A la memoria de una mujer castellana y






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Capitulo 6

No era Dorotea persona que se dejara amedrentar por un borracho. Así que la víspera de la comunión de la niña, la sacó de la escuela a las tres, pidiendo permiso a la superiora, pues tenía que comprarle los zapatos de la primera comunión; y en seguida galopaban madre e hija, agarradas de la mano, en dirección de la Calle Santiago. Entraron en la zapatería más lujosa que encontraron, y después de haber examinado un montón de zapatitos blancos y hecho mil preguntas al dependiente, escogieron lo más lindo y más caro que en la tienda había: y en lo cual invirtió Dorotea la suma de ambas pagas, que ese mismo día había recibido de sus dos señoritas.
‘’¡Estaría bueno!’’ pensaba, mirando con desdén a una dama de postín que también comprándole zapatos a su hijita allí al lado estaba. ‘’¿Es que mi niña es menos digna por si acaso que la suya? ¡De qué! Se creerán que son mejores por ir cargadas de joyas.’’ Y salió de la tienda con la cabeza bien alta, retadora, como si el mundo entero hubiese estado insultándola.
Lucio estaba trabajando cuando entraron madre e hija en el piso.
-Mira, papá – dijo Feli, mostrándole orgullosa los relucientes zapatos -mira lo que ma comprao mamá.
-Tu madre haría mejor en pensar qués lo que vamos a cenar – respondió el ebanista, dándole una manotada a los zapatos.
-No te preocupes – dijo Dorotea -, que no te faltará un plato de lentejas – (canturreando) -, que si quiés las comes y si no las dejas. Que pa lo que ganas, hijo. Que otros hombres bien de cuartos traen a casa, no sabes, que está una cansada ya de tanto trabajar.
Las palabras de Dorotea hirieron mucho a Lucio. – ¡Calla, asquerosa! - gruñó entre los dientes. Y sin volver la mirada, de nuevo se inclinó sobre la tarea, murmurando una maldición.
Los niños se habían puesto a limpiar unas lentejas en la mesa, esparciéndolas sobre el viejo hule, y los dos picoteaban con los dedos, sacando piedras y apartando las que tenían bicho. Empezaba a anochecer cuando Lucio puso el último toque al mueble que estaba fabricando. Se asomó al balcon.
Unas viejecitas salían a pequeños pasos de la iglesia, y los mendigos se afanaban entre ellas, pidiéndoles una limosnita por el amor de Dios. Lucio colocó los dos meniques a los lados de la boca, dobló un poco la lengua y emitió un estridente silbido que hizo mirar a todo el mundo hacia arriba.
-¡Oye, Tuerto! – le gritó a uno de los mendigos -, ¡súbete, hom, un momento!
El llamado Tuerto corrió hacia el portal, y un momento más tarde sonó el picaporte del piso.
-Entra, coño – dijo el ebanista, abriendo la puerta.
Entró el pordiosero haciendo una mueca que quería ser una sonrisa, casi doblado en dos, saludando a todos y a cada uno con un gesto exagerado de humildad.
-Anda, échate una mano – dijo Lucio, importante -, que tengo que entregar este encargo.
-Con mucho gusto, jefe. ¿Aónde vamos?
-Ya te lo diré. Ahora agarra.
Dorotea salía de la cocina en el momento en que el Tuerto se agachaba para coger una esquina del mueble. Se irguió el hombre al punto, y otra vez se puso a hacer muecas y reverentes inclinaciones.
-Diantre, ¿qué haces? – le gritó Lucio.
-¡Anda, pues hale!, ¡ya vamos! – contestó el otro, y según se alzaba, sosteniendo otra vez el mueble -: Vaya una estantería que ha fabricao su marío, señá Doro. Apuesto a que no hay mejor carpintero quél en tó Valladoliz.
-Debes conocer tú pocos – le contestó la mujer con desprecio.
Entre tanto gritaba el amo de la casa: -Venga, agarra bien, a ver si sabes. Y déjate de cuentos, que no necesito alabanzas. ¡Ebanista es lo que soy, y no carpintero, a ver si te enteras, que todavía hay clases!
-Pos claro, hombre, banista. Eso es lo que quería decir -. Estaba el pordiosero sujetando la puerta con el talón según salían los dos a la escalera.
-¡Cuidao con el peldaño! – le gritó Lucio, que venía soportando el mayor peso detrás - ¡Hay que hostia! ¡Esta escalera! Ahora no va caber el jodío mueble.
-¡Que sí, hombre! ¡Cómo no va caber! – replicó el mendigo, guiñando el ojo sano -. Si cabe la señá Doro, pos cómo no va caber la estantería.
Lucio soltó una carcajada, y Dorotea, a quien no pasó desapercibido el chiste, salió detrás de ellos, gritando:
-Si te agarro, Tuerto de los demonios, verás qué puñetazo te endiño en ese ojo sano que te queda, pa que aprendas a respetar a las señoras, pordiosero andrajoso, borracho tiñoso, indecente ratero, sinvergüenza, holgazán, feo, sarnoso.
-¡Ahí va! - se oyó la voz del mendigo en la oscura escalera -, y qué de piropos mestá echando tu parienta, jefe.
-Déjala. Que la den pol saco, tú aguanta – contestó la voz cascada del ebanista – que pesa esto una arroba.
-¡Iros a la porra! ¡Malditos!– gritó Dorotea.
Casi al mismo tiempo se oyeron las carcajadas de los dos hombres, ya en la calle.

Capitulo 7

Llevaron el mueble al encargado del Café España, que les dio cinco duros, y con ellos se fueron a la taberna del Callejón de los Boteros.
-¡Ea, vamos a bebernos una botellina de clarete, macho, pa celebrarlo! – dijo Lucio, con una palmada, al amigo.
-Gracias, hombre, pos a tu saluz.
-¡Hala, cógete una mesa! – Y haciendo una seña al tabernero -: ¡Eh, tú, Juanito! Una de clarete. - Luego, cuando llegó el vino, sirviéndole al camarada -: Ya verás, jodío Tuerto, bebe; que te va empezar a echar chispas el ojiño ese chulo que tienes.
-Sin insultar, ¡eh!, mucho ojo. No te rías, mamón, que veo yo con un ojo mejor que tú con cuatro, jodío Bicicleta de los cojones.
-Menos faroles.
-¿Ta puestas algo?
-¡Hom, yo que me voy apostar! Si no tienes nunca un cuarto.
Llegaron en esto tres flamantes camaradas, el Cabo, Bigarreta y otro más; los cuales, viendo una botella casi entera en la mesa, se acercaron con los vasos en las manos.
-Venga, machos, sentaros, que hoy invito yo – gritó generoso el Bicicleta.
Estaba la taberna a aquella hora llena de gente, hombres en su mayoría. Era un lugar inmenso, oscuro, sucio y maloliente; las dos bombillas que colgaban grasientas en el medio de la sala volteaban cada vez que una ráfaga de viento entraba por la puerta abierta, haciendo bailar las sombras en las paredes más próximas; apenas se veía el mostrador, a causa de los parroquianos que sobre él comían y bebían, arrojando con desprecio al suelo toda clase de desperdicios: cáscaras, conchas, espinas, titos, pellejos, o lo que fuera. Sobre la barra, en un nicho junto al alto techo, había unos cuantos cueros bien repletos de vino; debajo se hallaban, a espaldas del dependiente, cuatro barriles grandes y otros más pequeños, cada uno con un grifo de madera y correspondiente suspendida cubeta, en que goteaba el vino, blanco, tinto, clarete, etc. Justo encima y en el medio del mostrador, colgaba una tercera bombilla, igualmente sucia y cagada de moscas. Sobre todo en aquella parte del establecimiento, había un olor acre malsano, a vino corrompido, que el humo de tabaco de hebra no contribuía a mejorar. Y todo alrededor había un continuo ronroneo de conversaciones, risotadas, disputas, y toda clase de frases malsonantes…, puntuadas a intervalos regulares por el golpear de las fichas del dominó o los puños de los jugadores en las mesas más al fondo de la sala.
-¡Venga! – exclamó Lució al cabo de un rato -, aquí que no haiga una cara triste, cojones. ¡¡Juanito!! ¡Tráete otra botella!
El tabernero apresuróse a cumplir la orden, extendiendo en seguida la mano al Bicicleta para estar seguro de recibir su peseta. Era alto, gordo y colorado el tabernero, los brazos arremangados, un grueso mandil medio sucio, y un lienzo, que había sido blanco, en el hombro.
A las nueve, dijo Lucio a sus camaradas que él se iba, que con su permiso, que no había cenado, y que bueno estaba lo bueno, pero ojito con la niña, que su mujer le estaba esperando.
-Tú qué te vas a ir, Bicicleta, desgraciao – le gritó Bigarreta, un tipo feo y sucio a quien también llamaban el Chucho.
-No, si nós por eso –contestó Lucio, levantándose -, si es que mañana me hace la primera comunión la niña, ¿no sabes?
-¿De qué, de qué te vas a ir tú de aquí? ¡Ni primera comunión ni hostias! – lanzó Bigarreta, empujando al compañero en el hombro para que se sentara -. ¿Es que le tiés miedo a la chorva o qué? - Hizo una horrible mueca con su boca de mastín.
-¡Me cago en la Virgen! ¡Yo qué le voy a tener miedo a la chorva, coño, Chucho! Ya té dicho que me hace la hijiña la…
No le dejó el Chucho terminar la frase. – A otro perro con ese hueso – ladró.
El Tuerto intervino para decir que de verdad la hija del Bicicleta hacía la comunión mañana, y que lo había visto él; pero el Chucho, cada vez más agresivo, cortó así mismo al defensor.
-¡Qué comunión ni qué hostias! – repitió -. Me cago en Dios, si no va poder salir uno de las faldas de su parienta. Tú ni eres hombre ni eres nada.
Viéndose así humillado, Lucio, que había bebido más de la cuenta, se lanzó como un rayo sobre Bigarreta, gritando : - ¡Cuidao, Chucho, cuidao! ¡Joder! Que a mí no me ha llamao naide marica.
El otro, que casi le doblaba en tamaño, simplemente le sacudió un manotazo en el hombro, diciendo -: ¡Siéntate, he dicho! – y añadió reconciliante -: Si nós eso, coño, que tó lo tomas a mal, Bicicleta. Joder, si aquí lo que se trata es que, bueno, o se es o no se es, ¿no? Somos hombres, cojones, olvida un poco a la Doro, que ya sabemos que está muy hermosota; tú tranquilo, que un día me iré yo por allí a echarla un polvo, ya verás. Pero ahora déjala, té dicho, que la libertaz es lo más preciao que hay, alelao, más que alelao, que paece que no te quiés dar cuenta.
El Cabo, que había en sus tiempos sido militar de carrera (como él decía), se levantó a hacer las paces entre los contendientes.
-Vamos a dejarlo estar – dijo -, que no se mueva nadie. Tú no ten tremetas, Chucho. Y tú, Bicicleta, hazte a razones. Que, como ha dicho éste muy bien, la libertaz es el don más sagrao del hombre. Pero si le tiés miedo a la Doro, lárgate, chico, lárgate.
Era todo lo que hacía falta para que al Lucio le diera una vuelta el cerebro, precipitando las cosas. Olvidándose al instante de todas sus previas intenciones, rugió –: Pero joder, ¿quién le tié miedo a la Doro, cojones? -, levantándose agresivo; y como los otros le empujaran para que se sentase, el forcejeaba, testarudo, gritando -: ¡Que me lío a hostias, eh! ¡Mierda!, que os voy a sacudir a todos una…
-¡Ea! – puso al fin el Tuerto, que era el que mejor le conocía -, menos sacudir, y siéntate -, y guiñando el ojo a Bigarreta -: Aquí naide ha hablao de irse, ¿nós verdá, Lucio? - Y como éste permaneciera sentado, inmóvil, con aire compungido y triste -: Pos lo dicho, que aquí no se mueva ni Dios; porque como mu bien ha señalao aquí el compañero, la libertaz es lo que más vale, ¿nós ansí, Chucho?
-Claro que sí, lo más preciao que hay.
-Pos por eso.
Lucio no hacía más que murmurar y lamentarse: - A mí lo que me jode, hom, es que le llamen a uno así marica.
-Pero si naide tá llamao marica, más que alelao.
-Joder, a ver si no. Decir lo que queráis; pero si te vienen con questás debajo de la falda de la parienta…
Bigarreta otra vez le puso la mano en del hombro -. Venga, macho, no te pongas ansí. Que de sobra sabemos que sabes endiñarla una hostia cuando viene al caso, ¿no? Anda, bebe, que ahora es el menda quien convida.
Se trajo una nueva botella. - ¡Hale, amos, bebe! – dijo otro de los contertulios -. Que un vaso vino no hizo nunca mal a nadie. Cuanto más que ahora es pagano el Chucho.
-Razón tienes – señalaron al unísono otros dos de los presentes.
-Pos anda – dijo Lucio, más blando que una esponja -, llénate el vaso, hom.
-Así me gusta, macho. ¿Un cigarro?

-¡Venga! Me cago en la leche – gritó uno, mientras agarraba la petaca el Bicicleta.
-Pos yo…, pos bueno…- empezó éste.
-Así se habla, macho.
-¡Venga otra!
-Vaya un tío de pelo en pecho.
Aunque todavía protestaba Lucio: - Joder, hom, si es que a uno, lo que le… que le jode a uno…
-Déjalo, Bicicleta. Ya lo has dicho, hombre, déjalo. Que aquí no ha pasao nada –le dijo el Chucho, con su pesada palma en el hombro.
-¡Tú bebe y calla!  Que Dios aprieta pero no ahoga – decía otro.
Con todo, sentía Lucio otra vez esa desesperanza, un cierto malestar, una tiritona como en los peores momentos. Y no sabía por qué. ¿No tenía allí, en su tasca, a los amigos que tanto le querían, saboreado todos un vinillo delicioso? Ni por esas. Le daba vergüenza haber pasado por marica. En fin…, tendría que endiñar una buena a la Doro para que vieran todos éstos.
-¿Otro vaso, Bicicleta? – oyó que le invitaba Bigarreta.
Lo demás fueron tortas y pan pintado, ya a todo decía que sí el ebanista, y continuó deslizándose por aquel fácil camino: lo mismo naturalmente que sus contertulios, y al cabo fue un sentimiento de euforia que le entró en el alma al pobrecillo.
-Así se habla, macho - le decían sus camaradas, cada vez que abría la boca.
-¡Hom, yo!
-Que sí. Eso es. ¡Venga otro trago!
-Vaya un tío.
-Lo ves, Bicicleta. Sentra en razones, y aquí no ha pasao nada – repetía el Tuerto, cada vez que hacía Lucio ademán de levantarse o sugería qhe tendría que ir pensanso, quizás, en irse a casa.
-¡Hom, yo! – se lamentaba más que decía el pobre Lucio. A un momento dado sintió unas ganas tremendas de llorar, y se le llenó la nariz de mocos; como no tenía pañuelo, apretó la yema de un pulgar contra la nariz, aproximando al mismo tiempo el índice de la otra mano, y exhaló fuerte entre los dos dedos, expulsando un chorro de suciedad; luego se limpió el moquillo restante en el pantalón, y continuó lamentándose - :  ¡Hom, si yo! ¡Hip!…. A uno lo que le jode… es que le llamen así ma… marica… que… que le me… menoscaben… lo… lo… que tien uno de… de… de… hom….

Capitulo 8

Eran como las once cuando el Bicicleta entraba en el piso, completamente embriagado. Si Dorotea no hubiera hablado, tal vez se habría ido él derechito a la cama, pues estaba que no podía más, y allí no hubiera pasado nada. Los niños ya hacía tiempo que estaban dormidos, uno a cada extremo de la cama turca. La mujer estaba ya para acostarse.
Lucio entró, pues, tambaleándose, pegándose contra las esquinas de los muebles, después de haber tardado un buen momento en acertar con la llave en la cerradura.
-¡Ah, ladrón! – le chilló la esposa desde la penumbra de la alcoba -, ¡endemoniado ladrón!
Él se sentó sin hacerle caso, apoyando un antebrazo en la mesa, extremamente fatigado.
-Y ¿qué has hecho con los dineros que has sacao del trasto ése, eh? – siguió ella, saliéndole al encuentro.
Una bombilla débil, a corta distancia de la mesa, parecía proyectar las sombras de los dos esposos en la grasienta pared de la entrada del piso.
-No… nós n… ningún trasto – balbuceó un Lucio triste, cansado.
-Pues ¿cuánto te han dao en el café por él? Dí. O ¿te lás gastao en vino? - Dorotea había apoyado las manos en la mesa, dando cara al marido, y éste, que tenía ahora puestos los dos brazos en el hule, se volvió de lado para no verla - ¡Oh, ladrón, ladrón! Mal marido y peor padre! Pa quitarles el pan de la boca a tus hijos, eso es pa lo que vales, ¡canalla, asesino!
Lucio no respondió. Pasaron por su mente imágenes de otros tiempos, no muy lejanos, representaciones fugaces que le hablaban de una vida de miseria, de sufrimiento y de dolor…, y, aunque no quería detenerse en ellas todavía le dolían, le marcaban, dejaban un peso horrible en su corazón. Si hubiera sabido hacerlo, habría llorado a borbotones.
-Eso es lo que haces con lo poquísimo que ganas, ¿no? – insistió Dorotea.
-A… aquí lo tienes – respondió él, extendiendo una mano hacia atrás para depositar, sin mirarla, seis blancas pesetas en el banco de trabajo.
Los ojos de la mujer, ojos hundidos que habían sido grandes, luminosos, se abrieron espasmódicamente, mientras de su boca salían disparadas las palabras: - ¡Ay, ay, ay madre, ay madre! ¿Esto sólo? ¿Ná más que esto? - Apretaba las monedas de niquel en la mano, una mano hinchada de tanto trabajar, de tanto fregar suelos y hacer las coladas de otros, de otras, sus ricas señoritas…, y no parecía sino que las iba a triturar, destruir el vil metal; y todo el tiempo de su boca salía ese estacato de lamentos, gritos, sollozos, como si la hubieran estado degollando viva -. ¡Ay, ay, ay, qué dolor! ¡Ay qué angustia, qué agonía! Pero ¿es esto marido? ¡Ah, canalla! ¡Ah, borracho! ¡¡Asesino!! ¡¡Ay, ay, ay, ay!! – Hasta que le vino la melancolía y se puso a llorar como una descosida. Apretándose las mejillas, por las cuales resbalaban las lágrimas, se lamentaba - : ¡Lobo asesino! ¡Rebelde! ¡Blasfemo! ¡Ay, Señor y su Santísima Madre de los Remedios! Y ¿qué se va a esperar de un sindiós que lleva el demonio en el cuerpo? ¡Desventurada de mí! ¡Ay, qué desgraciada soy! ¡Qué cruz me ha tocao llevar!
-C… calla, sandia, asquerosa. Ya empiezas con tus br… brujerías. No… no… no magas que te sacuda bien el polvo.
-¿A mí? ¿Tú? ¿Sacudirme tú a mí? Pues no faltaba más.
-Sí, zorra – dijo él, levantándose -, a… a ti, ¿quiés verlo?
A los gritos se habían despertado los mellizos, que estaban ahora sentados contra la pared, cada uno a un extremo de la cama turca, tapándose ambos la cara con la manta.
-Sí, z… z… zorra, ¿q… q… quiés verlo ?, pos ¿q… quién tás creío queres? Z… zorra, z… zorra, zorra, zorra – repetía Lucio con la obstinación del borracho. De repente, sintiéndose muy mal, hizo para dirigirse al balcón, apoyando las manazas torpemente en el banco de trabajo; mas no acertaba a pasar de allí; resbaló, y cayó, como por azar, sentado en una silla.
-¿Cómo te atreves? - iba diciendo entre tanto la esposa -. ¡Hablar así de la madre de tus hijos! Delante de estas criaturicas.
-P… pos te lo llamo… z… zorra y aún más… puta, mil veces puta. Así. – Y dando de repente un manotazo en la mesa -: ¡Venga, la cena!
-¿Qué cena quieres tú, borrachón? No hay cena que valga. ¡Hale!, que te den de comer los amigos. A estas horas. No sé que te has creído.
-¡La cena! – gritó el otro testarudo.
-¡Que te crees tú eso! Si quiés cena, la pintas. Borracho, que no piensas más que en el vino.
La furia del ebanista había empezado ya a disminuir cuando pronunció Dorotea la palabra ‘vino’. Dando un golpe tremendo en la mesa, soltando un hipo de cuando en cuando, trató de hacerla entrar en razones
-¿Es que no p… pué uno ni si quiá b.. b… beberse un chato con los amigos, eh? La li… la liber… la libertaz… ¡hom!… la… la…- y olvidándose de lo que iba diciendo, concluyó en un tono más bien conciliador -: Anda, dame la cena y no gastes bromas, n… no… no me jodas.

-Ya té dicho que si quiés cena, la pintes – dijo ella, envalentonándose a medida que el otro se apaciguaba, medio dormido como estaba ya -. No hay nada de nada, para que te enteres. Haber venido a su hora.
-¡A s… su hora, a s… s… su hora, maldita sea! Si no son ni las once. A ver, ¿p… p… por qué no mabéis esperao?
-Porque no me dio la gana.
-Bueno, pos… pos si no ha sobrao nada, pos anda, hazme otra cosa.
-No quiero.
Lucio, cada vez más soliviantado, volvió a las voces: -¡Que me dés la cena!
-Ya pués chillar.
-¿Q… quién chilla, bruja, q… quién chilla? – gritó Lucio a pleno pulmón. Y, levantándose otra vez, agarró una lima del banco y fué hacia la mujer, que al instante retrocedió hacia la cocina. Perdió con ello el equilibrio Lucio, que cayó de bruces al suelo.
A pesar del miedo los mellizos no pudieron contener la risa, lo cual terminó de enfadar al ebanista. –También habrá pa vosotros, n… no… nós preocupéis – les gritó, incorporándose lo mejor que pudo. Y el diablo, que todo lo enreda, hizo que, al ir a apoyarse en un silla para levantarse, sus manos topasen con los zapatitos de la primera comunión -. ¡Ajá! – exclamó, dando un grito salvaje de triunfo -. Aquí está. ¿Es esto, d… derrochona? – gritó a la mujer, agarrando los zapatos -, es esto lo que piensas da… darnos de comer… ¡hip!, dahora en adelante? -, al tiempo que abría el balcón de par en par.
Dorotea, adivinando sus malas intenciones, se lanzó hacia él con un alarido: - ¡Deja eso, bestia! Que los zapatos no se han metido contigo.
Lucio esquivó el ataque y, con más rapidez de lo que hubiera podido esperarse de un ser en su estado físico y mental, lanzó los zapatitos a la calle, soltando una carcajada. Dorotea corrió al balcón, escudriñando en la oscuridad, y Lucio, a su lado, empezó a vomitar, arrojando en el vacío ríos de una materia coloidal color vino burdeos.
La esposa empujaba al borracho contra la barandilla del balcón, a ver si de una vez se deshacía de él. La niña lloraba por sus zapatitos blancos como una descosida El único que en el cuadro familiar actuó en aquella ocasión con algo de sentido común fue Lucito que, metiéndose los pantalones, salió corriendo a la calle en busca de los zapatos.
A poco Lucio, volviendo a entrar en el cuarto, halló otros objetos en los que ventear su furia. En el respaldo de la silla donde habían estado los zapatos, se extendían, preparados para el sacramento de la mañana, el hábito y ornamentos de la primera comunión. El velito blanco fue lo primero que atrajo la atención del embriagado jefe de familia. - ¡Ajá! – exclamó, levantando el vaporoso tejido en sus manazas de obrero.
Esta vez Dorotea no pudo contenerse. En un ataque de histeria, arremetiendo contra el marido como una amazona de leyenda, le dio al pobre una tal sacudida que le hizo besar el suelo por segunda vez. Siguió un cuerpo a cuerpo encarnizado, en el que menudearon los mordiscos, arañazos, golpes y estirones de pelo; y por música de fondo los gritos y lamentaciones de la desfortunada Feli.
Hubo una gran conmoción en la escalera, por donde ya subía Lucito (que había recuperado los zapatos), al cual se había unido el carbonero que corría a ‘apagar el fuego’; les seguía la Juanita, que bajaba del tercero, y la última en llegar, falta de aliento y silbando como una bruja, fue la señora Amparo que, aunque no se llevaba bien a la sazón con Dorotea, no había podido resistir la tentación de ver lo que pasaba.
Entre todos separaron a los esposos. Lo que no impidió que continuara el alboroto. La buena de Dorotea, en una silla, lloraba cubriéndose la cara con las palmas de las manos, para ocultar las lágrimas, que le bañaban los carrillos. Los vecinos hablaban todos al mismo tiempo. El señor Fermín trataba de poner orden, alzando su voz asmática por encima del cacareo de las féminas. Su amigo Lucio, a quien un sudor frío subía ahora y bajaba por el cuerpo, se puso a cuatro patas, buscando con las palmas de las manos sus gafas, que había perdido en la pelea. Feli seguía lamentándose, esta vez a grandes voces, el destrozado velo blanco en las manos; mientras que Juanita, la del tercero, trataba de consolarla, ¡majina!, diciéndo que ella tenía uno mejor, escondidito en un cajón, y que si subía con ella a buscarlo, se lo daría para que no llorase.
El pobre Bicicleta estaba agotadísimo, y, cosa extraña, se había despabilado no poco, su furia de borracho dando paso a una melancolía triste y llorona, de persona incomprendida, abrumada por las calamidades de la vida.
El carbonero trataba de consolarle. Era él quien había encontrado las gafas, y estaba calándolas en la nariz de porro del amigo. Y al cabo de mucho filosofar sobre unas cosas y otras, le convenció al ebanista para que bajase a la calle y se fuera con él a dar una vuelta, diciendo que el aire de la noche le sentaría muy bien y que se le calmarían los nervios.
Lucito se había vuelto a dormir, en su porción de la cama turca, como si tal cosa. La del tercero se había al fin llevado a la niña, calladita y casi contenta con la promesa de un nuevo velo. Así que se quedaron solas en el cuarto Dorotea y la vieja Amparo, sentadas en sendas sillas, platicando, la sucia bombilla cayendo literalmente entre los dos pares de narices. Y de la plática pronto pasaron las dos al cotorreo: que había que ver qué sufrimientos daba la vida, que cómo estaba todo de mal, y cuán perversos eran los hombres.
-Te digo, Doro – decía la anciana, apretando bien las peladas encías -, que los hombres son muy malos, muy requetemalos. Y no escluyo a mi Ricardo, mira (que Dios le tenga en su gloria), no te creas. Que tamién él empinaba el codo de lo lindo, ¿no sabes? Que más de una vez me lo trajeron al piso a cuestas. Ahora que eso sí, hija, respetuoso que no veas. Que nunca se lubiera ocurrido a él desgarrar un velo de la primera comunión ansí. ¡Jesús, José y María, poner las manos en un objeto sagrado! Ni ocurrírsele, mira tú, ¿cómo iba él a treverse hacer una cosa ansí? Claro que como no teníamos hijos, no sabes, pos eso. Pero aunque los hubiéramos tenido, mira. – (sacando hacia delante la espinosa barbilla) – Además que no lubiera dejao, mujer. Pos buena soy yo. Si es un sacrilegio, Doro, lo que ha hecho tu marido, que tú lo sabes bien. Verás, vete a preguntarle mañana al capellán de las Hermanas, a ver lo que te dice. Y tu Lucio lo que tié que hacer es ir a confesarse enseguidita, qués un pecao mortal, hija, lo que ha cometido. Y si, por un decir, se nos fuera a caer muerto esta noche, pos que su alma iría derechita a las calderas de Pedro Botero, tú lo sabes. Que te lo digo yo, boba, al infierno derechito, ¡Virgen Santísima! Pos no es grave, que digamos, el romper un velo santo de la primera comunión, destrozarlo ansí. ¡Qué furia! – Y se chupaba pensativa sus encias de anciana -. Mira, pa qué hablar más: mañana nos vamos todos muy tempranico al convento a confesarnos, boba, para animarle a que se confiese él tamién, ¿no sabes? Que le hará mucho bien, que te lo digo yo, Doro. Y en demás qués un día muy importante pa tu Feli, que ya sabes tú que la quiero mucho. Hay que celebrarlo en la Gracia de Dios, toda la familia, que yo ya me considero como de casa; tantos años juntos, mujer. Claro que sí. Y que la veamos casada. Y hasta entonces, ya lo he dicho, hay que celebrarlo. El día de la Primera Comunión, ¡calcula! El más importante por ahora de todos los días de su vida, a ver si no…, que eso de recibir a Dios, no sabes…, al menos yo menrecuerdo que cuando yo la hice, allá por el año ochenta….
Dorotea no la escuchaba. Sus grandes cejas espesas arqueadas aparecían ahora fruncidas como dos cuchillos moros, largos, afilados, negros, aumentando su tristeza la melancolía de esos dos ojos hundidos. Se mordía casi imperceptiblemente los labios, primero uno, el superior, dejando ver apenas los dientes, unos dientes casi perfectos, de mujer todavía joven. Había en su rostro un vago aire de algo muy triste, melancólico, como una gran pesadumbre, arrepentimiento tal vez. ¡Ah, volver atrás, poder dar vuelta al tiempo, corregir un error, deshacer lo ya llevado a cabo, ay, si la Virgen Santísima le concediera ese don! Una expresión que hubiera hecho llorar a cualquier ser que hubiera sido menos egoista que la señora Amparo. De vez en cuando se llevaba distraídamente la mano izquierda a la boca (con la derecha estaba como acariciando una lima que alguien había dejado en la mesa) y se mordía una uña, una sola, siempre la misma, la del pulgar, metiéndola entre los dientes de lado, buscando vanamente algo que roer y que no existía ya. Sí. Mañana su Feli haría la primera comunión, y le parecía acordarse de aquel día feliz cuando ella misma hizo la suya, allá en el pueblo, cuando todavía estaba en vida de su augusta madre. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había ocurrido todo esto? ¿Quién había desencadenado el torbellino éste terrible que todo lo atropellaba? ¿Qué maldición pesaba sobre esta familia suya que nunca nada parecía salirles a derechas como a las otras familias? ¿Por qué el Buen Dios no les permitía a ellos que tuvieran un buen recuerdo de la primera comunión de la niña (una cosa tan sagrada como es el recibir el Cuerpo de Jesús), y a otros sí, por qué, por qué, por qué? Y ¿por qué había ordenado el Señor que ocurriera esto hoy, precisamente hoy, para amargarles la fiesta, y que no tuviera su niña una comunión como las demás; por qué tenían que ser sus hijos, sólo sus hijos, los que pasaban hambre, privaciones, y ahora este disgusto y esta amargura? Como si no fueran ellos tan dignos, angelicos, como los hijos de otras madres ricas, enjoyadas, presumidas. Por un instante pensó en los zapatitos blancos, que habían generado tanto revuelo, tantos disgustos, y esa lucha vergonzosa entre los esposos, tirados por el suelo como dos cafres, que eso es lo que eran. ¿Cómo olvidarlo ahora? ¡Zapatos blancos de charol, qué mierda! ¡Maldita sean, maldita sean mil veces ! Y ¡maldita sea la Primera…! Se calló horrorizada. Le había venido al pensamiento, ¡blasfemia tal, Señor!, no había podido evitarlo. Asustadísima, se agarró con fuerza los alborotados cabellos y tiró de ellos, tiró, tiró…, y empezó a temblar como el azogue, y estuvo así, tiritando, unos minutos.
La vieja Amparo seguía haciéndole compañía; pero no parecía darse cuenta del estado de humillación y de miseria moral en que se hallaba su joven amiga. Algo que salió de la boca de la viuda felizmente hizo cambiar a Dorotea de pensamiento. ‘’Pero, qué más da; si no hubieran sido los zapatos habría sido otra cosa. ¡Si no es la primera vez! ¡Qué marido!’’ Y le vino a la mente la representación de un Lucio saliendo de la cárcel, y esa cara chupada, el gesto fruncido, esos ojos estrechísimos, que denotaban rencor; rencor por lo que habían hecho con él en Miranda, y en Simancas; y rencor por lo que ella le había hecho… y ¡habían pasado tantos años, tantas cosas, tanto sufrimiento!. ‘’No. Si no me ha perdonado. Lo sé. Ni me perdonará nunca.’’
Oyó como la señora Amparo repetía por la enésima vez: -Desengáñate, Doro, maja, que los hombres son muy malos; y nosotras, las mujeres, tampoco nos quedamos atrás…, que somos todos, toditos, muy malos, muy requetemalos…, y nos tié que castigar mucho Dios, que te lo digo yo…, que Dios es muy bueno y muy justo y no deja de castigar nunca a los malos…, y que castiga sin piedra ni palo, que los refranes es lo que tiene….
Muy malos. El mundo entero muy malo. No hacía falta más que pasear la mirada alrededor. Empero…. Recordó que su Lucio no había sido siempre así. Al contrario, había sido antaño un hombre justo y bueno y muy trabajador, un padre afectivo y generoso, y que la había amado siempre mucho. Le pasaron por la mente mil escenas del pasado, como un torbellino, escenas casi olvidadas ya…, aquel viaje a Tordehumos durante la luna de miel, el regreso, y la ebanistería… un Lucio contento y orgulloso, su afición al trabajo, lealtad a los amigos, deudos y parientes, los paseos en familia los domingos a la orilla del Pisuerga, las Moreras, y el Campo Grande, el baño entre la multitud las tardes de toros en la Calle Santiago y el Paseo Zorrilla, los atardeceres en la Rubia con su amiga Zita, y aquel bravo Agapito, las meriendas en un merendero, aquella paz y aquel amor…. ¿por qué, por qué había ocurrido esto otro? ¿Qué era? ¿Qué había pasado? ¿Qué había venido de repente - o quizás no tan de repente - a cambiarlo todo… tan contundéntemente? Y… ¿quedaba aún una posibilidad de viva normal para ellos, una chispa en el horizonte, ese antiguo entusiasmo, planes, una intención y un deseo… una mínima esperanza?
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