A la memoria de una mujer castellana y






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CAPITULO 30
Por la tarde salió con Virgilio y Blasito, dos muchachos que, como él, habían empezado a trabajar aquella primavera. Habían decidido ir al cine, a la sesión infantil, para pagar menos por los billetes. Fueron momentos de ensueño. ¡Qué de imaginaciones pasaron por sus mentes desde antes mismo de que comenzara el programa, esperando en la cola, con toda la juventud del barrio, a que se abrieran las taquillas! Allí, en aquellos carteles, estaba todo el empeño de sus vidas, mil esperanzas, deseos, aspiraciones, el intenso y fervoroso movimiento hacia el progreso: artistas, maestros, modelos, héroes que tenían que imitar y que podrían parangonar un día si seguían el ejemplo. Clark Gable, Spencer Tracy, Mickey Roony, Freddy Bartholomew y tantos otros espejos de la vida humana, ejemplo de las costumbres, imágenes de la verdad allende los mares. ¡Ah, poder un día escapar, salir de la miseria que les ahogaba, cruzar el charco, llegar a aquellas fabulosas tierras de América!
A las dos y cuarto abrieron las taquillas; y en seguida ese subir alborotado de la chiquillería hacia el gallinero, aquella algarabía propia de la tropa desordenada de la ‘sesión infantil’. Y en los estrados, el correr de aquí para allá de los chiquillos, el ruidoso bajar de los asientos de madera, ese griterío tan agudo de la gente menuda, las voces de los sorches de caballería que olían tan profundamente a cuadra, las llamadas de las muchachas de servicio, soltadas después de la comida del domingo; y las fulanas y pajilleras de a tres pesetas, con sus risotadas y provocativo alboroto. Todo ello en medio de un olor a tabaco, cuadra, ropa y botas sucias, alpargatas muy usadas, polvo de inmueble viejo y en general falta de óxigeno.
Y a esperar todos, ansiosos y divertidos, a que se apagaran las luces, desplazándose algunos todavía, bajando los más revoltosos los empinados peldaños hasta la barandilla, al objeto de echar una mirada a los plateas y al patio de butacas, soñadores antes de emprender el fervoroso vuelo hacia el mundo paradisíaco de las películas, ese universo rico inalcanzable, que estaba representado por esos cuerpos bonitos, esas caras suaves satisfechas, y esos gestos que todos conocían tan bien: y extensas propiedades, objetos, autos, garajes y piscinas, y los céspedes, las flores, jardines y casas de calcamonía, el cielo purísimo, un mundo que en el pardo celuloide las masas infantiles se imaginaban lleno de color.. Luego las orquestas, jazz, rumba, samba, los cantos cariocas, los trajes, vestidos apretados, las plumas, los bailes y las sirenas.
-¡Algarrobas, pipas, bolitas de anís! – gritaban los vendedores, bajando los empinados escalones.
-¡Bombones, caramelos, pastillas de café con leche! – llegaban igualmente los gritos del principal y del patio de butacas.
Y otra vez la algarabía al apagarse las luces, que no había quien oyera la música; el contento evidente de los espectadores del gallinero; los chillidos de aprobación, las llamadas, los contratos entre los soldados y las mujeres de la vida. Y al fin se alumbra la pantalla, el magnífico león rugiente de la Metro Goldwyn Mayer de la primera película. Y qué decir del pataleo con la aparición del famoso Dick Turpin, llenándose de polvo la atmósfera irrespirable; y lo mismo durante aquellas interminables carreras de Tom Mix en las praderas del Far West, cabalgando en su caballo blanco, unas veces delante y otras detrás de los zafios (pero inalcanzables) malos, siempre montados en caballos negros. ¡Qué estupendo! Gente agresiva, dinámica, conquistadores todos ellos, buenos y malos tan magníficos, cada uno persiguiendo un ideal. Y, después del descanso, la película principal, aquella por la que habían venido aquella tarde Lucito y sus amigos. Cagable, con su inconfundible bigotillo, tan bien peinado con brillantina, y esa sonrisa triunfal a toda prueba. Su compañero inseparable, Espence Traze, perpetuamente mascando una barra de ese chicle famoso norteamericano (¡quién lo pillara!), siempre sereno y siempre tristón, como si ya supiera que le iba a llegar la desgracia muy pronto. Más pequeño y menos guapo que su compañero de pruebas (¡aviadores, qué machos!), pero tan listo, aunque lento y reposado. Los dos enamorados de la misma lindísima muchacha, rubia platino hermosísima y tan sumamente extranjera. Los dos héroes disputándosela honrada y abiertamente, como debe ser, y siempre manteniendo la amistad por encima de todo. Y qué emoción cuando uno u otro se ponía el gorro redondo de pilotaje, una palmada en el cuero, y las gafas abultadas bien sujetas con tiras de goma negra. Se metía el piloto en la carlinga, y un saludo amistoso con la mano enguantada. Listo para despegar. Qué momento de peligro y de angustia para los espectadores.
Y si era el turno del Espence Traze, con un nuevo avión de prueba, con qué gracia y qué denuedo se movía el valeroso piloto alrededor del aparato, balanceándose como hacían los norteamericanos al andar. Se iba hacia la cola del biplano y, ¡zas!, le endiñaba una carada al bicho, dejándole pegado al cuerpo de aluminio el chicle, para que le diera buena suerte: supersticioso, él. Era su amuleto, algo así como un Angel de la Guarda, que mantenía la avioneta en las alturas sin que el piloto corriera riesgo alguno. ¿Peligro ellos, pilotos de pruebas?, ¡jamás! Eran los espíritus aventureros del siglo a quienes Dios no podía faltar, ni su experiencia fallar.
Los dos héroes norteamericanos rompiendo records, celebrándolo luego con champán al lado de la rubia platino sonriente siempre. Otro record, un motor todavía mayor, perfeccionado, una nueva patente de invención…, y en el aire de nuevo, cada vez a más velocidad, con más valentía, más todavía. El nombre del biplano allí en lengua extranjera, un nombre que sonaba (según se leía) deliciosamente extraño, y a su lado siempre el chicle pegado en el cuerpo del avión, si se trataba del Espence Trace. Siempre, menos una vez, la de la tragedia. Error o fatalidad. El horror se anunciaba con ello. ¡La llamada de la Muerte!
¡Oh! ¿Cómo pudo hacerlo, cómo pudo haberlo olvidado, ese hombre siempre tristón, siempre tan ponderado? Espence Traze en la carlinga, gorro de cuero, saludando y… ¡mascando aún el chicle! Desciende piloto, vuelve; no emprendas todavía el vuelo, mira lo que haces temerario, no mueras. Con qué ahinco los chiquillos del gallinero se alzaban de sus asientos para llamarle, chillarle, decirle que mirase, que mirase bien lo que hacía, por favor, que no emprendiera el vuelo todavía, que se bajara, anduviese americanamente, como él sabía hacerlo, y que diera el manotazo con el chicle que había de darle la suerte, su amuleto. Y luego: que no, que no pusiera el motor en marcha. Y, cuando ya volaba el imprudente, se renovó con los gritos el pataleo. Que se diera la vuelta, que no tentase a los cielos así. Y el mágnifico biplano volaba, volaba, mejor y más rápidamente que nunca, ¡un éxito! Hasta que llegó el accidente fatal de repente, la caída en picado, la muerte trágica del héroe semidivino…. Y la hermosa norteamericana del delicioso cabello rubio reluciente, tan reluciente que parecía un espejo al sol, llorando amargamente, pegándose al pecho acogedor del igualmente agobiado Cagable.
Salieron los tres del cine confusos y aturdidos. Era triste ver morir al Espence ese; pero la verdad era que la rubia no podía pertenecer a los dos, no en un país cristiano como era Norteamérica. Por ello tal vez mejor así, le quedaba el más guapo. Y ¡ese beso, las dos caras grandes, juntas, del final de película! Además a Espence Traze le volverían a ver en la próxima película, vivo y coleando, y una vez más les llenaría de regocijo esa visión de un mundo mejor, un esfuerzo, un deseo, una esperanza, una meta…. ¡A ver qué vida! Durante toda la semana tendrían el ensueño de América, un mundo de abundancia y de hermosura sin igual, donde todos tenían dinero, propiedades, mujeres, y donde nadie tenía que irse a la cama con hambre. Asi bebieron aquellos años Lucito y sus compañeros, y millones de jóvenes como ellos, el caliz opiado de aquella fábrica de sueños de un país conocido por el nombre de Estados Unidos.
Pasearon los tres muchachos a lo largo de la Calle Santiago, siempre tan concurrida. Arriba y abajo anduvieron varias veces. Estaba la calle a aquella hora abarrotada de gente, caminando todo el mundo despacito, sin rumbo fijo, haciendo pequeños grupos, gesticulando, riendo, charlando, fumando los hombres, agarrándoseles del brazo las mujeres. Algunos se paraban y entraban en la iglesia, a rezar al Santo Matamoros, ponerle una vela a una Virgen, o sentarse en uno de los bancos de madera barnizada a descansar un poco en la oscuridad.
Se paraba el gentío a la entrada de la Plaza Mayor, y media vuelta; y lo mismo al llegar a la Plaza Zorrilla. Caminaban unos para aquí y otros para allá, parándose unos y otros a cambiar impresiones cuando se daban de bruces con amigos y conocidos; o si pasaban de largo, se daban unos u otros en los codos, ¡adiós!, ¡hola, qué tal!, ¿cómo vas?, ¡yo bien!, ¡hombre, qué casualidad! Algunos se paraban delante de los escaparates que todavía estaban iluminados (aun estando cerradas todas las tiendas, salvo los cafés y las pastelerías.) Otros se pegaban de espalda a las fachadas, a contemplar el gentío, los chicos mirando con ganas a las chicas, y éstas incitándoles con risitas a que les siguieran; aquéllos las seguían lanzando piropos o haciendo como que les pellizcaban los muslos hermosos a través de las faldas de percal. Más de una vez, cruzándose en el paseo las chicas y los chicos, al sobrepasarse uno de éstos, respondía la ofendida soltándole al atrevido una carada, que resonaba con fuerza, al volverse la muchacha con el brazo extendido en un movimiento preciso, atrevido, semicircular.

Echó el ojo de repente Blasito a la hermana de su amigo, que andaba apresuradamente entre la multitud, recogida en sabía Dios qué pensamientos.
-¿Que le pasa, Lucito? – preguntó, sorprendido.
-¡Yo qué sé! Siempre va sola a toas partes.
-Pos vamos a preguntarla si quié unirse a nosotros – sugirió Virgilio, que era el mayor de los tres.
-No, déjala – gruñó Lucito.
Ya en esto llegaba la solitaria joven a la Plaza Zorrilla. Los dos amigos seguíanla con los ojos, y los tres vieron que cruzaba la plaza, entrando en el Campo Grande, en cuya avenida principal había un amplio edificio de ladrillo, rodeado de gente.
-¡Esta Feli! – exclamó Blasito –, no se ajunta con naide.
-Debe estar yendo al Teatro Pradera – sugirió Virgilio -, ¿no, Lucito?
Éste no respondió. Condujo a los dos amigos, agarrándoles por los codos, hacia la Acera del Generalísimo (antes de Recoletos), sentáronse los tres caballeros, como tres gorriones, en el respaldo de un banco de piedra y metal, reposando el sucio calzado en el asiento.
-¡Venga, liaos un pitillo! – dijo Virgilio, ofreciendo una petaca sobada y maloliente.
Agarró Lucito la petaca y, al abrirla, se echó para atrás, diciendo: - ¡Hostia!, ¿de dónde coños has sacao este tabaco? No me digas que andas por ahí cogiendo colillas.
-¡Joder! Tú fuma y calla – le respondió el amigo -. No me cabrees.
-Es verdá – interpuso Blasito -. ¿Pa qué preguntas, leche?
-No, si yo, hombre…
-¡Pues, arrea! Venga, date prisa.
-Y pasa la petaca, ¡cojones!
-Espera. Ya voy. Aquí la tienes, ¡cagaprisa!
-O se es o no se es – profirió filosófico el Virgilio una vez que la petaca había hecho la ronda -. Y ¿tú te pasas por hombre?
-No, hombre no – dijo, humillado, Lucito - Si yo lo decía…, bueno, mira qué pitillo mé liao.
Virgilio era el que más pericia tenía en estas cosas. Dejando un papelillo bien cogido entre dos dedos, sirvióse en la palma de esa misma mano un puñado de tabaco, y con la otra se metió la petaca en el bolsillo trasero del pantalón, habiendo encajado a un lado el paquetito del papel de arroz; pasó pincho a pincho el sucio tabaco de la palma al extendido papel, lió el cigarro, y deslizó la puntita de la lengua por el viro engomado, una vuelta con el pulgar y el índice para cerciorarse de la redondez del pitillo, y a metérselo entre los labios ávidos de humo y de placer; otra vueltecilla con dos dedos, humedeciendo de saliva la puntita del cigarro; y a arrojar esa mirada de orgullo, tan suya, a sus dos compañeros.
Terminada la operación, se levantó el muchacho del banco, escupió un poco, y viendo que pasaba un soldado de caballería fumando, se le acercó, y le pidió fuego. Luego se volvió a sentar, y pasó el encendido cigarro a los otros.
Momentos más tarde estaban los tres exhalando humo. Fumaban y tosían al mismo tiempo. Lucito, que se había quedado de pies, dio un par de pasos, simulando contento, y al cabo se volvió de espaldas para que no le vieran los amigos que el humo le hacía llorar.
Hacia las nueve fue la despedida. Virgilio y Blasito, que vivían en un barrio extremo, se fueron a la parada del tranvía. Lucito, después de un paseo en solitario en la cocurrida Calle Santiago, entró en los soportales de la Plaza Mayor, y emprendió el camino de vuelta a casa. Se paró junto a un quiosco de periódicos, que estaba cerrado. Había visto a su padre saliendo del Callejón de los Boteros, borracho como una cuba. Iba rodeado de un grupo de amigos alborotadores, los cuales le llamaban Bicicleta. Se apartó ostensiblemente, a tiempo de ver a su progenitor vomitando contra una columna de los soportales.
-¡Uf! ¡La leche! – suspiró. Dio gracias al Cielo que no le había visto; pues le humillaba sobre manera el que la gente supiera que era hijo de un alcohólico, que se gastaba en vino lo poco que ganaba -. ¡Qué mierda!  ¡Qué asco le tengo! - Anduvo ahora en la calzada, para entrar directamente en la acera izquierda de Queipo de Llano -. ¡Si se muriera! - se dijo, en un murmullo -. Me cago en la leche puta que le han dao.

CAPITULO 31
Iba Lucito para los quince años. Más bien pequeño de estatura y rechoncho de cuerpo, tenía un aspecto arisco y fiero. Se cortaba el pelo al cepillo, y tenía la cara redonda de la madre y los mismos ojos marrones; pero mientras que en el caso de la madre esos cachetes y esos ojos había dado prueba, al menos durante la juventud, de una bien señalada hermosura, en su caso no había más que vulgaridad. A pesar de su poco talle parecía el muchacho mayor de lo que era; pues el vello asomaba ya por la barbilla, y aún más sobre el labio superior, a todo lo cual se unía esa voz ronca que le caracterizaba. El traje que llevaba puesto se lo había hecho su tía Zita de uno viejo de su tío Santiago. Era éste, precisamente, quien le había enchufado para que se colocase de aprendiz en la linotipia del Diario Regional.
-¡El Bicicleta! ¡Hay que joderse! – murmuró, todavía pensando en su padre. Movió la cabeza, rechazando las imágenes -. Qué desgracia tener un padre así. Buena diferencia con el tío. Ése si que era un hombre. Correcto, elegante, religioso, y no pensando más que en trabajar y producir. Que en el Diario los curas le adoraban. Que decían que nunca había habido un encargado de la linotipia tan seguro y eficaz como Platero; siempre atento a todo, siempre meneándose y haciendo trabajar a los obreros: el primero en llegar cada noche a las diez, y el último en irse, ya bien entrada la madrugada.
-¡Pos anda que ella! – se dijo, pasando en su mente del padre a la madre. ¡Qué elemento! Ésa no se quedaba atrás engullendo vino. ¡Qué horrible! Si más que mujer parecía un barril de pecina. ¡Cristo, qué padres! No, si no se podía negar. Todavía hay clases (pensaba otra vez en sus tíos Santiago y Eleonora.) Hay hombres y hombres. Si no, ¿por qué había triunfado su tío? Y no era verdad eso de que Santiago fuera un jesuita falso que, habiendo sido rojo, ahora se había apuntado a la Acción Católica. Envidias. Ése lo que ocurría, que todos lo decían, es que era muy trabajador. Por eso subía. Y si no, que le preguntaran al tío abuelo Urbano, que le quería tanto. Por algo sería.
Entró en el piso abriendo la puerta con su propia llave. Y lo primero que vio fue el bulto arrebujado de la vieja Amparo, la odiada figura pequeñita de la vendedora de pipas y caramelos, sentada en un taburete contra el batiente del balcón; y su señora madre, abultadísima, al lado. Las dos charlaban como cotorras, juntando un poco los rostros cuando soltaba una u otra algo interesante o de mayor veneno. Eso es lo que mejor sabían hacer, insultar, criticar a las demás, como indecentes comadres.
Fue en verdad una visión fatasmagórica la que presenció el muchacho al entrar en el hogar. La luz apagada, las dos siluetas negras, una pegada como de prestado al taburete; la otra abultadota en su sila, haciéndole sombra, y la tenue luz azulada del gas de los faroles de la calle haciendo contraste; se oía el susurro de dos voces cascadas, y una carcajada espeluznante que una de ellas soltaba de cuando en cuando, como el aullido de una hechicera.
Habiendo encendido la luz, que dio un aspecto amarillento, no menos macabro, al conjunto, se sentó el muchacho a la mesa y gritó, sin ningún comedimiento ni cumplido: -¡La cena, que tengo hambre!
Las dos mujeres continuaron conversando como si tal cosa.
-La cena, ¡cojones! Siempre cotilleando como brujas. Estoy harto de ver a esa vieja alcahueta tol día en esta casa, ¿no se pué ir a su jodido sótano?
La pobre señora Amparo, como quien ya está acostumbrada a insultos y ultrajes, recogió sus cosas, se levantó sin decir esta boca es mía; y en actitud bastante digna, en las circunstancias, se salió del piso, dejando la puerta abierta.
Inmediatamente Lucito, desde su silla, dio un puntapié a la puerta, que se cerró con un estallido.
-Verás como se caiga y se mate, pobreta – dijo Dorotea compasiva -. Que sabes de sobra que no pué ver los peldaños, que se ha fundío la bombilla, ¡burro, más que burro!
-Tú dame la cena y ¡a callar tocan! – contestó el muchacho, dando un manotazo en la mesa -, que ahora ya lo gano.
Después de la cena, como no tenía que ir aquella noche a la linotipia, ya que el Diario no salía el lunes, se metió en la cama y se quedó dormido pensando en las dos brujas. Una noche, llegando de la calle como cada domingo, les había oído decir algo que le había llenado de revulsión y de asco. Y ahora le venía eso en sueños: un sacerdote del que había sido doncella su madre, jovencita. ‘’Pues claro que sí, señora Amparo – oía la voz de su madre –, fuí su querida, que me quería mucho. ¿Se ha olvidao? Pues usté debería saberlo; sí, mujer, don Niceto.’’ Y la otra contestando ‘’Pos claro que sí,’’ y riéndose como una carraca vieja. Y le vino en el sueño al muchacho la imagen de un padre furibundo, sacudiéndole a la madre, ya desde antes de la guerra, llamándola a voz en grito puta, y puta, puta, más que puta.
Se despertó sobresaltado, y se volvió a dormir, un sueño más pacífico esta vez.
Lucio volvió a casa aquella noche en un estado lamentable de embriaguez, dándose golpes en la escalera y armando un escándalo de mil demonios, especialmente al llegar al descansillo y no encontrar la llave, buscando torpemente en cada uno de sus bolsillos; y luego, cuando al fin la encontró, al no acertar con ella en la cerradura. Dorotea estaba ya en su jergón, y fue un vecino, Madrugo, que vivía en el tercero, quien bajó a ayudarle a abrir la puerta, le metió en el piso, y lo sentó en una silla, para que no diera más guerra. Ni por ésas. Lucio pedía su cena.
-Pero no des voces – le decía la esposa -, que ahora te la traigo. No alborotes, que asustas a toda la vecindad, burranco, más que burranco.
-¡La cena!
-Pero ¡questán durmiendo los vecinos! – repitió la mujer.
-¡Los vecinos a mí me la traen floja! – chilló el marido, yendo impaciente hacia la cocina, de donde venía ya Dorotea con el puchero.
-Cuidado, no te caigas – dijo la mujer evitando el choque de justeza -. Anda, come y no metas más ruido.
El marido quedó balanceándose un buen rato, sin acertar a sentarse otra vez. Se cayó al cabo, y dio con sus posaderas en el suelo, de donde ya no acertó a levantarse. Ella trató de ayudarle para que se levantara; y él, para llevar la contraria, dijo que iba a tomar la cena en el suelo. Arrastróse luego hasta la alcoba y se quedó dormido junto al orinal, encima de una esterilla que hacía de alfombra.
Feli fue la última en llegar. Temía las escenas como se teme a la peste, y por eso se iba los domingos, aunque fuera sola, a ver una película, a la sesión de las once, que costaba menos que si se iba a la hora de la vermú. Así que era la una de la madrugada del lunes cuando regresaba a casa.
Se quitó los zapatos en la escalera para no hacer ningún ruido, y entró en la casa de puntillas. Saludó con la cabeza a la madre, que le hacía una seña desde la oscuridad de su jergón, y se fue derecha a la cocina, donde al encender la luz, contempló una bandada de cucarachas de todos los estilos y tamaños, negras, rojas, rubias, marrones, todas corriendo asustadas de aquí para allá y de allí para acá, como ladrones pillados en flagrante delito, subiendo y bajando de muebles y paredes, sobre el hierro grasiento del fogón, entrando y saliendo por debajo de la puerta del retrete, escondiéndose alarmadas donde podían.
Se sentó en el taburete, delante de un poyo que llamaba la familia mesa de cocina, y se dispuso a tomar su cena: cinco sardinas fritas y una patata cocida, partida en cuatro cachos, que su madre había dejado entre dos platos, en forma de tartera. Estuvo contemplando el alimento un largo rato, sin decidirse. La vista de los ortópteros le había quitado por completo el apetito, y apenas probó bocado. Se había pasado la tarde del domingo paseando en el Campo Grande, completamente sola. A las siete había ido a ver a sus tías de la Fuente Dorada, que habían comprado a plazos, a un agente de comercio, una máquina de coser Singer. Zita le había invitado a que pasase una tarde a contemplar aquella maravilla. Habían tomado la merienda juntas, habían abierto la máquina, le habían dejado que cosiera ella también un poco, para que viera, y había sido una experiencia magnífica. Luego la muchacha se había ido al cine.
Cuando acabó de comer, tornó a cubrir el plato y se volvió al comedor. Se desnudó. Apagó la luz de la cocina, y otra vez de puntillas, se dirigió a la cama turca, donde estuvo un rato pensando, los brazos sobre la almohada, antes de quedarse dormida.
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