A la memoria de una mujer castellana y






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Capitulo 11

Del convento de las monjas fueron los Muñeiros con la niña a ver al tío Urbano, que había puesto casa en Valladolid y vivía una parte del año en la Calle Platerías.
-Tenemos que ir al tío Urbano antes que a nadie – había insistido Dorotea, dándole con el codo al marido -, que él sí que puede, bobo, que es muy rico.
Encontraron al anciano sentado, como de costumbre, en un sillón de mimbre, con los pies metidos debajo de una mesa camilla, junto al hueco del balcón, dejando que le diera bien el sol (para lo cual Berenguela había corrido las cortinas y el visillo.) En la mesa había un vaso con un culo de agua y un azucarillo blanco que salía un poco del agua a la manera de un iceberg. Desde el fin de la Cruzada invernaba don Urbano Jiménez en la capital, volviendo ocasionalmente al pueblo, para estar al tanto de las cosechas, que no le robasen los criados, y luego para la vendimia. Una vez también fue en diciembre para la matanza, pero no lo repitió: sentía mucho el frío.
Estaba el tío adormilado en su sillón, al amor del brasero de la mesa camilla, cuando entró la sobrina dando voces, seguida de cerca por Berenguela, Lucio y la Feli. - ¡Vamos, niña – se oyó – corre y besa a tu tío abuelo! – (y al mismo tiempo recibía la comunicante un empujón en el hombro.)
La niña se lanzó (fue lanzada) hacia el anciano, que seguía medio dormido, la perilla de nieve clavada en la pechera, sin que su abotargado visage denotara dolor, o alegría, o cualquier otro sentimiento.
Propinando un segundo empujón a su hija, la sobrina continuó hablando a grandes voces, como si todos estuvieran sordos: - Sabe ustez, tío, en seguida que terminó aquello, pues que le dije a Lucio, ¿no es verdaz, Lucio?, en seguida le dije, ¡oye, al que primero tenemos que ir a enseñar la Feli es al tío Urbano, eh!, quél se lo merece todo, por lo bueno y lo generoso que es. Y por lo bien que se ha portao siempre ustez con todos nosotros, que lo digo siempre. Pues la verdaz por delante, que no es que esté usté aquí delante, que yo siempre lo he dicho, que se portó ustez muy bien con nosotras cuando la muerte de mi padre, que gloria haya, ¿a ver si no? Muy bien, muy bien, que en todas partes lo digo. ¿Nós verdaz, Lucio, que yo siempre lo he dicho? Desengáñese, tío, que yo le quiero mucho, y si hay gente mala…, si hay quien dice, por ahí en el pueblo, que si usté se quedó con nuestras tierras, y que si se hizo rico, pues no lo crea, ¡bah, habladurías! Cosas de los pueblos, ¿no sabe?, que en los pueblos la gente dice cosas porque no saben qué decir, y por enzarzar, boba, que somos todos muy malos.
El amá trató de llevarlos a todos a otra sala, pretextando cualquier cosa; pero Dorotea, que estaba de plática, después de haberse pasado la mañana en el convento sin darle mucho a la lengua, ni siquiera la oyó. – ¡Chismes! – exclamó embalada, que no había ya quien la parase -. Eso ya se sabe. Que en Tordehumos siempre están metiendo cizaña. Pa que riñamos los unos con los otros, boba. ¡Anda, Feli! Vete a darle otro beso al tío abuelo, qués muy bueno y muy santo y se lo merece todo. Que tú bien que me decías esta mañana tempranico, que me decías, ‘yo, mamita, pues quiero ir a la Calle Platerías, que deseando estoy de hacer la primera comunión pa enseñárselo al tío Urbano,’ ¿no? Y así siempre esta niña, como se lo digo, tío, que otra cosa no es, yo ¿para qué le voy a engañar?, tol tiempo, tol tiempo diciéndolo, que ésta a ustez le venera. Quel Lucito es otra cosa, quen cuanto salimos del convento, pues correteando por ahí que se me ha ido. Pero ésta no, mire usté, ésta no. ¡Ay cómo le quiere a ustez, tío Urbano, que esto no es cariño, es adoración lo que le tiene….
La niña oía todo esto sin abrir la boca. Permanecía de pie, junto a la mesa camilla, mirando alternativamente al blanco azucarillo que iba disolviéndose en el agua, y a la cara abotargada del anciano, con sus anteojos y su barba de chivo, tan aburrido el pobre como lo estaba ella misma.
-¡Vamos, tío, qué gracia! – machacaba Dorotea -, que cuando me dijo esta mañana que a las Platerías primero, que yo fui y me dije, ¡ay, qué fervor tiene esta niña! Que ésta tiene una afición por la familia, tío, que no me extraña que dijera que ‘a mi tío Urbano es el primero que tengo que enseñar mi vestidito blanco.’ Así es como lo dijo, ¿no sabe? Y yo encantada. Y no se crea que por el dinero, que ni hablar, que al contrario, que aquí le traemos una estampita de recordatorio y no le pedimos nada. Para ustez. Que ni pensamos ir a ver a los otros. Que a mí no se me ha perdido nada en otras casas, ¿no sabe? Mire ustez, Santiago, que es el padrino, ni siquiera ha venido a verla hacer la comunión, ¿cómo vamos nosotros ahora a ir a verle? Pero ustez es otra cosa, yo siempre he dicho que mientras estén abiertas las puertas de su casa, tío, no necesito a los otros parientes. ¡Ah! ¿Pero no sabe? Le hemos comprao zapatitos nuevos para recibir bien a Dios. ¡Anda! Aúpate un poco el vestido pa que te se vean los zapatos blancos. Que son de los almacenes El Globo, no se crea, que bien de reales me han costao, que hoy día el dinero no da para nada, y las comuniones cuestan muchos cuartos….
Bien fuera porque estaba la sobrina tan descaradamente hablando de dinero, o porque las voces y chillidos le eran ya insoportables, el anciano dio un resoplido, alzó un poco la nariz, y clavando sus tristes ojos en los de Berenguela, murmuró: - Dales unas cuantas pesetas, para que se calle.
Desde la casa del tío Urbano fueron derechitos los Muñeiros a la de don Policarpo Cerezo. Le habían trasladado al policía al fin a su patria chica, donde había alquilado la familia un piso en la misma Calle de Platerías a fin de residir cerca del tío rico. Les abrió la puerta Felicitación, muy arreglada ella, y con la barriga abultadita.
-¡Oh, entrad, majines! – dijo con voz un tanto fatua; y luego de haber besado a su hermana y a la Feli, se volvió hacia el pasillo -: ¡Poli! Ven corriendo, y verás qué maja está nuestra sobrina de primera comunión. – Volvió a besar a la niña - ¡Oh, oh, pero que hermosa está ya mi sobrinita! ¡Oy, qué hermosa, qué guapa, que sobrinita más bella que tengo! Si parece una novia. ¡Oh, Feli, Feli, Feli!

Salieron también los niños, y todos abrazaron a la Feli en su vestidito blanco, que medio le destrozaron el velo. Mientras tanto Dorotea soltaba otra vez el rollo, diciendo que era lo primero que le había dicho su niña en cuanto recibió a Dios, que quería venir y abrazar a sus tíos y primitos.
-¿Sabéis? – decía, tocando alternativamente a unos y otros -, en seguida le dije a Lucio, ¿no es verdaz, Lucio?, en seguida le dije, mira Lucio quen cuanto nos haga la niña la comunión lo primero que tenemos que hacer es ir a enseñarla a los tres primos; que nosotros, como hermanos, tenemos que ayudarnos los unos a los otros, ¿no?, que los hermanos están pa las ocasiones y si….
Policarpo le dió medio duro a la sobrina, y de la Calle de Platerias dirigiéronse los Muñeiros a la de Miguel Íscar; se detuvieron al llegar a un lujoso portal a cuyo lado, en la fachada del edificio, había entre otras una placa reluciente que así decía: GONZALO BELTRÁN JIMÉNEZ, ABOGADO, principal.
-Yo os espero aquí – dijo Lucio, mohino.
-Anda, sube, que a lo mejor nos ofrece el primo algo; que es él muy cariñoso – le dijo la mujer, agarrándole del brazo.
-Te he dicho que no. No magas que me cabree.
La portera había salido, curiosa, a ver lo que pasaba.
-No olvides – susurró Lucio a Dorotea, cuidando que no le oyera la portera -, que le debo tres años de cárcel.
-A lo mejor le debes la vida, hermoso – susurró a su vez Dorotea; pero no tan bajo (era imposible para ella ya hablar normalmente) que no le oyera la otra, que se había quedado mirando.
‘’Eso habría que verlo,’’ pensó Lucio, sin decir nada.
-Vente – insistió la esposa -, que hace muy feo que nos dejes así. Piensa en ella, pobrecica – añadió refiriéndose a la niña, mirando de soslayo a la portera. Estaba ésta poniéndola nerviosa: se extrañaba de no haber oído ya el habitual, ‘’¿Preguntan por alguien?’’, y decidió darse prisa; sabía que su marido era un testarudo, más burro que los burros, y que no serviría de nada el seguir insistiendo
-He dicho que te espero aquí y no hay más que hablar – le oyó decir.
-A ver si es verdaz que me esperas, que te conozco – dijo la pobre -, ya estás pensando en la taberna, si no al tiempo. – Y depués de haber gritado a la portera -: ¡Vamos al principal, que soy su prima carnal, sabe! -agarró a la niña, y se metieron las dos tan campantes en el ascensor.
Como otras veces que visitaba a su primo, tuvo Dorotea la impresión de que algo muy extraño y muy triste estaba ocurriendo en aquel hogar, algo que la oprimía, sin que supiera decir exactamente qué o por qué.
Una criada les llevó a las dos a una sala con mucho mueble, muchas cortinas y mucho cuadro, y les invitó a que se sentaran. En seguida llegó Gonzalo, que cogió la mano de Dorotea preguntándole muy cortés: - Y ¿qué te cuentas, prima hermana? - Le habían puesto una pierna postiza y, aunque cojeaba, casi no se le notaba.
-Pues ya ves, chico – respondió ella, forzando una sonrisa -, vamos tirando.
-¿Te molesta el que fume?
-Claro que no. Fuma. ¿Pues por qué me había de molestar?
Entró Anamari, que en seguida ordenó a una doncella que sacara unas galletas. Era una mujer joven, bella, con ojos rasgados orientales y cabello largo muy negro. La había conocido Gonzalo en las Canarias, haciendo su servicio militar de alférez de complemento. Luego habían correspondido durante dos años, y se habían casado justo antes de estallar el Movimiento en Salamanca, a donde su novio la había mandado venir urgentemente.
-¡Qué mona vas, mi Feli ! – dijo suave y muy simpática, aunque sin sonreír.
De hecho todo era suavidad en la bella Ana María. Miraba mucho a la niña, y en sus ojos detectó Dorotea un grano de envidia. ‘’Son los celos de la que no tiene hijos propios,’’ pensó para sí, ‘’pues, ¡hale!, si se la quiere quedar, yo, por mí…, anda que no iba a estar bien mi Feli en una familia tan adinerada.’’
Gonzalo preguntó por Lucio, que cómo estaba de salud y de trabajo, y que si ya iba reponiéndose de los sufrimientos de la guerra. La prima entonces se lamentó de lo mal que les iba todo, diciendo que ni hablar, que no tenía trabajo su Lucio, y ¡tanto como se necesitaba de todo con los niños! Estaban pasando hambre, esa era la pura verdad, ¡qué tiempos!
El primo asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Había colocado el bastón en el brazo del sillón, y estaba como acariciando el puño.
Dorotea le miraba, cómo apretaba su pipa entre los dientes, pensativo. Le hacía gracia verle la pierna derecha, que ya no tenía el muñón ese tan feo que ostentaba cuando terminó la guerra: ahora era el pantalón, bien planchado, hasta el tobillo, calcetín y zapato, todo muy pulido, como los muebles, las alfombras, las paredes, todo en aquella casa.
-Malos tiempos, dices – comentó Gonzalo, arrojando una bocanada de humo -. Sí. - Y después de un breve silencio -: Oye, por qué no deja Lucio la ebanistería y trata de encontrar algo en la construcción, por ejemplo. Se va a edificar mucho, y se van a necesitar carpinteros.
-¡Ay, chico, si ya lo ha intentao, no te creas! Y nadie le hace caso, ya ves. No ves que como estuvo en la cárcel. - Pasó Dorotea un arrugado pañuelo sobre los ojos, suspirando -, ¡Ay, madre, madre!, - dando muestras de un gran desconsuelo.
Por la mente del primo pasaron otra vez las imágenes. Otros tiempos. Otros lugares. Segovia, el Alto de los Leones, Brunete, el Ebro, todos los sitios donde había combatido en la guerra. Y aun imágenes más antiguas. Tordehumos, Salamanca, Valladolid. La universidad. Las peleas callejeras durante la república, batallado por un cambio absurdo, pero en el que él creía, ese remodelar la Patria según el ideal de los Cruzados. Y no pudo menos que pensar otra vez en el día del Alzamiento, cuando con otros falangistas se había dirigido a la ebanistería, pensando cazar allí a unos cuantos comunistas. Y sólo habían hallado al pobre Lucio, borracho y miserable. Había hecho trámites en seguida para que lo enviaran a un campo de concentración, a fin de evitar que lo fusilaran de inmediato. Luego él había salido hacia el frente con Onésimo y otros camaradas… ¡a la conquista de Madrid! ¡Qué extraño resultaba todo eso ahora!
Entre tanto la dulce Anamari miraba a la niña, y consolaba a la pobre prima, que lloraba como una descosida: - Pídeselo al Padre Celestial, Dorotea – cantaba más que decía -. Que Él te hará mucho caso, bobina. Que Dios es muy justo y muy bueno, y que tras la llaga nos da la medicina.
Las manos todavia en los carrillos, una de ellas con el pañuelo arrebujado, Dorotea se quedó mirándola extasiada. Y, bien fuera por la extraordinaria hermosura de su cutis moreno, o el acento ése musical canario, que ella no había oído antes en ninguna parte, cesó de llorar y lamentarse. Le parecía que se le había aparecido la Virgen Santísima, Madre del Niño Jesús, allí delante, sentadita modosa en su silla de terciopelo,vestida toda ella de azul; y que venía para salvarla, para salvarles a todos, pecadores. Sintió, en consecuencia, de repente una especie de euforia, unas ganas incontrolables de levantarse de su asiento y correr a abrazar a su primita virginal, a besarla, decirla que sí, que tenía razón, y que sí se lo pediría al Santísimo Padre Celestial, que era muy bueno y muy justo, y que tras la llaga nos da la medicina, y que era ella una santa, Anamari dulce y bella, una virgen inmaculada que no podía equivocarse. Arrastró el sillón de terciopelo en que se hallaba, a fin de poderla ver mejor, besarla, o tocarla al menos, coger esas manos delicadas en las suyas, llevárselas a los labios, los húmedos carrillos, diciéndole que la amaba, y que lo haría, que lo haría..., pediría todo el tiempo a Dios que les socorriera, le socorriera a ella, y a su familia, que eso era lo que había que hacer, hincarse de rodillas y rezar, rezar mucho, mucho…. ¡Muchas gracias por decírmelo, hermosísima Anamari, muchas gracias!
-Entre tanto, prima hermana – oyó que decía Gonzalo, el cual parecía continuar una conversación que, en su ensueño, ella no había seguido -, ya trataré yo de ver si hay necesidad de carpinteros en alguna parte.
Dorotea se volvió hacia el primo, dándole las gracias muy efusivamente; el cual siguió hablando, diciendo que por qué no trataba en serio de sacar algo del Auxilio Social, para los niños; que no era ninguna deshonra, y que si no lo había hecho ya, que corriera a apuntarlos; pues si lograba meterlos bien, le darían una ayuda: que tal vez tuvieran la comida del mediodía gratis en uno de los comedores de la Sección Femenina, y que eso saldrían ganando.
-Pero ¿cómo, chico? – se lamentó ella -, si pa tener esa ayuda se necesita mucha recomendación, y yo no tengo a nadie.
-Que sí, Doro. ¿Qué es eso de que no conoces a nadie? – contestó él calmamente -, si he visto en el Boletín Oficial que han nombrado Jefa de la Sección Femenina a una tal Serafina Perchero, ¿no es ésa sobrina tuya, de las de la Fuente Dorada? ¿Cómo se llama, caramba, el analfabeto ése… a quien hice yo de Falange, a propósito?
-Roque. Ya sé lo que quieres decir.
-Eso es, Roque Perchero – dijo Gonzalo, haciendo una mueca – Pues su hija dirige el Auxilio Social en Valladolid.
-¡Menudos son ellos, pa que vaya a pedirles recomendaciones – dijo tristemente Dorotea -, conque ha pasado su madre delante de mí, hace como una hora, y ni me ha dicho ¡hola!… una prima carnal; fíjate.
-¡Vaya por Dios! – exclamó Gonzalo.
Lucio había desaparecido cuando descendieron madre e hija en el ascensor, la segunda con un duro en cada mano.
‘’A la taberna, ya se ha ido - se dijo con despecho Dorotea -, ¡recondenado, más que recondenado, así te mueras!’’ No le pilló de sorpresa la ausencia, sin embargo, y se consoló la pobre pensando que había hecho muy bien en no confiarle el dinero que había ganado la niña en las visitas.
-¡Venga, dame esas diez pesetas que te ha dao el tío! – le dijo a la Feli.
-No, mamá, que…
-¡Venga, dámelas!
La niña obedeció de mala gana, y se pusieron en camino hacia la Fuente Dorada, donde todavía vivía el tío Santiago: aún tenían que enseñar a la niña con su vestidito blanco a otros muchos allegados y conocidos. Iba Dorotea calculando los cuartos que ya habían sacado y los que podían aún sacar, cuando el pensamiento del primo que acababan de visitar le vino de repente a la memoria. Se acordó de cuando él era un señoritongo presumido, siempre dispuesto a armar camorra con otros falangistas o lo que fueran.
‘’¿Que le pasará? - se dijo -, si no parece sino que le pesara la vida. Y ella, qué sosica es, que todo lo que tiene de guapa lo tiene de sosa, la pobre.'’ Una sonrisa apareció en sus labios. ‘’¡Ay, Doro, pídeselo al Padre Celestial, que te hará mucho caso! Me río yo del Padre Celestial. Lo que es, como no nos encuentre él un enchufe.’’
-¡Mamá, me duelen mucho los pies! – oyó que decía su hija.
-¡No refunfuñes, Feli – gritó -, que ya queda menos! Y si te hacen daño los zapatos, pues te aguantas, que pa eso los querías nuevos, ¿eh?
-Pero ¡mamá!
-¡Cállate la boca! Y, si nos invitan las primas a comer con los huéspedes, ten cuidado de no mancharte el vestido, guarrona, que mañana tenemos que ir a enseñarte a mis señoritas, que ésas son muy ricas y que te darán bien de dineros.
Cuando, terminadas las visitas, volvieron las dos a casa a media tarde, Dorotea se llevó un disgusto tremendo. El borrachón del marido había estado en el piso entre tanto, y le había birlado los ahorros: diez peseticas que ella había creído tener bien escondidas en una vieja olla de barro, debajo del fregadero.
-¡Ah, sinvergüenza, sinvergonzón! – se lamentaba, mesándose los cabellos -. ¡Ay, ladrón, más que ladrón, malandrín, forajido, perro, ave de rapiña!
La niña, que no estaba para escenas, desprendiéndose de los zapatos y luego el resto del atuendo de la primera comunión, se calzó y vistió de nuevo, más contenta que unas castañuelas, y se fue corriendo a la calle, en dirección otra vez de la Calle de las Platerías, a casa de sus primos, donde estaba segura que encontraría a su hermano. Desde la venida de Policarpo Cerezo y su familia a Valladolid les hacían los mellizos periódicas visitas a ver si sacaban algo. Si llegaba primero el niño, invariablemente preguntaba: ‘’¿Está Feli?’’; y si la niña: ‘’¿Está Lucito?’’ Luego se quedaban de remolón en el piso, sabiendo que su tía les sacaría algo a la hora de la merienda (en la casa del policía nunca faltaba un chusco de pan blanco y media libra de chocolate para repartir entre los pequeños.)
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