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Corrupción y democracia



No es fácil contestar si la corrupción es ahora superior o inferior, con la democracia, que con el anterior régimen autoritario.
No vale solo la “impresión social”, ya que esa impresión, en democracia, con más libertad de medios de comunicación, quizá como en España ocurre, con una jurisprudencia muy permisiva en cuanto a los ataques al honor de personas públicas, no nos puede servir como término de comparación.
La comparación en puntos, Magistraturas o situaciones concretas, que sí que puede hacerse, no permite extrapolar los resultados.
El ser humano es el mismo, con las mismas pasiones, imperfecciones y también virtudes, viva bajo el régimen que viva.
El menor control de la opinión pública sobre los gobernantes, permite suponer mayores niveles de corrupción bajo los regímenes autoritarios en general.
Pero, por el contrario, el sistema democrático multiplica el número de políticos en ejercicio, y ello puede incrementar los abusos.

Si además al establecerse el sistema democrático, se descentraliza el Poder, con mayor razón. La diferencia entre una democracia centralizada y otra con 17 Comunidades Autónomas, quizá signifique, dentro del mismo sistema democrático, la multiplicación por diez o por cinco, del número de políticos.
Es difícil el juicio.
Pero, sea mayor o menor, la corrupción, sobre todo cuando un régimen político se está agotando, es un factor que coadyuva a la crisis y a la revolución. Con más facilidad en democracia, debido a la superior libertad de expresión y a la superior toma de conciencia.
De modo que hay que afrontar el problema de la corrupción, por razones morales, por la eficacia y buen funcionamiento de la sociedad, pero también para poder mantener la vigencia de un sistema democrático.

CAUSAS MORALES


Las tendencias cíclicas de los hombres y de la sociedad



Las tendencias de los seres humanos y por tanto de las sociedades, son cíclicas. Hay fases que podemos llamar apolíneas, en las cuales el ansia predominante es en favor de situaciones como democracia, libertad, igualdad, serenidad, pragmatismo, paz, con sus contrapartidas de hedonismo, indiferencia, mediocridad y corrupción…
Otras susceptibles de denominarse dionisíacas, en las que se tiende a la jerarquía, esfuerzo, mérito, trascendencia, con su reverso de autoritarismo, belicismo, desprecio de la compasión, intolerancia…
En los períodos apolíneos, aumenta la secularización y ello reduce la moral como fenómeno social. Porque la Moral autónoma claro que es posible, pero solo para minorías. En los dionisíacos la moral social crece, aunque pueda estar mezclada con hipocresía y genere imposiciones censurables1.

Lo dionisíaco en el siglo XX



La Dictadura de Primo de Rivera en 1923, nos pone de manifiesto la crisis política del Liberalismo español. Ese Régimen autoritario, fue realmente el resultado de los movimientos purificadores que detestan el juego habitual de los políticos parlamentarios y demandan el “cirujano de hierro”, lo cual explica que prácticamente toda España - derecha e izquierda, centro y periferia- apoya al General cuando decide tomar el Poder.
Aunque tampoco actuó Primo en solitario, porque cuando accedió al Poder, ya en Francia y Portugal se hablaba de la crisis del liberalismo, y en Italia y Rusia habían pasado a soluciones contrarias. La marcha del fascismo sobre Roma comenzó el 28 de Octubre de 1922, y cinco años antes se había producido la Revolución comunista rusa; también en Portugal el Gobierno de Joao Franco de 1906 hizo un programa de “fomento” que apuntaba la quiebra del liberalismo, produciéndose “a revoluçao do Estado Novo” el 28 de Mayo de 1926, con el ascenso de Salazar a la Jefatura del Gobierno en 1932, y la aprobación en Referéndum de la nueva Constitución salazarista el 19 de Marzo de 1933.

Sin que debamos confundirnos por el hecho de que subsistieran importantes Partidos de raíz liberal. En el caso francés, personajes como Daladier, cabezas de grupos políticos muy apoyados, fueron llevando el País hacia el intervencionismo e incluso en dirección autoritaria, como iba imponiendo la sensibilidad del tiempo. Y otro tanto ocurrió en España, donde hasta la Guerra Civil existieron notables Partidos liberales, de izquierda o derecha, como el Radical de Lerroux, o Izquierda Republicana de Azaña, o el Reformismo de Alvarez, o los Centrismos de Portela Valladares o Alcalá Zamora. Pero todos esos Partidos y sus líderes, realmente no conducían el proceso político. Eran “colaboradores” más o menos necesarios de uno de los dos bloques, o de la derecha “cedista” o de la izquierda “marxista”; eran fuerzas en claro retroceso, pese a la alta talla intelectual que a veces tenían sus líderes; e incluso probablemente recibían el desprecio de los bloques a los que apoyaban.
En los años 30 el Liberalismo tenía prestigio, era una referencia gloriosa, pero estaba exhausto.


El Catolicismo



Ya durante la etapa Imperial Romana, pero al menos desde Recaredo, lo católico es un elemento esencial de la vida política y social española; un factor que, según las épocas y circunstancias, actúa unitaria o fragmentariamente, explícita o implícitamente, pero que actúa siempre.
El advenimiento de la Segunda República, se produjo con un carácter marcadamente antieclesiástico de las fuerzas que la trajeron y orientaron. Prescindamos ahora de valoraciones, pero recordemos hechos. Salvador de Madariaga 2 opina -y yo comparto ese juicio suyo- que algunas actuaciones para recorte de influencia de la Iglesia eran inevitables, tanto que “la opinión católica...habría tolerado y hasta deseado medidas anticlericales que redujesen a la Iglesia a sus límites legítimos en la vida nacional”; pero no fue posible una política de la República constructiva e inteligente en relación con la Iglesia, que se vio impedida por “el apasionamiento anticlerical de sus prohombres”, de modo que “el anticlericalismo constante y punzante de la República proporcionó al cogollo de católicos militantes y reaccionarios el pretexto que deseaba para movilizar contra ella a la opinión religiosa del País”. Cuando Madariaga comenta la frase de Azaña declarando que “España ha dejado de ser católica”, la relata como pronunciada “en aquella Asamblea anticlerical que escuchaba y aplaudía con entusiasmo a su anticlerical Presidente del Consejo”.

Todo lo cual, como bien apreció Madariaga, era la simple consecuencia de un espíritu beligerante contra lo católico, que impulsaba a los líderes republicanos. Siendo natural que sacudiera al catolicismo y le lanzara a la actuación políticamente militante. Surge así la CEDA, que llega a ser primer Partido político de la nación, y que hace del catolicismo, no sólo una fuerza social poderosa, sino también política, y de gran magnitud.
El Catolicismo de la República era complejo.

Pero no faltaban elementos modernizadores de carácter político, que se habían plasmado en las fundaciones demócrata-cristianas, anteriores ya a Primo de Rivera, y en cuyo espíritu se movían personajes de la CEDA como Jiménez Fernández; razón por la cual se resucitan por los católicos de entonces las doctrinas de Suárez, y se defiende el accidentalismo en las formas de Gobierno, que les permite tranquilamente aceptar la forma republicana de Estado, pese al monarquismo de origen y de sentimiento de sus líderes y bases, con gran escándalo de otras fuerzas políticas de la derecha.
Y tiene también el catolicismo republicano, otros estímulos modernizadores de carácter “social”, consecuencia de los llamamientos pontificios de la “Rerum Novarum” 3y la “Quadragésimo anno”, que exigen a los católicos esfuerzos de justicia paralelos o simultáneos con los de caridad.
Predominaban sus caracteres duros, porque subsistían los integrismos del pasado, potenciados ahora por la reacción contra los ataques que la Iglesia sufría, y por un ambiente intelectual que en aquel momento consideraba progresiva la intolerancia.


Lo hegeliano:




El triunfo político del pensamiento hegeliano en el mundo, se da en el siglo XX; y muy acusadamente dentro de los años 30, porque los dos grandes movimientos enemigos del momento, eran ambos de raíz hegeliana; algo parecido a lo que ocurrió en el siglo XIX con el liberalismo, que encuadraba tanto a derechas como a izquierdas. Veamos sus dos versiones:


La Izquierda hegeliana



La más notable izquierda hegeliana fue el Marxismo 4, que se impone en Rusia con la Revolución Bolchevique de 1917, y entra en España inicialmente a través de la Primera Internacional, con la que se quedan los anarquistas, aquí representados por CNT-FAI; para luego venir asimismo como Segunda Internacional, cuando en 1879 se funda el PSOE, del cual se desgaja más tarde el PC para integrarse en la Tercera Internacional-Konmintern.
De este modo, en los años 30 el movimiento marxista se articula en tres grandes bloques:
1- El Anarquismo, CNT-FAI, cuya Rama sindical, la CNT, llega a alcanzar la impresionante cifra de un millón de militantes, por ello con gran poder de convocatoria en la calle, pero que en ese tiempo hace ascos a la participación política directa, consecuencia de su doctrina ácrata. Dentro de la Primera Internacional.
2- El Comunismo, minoritario pero muy bien organizado y que cuenta con el apoyo Ruso. Encuadrado en la Tercera Internacional.
3- El PSOE y su Sindicato UGT, muy potenciados por la Dictadura de Primo de Rivera a cambio de su colaboración con ella, y con un poder político importante. Que se integra en la Segunda Internacional.
Todos estos movimientos son en los años 30 netamente marxistas y revolucionarios. Todos confiesan aspirar a la Dictadura del proletariado - con las naturales matizaciones de los anarquistas-. Todos son declaradamente enemigos de lo cristiano.
Socialistas y Comunistas aceptan la República y la Democracia, que suponía para sus objetivos un avance en relación con la Monarquía previa; pero esa aceptación es táctica y transitoria, para así poder llegar a hacer la Revolución. Los socialistas no se cansan de proclamar que hacen esa aceptación a regañadientes. Los Comunistas son un poco más cautos, siguiendo instrucciones de Stalin, quien en esos años, antes de firmar su Pacto con Hitler, había querido coordinarse con las democracias occidentales contra Alemania.
Esos movimientos marxistas reciben la hostilidad de los católicos, de acuerdo con la doctrina sentada en múltiples Encíclicas papales. La “Divini Redemptoris” de 1937, ya cita en sus puntos 4 y 5 una larga serie de condenas anteriores de tales movimientos.


La derecha hegeliana



Cuaja políticamente en Italia con el fascismo, pues Mussolini y sus intelectuales de apoyo, como Rocco- que fue su Ministro de Justicia- o Gentile, hundían las raíces de su pensamiento en Hegel y su teoría del Estado superador y totalizante 5.
Y se consagra en la Alemania de Hitler, quien no sólo vive inmerso en el ambiente del idealismo alemán del siglo XIX, sino que además no deja de manifestar que su modelo de comienzo fue el Fascismo italiano.
En Francia cobra nuevas dimensiones al cruzarse con el pensamiento tradicionalista.
Y en España penetra a través de las Juntas Ofensivas Nacional Sindicalistas, las JONS de Ramiro Ledesma Ramos y su órgano “La Conquista del Estado”; y por consiguiente en Falange, cuando ésta absorbe a las JONS para constituir Falange Española y de las JONS. Sin perjuicio de que, asimismo, hubiera ya tenido su influencia directa sobre Falange y José Antonio Primo de Rivera, quien escribió en “El Fascio”, y coincidiendo sustancialmente con Largo Caballero, dijo que el más noble destino de las urnas era ser destrozadas, así como expresó otras muchas tesis, por ejemplo las de la relación Estado-Sociedad, que justamente eran las de Hegel 6. Tampoco dejó de tener influencia Hegel sobre el grupo intelectual, ciertamente notable, que se agrupaba en torno a la revista “Acción Española”, la cual a su vez tenía concomitancias con la francesa de Maurras.

Esta derecha hegeliana española, al igual que todas las políticas derivadas de Hegel a derecha e izquierda, era estatista y totalitaria, y por consiguiente antidemócrata y antiliberal, como el marxismo. Y por esas razones, entre otras, fue también condenada por la Iglesia Católica, a pesar de que muchos millones de católicos vivían bajo las dictaduras de Hitler y Mussolini, en las Encíclicas “Non abbiamo bisogno” de 1931 respecto del fascismo italiano y “Mit brennender sorge” de 1937 sobre el nacismo 7.


Resumen



La realidad es que, a 1936 los españoles llegaron inflamados por dos ideologías políticas totalitarias y excluyentes, más una religión católica cuyos elementos menos tolerantes y más integristas, habían sido potenciados muy fuertemente por las circunstancias. Una situación deplorable desde muchos puntos de vista, creadora y sostenedora del terrible ambiente de la Guerra Civil.
Pero, junto a estos aspectos negativos, había otro positivo. Y es que existían unas tablas morales muy enraizadas en la sociedad. Éticas distintas y aun contradictorias, pero éticas al fin, por las cuales ambas partes, de un lado y del contrario, quitaron vidas a otros, pero también dieron generosamente las suyas, creyendo que lo hacían por el bien de sus conciudadanos y de sus hijos.
Los valores se exacerbaron hasta la locura. Pero existían.
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