A la memoria de una mujer castellana y






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Capitulo 12

Así que se quedó Dorotea sola en la casa, descansando en una silla de las fatigas del día.
Al cabo se levantó y se fue a la cocina. Entró el cántaro del balcón, y se sirvió un vaso de agua. Al pasar ante el espejo, que tenía clavado con tres puntas encima de la pila, se quedó un rato pensativa, contemplándose el rostro, cansada de tantísimo trote. Sus grandes ojos castaños parecían tristes, de una tristeza opaca, sin vida, como si se hubiera acostumbrado ya, la pobre, a arrastrar una existencia melancólica, sin ilusiones. ¡Con lo que habían gustado esos ojos antaño…, grandes, vivos, luminosos! ¡Qué vida!
En los carrillos se veía todavía el colorete que se había dado en la mañana, antes de ir al convento, para la comunión de Feli. Movió los labios un poco, como tratando de sonreír: quería verse los dientes, todavía intactos y blancos. No estaba mal su boca, pensó.
Cogió un pedazo de peine que siempre había encima de la pila, y se soltó el cabello, negro con algunas hebras de plata, que trato de ocultar mientras se peinaba. Y, animada, se dio al cabo la vuelta, abrió el cajoncito de la mesa de cocina, sacó un estuche de concha que le había regalado una vecina, lo abrió y se quedó mirándolo. En el interior había una polvera, carmín y un lápiz para las cejas.
Había decidido que saldría, ella también, un poco. Echaban en el Cine Coca una película de guerra, con Loreta Yun y Roberto Ailó, que le habían dicho las primas que era estupenda, y que se lloraba muchísimo. Pues bien, si Lucio era un ladrón, y se gastaba los ahorros de la casa en vino, pues ella también sabría hacerlo. Que había estado contando lo que había ganado la Feli con la primera comunión, y un duro no iba a notarse.
Acontece sin embargo que no sirve a veces de nada el hacer planes, que pueden o no pueden a la postre llevarse a cabo, según eso de que el individuo propone y Dios dispone. En efecto, acababa de darse una nueva capa de colorete y de pintarse de rojo los labios, cuando alguien llamó inesperadamente a la puerta. Fué a abrir. Y era el Chucho, Bigarreta.
-¿Está Lucio? – preguntó, con voz extrañamente temblona. Tenía un aspecto cínico tal, que no tardó en darse cuenta Dorotea que mentía.
-No. Entra, si quiés esperarle – respondió ella, e igualmente su voz sonaba extraña.
Bigarreta era natural de Estella. Durante la guerra, que le pilló en Pamplona, luchó con los Nacionales, cometiendo toda clase de tropelías. Había estado pensando, al estallar el Movimiento, que tenía que irse hacia los suyos, más al norte, pues era republicano; pero no se atrevió a pasar la linea de fuego, y acabó alistándose a los Requetes, participando luego activamente en las matanzas de los pueblos navarros y vasco navarros. Cuando terminó la guerra se quedó a vivir en la capital castellana, donde había hecho de barrendero desde entonces, y cuando no estaba en funciones, se metía en la taberna. Era su segunda casa, si no la primera, la tasca del Callejón de los Boteros. Y allí conoció a Lucio, del cual era íntimo amigo.
-¿Cómo estás? – dijo, sentándose en la cama turca.
-Yo, bien – dijo ella, no sabiendo a ciencia cierta qué decir o qué hacer.
-Siéntate, chica, que charlemos un poco.
Ella le obedeció, tomando asiento en una silla, junto al balcón, perfectamente al alcance de las garras del bruto, el cual la agarró del brazo, haciendo que le diera bien la cara. - ¡Hola, chica! – volvió a decir, tocándole sensualmente el hombro.
Ella le apartó la mano con miedo. – No, Chucho – suspiró, mirando de soslayo hacia la calle.
-¿Qué pasa?
-Pué venir Lucio.
-¡Qué va!
Hubo un instante de silencio. Se oyó la respiración jadeante de la mujer. - ¿Por qué dices que qué va?
-No tiés que preocuparte.
-¿Qué?
-Pos eso, de Lucio.
Hubo otro silencio. Dorotea miraba otra vez hacia el balcón. El cielo estaba nublado. Le vino a la memoria el Cine Coca y la película. No sabía qué hacer. –No pué ser – dijo, sintiendo como un nudo en la garganta. Trató de apartar la mano de Chucho, que se le había quedado pegada a la rodilla, debajo de la falda.
-¿Por qué maces esto? – preguntó él, soberbio.
-Ya te he dicho otras veces que no pué ser.
-Si es por Lucio, te lo juro…
-¿Qué? – murmuró Dorotea, viendo que el otro se callaba: denotaba su voz algo de repentina impaciencia.
-Que no vendrá.
-¿Cómo lo sabes?
-No pué dar dos pasos. ¡Si está como una cuba! – exclamó Bigarreta.
-Luego ¿le has visto? – exclamó ella, medio sorprendida.
El navarro aguardó un poco, como buscando las palabras, luego soltó : - ¡Hombre, claro!
-Pues entonces, Chucho, a… ¿a qué viene el que…? - comenzó ella.
-A que me gustas mucho, Doro – la cortó él – maja, questás de requetechupete. – Abrió la boca, como un pescado al que le falta el oxígeno, y estampó un beso en el aire, tirándola hacia la cama turca -. Anda, déjame – insistió -, déjame.
-Déjame tú a mí, por favor, tengo miedo.
-Que no, guapa – suspiró el animal. Le había apretado el cuerpo entero contra el colchón, y estaba pasando sus bastos dedos por el interior del vestido, entrándolos por un sobaco, deslizándolos luego suavemente (tan suavemente como él era capaz, que no era mucho) hasta el pecho, que acariciaba una y otra vez, arriba y abajo, con sumo placer.
-¡Oh, no! – suspiraba Dorotea -. A mí no me requieras de amores, Chucho, que soy mujer casada.
- Anda, déjame. ¿Qué te cuesta?
- No, Chucho, ya te he dicho que no – decía Dorotea, tratando de apartarse.
-Un poco, chorvita – susurró él, y su voz casi sonaba dulce -, un poquito. – Y le agarró, en tenaza, con dos dedos el pezón.
Sintió ella un escalofrío de placer, y ya casi se olvidó de todo lo demás. Hacía tiempo que no había gozado de las caricias de un hombre; y con el peso de ese fornido elemento encima y toda la manaza apretándole el pecho, que casi le iba a reventar la manga del vestido, se rindió a él sin reserva. Que hiciera todo lo que le diera la gana. La hacía daño, sí, la daba mucho miedo; pero le gustaba. Le dejó hacer, permitió que aquel hombre sucio y fiero la apretara, la arañase, chupase, husmease, mordiese, incapaz la pobre de reaccionar.
Y sin embargo, a un cierto momento, vino un algo de oposición. Algo debió de ocurrir de repente en las profundidades de su ser noble femenino, que le hizo revolverse y protestar. Y con un gesto casi mecánico, pero firme, de los codos le tiró al Chucho al suelo, inesperadamente. Y ella se levantó, diciendo: - No, vete. Te lo ruego. – Estaba sofocada y temblando.
Había rodado aquel bestia, del borde de la cama turca al suelo, justamente cuando estaba desabrochándose la bragueta para ir más adelante. Se levantó al cabo, abierta todavía la ventana del pantalón, enseñando el guarro sus vergüenzas a la pobre Doro, que en seguida se puso también de pies. Soltó él una risotada cínica: le resultaba sumamente cómico y ridículo que una hembra, una chorva, como él decía, le hubiera hecho rodar así. Pero no desistió de su empeño. Volvió a pegarse al cuerpo jamón, y estuvieron juntos un instante, silenciosos.
Estaban junto al balcón. Él notó que ya no temblaba la mujer, lo cual le desconcertó no poco. En efecto, se había quedado Dorotea inmóvil, como paralizada por algo superior, un sentimiento contradictorio de miedo, quizás, y ese deseo físico incontrolable. En efecto, sentía ella en sus carnes el apretón de ese rudo salvaje, cuya enorme boca veía un momento, y sentía en seguida en sus carnes, que se le apretaba con la fuerza inextricable de una ventosa.
Era como si se fueran a echar a bailar. Se movían. Dorotea quería separarse del balcón. Bigarreta daba vueltas danzando a su alrededor, apretándola cada vez más, a la manera de un sacacorchos. Ella le dejaba hacer: la danza, ese abrazo, esos labios babosos que se le pegaban al cutis, principalmente el cuello. Sintió como le mordía él una oreja, la mejilla, y otra vez pasando por la barbilla al pescuezo, como un león que va a acabar con su presa.
-Anda, vamos.
-Aguarda.
Él la agarró las caderas, dos manazas. - ¡Ahora! – gritó, y sintió como se deslizaba el cuerpo hermoso hacia abajo, entre sus dos brazos, escapándosele.
-¡Bueno, Chucho! – exclamó Dorotea, incapaz de seguir resistiendo. Se fue hacia la puerta, la atrancó con el cerrojo, y habiendo descorrido la ajada cortina que separaba el comedor de la alcoba, empezó a desnudarse.
Bigarreta, de pie en el comedor, se quedó boquiabierto y espantado. ¡Jamás en la vida había visto cosa igual! Aquella maravilla de abundantes carnes, hermosa en su misma irregularidad, piel blanca untuosa, incomparablemente bella. Siguieron sus ojos saltones el movimiento de aquellos brazos mantecosos, que se alzaban a ambos lados del cuerpo, diez dedos en alto, deshaciéndose del vestido, deslizando luego la enagua vaporosa hasta sus pies, con un movimiento provocador de las caderas, y en seguida el sostén, la masa de unos pechos divinos, flotando libremente. Quedaba sólo la braga, ajustada, redondita, dejando ver a los bordes la carne abultada blanca. Y no pudiéndose contener, sin desnudarse o aguardar a que ella se desnudara por completo, desprendiéndose como pudo de sus pantalones y alpargatas, se lanzó el Chucho sobre la hembra rugiendo como una fiera, besándola y mordiéndola y babeándola como un mastín. La alcoba era tan pequeña que casi se mata, el bruto, contra la pared, al caer con su presa de lado en la cama matrimonial.
Dorotea sentía el peso de aquel animal encima de ella, sus mordiscos, apretones, las húmedas caricias, el movimiento de sus brazos y manos. Nunca en la vida había experimentado nada parecido. Oía los resoplidos, suspiros de orangután, el incesante estallido de los besos, sentía la fuerza inmensa de esas manos peludas, clavadas en los carrillos del culo, el acero de sus uñas; y era como si un ogro feroz enorme la hubiera atrapado para devorarla, y al mismo tiempo casi para hacerla feliz. Se sentía pequeña y débil como un pajarillo.
Y ciertamente que era un pajarillo lo que aquel ser primitivo tenía ahora en sus brazos, sus largos miembros peludos de homínido. - ¡Ah, ah, ah, aaarrrhh! ¡brrrr!– soplaba -. ¡Ah, brarrr, braa, la hostia! ¡Brooooh, la rehostia! - Y la lamía, le chupaba las cejas, la frente, el cabello, mientras la apretaba en la tenaza de sus toscos brazos morenos.
Para penetrarla mejor, metió los sucios dedos de sus pies entre el colchón y la tarima al pie de la cama, hincándolos bien, fijándolos como dos cuñas, haciendo fuerza para aplastar aún más a la chorva, empujando, esforzándose más y más. - ¡Aaah! ¡Braaar! ¡Ooorrr! – emitía - ¡Ay, la hostia, la rehostia! ¡Oh, mi chorva, chorvita! ¡Brrro brrrooo!– Luego, calmándose un poco - : Estás de rechupete, mona, mi chorva tan buena, buenota, jamona.
Un instante más tarde, y de repente se quedó enteramente inmovil, sofocado y baboso, satisfecho; sintiendo aún el calor de Dorotea, que seguía aplastada contra la colcha en sus brazos; y el vaho ése de mujer sudorosa, como un efluvio llegado a la alcoba del séptimo cielo; y el enervante sabor del carmín, que se había pegado a sus propios labios, los dientes, la lengua y el paladar.
En cuanto a su víctima, el otro sujeto activo, pero menos, de aquel intricable juego de amor, los mismos sentimientos de satisfacción y de consumación en ella que en el caso del macho, aunque acompañados, en su caso, de un elemento de incertitud y de temor que eran por el momento indescriptibles. También ella permaneció inmóvil por un cierto espacio de tiempo en la cama, todavía entre los brazos de aquel cafre inmenso, habiéndose entregado a él sin reserva y casi sin entendimiento de lo que le pasaba. Quieta, pero no sin alma. Suspiraba y gemía al mismo tiempo, como no había suspirado ni gemido en todos los días de su vida.

Capitulo 13

En las mañanas de verano era la Calle de las Angustias un verdadero hormiguero, lleno de luz y de vida. Como era una vía estrecha y tortuosa, allí no daba el sol de pleno hasta bien entrado el mediodía, presentando hasta entonces toda ella numerosos rincones umbrosos y esquinas por donde corría en todo momento una brisa agradable aun en los más calurosos días del estío. A las nueve ya empezaba la calle a llenarse de gente, y poco a poco, en las casas de la acera opuesta a la iglesia, iba dando el sol de pleno, empezando, claro está, por los pisos superiores, un sol todavía no muy tórrido. Empezaban entonces los vecinos a bajar las persianas; mientras que en la acera del lado de Nuestra Señora salía la gente a los balcones: a echar una ojeadita en derredor, buen tiempo mal tiempo; o bien a regar los tiestos, donde los hubiere, empapando de paso a más de un pacífico viandante; o, simplemente, para curiosear, que el saber vidas ajenas ha sido siempre de interés en esos parajes, como en otros muchos, desde luego.
Llamábanse unas a otras las vecinas, oíanse las órdenes de los maridos, los gritos de una vieja quejosa, los lloros de los niños, la música de una radio, las voces discordantes de un ama refunfuñante llamando a una criada, o el canto de una de éstas imitando a un cancionista de moda.
De la calzada subían los chillidos del trapero, anunciando la compra o la venta de algo: ‘’¡El traperoooo! ¡Aquí está el trapero! ¡Ha llegao el traperooo! ¡Se cambian trapos por cacharros! ¡Cómpranse trapos y papel!’’
Los vecinos aparecían entonces en los balcones con paquetes de trapos viejos, o unos cuantos libros amarillentos, y viejos periódicos y revistas. ‘’¡Trapero, aguante, que voy!’’ se oía. Y éste se paraba, descargaba el saco de arpillera del hombro, y se ponía a preparar la balanza, un plato de hojalata roñoso, cadena del mismo metal y un peso corredizo de cobre que colgaba del extremo de una barra con muescas que marcaban los kilos, los medios, los cuartos y los gramos. Si el trapero era, además, de los que daban (a cambio de papel o ropa) algún cacharro de barro, traía su mercancia en un carrito de mano o carretilla, pero siempre con el saco al hombro del oficio.
Las aceras, y a veces la calzada también, estaban llenas de ocioso público, haciendo corro las mujeres o entrando y saliendo de alguna parte, yendo a la iglesia o al mercado, o sentándose en cualquier parte a pedir limosna.
La gente menuda se pasaba el verano entero en la calle, jugando al fútbol en el medio de la calzada, las más de las veces con pelotas de trapo, un par de piedras a cada lado constituían los postes de los guardametas; otros, arrastrados por el suelo, hacían carreras de imaginarios ‘ciclistas’ que recorrían largísimas ‘’metas’’, dos lineas paralelas, trazadas con tiza del colegio o el yeso de una obra, que se extendían como culebras en la calzada, y en donde los niños empujaban chapas de botellas de gaseosa con las caras adosadas de las favoritos ciclistas, Vicente y Fermín Trueba, Cañardo, Barrendero, dando cada uno a la suya una ‘’toba’’ con el dedo índice o el corazón, siguiendo riguroso turno.
Las mujeres se hacían las interesantes, en sus corros, enseñando sus bolsas de la compra, las que habían podido hacerla ya. Unas preguntaban que dónde había podido comprarse todo aquello; otras protestaban, tan discretamente como podían, de la carestía de la vida o de lo mal que estaba todo; que les hacía pasar a todas tantos malos ratos y soportar tantas privaciones, y que pasaban sus hijicos, pobres criaturicas, tanta hambre, sin culpa ni razón, como un castigo llovido del cielo, ¡que Dios las perdonase! Y se mordían a veces los labios como con ganas de llorar, o bien porque no querían decir más, que bien peligroso era quejarse de como iban las cosas.
Una vez por semana pasaba por la calzada el afilador, empujando su armatoste de una rueda, con la piedra de granito a un lado, la correa conductora y el pedal, y los otros implementos del oficio. Se paraba delante de la pescadería, soplando por un rato en su flauta mágica, una especie de trapecio con tubitos de bambú de diferentes longitudes, que él mismo se había fabricado. En seguida salía el mozo de la pescadería con un montón de cuchillos húmedos y con escamas, y todavía oliendo a pescado. A veces llegaban los vecinos también con cuchillos, sierras, hachas y hasta navajas de afeitar, para que se las pusiera el buen afilador a tono; y si el cliente era sastre o modista, o bien el peluquero del barrio, las tijeras. Los chiquillos se quedaban mirando pasmados, viendo como ponía el buen hombre la rueda de granito en marcha, dándole con el pie derecho al pedal, regando el aire de chispas y produciendo un incesante silbido que rechinaba en los dientes, siempre apretando contra la piedra el cada vez más cortante metal.
A la puerta de la Iglesia Penitencial de Nuestra Señora había un montón de mendigos, conocidos ya de todo el mundo: El Tuerto, desde luego; un tal señor Vicente a quien habían dado sus colegas el apodo de El Repelente; un muchacho, Pascual, a quien llamaban Cordero; la vieja Garbancito, pequeña, de cara rugosa y escuchimizada, que era la decana del lugar; luego estaba la bella Angelines, pobre pero honrada, y un hombre de unos treinta años de edad, que era mutilado de guerra (no excombatiente, sino de los rojos) y a quien le faltaban las piernas hasta muy arriba de los muslos, y se arrastraba utilizando los brazos a la manera de muletas (a ése le llamaban el Bolche o el Bolchevique); y hasta que de vez en cuando se veía por allí también al Chucho, que se había gastado su sueldo de barrendero en vino, y ‘’necesitaba una ayuda’’ para ir tirando.
No escaseaban tampoco los que por una causa u otra (generalmente las tropelías de rojos y blancos o simplemente los sustos de la guerra), andaban flojos de mollera, o que tenían perturbado el seso desde el nacimiento, locos de atar que aquellos días andaban sueltos, por no haber dinero para los manicomios. Había uno que venía de cuando en cuando y a quien llamaban ‘’el hombre del aliguín’’, porque llegaba con una caña, se paraba delante de los chiquillos, ataba un higo a un cordel que colgaba de la caña, alzaba ésta en el aire, y se ponía a chillar: ‘’¡Al higuín, al higuín! Con la mano no, con la boca sí.’’ Los niños saltaba con la boca abierta, como peces voladores hambrientos, y el hombre, un anciano, alzaba y bajaba velozmente la varilla, hasta que caía el higo entre los dientes de uno u otro de los pequeñuelos. Entonces sacaba el viejo otro higuito del bolsillo, le pasaba el cordel por un agujero, y vuelta a empezar.
Había otro chiflado famoso, que venía igualmente a jugar con los chavales del barrio. Era un joven de unos dieciocho o diecinueve años. La guerra le había pillado veraneando con sus padres en Santander, y a su padre le habían matado al entrar los italianos, más bien por error. Su madre también había muerto, y él, por no se sabía qué motivo, había perdido el juicio. Se llamaba (o le llamaban) Abundio. Vivía con unas tías que no sabían qué hacer con él. El muchacho siempre decía que iba a ser maquinista ‘’cuando fuera mayor’’, y en los juegos con los niños siempre hacía de locomotora. ‘’¡Chu, chuf! ¡Chuf, chuf, chu!’’ – soplaba, disponiéndose a coger a los chiquillos. Se había atado a cada codo el extremo de una soga, permitiendo a los chavales que se le colgaran detrás, primero uno, luego cada uno de los que le seguían agarrando el pantalón o la cintura del precedente; y así emprendía la marcha, arrastrándolos a todos como los vagones de un tren o un gigantesco ciempiés. Miraba Abundio de cuando en cuando al cielo, abría bien su torcida boca y emitía un estridente pitido, ¡Piiiiiii!, sin dejar por ello de tirar, moviendo alternativamente los codos, de un brazo, del otro, adelante, atrás, adelante…¡Chuf, chuf, chuf, chuuufff!, lo mismo que hacen los trenes de verdad. Como tenía una fuerza descomunal este Abundio, el señor Fermín lo empleaba en el invierno para cortar astillas en la carbonería y para llevar los sacos de carbón de antracita a los pisos de los más acomodados vecinos del lugar.
Había de éstos algunos que bajaban por la tarde de sus pisos elegantes para ir al cine o el teatro, o a sentarse en la terraza de un café. Los más ricos iban a pasearse en coche: un chófer uniformado les abría la puerta, ellos se montaban, y salía el auto dando bocinazos para que se apartasen los zánganos que llenaban el pavimento. ‘Coche oficial’ las más de las veces (de uno de los Tres Ejércitos, o de la Falange, o lo que fuera), que venía a recoger a las esposas de los prohombres del régimen; como ocurría con doña María Cristina, esposa del coronel de Argamesilla, del importante Cuerpo Jurídico, la cual iba hoy día a misa a la Iglesia Catedral, donde repartía el contenido de un limosnero de seda entre los mendigos del pórtico, una perragorda para cada uno, y un real los días de fiesta.
Había un muy particular pordiosero que venía sentado en un carrito o cajoncete con ruedas sólidas de madera, y del que tiraba un borriquito blanco tan pequeño que más parecía un inmenso can. No tenía piernas, por eso, otro más de los mutilados de guerra, es decir, antiguo soldado rojo. Recorría la Calle de las Angustias cantando: «¡Madre mía, miiiramé…. En la flor de la vida yyyy sin podeeerlo ganar !… ¡Maaadre mía miiiramé!» Los vecinos salían a los balcones y algunos le arrojaban unas perras, que los transeuntes cogían y echaban dentro del carro. Y él continuaba: «¡Madre mía, miiiramé! ¡Ay qué pena, que pena…, tener reeeló, y no tener cadeeena!» A veces los golfillos le quitaban los dineros que le tiraban los compasivos vecinos desde la altura de una ventana o un balcón, y al instante salían corriendo pies para qué te quiero. Había que oír entonces al mutilado maldiciéndo a ‘’¡esos desgaciados!’’, soltando una ristra de blasfemias.
A un cierto momento del día, se llenaba la calle de agitadas amas de casa y criadas que volvían de la compra o habían bajado un instante a comprar cualquier cosa a un chamarilero o vendedor ambulante. De éstos había dos o tres que se habían instalado en la acera del lado de la iglesia. Uno era el zapatero, que aguardaba a los clientes sentado en su banqueta, y llevaba un mandil fuerte, brillante, muy sucio, la horma del oficio en las rodillas, y en el suelo clavos, martillos, tenazas y otros instrumentos. Otro, el estañador que se hallaba en un rincón que hacían dos casucas de enfrente de la iglesia; estaba el hombre rodeado de ollas, sartenes, pucheros y algunos apolillados paraguas que además tenian una o dos varillas rotas: él lo arreglaba todo en un periquete, sacando el hierro de soldar de una especie de bote hojalata agujereado, lleno de ascuas, aplicando el estaño, colmando agujeros, y dando luego martillazos por unos segundos, de manera que dejaba el puchero como nuevo; o las varillas de los paraguas, si de éstos era de lo que se trataba.
En fin que estaba la calle bien poblada de gente, cada uno y cada una a lo suyo, pero teniendo siempre un ojo atento, claro está, a lo que hacían los demás: que eso es la sociedad: enterarse bien de todo lo que le concierne o no le concierne a uno, y que concierne o deja de concernir al prójimo o al de más allá: sus vidas y milagros, sus amores, trabajos, odios y rencillas, sentimientos casi siempre inconmensurables, como el miedo, el sufrimiento, ambiciones, deseos, alegrías, tristezas, ilusiones y otras muchas emociones varias. Constituían todos ellos, rojos y blancos, ricos y pobres, chicos y mayores, los sanos y los lisiados, por esa regla general que señala que la adición de los factores no da por resultado simplemente la suma numérica de los mismos, sino algo más …, pues eso, ese todo que se llama sociedad. Sí, sociedad humana, muy imperfecta en este caso y primitiva pero al cabo sociedad, el Valladolid de los años cuarenta.
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