A la memoria de una mujer castellana y






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CAPITULO 15
Feli y Lucito, animados por su madre, continuaron aquel verano visitando a sus primos a menudo. – Andar a ver si os saca algo vuestra tía – les decía -, que ésa tiene buena despensa -. A la chica le gustaba sostener en sus brazos al recién nacido, al cual habían bautizado con el nombre de Santiago, en honor a su tío y padrino.
-¡Ay, cuidado no me lo caigas! – exclamaba Felicitación, que la quería mucho -. ¡Oy, sobrina, pero qué diferente eres tú de tu madre; si no os parecéis en nada – comentaba con esa voz huera, un poco fatua, que la caracterizaba -. Que tu madre se ha puesto, mona, como un saco en nada de tiempo; que hay que ver antes lo guapa que era; y tú, Feli, tan delgadita. ¡Ay, niña!, a ver si comes más, majina, que te vas a quedar en la nada.
Una mañana, Lucito llevó a un lado a su primo Fernando, y le susurró al oído: - ¡Venga, vamos ahora!
-No, espera un poco – le respondió el otro, igualmente a media voz; estaban los dos nerviosos y azarados.
-¿Pa qué? Venga, que se lo van a llevar a las cuatro.
-¿Adónde?
-¿Dónde va a ser? Pos al cementerio.
-Pero… - vaciló el amigo -, estará allí mi padre.
-Tamién el mío.
-Me va a sacudir.
-¡Qué va!
Vaciló Fernando un poco, y todavía dijo : -No ahora. Espera.
-A ti lo que te pasa es que te da miedo.
-¿A mí, miedo? – dijo el del policía, indignado -. ¿De qué?
-Pos de eso.
Se les había acercado Robertito, el tercero de los hijos del policía. -¿Fernando – preguntó -, de questais hablando?
-Y ¿a ti qué te importa? – le contestó el hermano, empujándole fuera de sí.
El pequeño cayó al suelo llorando, y Lucito dijo, bajando todavía más la voz: - Dime, Fercha, ¿has visto tú ya un muerto, por si acaso?
-Pues claro, muchas veces – replicó rotundamente el primo.
-Entonces, ¿de qué te da miedo?
-¡Hombre! Además, si a mí no me da miedo.
-Pos venga, vamos.
Según se dirigían a la puerta, Robertito, que estaba pensando que los otros dos iban a ver maravillas, se precipitó hacia su hermano, lloriqueando: - Yo quió ir contigo.
-No.
-Sí, yo quió.
-T… te… te he dicho que no – contestó Fernando, que siempre tartamudeaba cuando se ponía nervioso.
-Sí.
-N… no, no y no. No me da la gana llevarte. ¿L… lo oyes?
-Pos yo quió ir contigo, quió ir contigo – decía el pequeñín, pataleando.
-No, que vamos muy lejos – interpuso Lucito.
-Nós verdá, que vais a cá la tía Zita, lo sé. Se lo voy a decir a mamá.
-C… como te chives, te rompo las muelas.
-Pos yo se lo voy a decir. Sí, se lo voy a decir – replicó el niño, yéndose hacia la cocina -. Papá ha dicho que no tenemos que ir.
-¡Chivato! – le dijo el otro, reteniéndole -. ¡Chivato!
El niño volvió a llorar, y los otros, asustados, se lo llevaron a la escalera, y cerraron la puerta. Su hermano le limpió los mocos, diciendo: - Bueno, vente. Pero no te vas a asustar, ¿eh?
Por toda respuesta el pequeñín dejó de llorar, y movió la cabeza muy serio de un lado al otro.
No obstante, al llegar a los soportales de la Plaza de la Fuente Dorada, Robertito, inesperadamente, se puso a hacer pucheros. – Amos a casa. Tengo miedo.
-P… pues ahora vas tú solo, si quieres – le respondió el hermano.
-Yo no sé ir. Ven conmigo.
-No me da la gana.
Entraron en el Callejón de los Boteros, y cuando el pequeño vio la casa de sus tías, un minúsculo portal que más parecía la entrada de una cueva, empezó a tirar para atrás de las manos de los otros dos, que le traían en medio, dando patadas y sin dejar de lloriquear. Sin hacerle caso, le llevaron medio a rastras escaleras arriba. Crujía el viejo entarimado según subían los tres, y Robertito se quedó mudo de espanto oyendo unas voces lastimeras que llegaban a través de una puerta abierta, allá arriba… Se le representó aquella primera vez, subiendo aquella misma escalera con su mamaíta: vio en la oscuridad la figura de un viejo esquelético, que bajaba agarrándose al pasamano de madera, la cachava bajo el brazo…
Redoblaron los gritos y lamentos, y Robertito siguió tirando de las manos de los otros dos: - ¡Ay, ay, ay, ámonos a casa, Fernandito!
Su hermano le dio una carada. - Calla – le susurró al oído -, o lo vas a estropear todo, idiota; si no quieres verle cierra los ojos, que no te pasará nada.
Cerró los ojos el niño según pasaban al piso. – Déjale que se vaya a la cocina – oyó que decía el Lucito en un susurro. –Pero si hasta eso le da miedo – vino la respuesta del otro. - ¡Oh, Fernando, Fernandito – imploró, agarrándose aún más al hermano – ven tú comigo. – No, gallina, más que gallina.
Abrió los ojos a medias. Vio un largo pasillo, por donde salían esos gritos lastimeros. Pasaron de puntillas de la oscuridad a la luz del sol, que entraba por los balcones abiertos; iban pegado los tres a la pared, para evitar ser vistos. En el medio de la inmensa sala había un grupo de personas mayores, haciendo corro; algunos eran tíos suyos, y estaba también allí su padre. Otra vez tuvo Robertín mucho miedo.
Alguien le empujó hacia un cuarto que él conocía como la alcoba de su tío Santiago. Se subió con gran dificultad a la cama, que era altísima, escondiéndose en seguida detrás de una cortina oscura, y se puso a mirar, apoyado contra la pared. Vio en el suelo de ladrillos rojos a sus dos tías, vestidas de negro, y otra mujer, también de negro, que estaba casada con un militar (la había visto una vez en esa misma casa.) Junto a las tres mujeres había una caja oscura. Y, de repente, dio un grito de horror, al tiempo que se metía una mano en la boca temblando. Al lado de aquellas mujeres, dentro de esa caja alargada, había visto una cosa horrible.
El colchón de su tío Santiago parecía hundírsele a los pies, y todo empezó a darle vueltas. Se agarró desesperadamente a la cortina, apoyando la cara contra la pared. -¡Fernandoooo!- suspiró, y oyó que su hermano y su primo se reían. Habían empezado a reírse muy por lo bajo, luego más alto, y en fin a carcajadas. Y él estaba vomitando. Percibió voces, un gran alboroto, y luego ya nada.
Después de aquella aventura, durante muchas noches, soñó el pobre Robertín que estaba con su tío abuelo Hipólito. Le veía haciendo solitarios junto a la mesa camilla, chupando insistente una pipa apagada. Luego le veía en la escalera esa, tan sucia y negra, con la cachava bajo el brazo, agarrándose a la barandilla con las dos manos, esos largos dedos amarillos, unas uñas negras afiladas. ¡Era un muerto, un mueerto, un mueeertooo! Estaba lo que había sido el tío abuelo en una caja negra alargada: una masa estática, un rostro rígido amarillo como la cera de un cirio, y, cosa rara muy bien vestido, de negro, muy limpio hasta en los brillantes zapatos de suela marrón..

Capitulo 16

Hubo otro acontecimiento en la familia aquel verano. Santiago Platero Jiménez, que había estado saliendo con Eleonorita, la de la lechería, desde que volvió de la guerra, decidió sin más tardar contraer matrimonio. Le acababan de hacer jefe de la linotipia en el Diario Regional.
Se celebró la boda en la Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Fue el primo Florentino Beltrán Jiménez quien ofició la misa y santificó la alianza. Por la tarde hubo una comilona en el merendero ‘Los Tangos’, a la orilla del Pisuerga, entre arbustos y pinos, y uno o dos sauces llorones que colgaban por la parte del río.
Tenía este merendero un pequeño edificio de adobe y un espacioso jardín en el que estaban distribuídas las mesas, una docena de ellas, y dos más que estaban adosadas y cubiertas por un largo mantel blanco, con sillas sólo en un lado. Eran las mesas de los novios y padrinos.
En cada mesa había cuatro o cinco comensales. Dorotea se había cosido una bolsa de lienzo entre las sayas, y de cuando en cuando deslizaba en ella una pierna de pollo o una loncha de embutido, siempre pensando en el mañana y que a lo mejor no tendría qué darles a los mellizos. Y Policarpo que la pilló en flagrante delito, le dijo, medio en serio, medio en broma: - Cuidado con lo que haces, Doro, que llamo a la policía.
Ello produjo tal hilaridad en Dorotea que casi revienta de risa. - ¡Ay, qué gracia! – dijo -. Pues llámate a ti mismo, hermoso, que tú es lo que eres, un policía más morugo que los morugos.
A lo cual, Felicitación, que estaba dando descaradamente el pecho al bebé, añadió, dando al marido en el codo: - Vamos, Poli, que ya te he dicho que no te metas tanto con Dorotea. ¡Oy, no es de estrañar que no te quiera!
-¡Ay, chica, si quererle sí le quiero! – replicó Dorotea, abrazando entusiasmada a su cuñado.
El cual se apartó muy serio, se sacudió el hombro con un dedo, como quien da una toba al aire, y declaró, afectando enojo: - A ver si te limpias los dedos un poco, mona; - y continuó cepillándose el hombro con la mano.
-Ya está bien de bromas, Poli – argumentó Felicitación, con tanto enfado que el pequeñín perdió el pezón y se echó a llorar.
Todo esto lo seguía Lucio con ojos adormilados que casi no se le veían detrás de los gruesos vidrios de sus lentes. Hacía tiempo que no había visto el pobre tanto manjar junto, tan a la mano, y estaba hinchando bien la barriga, acompañando cada bocado con un buen trago de sangría. Lo cual, visto por Dorotea, dio de nuevo ocasión a los gritos.
-¡Mirar, mirar mi hombre lo que hace! Si sólo piensa en emborracharse, coña, ¡ay, qué castigo me ha enviado el Señor! Estar casada con un borracho, ¡qué desgracia, madre! Ésta es la cruz que tengo que llevar yo toda la vida.
-C… calla, mujer – le decía el marido, tratando de acomodarla -, ¿es q.. que no va poder uno echar un trago, hom, pa celebrar la b… boda dun hermano?
La discusión fue interrumpida por un resonante ¡Viva! que venía del otro extremo de la hilera de mesas. Alguien de entre los de la lechera había gritado, ¡Viva la novia!, y todos habían respondido alzando los vasos de sangría. Siguió un brindis al novio. Se levantó éste a decir unas palabras que nadie oyó, y agarrando en fin del brazo a la novia, salió con ella a la pista circular de cemento que tenía en el medio un alto poste con un altavoz. Se oyó la música de un pasodoble, y comenzó el baile. Al principio sólo bailaban Santi y Eleonorita. Luego salieron a la pista otras parejas, a dar el parabién a los recién casados, y momentos más tarde estaban todos danzando alrededor del palo que sostenía el altavoz, hasta el cual llegaba un cable eléctrico desde otro palo en el tejado del edificio.
Lucio, aprovechándose de la confusión, había echado mano a una jarra, recientemente servida, y, elevándola en el aire, gritó con lengua de trapo: - ¡Queee v… viva l… laaa nn..novia, ¡hip!, queee que está muy g… gua… guapa, jooo… jooopelines!
-¡Siéntate! – le ordenó su esposa, arrebatándole la jarra de los labios -. Tú qué sabes de esas cosas, si eres un burro ciego.
-Po… pos sí que sé, ¡hip!, y tú cie… cierra el pico, ra… rabanera.
La señora Amparo, que había logrado invitarse ella misma a la boda, se volvió hacia su comadre (de la cual le separaban unas cuantas mesas), y chilló como una alcahueta: - ¡Mira, Doro! Mira como sarriman la Feli y tu sobrino, que no paece, hija, sino que tuvieran pegamín.
Dorotea que oyó el aviso, mirando a la pista de cemento, empezó a dar voces a su hija para que no bailase tan pegada a Manolo. Luego, volviéndose a dar las gracias a la vieja amiga, empezó con ella una conversación a grandes gritos -: ¡Gracias, señora Amparo! Y ahora procure parlar un poco con mi prima, que a su lado la tiene, y la veo muy aburrida. ¡Alégrate un poco, Zita, mujer! - Y volvió de nuevo su atención a los danzantes -. ¡Manolo! Menos magreo ¡eh!, que ya podían tus padres enseñarte modales, digo yo - protestaba enfadada, soltando a cada paso una sonora carcajada.
En consecuencia de lo cual, Felicitación, su hermana, llamó -: ¡Manolo! – Y volviéndose a Dorotea –: No te creas, que ya me he dado cuenta que tu Feli va tras de mi hijo, que se ve a la legua. Que en cuanto llega a casa, ya no le quita el ojo.
-Anda la otra – le contestó su hermana, de mal humor – que si te crees que mi Feli corre detrás de los chicos, estás dada. Es tu Manolo, rica, que es un correterón. O ¿te crees que yo soy ciega?
-Pues ella bien que viene… todos los días, chica, y en seguida, ya sabes, que se le ve el plumero…, que yo sé bien del pie que ésa cojea.
-C… conque viene, ¡eh! ¿Es que quieres que no vaya? ¿Vas a cerrarnos las puertas de tu casa, por si acaso? Ya te he dicho que te equivocas de cabo a rabo, ¡c… coña! Y que es él el que está siempre buscándola – contestó Dorotea; y notando que su Lucito estaba metiéndole mano a una jarra con el segundo de la otra, cambió la conversación, chillando -: ¡¡Mírales!! ¡Lucito, ya está bien de tanto vino! ¿Quieres ser un borrachín como el desgraciao de tu padre?
-¿Quién es un bo… borrachín, ¡hip!, bruja m…más que bruja? – protestó Lucio; y, habiéndole sacado gusto a la palabra, repitió -: Brrru… ja, brrrru…jaaa, brrruuu… jaaaaa. Vamos, que si no se va poder b…beber un trago, ¡hip!, un trrra… gooo, ¡hom!, q…que un día es un día, ¡hip! Q…que si… no, pos… ¿en qué mundo vivimos? - Cogió el vaso en la mano -. T… tú a lo t…tuyo…. Ya… ya sabes….Las m… mujeres a la cocina, ¡brrah!
La pura verdad era que, aunque hablaba y protestaba mucho Dorotea, tampoco ella se quedaba atrás en eso de empinar el codo. Más de una botella se había ventilado ella estos últimos meses en su casa, a solas o en compañia del Bigarreta, siempre empezando a lo tonto, como quien dice, sin darse cuenta de la afición que le iba tomando al suave licor, apurando bien los vasos, para que no se desperdiciara ni una gota. Y era el caso que, en aquellos momentos, ya fuera por la alegría general consecuente a la boda de Santiago y Eleonora, o porque había bebido ya más de la cuenta, se sentia la mujer muy expansiva y alborotadora. Que así como al marido a menudo le daba por llorar, a ella el vino la ponía eufórica. Por ello, acercándose con cariño a su Lucio, le pasó el brazo por encima de los hombros y le estampó un sonoro beso en el carrillo. – Vamos, maridito mío, no te enfades.
- Hom, yo…yo qué me voy a enfadar – contestó él, pasándole a su vez el brazo por la cintura.
Los del clan de la lechera, al otro extremo de la hilera de mesas, habiendo visto que se magreaban los Muñeiros, empezaron a aplaudir, gritando: - ¡Que la baile! ¡Que la baile! – Y Dorotea, avergonzada, arrastrando con el culo la silla, se apartó del marido, haciendo ascos como una inocente doncella.
-¿Yo, bailar a mi edad? – decía, asustada -. Si hace siglos que yo no bailo.
-Vamos – le dijo Felicitación, que había pasado el bebé al marido -, que cualquiera que te oiga va a pensar que tienes ya cincuenta años, maja.
-Pues no te creas que me faltan tantos, rica, q… que doce años en seguida se pasan.
Los del otro extremo no cesaban de gritar: - ¡Que bailen! ¡Que baile Dorotea! ¡Que la baile el Lucio!
Y su misma hermana añadió, dándola un golpe con el codo: - Anda, diviértete, que me llevo yo a tus mellizos a mi casa, que ya tengo que irme; por el bebé, boba.
Pero Dorotea se hacía de rogar.
-¡Venga, que la baile el Lucio! - chillaba ahora todo el mundo - ¡Que la baile!
-P… pues vaya un espantapájaros que haría yo ahí en medio – protestó Dorotea -. L… los años que hace que no me ha bailao nadie.
El aire que venía del río era fresco y agradable. Se oía la excitante musiquilla de un pasodoble torero a través del altavoz, y esta vez fue Lucio quien no se pudo contener. Se había levantado de su asiento dando tumbos, y, a los gritos, estiróse muy flamenco. En efecto esa música gitana le excitaba sobremanera. Así que con la cabeza gacha y los ojos medio cerrados, aproximándose a la esposa ordenó, tirandola del brazo: - P… pos ahora te bailo yo, ¡c… cojones! V…vamos.
Dorotea se levantó, azarada y pensativa. Se había arreglado y pintado aquella mañana con mucho esmero; pero ahora el rímel y el colorete se le habían corrido con el sofoco de la comida, con el resultado que, más que maquillada, parecia sucía. Se pasó las manos por el cabello, los hermosos brazos al cielo, arreglóse un poco lo que le quedaba del moño, al tiempo que sentía en el cuerpo las manazas del marido; el cual, tambaleándose según se le acercaba, casi se cayó de bruces al suelo, arrastrándola de paso consigo. Pero logró ella estabilizarle, le agarró él con una mano la cadera, el antebrazo con la otra, y, con paso lento e inseguro, apretados los dos cuerpos, ayudándose entrambos a una, llegaron al centro de la pista de baile.
Bajó ella ligeramente los párpados, y dejó que sus torpes piernas hinchadas siguieran el paso vacilante del marido. La música le era muy conocida. Había bailado ella ese pasodoble un montón de veces, allá en Tordehumos, al son de una dulzaina y un tambor…. Siempre venían dos hombres a tocar para las fiestas, ambos de negro, con el sombrero de ala ancha y cada uno con su instrumento, y una bandeja a los pies para la propina…. Un recuerdo muy remoto: todo ello muy confuso y alborotado en su mente, llena en aquel instante de los efluvios del vino. Sí, aquella música le era muy familiar, y le traía el pueblo a la memoria: la representación de unas casitas de adobe, tres iglesias de piedra y el ayuntamiento de ladrillo de la Plaza Mayor, los soportales, y una pista o superficie amplia de tierra, que las parejas, en el momento en que se metían a bailar, llenaban en seguida de polvo, como una nube espesa…. Su madre querida no podía soportarlo, sentada tan grandota con otras mujeres en fila contra la pared, a lo largo de los edificios de barro…. ‘’Pobrecilla, mi madre,’’ pensó, ‘’¡cómo se ahogaba en seguida!’’ Y luego: ‘’¿Cuántos años hace ya que falta?’’ Estuvo calculando, diciéndose, ‘’Pues veinte y pico. Pues los mismos que tiene este Santiagorro. Y ¡mírale, casado ya!’’ Iba dejándose llevar, torpemente, por el marido, siempre pensando en el pasado y en su tierra. Y con la idea del pueblo, le vinieron también otros recuerdos, imágenes bien arraigadas en su cerebro, de situaciones varias, las casas de adobe, y otras cosas, y las personas que había amado tanto entonces. ‘’¡Justino!’’ se dijo para sí, ¿dónde estarán ya sus restos?’’ Miró a su alrededor, y a fin de distraerse un poco, pasar a pensar en otras cosas, fue paseando su mirada por la linea de las mesas, los invitados. Gonzalo y Anamari, que habían venido a la iglesia, ya habían desaparecido. En cambio Roque estaba allí, en su flamante uniforme de comandante de caballería, con su mujer y la joven Sera, que era ya una pollita. Estaba el comandante hablando muy familiarmente con el jesuita Florentino, que había oficiado la misa. Bien divertidos que estaban los dos, bebiendo sangría con una pareja de los de la lechera, ricos ganaderos de las montañas del norte.
Se volvió, sorprendida. Habían tropezado con otra pareja, que le hizo tambalearse de nuevo al Lucio. Lo primero que vio Dorotea al volverse, fue la mesa de los niños. - ¡Lucito! – gritó -, ¡que te he dicho que basta ya de beber y emborracharse!
-¡C… cállate, verdulera! – le chilló el marido, a quien había despertado con sus voces.
-¡No me da la gana!
-Anda, d… déjalos si beben – dijo él, sintiendo el calor de sus carnes generosas -, que un… un día es un día.
-Pero ¿no ves que está emborrachándose ese hijo de tal?
Lucio no le hizo caso, continuó apretándola, sintiendo quizás por esas carnes algo de lo que había sentido cinco, seis, diez años atrás. Hacía un calor intenso, y ni él ni su mujer ya casi podían moverse. Mas la marea de los que bailaban, mucho más ligeros que ellos, fue empujándoles precisamente hacia la mesa de los chavales. Podía verse ahora claramente que Fernando y Lucito estaban poniéndose muy pálidos. De hecho el policía se había levantado de su mesa, para llevarse a su segundo.
-Ya verás como me vomites en la cama, malvao, la de palos que te voy a dar – advirtió Dorotea, dándole un coscorrón a su hijo. Y cuando éste se apartaba, arrastrado también por los Cerezos, viendo que todavía llevaba el vaso en la mano, le volvió a gritar, según iba alejándola otra vez la marea de los bailarines -: ¡La madre que te parió! Como devuelvas todas las cosas tan ricas que has estao comiendo, por beber tanta sangría, te asesino.
Lucio, espavilado por las voces de su media naranja, la abrazó para no caerse, y le estampó un beso en la barbilla, diciendo -: Déjales te he dicho, gua… guapiña, que un día es un día.
Dorotea sonrió, diciéndole que la soltase, que le estaba haciendo daño con esas manazas. Pero él seguía besuqueándola y apretando. Y, sintiendo Dorotea de repente una cierta atracción por aquel hombre tan débil, cuya cama había compartido por tantos años; apretó voluntariosa su pecho voluminoso, dejándole al mismo tiempo que le mordiesqueara el pescuezo…, y casi se sintió feliz.
Pero el diablo, que todo lo enreda, no les dejaba gozar a su gusto. Justamente cuando más amorosa estaba ella, pasaron medio rozándoles los dos jóvenes primos, tan juntos y enamorados que parecían dos novios. Feli iba con su vestidito largo blanco (el mismo que había llevado para la primera comunión, que le había retocado Zita); y en verdad que estaba linda la muchacha, excitados los carrillos, unos ojos verdes luminosos, bellos a pesar de ese ligero estrabismo, o quizás a causa de ello.
-Menos pegarse tanto – les apartó Dorotea, indignada -, que no tienes más que doce años, Feli. Y tú, Manolo, ten cuidao, que si la haces una barriga, te obligo a casarte con ella, y ya verás el mohino de tu padre la paliza que te da.
-Qué d…de sandeces dices – le dijo cariñosamente el marido, y volvió a aplastarse contra su generoso cuerpo.
-Tú déjame a mí – le contestó Dorotea -, que el que evita la ocasión evita el peligro.
-Y tú… d…déjame a mí, guapiña, que verás cuando lleguemos a casa el peligro en que te p… pongo yo a ti, ¡ja… jamona, más que ja…mona!
Lucio apretó bien esas carnes sabrosonas, sintiéndo tal vez por ella esa pasión y ese deseo que había sentido antaño, cuando ambos eran jóvenes y ella la más bella de las vallisoletanas. Dorotea se apretaba cada vez más, tronchándose de risa. No obstante, estaban los dos tan agotados, de tanto dar vueltas y tanto sudar, que apenas se movían. Habían sido despedidos tangencialmente hacia afuera del círculo de los bailarines, los cuales pasaban ahora a su lado como imágenes de un carrusel del ‘’tío vivo’’, del cual eran ellos meros espectadores.
Estaba en aquellos momentos entonando el ‘’picú’’ un vals, ocasionando entre los bailantes un movimiento aún más frenético. Una joven pareja pasó velozmente a su lado; el hombre le dio inadvertidamente un empujón en el costado a Dorotea, y cayeron los dos esposos al suelo entre unos pinos. Y Lucio, que sintió de repente una necesidad apremiante de satisfacer ese deseo por tantos años olvidado, se montó a caballo sobre su hembra, y comenzó a cubrirla de la manera más indecente del mundo. De manera que tuvieron que intervenir unos cuantos de los invitados, que los separaron y los llevaron a cada uno a un extremo del merendero. Y nadie volvió a preocuparse de ellos hasta que a la mañana siguiente les despertaron unos gitanos que habían venido a recoger la basura extraordinariamente rica que tanto festejo había dejado por tierra.

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