresionante. De un final que no corroboró fatalmente lo que tenía de insostenible y equívoca aquella situación. Acaso, con su natural perspicacia política, ya Guzmán había adivinado que ése sería el final; pero se detenía ante él para no parecer pesimista y derogatorio respecto al porvenir de México. El destino, ayudando casualmente al arte, colaboró en su obra.

El presidente de la República en aquellos tiempos era todavía un caudillo. No renunciaba a los poderes omnímodos de que gozó en su lucha, ardua y brillante, contra sus enemigos, venciendo a unos y nulificando a los demás. Sus fuerzas militares habían sido irresistibles y bien administradas; su astucia y su inteligencia acabaron por darle una fuerza que todos reconocían y acataban. Las facultades legales de un presidente de la República le resultaban estrechas e insuficientes para gobernar al país, para imponer su política, para establecer definitivamente los dogmas de la Revolución y la línea sucesoria del poder. Su fuerza no era una fuerza moral; era ejecutiva, autoritaria, dictatorial. Su suprema autoridad era incontrastable porque los generales no tenían tropas que oponerle en un duelo militar, y porque a los civiles —gobernadores, senadores y diputados— no les convenía hacerlo porque esa autoridad era el origen mismo de su propia situación.

El Caudillo aparece en dos ocasiones en la novela; la segunda más fugazmente que la primera. Con unas cuantas réplicas hábiles, intencionadas, concisas, y unas cuantas preguntas inquisitivas y capciosas. Subraya con la mirada el sentido de sus palabras. Revela en su diálogo el hábito de mandar y la seguridad de ser obedecido. Pero su sombra es inmensa: se proyecta sobre toda la acción de la novela. Todos están pendientes de su decisión. Los que se atreven a desafiarla lo hacen con la esperanza de inclinarla, en determinado momento, en su favor. Cuando se conoce su decisión la acción se precipita hacia la catástrofe. Se reconoce al personaje en los pocos y bien escogidos rasgos que lo describen. Lo reconocen los que lo conocieron, los que lo conocimos.

Lo mismo sucede con el general Hilario Jiménez, Ministro de Gobernación. Sus silencios elocuentes, cargados de amenazas; su postura, el juego de sus miradas, su actitud ensimismada, y, finalmente, la explosión de las resoluciones atrevidas en que la voluntad quiere imponerse abierta y ostentosamente. A veces, como con frecuencia lo señaló la voz pública, aparece como el espíritu del mal, el motor de las grandes determinaciones, temerarias, crueles, ignorantes de toda previsión de sus consecuencias.

Al lado de ellos el general Ignacio Aguirre, Ministro de la Guerra, si no es inferior, está menos preparado para la lucha. En el fondo es un sentimental, al que duele menos su derrota que la actitud de estudiada frialdad, olvidadiza de diez años de amistad y afecto, del Caudillo. Si éste le hubiera pedido francamente, con cualquier pretexto de orden político, que se retirara de la lucha presidencial, lo hubiera hecho con gusto, contento de colaborar con quien lo tomaba así en sus confianzas. Lo hubiera considerado un servicio a un amigo. Porque, además, el general Aguirre no toma la política en serio, no piensa ni por un momento que su candidatura vaya a beneficiar al progreso democrático de México. Está convencido de que la lucha electoral es todavía un acomodamiento de generales y sus fuerzas, en el que el Caudillo tiene la ventaja. Ideales, no tiene ningunos. Además de no tomar la política en serio, no toma tampoco la vida en serio. En esto es inferior al general Hilario Jiménez, su contrincante. Es simpático por naturaleza y de un cinismo complaciente. Más que ninguna pasión política lo mueve el resentimiento de que el Caudillo lo haya puesto, con unas cuantas réplicas glaciales, fuera del círculo de su amistad. Lo llevan ciegamente a la acción, por un lado, su amistad ofendida, y, por otro, la amistad, el afecto y los intereses de los que son o parecen ser sus amigos.

Olivier Fernández, el jefe de un importante partido oficial, es un atrevido organizador de estratagemas que hasta entonces habían tenido éxito. Hábil especialmente para moverse, como el salmón, en aguas tumultuosas; pero con todo su despierto instinto político carece de ideales democráticos, y es, en el fondo, indiferente a la redención política de México. Decidido, valiente y buen orador, está pintado con sus palabras y confusos propósitos. Hay en él algo de fuerza juvenil, por momentos arrolladora. Pero está empeñado en la lucha sólo para asegurar el poder, sin saber cuál será, en definitiva, la mejor utilización de él.

Las figuras de los militares que intervienen —Leyva, Ibáñez, Elizondo y otros— son víctimas de la situación política, último desarrollo de la Revolución, cuando los grados se ganaban por heroísmo, por buena fortuna o por amistad. Y había que entrar en política, porque todavía los vaivenes de ésta podían despojarlos de su situación —siempre ventajosa— o nulificarlos. En aquellos momentos ¿cuántos generales no se sintieron dignos de ocupar la presidencia de la República? Algunos hasta pensaban que la presidencia era como el grado siguiente al de general de división. Su conducta, que aparece en la novela interesada, tortuosa hasta el engaño y la traición, se debe a que no existía todavía una clase militar organizada dentro del cuadro administrativo, con todas las seguridades debidas a su categoría profesional. Y se defendían interviniendo en política, con los medios que tienen los generales: la fuerza de sus tropas. En gran parte de la historia de México y de Hispanoamérica esta doble función ha sido la causa de revoluciones y de nuestro atraso político. Algunos de estos generales pasan fugazmente por la novela; otros se detienen y, unas veces, se les ve obrar con refinada malicia, y, otras con expresiones primitivas. Todos están pintados con rasgos esenciales, en unas cuantas líneas, con perspicaz sobriedad.

Al lado de Olivier Fernández —el líder político amuchachado— la otra figura civil más importante es Axkaná González. Él sí tiene ideales, allá en el fondo, a lo lejos, bien claros para él y visibles para los demás. Es honrado y todavía no lo corrompe la política. Pero, como tantos jóvenes cultos que se incorporaron a la Revolución, sabe que esos ideales necesitan de la fuerza político-militar, sin el apoyo de la cual no tienen sostén para influir en la vida pública. Y se ha unido a los que disponen de esa fuerza o pueden tenerla pronto. A veces los acompaña en su vida de placer y disipación, para no salir del grupo y conservar la oportunidad de su influencia y colaboración futuras. A veces sirviendo, no sólo con lealtad sino con disimulado servilismo, que esos jóvenes disculpan con la esperanza de un próximo cambio. Algunos suelen perder de vista que ese cambio esperado es tan lejano —quién sabe por cuántos años— que resultará imposible. Pero conservan sus ilusiones, y se conforman con los pequeños triunfos que pueden lograr —si los logran— para mejorar en algo, a veces en casi nada, la situación del pueblo. En ocasiones esa esperanza va disolviéndose hasta desaparecer, y entonces, sin sentirlo, acaban por ser instrumentos dóciles de las dictaduras. Pero aquietan su conciencia o justifican su conducta con aquella esperanza que saben que nunca se realizará. ¿Cuál hubiera sido el destino final de Axkaná? Cualquiera de los dos.

Pero lo que es más asombroso en la novela es la pintura del ambiente. Está logrado con la acumulación de detalles bien observados, captados de la realidad. Las acciones secundarias se combinan con las principales; los personajes menores completan el elenco de los mayores. Y todo ello se conjuga para dar una visión de conjunto, de relieves impresionantes. Es un cuadro integral, de extensas márgenes, como esos lienzos históricos en que el pintor, dentro de su ámbito, ha utilizado modelos hasta para las figuras que se están saliendo del cuadro. Está ahí todo lo que el autor ha visto en su larga vida política, en su trato y contactos con militares y civiles, en las ocasiones en que fue testigo de sus momentos de placer y disipación, y lo que ha percibido a través del smog de desorientación, inmoralidad, traición y cinismo que, en un tiempo, cegó a unos y ahogó a otros. Cuando las aguas desbordadas de la Revolución rompieron compuertas y represas, que después deberían contenerlas y encauzarlas. Por ser tan real y bien compuesta, el profesor Manuel Pedro González considera La sombra del caudillo como una de las mejores novelas de ambiente político de Hispanoamérica.

En su elaboración hay que alabar su eficaz y voluntaria sobriedad. Hay novelas en que el autor insiste; en que se repite, temeroso de que el lector no haya entendido; en que prolonga con inútiles desarrollos sicológicos la revelación que los personajes han hecho ya de sí mismos. En esta novela todo es justo, todo dicho con elegante ahorro verbal que no requiere amplificación. Todo descrito para presentar personajes, escenas, situaciones, diálogos y paisajes con puntualidad, sin confusión en las líneas, sin exceso en los claroscuros, sin manchones en las sombras. Lectura fácil y fluida, por su estilo todo galas geométricas.

La novela deja una triste impresión: ¡así éramos, desgraciadamente, hace cincuenta años! Y un consuelo final: ¡cómo hemos cambiado, por fortuna, desde entonces!

Antonio Castro Leal.

Noticia biográfica

Martín Luis Guzmán nació en Chihuahua, capital del Estado del mismo nombre, el 6 de octubre de 1887. Hizo sus primeros estudios en Tacubaya, D. F. Los continuó en el puerto de Veracruz, en donde en 1901, con un condiscípulo, publicó un periódico quincenal, La Juventud.
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