A la memoria de una mujer castellana y






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Capitulo 9

A las ocho de la mañana del día siguiente, bajaba por la Calle de las Angustias un animado cortejo de cuatro adultos y dos niños. Feli iba en cabeza, con su vestidito blanco, que parecía una novia, y el crucifijo de plata al cuello, y en sus enguantadas manos el libro de nácar y rosarito de perlas verdaderas. Lucio y su jamona esposa seguían detrás, con gran alboroto; y a unos pasos de ellos venían la Juanita, hermosísima, y la vieja vendedora de pipas y caramelos, muy enlutada ella, para no perder la costumbre. Entre las dos hembras caminaba muy serio el Lucito, que lucía por primera vez en su vida pantalón bombacho, hecho para la ocasión por la tía Teodosia de uno largo de su tío Santiago.
Juanita y la señora Amparo iban charlando animadamente: el velo que aquélla había regalado a la niña servía de pretexto. Estaba un poco amarillento y apolillado, decía la anciana, pero se podía ver a la legua que era de primera calidad, o mejor dicho, que lo había sido.
La del tercero, que estaba interesada en hacer ver a todo el mundo su sonrisa sin deshacer el maquillaje, respondía como al tuntún: - Sí claro, de primera calidaz, como usté dice.
A la niña, por su parte, todo se le volvía contemplar sus zapatitos nuevos, de manera que andaba sin mirar a donde iba, tropezando a cada paso.
-Tú mira donde pisas, ¡Feli! – le gritaba la madre - Que como te caigas te doy una carada.
-Calla, rabanera, no chilles – le decía Lucio, dándola en el costado -, que se ve a la legua que eres de Tordehumos, paleta.
-No me da la gana. Cállate tú.

Caminaban los esposos del brazo, como en sus mejores tiempos de enamorados, tan contentos y tan espavilados como si no hubieran pasado una noche de vela.
La señora Amparo, a quien nadie había dado vela en aquel entierro, según la expresión unánime de vecinas y conocidas, había insistido en que tenía que ver a la Feli tomar la comunión; era su privilegio de madrina, decía, ‘’Yo la llevé a la pila del bautismo, y yo he de verla hoy recibiendo al Señor; y aún he de verla ir al altar pa casarse, ¡que Dios nos conserve la vida a todos!’’ El padrino era Santiago, pero él se había negado a venir.
Iba pues la anciana endomingada que no había más que ver, con su mantilla negra, que había sacado del fondo de un baúl, oliendo a naptalina. Era un singular placer verla caminar tan estiradita, una pura mancha negra al lado de su apuesta vecina, moviéndose a saltos como un caballito del tío vivo, a fin de mantenerse al paso, pues Juanita era alta y ligera.
Innecesario es decir que una multitud de curiosos había hecho en seguida aparición todo a lo largo de la calle: portales, balcones y aquellos establecimientos, como las pastelerías, que abrían los domingos y fiestas de guardar.
-¡Carmela, guarra! – chilló Dorotea hacia un balcón, haciéndose bocina con las manos - Asómate más, que te vean. ¿Creías que mi hijica no iba hacer la comunión, ¿eh? Pues mírala, toda ella de blanco.
La mencionada Carmela, que en seguida salió, toda ella, al balcón, no se quedó corta respondiendo. Inclinando su cuerpo pechugón sobre la oxidada barandilla, señaló, gesticulando : - ¡Vete a la mierda, Doro, marranona! Que tú como los cerdos, no sirves más que pal matadero.
-¡Anda quien fue a hablar! – volvió a gritar Dorotea, soltando una carcajada -. A ver si te lavas tus partes, ¡coña!
Furiosa, la otra la amenazó con el puño, aullando : - ¡Quien habla de caca en la boca la tiene! Anda, mírate tú en las bragas, cochina, questás llena de tiña. – Y, riéndose a su vez, pero sin mirar a su enemiga, continuó -: Anda que qué pretensiones tienen algunas; más la valía dar de comer al marído, que parece un tísico.
-Tú lo que tiés es envidia, ¡jodía! – vomitó Dorotea, haciendo ademán de entrar en el portal.
-Tú a lo que estamos, Doro – le dijo el marido, sujetándola -, que vamos a la comunión y tú… ¿lo ves como eres una rabanera? Que te lo digo siempre, contigo no hay remedio.
-¡Vete a la mierda, tú también!
Por suerte había visto ella a una churrera amiga, unos pasos más abajo, y se paró a explicarle el motivo de sus desforados gritos. - ¡Creía la gente que no iba yo a vestir bien a mi Feli! Pues, mírela, churrera, mire qué zapatos la he comprao.
La churrera se acercó temblando a la pequeña, y la estampó un beso baboso en cada carrillo. - ¡Pero qué hermosa está! ¡Hay que ver qué hermosa está! - repetía a cada instante, besuqueando - ¡Qué hermosa, si paece una novia!
La pequeña pateaba protestante, pasándose con mucho aspaviento la mano enguandada por uno y otro carrillo. - ¡Vámonos, mamá! ¡¡Vámonos!!
Entre tanto también metía baza la señora Amparo, que en seguida se unió al grupo: - Sabe ustez, churrera, yo la vi nacer, que fui yo quien la llevé al bautismo, que mi Ricardo, quen paz descanse, iba a ser el padrino; pero se puso muy malo, mujer, y en seguida se lo llevó Dios…
La Feli estaba que echaba chispas. - ¡Mamá! – dijo tirando del vestido de Dorotea -, que vamos a llegar tarde y es tu culpa.
-Bueno, María, ya la veremos a la vuelta – concluyó la madre.
-Sí, iros corriendo, que hace ya rato que oí dar las campanadas – asintió la churrera; y volviéndose a la niña, otra vez le estampó una docena de besos en los carrillos, mientras repetía -: ¡Ay qué hermosa, qué hermosa! Mira, pásate por aquí, monina, cuando vuelvas de la comunión y ya te daré un par de porras calientes que hoy es un gran día para ti, mi hermosa.
Cuando llegaron los seis a la Plaza de San Pablo vieron que volaba hacia ellos una Hermana de la Caridad, moviendo frenética los brazos como aspas de molino y emitiendo exclamaciones. Las cuales tuvieron el efecto de aumentar el mal humor de la futura comunicante. Se volvió de repente la monja, y corrieron todos tras de ella, como los galgos de una jauría, intercalando interjecciones y ladridos.
Entraron todos en tropel en el santo recinto, precedidos por la joven monjita. Otra monja apareció en el atrio, y empezó a dar empujones y pellizcos a la niña, para que se diera prisa, y ésta corrió hacia el altar, donde había como una veintena de niñas en hábito de comunión. -¡Vamos, vamos! - susurraban las hermanas.
-¡Ay, tiés tú la culpa, mamá, ach! – fue lo último que expectoró la Feli, yendo sofocada hacia el altar.
-Nena – le dijo al oído la Superiora, colocándola en su puesto -. No tengas genio, que vas a recibir al Santísimo.
La pequeña capilla de las monjas estaba abarrotada de público. Las niñas de la primera comunión estaban en dos filas, muy arregladitas, todas de blanco; luego venían las otras niñas de la escuela, vistiendo batas de percal gris, con una hilera de botones blancos desde el cuello hasta las piernas. Estaban presentes también, ocupando el resto de los bancos, las religiosas. Al final de los bancos y a los lados habían colocado las monjitas un grueso cordón granate en pedestales de madera y bronce; entre el cordón y las paredes se apelotonaban los padres, parientes y amistades de las pequeñas comunicantes.
Las religiosas parecían estar en oración, con sus pálidas manos juntas, y algunas con un rosario colgando de entre los dedos; muy modosas todas ellas, hermosas de rostro y muy limpias, y almidonadas las tocas inmaculadas, que se movían durante el oficio al unísono, produciendo una dulce ondulación, como una bandada de cisnes disciplinados discurriendo en la superficie de un estanque.
La misa ya había empezado cuando llegaron la Feli y sus acompañantes, y como no sobraba sitio en el exiguo convento, tuvieron éstos que desperdigarse, cada cual buscando un hueco adecuado. A Dorotea le tocó meterse en un rincón relativamente alejado del altar, y como le era difícil seguir la misa, se entretuvo buscando con los ojos a los otros. En seguida vio a la rubia Juanita, inclinada al parecer sobre alguien de menor estatura, que le decía algo. Era un hombre.
‘’Ya le ha echao el ojo ésa a uno,’’ se dijo, sonriendo, ‘’¡es más lince!’’
Así pasó algún tiempo. Se le estaba haciendo larga la misa. Y la entraron ganas de charlar con su vecina, una pelirroja de cutis algo encarnado. - ¿También su hija hace la primera comunión, guapa? - le preguntó, sin preocuparse de bajar la voz.
-Sí, es la rubia de los bucles de la primera fila – murmuró la otra.
Dorotea echó un vistazo al altar, y no viendo ninguna rubia, simplemente comentó: - ¡Ay, la mía está en la segunda fila! Es de las más altas. – Había un deje de orgullo en su voz.
La pelirroja la contempló con aire de absoluto desprecio, como diciendo, ‘’Váyase usted por ahí.’’
-A mí no me miré ustez así, ¡eh! – señaló Dorotea de mal humor.
-Y ¿cómo quié usté que la mire?
-Cállese la boca. Si busca palique, hable ustez con otra.
-Váyase usté a la eme.
Tocándola con dos dedos -: Con ella estoy.
Por suerte llegó en este momento el acto de la consagración; se oyeron las campanillas del acólito; luego el susurro de faldas y calzado, según se hincaba todo el mundo de hinojos, mientras el sacerdote elevaba la Sagrada Forma. Pero la pelirroja estaba de camorra, y según volvían todos a ponerse de pies, tosiendo y murmurando cada cual por lo bajines, le soltó a su vecina: - Y ¿qué edad tiene su hija, si se pué saber?
-Sí que se pué saber, claro – respondió Dorotea, sin decir la edad -, ¿por qué me lo pregunta?
-Anda que por qué. ¡La otra!
-Pues once, pa que lo sepa. Que no es ninguna deshonra el decirlo.
La otra se llevó una palma a la boca, sacudiendo el torso en silencio.
-¿De qué se ríe, graciosa? – preguntó Dorotea.
-Ahora se explica – le susurró la otra – el que sea alta; y ¿por qué no aguardó usté un poco, y ya la hubiera casao al mismo tiempo?
-Es ustez una guasona, ya veo.
-No, mujer. Si no hago más que comentar. ¿Entiende co – men – tar?
-Entiendo lo qués comentar, ¿se cree usté que soy una paleta? – declaró Dorotea, y ella misma se echó a reír.
-¡Oh, si está usté chalada, chalada perdida ! – susurró la pelirroja.
-Haga usté el favor, que está hablando con una señora, si no se ha enterao.
-Claro, mujer, que me enterao, aunque el bigote ése despista un poco.
-Le he dicho que se calle, que a mí no me gustan las bromas. - En esto Dorotea echó el ojo a una niña de bucles de fuego entre las comunicantes. - Ahora caigo – dijo -, es la pelirroja de las pecas su pequeña, ¿no?
Alguien de entre los fieles hizo un siseo prolongado, y una vieja devota aprovechó para comentar: - Algunas, es verdaz, que no respetan.
Y ya dos o tres mujeres volvieron la cabeza: ‘’¡Cállense!’’ ‘’¡Qué irreverencia!’’ ‘’Y a ver si no viene a la iglesia con los brazos desnudos (esto por Dorotea), que estamos en la Casa de Dios. ‘’
-Ya lo sabemos abuela – contestó Dorotea, impertérrita -, que no hace falta que nos lo diga.
-¡Schsssss! ¡Schsssssssss!
Había llegado el momento esperado en que las niñas iban a recibir a Dios en sus inocentes cuerpecitos purísimos. Subían de dos en dos hacia el sacerdote, que ayudado por un acólito iba dandoles la Santa Hostia, repitiendo cada vez, ‘’Corpus Domini Nostrus Jesuschristi custodiat animam tuam in vitam aeternam, Amen.’’

Dorotea, viendo a su hija inmaculada sacando la puntita de la lengua para recibir a Cristo, exclamó en una explosión genuina de entusiasmo y de fervor: - Diga usté lo que quiera, que es muy grande el ver a una hija así.
-Y ¿quién es su hija – preguntó su vecina -, si no le importa decirlo.
-Pues claro que no me importa – contestó ella, orgullosa -, es la que está de rodillas recibiendo al Señor. - Y, a la que descendía la pareja, exclamó la pelirroja:
-¿La bizca?
-Oiga, no la llame bizca, o le saco los ojos.

Capitulo 10

Terminada la ceremonia de la santa misa y el sacramento de la comunión de las niñas de la escuela de caridad, hubo un chocolate con churros, regalo de las damas de Acción Católica de la parroquia, de cuya asociación era presidenta doña Serafina Martínez Platero, esposa de un capitán de caballería y prima carnal de Dorotea.
El desayuno fue servido en el mismo refectorio de las monjas, donde se habían colocado unas mesas en fila, cubiertas con un larguísimo mantel de algodón, bordado todo él con rosas y capullos de seda (donación de la Duquesa de Mirïa, antigua de Filipinas.)
Las monjitas habían colocado alrededor de esta larga mesa un grueso torzal de seda, color granate, sostenido por cuatro postes de caoba, a la manera de una palestra: era el propósito de este cerco evitar, cuando llegara el momento, que se metiera el curioso público entre los comensales, las niñas que acababan de recibir a Dios, las cuales eran las invitadas al chocolate con churros.
Antes de ser servido el desayuno, la presidenta, que era muy redicha, leyó un acicalado discurso en el que explicaba que las Damas de la parroquia, en su afán de servir a Dios, habían amorosamente preparado aquel regalito para que las niñas que habían recibido aquel hermoso día el Cuerpo vivo y verdadero de Nuestro Señor Jesucristo, pudieran disfrutarlo ampliamente en presencia de sus familiares y amistades. Se congratulaban las Damas de que aquellas almitas preciosas de la joven generación de la Nueva España hubieran recibido en su seno a Jesús Inmaculado, y que era la primera vez que lo tenían en sus cuerpecitos de niñas puras, libres de todo pecado: un acto fervoroso de amor sin igual y un sacramento fortificador del que ellas, como hijas de obreros, tenían que dar especiales gracias al Cielo, y que no lo olvidasen nunca, pero que nunca jamás; y muy paricularmente que dieran gracias también al Invicto Caudillo, forjador de la Nueva España, que nos había liberado a todos del comunismo. Que no lo olvidasen, que lo tuvieran siempre en la memoria, y que ni qué decir tenía que era gracias al Ejército y a la Falange que los españoles sanos, conducidos por Francisco Franco Bahamonde, nuestro Generalísimo, habían ganado una gloriosa guerra contra el marxismo internacional, y que era a causa de esa Victoria el que todos nosotros ahora pudiéramos celebrar la Santa Misa en el suelo patrio, y el que ellas, niñas benditas, hubieran podido recibir ahora el Santo Sacramento, que las había hecho favoritas de Dios y merecedoras de su Gloria. Ya que la Cruzada de Liberación había hecho que volviera el obrero al camino de la religión y de la santa tradición. Por ello, ellas, niñas de la clase baja, de ahora en adelante, en sus plegarias, tenían que acordarse de sus respectivos papás, pidiendo a Jesús que les trajera por el camino de la Salvación, ahora que pertenecían ellas plenamente a las huestes cristianas; y lo mismo de sus mamás, y hermanos y hermanas mayores, si los tenían. Y que no se olvidasen de pedir a Dios en sus rezos cada noche, antes de irse a la cama, que nos preservase a nuestro santo Caudillo, Salvador de la Patria, que nos había devuelto a España, arrebatándosela a los rojos, para que así él fuera nuestra luz y guía en este mundo perverso de revoluciones y de guerras, que había que pedírselo al Cristo de la Paz, cuya imagen se hallaba en la Iglesia Santiago. España era el país predilecto de María Santísima, un país ahora sin el corazón partido, con unidad de destino en lo universal, desterrada ya para siempre la idea de una España marxista, que los rojos quisieron implantar, una anti-España en la que se quemaban los templos y se asesinaban a los sacerdotes, y mataban a las adorables monjitas, después de haber ultrajado sus cuerpos inmaculados antes de prenderlas fuego con gasolina y cerillas.
Dijo también la ilustre dama que ‘‘en este día, ahora mismito, se halla el Verbo, vivo y verdadero, dentro de vuestras carnes, ¡ay!, de niñas comunicantes’’, y que era la primera vez que lo recibían; ¿no sentían ellas como un cosquilleo en el interior de sus cuerpecitos?
Las niñas, que percibían ya el olor mágico de unos exquisitos churros y de un no menos exquisito chocolate, que les llegaba de la cocina del convento, y sentían el gusanillo del hambre en el vientre, contestaron que sí, que sí que lo sentían. Y miraban con ojos hambrientos hacia la puerta por donde había de llegar tamaña maravilla.
Pero la presidenta erre que erre. Dijo a las amadas niñas, guapinas, que no dieran la espalda a la Fe, y que no olvidasen nunca, ¡pero que nunca, nunca, nunca!, que ahora pertenecían a las huestes cristianas, por haber recibido en sus vientres el Cuerpo de Jesús; y que lo recordasen siempre, ¡pero que siempre, siempre, siempre!
Y que lo llevasen a cada instante en la memoria, y todos los días de su vida, y en todos los años de su existencia aquí en la Tierra, y hasta el día de la muerte y del juicio final…, un recuerdo muy hondo en sus corazones, esos corazoncitos que en el día de hoy, ¡solemne día!, estaban limpios, limpitos de todo pecado. Tenían que ser felices, amadísimas niñas, y que ya no se apartasen nunca de la Fe y de la Religión de Cristo. Que no dejaran al dañino Lucifer que las desviara. Que se apartasen de las malas compañias, los otros niños de la clase baja, a quienes el demonio incitaba para que les hiciera, adoradas niñas sin mácula, caer en la tentación del pecado. Ellas pertenecían a Cristo y a Su Iglesia, y Cristo les pertenecía a ellas, pues ya lo llevaban dentro, dentrito de sus cuerpecitos limpios y puros, como lo había llevado su Madre, la Santísima Inmaculada, sin pecado concebida.
-Sí – concluyó, levantando los ojos del texto -, tenéis ahora en las entrañas el mismísimo Cuerpo del Divino Jesús, Niño Dios bien amado, exactamente como lo llevó su Madre Santa María en el parto y antes del parto. Pues la Sagrada Forma que habéis recibido de manos del sacerdote es el Cuerpo de Cristo; es carne y sangre de un solo Dios verdadero, ya que en la Santa Hostia se conjugan las dos substancias.
Las pobres niñas, que tenían las tripas vacías desde la noche anterior, excepción hecha de la dicha Santa Hostia, no cuidaban de otra cosa que ver cuando llegaba el prometido desayuno, cuyo presencia física en sus narices (ese tufillo delicioso que llegaba cada vez con más apremio de la cocina del convento) era ahora una patente realidad y un suplicio.
Pero no. Dio a continuacion la ilustre doña Serafina las gracias al Jefe del Estado, Caudillo de España por la Gracia de Dios, que había devuelto a Dios a las escuelas, y a su Eminencia el Arzobispo, y a Falange Española Tradicionalista y de las JONS, especialmente a su Sección Femenina, que había fundado el Auxilio Social, y que había hecho posible este momento y esta celebración. Agradeció su ayuda al ilustre capellán, que había oficiado la misa, y a la Madre Superiora, a cuyo cargo estaba la formación de aquellas niñas, de aquellas tiernas almitas…, y a las Monjitas, que la secundaban en la tarea de cuidar, enseñar, elevar y dirigir a las mismas por el camino de la Nueva España, siempre al servicio de Dios y de su Santa Religión. Leyó la lista de las damas que habían contribuído con generosas donaciones a la preparación de aquel chocolate con churros que ahora iba a servirse, y gritó, ‘’¡Viva Franco! ¡Arriba España!’’
Durante los siguientes veinte o venticinco minutos hubo una algarabía tal que allí no había quien se entendiese. Las niñas de la primera comunión literalmente se volcaron sobre sus rebosantes tazones de loza, metiendo y sacando churros (forrados de chocolate) que era un primor. Y mientras ellas zampaban, los familiares en ‘’la estrada’’ corrían de un lado para otro armando un tinglado enorme, cada cual a lo suyo. ‘’¡Feli, guarrona, no te manches el vestido !’’ ‘’¡Pili, cuidao con lo que haces!’’ ‘’¡Eh, Manuela! ¿Qué estás haciendo?’’ ‘’¡Julia, no te los comas todos!’’ ‘’¡¡Lola!!’’ ‘’¡Guarda uno pa tu hermanito, questá aqui muerto de envidia!’’ ‘’Carmencita (la voz débil de un pequeño), guárdame un cacho’’ ‘’¡¡Gloriaaa!!, que testás poniendo como una cochinona.’’ ‘’¿Qué?’’ ‘’Que dejes algo pa tu hermanita.’’ ‘’¡Susi, envíame un churro volando!’’ ‘’No te hagas la sorda, roñosa.’’ ‘’Angelines, no te olvides.’’ ‘’¿Pos qué, mama?’’ ‘’Que no te olvides del Paco, tragona.’’ ‘’Están mirando las monjitas. No puedo.’’ ‘’¡Pos métetelo entre las faldas, idiota!’’ ‘’Mírala, mírala, la sinvergonzona, ya se lo ha zampao todo.’’
En el interior de ‘’la palestra’’, dando vueltas alrededor de la mesa y evitando acercarse mucho al cordón que las separaba de la plebe, se encontraban, lucidas y satisfechas, dos Hijas de la Caridad, y con ellas los dignatarios del momento: la Presidenta de Acción Católica, y el Padre que había oficiado la misa, un hombre de mediana estatura, con mucha frente y un profundo surco de pensador que le iba desde el entrecejo a la incipiente calva, el cual hablaba con Sor Angélica (que así se llamaba la Superiora), diciéndole que era una santa, contribuyendo, como contribuía, a ganar las almas de aquellas hijitas de obreros para la Religión y para la Patria; y que no dudaba que algunas de ellas, si no la mayoría, entrarían un día en clausura, para que así pudieran dar pleno don de sus personas a Dios Nuestro Señor. A continuación, en un tono untuoso y triste, dio a conocer un argumento que había desarrollado él ya varias veces en reuniones de los Luises y otras asociaciones a que acudían regularmente religiosos y hombres del siglo; a saber: ¿para qué esforzarse en dar trabajo a las jóvenes de la clase baja, si había la posibilidad de hacerlas ‘novicias’ en los conventos de las diferentes órdenes religiosas? O bien, tal vez más acertado, que entrasen al servicio de las clases elegantes, una servidumbre bien alimentada, claro está, como conviene al perfecto desarrollo del Estado de la Nueva España, pero sumisa y que no costase mucho a la nación. Doña Serafina, que también se había unido al sacerdote, asentía con la cabeza; era gran amiga de la santa Madre Superiora, y estaba en tratos con ella para que le proporcionase una o dos de esas jóvenes, que harían el aprendizaje en su propia casa, trabajando por la comida, y ya estaba bien.
Había visto ya la ilustre presidenta que estaba su prima hermana Dorotea entre las mamás de las comunicantes, pero no hizo ningún gesto de amistad hacia ella o emitió un ‘¡hola!’ discreto al pasar por su lado; al contrario, hizo como que no la reconocía. Acababan de darle a Roque los del Instituto Nacional de la Vivienda un piso hermoso en la Calle Santiago, y ahora vivía como una reina, con asistenta y dos criadas. Su marido recibía dos sueldos (del Ejército y la Falange), y además, vales para el economato del cuartel y el de los sindicatos, y numerosos cupones para sacar dobles raciones en las tiendas de ultramarinos, esas de la Fiscalía de Abastos, así como cubos de carbón de antracita en las carbonerías, y enlas fábricas de de sosa, jabones, y pan en las tahonas, etc. Sin contar que estaba toda la familia muy metida en el Movimiento, todos con enchufes y gajes extraordinarios, y a ellos no les reportaba nada ostentar aistades con los pobres (cuanto más que todo el mundo sabía que la Doro era ‘roja’.) Y ¡que le iban a hacer a su Roque ya muy pronto comandante!
‘’¿Cómo, pues, va a decirme ella ahora ‘hola’; si no puede, si cometería una locura? - se decía Dorotea, justificando a la prima -. Si ni a sus hermanas visita ya, ¿cómo va a hacerlo, en su posición y con el círculo de amistades que dicen que tiene?’’
‘’Y sin embargo, ¡ay! - suspiró -, ya podía decirle a la Sera que se pasase por casa de vez en cuando aunque na más fuera, y que me dejase uno de esos chuscos de pan blanco pa sus primitos, que dicen que trae el padre tantos del cuartel.’’
Ni eso. Pertenecían ahora a dos mundos diferentes, cada una a un extremo del espectro, como la luz y la sombra, que no se mezclan, irreconciliables. ¡Bueno, qué se le iba a hacer!
‘’Mírala,’’ se dijo, muerta de envidia, ‘’lo guapa y lo pintada que va.’’ Acababa de pasar la prima a su lado, casi rozándole las narices. La oyó que le decía al sacerdote, «¡Ay, Padre!, si a mí me ha gustado siempre ser correcta y comedida, siguiendo en eso el ejemplo de los Santos, y no hacer nunca nada, ¡Sierva del Señor que soy!, sin asegurarme que lo que hago es la voluntad de Dios.»
‘’¡Qué pretensiones se da! - musitó Dorotea, agarrada al torzal que la separaba de la otra -. ‘Sierva del señor que soy’, imbécil. Quién te ha visto y quién te vio. Si tú es lo que eres, de pueblo…, como yo: de Tordehumos somos. Y tu marido, de cuchara. Porque otra cosa no es. Que estoy cansada de oírte, que si tu Roque en las cuadras, limpiando mierda, los boñigos de las caballerías, y uego el chusco. Pero hija, no sé qué tienen las guerras, que, mírala. ¡Mírala que bien le va todo! ¡Qué hermosa y qué rubia que va! Pero… ¡si no tiene ni una cana! Se lo teñirá, seguro. El dinero, como todo. Si parece una pollita a mi lado. Y todavía me lleva dos años, que me acuerdo que yo sólo le llevo uno a la Zita, no, once meses; y ella tenía casi tres más, que se les murió el niño Hipólito, que estaba en medio, cuando tenía sólo unos meses….’’
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