El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO XIII

La Sociedad Teosófica Y El Sendero Directo

Hasta qué punto concuerdan los dos últimos objetos de la S. T. con los principios clásicos del Sendero Directo14 nos lo prueban los datos que acerca de este sendero en el Tíbet nos suministra la citada obra de A. David-Neel cuando nos refiere los métodos peregrinos y hasta bárbaros si se quiere empleados por los anacoretas de tal sendero en sus relaciones con sus discípulos. «La trilogía de examinar, meditar y comprender –(el aude, vide, tacet, de cierta institución europea que no hay para que nombrar)–, toma tremenda fuerza, dice, respecto a los candidatos al sendero directo. Toda la actividad intelectual del Maestro gravita sobre el discípulo con inusitado peso –y por ello, añadimos nosotros, una misma palabra sánscrita la de Gurú, significa al par «pesado» y «maestro»–. Pero, semejantes extravagancias aparentes, bien examinadas –cual las que vimos en el anterior epígrafe–, acaban resultando razonables. He aquí, en síntesis, las etapas de la vía directa:

1.ª Leer gran cantidad de libros sobre las diferentes religiones y filosofías. Escuchar las enseñanzas de diferentes maestros y experimentar los más variados métodos, o sea, añadimos nosotros, templar la mente con el choque de los más variados pensamientos.

2.a Prendarse luego de una sola doctrina entre todas las demás15, como el águila que elige su presa entre el rebaño. Tal es la ley ineludible, añadimos, de todos los genios, que no son en sí, sino unos secuaces típicos del sendero directo. «Mateo, sígueme», dijo Jesús al buen recaudador de tributos, y Mateo en el acto le siguió, pero no le siguió aquel Nicomedus que antes creyó necesario despedirse de su familia y de sus mundanos asuntos. «Juro ser Beethoven, o nada», exclama de improviso Wágner al escuchar por primera vez las notas sobrehumanas del Destino en la Quinta Sinfonía. «El amor al Arte, junto con la idea del Deber son los que me han impedido poner fin a mi vida», que dijo varias veces el autor de esta última obra maestra. O sea, en suma el «¡levánte, y anda!» escuchado por Lázaro en el sepulcro y que le hace en el acto erguirse y echar andar tras el Maestro quien, «con su garra poderosa», al tenor de cierta frase masónica, le hace resurgir del mundo de los «muertos» al mundo de los «vivos», ya que la entrada en aquel sendero que lleva de la vida humano-animal a la supervida divina o jiña no es sino una efectiva resurrección o «un segundo nacimiento», razón por la cual al brahmán verdaderamente iniciado se le ha denominado siempre dwija o «dos veces nacido», nacido, como diría San Pablo, primero de la carne, y luego del Espíritu; Bautismo de Fuego, en fin, o «ígnea lengua de Pentecostés (pente, panta, penta o el simbólico cinco del Pensamiento) por el que el «Santo Espíritu» desciende sobre el discípulo, dándole la iluminación iniciática y completando así al otro Bautismo de Agua, por el que sólo se lavaran las culpas…16

3.a Mantenerse en la vida en una situación modesta (el aura mediocritas, de Horacio, equidistante de la inerte miseria y de la peligrosa opulencia); guardar humildísima apariencia (el «no chocar o despertar la atención de nadie», de la regla pitagórica), sin intentar jamás ser «Uno de los que grandes llama el mundo, pero al mismo tiempo, detrás de semejante máscara de insignificancia (el hipo-kriptos, o «escondido debajo», de donde hemos falsificado luego la palabra «hipocresía»), elevar muy alto el espíritu (el «¡yo soy Brahmán!», o «yo soy Chispa Divina», que en los textos orientales se lee), manteniéndose siempre por encima de las glorias y honores mundanos. (Voto de renunciación).

4.a Ser perfectamente indiferente hacia todo y frente a todo. Obrar cual el preso o cual el cerdo, que comen de lo que la ocasión les aporta. No elegir entre las cosas que se le presentan, prefiriendo la una a la otra. No buscar, ni evitar, ni rehuir. Mantenerse ecuánime, es decir, en perfecta indiferencia hacia la riqueza como hacia la pobreza; ante la alabanza cuanto ante la censura (equilibrio entre los contrarios, ponderación o balanza de la Justicia). Cesar de distinguir entre la virtud y el vicio; lo glorioso y lo humillante; el bien y el mal, según los comprende el mundo (el «Yo soy la virtud del bueno y la maldad del perverso, etc.», de Krishna a Arjuna en el Bhagavad-Gita). No afligirse por nada, no arrepentirse; no sentir remordimientos; no congratularse, alegrarse ni enorgullecerse de nada.

5.a Contemplar sin emocionarse y con el espíritu más emancipado los conflictos y luchas de opiniones entre los diversos órdenes de actividad de los seres, pensando: «¡tal es la Ley, la realidad de la cosas y el modo de ser de las individualidades diferentes que pueblan al Planeta!». Contemplar, en fin, el mundo entero cual desde la más alta montaña.

6.° Esta etapa no puede ser descrita. Equivale a la comprensión del vacío…» Sin embargo, en lo que a nosotros se nos alcanza quiere referirse, creemos, a la abstracción en su más alto grado; en la elevación total por encima de lo sensible y concreto hasta lo inteligible y abstracto, viendo, no las flores, sino la Flor; no el hecho, sino la Ley o más bien el Principio de donde emana las leyes y los hechos; no los bienes y los males, sino el Bien y el Mal, o mejor aún, el Sér que se muestra aparentemente dividido entre éstos y los demás contrarios, como las ramas de la Y griega, que arrancan de un mismo tronco, tronco que a su vez se asienta sin asentarse en el Mar sin Orillas de lo Abstracto, Eterno, Infinito, Inefable e Incomprensible, la Nada-Todo de donde todo emana y a donde todo vuelve, o sea el Seno Insondable de lo Divino: Brahma neutro, o más bien Brigh, de la palabra sánscrita que significa «Germen que se dilata y extiende»: el Nirvana, en una palabra, no como aniquilación sino como superación estática o epóptica…

«Imposible reducir a reglas, termina David-Neel, los múltiples ejercicios educativos inventados por los «padres del desierto» tibetanos (o más bien del Shamo o Gobi). No sólo varían ellos de maestro a maestro, sino de discípulo a discípulo de un maestro mismo. Libertad es la divisa que tremola sobre las alturas del «País de las Nieves», mas, por una singular paradoja hija del eterno juego de los contrarios, los novicios hacen su aprendizaje bajo la obediencia más estricta a su Guía o Gurú. Pero tal obediencia sólo se refiere a las prácticas recomendadas por el Maestro y a sus relaciones con él. He oído decir a un lama que el papel del maestro de la vía directa consiste en primer lugar en dirigir un desembrollado (es decir, la liberación de las espesas redes de Maya o Velo de Isis). Debe, pues, el Maestro incitar a su discípulo a desembarazarse de creencias, ideas, hábitos y tendencias innatas, de todo en fin, cuanto este último mantiene como tara ancestral o él se ha creado en su alma como efecto de causas cuyo origen se pierde en la noche del pasado…»

A su debido tiempo insistiremos sobre estos particulares interesantísimos. Bástenos ahora el anotar que las anteriores etapas del Sendero Directo, están poéticamente resumidas en aquel pasaje de La Voz del Silencio que dice: «Antes de que el ojo pueda ver, debe ser ya incapaz para llorar; antes de que el oído pueda oír, ha de haber perdido su sensibilidad y antes que el discípulo pueda alzar la voz en presencia de su Maestro tiene que haber lavado sus manos en la sangre de su corazón, porque el tránsito del mundo humano al mundo de los shamanos o jinas es un escalón evolutivo tan alto o más que el que mediar pueda entre el mineral y el vegetal, entre el vegetal y el animal o el animal y el hombre. Por eso tiene que pasar por la epopteia, nirvana o suprema abstracción e inmersión en el Logos o Verbo que anima al Universo, para renacer transformado en otro sér mudado al que quiso aludir San Pablo en aquella hasta aquí incomprendida frase de «todos resucitaremos (reencarnación), pero no todos seremos mudados.» Las terribles frases antes citadas de La Voz del Silencio, por otra parte, aluden al espanto que produciría en una mente no preparada la verdad verdadera) valga el pleonasmo, del terrible Drama de la Vida, drama que bajo el piadosísimo velo maternal de Isis pasa inadvertido para nosotros, efectivos impúberes psíquicos, como para el tierno infante la congoja que latir pueda en el pecho de la madre que le está amamantando. De aquí las expresadas reglas de indiferencia a todo, ecuanimidad, etc. antes enumeradas por A. David-Neel, reglas que tampoco han de ser tomadas al pie de la letra sino como medios indispensables, al ver cara a cara el terrible Drama de la vida humana –que no es sino el Drama de una gran caída (caída de los Ángeles) y una heroica redención por uno mismo–; de superar a aquel «¿has puesto tu corazón a tono con el dolor inmenso de la humanidad; has consentido que se vierta en tu presencia una lágrima que antes no hayas enjugado tú?» del dicho libro místico, mediante la efectiva superioridad que ya supone la práctica de semejantes reglas. El divino Beethoven, en aquel su Cuarteto de cuerda, número 1, en el que, a guisa de ilustración, anotara la frase de «un sauce en la tumba de mi hermano», cuidó también de consignar, al tenor de dichas reglas que, como genio, conocía y seguía en perfecto sendero directo: «si sientes asomar a tus ojos una lágrima, reprímela y no te dejes por ella avasallar», cosa que, dicho sea de paso, es lo que caracteriza al profesional en las diferentes ocupaciones humanas, por ejemplo, la aparente insensibilidad del médico ante el dolor que inevitablemente causa al operado; la del juez, ante la inevitable condena que al reo inflige, o la del catedrático al suspender al alumno…

CAPÍTULO XIV

Orografía Tibetana

En los epígrafes primeros de estos apuntes hemos bosquejado algo de la geografía de los altos desiertos del Asia Central, llegando, por la célebre ruta de los Hann, al de Gobi o Shamano, residencia, según todas las tradiciones, de esos seres superhumanos llamados indistintamente govindas, jinas, shamamanos o mahatmas, conservadores, a través de las edades, de la primitiva Religión-Sabiduría, de las que son degeneradas facetas todas las religiones positivas, las cuales apenas si conservan, veladas por el mito, la alegoría y la más baja superstición industrial, aquellas verdades superiores.

Pero este velo –Velo de Isis– es más tupido e impenetrable a medida que nos alejamos de dicho Centro del Gobi y tanto más tenue y transparente, cuanto más nos acercamos a él, razón por la cual nos es preciso estudiar el Tíbet propiamente dicho, país teocrático cual ninguno y donde se dejan más profundamente sentir la influencia de dichos Seres Superiores vecinos.

Con un buen mapa a la vista apreciamos en el acto que Asia es mayor que las tres Américas y casi igual que Europa, África y Oceanía juntas, o sea una buena tercera parte de la superficie terrestre o más bien el núcleo fundamental de esta superficie entera, por cuanto el estrecho de Bering que la separa de América del Norte, es muy poco profundo, un simple mar costero cuyo borde sur, las Aleutienas, liga a los volcanes de Kamchatka con los de Alaska. Malaca, la Malasia y la Australia se ligan con el continente asiático por el S. E. de igual modo que América por el N. E. siendo aquellas una nueva dependencia de Asia como el archipiélago británico pueda serlo de la Francia continental. El Bósforo, en fin, y el Mar Rojo no son sino dos grietas que rompen apenas la respectiva unión continental de Europa y de África con el Asia.

Pero si hay entre Asia y los demás continentes una unidad geológica que no ha escapado a la fina intuición de Emile Argand en su Tectónica de Asia, unidad que explica toda la geología de estos por la de aquella, en lo propiamente humano. Asia son varios mundos distintos, separados por sendas religiones. Diríase que el Sol central de los repetidos desiertos y sus Seres Superiores, han irradiado en su derredor múltiples influencias religiosas, reflejadas respectivamente, al oeste, en el paganismo, cristianismo y mahometismo; al norte, en el lamaísmo primitivo; al este, en el taoísmo, buddhismo y shintoismo, y al sur, en el jainismo, brahmanismo (padre del mosaísmo), buddhismo y mahometismo.

Todos estos troncos religiosos se entremezclan, sin confundirse, en el Tíbet, haciendo indispensable para nuestro estudio teosófico un atento examen de esta aislada y misteriosa región, la más elevada del Globo; la demás primitivo colorido y la depositaria de los mayores secretos de la Tradición histórica, cuyos rasgos más fundamentales yacen casi borrados en los demás países, pese a los esfuerzos del Folk-lore o Demopedia para esclarecerlos y de la ciencia de las Religiones comparadas para compararlos en hermosa síntesis.

De acuerdo las enseñanzas arcaicas con las últimas conclusiones de la Geología, hay que considerar a las regiones desérticas del Asia Central como lechos de mares interiores, hoy desecados, a la manera de como un día quizá acontezca con los lagos Aral y Caspio y aun con el mar Negro y el Mediterráneo. En torno de dichos mares florecieron antaño, en los períodos mioceno y plioceno, paralelamente con la Atlántida, numerosos pueblos de los que la historia humana no guarda el menor recuerdo, pero cuyos últimos restos son las ruinas de las ciudades descubiertas por Edín, según vimos ya en epígrafes anteriores.

Semejante hecho no fue un fenómeno aislado en el Planeta, sino que, más o menos hubo de darse en la Sonora y Sinaloa de América del Norte; en la Atacama y el Chaco, de América del Sur; en el Sahara y en el Tibesti africanos17 y aun, en pequeñísima escala en nuestras dos mesetas castellanas.

El alzamiento denominado alpino por los geólogos, separando los últimos días terciarios de los cuaternarios o actuales, dislocó hondamente dicha región asiática, o más bien la Tierra toda, dándola la configuración actual. Por virtud de semejante cataclismo, aquellos mares interiores desaparecieron elevando su lecho hasta mil metros casi de altitud y destruyendo con ello toda la gran civilización de la edad terciaria hasta el punto de que ni aún admiten su existencia los geólogos de Occidente. En lugar de las planicies circundantes, hubieron de alzarse la infinidad de cadenas alpinas que hoy forman en nuestros mapas inextricable dédalo, aunque todas ellas guarden entre sí cierto paralelismo. Un gran alzamiento granítico central: el del Kuen-lun, tan análogo, en grande, al de nuestra cordillera carpetovetónica de entre las dos Castillas, es todo lo que quedó de testigo de aquella edad muerta, con sus lagos salados cruzados por Dutreuil de Rhins y Edin; sus páramos y pantanos; sus nieves sempiternas y sus pasos de altura por encima del nivel de las crestas de nuestro Montblanc.

Para la Geología, el Kuenlun es de las formaciones más antiguas del Planeta. Sus últimas capas apenas si alcanzan a las épocas devónica y carbonífera, sin nada de terrenos postpaleozoicos. Inmóvil testigo, con sus picos y masas de meseta, de los trastornos gigantescos del alzamiento alpino posterior, debió a este, sin duda, la mayor elevación con que hoy cuenta, elevación que, salvo la de algunos picos aislados, como el Everest, es acaso mayor que la de la propia cadena de los Himalayas. Pero, como mudo testimonio de su pasado, queda el carácter de altillanura dominando allí sobre el montañoso ulterior. Su sequedad contrasta con su altitud y hasta en el corazón del invierno puede irse a través de él, de Cachgar a Yarkand porque los terribles vientos contra-alisios apenas si tocan a las alturas y ante sus contrafuertes poderosos los monzones que azotan las regiones índicas se agotan allí en tormentas y ciclones. Al O. del Kuenlun, en cambio, a los 4.500 metros de altitud, el termómetro se mantiene bajísimo todo el año, en un invierno perpetuo que, como en las comarcas polares, llega hasta los 35 grados bajo cero.

Al norte del Kuenlun el alzamiento alpino nos da las ingentes cordilleras del Altin-tag y el Kun-tag (tag, cordillera), demarcando al norte de éstas y al sur del Tien-chan la desértica comarca del Tarim. Siguen luego, como partes del propio Kuen-lun, las cordilleras de Toguz-Daván, de Colón, Marco Polo y Baián y el Yangtze-kiang, que, quebrando hacia el S. E., inicia las altas cordilleras de la Birmania y es tal el estancamiento de aguas en aquellas zonas que ni una sola gota de ella da hoy el Kuenlun al Océano, a diferencia de lo que luego acontece en el Tíbet, al sur, pues que de esta última región es sabido que nacen, muy cerca unos de otros, el Hind o Hindo, que baja por Cachemira (Pequeño Tíbet) al Penjab y al Mar de las Indias; el Ganges, que, nacido al lado del Hindo, baja, en sentido contrario, hacia el este y luego al sur hasta el golfo de Bengala y, en fin, el Brahma-putra o Tzanpo que se dirige por el este hacia el Océano Pacífico, bañando allá arriba la comarca sagrada de Lhasa, la Meca, la Roma tibetana y el centro de atracción religiosa mayor y más antiguo que han conocido los siglos, separado por un lado del Kuenlun mediante tres grandes cordilleras y de la India por sólo una fundamental: el Himavat o Himalaya de la tradición aria; el sagrado alzamiento cuyas cumbres, pese a todo heroísmo, la planta del hombre no las ha hollado aún…

Lhasa, la ciudad misteriosísima, vedada a los «bárbaros europeos» por la doble muralla de la Naturaleza y de la Superstición; la gran metrópoli religiosa de las edades, en cuya historia y costumbres se encierra el secreto de nuestra historia y aun nuestra prehistoria occidentales; la clave religiosa del Lhamaismo; del Buddhismo primitivo y de la aun más primitiva religión del Bon, como también de todos los ritos religiosos de Occidente, se alza orgullosa en el más meridional de aquellos inmensos valles semi-suizos. Cuatro grandes caminos conducen principalmente hasta ella como ramas de un aspa inmensa cuyo brazo N. O. llega hasta el Turquestán ruso; el del N. E. hasta el corazón de la China; el del S. O. y S. hasta las comarcas de la India, y el del S. E. se pierde hacia los estrechos valles que en número infinito bajan hacia la Indo-China, sin que la Geografía nuestra los haya podido catalogar ni aun reconocer con amplitud.

Estos caminos, por todos conceptos peligrosos e inacabables, han sido recorridos, sin embargo, por heroicos viajeros, en itinerarios curiosísimos de los que nos será forzoso decir algo en ulteriores epígrafes.
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