A la memoria de una mujer castellana y






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CAPITULO 17
Zita y Teodosia habían sido invitadas con gran agasajo a la boda de Santiago: eran primas carnales, ¿no?, y además era de su propia casa del Callejón de los Boteros que iba a salir el novio, el cual se había pasado casi ocho años hospedado con ellas. En un principio las hermanas habían rechazado la oferta, pues se les acababa de morir el padre, y estaban en consecuencia de riguroso luto. ‘’Mira tú, Santi – había dicho la mayor, que era la que más se oponía -, que casi lo tenemos aquí de cuerpo presente, no sabes; conque ¡si vamos nosotras a ir por ahí, a comer bien y a divertirnos!’’ Pero el primo había insistido. ‘’Que sí, Zita, que no pasa nada. Si una boda es un Santo Sacramento de la Iglesia, conque fíjate si lo va a ver Dios con mala cara, ¡que no!’’ Y aún continuó argumentando: no era posible que unas primas queridas faltasen a su boda, que iban a venir lo menos cincuenta invitados, ¿qué iban a decir los de Eleonorita, que venían en gran número a la boda y hasta habían traído comida del pueblo para que no faltara nada? Además que ya habían dicho los de Roque que sí, y tan hija del difunto había sido Serafina como ellas dos.
Había otro obstáculo para andar con fiestas y celebraciones, que Zita se guardó bien de mencionar: pues no estaban los tiempos como para ir por ahí, haciendo ciertas confidencias, y que le tomaran a una por roja. En suma, que su novio Agapito había muerto por entonces, hacía cinco años. ‘’¡Mira que si voy yo a pensar ahora en manjares y regocijos, faltando así a su memoria!’’ se decía, muy para sí, la pobre. Pues en efecto, la mañana misma en que Santiago les dio la invitación era el quinto aniversario, día por día, de la matanza de la Casa del Pueblo, donde había caído su novio a manos de los falangistas.
Con su hermana Teodosia, que también estaba de riguroso luto desde luego, las cosas no operaban de la misma manera. Ella siempre había oído decir que ‘’Dios perdona a quien su culpa llora’’; y ya había llorado bastante cuando se llevó el Señor a su progenitor. Además, qué culpa había tenido ella de que hubiera cogido el viejo una pulmonía que le llevó al cementerio en quince días, y qué razón era ello para desperdiciar invitaciones. Teodosia era todavía joven y casadera; y es bien sabido (como ella decía) que es en las bodas donde empiezan muchas veces los noviazgos, y que después de la comilona habría baile, ¿cómo iba ella a desperdiciar esa oportunidad, que quizas sería la última que tendría de cazar novio?
Así que, riguroso luto o no, las dos hermanas a la boda fueron; primero a las Angustias, donde ofició la misa el jesuita Florentino Beltrán, igualmente primo carnal del novio. Y desde allí, andando andandito, al merendero de Los Tangos, al otro lado del Pisuerga, un paraíso al aire libre, en un terreno baldío donde sólo había algunas huertas y casas molineras. Que bien sabido era que allí se perdían mucho la parejas a las salidas de los merenderos, especialmente en las calurosas noches de verano.
No cabe que la pobre Zita pasó la velada en un estado de tristeza y desolación. Menos mal que le tocó al lado la señora Amparo, que por su parte no cesaba de darle a la lengua, y así su silencio pasó casi desapercibido entre los otros comensales. La vieja, pues, charlaba sin descanso y, como de costumbre, siempre a lo suyo. -¡Ay!, no hago más que pensar – decía – que si me estuviera viendo mi Ricardo desde Arriba, fuera de casa y divirtiéndome como una cualquiera, ¡me iba a dar una carada!
- Ya lo sé – respondió la otra - Fíjese, señora Amparo, pues que el mío… - hizo una pausa, y continuó, vagamente -: ¡si no voy a estar triste y angustiada! Si no hago más que acordarme de él. –
Y la anciana continuaba llenando alegremente la panza, dale que te dale; había también bebido de lo lindo, y empezó a trabársele la lengua; aunque no le importó esto mucho a Zita, que de hecho no la escuchaba.
-¡Ay!, se está mareando usted, señora Amparo, ¿no?
Cuando, después del primer baile, se despidieron los recién casados, que habían ya venido vestidos de calle para irse al ‘’viaje de novios’’, en seguida se compincharon las dos mujeres para escurrir el bulto cuanto antes, procurando que no se dieran cuenta los demás invitados.
Era ya noche cerrada cuando salieron las dos del brazo a la calle, o mejor dicho al campo abierto. Iban las dos muy de negro, una firme y estirada, la otra haciendo pinitos a su lado, porque como era tan pequeñita, a veces tenía que correr para mantenerse al ritmo de Zita. Pasaron por delante de San Bartolomé, el apeadero del ‘’tren burra’’, y las dos se preguntaron si habrían llegado los novios a tiempo de coger el último tren para Rioseco.
Luego encaminaron sus pasos hacia el Puente Mayor, para entrar en la ciudad. Era peligroso el tráfico en aquel puente, a causa del número importante de vehículos que allí afluían, tanto de motor como de tracción animal; y que, además, pasaba por el medio del puente el ferrocarril de vía estrecha, el mismo que cogieron sin duda los recién casados, que iba a celebrar la luna de miel en Tordehumos.
En la Calle de San Quirce, oyeron las campanadas de una iglesia. - ¡Ay, Jesús! – exclamó la señora Amparo - ¿Qué hora es? ¿Ya son las diez? ¿Has contado tú las campanadas? Y yo que no me he traído la llave del portal, ¡gran mercez!
-Pues vamos a darnos más prisa, señora Amparo, y tal vez lleguemos antes de que el vigilante cierre las puertas – contestó Zita, tirando de la otra, la cual no podía ya con su alma.
En efecto, le dolía a la anciana todo el cuerpo, pero especialmente los pies. No estaba acostumbrada a llevar zapatos, y se había puesto para la ocasión unos que estaban casi nuevos, y que no había calzado hacía años. Lo cual no le impedía que continuara rajando.
-Si yo no podía, hija, faltar a la boda – iba diciendo, entre hipos y dilatados alientos -. Que le he conocido, mujer, desde que era un muchachito. ¡Tan majo era entonces! Que en casa siempre lo decíamos… ‘’¡Huy, que majo es el hermano de Doro!’’ decía siempre mi Ricardo. Que en luego él quiso hacerse torero, ya sabes; y que no acertó el pobre, mira tú. Que tú ya sabes, pues que tuvo que dejarlo. Menos mal que le quieren mucho los curas y le enseñaron un oficio. Y ya ves ahora, la boda que ha hecho, que los de la lechería tienen muchos cuartos, boba.
-Sí que tienen – respondió Zita -, que otra cosa no tendrán, pero dinero, de sobra.
-Así tendrá él bien de comer, que está poniéndose la vida muy mal. Y hay quien pasa mucha hambre. ¡Ay, no vayas tan de prisa, que sí que llegamos, mujer!
Había enganchado la anciana su brazo en el de su acompañante, agarrándose bien para que no cayera su agobiado cuerpo al suelo. Lo cual hacía la marcha sumamente penosa.
-Pos como te iba diciendo – continuó la señora Amparo -, cuando entró en la linotipia, pues que no ha cesado de subir, que ya pronto le harán jefe, no creas. Que los curas todo lo pueden, y son ellos los dueños del Diario, ¿no sabes? Mira Zita, vamos a sentarnos un poco, que mestán haciendo estos zapatos ver las estrellas.
Habían llegado con tardo paso a la Plaza de San Pablo. Allí se sentaron en un banco de piedra. No se atrevía la anciana a quitarse el calzado, como habría deseado, pues se le habían hinchado los pies; y luego no se los podría volver a poner. Por unos minutos no hizo la pobre más que sollozar y tratar de recobrar el aliento. Silencio que aprovechó la otra para expresar su más profundo pesar.
-Dicen, señora Amparo, que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. ¡Oy, qué gran mentira es ésa! Que yo en un hoyo bien profundo que he caído.
-Pos mira, que otras se han puesto a zampar bien de bollos ultimamente – contestó la señora Amparo. ¿No has visto lo bien que se ha puesto tu cuñado Roque últimamente… y tu hermana, rica, que bien flamenca se está poniendo… y también, cómo se divierte tu prima Dorotea. – Zita no escuchaba, y la anciana le dio con un codo en el costado - ¿Pero no has visto lo gorda y bastota que se ha puesto ésa de un tiempo a esta parte? Que no paece, chica, sino que estuviera comiendo tol día a dos carrillos. Se ve que zampa bien en cá su señorita ; pero hay más. Dime, ¿quién es ése que viene a verla a veces a la hora de la siesta? Que yo le veo a menudo entrando en el portal con un chusco bajo del brazo y agarrando una botella con la otra mano, que yo sé que derechita va a la Doro. ¿Tú le conoces?

La otra no contestó.
- ¡Ay, cómo me huele to eso a chamusquina, Zita! Tú misma lo has visto, lo guarra y desvergonzada que se la veía esta tarde en la boda, que parecía una poseída. Así le pondrán los huevos las gallinas , que, como dice el refrán, honra y provecho no caben en un mismo saco. ¡Ay, ay, cómo van las cosas hoy día! Claro que tú me dirás: pues aplíquese el cuento, y que qué hago yo aquí, a mi edad y pingoneando por las calles, a estas horas. Que la mujer casada la pierna quebrada y en casa. Siempre se ha dicho. - Y se puso a chupar por un rato sus peladas encías. Luego continuó, machacando el clavo aún más adentro -: ¡Qué tipejos se echan algunas de queridos! ¿Oye, es que tú no le conoces?
-De verdad es que no sé de qué me está usted hablando.
-Pos anda, de ése que viene a ver a la Doro, ¿tú no sabes? Sí, mujer, un tipo alto y barrigudo; de muy mala catadura él, que paece que está enseñando siempre los colmillos como si te fuera a devorar. – La otra no dijo nada, y la vieja volvió a la carga -: Tú tiés que conocerle, que dicen qués muy amigo de Lucio, que se les ve salir juntos, según me han enterao, pos de la taberna del Callejón, mujer, y tú que vives ahí, tiés que haberle visto un montón de veces. Anda, vámonos corriendo, que se está haciendo ya tarde.
Se pusieron en marcha, y cada vez podía la Zita soportar menos el peso de la anciana, que se le agarraba ahora al brazo con dos manos, sin dejar por ello de darle a la lengua.

-Pos eso, Zita hermosa, como te iba diciendo. ¡A mí me las va a dar naide! Que antiyer mismo le vi subiendo la escalera, y que derechito se iba al piso de la Doro. Mira que si cree ella que me va a engañar. Yo que la he conocido tantos años. Pos ése, mujer ¿no sabes?, que cuando no está Lucio en casa, bien que viene ése a verla.
-¿Pues qué quiere que le diga?
Había todavía por las calles y plazuelas algunos corrillos de gente, de pies o en los bancos, en animada conversación; y los niños corrían bullangueros alrededor de las fuentes y los bancos, jugando al escondite o a policías y ladrones, o saltando a la comba las niñas.
Llegó hasta ellas de repente el olorcillo de un puesto de melones, que encontraron a la esquina de la Calle Esgueva; se veían los melones y sandías esparcidos por el suelo, desbordando en la calzada. El dueño estaba encima de un cajón, que le hacía de silla, vigilando para que no le robase nadie su mercancía, mientras que su mujer y los hijos dormían a cielo raso entre unas lonas que cubrían parcialmente los utensilios de la familia.
-¡Ay! lo que le gustaban a mi marido los melones que en paz descanse. Cuando era la temporada, se comía cada noche uno: que se lo metía el solito entre pechos y espalda.
Dejando atrás el puesto de los melones, la anciana continuó hablando de su difunto marido. - ¡Ay, que si me viera mi Ricardo desde Arriba, tan tarde y todavía en la calle, me iba a dar una carada!
-No se preocupe, que ya llegamos.

Llegaron, en efecto, al portal de la anciana. Vieron que estaba cerrado con llave. Empezó la anciana a chillar y a dar palmadas con las manos. - ¡Sereno! ¡Sereno!
En seguida se oyó el grito del vigilante, acompañado de un ruido sordo de golpes contra el empedrado -: ¡Chego! ¡Chego!
Llegó en efecto el honrado gallego. En lugar de cinturón, llevaba sobre su blusón gris de hospicio una soga de las que usan los mozos de cuerda para llevar sus cargas, y de la cual colgaba un aro de acero del que pendían unas veinte llaves de todas las clases y tamaños. Sacó el buen hombre una llave enorme del manojo, y procedió a abrir la puerta. – Ya está fecho, señoura – dijo, extendiendo la mano.
La anciana le dio una perrachica y se coló en la oscuridad del portal. El vigilante, después de haberse metido la moneda en su blusón y cerrado bien la puerta, salió corriendo hacia otra parte del barrio, sacudiendo otra vez el chuzo por tierra, gritando, ‘’¡Chego, cheeego! Pues se oían unas palmadas vigorosas, viniendo de la Plaza Onesimo Redondo.
Hacia allí estaba dirigiéndose la siempre buena y siempre desconsolada Zita. Ella sí que no había olvidado traerse la llave del portal, pues siempre le había dado asco (más bien que miedo) esperar, aunque nada más fuera unos minutos, en aquel callejón de inmundicia en que le había tocado vivir. Claro que sí que conocía al Chucho, ese medio animal, tan definitivamente feo y guarro; y lo mismo conocía al Tuerto, al Cabo, al Repelente y a todos los demás del grupo. A menudo la habían molestado, incluso en pleno día, saliendo casi siempre borrachos de aquella horrible taberna, siempre sucia y mal oliente, y siempre tan llena de hombres.
Llegó pues a la Fuente Dorada, pasó al callejón, abrió el portal en seguida, y se metió en su casa sin volver la mirada ni a diestra ni a siniestra. Se dirigió al salón en plena oscuridad, pues se habían apagado ya las farolas de la plaza, y no quería encender la bombilla para no despertar al huesped Martín, que dormía en la primera alcoba. Entró en la otra alcoba, que había ocupado hasta entonces su primo hermano Santiago. Encendió el aplique de encima de la mesilla de noche, y empezó a trabajar, pues se le había ya pasado el sueño, y había que ordenar un poco todo aquello, por si acaso. Necesitaban las hermanas el dinero de dos huéspedes, y no podían dejar desocupada una de las dos alcobas. Hacía un par de semanas, alguien le había hablado de un hombre de Villablino, un antiguo minero, que había sufrido mucho al parecer durante la guerra, y que venía medio exiliado a aquella parte de Castilla. Aunque no sabía más, le dio la espina que se trataba de un hombre interesante y bueno. Así que ya había acordado Zita, por carta, que le hospedaría y le daría una alcoba, la única que le quedaba, si llegaban a un acuerdo definitivo, una vez en Valladolid. Y era posible que llegase de improviso el leonés uno de estos días.
CAPITULO 18
Habían venido otra vez a la ciudad muchos prohombres del régimen. Iba a celebrarse con toda solemnidad un fausto acontecimiento: el traslado de las cenizas del protomártir Onésimo Redondo Cienfuegos. A las diez de la mañana se celebró una misa cantada en la Santa Iglesia Catedral, oficiada por su Eminencia en persona, que iba acompañado en el oficio por otros santos prelados y un número de sacerdotes y sacristanes, y una legión de acólitos. Todo era luz y color. Se habían traído imágenes de otras iglesias y, entre ellas, la Virgen de las Angustias, que había perdido sus grandes espadones de plata, los cuales habían sido sustituidos por siete puñales de acero inoxidable.
Desfilaron por las principales vías de la ciudad las escuadras de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, los jefes y oficiales en uniforme negro de gala con ribetes de oro. Cerraban el desfile diversas formaciones de las Milicias Universitarias, gloria de la patria y de su cultura, que llamaron la atención del ordenado público por su marcialidad y su bonito atuendo; cada facultad con su insignia esmaltada, los cordones de diferentes colores, bolitas de seda y berretes de bronce. Nota destacada de la ceremonia fue el desfile de los Camisas Viejas, combatientes de primera linea (Excombatientes ahora), que habían sido jonsistas y falangistas ya desde antes del Día del Huracán de Gesta del Dieciocho de Julio. Entre ellos figuraban los más grandes de todos, los Caballeros Mutilados. Y no faltaban naturalmente los eclesiásticos, no sólo los santos prelados ya mencionados, sino además un número de capellanes que habían sido hechos oficiales del ejército en la guerra, todos con su atuendo morado y negro debajo de la guerrera: bella conjunción del ideal patrio, el hábito del fraile y el uniforme del soldado.
De pie, en la conjunción del Paseo de las Moreras con el de San Lorenzo, a la cabeza de un pelotón de Flechas uniformados de negro y azul marino, se hallaba el muchacho Fernando Cerezo Platero, de doce años de edad; su mano izquierda sujetaba el mosquetón de madera barnizada, y con la derecha se agarraba firmemente la otra muñeca, en perfecta posición ‘de descanso’. Todo lo contemplaba y seguía con gran fervor religioso y patriótico. ‘’Vivimos los momentos más interesantes de nuestro siglo – repetía en su mente un discurso que habría de pronunciar más tarde delante de su unidad -, y nosotros, los Flechas de la Falange, debemos de cooperar con nuestros mayores, luchando por el bien de nuestra España, una España justa, una España fascista, una España imperial. No queremos la vida fácil y cómoda. Queremos la vida dura, la vida difícil, la vida de los pueblos viriles.’’
No hubo lugar a que pronunciase discurso alguno. El Camarada Ministro de Trabajo y Jefe del Movimiento, señor don Juan Antonio Girón, se extendió tanto en el suyo que no dio la mañana para más. Entre otras muchas cosas dijo lo siguiente el camarada:
-«Ser Falangista consiste en ocupar puestos de sacrificio y de trabajo. La juventud de España ha montado guardia entre los muros del sacrificio de nuestros mártires,
-«¡Onésimo!»
-« ¡¡PRESENTE!! »
-«La guardia aguerrida y permanente de nuestro espíritu permanece entre nosotros. Nos hacemos solemnemente responsables de una España al fin viva, ahora Grande, ahora Una, ahora Libre, una España que ha de vivir siempre hacia Arriba.
-«¡Viva Franco!»
-« ¡¡ARRIBA ESPAÑA!!»
-«Ser Falangista es hacerse responsable del avenir de la Patria. Estamos obligados a tener éxito. Todos los españoles debemos congregarnos en torno a un hombre, cuyo nombre todos conocemos, y ese hombre es nuestro ínclito Caudillo, hoy, mañana y siempre. Tenemos que seguirle con fervor. Tenemos que ser uno en Su Cuerpo. Tenemos que ser uno en Su Espíritu. Tenemos que ser uno, todos juntos en unión, en su misión inquebrantable. Con fortaleza, sin falta, con voluntad de Imperio. Tenemos que hacer todas nuestras acciones con fervor, con entusiasmo, con devoción. No se pueden tolerar debilidades, no se pueden tolerar insidias, no se pueden tolerar desconfianzas ni faltas de Fe.
-«¡Viva Franco!» 
-« ¡¡VIVA!! »
-«¡Arriba España!»
-« ¡¡ARRIBA!! »
Por encima de las apretadas centurias ondeaba una nube de banderas, de las cuales, las más grandes, las más apoteósicas eran la Nacional (rojo y gualda), la de Falange (rojo y negro) y la del Requete (de aspas encarnadas sobre fondo blanco.) Había también estandartes con los números y las letras de cada formación.
Había visto el muchacho, desfilando entre los Excombatientes, a su tío Gonzalo Beltrán Jiménez, un hombre del que estaba orgullosa toda la familia. ¡Qué envidia había sentido él cuando en el círculo familiar, se dedicó una tarde entera para relatar (fue el tío Santi quien lo leyó) los gloriosos hechos de aquel excombatiente, mutilado de guerra. Y que había acudido voluntario al combate por la Patria, al grito de ‘¡Amemos la guerra y adelante!’, al lado de Onésimo y otros héroes y mártires del famoso Alto de los Leones, al alba de la Santa Cruzada.
‘’Sí, vivimos los momentos más interesante de nuestro siglo - repitió el muchacho para sí -. ¡Yo estoy dispuesto! Tan pronto como me llame la Patria, yo haré lo posible para entrar en liza contra el comunismo ateo y materialista. Cualquiera que sea el sacrificio personal que pudiere incurrir, allá he de ir, a la lucha, a combatir contra la Rusia soviética.
Les había tocado a los de su generación disfrutar de los triunfos y conquistas de sus mayores falangistas, y no podía el joven Cerezo permanecer ya más con los brazos cruzados. ‘’¡Sí, cuando llegue la hora, estaré dispuesto! ¡A sus órdenes! ¡Sí, lucharé contra las hordas marxistas, iré al combate! ¡¡Firmes!!’’
A las diez de la noche, comenzaron a congregarse de nuevo los flechas y cadetes del Frente de Juventudes, esta vez en el cementerio, donde algo importante iba a ocurrir hacia medianoche, y que iba a durar hasta las tantas de la madrugada.
Ya no va con el mosquetón de madera a cuestas. Ahora sostiene el muchacho una tea encendida en la mano izquierda. Se cuentan por millares las antorchas que se ven flotando en el silencio de la noche. Este intenso patriotismo le embarga, llena su espíritu de niño con fervor santo. Las resplandecientes antorchas, como estrellas vivas en la oscuridad, constituyen un algo sublime, nacional y altamente espiritual… y las fogatas entre las tumbas, despiden una luz de misterio. Toda la España fascista está ahí presente, conmemorando el hecho del traslado de los restos del héroe mártir, muerto yendo a la conquista de Madrid en julio del treintaiséis. Hay un número importante de jefes alrededor del cenotafio reluciente de mármol. Sería el mismo Girón, delegado para la ocasión por el Generalísimo, quien conduciría la ceremonia, con aire militar, constructivo y gravemente religioso. Y con los grandes señores del régimen está el espíritu imperecedero del protomártir….
¡PRESENTE!
-«Porque solo cuenta el hombre – se oye una voz - cuando se le considera espíritu, cuando se le estima portador de valores eternos, envoltura corporal de un alma que es capaz de salvarse o de condenarse. ¡Vivan los Mártires de la Cruzada!»
-¡VIVAN!
Varias veces retumbó la noche con los gritos de ¡Onésimo!, ¡José Antonio! y otros héroes mártires de la Cruzada. Y a cada grito, la multitud respondía: ‘’¡¡PRESENTE!!’’ ‘’¡¡PRESENTE!!’’ ‘’¡¡PRESENTE!!
Exactamente a medianoche se procedió a la exhumación de los restos. Se hallaban éstos en una caja de zinc, que se colocó en el interior de un féretro de ébano. Se posicionó en medio de los falangistas jefes, el camarada arzobispo; y se rezaron varios responsos, incensarios al aire, mientras daban guardia, una vez más, una sección de la Milicia Universitaria con miembros de la Vieja Guardia.
-« …. glorioso pueblo vallisoletano… ha dado… dio en su día el ejemplo… Capital del Alzamiento… después de la Santa Cruzada… comienza una etapa de vivificación pujante y espledorosa…. »
-¡VIVA CRISTO NUESTRO SEÑOR!
A la una de la madrugada hubo un desfile desde el cementerio a la ciudad. Estaban siendo temporalmente trasladados los restos hacia una capilla ardiente, instalada para la ocasión en la Casa Consistorial, donde se iban a ofrecer a la veneración del público, hasta que fueran trasladados, en hombros de camaradas del protomártir, en dirección del templo de San Benito.
La enorme multitud de falangistas, moviéndose como fantasmas en la noche, constituía una gigantesca columna, avanzando por los caminos de la Patria liberada, cumpliendo su destino universal.
En los caminos que conducían a la ciudad, sin el alumbrado público, destacábase aún más ese fervor religioso tan arraigado en el alma de los pueblos sanos, de los pueblos verdaderos, esa columna de estrellas avanzando serpenteante hacia Valladolid. ¡Todo era luz ! Y sin ningún derroche. ¡Una frugal marcha militar al calor de las antorchas!
Estaban muy concurridas las aceras de la Capital de Alzamiento, ¡gloria a los vallisoletanos! ; y como era de esperar, durante un par de horas, celebróse una suntuosa y magnífica procesion en las principales vías de la ciudad, con desfile de todas las escuadras, y asistencia de las jerarquias eclesiásticas, civiles y militares. El público fervoroso lo seguía todo en silencio. Natural.
Según entraba la mañana, el aspecto de la ciudad se hacía cada vez más grandioso, revelándose la magnanimidad y la religiosidad del espíritu castellano, al hallarse codo a codo hombres, mujeres y niños de todos los rincones y todos los estamentos sociales, que habían venido a venerar esas sagradas reliquias del protomártir de la Santa Cruzada.

A media mañana, en San Benito el Real, templo de arquitectura románica-gótica, con un gran pórtico que más afectaba la forma de una fortaleza que de una iglesia, hubo misa pontifical, oficiada por una alta jerarquía de la Iglesia que había sido capellán durante la contienda
Mucho antes de que empezara la misa ya estaba el templo lleno de fieles, entre los que se veían, entrechocados, los uniformes negros del fascio. El interior de la iglesia era imponente, y al admirar su belleza y grandiosidad, Fernando Cerezo , que no ha pegado ojo en toda la noche, no piensa en otra cosa que la grandiosidad de la Patria, alcanzada gracias al Santo Caudillo, grandiosidad que en estos momentos es comparable a la grandiosidad de Dios, sola fuerza capaz de inspirar concepciones tan sublimes y arrebatadoras.
Está ahora el muchacho en la sacristía. Ha dejado su uniforme de Falange y viste ahora túnica de acólito con insignia en el pecho de aspirante de Acción Catolica. Porque lo político y lo religioso en su patria, en estos momentos, van entrañablemente unidos.
No hay nada comparable, a los ojos de un niño emotivo y más bien tímido, al espectáculo que se le presenta de repente, pasando de la sacristía al templo, el incensario en la mano, en espléndida túnica de acólito, y ver las naves llenas de fieles, formas humanas difusas en plena esplendorosa luminaria de cirios, velones, apliques, bombillas, retablos encendidos de oro, resplandores aquí y allá, colores, aromas, las flores, el humo perfumado del incienso, la música del órgano y el coro, y toda la imaginería de cristos, santos vírgenes y demonios poblando los altares luminosos.
Y varias otras sombras tornando a tu lado, haciendo oficios, soltando latinajos, lanzando en el aire canciones litúrgicas… sacristanes, sacerdotes, diáconos, prelados; algunos en sotanas y sobrepellices, otros con ricas casullas de brillos y tonalidades múltiples. De repente las manos del arzobispo, de un blanco inmaculado, sosteniendo en el aire objetos sagrados de oro y platino, con chispas de alhajas y piedras preciosas como otras tantas lentejuelas, la Hostia.
Hdespués de aquella capilla ardiente en la Casa Consistorial, había llegado el momento de la consagración de las reliquias del protomártir, las cuales habían de recibir recogimiento definitivo en el panteón familiar de los Redondo en le santo campo cementerio.
Estaba muy emocionado el muchacho. Había conocido su padre muy bien al camarada Onésimo, en los tiempos en que ambos estudiaban con los Hermanos Maristas, luego él se había ido a Salamanca a estudiar, y su padre, algunos años más joven, le había ido a visitar a la universidad para recibir instrucciones.
Miró a su alrededor con ojos de lágrimas: ‘’¡Ojalá que hubiera tenido él también la suerte de haber conocido a aquel prohombre!’’
En el altar mayor, profusamente iluminado, y en medio de un fondo formado por banderas cruzadas, Nacional, Falange y Requete, se veía un arco de rayos, hecho de bayonetas o puñales de acero. Destacaban, en algunas de las banderas, la cifra de María en blanco y el signo del Nazareno. El frente de las dos naves laterales se había cortado con dos grandes telones negros, en los que se veía el emblema del Yugo y las Cinco Felchas, en rojo. El púlpito se hallaba como sostenido por fusiles del Ejército, con bayoneta calada, formando como una bóveda, una tienda de campaña. Desde allí volvió a pronunciarse una oración.
Más tarde, en la plaza, bajo el gran arco romano del templo, esperaron los Jefes del Movimiento, con altas jerarquías eclesiásticas, militares y civiles. Destacábase la hermosa figura vallisoletana del Ministro del Trabajo, alto, moreno, de fino bigote acicalado, buen ejemplo de la raza.
Entonces es cuando se enteró Fenando de que iba a venir el Caudillo. Todo lo abandonó el muchacho al oír la buena nueva. Asomóse a la plazuela. Un hormiguero de gente. Muchas camisas azules. Una barrera de soldados bien armados. Y un número de altavoces entonando marchas militares, canciones religiosas.
Todo lo ve desde el pórtico de la iglesia, radiante de fe y de ilusión, el incesario todavía en la mano.
¡Y el palio aguardando en todo aquel tumulto!
De súbito, el repiquetear de la caballería en los adoquines de la calzada, cascos dorados y plata, corceles de exposición, unos blancos como la nieve, otros negros de azabache; y las lanzas, los turbanes coronados de cascos diminutos de bronce, y las túnicas blancas con toques de azul y de rojo. Era la Escolta Mora. Y con ella, a los lados, un escuadron de caballería motorizada, manteniendo el público a distancia en las aceras. Un tren de coches oficiales, y en el medio de aquel revuelo, un largo automóvil negro encortinado, las banderitas.
Y salió la Nueva Encarnación del Verbo Divino. Era chiquitito. Llevaba boina roja de requeté, con insignias de capitán general, camisa falangista azul con corbata, guerrera y pantalones negros. El pecho bien laureado de chatarra (El Rif, Asturias, Melilla y todos los diferentes puntos de España, cada victoria un galón.) Y la banda encarnada apretada alrededor de su abultada barriga.
Su cuerpo vivaracho descendió con gran atuendo de su automóvil, y avanzó a saltitos rodeado de un montón de Ángeles de la Guarda. Entró bajo palio entre los prohombres del régimen y un número de prelados de esplendorosas casullas; seguían los asistentes con cruces, hisopos, báculos y toda la parafernalia.

Se abrieron las puertas del templo de par en par, y entró la comitiva en religioso silencio, dirigiéndose lentamente hacia el féretro que en el medio de la nave se alzaba. Desde el altar una alta jerarquía de la Iglesia se refirió a Su Excelencia el Generalísimo. ¡Había venido a nosotos aquél que proclamamos, en medio de las llamas de la guerra, Caudillo de España por la Gracia de Dios. ¡Oh, Francisco Franco Bahamonde, gran campeón de la Cristiandad, libertador de los pueblos oprimidos e incendiados por el comunismo, rescatador de cautivos y ultrajados, descubridor de nuevos horizontes, símbolo encendido y anhelo profundo de un pueblo con voluntad de imperio!
-« El Verbo divino se hizo carne para habitar entre nosotros. »
-¡Ah, Fernando, Fernanditooo! – oyó el muchacho el susurro de una voz conocida a su lado.
No podía apartar sus ojos del religioso acto que estaba desarrollándose todo a lo largo de la nave central. Continuaba el egregio Caudillo bajo palio, y Su Eminencia sostenía ahora la custodia en alto. Un efluvio celestial que llegaba de alguna parte le embargaba, esa fuerza imperecedera del espíritu que unía las almas de los mortales allí presentes. Se oyó la música del órgano, el coro de los ángeles en las alturas. « ¡Hosanna! ¡Hosanna! »
Pasó a ocupar el Generalísimo el sitial del Evangelio, bajo dosel, y se pronunció una oración sagrada. Y entonces se rompió el silencio de las naves, y, como rivalizando unos con otros (falangistas, jonsistas, eclesiásticos y seglares), se pusieron todos a entonar el «¡Salve María Regina! »
-« Salve María Regina,

-« Salve, júbilo del Cielo,

-« Del Excelso dulce Imán;

-« Salve, hechizo de este suelo,

-« Triunfadora de Satán.»
-‘’¡Oh, Santa María, Madre de Dios, esperanza nuestra!’’ - rezaba el muchacho, agarrando la mano de su hermano. ‘’Pido a Dios Nuestro Señor, y a Jesucristo Su Único Hijo que España continúe por el camino emprendido, y siga yo empapado en la Fe, como me lo han enseñado en el hogar, en el colegio, en el catecismo y en la centuria de los Flechas.’’
A continuación el Eminente Prelado hizo presente al Caudillo de una cruz de azabache de primorosa y esmerada hechura, y el Ministro Jefe del Movimiento, en nombre del Jefe del Estado, agradeció al Cabildo la donación, pronunciando un pequeño discurso en el que habló del distinguido lugar que ocupaba Francisco Franco en la historia, no sólo de España, sino de toda Europa, en una época en que la humanidad sana había ya emprendido la tarea de acabar con el comunismo atéo y materialista allá en su natural terreno, las estepas semi-asiáticas de Rusia. Mas no paró ahí la devoción que mostraron todos al Caudillo, el cual, con un gesto de la mano, mandó que se cantara un ‘Te Deum’, mientras se oían salvas de cañones en el exterior del templo. Fue un grito unánime de aprobación y patriotismo que acogió a Su Excelencia cuando, acompañado de su camarilla, salió de aquel real templo magnífico.
Precipitáronse en seguida, los picatostes del régimen, dentro de un número de automóviles blindados, escoltados a los lados por poderosas escuadras motorizadas. Salió también el Caudillo en su automóvil negro encortinado, el cual iba rodeado por la Escolta Mora. Un gentío inmenso siguió a la comitiva. En las calles de la ciudad el entusiasmo de las masas revistió caracteres apoteósicos.
A las diez de la noche estaban otra vez los falangistas y jonsistas en el cementerio, a fin de completar la ceremonia. A las doce y cuarto fue descendido el féretro en la tumba a la luz de la luna. El camarada Juán Antonio Girón arrojó con mano enguantada un puñado de tierra, una espada y la insignia y birretes de la Milicia Universitaria. Acto seguido se realizó la ofrenda de estandartes y coronas; y el cararada ministro, en representación del Jefe del Estado, que se había vuelto a El Pardo, pronunció la siguiente oración:
-«Camaradas: Firmes ante el jefe de nuestras escuadras castellanas, Onésimo Redondo no es para nosotros, jonsistas de Castilla, el conductor perdido que vive en el recuerdo. El camarada presente es nuestro afán, Es más. Es el Jefe que comparte con nosotros la inquietud de esta hora que nos anima y nos conforta en la lucha, el camarada a cuyas órdenes tenemos el deber y el derecho de someternos. SIempre y en todas partes, pero especialmente hoy y aquí, sentimos su presencia viva y vigilante, este recogido silencio está lleno de él, y su espíritu nos manda y nos conduce sin palabras. Ante esta cruz y esta bandera de combate, símbolo el más exacto de nuestra manera rústica y heróica de entender la vida, renovamos nuestra promesa de fidelidad a las consignas que recibimos de sus obras. ¡CAMARADA ONESIMO REDONDO! » 
-« ¡¡PRESENTE!! » retumbó el cementerio entero.
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