A la memoria de una mujer castellana y






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Capitulo 14

Por esta animada calle descendía una mañana de junio, de 1940, una hermosa hembra de abultado pecho y anchas caderas, vestida de negro, que cargaba con una bolsa de la compra bastante llena. Iba acompañada de dos jovencitos muy guapos, morenos, de aire más bien tímido; el mayor llevaba pantalón bombacho negro, y el otro uno corto del mismo color; ambos portaban la camisa azul de la Falange, boina encarnada prendida al hombro, y lucían en el pecho el emblema del yugo y las flechas.
-¡Juanita, Juanitaaaa! – vociferó la mujer, parándose enfrente de una casa estrecha, mirando hacia el tercer piso, que era el último.
-¿Qué pasa? – se oyó una voz que salía del balcón abierto.
-¡Asómate, guapa! – volvió a gritar la mujer -, que te quiero enseñar a mis sobrinos.
Se veía que los muchachos estaban altamente corridos. – Tía, no chilles – advirtió el mayor, tirándole de la manga del vestido -, o no vuelvo a salir contigo.
-Cállate, mosquita muerta – le serenó la mujer, que no era otra que Dorotea Platero Jiménez.
El muchacho se apartó refunfuñando, y ella le agarró del brazo, diciendo: - ¿Pues quién te has creído tú que eres? O piensas que porque eres hijo de un policía, ¡coña!, vas a asustarme tú a mí.
-Nos está mirando todo el mundo – protestó el chico en un susurro.
-Pues que nos miren, ¡contra! – respondió ella a voz en grito -, que yo no tengo nada que ocultar, que soy pobre pero honrada, y si tengo algún defectillo, ya no me voy a corregir, a mi edaz.
Entre tanto se oían ya las voces de la vecina, que había salido al balcón: - ¿Qué quieres, Doro, pesada, que eres más pesada quel plomo, rica. – Llevaba la Juanita un camisón azul celeste, y su alborotada cabellera de rubio platino brillaba resplandeciente en el sol hermoso de la mañana.
-Pues enseñarte a mis sobrinos, dormilona. ¿Estabas todavía en la cama, o qué?
-¿Los del policia? – gritó a su vez Juanita, evitando la pregunta.
Dorotea respondió con un ‘’Pues claro,’’ muy rotundo; pero ya Juanita no le hacía caso. Le habían echado el ojo unos obreros de la construcción que acertaban a pasar por allí, y ella, haciendo como que atendía a la amiga, se atusaba el cabello, mirando a los obreros por el rabillo del ojo.
-Este es Manolo – iba diciendo Dorotea, señalando al mayor de los muchachos-. Como mi padre, boba, y has de saber que es mi ahijado; que así ha salido él de asqueroso, ¡madre! Y el pequeño es Fernando. ¿Verdaz que es muy guapo?
-¡C… cállate, t… tía! – chilló el niño de mal humor.
Estaban todavía los obreros echándole piropos a la rubia del balcón. ‘’¡Bájate, mona, que te peino yo!’’ decía uno; y el otro: ‘’¿Quiés que suba y verás qué de cosquillas te hago bajo el camisón?’’ De tal manera que Juanita, alarmada, aprovechando una pausa en el cuento de su amiga, se volvió a meter en el piso.
Empero ya otras vecinas habían cogido el turno, saliendo a los balcones y a las puertas de las casas y las tiendas. - ¡Eh! ¿De quién son, Doro? – gritó una.
-Pues de Felicitación, mi hermana, la que se casó con un policía secreta, ¿no sabes? – respondió voluntariosa Dorotea -. Su padre no me pué ver, el jodío. ¡Ay, ay, qué asco me tiene! Dice que soy roja, ya ves, y como él es un falangistón…. Pues roja o no roja, no me cambio por nadie, y menos por un polizonte asqueroso, que vergüenza le debería de dar. Como si no valiera yo mil veces más que él, sinvergonzón. - Y, volviéndose a otra, que le preguntaba algo, continuó: - Viven en la Calle Platerías, boba, pa estar más cerca del tío rico, ¿no sabe?
-Pos pa ser familia tuya, Doro – dijo una mujer mal intencionada -, bien majos que son los chicos, que no se te parecen en nada.
-Anda, más valía que te mires tú al espejo, piojosa.
-Y ¿por qué no vienen más a verte, si viven ahí tan cerca? – inquirió otra.
-Pues porque su padre no les deja. Yo pa qué te voy a engañar. ¿No acabo de decir que es policía? Piensa que se van a infeztar, boba, y to porque soy pobre, sabes. Además que acaban de llegar de Zaragoza; que ha sido trasladao él aquí. Y de todas formas, ¡como si me importase que vengan o no vengan! Que yo no me meto nada en el bolsillo, saben, y el que se pica ajos come, que tos los refranes trabajan, no se crean. Y hoy porque está la presumida de mi hermana de parto, que ya es el cuarto crío que echa al mundo. ¿no saben? Y yo por ayudarla…, a ver si suelta pronto la criatura…, que se han llevao al otro mis primas de la Fuente Dorada, al más pequeño; pa que no esté allí presente, mujer.
-¡Tía! – gruño indignado el mayor de los sobrinos.
-Muchos críos, sí, ya ves – contestó Dorotea a otra pregunta, sin hacer caso al sobrino -; yo por qué te voy a decir lo contrario. Pues que la debe amar mucho el marido, mira tú -(soltó una carcajada) -; aunque, si te he de decir la verdaz, yo me tengo mis barruntos de que es ella. Que es una coneja mi hermana. Igualito que mi madre, la pobre, quen paz descanse, que dio a luz lo menos diez veces.
En esto llegó la señora Amparo, que había estado siguiéndolo todo impaciente desde su puesto de pipas y caramelos. - ¡Ay, ay, ay! Y cómo se le parecen al señor Policarpo - decía exageradamente, tocando a los muchachos como si fueran objetos preciosos -. ¿Son los del policía, no?
-Sí, mujer. Los del policía secreta. Y no le diga ustez señor Policarpo, que tiene el ‘don’, ¿no sabe? Don Policarpo Cerezo García. ¡Pues, menudo es él!
-Si ya lo decía yo – continuó la anciana -. De que los vi, me dije: ‘tien que ser los del policía,’ dije; si se paecen todo a él, mujer, clavaditos; que me acuerdo cuando se casaron, aquí en las Angustias – volviéndose a las otras - , ya se acordarán ustedes, que qué alto y qué guapo era el novio; - y, a Dorotea -: que tu hermana no valía tanto, tú bien lo sabes…
-¡Oiga! No hable mal de mi hermana, que no se lo consiento, que bien guapa…
-Sí, Doro – se corrigió la anciana -, si bien hermosa que era tamién la Felicitación, que me acuerdo, ¡fíjate!, que mi Ricardo siempre decía que era la que más valia de las cuatro hermanas, conque fíjate…, mi Ricardo, el pobre, que en paz descanse…
Las dos mujeres continuaron hablando, cada una tirando por su lado.
-Y espero que los hijos, que ya van para cuatro, salgan tan listos y tan trabajadores como el padre – decía Dorotea, alzando la voz por encima de la de la anciana -, que lo cortés no quita lo valiente. Que el que le conoce bien lo sabe, siempre trabajando, la verdaz por delante; que así como le digo que es un falangista redomao, y ¡que Dios me perdone!, le digo también que todo lo que tien de malo lo tien de trabajador. No es como mi Lucio, ¡coña!, que mal rayo le parta. Que no sirve más que pa emborracharse y darme disgustos. Mire, señora Amparo – añadió, enseñando a la vieja el interior de la bolsa -, pa que vea que no la engaño. Mire, mire ustez que pedazo de bacalao me ha dao mi hermana, ¿qué le parece? Que esto no es bacalao, esto es un tiburón de grandón que es; que lo tenían ya al remojo, y pues que me lo ha dao. ¡Ay, la de años que no pruebo yo el bacalao! Ande, cójalo al peso y verá. Pues todo me lo ha regalao. Mi cuñado, boba, que lo trae a casa. Que a veces le quiero más, policía o no policía. Que si viera lo espavilao que es. Que lo mismo que le digo que es un orgulloso, le digo que es un sol pa la familia. Hay que ver las cosas que trae a la casa. Pa que coman los hijos, mujer, que mírales qué hermosos y qué majos están. Pues porque no pasan hambre, señora Amparo, se lo digo, que si lo pasasen otro sería el canto. Si le digo que a Felicitación no le falta de nada. No sé de dónde lo saca, pero él revuelve Roma con Santiago, y trae de todo a casa pa los hijos. Claro, mujer, una cesta que le quita a una estraperlista aquí…, a otra que le birla un chorizo…, y que si el economato de la policía…; en fin, que ése saca comida aun debajo de las piedras. ¡Madre, qué hombre! Si mi Lucio no le llega ni a la suela del zapato, que no piensa más que en la taberna y en el vino… - empezó a lloriquear -: ¡Ay, le digo, señora Amparo, que esta vida no es vida! ¡Qué de sufrimientos!
Pero la señora Amparo ya no le escuchaba. Había visto entrar a dos niños en su tienduca del portal, y por miedo a que le robaran los caramelos, salió como un rayo, gritando: - ¡Ya voy! -, dejando a su vecina con la palabra en los labios.
Aunque no le faltó auditorio a Dorotea. El señor Fermín, el carbonero, que no tenía mucho que hacer en el verano, se había aproximado a ver a los sobrinos de la Doro, el pitillo en la mano, para no perder la costumbre.
-¡Ea, señor Fermín! ¿Qué le paecen mis sobrinos? Se creía que no había belleza en mi familia, ¿eh? – dando una risotada -. Pues ahora lo ve ustez. Míreles, míreles qué monos y qué aseaditos van. El mayor es mi ahijado. ¿Guapo, no?
-¡Ah, con una madrina así! – gruñó el negro carbonero, aparentando desprecio -, pos bien majo que ha salío el chico. Le echó bien la sal en la pila del bautismo, me figuro.
-Pues claro. Y ¿qué quié decir eso de ‘pa una madrina así’? Que yo bien guapa que era de joven. A ver si no.
-Pa un pueblo…
-¿Cómo que pa un pueblo? Menos guasa, carbonero, que otro lo podría decir, pero no usté. Más le valía mirarse a un espejo, sucio gordinflón, más feo que los moros. ¿Qué habla? Bien de piropos que me echaba, recochino, no hace tantos años. Que más de una vez ha corrido usté detrás de mí, para darme un pellizco en el muslo, asqueroso.
La cara del carbonero había adquirido de repente un tinte violáceo; y al instante se apartó del corro, pretextando que tenía que hacer algo en la carbonería.
Cuando ya creían los del policía que se les había terminado el suplicio, oyeron otro grito de su tía - : ¡Eleonora! - haciendo trompeta con las dos manos.
Las figuras de la vieja lechera y su hermosa hija aparecieron a la puerta de la lechería.
-¡Mis sobrinos! – dijo gesticulando Dorotea -. ¿Qué le parecen, señora Eleonora? Son de Felicitación, la del policía. ¿Se acuerda que vivían en Zaragoza? Pues ya están aquí. Y todavía tienen otro chiquitín. Y esperando ahora está la pobre para dar a luz. ¡Sí, mujer! Allí la dejé con los dolores del parto ya, que lleva desde la madrugada, ya ve qué embarazo tiene.
-Vamos, tía – estaba diciendo Fernando, el pequeño, dándola pellizcos en el brazo, vengativo.
-¡Ay, déjame! – chilló Dorotea, alzando el brazo -. Conque así tratas a tu tía – ya le iba a dar un coscorrón, cuando se volvió diciendo -: mira por cuanto, ahí viene vuestro primo. ¡Lucito, ven aquí! Ven a abrazar a tus primos. ¿Dónde se ha metido tu hermana?
Aquel día comieron los del policía con sus tíos y primos. Para los Muñeiros aquello fue un verdadero banquete: patatas, arroz y bacalao; todo del economato de la policía. Estaba un poco salado el mal remojado y peor cocido bacalao; pero como había hambre, todo supo a poco. Cuanto más que había traído también Dorotea un chusco de los de intendencia, que Lucio partía parsimonioso con la navaja, arrebañando luego con la palma las migas que habían caído en el hule: cortar el pan era siempre para él como una ceremonia, privilegio del ‘pater familias’, una especie de santo sacrificio.
De hecho, el ebanista, que no había comido así de bien desde antes de la guerra, estaba aquel mediodía de excelente humor, repartiendo de todo e invitando a cada paso a hijos y sobrinos a que comieran y bebieran cuanto les diera la gana.
-Anda, sírveles un poco más de vino – decía, dirigiéndose de cuando en cuando a su esposa -, que no les va a pasar nada.
Y Fernando, que era muy redicho, empezaba cada vez, como dando una lección: - El tío Urbano dice… dice el tío Urbano… que el vino no es para los niños.
-El tío Urbano por aquí, el tío Urbano por allá – cortó al fin Lucio, imitando la voz afeminada del sobrino -. ¿Es que te ha dicho el polizonte ése que tiés por padre que andes tol tiempo dándole la coba al tío rico de Tordehumos?
-Deja de meterte con los niños – le regañó Dorotea - ¡Ay, qué hombre!
-¿Los niños? Estos no son niños, idiota. Son muchachos, pa que te enteres. El menor tiene ya once años. ¡Imbécil!
-Anda, chilla. Que estás ya borracho otra vez.
Lucio dio un golpe con el tenedor en la mesa. - ¡La única que chilla eres tú! - gritó -. Que eres una rabanera, Doro, que te lo he dicho mil veces y no tiés remedio. De Tordehumos eres. Y ya está dicho todo.
Los del policía se miraron asustados. Feli, para tranquilizarlos, guiñó discretamente un ojo al mayor.
-¡Qué! ¿Ya estás seduciendo a mi hijiña, Manolo, granuja? – dijo el ebanista en un tono que quería ser simpático -. Pos ándate con cuidao, porque el burro de tu padre no te va dejar casarte con una pordiosera, y yo, como te traspases, no digo la que armo.
El chico contaba las cagadas de moscas en la bombilla que colgaba en el medio de la mesa, aparentando desprecio. La tía, entre tanto, dio al marido en el hombro con el envés de una mano en la que llevaba una grandota espina de bacalao - ¡Calla, animal! – gritó -, que estás asustando a tol mundo con esas voces de borracho. Más quisieras tú parecerte a Policarpo; que no le llegas ni a la vira del zapato, pa que lo sepas. Que tenías que ver lo descansada que tiene a mi hermana.
Lucio ni siquiera la miró.
A los postres, unas bellotas avellanadas de Extremadura, muy ricas, que le habían dado a Dorotea los del Auxilio Social, el ebanista se mostró de nuevo muy hablador.
-¿Así que habéis estado en Tordehumos? – preguntó.
-Sí – respondió Manolo.
-¡Sí, tío Lucio! – corrigió el ebanista - No tán enseñao a ti en la escuela urbanidaz?
-Ya está otra vez – murmuró Dorotea.
-Y habéis estado ayudando a los tíos en la labranza, ¿no? – volvió Lucio a la carga, en un tono sardónico, que los dos muchachos no dejaron de notar.
-Eso es – contestó Fernando muy serio -, y el tío Urbano se quedó allá para completar las tareas de la cosecha, que ahora viene la trilla.
-¡Siempre con el tío Urbano a cuestas! – estalló Lucio, clavando los ojos en el sobrino. Y, mimicando el acento infantil de éste -: El tío Urrrbano, el tío Urrrrbano, el tío Urrrrrbano…, siempre con el tío Urbano a cuestas. Si ni siquiera es tío tuyo – continuó en su voz normal -, ¿pa qué hablas? Es tío de tu madre, eso sí. Y aquí de tu tía Doro. Pero de vosotros es tío abuelo. Lo mismo que de Lucito y Feli. Tío tuyo, soy yo.
-Claro, tío – respondió el muchacho.
-Tío Lucio.
-Sí, tío Lucio.
Pero el ebanista la había tomado con Fernando, y ya no le soltaba. – Oye – le dijo, señalando el yugo y las flechas que llevaba el chico bordados en su camisa azul -, ¿así que os habéis hecho de Falange?
Esta vez fue el turno del sobrino de corregir. – No, tío Lucio – dijo, ocultando una sonrisa -. Se ve que no tienes mucha idea. Somos del Frente de Juventudes. Es decir, yo soy Flecha; y éste, Cadete.
-Lo mismo me da que me da lo mismo – contestó el tío canturreando -Frente de Juventudes, Falange, Sección Femenina, Auxilio Social, Movimiento. Todo es la misma historia, ¿no?
-Como quieras, tío Lucio, para ti la perragorda.
La respuesta embarazó un poco al tío, y hubo un momento de silencio, al cabo del cual, Lucio, como recordando algo, señalo: - Oye, ¿y a ti quién te ha dicho que me puedes tutear?
-No sé. Yo siempre llamo de tú a todo el mundo; hasta al tío abuelo Urbano…
-¡Ya salió otra vez a relucir Urbano!
-Pues, déjale – le empujó Dorotea -. ¿A ti qué más te da? ¡Oy, si paece que le da envidia, este hombre!
Lucito, frunciendo el ceño, pidió a su madre que le diera otra bellota. Esta se la dio, diciendo: - Y ¡ya no hay más, eh! – repartió el resto entre los otros, y mientras se pelaban las bellotas, volvió a haber unos minutos de silencio. Al cabo de los cuales, Lucio volvió a la carga: - Y, decizme, vosotros que sois de la Falange, o del Frente de Juventudes, o como lo queráis llamar, ¿de qué viene el que ahora se oye gritar ¡Arriba España!, y no ¡Viva España!, como se ha dicho siempre.
El más joven de los sobrinos cerró un instante sus grandes ojos verdes; luego dijo, como quien repite algo que ha aprendido de memoria: - Porque nosotros no queremos una España viva de cualquier manera, sino una España que viva hacia arriba con voluntad de Imperio, por eso gritamos ¡Arriba España!
Después de la comida, Lucito se levantó de su silla y salió del piso sin decir palabra.
-¿A dónde vas tú? – se precipitó a preguntarle la madre.
Lucito, que estaba ya en el descansillo (en el verano se dejaba la puerta de la escalera abierta, para que hubiera corriente), contestó refunfuñando: - Con los amigos, ¿qué crees?
-Vuelve y pregunta a tus primos si quieren ir contigo – dijo Dorotea levantándose.
-¿Para qué? Se aburrirán mucho – dijo el muchacho, volviendo a entrar en el piso.
-¡Tú qué sabes! ¿Por qué se van aburrir? ¿Verdaz, hijos, que no os vais aburrir?
Los del policía hicieron un movimiento vago con los hombros.
-¡Lo ves! – exclamó Dorotea, zarandeando a su hijo -. Andar. Vais los tres juntos.
-Pero se van a cansar – protestó Lucito -. Vamos muy lejos.
-No importa, tía – dijo Manolo, aparentando indiferencia -. Déjale, si no quiere que vayamos.
Este aparente desinterés hizo más para convencer a Lucito que las voces y zarandeos de su madre.
-Bueno, anda – dijo, saliendo otra vez -. Venir, si queréis.
Encontraron la calle vacía. El sol batía esta vez de lleno en la fachada de Nuestra Señora de las Angustias. Cogieron el camino de la Plaza de San Pablo, donde encontraron a los amigos de Lucito. Desde allí procedieron todos juntos hacia el río, atravesando calles y plazuelas igualmente desiertas, bajo un sol achicharrador y una luminosidad que cegaba. En el Paseo de las Moreras se quitaron las camisas y se las pusieron en las cabezas para protegerse del sol, dejando que éste les quemara bien las espaldas. Al llegar a la carretera, el joven Muñeiro se puso de cuclillas en el asfalto; y Fernando, que era de su misma edad, se agachó a su lado, diciendo: - ¿Qué haces?
-¿No lo ves? – es todo lo que respondió el otro. Estaba cogiendo brea con una navaja oxidada y sucia, que pasaba sobre la suela ajada de su alpargata como quien unta con manteca una rebanada de pan; se la calzó, y agarró la otra alpargata.
-¿Para que duren, no?
-Pos claro, pa que dure el esparto.
Llegaron a una parte del río donde había una playa arenosa, y se dieron todos una zambullida en pelotas. Luego se tumbaron a la sombra, y empezó una conversación que poco a poco fue encauzándose hacia el asunto que más interesaba a todos: la comida, y en concreto, lo que más le gustaría a cada uno ver servido en un plato allí delante. En otras palabras: confeccionarse un banquete para la imaginación. Y a ver quién ganaba.
Hablaron de lo que había visto cada uno en tal o cual escaparate, una taberna, una bollería, la tienda de ultramarinos, la ventana de un café, la pastelería Olmos. Así explicaban a los otros en detalle lo que más le gustaría a cada uno comer.
Manolo sugirió que le encantaría tener allí ahora una media docena de arenques, de ésos que se ven en las tiendas en barriles, apretaditos y haciendo aspas, rebosando de sal: ¡ah,comerlas con un hogaza de pan blanco y un chato de vino!
-Eso sí, claro, con mucho vino, ¡jopelines! – dijo Blasito, uno de los amigos de Lucito, cuyo padre era un borracho de la panda de Lucio, y concluyó -: arenques con tintorro, ¡menudo!
-¡Bah! – dijo el menor de los del policía con desprecio -.¿Quién piensa ahora en sardinas arenques? Si te dicen que puedes escoger…, pues lo mejor es un pastel de nata, ¿no? Algo así muy rico. Todo menos sardinas.
-¡Vete por ahí, mariquita! – le dijo el hermano, algo corrido -. Ya empiezas con tus sandeces. Mi hermano es imbécil, ya lo sabéis.
Nadie se movió, ni dijo nada. Sólo, al cabo de un rato, Paquito, el más pequeño de los cinco, dijo como si lo hubiera estado pensando mucho: - Pues a mí, lo que me gustaría catar… ¿habéis visto una de esas patatas grandes, jugosas…, ésas que todavía tienen la tierra pegada a la piel cuando las compras, y que huelen…?
-Venga, hombre, ya lo sabemos – dijo Lucito -, tira.
Continuaron sentados a la sombra por un rato; unos jugando con los yerbajos, o con un palo, espantando a las hormigas; otros mirando el cielo a través de las hojas de los árboles. Estaban en un bosque de acacias. Paquito se tumbó de lado, contemplando con ojos distraídos la suave superficie del Pisuerga, y continuó hablando, o soñando, que para el caso era lo mismo.
-Pues una de ésas – dijo -. Que sea grande, claro. - Los otros no podían ver sus ojos, unos ojos hundidos, grandes, soñadores -. Pues se lava bien la piel…, y luego, en una hoguera medio apagada… vas y la metes entre los rescoldos, la tapas con la ceniza, y aguardas a que esté bien asadita. Y luego… que casi te quemas los dedos cuando la agarras…, un poquito de sal…, y la metes el diente… - Se calló de repente.
Lucito iba a decir algo, pero se calló, pensativo. Blasito escupió un ‘’¡Bah!’’ aspero y despreciativo. Y lo mismo hizo Manolo, que pensaba para sí que si no podría haber imaginado aquel chico algo más interesante que una patata, hombre. En cuanto a Fernandito, que había estado momentos antes muy preocupado porque se había sentado en un montón de hojuelas de acacia, que le habían manchado de goma el pantalón del uniforme, se puso de repente muy triste. Se acordaba de algo que le había dicho su primo justamente cuando estaban cruzando, hacía dos horas, el Puente Mayor para venir a esta orilla del río. Le había preguntado que por qué estaba ‘’ése’’ tan delgado. Y el primo le había contado que su amigo tenía muchos hermanos, y que su padre estaba todavía en la cárcel. No había registrado nada de eso el cerebro del hijo del policía entonces. Y ahora lo veía. Era la primera vez que aquel hijo de un funcionario del Cuerpo, modoso y aseado, pero más bien egoísta, coligió un poquitín de lo que había representado para el pueblo, años atrás, la Santa Cruzada de Liberación, y en lo que ésta había desembocado. Fue más tarde, mucho más tarde, en un proceso que le llevaría varias décadas, que llegó a comprender el significado de lo que era en efecto una lucha de clases, ricos contra pobres, y la explotación del hombre por el hombre, el por qué y para qué se hacían las guerras.
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