Aula Política






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El resultado


El anverso positivo:



Hay que alegrarse de los efectos positivos que el desarrollo de las tendencias y los acontecimientos nos ha producido, porque fueron muchos e importantes.
Hablamos especialísimamente de la Tolerancia, que sin duda es una Virtud Moral, como otras, predicada en el Nuevo Testamento (“No juzgueis y no sereis juzgados”), pero que además era probablemente la virtud de la moral “social” que más necesitábamos los hispanos en este fin de siglo. Y hoy la tenemos. Los españoles estamos ya aceptando con gran naturalidad, la existencia de personas con Ideas distintas o contrarias a las nuestras, cuyas maneras de pensar, e incluso de actuar, cada vez soportamos mejor, e incluso, como veremos luego, comprendemos y perdonamos casi todo, no sólo la peculiaridad o diferencia de pensamiento y vida, sino también la violación de las normas.
Aunque han confluido simultáneamente varias causas para reflotar, desarrollar y apuntalar esta virtud nuestra actual.
Una, de carácter negativo, ha sido el miedo a la vuelta de la guerra civil.

La segunda es la democracia, que por si misma implica la convivencia con el discrepante, y la asunción de unas reglas por las cuales, unas veces podemos llevar adelante nuestras ideas que otros han de aguantar, pero en otras ocasiones hace que seamos nosotros quienes debamos aquietarnos, cuando aquellos otros aplican políticas que nos disgustan. La convivencia en democracia implica esencialmente tolerancia, sino en el pensamiento, al menos en la acción y el comportamiento; y ya es bastante la tolerancia externa; pero además, el hábito de aceptación práctica de la posición ajena, conduce poco a poco a la apertura mental respecto de las ideas del discrepante.
Otra motivación positiva, fue el énfasis que la predicación católica volvió a poner sobre tolerancia y reconciliación; unos mensajes que permanentemente han estado en su doctrina, pero que a veces se eclipsaron por la superposición de otros que en la práctica eran incompatibles; y éso, que había ocurrido por ejemplo en las Cruzadas, sucedió de nuevo en las décadas 30 y 40 por los avatares y tragedias de la Guerra Civil; pero afortunadamente se superó. Juan José Toharia ha comentado unos estudios sociológicos según los cuales, un 25% de españoles, y también de jóvenes, especialmente afectos a lo católico, muestran en los años 80 mayores índices de tolerancia que la media, a consecuencia de la doctrina profesada.
Hay una cuarta concausa, de origen criticable, pero que pese a ello contribuye a este resultado positivo. Es la ausencia de otros valores morales, típica de las fases apolíneas de la cultura, de la que a continuación hablamos, que lleva a las gentes al relativismo y a la indiferencia. Carencias nocivas, que a veces en la historia han facilitado las conductas persecutorias y hasta genocidas de los dirigentes, pero que cuando concurren con las otras notas antes señaladas, también prestan su concurso para amplificar la instalación de la tolerancia.

El reverso desafortunado:



Amen de a las consecuencias favorables antes anotadas, todo el proceso que esquemáticamente acabamos de repasar, nos conduce a la realidad de la España de hoy.
Una España en la que la filosofía y los valores morales de la derecha, se hundieron socialmente hace bastante tiempo; y seguramente no es ajeno a ello, que desde el gran Partido actual de este sector, el Popular, surgen esporádicamente mensajes, distanciándose de definiciones y compromisos filosóficos que se le suponen.
Y una Nación en la que también se ha desmoronado y perdido vigencia social, la ideología sustitutiva de la Izquierda.
Así nos encontramos desde la segunda mitad de los 80, con una España social y globalmente sin Moral, sin Valores, sin Proyectos ni ilusión colectiva, y con unos grados increíbles de corrupción.


Y no debemos dejar de advertir que, aun siendo efectivamente esta crisis de Valores una de las causas de la corrupción que se ha adueñado del País, porque coloca a los ciudadanos inermes ante un elenco creciente de tentaciones, quizá la peor de sus consecuencias no sea esa Corrupción, sino la anemia cultural y moral que nos incapacita para asumir tareas positivas como pueblo, orientando en gran medida las vidas personales de los españoles, hacia la exclusiva solución de sus problemas individuales.
Además de la corrupción, hay otros casos en los que se manifiestan las consecuencias de la debilidad de los Valores, igualmente significativos. Como lo es que España, en esta etapa, haya llegado a ocupar los últimos puestos en el mundo en tasa de natalidad; que ya sabemos que es un resultado al que colaboran diversas causas, como ocurre en el tema de la corrupción; pero sin duda que, cuando un pueblo anteriormente fecundo, cae tan drásticamente en su reproducción, es que en lo colectivo también hubo un proceso de des-ilusión o des-moralización. Y aun pueden seguirse poniendo ejemplos ilustrativos de la crisis de referentes sociales, cual ha sido la pérdida del ideal nacional español, el cual, salvo en algunas Comunidades, sólo parcialmente ha sido sustituido por el regional; o la dificultad -y a veces falta de voluntad- que tienen los políticos, para señalar líneas de pensamiento orientadoras de sus programas de acción; etc.
Esa indigencia de ideales morales, por su nihilismo, conduce además al hastío y al aburrimiento, que, cuando llegan a tocar “suelo”, son curiosamente el más favorable caldo de cultivo para las experiencias violentas y de intransigencia. Para el fin de la fase apolínea y la vuelta a lo dionisíaco.

Diferencias en la conciencia moral, entre fases culturales



Acudamos a unos elementos comparativos, que nos permitirán acreditar lo antes dicho.
Cojamos cualquier Libro de historia contemporánea de España. Por ejemplo el de José María Gil Robles15, quien nos relata la crisis de Gobierno de 1935, que provocó la disolución de las Cortes y la entrada posterior del Frente Popular. Aquel Gobierno cayó, provocando una crisis tan trascendente, por el incidente del “straperlo”, motivado porque dos ciudadanos extranjeros que querían obtener licencias de juego en San Sebastián y Formentor, regalaron un reloj de pulsera al Ministro de la Gobernación. Ese pequeño cohecho fue la causa de la apertura de la crisis; pero no me fijaré en ello, porque muy probablemente el suceso fue aprovechado por el Presidente de la República para hacer su particular política. Lo destacable en el análisis, es que esa pequeña irregularidad tuvo una condena popular amplísima. Por una parte generó una palabra “estraperlo” - formada por la contracción de los nombres de los dos extranjeros promotores del asunto- que pasó a definir popularmente todo “chanchullo” o irregularidad y que ingresó en el Diccionario. Pero por otra, tanto el Partido Radical al que pertenecía el Ministro aceptante del reloj, como su líder Don Alejandro Lerroux, fueron desahuciados de la escena política por el electorado. El Partido Radical, que en las anteriores elecciones de 1933 había conseguido 102 Diputados, en las elecciones subsiguientes a la crisis, obtuvo sólo ocho. Y Don Alejandro Lerroux, en tiempos dirigente revolucionario en Cataluña, y Presidente del Gobierno en 1935, volvió a presentarse como cabecera de la Lista de su Partido por Madrid, y ni siquiera él salió elegido 16.
Hagamos ahora el salto de época y volvamos a los años 90, prescindiendo de cualquier ánimo acusatorio que sería impropio de este trabajo. El pueblo español ha tenido que conocer escándalos múltiples de corrupciones muy graves, algunas de ellas incluso institucionalizadas en el seno de Partidos; y, aunque las correspondientes causas penales se detuvieron a ciertos niveles, la gente de la calle no dudaba en decir que las responsabilidades se extendían hacia arriba. Y sin embargo, en medio del conocimiento y denuncia de todo ello, pasan las elecciones de 1993, y luego las de 1996, y las diferencias de votos son muy pequeñas, e incluso explicables por el largo tiempo de permanencia en el Poder de un Partido; sin que por otra parte bajara el índice de popularidad y aceptación de líderes que, según los comentarios populares, tenían responsabilidad en las tramas que se montaron en favor de sus Partidos.
Es evidente que la Moral social ha pasado desde la exigencia máxima de los años 30, a la laxitud impresionante del fin de siglo, en movimientos paralelos a las olas de exaltación y de hundimiento de las filosofías político-sociales en presencia.

No a una concepción pesimista



El cuadro que dibujamos parece pesimista. Pero no lo es.
Destacamos a los efectos de este trabajo, las consecuencias negativas de la fase cultural que estamos viviendo; especialmente de las partes finales de la fase, cuando las tendencias se extreman.
Pero ello no marca una línea descendente. Porque, como siempre, llegaremos al cambio de ciclo y a las tendencias contrarias, y esa fase volverá a tener muchos aspectos positivos junto con otros desfavorables. Habrá que intentar, como siempre, no dejarse llevar a los extremos, aprovechar lo más favorable y minimizar lo negativo.
Pero además, debe quedar claro que naturalmente hablamos en términos globales y sociales, pretendiendo destacar lo que es característica preponderante del momento. Porque hay infinidad de conductas individuales espléndidas y ejemplares, e incluso un número esperanzador y creciente de grupos de ciudadanos altruistas.



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