El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO XV

Más Sobre Geografía Tibetana

Constituye el Tíbet propiamente dicho un enorme pentágono irregular, de base curva, con cordilleras de 200 o más kilómetros, de 5 a 6.000 metros de elevación sobre el nivel del mar, las del norte, y de 7 a 8.500 las del sur, con pasos o puertos de 4 a 5.000 metros. Algo poco concebible para el europeo, cuyo pico de Mont- Blanc, que es el más elevado, se alza a unos 5.000 metros en los alpes suizos, altura que los propios lagos de Tengri-Nor de Sulphur y de Hoc-pa, alcanzan ya como también le alcanzan y aun le superan los cursos superiores del Ganges y del Rindo.

Las líneas sensiblemente paralelas, de O. a E., de aquellas cordilleras dejan entre sí enormes terrazas de pequeños peldaños, restos, como en nuestras dos Castillas, de primitivos mares o lagos interiores desecados desde el comienzo del alzamiento alpino, como ya dijimos, terrazas cerradas al E. por el sistema montañoso que denominan de Richhofen los geógrafos modernos.

Los naturales llaman el Jachi al Tíbet del N.; Jam, al del E., que enlaza con la Mongolia china, y al del S., Po-yul, quedando aparte la extensa comarca del Zaidam, transición gradual de la Mongolia con el Tíbet. Notabilísimos son hacia el E. y el S. E. los Alpes de Sze-chuen; las gargantas salvajes e inexploradas de Rong-stsub y el Nag-tchang, «el país de los hombres grandes como las estrellas».

El Tíbet es propiamente un país de lagos salados de altura que casi nunca o nunca se hielan y donde gracias a la sequedad del aire y a la falta de agua, el límite de las nieves perpetuas no baja de los 6.000 metros de altitud, y en él vienen a morir los impetuosos monzones periódicos del Golfo de Bengala. El carácter de alti-llanura domina, pues, al montañoso en casi todo el país y el litoral marítimo abarcado al verter sus aguas por los grandes ríos es de unos 10.000 kilómetros.

Ante las 20 o más cordilleras paralelas tibetanas, los mismos Alpes suizos parecería de juguete. La ingente cadena de los Himalayas es tan larga casi como el Mediterráneo y puede asegurarse que del Gobi hasta el golfo de Bengala, o sea desde en lo que pudiéramos llamar el Tíbet máximo se interponen de E. a O. más de medio centenar de alineaciones montañosas seriadas una tras otra contra los monzones del sur. Otros dos laberintos montañosos limitado res del Gobi por el N. y por el N. O. son respectivamente los que rodean al lago Baikal, el lago de montaña mayor del mundo, y los que cierran el desfiladero de la Dzungaria18.

Las dos cordilleras más meridionales del Tíbet son la del Transhimalaya o Gangri y la del Himalaya o Himavat con alturas que se acercan más ya a los 9.000 metros que a los 8.000 dejando como puertos a penas practicables, entre los 21 de paso hacia la India, el de Chib-den, a los 5.900 metros; el de Kailas a los 6.700 y el de Ibi-Gamin a los 6.235. En la depresión o semillanura intermediaria y en una extensión no más que de 100 kilómetros cuadrados, junto a los lagos sagrados de Manazarnar y de Lanag (4.700 metros de altitud) nacen el Hindo, el Yaru-dzang-po o Brahmaputra el Sutlej y el Karnali.

Geológicamente, las cordilleras tibetanas son tanto más antiguas cuanto más al N. discurran. Así la de Gangri, es cuaternaria; la del Himalaya, cuaternaria, pliocena y miocena, hacia el S., y cretácea y jurásica hacia la vertiente N. El noroeste del Tíbet y el Jachí es ya un enorme plegamiento o macizo antiguo, enlazado un día a guisa de península con el gran continente chino-australiano o lemur entre los dos mares primievales del Jachiy del Tarim. Un inmenso mar devónico, en fin, existió primitivamente en torno del macizo del Kuenlun macizo que es, acaso, el sistema más antiguo de Asia y del mundo y donde no es raro encontrar el borax, la sal y, entre los metales, el oro y aun el platino.

Nada más obscuro que la etimología del nombre que lleva el país. Desde luego lo primero que acerca de este nombre aparece es la raíz bod que en sánscrito, es a la vez la de bodhio budhi (conocimiento); Bod-pa o «país de Bod» es más bien el nombre que sus propios naturales le asignan, al par que el de Bod-yul o «país de los de caras rojas», etimología importantísima que nos lleva a tesis de la obra del argentino Basaldúa: «La Raza Roja en la prehistoria universal», o sea a la «tesis erithrea o atlante» sobre la que no podemos detenernos aquí19. De Bod-pa u «hombre de Bod» y de Bod-yul «pais de Bod», pasamos al Ti-bot de Odorico de Pordenone y Horacio della Penna y al Te-bol de Marco Polo y de Rubruquis; al Tha bet de Plan Carpin; al Tha-bat, Tobbat, Tubbet, Treboet y Tubet de los geógrafos árabes Ibor Batuta y el Edrissi (1154), al Tie-bu-té y Tu-bo-té chinos del siglo XI, al Tubat chino del siglo V, todos relacionados también con el Thub-phod tibetano, equivalente a «sabio», «poderoso» y al Tho-bod «excelso», «alto».

La raíz bod, por otra parte se enlaza con la de deva o diva chinas, que a su vez, es la misma raíz sánscrita de dev o div, con su significación de «alto»; «excelso», «brillante», y de aquí la denominación tan conocida de deva, espíritu elevado o «ángel», mientras que el Ti o it, tan frecuente entre los chinos como entre los aztecas, designó, tanto a los reyes del país del Tepa-lama, cuando al legendario salvador It o Ti, del que nos ocupamos en el capítulo X de nuestro libro De gentes del otro mundo.

Los tibetanos se dicen descender de un dios mono (el Hanuman de los hindúes) y de la diablesa srin-mo, análogamente a aquel pasaje del Génesis (libro tan brahmán y tan ario en sus orígenes contra lo que pudiera creerse) en que habla de la Caída cuando «los hijos de Dios vieron la hermosura de las hijas de los hombres (las Lilits tentadoras, mitad animales mitad humanas) y se unieron a ellas engendrado una raza de gigantes, que el Diluvio o catástrofe atlante destruyó». Pero cuando al tibetano se le llega a inspirar confianza, confiesa al fin que en los primeros tiempos su país «fué gobernado felizmente por los genios del desierto» o sean los Jinas o shamanos del Gobi a los que ya hicimos referencia en capítulos anteriores y cuyo influjo hondo y secreto sobre la espiritualidad religiosa tibetana a través de la religión del Bon, apreciaremos mejor cuando de esta cuestión nos ocupemos. Pueblos decaídos de esta primieval edad de oro son los salvajes Tu-fan o aborígenes20 de Seu-tchen, Junan e Himalaya que hoy encuentra el viajero y también los que los chinos denominan san-miaos del tres veces sagrado lago Ku-ku-nor, mientras que la masa general del país hoy deriva de los mogoles, tunguses y calmucos, con su idioma especial el gluya-rung y su lengua sabia o literaria de bod-skad y chos-skal, masa general, añadimos, tan imbuida del espíritu teocrático feudal, que, entre sus varios millones de habitantes, hay un lama o un monje por cada tres laicos…

A bien decir, el jam, hablado en el Este del Tíbet, es una lengua jina antiquísima cuya pronunciación por eliminación de consonantes (como en el hebreo) y tránsito del monosilabismo numérico a la aglutinación ha perdido toda su arcaica fonética: así la U, designadora del distrito de Lhasa, se ha escrito antes Vi (del uigur o turco e ibero) y más antes Dbus. Más antiguo todavía que este viejo lenguaje, nos encontramos al gaurì-jorsum (¿gua-rani-jorsum?) del Oeste (Puring y el Baltistán, o regiones originarias de la gran religión del Bon) y otro dialecto en el Pan-jul, al Norte de Lhasa que no es entendido por los habitantes de la Roma tibetana, la o Bautes y la Ottorokorrha de Tolomeo, la región del río Bautisos y de los Attacores, ya mencionada por Plinio y en la que los sacrificios humanos eran practicados entonces con frecuencia terrible.

Todo esto y mucho más que iremos viendo, nos muestra doquiera las reminiscencias fragmentarias, las venerandas reliquias de toda una civilización perdida, más antigua y perfecta que la actual y procedente de la sepultada Atlántida.

CAPÍTULO XVI

Los Exploradores Modernos Del Tíbet

Alejandra David-Neel

Dejando a un lado otros exploradores del Tíbet, aparece ante nuestros ojos como una figura gigantesca, no bien apreciada, la de la señora Alejandra David-Neel, de la que ya hemos tenido ocasión de hablar en anteriores epígrafes.

Su obra admirable de investigación viene a completar, desde otro punto de vista, las de Blavatsky y las de Olcott, siendo indispensable para un correcto conocimiento de las doctrinas de la moderna Teosofía. Dichos libros escritos por la intrépida viajera tibetana durante catorce años, están siendo traducidos a todas las lenguas21.

Las hazañas de esta singular mujer, tan parecida a la maestra Blavatsky, son merecedoras por más de un concepto de especialísima mención. Nadie como entrambas ha hablado más alto y más hondo que ellas acerca del misterio espiritual e histórico del Tíbet.

En 1910, con ocasión de hallarse el Dalai-lama o Soberano espiritual del Tíbet, desterrado en Kalimpong por una revuelta política contra China y bajo la protección del pabellón inglés22, Alejandra pasó a visitar a aquel para consultarle acerca de la posibilidad de adentrarse en el «País de las Nieves», cerrado al extranjero, con el fin de «coleccionar elementos para una biblioteca tibetana, con obras originales que no figurasen en las dos magnas enciclopedias del Khangyur y del Tang-yur; hablar con doctos y auténticos lamas, con místicos y adeptos del país reputados como eminentes por sus desconocidas doctrinas esotéricas y convivir, a ser posible, con ellos, penetrando así en un mundo mil veces más extraño aún que las altas e ignotas soledades del Tíbet, mundo de los ascetas y magos cuya vida transcurre oculta en los repliegues de las montañas y en las más enhiestas cimas». Tras una mirada profunda que pareció penetrar en lo más hondo de las intenciones de la interlocutora el Dalai respondióla al fin : «Aprended el tibetano. Tendréis un maestro».

Y así lo hizo aquella voluntad viril en cuerpo femenino. Sin perdonar molestias ni sacrificios, aprendió el centenar de formas dialectales de la extensa región tibetana y, asociada al joven lama Yongden, marchó a la China, para desde allí retornar a la India cruzando de Este a Oeste todo el país, tras una estancia previa en aquella parte meridional del Tíbet que colinda con el Nepal y el Sikkim, bajo el pretexto de la visita al Dalai, estancia de la que nos vamos ahora a ocupar, porque es más o menos, la repetición de ciertos hechos ocultista s que constituyen «los preliminares de la Iniciación» para todos aquellos valientes que ponen por primera vez el pie en el Sendero, es decir, «las pruebas del candidato a la Liberación».

El lector positivista, pues, haría bien en no leer lo que sigue porque nos vamos a ver obligados a dar por ciertos determinados fenómenos y leyes ocultas que no encajan en el marco oficial de la observación y de la experiencia, a no ser que el interesado en esclarecerlo reúna las condiciones de progreso espiritual necesarias al efecto y una vez dotado de éstas, realice por sí mismo la experiencia como, sin darse de ello una perfecta cuenta, la realizara Alejandra, fracasando en parte como vamos a ver.

En las primeras páginas de Místicos y Magos del Tíbet nos cuenta la intrépida parisiense que una vez realizada su visita al Dalai-lama en Kalimpong y recibida de él la bendición con aquellas palabras alentadoras de «si quieres penetrar en el Tíbet, aprende el tibetano», hubo de reparar, un tanto apartada de la multitud de los fieles venidos de los confines más remotos, en un individuo extraño, sentado al modo hindú y cuya emborrascada cabellera desbordaba bajo un amplio turbante a la manera de los ascetas, si bien llevaba un hábito monástico descuidado y lleno de jirones. Miraba el personaje a la multitud con una indiferencia algo burlona. Ella preguntó a su intérprete quien podría ser aquel Diógenes himaláyico, a lo que aquel respondió que debía ser un naldjorpa bhutaní, o sea «un hombre de los que han alcanzado ya la serenidad perfecta», uno de esos peripatéticos peregrinos solitarios, morador nómada ora de las cabernas más agrestes, ora de los edificios abandonados y que se hallaban allí meramente de paso. Extrañóle todo esto a Alejandra en alto grado y fuése tras de él con el intérprete, hasta llegar a su retiro.

Allí encontró de nuevo al naldjorpa acabando de comer. Al atento saludo apenas si contestó con un gruñido. «¿Qué dice?, interrogó Alejandra al intérprete, y éste contestó: «Perdonad, señora, estas gentes son a veces tan rudas de lenguaje…» –«Decídmelo, sea lo que fuere». –«Pues dice, simplemente, «¿qué viene a hacer aquí esta idiota? -«Indicadle que he venido para preguntarle por qué se burlaba de aquellos que habían ido a que él, gran Lama, los bendijese». «Bien infatuados de sus importantes personalidades y del importantísimo papel que llenan –masculló el asceta– no son sino gusanos que se agitan en la basura».

«Y vos –replicó Alejandra– ¿estáis salvo de tamaña porquería?»–«Tratar no más que de evitarla, es ensuciarse más profundamente…Yo me debato en ella como el cerdo: la digiero y la trasmuto en polvo de oro y en arroyos de pura linfa… Hacer estrellas con excremento de perro, ¡he aquí la magna obra!». «Mi interlocutor, por lo visto –comenta trivialmente y con incomprensión notoria Alejandra– gustaba decididamente de las comparaciones escatológicas, como el mejor camino para llegar a ser un superhombre». Luego dijo el asceta: –«Estos piadosos laicos tienen razón para aprovechar la presencia del Dalai, pues son simples buenas gentes que quieren recibir su bendición ya que su espíritu aún no puede elevarse a las altas concepciones filosóficas».

–«Para que una bendición sea eficaz –interrumpió el naldjorpa– es preciso que el que la dé posea en sí una fuerza capaz de ser comunicada y esta fuerza puede ser empleada de multitud de modos. Ahora bien, si Dalai o sea «el Precioso Protector» la posee, ¿por qué tiene necesidad de soldados para combatir a los chinos u otros enemigos? ¿No puede él rechazar por sí propio fuera del Tíbet a cuantos le desagraden rodeando al país de una barrera invisible e infranqueable? «El Gurú nacido en el Loto» (Padmashambhava) sí poseía semejante poder, y su bendición alcanza realmente a todos sus devotos, aun hoy mismo en que mora entre los lejanos Rakshasas. Yo no soy sino un humilde discípulo suyo y por tanto…»

«El intérprete, añade Alejandra, se sentía muy desasosegado, pero antes de separarnos del asceta, le ofrecimos algunas rupías para provisiones en su camino, monedas que él rechazó diciendo no necesitarlas, más como el intérprete insistiese en dárselas avanzando hacia aquél, se echó de repente las manos sobre la boca del estómago, donde, a decir yo, había recibido un tremendo puñetazo astral, repulsa un tanto ruda del extraño asceta, por lo que lleno de terror, se echó hacia atrás. Yo –termina comentando con frivolidad parisina Alejandra–, he creído siempre que se trataba de un desequilibrado».

Y aquí estuvo precisamente, dicho en términos del mayor respeto, su error y su fracaso ocultista; si, por el contrario, se hubiese dado cuenta perfecta de la «significación iniciática de la entrevista», habríale sido franqueada en el acto la entrada en el Tíbet como a tantos otros de los que las crónicas occidentales no hacen la menor mención, es decir, «habría encontrado a su Maestro», como le encontró Jesús, al decir del Evangelio apócrifo de la Pistis-Sophia; o Mateo al cruzar ante él Jesús, o Pablo, camino de Damasco, o, en fin, tantos otros bien intencionados y férvidos discípulos, con arreglo al aforismo ocultista de que, cuando el Discípulo está pronto, el Maestro no falta jamás, cosa bien probada por cuantos, sin la suficiente preparación quizá muchos de ellos23, han dado de buena fe y con candor de niños (el «¡dejad que se acerquen a mí los niños!» o bien el «no entrarás en el Reino del Padre si como niño no fueses», del Evangelio), los primeros y vacilantes pasos del Sendero.
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