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El franquismo y luego lo apolíneo



La evolución interior del Régimen de Franco:



Prescindiendo aquí de juicios sobre Franco, lo que podemos destacar es que no era un ideólogo; - aunque probablemente se equivocan quienes se empeñan en presentarlo como un ignorante o inculto, ya que amen de su preparación militar indiscutible, al menos había leído a los Regeneracionistas, Costa, Ganivet..., con sus tesis del agua, el Pan, los Pantanos, las escuelas, la producción etc.- Era esencialmente un Militar, con patriotismo indiscutible. Y singularmente un Pragmático, como lo demuestra su papel difícilmente definible en la preparación del Alzamiento Militar que acabó encabezando.
Esencialmente Franco era “franquista”, y será muy difícil pretender encasillarle en cualquier otra categoría.
Examinando su obra política, se ve que nunca Franco sintió entusiasmo por Falange; ni tampoco por el pensamiento hegeliano, que probablemente sólo conoció por referencias superficiales.
Pero en todo caso, a partir 1945 Occidente cambia de fase cultural; las tendencias dionisíacas de la primera mitad del siglo, tras haber desembocada en la gran tragedia que el mundo vivió, ceden paso a sus contrarias apolíneas. Y dentro de este cambio profundo de tendencias, se producen además los hechos que vamos a reseñar.
La evolución del franquismo fue la de una congelación progresiva de los factores falangistas y/o fascistas de su Régimen. No es que eliminara de su Sistema a las personas de procedencia “azul”, pues Franco representa a lo largo de 40 años de Poder un curioso ejemplo de fidelidad a los orígenes, repartiendo Carteras ministeriales en función de las cuotas originarias de participación en su Alzamiento. Pero sin embargo, es evidente que los “azules” de su Gobierno, cada vez están más desconectados de cualquier aparato u organización realmente falangista, pues Franco se preocupa de ir reconvirtiendo poco a poco el pensamiento “Joseantoniano”, desde el falangismo originario, más o menos próximo a lo fascista, hasta el franquismo final, a través de la técnica intermedia del llamado “Movimiento Nacional” o “Comunión” de los españoles en los Ideales de la Cruzada, como decía la fórmula oficial.
Juan Manuel Fanjul, Monárquico “Juanista” durante la Dictadura, que fue Fiscal General del Estado al comienzo de la Transición, describió al franquismo como “Cocktail” o “concentración” de todas las fuerzas que se sublevaron contra la República, amalgamadas por el “hielo” franquista. No era una mala descripción. Y de hecho, el adoctrinamiento político que se venía practicando antes en los Centros Docentes, se convirtió paulatinamente en una Formación del Espíritu Nacional o Formación Política, cada vez más ambigua y desacreditada. Aunque la disminución del peso falangista durante el franquismo, iba siendo compensada por Franco, mediante el aumento correlativo de dos elementos simultáneos: el técnico y el católico.
Franco nunca repudió a Falange. Pero ya en los años 60, podemos observar que el discurso hegeliano de su régimen, se había sustituido por otro de corte “desarrollista”, tecnocrático y pragmático. Comienza la época de los “Lópeces”, abierta por Carrero-Ullastres-Navarro Rubio-López Rodó, y continuada por las generaciones que se forman en torno a las estructuras de preparación de los Planes de Desarrollo.
El elemento católico, que ya había cobrado gran importancia con los Propagandistas al final de la 2ª guerra mundial- Artajo, Castiella, Sánchez Bella, Ruiz Giménez, Fraga..., antes Larraz, luego Silva...-, y que después fue completado y superado con los elementos próximos al Opus Dei, va cubriendo los vacíos que deja lo hegeliano, y la España oficial, con sus poderosos medios, tanto más influyentes cuanto que tienen escasa competencia, no ofrece más doctrina coherente que la profesada por la Iglesia.
Es así que el cristianismo vuelve a ser el elemento vertebrador y casi único de la Moral en España. Aparentemente al 100%. En la realidad menos, como es natural, pero de todos modos en gran medida, no sólo porque son muchísimas las personas adheridas sinceramente al pensamiento católico, sino también porque sobre parte considerable de todas las demás, pesa obviamente lo oficial y su propaganda.

Aspectos destacables de la evolución de Iglesia y Marxismo bajo el Régimen de Franco:



Pero el Concilio Vaticano II tiene también trascendencia cara al tema que estudiamos, por otra razón. Y es que supone la ruptura del unitarismo doctrinal previo de los católicos. La Iglesia, con voluntad de apertura al mundo y a su cultura, admite y fomenta la interpretación plural de su doctrina, abriendo el abanico de opciones en materias de Fe, de Moral, y más aún en Valores sociales.
Con la particularidad de que esa apertura preconizada por el Concilio, se amplifica muchísimo en su aplicación extraconciliar, como normalmente ocurre en estos fenómenos de liberalización. Se produjo algo anteriormente desconocido en el campo católico: y fue que en muchos puntos, para los católicos comenzaron a valer ciertas cosas y al mismo tiempo sus contrarias, porque unas y otras tenían defensores legitimados por el pluralismo instaurado con aquella apertura.
El impacto en España del Vaticano II fue intelectualmente traumático, debido a la situación previa del catolicismo español, más disciplinado y unitario que ninguno merced a las consecuencias de la guerra civil. La sociedad española vivía colgada éticamente de unos valores cristianos muy claros y simples, predicados machacona y uniformemente por la Iglesia. Y es casi indiferente a estos efectos, que el pueblo respetara más o menos en la práctica aquellos Valores Morales; porque, aunque muchos actuaran en contra de sus mandatos, no por ello se dejaba de proclamar su validez, de modo que constituían un reclamo social, y ello generaba, naturalmente, la consecuencia de muchas vidas individuales acordes con aquellos Valores.
De modo que, cuando la propia Iglesia comienza a cuestionar esos Valores, o al menos sus contornos definidores, la sociedad española se desorienta. Empiezan a faltarle aquellos cómodos y fáciles asideros éticos que tenía, y que constituían su referencia de seguridad moral.
Y también en esos mismos años, comienzan a notarse los efectos del “desarrollismo” económico, combinados con los de la doble corriente de turistas europeos hacia España y de emigrantes españoles hacia Europa, que por sus lógicos efectos secularizadores, contribuyen a potenciar la pérdida de referencias morales.
Pero, junto con esa circunstancia foránea del Vaticano II, que incide sobre la moral social española, que era en aquel tiempo la cristiana, aun se da otra circunstancia típicamente española, que va a incrementar la crisis de los valores cristianos, y por tanto sociales, dentro de nuestra nación.
Ya que singularmente a partir de la “Mater et Magistra” de Juan XXIII, la Iglesia española comienza un proceso de “desenganche” respecto del Régimen de Franco. Pasa a reiterar mensajes en favor de la democracia y los “derechos humanos”; pero al mismo tiempo, para justificar y ser coherente con su desenganche, insiste en su “apoliticismo”, lo cual la obliga a poner énfasis en la tesis de que, dentro de lo cristiano caben distintos enfoques políticos. De tal suerte que los nuevos movimientos católico-marxistas se reclaman cristianos, como obviamente se proclaman los “demócrata cristianos”, pero como no dejan de confesarse los diversos sectores del franquismo, incluido su Jefe.
La Iglesia, con su pluralismo del momento, no quiere excluir a nadie; ampara a todos, y la Jerarquía eclesiástica calla y consiente casi todo.
Con lo cual, lo cristiano, que pervive a título individual o íntimo en mucha gente, deja de poderse utilizar como pauta pública de comportamiento o como elemento definitorio de moral social, ya que nadie puede establecer un sentido único en la aplicación de los principios, a veces ni siquiera en la mera formulación de esos principios, sin quedar sometido a alguna autorizada contradicción.
Lo cristiano, que con su filosofía y su moral se había expandido en los años 50 y 60, cubriendo los huecos dejados en el pensamiento oficial por lo hegeliano de derechas, y convirtiéndose en moral social única del pueblo español, entra en crisis en tal concepto al llegar a los 70, generando un nuevo hueco. Y como la naturaleza tiene horror al vacío, es el Marxismo, agazapado e incrustado dentro de las estructuras de la Iglesia, pero dominante entonces en la cultura del Occidente, la doctrina que, pese al autoritarismo y anticomunismo del Régimen de Franco, sale de las Catacumbas y se extiende por la vida española, dando fundamento doctrinal e intelectual a las tomas de posición de las gentes.
Es así que al final del franquismo, los marxistas ocupan multitud de Cátedras de Universidad, se encuentran en todos los campos de la cultura, del mundo editorial, del cine, del teatro, de los Medios de Comunicación, de la televisión oficial, de la Iglesia...

El cuadro a la muerte de Franco. La desaparición de una filosofía social de la derecha:



Hablando en los términos esquemáticos y convencionales de Derecha e Izquierda, a la muerte de Franco nos encontramos:
Con que la Derecha retiene todo el poder político, pero en cambio carece de una filosofía propia socialmente operativa. Porque la hegeliana hace tiempo que la arrumbó. El puro franquismo es algo que carece de sentido sin Franco. Y el cristianismo es un valor religioso individual para muchos, pero que está invalidado para ser modelo de inspiración social o política, dada su polivalencia de entonces. Mientras que el pensamiento liberal, desacreditado y minimizado tras la Guerra, es cultivado sólo por algunas personas aisladas o núcleos muy reducidos, porque todavía en 1975 en el mundo entero, el liberalismo sigue aplastado por el pensamiento keynesiano.
Mientras que la Izquierda, aun alejada del poder político, tiene una doctrina marxista que eclosiona avasalladoramente en España, igual que en los 50 y 60 lo había hecho en Europa y América; que llega a todas partes e influye en todos, incluso en sus adversarios, -quienes muchas veces para oponerse al marxismo, invocan como ideal el modelo, también marxista, de la socialdemocracia “a la sueca”; incluso Karl R. Popper, gran inspirador del liberalismo actual, en su fundamental libro concluido en 1943 “La sociedad abierta y sus enemigos”, reconoce al sueco como su ideal 11 -. El mundo de la cultura, de los valores y de las ideas políticas, es de la izquierda marxista cuando Franco muere.
Pero, al menos existe una Moral 12 inspiradora de la vida social.


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