1980 el proceso se invirtió y, de ser un país de emigrantes, España se ha convertido en un país receptor. Si la población ha crecido en los últimos años es debido a la existencia de cerca de cuatro millones de inmigrantes






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título1980 el proceso se invirtió y, de ser un país de emigrantes, España se ha convertido en un país receptor. Si la población ha crecido en los últimos años es debido a la existencia de cerca de cuatro millones de inmigrantes
fecha de publicación20.09.2015
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¿QUIÉNES SON LOS ESPAÑOLES?
Dentro de ese territorio plural que es España, existe una comunidad de individuos a los que llamamos españoles. Lo que ciertamente podemos afirmar es que España es una sociedad. El sociólogo Amando de Miguel escribe: “Se entiende por sociedad la población dentro de un territorio cuyas relaciones internas superan con mucho los contactos con el exterior”. El término España ha sido por mucho tiempo tabú para cierta izquierda militante y para los movimientos nacionalistas. Éstos prefieren usar Estado para referirse a España.

La población española es baja si se la compara con otros países de Europa. La densidad actual es de 75 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que es de 99 en Francia y de 187 en Italia. En cifras globales, la población ha aumentado de la siguiente manera: 18.000.000 habitantes en 1900; 31.023.099 en 1962; 37.746.260 en 1981; 41.767.000 en 2003, 45.000.000 en 2005 y 47.021.031 en 2010


Las causas de esta baja densidad hay que buscarlas en el hecho de que España ha sido un país de emigrantes. Desde 1492, fecha del descubrimiento de América, hasta las últimas oleadas migratorias a Europa después de la Segunda Guerra Mundial, los españoles no han dejado de emigrar. Lo hicieron en un principio por afán de conquistar o evangelizar. La construcción del Imperio español exigió un constante flujo de personas que, abandonando sus lugares de origen, fueron formando el tejido social de las Américas en constante mestizaje con los nativos.

Tras la independencia de la América hispánica, el proceso se ralentizó para volver a incrementarse sustancialmente en la segunda mitad del siglo XIX, hasta 1930, en que pudo darse por cerrado el ciclo emigratorio al otro lado del Atlántico. Entre la población española, los gallegos fueron el pueblo con más tendencia a la emigración. Tanto es así, que en algunas zonas de América, Argentina, Uruguay y el Caribe, a todos los españoles, no importa de qué región sean, se los denomina gallegos. Para el período comprendido entre 1861 y 1990 del que tenemos datos, fueron 345.000 los gallegos que emigraron a América. Las primeras décadas del siglo XX atestiguan la cumbre de la emigración a América. Entre 1911 y 1915, el 42 por ciento de la emigración española provenía de Galicia, y alcanzó el 73 por ciento para 1931. Entre 1911 y 1930, más de 700.000 gallegos emigraron a Latinoamérica. En su gran mayoría abandonaron su tierra por razones económicas. La Guerra Civil provocó el exilio por razones políticas.
INMIGRACIÓN

A partir de 1980 el proceso se invirtió y, de ser un país de emigrantes, España se ha convertido en un país receptor. Si la población ha crecido en los últimos años es debido a la existencia de cerca de cuatro millones de inmigrantes que viven en el territorio nacional. La integración en Europa y el mejoramiento de la economía han convertido a España en un país receptor. Desde el punto de vista cultural, esta llegada masiva ha transformado la actitud de los españoles, que siempre se habían jactado de pertenecer a una sociedad libre de racismo. Sin embargo, numerosos incidentes violentos muestran que esta odiosa reacción social no es privativa de algún pueblo o cultura en particular.

España ha sido, hasta recientemente, un país extraordinariamente homogéneo desde el punto de vista étnico. Es normal si consideramos que desde las últimas expulsiones de árabes, judíos y moriscos en los siglos XV y XVI, la población se reprodujo vegetativamente con poco aporte foráneo. Desde el punto de vista poblacional, la actual ola de inmigrantes ha permitido que la demografía haya registrado un aumento de la población en los dos últimos años, cuando la tendencia desde 1980 había sido la inversa. Más del 10 por ciento de todos los bebés nacidos en 2002 eran de madres extranjeras. El fenómeno puede observarse paseando por las calles de las ciudades y pueblos, especialmente por Barcelona y Madrid, sin necesidad de recurrir a las estadísticas. Éstas registran que el 3,2 por ciento de las personas que viven en España guarda en sus carteras un permiso de residencia, en vez del carné de identidad que portan todos los españoles.

Nuevos barrios de inmigrantes han crecido a la sombra de las viejas ciudades. Se pueden observar anuncios de establecimientos en árabe, lo que parece romper la homogeneidad tradicional. Las últimas cifras oficiales de mayo del 2007 elevan el número de extranjeros en España a cinco millones. En cuanto a la procedencia, el 35 por ciento llegó de Europa del Este, especialmente de países de Europa comunista; el 28 por ciento procede de América Latina; el 27 por ciento de África, y el 8 por ciento, de Asia. Los rumanos y búlgaros son los colectivos más numerosos, seguidos de marroquís, ecuatorianos y británicos.


Estos últimos (británicos) llegan a España por distintas razones. Son personas de más edad que arriban al sur a disfrutar bajo el sol español de años de jubilación. Los inmigrantes están poco a poco transformando la faz del país, cuyas cifras de natalidad han estado dando señales alarmantes desde comienzos de los 90. La dinámica poblacional pasó del baby-boom al baby-crack en tan sólo tres décadas.

La reacción de la población con respecto a esta llegada masiva de inmigrantes, fenómeno desconocido anteriormente, es muy diversa. Una encuesta del Centro de Investiga- ciones Sociológicas (CIS) indica que más de la mitad de los españoles, el 53,3 por ciento, considera que hay demasiados inmigrantes en España. Sin embargo, y en una proporción ligeramente mayor, el 53,7 por ciento de los encuestados cree que estos trabajadores son necesarios a la economía. En términos generales, el 89,3 por ciento considera que toda per- sona debería tener libertad para vivir y trabajar en cualquier país. El 42 por ciento cree que el fenómeno de la inmigración es más bien positivo para España, frente al 28 por ciento que lo considera negativo. A la pregunta de si les importa que sus hijos compartan en el colegio la misma clase que los hijos de familias inmigrantes, el 75,2 por ciento responde que no les importa nada, el 13 por ciento afirma que les importa poco, y el 5,7 por ciento asegura que les importa bastante. En la realidad, el comportamiento de la población no es tan tolerante como las encuestas parecen señalar, aunque bien es cierto que los muchos incidentes ocurridos han tenido lugar en poblaciones afectadas directamente por el aluvión inmigrante. En algunos pueblos de Almería y el sur, la cifra de inmigrantes se aproxima al 50 por ciento. A los españoles les importa mucho el origen de los que llegan.

Tradicionalmente tanto árabes como moros han sido considerados “los malos” de la historia. Desde la supuestamente idílica convivencia de las tres culturas, judíos, musulmanes y cristianos de la época medieval, a nuestros días, han pasado muchas cosas. La unidad de España se cimentó sobre la unificación religiosa y de sangre. Tanto conversos como moriscos fueron considerados ciudadanos de segunda clase. La pureza de sangre y el pertenecer a la hidalguía de cristianos viejos preservó una homologación promovida por el Estado. Desde entonces ha prevalecido algún tipo de sectarismo, por no llamarlo racismo. Un país que tiene muy claro el concepto de clase, también lo tiene de origen. Las ocupaciones a que se dedican los nuevos inmigrantes están en parte determinadas por el origen. Los marroquíes y otros africanos se dedican principalmente a la agricultura y a la minería. Curiosamente, y no hace mucho tiempo, eran los españoles los que se desplazaban a Francia a hacer la vendimia y recoger la fruta.
EL SER ESPAÑOL

Siempre se produce una cierta disonancia entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y como nos perciben desde fuera. De esas discrepancias surge una enormidad de estereotipos creados desde dentro o proyectados desde el exterior. En una encuesta realizada hace unos años, los encuestados que se identificaban como conservadores definían a los es- pañoles como apasionados, valerosos, católicos, ascéticos, ingobernables y anarquistas. Los liberales, por su parte, los describían como tolerantes, espontáneos, creativos y amantes de la libertad. De dónde provienen estas calificaciones y en qué se basan es algo para meditar. Muchos de estos calificativos o estereotipos que a veces alcanzan el nivel de mito son, en parte, el resultado de construcciones intelectuales. Desde las tantas veces mencionada crisis del 98, la tendencia dominante entre la intelectualidad ha sido la de analizar España en términos negativos. La crisis nacional inclinó la balanza hacia la descalificación o el pesimismo. Si a España le iba tan mal, algo se había hecho mal. El filósofo José Ortega y Gasset, que tanta influencia ejerció en su época, escribió un libro titulado España invertebrada, en cuyo prólogo revela que el objetivo de su meditación es definir la enfermedad de España a la vista de la disolución que, en su opinión, se estaba produciendo en la sociedad. Para Ramiro de Maeztu, uno de los escritores de la generación del 98, “España no se nos aparece como una afirmación o una negación, sino como un problema”. Muchos años después, el influyente sociólogo Juan Linz concluyó que España es una sociedad no sedimentada en busca de identidad. Por su parte, el escritor norteamericano James Michener, escribe: “España es un misterio y no logro convencerme del todo de que sus naturales la entiendan mejor que yo”. Ernest Hemingway, quien visitó España numerosas veces y ubicó en ella algunos de sus mejores personajes novelísticos, escribió: “Si las gentes de España tienen un rasgo en común es el orgullo y si tienen otro es su sentido común, y si un tercero, es su impracticabilidad”.

Obsérvese que Michener y Hemingway hacen mención a una suerte de misteriosa condición. Sin embargo, ambos eran viajeros en una tierra de contrastes, mientras que Or- tega y Gasset, Ramiro de Maeztu y tantos otros, lo hacían desde dentro, abrumados por un país en ruinas que habían de regenerar. Pero, ¿cómo? Los remedios debían ir parejos a las enfermedades, así que urgía localizarlas y diagnosticar. Se recetó todo tipo de remedios “sin que acertase la mano con la herida”, escribió el poeta Antonio Machado.

Muchos años después, en la España democrática, moderna y progresista del siglo XXI, la pregunta sigue siendo la misma. ¿Coinciden los españoles en señalar sus virtudes y defectos? ¿Se han puesto de acuerdo en qué remedio aplicar a sus males? ¿Hay acuerdos sobre quiénes son? La realidad es que no. Es más, desde la transición hasta hoy, las discrepancias se han acrecentado en cierto sentido. Son cada vez más los que se identifican con características propias de su región, más que con España como país. Una reciente encuesta realizada en Cataluña sobre los estereotipos y la imagen que los españoles tienen de sí mismos, ponía en evidencia estas discrepancias. Los catalanes se definían a sí mismos como cultos, inteligentes y modernos, mientras que calificaban a los aragoneses de testarudos, amantes de su tierra y brutos. A los andaluces los definían como alegres, exagerados y chistosos. La imagen de los vascos, no sólo en Cataluña sino en el resto del país, aparecía enturbiada por el fenómeno del terrorismo al que por la acción de ETA se asocia la región.

Sin embargo, para el visitante que desconoce las sutilezas de los regionalismos y las identidades nacionales, los españoles todos son iguales. Luis Romero, economista mexicano que frecuentemente visita España, lo expresaba en estos términos: “No importa a qué aeropuerto o ciudad llegas, la sensación de estar en España es inconfundible”.

La España de nuestros días ha dado suficientes muestras de querer vivir en paz, y para ello ha ejercitado la tolerancia hasta el límite de sus últimas consecuencias. Ha sabido adaptarse al cambio de los tiempos, mezclando el ejercicio del ocio con el trabajo duro. Ha continuado siendo una sociedad que se divierte y que trabaja, que es religiosa y laica. España ha sido el segundo país europeo en legalizar el matrimonio entre homosexuales, lo que parece una contradicción en una sociedad que se definió tradicionalmente como católica, en la que el 80 por ciento de los ciudadanos se declara católico, y cuya historia imperial está aparejada con la defensa de la ortodoxia católica; un país en el que el misticismo, el idealismo, el sentido del sacrificio y la devoción fueron en su día marcas registradas del ser nacional.

Ciertamente no se puede olvidar la profunda transformación experimentada en toda la sociedad tanto rural como urbana en los últimos cuarenta años. La prosperidad económica ha incorporado los valores de la sociedad de consumo y la globalización. El placer por el buen vivir y la pericia en la cultura del ocio se han combinado en los últimos años con la necesidad de trabajar —no lo llamaríamos una ética del trabajo, como en los países anglosajones— con el fin de no perder el tren de la evolución económica europea. Los españoles aprendieron su lección durante la dictadura y se aprestaron a hacer uso de las libertades políticas y sociales. Con muchos desajustes aún, no hay duda de que España merece el calificativo de sociedad abierta.

En un estudio realizado por el sociólogo Luis Martín de Dios sobre los valores entre los españoles, llegaba a las siguientes conclusiones basadas en una metódica encuesta. Entre las preocupaciones personales destacaba la familia como el principal interés (74,7 por ciento); la felicidad (67,4 por ciento) y la amistad (62,4 por ciento). Lo que menos preocupaba a los encuestados era la religión (9,6 por ciento). Entre los valores personales destacaban la liber- tad (62,8 por ciento), la igualdad (50,8 por ciento) y la honestidad (48,3 por ciento).


El periodista británico John Hooper se refiere a España como una nación de pacifistas. Esta aseveración parecería contradecir la tan extendida leyenda negra difundida a través de los siglos, principalmente en su país. No se pensaría que la trayectoria de golpes de estado militares que jalonaron el siglo XIX corroborase esta afirmación. Tampoco los numerosos y belicosos acontecimientos que salpicaron la historia de España a comienzos del siglo XX hasta llegar a la Guerra Civil. Sin embargo, tras el intento de golpe militar del 23 de febrero de 1981, la población dio muestras de que quería vivir en paz. Lo mismo puede decirse de la reacción popular al bombardeo en Irak decretado por el presidente estadounidense George W. Bush en marzo de 2003. Manifestaciones de más de un millón de personas invadieron las calles en Madrid y Barcelona para protestar contra las amenazas de guerra. Más del 90 por ciento de los españoles se declararon en contra de la guerra. Incluso tras el feroz atentado en la estación de trenes de Atocha en marzo del 2004, la población pidió, en diversas manifestaciones, paz. Ni venganza, ni odio, ni escalada de violencia. Los españoles se han declarado a favor de la paz y la concordia en cada una de las oportunidades que se les ha brindado. Sin embargo, las diferencias regionales y las desigualdades sociales siguen siendo muchas, en una sociedad que siempre ha creído en la existencia de clases sociales.
Clases sociales

La estructura de la sociedad española ha venido evolucionando lenta y a veces drástica- mente desde el siglo XIX, cuando se produjeron los primeros asaltos al Antiguo Régimen. Aquélla era una sociedad de signo hereditario dividida desde la cuna, con oportunidades de movilidad social prácticamente nulas. La gran conflictividad política y social de los siglos XIX y XX es una expresión clara de los muchos desajustes de clase y una toma de conciencia de la situación. Los campesinos andaluces y los obreros de los núcleos industriales de las ciudades bregaron constantemente por romper con ese cinturón opresor y exigieron un mayor protagonismo en el contexto nacional. Las huelgas, la invasión de tierras por la fuerza, los actos de violencia y vandalismo, fueron algunas de las armas utilizadas. Los partidos comunistas y socialistas, los anarquistas, y sus respectivos sindicatos, protagonizaron algunos de los pasajes más impactantes de la historia del siglo XX. Tras el paréntesis de la dictadura franquista y los pactos de buena voluntad obtenidos durante la transición, la realidad volvió sobre sus pasos.

España es un país con grandes desigualdades de clase que se han acrecentado con la globalización. Es un país donde todavía existe una amplia aristocracia y donde la pobreza es notable en los extrarradios de las ciudades, con la presencia del chabolismo (shanty towns). Bien es cierto que no es un país de mendigos y la mendicidad no es visible como en otras muchas partes del planeta. Según el informe de la Fundación Foessa, la evolución de las dis- tintas clases sociales ha seguido este patrón:

Hace apenas cincuenta años, España era un país eminentemente agrícola con sólo un puñado de grandes ciudades. El campo estaba dominado por una élite de caciques y grandes propietarios, y una masa de trabajadores desposeídos. La Guerra Civil dejó al país prácticamente en ruinas, con dos clases sociales, los ricos y los pobres. Desde entonces, la transformación del medio rural ha sido muy significativa. Hoy día, el porcentaje de obreros agrícolas ha descendido y no existen prácticamente jornaleros. La clase terrateniente y latifundista, que apoyó al régimen franquista durante cuarenta años, perdió parte de su poder político y prestigio social a medida que los procesos de industrialización se desarrollaban y privaban en los contextos económicos. España pasó, en la década de los 70, de ser un país agrícola a uno industrial. Su peso en el conjunto de la sociedad se debilitó sustancialmente como resultado de la aparición de un nuevo empresariado agrícola de mentalidad abierta, más preocupado por los resultados económicos que por el ejercicio del poder político local. El excedente de trabajadores agrícolas se fue desplazando paulatinamente a los sectores de la industria y los servicios. En 1990, el total de trabajadores del campo era del 9,2 por ciento; el de la industria, el 30,1; y el de los servicios, del 60,7 por ciento.






Clase alta


Clase media

Clase baja

1951 (%)

bajo la dictadura


0,1


27,0

72,9

1981 (%)

inicios de la democracia


5,0


42,0

53,0


Durante el régimen franquista, la clase trabajadora estuvo estrechamente controlada por las leyes que prohibían las huelgas y por la creación de sindicatos de tipo vertical. Tras

la dictadura, obreros y sindicatos volvieron a mostrar su talante reivindicativo, aunque los tiempos habían cambiado y sus manifestaciones fueron netamente económicas y no revolucionarias.

A partir de 1983, el PSOE gobernó en un largo período de poca conflictividad laboral, aunque se convocaron huelgas generales como la de diciembre de 1988. Poderosos sindicatos, especialmente la UGT y CCOO, han liderado la defensa de los intereses obreros, consiguiendo sustanciales mejoras sociales y salariales. Sin embargo, el gran cambio social fue el experimentado con la aparición de una sólida clase media, especialmente técnica y profesional. Como se puede ver en las estadísticas de Foessa, la clase media española creció del 27 por ciento de la población en 1951 al 42 por ciento en 1981. El proceso se aceleró en la década de los 60 como resultado de los Planes de Desarrollo y del rápido aumento de la población universitaria. Los contactos con Europa, impulsados por la relocalización de grandes empresas multinacionales en el territorio nacional, la aparición de un pequeño empresariado local, el boom del sector servicios, especialmente del turismo, aceleraron este proceso cuyas últimas consecuencias resultaron en un profundo cambio de mentalidad. La economía capitalista ya no se vio como un enemigo, todo lo contrario. Las políticas económicas de los gobiernos del PSOE fueron claramente capitalistas en lo económico, situación que legitimó el lucro y la sociedad de consumo. La existencia de una clase media amplia, educada, que viaja y está al tanto del acontecer internacional, es la prueba fehaciente de una sociedad moderna que se enfrenta a muchos de los problemas de las sociedades industriales modernas. ¿Qué papel desempeña pues la aristocracia?
La aristocracia española

Existe todavía en España una aristocracia de sangre heredera de la histórica nobleza que gobernó el país desde su fundación en el siglo XV, e incluso desde fechas anteriores. Aunque sus privilegios han sido prácticamente reducidos a cero y goza de los mismos derechos y obligaciones que el resto de los ciudadanos, todavía esta clase o superclase mantiene lazos de parentesco y afiliación con la monarquía española. La aristocracia o nobleza es de alguna forma antigua y a la vez moderna. Lo curioso es que todavía se conceden en España títulos nobiliarios, lo que sorprende en una sociedad donde todo parece haberse igualado. El “don” ha desaparecido del vocabulario diario y el tuteo domina las relaciones sociales, incluso entre las altas esferas políticas. En 1987 se concedió el título de marqués al doctor Gregorio Marañón, y a Adolfo Suárez, primer ministro de la UCD durante la transición, el de duque de Suárez.

La gente expresa reacciones dispares con respecto a la aristocracia. Por una parte les hace gracia que aún existan estos individuos que parecen sacados de los libros de historia antigua o de los cuadros de mansiones señoriales. ¿Son fósiles? ¿gente normal? ¿residuos de la España imperial? En la práctica, viven al lado del resto de los ciudadanos, participan activamente en el acontecer cultural y están relativamente unidos a la nobleza de otros países. Su función, ciertamente, parece alimentar las noticias de las revistas del corazón, entre ellas, Hola y Semana. Lo cierto es que la nobleza atrae tanto que, en las últimas décadas, se han presentado ante la Justicia española diversos casos de disputas hereditarias, principalmente de mujeres que retan los derechos de primogenitura que todavía prevalecen en los hijos varones. En España sólo el primogénito varón hereda el título familiar.

Según datos recientes, existen todavía 2.613 títulos nobiliarios y son 2.078 los miembros de la nobleza. Ello es debido a que son varios los que poseen más de un título. El escalafón de esta aristocracia se inicia con los grandes de España y duques que totalizan 144, continúa con marqueses (1.295), condes (885), vizcondes (130) y barones (159). El prototipo de esta aristocracia es la duquesa de Alba de Tormes, que es además una de las mujeres más ricas de España. Posee unos cuarenta títulos nobiliarios. Entre ellos, es siete veces Grande de España. Su nombre completo es doña María del Rosario Cayetana Fitz James Stuart y Silva, duquesa de Alba, Condesa duquesa de Olivares y vizcondesa de la Calzada. Acapara seis otros ducados, catorce marquesados y una veintena de condados. Otros de los nombres más resonantes de la aristocracia española son: doña Victoria Eugenia Fernández de Córdoba y Fernández de Hinestrosa, duquesa de Medinaceli; doña Anunciada de Gorosábel y Ramírez de Haro, duquesa de Veragua, viuda de Cristóbal Colón de Carvajal y Mavoto; y doña Luisa Isabel de Toledo y Maura, duquesa de Medina-Sidonia. Títulos todos ellos emparentados con el más regio abolengo de la aristocracia española.
LA MONARQUÍA

Al lado de la aristocracia de sangre se sitúa la familia real española encabezada por el rey Juan Carlos I de Borbón y Borbón. La familia real española, contrariamente a la inglesa, goza de muy buena reputación. La personalidad del rey, un hombre asequible, simpático, con sentido del humor, ha sabido ganarse a los españoles de forma paulatina desde su coro- nación en 1975. Juan Carlos I ha sabido combinar el doble papel de jefe del Estado y miembro de la realeza con las características de un hombre interesado por el quehacer cotidiano de los españoles. Amante de los deportes, se ha mantenido al margen de las labores del gobierno, algo que no supieron hacer ni su padre Juan de Borbón, conde de Barcelona, ni su abuelo Alfonso XIII. A este último, su vinculación con la dictadura de Primo de Rivera le costó el trono y la disrupción de la línea hereditaria. Su hijo, el Conde de Barcelona, primero acogió el levantamiento militar de 1936 y luego se opuso a Franco, criticándolo en un momento en que la monarquía contaba con pocos apoyos. Consecuentemente, Franco lo excluyó de sus planes de sucesión y eligió a su hijo, que entonces parecía ser una simple marioneta. No fue así. Juan Carlos encontró un lugar en la maquinaria del Estado y otro en el corazón de los españoles.

Una prueba fundamental en la vida de la monarquía fue la difícil situación que el rey, recién nombrado, tuvo que resolver frente al intento de golpe de Estado de 1981. Los mi- litares levantiscos habían calculado que el rey, persona educada en los círculos del Caudillo, se doblegaría a los intentos golpistas que abogaban por la continuidad del Movimiento Nacional. No fue así. El rey adoptó una postura de gran firmeza y, a través de las ondas de la radio y la televisión, declaró su rotunda oposición al golpe, declarando que para triunfar deberían acabar con su vida. A partir de esos momentos, Juan Carlos I se convirtió en el rey de todos los españoles y ha sabido mantener el lugar que le asigna la constitución y defender, por encima de todo, las leyes y la integridad del Estado español.

El artículo primero de la Constitución española de 1978 define al Estado español como una Monarquía Parlamentaria, expresión novedosa pero que resulta válida debido a que el poder del Estado no reside en la Corona sino en las Cortes. Los artículos 62 y 63 establecen las competencias del rey. Entre las más significativas: a) sancionar y promulgar las leyes; b) convocar y disolver las Cortes generales y llamar a elecciones y referendos en los términos previstos por la constitución; c) proponer el candidato a presidente del gobierno y, en su caso, nombrarlo; d) nombrar a los miembros del gobierno a propuesta del presi- dente; e) el mando supremo de las fuerzas armadas; f) ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley; g) declarar la guerra y hacer la paz, previa autorización de las Cortes generales. Su papel, pues, es representativo y está estrechamente supeditado a la Constitución.

Uno de los logros del rey ha sido funcionar como figura simbólica de la unidad de Es- paña. Su presencia ha sido fundamental en momentos clave de la historia reciente. Por ejemplo, ha sabido apaciguar las profundas divergencias entre los gobiernos socialistas, decididamente laicos, y la Iglesia católica. En repetidas ocasiones ha hecho declaraciones públicas de fe, corroborando su adhesión a la doctrina católica, sin contravenir los deseos democráticos del gobierno elegido.

Por otra parte, ha sido capaz de situarse al margen del debate nacionalista, pero manteniendo una postura decididamente integradora de todas y cada una de las regiones y autonomías. Durante los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona en 1992, cuando la organización de los juegos había declarado como lenguas oficiales el catalán y el inglés, Juan Carlos se las arregló para estar presente en la entrega de medallas a los atletas españoles y expresar sus felicitaciones en castellano, idioma oficial del Estado español. Con su presencia, las banderas españolas airearon al lado de las catalanas y de otras nacionalidades.

Juan Carlos I proviene de la dinastía francesa de los Borbón, que llegó al poder tras la guerra de sucesión a comienzos del siglo XVIII, cuando el último monarca de la Casa de los Habsburgo murió sin descendencia. En el siglo XIX, la popularidad de la monarquía de- cayó. Carlos IV se rindió a los ejércitos de Napoleón y fue destronado temporalmente. Su hijo Fernando VII recuperó la monarquía, pero la malgastó al retroceder al absolutismo borbónico. La elección de su hija Isabel II, menor de edad, originó las Guerras Carlistas. Isabel fue destronada en 1868. La trayectoria de los Borbón no es una página lustrosa. En su recorrido dividieron al país más que lo unieron. La restauración borbónica, tras el paréntesis de la Primera República en 1873, se realizó en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II, rey castizo que murió muy joven. Alfonso XIII recuperó el trono y volvió a perderlo en 1931 con la llegada de la Segunda República. A su muerte en 1941, le correspondía heredar a su hijo mayor, Alfonso, quien abdicó para casarse con una mujer cubana que no pertenecía a la realeza. Murió años después en un accidente automovilístico, sin heredero. El segundo hijo, Jaime, fue declarado incapacitado para gobernar debido a su sordera. El tercer hijo de Alfonso XIII, Juan, conde de Barcelona, fue declarado heredero legítimo, pero la intransigencia de Franco le impidió alzarse con el trono.

En la práctica, Juan de Borbón era el tercer varón y el cuarto hijo de la dinastía. Se educó en el Royal Naval College de Darmouth y contrajo matrimonio en 1935 con doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, princesa de las Dos Sicilias. Como resultado de este enlace tuvieron cinco hijos. Uno de ellos fue Juan Carlos. Su hermano mayor, Alfonso, murió a los quince años, cuando se le disparó una escopeta de caza. Juan Carlos, que estaba presente, quedó profundamente afectado.

Con el fin de acceder al trono español dentro de los planes de la ley de sucesión española, Juan Carlos hubo de aceptar a las exigencias de Franco. Una de ellas era controlar su educación. A tal efecto, el heredero fue enviado a España en 1955. Pasó dos años en el Colegio del Ejército de Tierra en Zaragoza, a los que siguieron un año en cada una de las Escuelas de Marina y de las Fuerzas Aéreas. Al terminar este período castrense, se matriculó oficialmente en la Universidad de Madrid en un programa de estudios liberales, aunque bajo la tutoría de profesores seleccionados.
LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA

El 14 de mayo de 1962, se casó en Atenas con la hija de los reyes de Grecia, Sofía, cuyo hermano Constantino perdió el trono en un golpe militar en 1973.

Fruto del matrimonio de Juan Carlos y Sofía nacieron tres hijos: las infantas Elena, nacida en 1963, y Cristina en 1965, el príncipe Felipe nació en 1968. Los tres están casados y con hijos.

El último, el príncipe Felipe, se casó recientemente con una mujer divorciada, Letizia, locutora de televisión y sin ninguna vinculación con la nobleza o la monarquía. Se pensaba que sus padres no autorizarían el matrimonio. En varias ocasiones el príncipe había mantenido largas relaciones afectivas con mujeres de otras nacionalidades, estudiantes universitarias estadounidenses o modelos noruegas, que fueron desautorizadas. Sin embargo, la boda con Letizia se llevó a cabo y han tenido dos hijas.

Una de las muchas cuestiones sin resolver es por qué el general Franco se decidió por Juan Carlos y no por algunos de los muchos pretendientes a la sucesión. Si bien es cierto que los miembros del Opus Dei, responsables del milagro económico español de los años 70, favorecieron la candidatura de Juan Carlos, había otras muchas las familias políticas que se oponían o veían con mejores ojos a otros candidatos. Entre ellos, Alfonso de Borbón- Dampierre, hijo de Jaime, el segundo hijo de Alfonso XIII, declarado incapacitado por sordera. Con él, existían más garantías de que se seguiría la línea conservadora del régimen, de ahí que su candidatura viniera apoyada por los falangistas. Es más, Alfonso se casó con la nieta mayor de Franco, María del Carmen Martínez Bordiú Franco, situación que podría haber abierto las puertas a herederos de Franco para ingresar en la monarquía española. Varios miembros de la familia se aliaron a los falangistas buscando la posibilidad de alzar al trono a Alfonso. Carmen Polo, la esposa del Caudillo, intentó que el casamiento de Alfonso y María del Carmen fuese declarado boda real e intentó que se otorgara al futuro yerno el trato de alteza real. Pero no resultó. Juan Carlos fue declarado rey de España y ha presidido, desde su elevación al trono, la transformación de la sociedad española.
Fuente: Oropé, Fernando and Carrie B. Douglass-España y los españoles de hoy. Historia, sociedad y cultura. New Jersey: Pearson/Prentice Hall, 2008
Bibliografía

  • De Miguel, Amando. El rompecabezas nacional. Barcelona: Plaza & Janés, 1986.

  • Fusi, Juan Pablo. España. La evolución de la identidad nacional. Madrid: Temas de Hoy, 2000.

  • Gibson, Ian. Fire in the Blood. The New Spain. London: BBC Books, 1992.

  • Hooper, John. Los nuevos españoles. Madrid: Javier Vergara editor, 1996.

  • Hughes, Robert. Barcelona. New York: Alfred A. Knopf, 1992.

  • Pérez Picazo, María Teresa. Historia de España del siglo XX. Barcelona: Crítica, 1996.


Al finalizar este artículo deberías saber…


  • Cuál es el número de habitantes (en millones) en España

  • Cuál ha sido el papel de la emigración para España

  • Cuál es el papel de la inmigración actual en España

  • De dónde procede principalmente la inmigración y cuál ha sido la experiencia histórica en materia de inmigración hasta la segunda mitad del siglo xx.

  • Cuáles son las posiciones de la sociedad española respecto a la inmigración (ventajas/inconvenientes)

  • Qué clases sociales existen hoy en día en España.

  • Qué ocurrió en el 23 de febrero de 1981 y explicar cuál fue el papel del rey

  • Cómo se define el Estado Español en su Constitución de 1978

  • Cómo se declara España en materia religiosa

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1980 el proceso se invirtió y, de ser un país de emigrantes, España se ha convertido en un país receptor. Si la población ha crecido en los últimos años es debido a la existencia de cerca de cuatro millones de inmigrantes icon“Cataluña y el País Vasco, El país Vasco y Cataluña, son dos cánceres...

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