El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO XVII

¿Un Fracaso Ocultista?

Hablamos en el epígrafe anterior de algo que en el más alto sentido podría parecer un fracaso ocultista de Alejandra David-Neel al dar precisamente su primer paso en la senda de tibetana iniciación. Nuestra heroína, en efecto, no bien habla con el Dalai Lama, que la promete un maestro, este maestro, como siempre, llega, oculto a las apreciaciones vulgares por un ínfimo traje de naldjorpa y tras la apariencia desconcertante del más gráfico y genial de los cínicos, quien, en resumen, la dice: «Hacer estrellas de excremento de perro, ¡he aquí la Gran Obra!», la obra alquímica por excelencia de transformar en rosas del Ideal, los estiércoles de la realidad impura. La entonces inexperta Alejandra, en vez de alzar el velo de las francas palabras del asceta, lo toma por loco…

La Maestra H. P. B., típica naldjorpa que ha hecho revivir en Occidente la clásica doctrina iniciática, gustaba también de hablar y de producirse al modo del otro naldjorpa del relato precedente. Así nos lo ha testimoniado diferentes veces, nuestro llorado amigo D. José Xifré que tan íntimamente la trató. Nadie, por otro lado, podrá dudar que ello constituye una admirable táctica probatoria capaz de ahuyentar al profano no dispuesto aun al efecto o sea, llevado «por mundanos motivos», al par que fortifica en su propósito al candidato bien dispuesto que sabe separar de tales ilusorias escorias el oro fino del Ocultismo que hay detrás, o como tan admirablemente venían a expresarlo los símiles «escatológicos» del asceta, con incomprensión y casi escándalo de nuestra parisiense, que no acertó en su bien disculpable frivolidad europea, a penetrar en el inmenso fondo de sabiduría que aquellos entrañaban, porque, en efecto, miseria y «basura» son todos los ilusorios «tesoros» de este mundo por el que cruzamos como meros peregrinos, no siendo otra nuestra misión en él que la de transformar las «basuras» materiales y la cerdosa vida animal nuestra en el «polvo de oro» del Conocimiento y las «límpidas aguas» del Amor, con arreglo a ese metabolismo admirable operado continuamente por el hombre de transformar en paralelismo perfecto con los símiles del naldjorpa, los alimentos, en fuerzas, las fuerzas en Pensamiento, el Pensamiento en Amor y el Amor en Voluntad de Liberación… ¿Quién que medite un poco no ve otro símil maravilloso en el también «escatológico» símbolo del Escarabajo sagrado egipcio, el Ángel o Espíritu-rector de la Tierra (al que han aludido hombres de la altura de Tomás de Aquino, Kepler, Kant y Wágner), llevando por los espacios siderales esta mísera pelotita de cieno que se llama Tierra? ¿Y quién no ve que la práctica de todo Ideal humano no es sino el continúo sembrar de flores de ilusión los estiércoles de la Realidad impura que tanto entusiasma a nuestros positivistas.24

Nada hay más verdadero en la Ciencia y en la Vida, que las comparaciones «escatológicas» que escandalizaran a nuestra admirable francesa seguramente menos que lo habrían hecho a cualquier bien educada miss. El problema todo de la producción ¿qué es en efecto sinó el arte de aprovechar «las obras», «los estiércoles», lo mismo en la agricultura que en la industria, que hasta en la Música, como vemos en aquel majadero tema musical de Diabeli del que supo hacer, sin embargo, el rudo naldjorpa de Beethoven hasta 33 variaciones, algunas de las cuales son una verdadera delicia bien por encima ya del «sucio» o bajo tema en que éstas se iniciaran? De la Medicina, no digamos, valga por todos los ejemplos, el de la moderna opoterapia o el de la vieja ciencia de aquel otro naldjorpa de Federico Aureola Theofrasto Bombast de Hohenhein, vulgarmente Paracelso, quien viéndose acosado por los pedantescos médicos de su tiempo para que les diese la clave de sus maravillosos diagnósticos, y aburrido ya con su mal intencionada insistencia, se hizo traer los postres del banquete y en bandeja de plata una muestra de aquellas secreciones que, por ser fundamentales en la economía de nuestro cuerpo, dan, en efecto, pese a toda «escatología» burlona, las verdaderas revelaciones de cuanto fisiológico o patológico acontezca en el aparentemente repugnante laboratorio de nuestro cuerpo…25

Y es lo extraño del caso, que nuestra admirada David-Neel que no pareció darse cuenta de todo el alcance iniciático de su primera aventura ocultista tibetana, nos narre sin embargo magistralmente otras escenas iniciáticas análogas que coinciden con la referida y aun la superan.

En efecto, la propia Alejandra nos dice en sus Místicos:

«Las peripecias que preceden a la admisión de un discípulo por un maestro; los primeros años de su noviciado; las pruebas a que es sometido y las circunstancias en que se opera su iluminación espiritual, constituyen el tema para la novela más curiosa. Relataré en primer lugar la historia, completamente legendaria y simbólica, del modo como Tilopa, el bengalés, fue iniciado en la doctrina que, después de él, ha sido importada en el Tíbet y que se ha transmitido de maestro a discípulo en la secta de los Khagyudpas, de la cual es el tronco espiritual.

»Tilopa está sentado estudiando un tratado de filosofía, cuando una vieja mendiga surge por detrás de él en ademán de leer algunas líneas por encima del hombro de Tilopa y preguntándole bruscamente: «¿Comprendes tú el sentido de eso que estás leyendo?» Tilopa se indigna de que una vulgar mendiga le plantee cuestión impertinente, pero aquella le ataja en la expresión de sus sentimientos escupiendo irreverente sobre el libro. El lector de éste se yergue indignado: ¿Quién es esta diablesa que así se permite escupir sobre las Santas Escrituras? Por toda respuesta la bruja escupe por segunda vez sobre el libro, pronunciando una palabra cuyo significado Tilopa no alcanza a comprender y desapareciendo como por ensalmo. Por extraño sentimiento dicha palabra, que para Tilopa comenzó siendo un sonido indescifrable, ha calmado instantáneamente su cólera. Una penosa impresión de laxitud se ha extendido por todos sus miembros y las más extrañas dudas se han levantado en su espíritu. Después de todo, acaso él no ha comprendido, en efecto, la doctrina expuesta en el libro… y ni Tilopa mismo ni los demás son otra cosa que unos ignorantes estúpidos. Pero, ¿qué ha sido de esta inquietante vieja? ¿Qué palabra incomprensible ha pronunciado ella? Quiere saberlo Tilopa: el averiguarlo le es indispensable.

»Tilopa parte, pues, en busca de la misteriosa desconocida. Tras largas y fatigosas pesquisas, él la tropieza una noche en un bosque solitario (otros dicen que en un cementerio). «Sus dos ojuelos rojos fulguran como ascuas en el seno de las tinieblas». Porque conviene advertir que la vieja es una Dakini, raza de hadas que juegan gran papel en el misticismo lamaista, como adoctrinada en secretas enseñanzas a quienes las veneran o a aquellos que, mediante ciertos procedimientos mágicos, saben obligarlas a ello. Asígnaseles con frecuencia el título de «madres» y suelen mostrarse en forma de viejecitas encorvadas, pero cuyos ojos son rojos o verdes. En el curso de la entrevista, la bruja da a Tilopa el consejo de que vaya al país de las Dakinis para entrevistarse con su reina. En el camino que a él conduce le esperan peligros inauditos, dice: abismos, torrentes furiosos, feroces alimañas, apariciones horribles, traidores espejismos, demonios insaciables… Si él se deja dominar por el terror, si se aparta un nada del sendero estrecho como un hilo que atraviesa esta terrible región, él será implacablemente devorado por los monstruos, y si acosado por el hambre o la sed, bebe en las frescas fuentes aquellas o come de las frutas al alcance de su mano y que le tientan, o se pone a descansar bajo los árboles que a ello le convidan con su sombra, o bien, si cediendo ante la sugestión de las hermosas ninfas que tratan de seducirle, cede, queda en el acto alelado e incapacitado para encontrar el camino. Como viático, en fin, la vieja le da una fórmula mágica, que Tilopa ha de repetir constantemente con el pensamiento, reconcentrado por completo en ella y sin pronunciar ni una sola palabra, sordo y ciego ante cuanto le rodee.

»Algunos creen que Tilopa efectuó realmente este viaje fantástico. Otros más al corriente de las percepciones y sensaciones que suelen acompañar a ciertos estados de éxtasis, ven en el viaje una especie de fenómeno psíquico. No falta, en fin, quien sospecha que todo ello es una descripción simbólica. Sea de ello lo que fuere, cuenta la historia que Tilopa tropezó en su ordalía con las visiones terribles o encantadoras que le había anunciado la bruja, franqueó abismos rocosos y torrentes avasalladores; caminó entre la nieve; fue quemada su piel por el soplo de arenosos desiertos sin abandonar por ello su reconcentración sobre la mágica palabra. Por fin llegó ante un castillo de muros de bronce que, puestos al rojo blanco, esparcían un reflejo cegador y ardiente, y ante cuyas puertas gigantescas, monstruos femeninos amenazaban tragarle con sus ígneas bocazas abiertas, mientras que árboles no menos gigantescos le obstaculizaban el paso con sus ramas y hojas cortantes como navajas. Tilopa sin embargo, entró victorioso de todo en el encantado palacio; atravesó numerosas salas y laberínticos jardines sin detenerse ni un instante en ellos, hasta llegar a la cámara de la reina. Esta última, que era de una belleza divina; vestida de sedas y cuajada de joyas, yacía sentada en su trono maravilloso, acogiendo bondadosamente al héroe que traspuso los umbrales del recinto siempre recitando mentalmente su fórmula mágica y que, sin reparar en detalles ni convencionalismos, remontó rápidamente las gradas del trono, despojó brutalmente a la reina de joyas, flores y vestidos, violándola en el acto. La conquista de una dakini, sea por violencia sea por magia, es un tema corriente en la literatura mística de los lamaístas y es una alegoría relativa a la conquista de la verdad mediante cierto procedimiento psíquico de desenvolvimiento espiritual.

»Tilopa luego transmitió su doctrina a Narota o Naropa y éste a Marpa, quien la introdujo en el Tíbet. El eminente discípulo de Marpa, el Célebre asceta-poeta Milarepa la comunicó a su vez a su discípulo Tagpo-Lhadji y la línea continuó así hasta nuestros días. La biografía del filósofo Narota, heredero espiritual de Tilopa pinta de una manera pintoresca, pero no tan fantástica como pudiera creerse a primera vista, las pruebas imaginadas por un maestro del «Sendero directo» para confundir a su discípulo. La historia de las doce grandes y doce pequeñas pruebas del sabio Narotil es clásica entre los místicos tibetanos y es repetida con frecuencia y como ejemplo a los jóvenes nadjorpas», según veremos en el siguiente epígrafe.

CAPÍTULO XVIII

Lhasa

A unos mil metros de altitud, en la mitad casi de la distancia norte a sur de entre los dos grandes lagos de Tengri y de Yamdor, en la ribera derecha del antes fértil valle del Kyi-tchu (o río Kyi cuyo nombre evoca el de la raza kychua sudamericana), cerca de una imponente cordillera, hoy desnuda pero antaño quizás cubierta de bosques, y a los pies del tsí o colina del Potala (especie de «Cerro de los Ángeles» matritense o de acrópolis griega), se extiende Lhasa, la capital y la ciudad más importante del Tíbet, la Roma lamaista en fin, objeto de tantos anhelos religiosos y exploradores, con sus diez cuarteles o barrios de Lhassa-chen, Lu-bu, Ju-tog, Banad-jong, Rama-tché, Tse-ma-ling, Tse-gyai-ling, Tse-cho-ling, Parkor y Nord-bu-ling, con sus gentes siempre en la calle y siempre «alegres y confiadas», ciudadanas de un villorrio más bien que población, sin letrinas ni alcantarillado «donde –como buenos tibetanos– todo se hace en público»…

La sacra colina del Potala dominando todo el conjunto de la ciudad y su llanura, brilla a gran distancia con los rojos edificios y los áureos techos barrocos que la ocupan y sobre los que se alza una amplia terraza desde la que se abarca todo el panorama del valle hasta las lontananzas del norte al pie de cuyas violáceas montañas se extiende de un lado el río y de otro el blanco caserío del monasterio del desierto de Sera, a unos cuatro kilómetros de la célebre colina. Ricos edificios, de una suntuosidad bárbara en la que se ha hecho un verdadero derroche de oro, plata, pedrería y frescos chinos curiosísimos, representando dioses y escenas religiosas del viejo lamaísmo, enlazan el caserío de Lhasa con la cima del Potala, por escaleras cuyo ascenso es un encanto para la vista. Al pie del Potala existe el colegio de Djo el más santo de los recintos tibetanos porque en él son enseñadas la magia y la medicina, no lo que por medicina corpórea pudiera entenderse en Occidente, sino es otra «medicina integral» que el progreso de los tiempos modernos volverá a traer al fin para la humanidad doliente con el dichoso consorcio de la ciencia del galeno con la del sacerdote mago, considerándose, a partir de ese día, como un gran todo al alma y al cuerpo, hasta el punto de que los pecados sean la etiología más honda de las enfermedades corpóreas y las enfermedades la sugestión orgánica de nuevos pecados, al tenor de la sabia síntesis organo-psíquica que resplandece en los hoy incomprendidos tratados clásicos de la terapéutica oriental mal conocidos en Europa bajo los títulos de la Karaka y la Shukruta…26

A pesar de alzarse junto a la cúspide de la colina dicha, las amplias estancias del Djo-kang llenas de estatuas de tamaño natural de los múltiples dioses del panteón lamaísta, son verdaderas criptas porque carecen de toda abertura por donde pueda penetrar la luz, a diferencia de nuestras catedrales cristianas que, aunque criptas también al tenor de su clásico simbolismo, tienen al menos las magníficas y misteriosas policromías de sus vidrieras. Lámparas eternamente encendidas, en sustitución de esotras «lámparas inextinguibles» de la magia primitiva, alumbran aquellos recintos sombríos, en los que las tinieblas, mal hermanadas con la vacilante luz, prestan tonalidades fantasmáticas a la interminable hueste hierática que recuerda todo un mundo de muertos vivos27. Allí, descollando entre aquellos personajes del tantrismo mahayamista, se yergue la gigantesca estatua dorada, de sándalo, del príncipe indo Sidharta-Sakya-Muni, antes de haber alcanzado por su propio esfuerzo la gloriosa iluminación propia de un Buda. El Lha-kang, o «morada de los dioses», de la colina de Djo, es un símbolo de toda la larga historia religiosa del Alta Asia, desde el Chamanismo o Shamanismo y la excelsa religión del Bon hasta el budismo reformado de Tsong-Kapa, a través de todo el lamanismo o «espiritismo oriental», que es, pese al Buda y su discípulo Tsongkapa, la religión efectiva del país.

Por eso anualmente, en las fiestas inaugurales del año durante las cuales concurren hacia Lhasa millares de peregrinos hasta de los lugares más apartados de la India, China y Mongolia, predica, «para religiosos solos» el excelso Galden-ti-pa, el filósofo oficial del Tíbet, que durante el resto del año ocupa en la lamasería de Galden, a 30 kilómetros al este de Lhasa, el trono de Tsong-Kapa, el reformador. Por lo que se deduce de varias leyendas relativas a aquella estatua, ella no es obra de la mano del hombre, sino que se formó a si propia y llegó por los aires a Djo, desde la India y la China, habiendo pronunciado profecías no pocas veces, por lo que se colige que se trata de un verdadero «terafín» u oráculo parlante, como aquel otro que la tradición hebrea atribuye a Terah, el padre de Abraham, o bien cual el que la vieja tradición caldea atribuye al comerciante mago Qutanú (el Maestro Kut-humi de los teósofos), autor del libro del siglo XIII, antes de J. C., que a través de hebreos y de árabes nos ha llegado en 1860 a Occidente bajo el simbólico título de Agricultura Nabatea, y que fuera una de las bases principales de la magna obra de H. P. B. La Doctrina Secreta. Aquellos lamas-momias de los más recónditos recintos del Djo-kang alineados a lo largo de las paredes, recuerdan también las momias de ciertas criptas aztecas halladas por los conquistadores españoles de México alineadas en galerías inacabables y que el fanatismo religioso de estos últimos no tardó en destruir.

Contorneando la ciudad bajo la sacra colina de Potala a la manera de esas carreteras circulares que marcan el perímetro de las poblaciones, serpentea un ancho camino, punto de arranque de las vías de herradura que ligan a Lhasa, por el Sur con la India y por el norte a través de las soledades herbáceas, la región de los grandes lagos y el desierto, con Mongolia, Siberia, Manchuria, China y Turquestán. Algo gigantesco de lo que no tenemos idea y que, sin nuestros ferrocarriles, pistas, carreteras, etcétera mantiene a través de millares de kilómetros un secular comercio pese a frecuentes bandidajes, con Chumbi y Darjiling del Sikkim (India), con Patua del Nepal y Seh de Cachemira; con Davanghiri del Assan (Indo-China), con Tat-sienlu del Szechuen (China); con Simning de la Mongolia y aun con Khotan y Kasgar (Rusia transcaspiana). En el arranque mismo de semejante camino de circunvalación de Lhasa, arranque de tan gigantescas vías a través de los obstáculos naturales mayores del mundo, se desarrolla la típica procesión del Ser-pang que es uno de los mayores atractivos de las fiestas de principios del año, fiestas tan bien observadas y descritas por Alejandra en su libro. Bajo los auspicios presidenciales del propio Dalai-lama y partiendo de dicho monasterio de Djo, la carnavalesca y supersticiosa mascarada, sale con sus «gigantes y cabezudos» que diríamos nosotros (representando ellos a los diversos dioses autóctonos del lamaismo) y con sus tornas (verdaderas «fallas valencianas» de artísticas construcciones en caña y papel quemadas luego entre la algazara de la multitud, ni más ni menos que nuestra griega ciudad del Turia), exhíbese así año tras año, esa lacra de ancestral barbarie, hija de aquella religión sangrienta de los dioses autóctonos mal encerrados hoy en las catacumbas de Djo bajo la custodia permanente de los aterrorizados trapas o novicios y contra los que además hay que celebrar año tras año, sin faltar uno bajo pena de las mayores calamidades para el Tíbet, el curiosísimo acto de magia conocido por Lud-kong-kyi-gyalpo («sacrificio del chivo sarnoso o mensajero») y del que nos ocuparemos en el lugar correspondiente como una de tantas supervivencias ancestral es que todavía aún en la misma Europa subsisten.

A. Garrigues, siguiendo la obra de David-Macdonal Moeurs et coutumes des Tibetains (trad. Bilot. Payot, París, 1930), estudia La medicina en el Tíbet y nos dice acerca del colegio médico de la cúspide del Chak-pori, fundado, bajo la protección de «los ocho Budas cazadores» por Sangye Gyastho, hijo natural de Lobsang Gyasto, el 5.º Dalai-lama (1676-96). Los estudios duran ocho años. Todo doctor es a la vez lama y toda tacha moral o física excluye del médico sacerdocio.

En prueba de esta misteriosa conexión de tradiciones tibetanas que en viejos tiempos han pasado a Occidente, citemos la que nos puntualiza Alberto Garrigues en su estudio: «De todos es conocida la ceremonia que ponía término a los exámenes de la licenciatura en la antigua Facultad de París, dice: La ceremonia simbolizaba los desposorios del candidato con la Ciencia médica. Este último iba acompañado por un Compañero de la desposada, por un paraninfo (de , al lado, y , recien desposada), es decir, por un Maestro o Gurú iniciador, añadimos nosotros. Pues bien, por extraña coincidencia, cuando en los monasterios tibetanos el novicio o gesthul, pasa a ser alumno o trapa, se celebra una ceremonia que simboliza los desposorios del gesthul con la «iglesia» o monasterio. El recipiendario, con un haz de bastoncitos de incienso en la mano, es conducido a su nuevo lugar por un lama, el que también es denominado Compañero de la Desposada. «Esta institución del tal compañero y filósofo iniciador («amigo de la Sabiduría» con la que el candidato se ha de desposar), es la base de la universal institución de los padrinazgos para todos los momentos de la vida que simbolizan iniciación en un orden o en otro.
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