A la memoria de una mujer castellana y






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Capitulo 3

Haciendo un esfuerzo supremo, había la familia Muñeiro comprado un banco de carpintero y unas herramientas viejas, habían colocado la mesa de comedor contra la pared de la derecha, entre la alcoba y una cama turca que junto al balcón había estado todo el tiempo, y habían pegado el banco contra el tabique que separaba la exigua pieza de la todavía más exigua cocina. De cuando en cuando le salía al hombre una faena, simple chapuza generalmente: el tío Urbano que le mandó una vez hacer una mesa de cocina para el piso que acababa de abrir en Valladolid; y en otra ocasión, un par de taburetes; luego una vecina que le encargó algo parecido; más tarde un mostrador para la carbonería del señor Fermín; un estante para la lechera. Así se sacaba algo para ayuda de lo que ganaba Dorotea, y con ello iba tirando la familia. Pero en seguida fueron acabándose los encargos, y el día es muy largo cuando se duerme poco, y el ebanista se pasaba ahora días enteros sin hacer nada, casi siempre junto al vidrio frío del balcón, consistente en un solo batiente, pues el otro, al otro lado del tabique, correspondía a la cocina.
Hay pocas cosas que desmoralicen tanto al trabajador como el paro forzoso, el conocimiento de que lo único que no te han usurpado enteramente los ricos, tu fuerza de trabajo (de que han siempre tenido el usufructo) ya no te sirve, es superfluo, no lo quieren; ni siquiera para explotarte.
En el hueco del medio balcón, contemplando el cielo gris de plomo sin saber qué hacer, Lucio meditaba. Irremediablemente, le volvían las imágenes, ésas que él había hecho tanto por evitar, aquellas de los primeros días sobre todo. Veía las caras emaciadas de sus compañeros de tortura, marcados por la muerte. Oía los aullidos espeluznantes de los condenados, las descargas del pelotón de ejecución; la noche negra. Momentos de espanto, esperando su propio turno.
Entonces, quieto junto al balcón, la frente inclinada contra el vidrio helado, sentía él otra vez esa muerte. Se llevaba las manos temblonas a las sienes, cerraba los ojos y se ponía a chillar, llamar, clavar las uñas en su propia carne; era más fuerte que él. Se le repetía en el subconsciente todo aquello, los gritos que había oído en la oscuridad de una mazmorra, ¡Auxilio!, ¡Sacádme de aquí, que me ahogo, que me axfisio, no puedo más !
La muerte tan temida, tan deseada en los momentos difíciles, esa muerte liberadora al fin, no le llegó nunca; le había pasado de largo, por así decirlo. Y en una camioneta cargada de fantasmas lo habían transportado a Miranda de Ebro: la agonía de la larga noche helada, la estrecha carretera entre dos páramos, la nausea en los labios, los ruídos de la guerra. Un campo de concentración. Se hicieron menos frecuentes los palos: cuerpos debilitados por la agonía de esperar la muerte en el paredón, pasándose los días a pan y agua, los trabajos al borde de la locura, los nervios ya destrozados para siempre. Gracias al Cielo, había algunos lugareños que, so pretexto de ayudar a los penados a lavar la ropa allí en el río, traían escondido algún regalo entre las sayas (eran siempre mujeres las más valientes), una patata cocida, un boniato asado, y hasta que, una vez, una les trajo un pan de higo. Ya muy enfermo le habían trasladado a Muñeiro a Burgos. Entre otras cosas empezó a fallarle la vista (y él que ya lo llevaba de herencia.) ¡Qué de dolores en la frente y en los ojos, entre las cejas! Aun hoy día, aunque llevaba gafas, tenía que hacerse sombra con la palma de la mano para poder distinguir cuando, pegado al balcón, miraba la calle, casi cerrados los pápados.
Así pasaba las horas, sus días de parado forzoso. Y luego las largas noches de insomnio, que parecían eternas, a veces llorando contra la almohada. Y el día, siempre muy solo, evitando que le viera la gente, huyendo del pasado y de sí mismo. Sentía la angustia que debe sentir un animal objeto de la caza que se siente acorralado, que sabe que va a ser desgarrado a muerte y que no puede hacer nada para salvarse.
De esta manera, poco a poco, fue el pobre Muñeiro, entre otras cosas, olvidándose del oficio: cada vez le temblaban más las manos; todo su ser sollozaba.
Le miraban los vecinos, que le sabían sin trabajo, achacaban su malestar a los nervios, quizás una enfermedad oculta. ‘’¿Qué, todavía sin trabajo?’’ ‘’¿No te sale nada?’’ le preguntaban, esas miradas, esos ojos curiosos. ’’No, nada,’’ respondía él. ‘’¿Pero cómo, hombre, no te sale una chapuza aunque nada más sea?’’
Había buscado, sí, una chapuza, un encargo, trabajo en una obra, algo. En un principio. Ahora ya nada. Sólo sentía esa necesidad de esconderse, estar solo, quietecito en un rincón. ¡Que me dejen, que me dejen, que me dejen solo!
Cuando se hallaba por casualidad en la calle, una de las calles del barrio, él bajaba la mirada, se encogía de hombros para hacerse pequeño, ¡que no, que no le vieran! Si alguien venía, en seguida ocultaba las manos, se apartaba y, si podía, corría a esconderse en un rincón. O se iba al parque, entre los árboles, que parecían brindarle su amistad, pasiva, pacífica. Los hombres no. Los hombres le preguntaban, insinuaban, insistían, le ponían muy nervioso. Intentaban animarle y le angustiaban más. ¡Que no, que no! Que se olvidaran de él, eso es lo único que les pedía. Hasta que un día….
En aquel tunel de miseria y de desesperación, vio el pobre un rayo de luz. En medio de su soledad, de aquella agonía que nadie comprendía, vio Lucio Muñeiro Castro una salida, un escape. No podía ser más que temporal, desde luego, pero al fin y al cabo era un escape. Y desde aquel día, en los momentos en que su angustia se hacía insoportable, que se sentía muy bajo, muy gente baja, como apisonado por escondidas fuerzas poderosas contra el suelo, ese suelo de baldosas rotas de arcilla de un piso miserable y frío, se ponía su viejo chaquetón de pana, enroscábase una bufanda al cuello, y salía silencioso del piso, y del portal a la calle; y piano piano subía la cuesta de Queipo de Llano (antigua de la Libertad), se llegaba a la Fuente Dorada y entraba en la taberna, donde no faltaba nunca un alma sana y generosa que lo invitara a un chato de tinto.
¡Oh, sublime inspiración divina!  ¡Qué acierto y qué previsión! Qué mezcla de humano entendimiento y misticismo religioso el haber hecho flotar aquellos años, en los aires de la Nueva España, esos efluvios mistificadores, ríos de alcohol, ese aroma de un vinillo abundante siempre en todas partes … ¡Oh líquido feliz que acaricias el paladar, que regalas la garganta camino de un estómago vacío! ¡Oh Salvador de la Patria, Nueva Encarnación del Verbo y Generalito de los Ejércitos, haber dejado ese néctar de los dioses, a tan bajo precio, al alcance de todos (o casi todos) los bolsillos españoles durante aquellos horribles años del hambre! En el medio de tanta privación, tanta muerte y tanto horror, he aquí que una cierta inspiración divina, algo enorme sacrosanto, debió mover al verdugo visible de la patria a imponer esos precios ínfimos del vino, clarete, blanco, tintorro, y aguardiente, orujo, cazalla y otros necesarios a fin de que, de seguro, pudieran todos juntos en unión rociar ese Nuevo Amanecer con ríos caudalosos de inagotable maná de todas las clases y colores. El idealismo, sí, claro, había vencido la metafísica, ¡ya podía estar contenta nuestra santa madre la Iglesia! Las fuerzas imperecederas del espíritu, vaporoso y santo, habían triunfado al fin sobre el materialismo atéo y soez que habían tratado de implantar los rojos.

Capitulo 4

Entró Dorotea en la cocina, donde con ayuda de unos trapos encendió la lumbre. En un instante el cuarto se llenó de humo.
-¡Hay que joderse! – gritó Lucio desde el comedor -. Podías al menos haber abierto el balcón; que no sabes ni prender el fuego

-Está ya abierto, sabiondo – contestó ella de mal humor.
Lucio empezó a toser. Salió dando un portazo, y volvió una hora más tarde, apestando a vino. Los niños ya habían vuelto de la escuela y estaban poniendo la mesa. Al empezar la comida, Dorotea, que esos días era el espíritu de contradicción, se empeñó en que tenían que bendecir la mesa.
-Pero ¿a santo de qué, idiota? – profirió el marido -. Si nunca se ha rezao en esta casa.
-Pues por eso – replicó ella, testaruda -, pa ver si cambias un poco. Has de saber que pa que nos ayude el Señor hemos de estar en su Gracia.
-¡En su gracia! La gracia que a mí me hace – dijo él, irritadísimo -. Anda, no me hagas que te sacuda una hostia.
-¡Ay, ay, ay, qué burrada ! – gritó Dorotea, llevándose la mano a la boca -. ¿Cómo nos va ayudar Dios con un bestia de hombre así?
-Me cago en la leche. ¡Tanto Dios, tanto Dios! Díle que nos envíe de comer, si tanta fe tiés en él.
-¿Pero cómo nos va enviar de comer, si estás tú tol día ofendíendole, blasfemo, más que blasfemo. Que Dios castiga y no a palos, que lo decía ya mi abuela.
-Pos a nosotros bien de palos nos está dando, el buen Dios de los cojones.
-¡Ay, ay, ay, ay! Tú sigue, sigue por ese camino y verás qué de castigos nos manda el Señor. ¿Es que no te das cuenta que to nos sale mal por tu culpa? Sí, nada más que por tu culpa, rojo, que ni vas a misa ni nada. Si así no nos pué salir nada bien. ¡Ay, qué desgracia!
-¡Cállate o te parto la crisma, me cago en Dios!
Dorotea no pudo aguantar más. Llevándose las manos a lo alto de los carrillos, de manera que le saltaba los ojos espantada, rompió en alborotado llanto. ¡Ay, ay de mí, Virgen Santísima! ¿Era esto hombre?  ¡Qué de blasfemias, qué salvajadas! Pero cómo iba a ayudarles el Altísimo, si era imposible, si así no podía ser. ¿Cómo iba Jesús a tener cuenta de sus propias oraciones del Viernes, si luego el bestia ése le ofendía así? ‘’Anda, cafre,’’ le decía, ‘’ya puedes ir a confesarte cuanto antes, que si no, nos van a caer los castigos a montones, que blasfemar es como arrojar el Divino Cuerpo de Jesús en un nido de víboras, que lo dice el catecismo, para que lo sepas, veneno, más que veneno. Vuelve, vuelve esos ojos hacia estos angelicos inocentes, que van a recibir todo ese castigo en sus cabezas, pobres criaturicas. ¡Soberbio, más que soberbio! Que es todo tu culpa, todo. Ya puedes ir a confesarte.’’
-Yo qué me voy a confesar, ¡imbécil! – articuló el marido, dando tal golpe con su manaza en la mesa que hizo saltar los platos -. Eso tú, queres amiga de los curas, ¡vive Dios!, y sabes hacerles bien la pelotilla, zorra, queso es lo que eres.
La discusión terminó abruptamente, con un portazo que retumbó en toda la escalera; y un nuevo viaje de Lucio a la taberna, donde en seguida olvidaría el pobre sus penas, bebiendo y charlando con los amigos. El templo sacrosanto del Callejón de los Boteros, en la Plaza de la Fuente Dorada. Allí encontraba el ebanista el amor que le faltaba, esa pasión que había sentido en otros tiempos por la hermosa Dorotea. Y allí encontraba la paz que tanto necesitaba: una especie de sopor que le hacía olvidar toda esa tragedia personal que le agobiaba…, el hambre, el frío, la falta de trabajo y… el recuerdo de aquellos horribles momentos que con tanta viveza y claridad de cuando en cuando le llegaban del pasado, llenándole de miedos y temblores.
Era empero un alivio bien pasajero, una euforia engañosa envuelta en frágiles efluvios, que no tardaría en dar paso otra vez a un pesimismo acerbo y negro. Luego, por la noche en la cama, se despertaría de repente sobresaltado, pensando hallarse otra vez en la mazmorra, listo para ser conducido al paredón… o recibir una paliza de muerte. ¡Qué difícil resultaba desterrar de la mente aquel martirio!

Capitulo 5

El sábado por la mañana iba Dorotea a la compra. Salía con el alba, y ya la calle en que se hallaba la tienda de ultramarinos estaba llena de gente. Todavía no habían dado los de Abastos las cartillas de racionamiento, y ¡allí era sálvese quien pueda! A las ocho llegaban los guardias y empezaban a organizar la cola, empleando las porras que era un primor. El hambre formaba las colas, y aquellos hombres de uniforme gris y mosquetón al hombro eran para la masa de empobrecidos mortales los abogados del hambre, enviados por la Autoridad para hacer que continuaran pasando privaciones. Sólo había que ver las expresiones de aquellas pobres criaturas famélicas, aterradas, cuando uno de los guardias soltaba: - ¡Eh, usté!
-¿Quién, yo?
-Sí. Usté no estaba ahí. ¡A la cola!
Y oír los terribles chillidos de una mujer, una joven madre o una anciana, siendo arrastrada hacia el final de la cola, donde se quedaría sin llegar a entrar en la tienda, para comprar los garbanzos o las alubias o lo que hubiera aquel día, después de haberse pasado la mañana entera esperando, pobrecilla.
Cuando al fin el tendero, gordo como un tocino, levantaba el cierre para abrir el establecimiento, aquello era peor que la revolución. Por mucho que hicieran los grises, siempre había gente que se colaba, aprovechando la confusión. Los más débiles caían empujados por la marea, los niños lloraban a lágrima suelta, las matronas se arañaban unas a otras o se tiraban de los moños, insultándose como brujas.
-¡Que no me empujes, coña!
-¿Quién empuja, eh?
-¡Ay, ay, ay! ¡Que viene el guardia!
-Es esa mujer que está empujando.
-¡Claro! Tenía que ser yo; lo dijo Blas, punto redondo.
-¡Pendejo, qués ustez una pendejo!
-¡A callarse tocan! – levantando el guardia la porra, amenazador -. A ver a quien tengo que aplicar esta medicina.
-¡Ay! Pero ¿por qué me pega, si yo no he hecho nada?
-¡Respete a la autoridaz! Que todavía no ha sentido usté nada.
Un grito, unos metros más arriba -: Endemoniao de guardia.
-Abuela, que pa usté también habrá si no se calla.
-Vergüenza le debería de dar.
-Sin rechistar, le he dicho que sin rechistar, ¡eh!; questá hablando con

la autoridaz..
-¡Anda y que te zurzan.
-¡Ay, ay, ay, ay!
-Pero hombre, ¿es esto país civilizado, o qué?
Cuando Dorotea regresó a casa a la hora del almuerzo, se hallaba Lucio por casualidad haciendo una chapuza que le había salido en el barrio (una estantería que le había ‘proporcionado’ el limpiabotas de un café.) Dorotea recalentó unas lentejas que había dejado al salir cociendo a la lumbre, la cual se había apagado. Y, con la ayuda de los mellizos, en diez minutos estaba ya todo listo para comer. Pero, con las prisas, se le había olvidado a la pobre comprar el vino, y Lucio, que estaba cansado, se puso a dar voces.
No faltaban motivos para las disputas; unas veces que no había vino u otra cosa; otras era la comida, que si los garbanzos estaban como balas, o las lentejas llenas de piedras y bichos, o no había pan, o lo que fuera. O bien era porque la imbécil de la esposa hacía mucho humo para encender el fuego; o que mencionaba mucho a su señorita, o estaba siempre dándole a la lengua, o se quedaba en la calle charlando con las vecinas y todo andaba en la casa cabeza abajo, que era aquello un aparvador. Lo mismo daba: ocasiones no faltaban nunca.
A menudo era a causa de los niños que reñía el matrimonio: que si se gastaba mucho en ropas, o en calzado, pastillas para la tos, ungüentos, cuadernos, o lo que viniera al caso. Y ¡que así no se podía seguir, que no iban a llegar los cuartos para nada, derrochona! Y ¡que ya estaba el hombre harto de tanto gasto, que ahí no daba el dinero para nada!
Fué precisamente a causa de un pequeño incidente en relación con la primera comunión de uno de los mellizos que tuvo lugar la primera gran batalla campal entre los dos esposos una noche de primavera de 1940.
Lucito había hecho su primera comunión en el pueblo, cuando acababa de cumplir los nueve años, como debía ser; pero cuando le llegó el turno a la niña, unos días más tarde, ésta cayó enferma con el sarampión, y tuvieron que dejarlo para otro año. Luego, con el regreso a la capital y la necesidad de buscar una escuela de caridad para cada uno de ellos, dejaron pasar otro año. ¡Mejor, así esperarían a que volviera el padre, y harían las cosas en familia, como Dios manda!
Y, desde el regreso de Lucio, la Feli no había hecho más que pensar en la primavera y en el día en que recibiría a Dios, con su vestidito blanco, para que la vieran todos. Llegado el mes de mayo, Dorotea habló con sus señoritas (ahora hacía la colada en dos casas), las cuales en seguida la sacaron de apuros, proporcionándole una el vestido blanco y la otra, indirectamente, el velo y una corona. Esta última, doña María Cristina, incluso le prestó el librito de nácar con broche de oro y un rosario de perlas que habían llevado ya dos de sus hijos. Y las tías de la Fuente Dorada sacaron de alguna parte un Crucifijo de plata con cordón de seda en bastante buen estado. Sólo faltaban los zapatos. Se habló de teñir de blanco las viejas sandalias del colegio, o de comprarle unos zapatos de lona. Pero no. Feli insistió. Tenían que ser zapatos blancos de charol. Dorotea no andaba muy convencida, pero bastó que su marido dijera que a santo de qué iban a comprar ellos zapatos nuevos para la tontería esa de la primera comunión, para que pasara ella inmediatamente a argumentar lo contrario.
-Pues claro que ha de ir con zapatos blancos la niña – gritó -. ¿No es ella hija de padre y madre como las demás?
-Siempre llevándome la contraría – respondió el marido, sin mirarla -. Mula, más que mula. ¡Pos hale!, a gastar. Gástate todo lo que tenemos. Que te lo he dicho mil veces, Doro, que eres una derrochona. Que no están los tiempos para compras, y tú ¡erre que erre!
-¿Derrrochona? ¿Soy una derrochona na más que porque pienso en la primera comunión de nuestra hija? Al fin y al cabo es pa recibir al Santísimo – dijo ella, calmándose reverente -. Que Dios to lo merece; o ¿es que quieres que vaya al altar como una pordiosera?
-¡El Santísimo! – chilló Lucio con sorna -. Ya estás con tus brujerías -. Y, soltando una carcajada malévola -: Anda, que si nós más que eso, ponle las alpargatas, que Él no lo notará, digo yo.
-¡Ay, ya está blasfemando! – gritó alarmada Dorotea; y, llevándose las manos a las sienes -: ¡Ay, ay, ay, ay! Mira, que nos traes tú la ruina a esta casa con tus burlas y tus burradas, ¡ay, el escarmiento que nos va mandar el Señor!
-Pero ¿quién está blasfemando, idiota, más que idiota?
-Tú, animal, ¡tú!, que ni los salvajes blasfeman así contra el Señor.
-Calla o te parto la cara.
-No, no me callaré. Que ya bastante me he callao en los trece años que llevamos casados. Lo digo y lo repito, que pa recibir a Dios todo es poco.
-¡Cállate, te he dicho! No quiero oír ni una palabra más. ¡Hom, haz lo que te salga de las narices!
La cosa podía haber acabado ahí, y aun podría haber ido Dorotea a comprar los zapatos a la niña y quizá nada hubiera pasado. Pero Dorotea, esos días, una vez que se le desataba la lengua, no había quién la parase. Pensando que tenía que decir la última palabra, añadió: - De toas formas, mejor es gastárselo en Dios quen la taberna, ¿no? Que tú lo del otro: no voy a misa porque estoy cojo, y sí a la taberna poquito a poco.
Lucio se irguió apoyando una mano en la mesa, la otra en el banco de trabajo, se quitó las gafas y, aproximando dos ojos como chispas, le gritó a la mujer: -Como vuelvas a mentar la taberna te machaco los sesos.
-A ver si no – contestó ella, retrocediendo -, si no bebieras tendríamos pa zapatos y pa más.
-Pero hijaputa ¿quién bebe, eh, quién bebe? – dijo Lucio entre los dientes -. Anda, no me hinches las narices. - Había tocado Dorotea la cuerda floja, y ya estaba todo encaminado para la disputa.
-A ver si no.
-¡Rehostia! ¿Es que no pué uno ni tomar de cuando en cuando un chato con los amigos, o qué?
-Y ¿es que no pué nuestra hija recibir a Jesús como Dios manda?
-Testaruda. Que no obedeces ni así te maten. Anda, pos si quiés gastar en comuniones, vas y se lo sacas a los curas, que bien conoces el camino, me cago en la Hostia. Y no me hagas hablar.
-¡Ay que bestia de hombre! – se lamentaba Dorotea, agarrándose el moño -. ¡Qué castigo! Si no sabe más que blasfemar. Pero ¿cómo nos va ayudar así el Señor? Si no puede ser, si no puede ser; nos va llover castigos desde el Cielo a porradas. ¡Oy, qué monstruo!, ¡salvaje, más que salvaje!
Pero el marido ya no la escuchaba; se había puesto su chaqueta de pana y, dando un portazo, se fue escaleras abajo, saliéndose a la calle en dirección de la taberna.
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