A la memoria de una mujer castellana y






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CAPITULO 37

El día amaneció para Dorotea mustio y desabrido, como cada mañana últimamente. No se encontraba nada bien. Le dolía el alma, se decía. Tenía el cuerpo magullado, las vísceras a punto de estallar, no solamente por la riña de la pasada noche, que le había dejado cardenales por todas partes, sino además y sobre todo por la mala vida que llevaba, que había llevado todos estos años, sin que ya hubiese mucha posibilidad de remedio.
En parte toda esa decadencia, decripitud o como quiera llamársele se debía a las circunstancias, la explotación de que había sido siempre objeto, una víctima expiatoria en todo, por su falta de fortuna y por su condición de mujer. Y luego, había pasado por una guerra, la victoria del fascismo, la instauración de la dictadura …; pero en parte también ello se debía a su propia desidia, sus contradicciones, su cobardía, su falta en todo momento de sentido común. Como tantos otros.
Su cuerpo en realidad era ya un trapo viejo: no valía nada. De ahí que tuviera que acudir en sus pensamientos a otra cosa, aunque hubiese que inventarla : el alma imperecedera. En fin, lo que le habían enseñado los curas y las monjas ya desde pequeñita. En los momentos difíciles, cuando se encuentra una sin fuerza para continuar sosteniendo este peso que es la vida, hay que encontrar algo, salir adelante con algo sublime, superior, por irracional que ello sea. Y ¿qué mejor que el Espíritu invisible, que nadie pude probar que no existe?
« ¡Oh! ¡Si nunca tuvieras necesidad de comer, beber y dormir, sino que siempre estuvieses alabando a Dios, y solamente ocupándote de cosas espirituales! »
Como un sueñó hermoso. Pero su sueño de la noche pasada no había sido hermoso. Se le habían aparecido unos seres que le estaban haciendo sufrir mucho. Y todo lo veía ahora, despierta, otra vez. Contiendas y disensiones que la habían agitado y hecho mucho llorar. Y ahora sabía por qué: había mucho ofendido a Dios, que no quiere la discordia, sino la paz. Por eso.
Ella quería escapar, volar, buscar la libertad. Y no podía. Miraba a su alrededor, y no era nada: cuerpo, materia, pus.
« Era a Dios a quien buscaba, dentro y fuera de su corazón; porque sin Dios nada se alcanza, y Él nos abraza a todos con amor entrañable. »
Así que despertó temblándose toda. ¡Un mal sabor de boca tal!, y ¡ese cansancio, ese vacío! Era como morirse de despecho y de deseo, dos dolores anejos. Se mordía las uñas, sin moverse de la silla en que, saliendo de la cama, había caído sentada, incapaz de actuar o pensar. ¿El cuerpo? Era definitivamente una inútil.
« ¡Gente de la clase baja, sin religión y sin los dones del alma.  Sin ese hálito de vida, ese efluvio suave, apacible que flota vaporosamente por los aires, trayendo la Buena Nueva… »
¿Cómo podía una vivir, haber vivido tantos años en la ausencia del Redentor, condenada, sin la posibilidad de salvarse siquiera en la otra vida?
No era su culpa. Aquella casa, el barrio, su Lucio, los hijos, tanta miseria, el hambre y la falta de todo… la habían conducido a la desesperación y al pecado. Tenía que haber un Dios a quien acudir, un Salvador. Aún arrastrada como estaba, tenía que intentarlo, nacer a una Nueva Vida. Le escucharía el Altísimo, porque Él  ama y perdona a su pueblo. 
« Alúmbrame, Buen Jesús, con la claridad de tu lumbre interior, y quita de la morada de mi corazón toda tiniebla. »
No había sido Dorotea nunca una beata como las otras. La Fe le venía a rachas, por momentos; y esta triste, oscura mañana sentía la necesidad de acudir al Padre Celestial. Arrastró su cuerpo fofo hasta la cocina, y se paró delante del medio balcón, el batiente que ocupaba el espacio entre el minúsculo retrete y el tabique de madera que dividía el piso en dos partes desiguales.
No se había equivocado. Soplaba un viento otoñal que había llegado de repente a la ciudad y había transformado un tiempo casi veraniego en algo desagradable y frío, anunciador de un invierno prematuro. Transportaba el viento en las alturas infinitas hojas muertas que flotaban moviéndose en desorden: hojas negras, rojas, mustias y amarillas, sin que ella pudiera explicarse de donde venía todo aquello, pues allí no había ni árbol, ni arbusto, ni nada que se le pareciera.
Vio unos bultos oscuros que se movían allá abajo lentamente, envueltos por una especie de neblina, como una multitud de objetos animados que a la iglesía parecían dirigirse. Y sintió de pronto unas ganas tremendas de unirse a ellas, esas viejecitas negras, pues era de las beatas del barrio que se trataba. Campanas.
-¡Ay! ¡Si me doy prisa todavía llegaré al evangelio!
Así que se preparó un desayuno de achicoria y, a renglón seguido, tal como había salido del lecho, dejando a su marido que continuara durmiéndola en la alcoba, abrió la puerta del piso y descendió torpemente la escalera, palpando las paredes para no dar un traspié y caer rodando en el vacío.
Cruzó la calle y entro en el templo, pasando entre el desecho humano que ya se acumulaba en el atrio, mendigos que extendían los brazos implorantes desde el suelo, ¡esas manos!:
‘’¡Una limosnita por el amor de Dios!’’
Entró en la Casa del Señor, iluminada, esplendorosa. ¿Qué mejor morada para consolarse de los sufrimientos y desvelos de la vida? ¿Cómo podía haber tardado tanto tiempo en volver? Allí estaba la Virgen Santísima, madre sufriente, y el cuerpo ensangrentado de Jesús de Nazaret. A sus sagrados pies postrse de rodillas. Rezaba.
El sacerdote, en su casulla dorada y de otros colores, vuelto de espaldas, decía la Santa Misa. Al llegar al Evangelio se volvió a los fieles y los exhortó a que entraran en el Cuerpo de Cristo, como había repetidamente instado el Papa.
- ¡Volvez vuestros ojos a la Cruz, avanzad en el mismo espíritu en que avanzó Nuestro Señor Jesucristo, cuyo Cuerpo inmolado está presente!
Y ella seguía rezando, torpemente como en todo, pero rezaba, imploraba que no la abandonase el Señor., mientras el sacerdote oficiaba, hablando de las dificultades de la vida, diciendo que, ahora que Rusia había ganado la guerra, había que hacerse uno en el corazón de nuestro Caudillo, pues no quedaba más que España como baluarte de la civilización cristiana, baluarte que había que defender y sostener con nuestras vidas, si fuera necesario.
-Momentos difíciles se aproximan – continuó -, especialmente en lo que se refiera a la abundancia de bienes materiales, pues van a hacer el bloqueo de nuestra amada patria todos los rojos del mundo. Mayor razón para que gocemos de los bienes del alma. Los designios del Altísimo no son que os colméis de las veleidades que alimentan el cuerpo, sino de los bienes que engrandecen el Espíritu. Tenéis que desprenderos de todo el bagaje encumbrante y seguir el Camino de la Cruz, que es la verdadera revelación. Porque el cuerpo es perecedero y el alma tiene vocación de eternidad. Olvidad vuestras penas y dolores personales. Mirad hacia Jesucristo que murió para salvarnos a los hombres. Seguid el ejemplo de los Santos y los Mártires, y haced dulce vuestro sufrimiento, que la intención de Dios ha sido siempre favorecer a los hombres para que, cada uno en su propio estamento, alcancemos todos el grado de felicidad que nos corresponde aquí en la tierra, y luego la vida eterna del Cielo.


F I N


Fernando G. Izquierdo

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