El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO XI

Errores Y Peligros

Levy Mahin, en su artículo citado en el epígrafe anterior, juzgando el estado de confusión reinante hoy en la S. T., añade:

«El asunto es tan capital que más de un teósofo se ha preguntado seriamente si en nuestra época moderna la Sociedad Teosófica tiene aún una tarea ante sí por cumplir y si su movimiento es capaz de sufrir los cambios necesarios para esa empresa.

»Parece ser que la intensa labor del Sr. Krishnamurti es la que ha determinado ese dilema del momento, revelación o realidad a que hemos aludido, y el hecho más que nada, ha pasado a mayores con oportunidad de un artículo escrito por un significado teósofo, el Dr. J. J. Van der Leeuw, al ser esa personalidad requerida para la candidatura de secretario general, Sección Holandesa, de la Sociedad Teosófica, y ha sido tal el efecto producido por sus palabras que las cuarenta y seis secciones internacionales se han puesto en conmoción.

»El Sr. Van der Leeuw sostiene, por lo que a la vida de la Sociedad Teosófica se refiere, que su primer objeto, y el solo obligatorio, está basado en esa realización que reclaman nuestros tiempos, porque diciendo: «Constituir en la Humanidad un núcleo de fraternidad universal sin distinciones de raza, de credo, de sexo, de clase o de casta», no es más que por la experiencia de la Vida, única y eterna, como la fraternidad puede ser un hecho.

»Realización es esa –prosigue– que se encuentra también de manera básica en el segundo objeto: «Fomentar el estudio de las religiones comparadas, de la filosofía y de la ciencia»; es decir, que hay que saber que la experiencia espiritual es uniforme a través de las edades, pero que las formas religiosas son múltiples y diversas.

»Atendiendo al tercer objeto: «Estudiar las leyes inexplicadas de la naturaleza y los poderes latentes en el hombre», la investigación de ambas cosas tiene un alcance puramente científico, extensivo a regiones aún inexploradas, y a ello añade textualmente el Sr. Van der Leeuw: «Aquí, como en el dominio de la música, el objeto perseguido es el examen de los hechos, ya por la vía de los sentidos ordinarios, ya de otra forma; el método consiste en percepción paciente y exacta, en comparaciones, en pruebas e inspecciones para llegar a un conocimiento irrefutable de los hechos. Con todo ello, por generalizaciones, el conocimiento de las leyes y el empleo de las fuerzas pueden ser obtenidos.»

»Hay un antagonismo entre este tercer objeto que persigue la Sociedad Teosófica y los dos primeros, antagonismo por no tener nada que ver con la vida espiritual y sus propósitos.

»Cierto es que ya desde sus comienzos el movimiento teosófico se significó, porque siendo fundamentalmente ocultista y, por lo tanto, de realización, se transformó en espiritualista y místico, presentándose la revelación con importante papel, en que jugaban desempeño de categoría desde la fundadora, señora Blavatsky, hasta el propio Sr. Krishnamurti actual, junto con otras personalidades, en quienes su saber, puramente subjetivo, se daba a los adictos como voz venida de lo alto; esto es, revelada por unos guiadores invisibles de la Humanidad: los mahatmas o maestros. ¿Ha sido esto error o acierto?

»Quien lea la historia de la Sociedad Teosófica, escrita por el co-fundador con la Sra. Blavatsky, el Sr. Olcott, puede ver que todos, más o menos, han abusado de esa exaltación de misticismo, primero con cartas y después con mensajes de los mahatmas, a veces con tan poca propicia ocasión, que en vida de la señora Blavatsky el Sr. Olcott determinó en repetidos períodos el alejamiento de ella de Adyar, sede de la Sociedad Teosófica, y así mismo el Sr. Sinnett la alejaba de Europa por causas de la misma índole, ya que el sistema de teosofía revelada se afirmaba y nutría de fantasías y complicaciones, de hipérboles que el adicto habría de aceptarla por «artículo de fe».

»Así, como dice el Sr. Van der Leeuw, se creaba un instituto de gobierno divino, que francamente en nuestros días el señor Krishnamurti ha atacado en sus cimientos, rechazando totalmente toda clase de ceremonias y cultos, diciendo a los propios teósofos que su doctrina no le satisfacía por parecerle jerga demasiado complicada.

»Ello ha sido, desde luego, el motivo fundamental de que fuese disuelta la Orden de la Estrella por su propio jefe, tan impregnada de un olor de santidad inquietante.»

En ello el joven ex mesías (o «mesías» si admitimos que todos grandes o pequeños tenemos aquí abajo una misión que cumplir), tiene razón y no hace sino seguir las antiguas enseñanzas asiáticas sobre el Sendero directo. Dice David-Neel que el budismo ortodoxo prohíbe todo rito religioso y los lamas letrados admiten voluntarios su inutilidad en lo que concierne al logro de la iluminación espiritual, la cual solo puede ser lograda por el esfuerzo intelectual. Sin embargo, la mayoría de ellos preconiza ciertos procedimientos rituales para el logro de objetivos tales como la curación de las enfermedades, la prosperidad material, el sojuzgado de entidades perversas y la guía del difunto en el otro o el Bardo es decir, para objetivos infinitamente inferiores al de la liberación o el tránsito evolutivo e iniciático a una superhumanidad de «dioses», de «jinas» o de «shamanos» como los que habitan misteriosamente en el desierto de Shamo o Gobi, tránsito que no puede ser logrado más que con el estudio y la espiritualidad que de tal estudio debe ser el óptimo fruto, ya que mal puede amarse lo que no se conoce o «nihil volitum quin precognitum, ignoti nulla cupido» que los escolásticos decían.

Igualmente se expresa el induísta o vedantino Manava-dharma-shastra o Código del Manú, como los siguientes párrafos demuestran.

«Os ha sido enteramente revelada la retribución debida a los actos: conoced ahora qué actos de un brahmán pueden llevarle a la felicidad suprema (Moksha o Nihsreyasa). Estudiar y comprender los Vedas; practicar la devoción austera; reconocer en sí al propio Brahma; dominar los órganos de los sentidos; no hacer daño a nadie ni a nada y honrar a su Gurú o maestro espiritual, son las principales obras que llevan a la beatitud final.» «Pero entre todos estos actos virtuosos practicados en este mundo –dijeron los santos interrogando al Señor– no hay alguno que esté considerado como más poderoso que todos los otros para llevar a la felicidad suprema». «De todos estos deberes –respondió Bhrigú– el principal es adquirir por el estudio de los Upanishads el conocimiento de Para-atma, el Alma Suprema, pues debió tener por muy cierto que el estudio del Veda o la Ley con el fin de conocer al Alma Suprema del Universo está mirado por los sabios como el medio más eficaz y expedito para conseguir la felicidad tanto en este mundo como en el otro, ya que en esta obra y en la adoración de la inefable Alma Suprema están enteramente comprendidas todas las reglas de buena conducta que van arriba enumeradas». (vv. 82 al 87 del libro).

Y, en otro pasaje continua el venerable Código fundamental de la raza aria:

«Así como un fuego violento quema hasta a los árboles todavía verdes, el hombre que estudia y comprende los libros santos borra en sí toda mancha nacida del pecado, y el que conoce perfectamente el sentido del Veda-shastra (preceptos o enseñanzas del Veda o de la Ley), cualquiera que sea su estado, se prepara durante su estudio en este mundo para la identificación con Brahmâ (liberación). Los que han estudiado mucho valen más que los que han leído poco; los que poseen lo que han leído, son preferibles a los que han leído y olvidado después; los que comprenden, tienen más mérito que los que simplemente saben de memoria; los que cumplen con el deber una vez éste conocido, son preferibles a los que meramente conocen, pero no le practican. El conocimiento del Alma Suprema y la devoción hacia Ella son, para un brahmán, los medios mejores de llegar a la felicidad de la liberación: con la devoción, borra sus faltas; con el conocimiento de Brahmâ, consigue la inmortalidad. El que trata de adquirir un conocimiento efectivo de sus deberes, tiene tres modos de pruebas: la evidencia intuitiva, el razonamiento discursivo y la autoridad de los diferentes libros deducidos de la Santa Escritura. Sólo el que razona fundándose en el Veda es el que conocer puede bien sus deberes religiosos y sociales. Las reglas de conducta que quedan enumeradas para alcanzar la liberación han sido declaradas exacta y enteramente: tras de ellas os puede ser luego revelada la parte secreta de este Código del Manú». (vv. 101 al 105, cap. )

«Que el brahmán, concentrando en ello toda su atención, vea el Alma Divina en todas las cosas visibles e invisibles, pues considerando el Alma Divina en todo y recíprocamente todo en el Alma Divina, no entrega su espíritu a la iniquidad. El Alma Suprema, en efecto, es la síntesis de los Dioses todos y la que late en el fondo de cuantos actos realizan todos los seres animados. Que el brahmán contemple en sus meditaciones el éter sutil que inunda todas las cavidades de su cuerpo; el aire que actúa en su acción muscular y en los nervios de su tacto; la suprema luz del Fuego y del Sol en su calor digestivo y en sus órganos visuales; el agua en los fluidos de su cuerpo; la tierra en su cuerpo todo. Vea también a la Luna (Indú) en su corazón; a los Genios de las ocho regiones del espacio, en el órgano de su oído; a Rara, en su fuerza muscular; a Agni, en su palabra; a Mitra en su facultad excretoria; a Pradjapati, en su poder procreador. Pero sobre todo esto, debe representarse al gran Sér (Para-purusha), como al Soberano Animador del Universo: más sutil que el átomo, más brillante que el oro más puro y sólo capaz de ser concebido por el espíritu en el sueño de la más abstracta contemplación. Unos adoran a Para-purusha en el Fuego elemental; otros en el Manú, señor de todas las criaturas; otros en Indra; otros en Vayú y Tejas; otros en el eterno Brahmâ, pero este Soberano Señor es el que, envolviendo a todos los seres con cuerpo formado de los cinco elementos, los hace pasar sucesivamente del nacimiento al crecimiento; del crecimiento a la disolución con movimiento semejante al de una rueda cuando gira. Por eso el hombre que reconoce a su propia alma en el Alma Suprema Universal presente en todas las criaturas se muestra igual ante todos y ante todo y logra la más feliz de las suertes: la de ser absorbido al fin en el seno de Brahmâ. Así terminó de hablar el sabio Bhrigú, y el dwidja (o «dos veces nacido») que lea este código del Manú por él promulgado, será siempre virtuoso y obtendrá cuanta felicidad desee.»

Vése, por lo trascrito, la importancia fundamental que al estudio de todo (segundo y tercer objeto constitucionales de la S. T.) concede la antigüedad sabia, porque en el Universo «todo conspira» o es solidario, que dijo el clásico, o, como enseña San Pablo: «hay que estudiarlo todo e investigarlo todo para poder elegir lo que sea bueno», ya que la característica esencial del hombre sobre los animales es la de Manas, el Pensamiento y de aquí su nombre de man en el sánscrito y demás lenguas indoeuropeas, o hu-man, el hombre, dios por el pensamiento. El mismo apóstol de las gentes y verdadero fundador del cristianismo dice por ello a sus discípulos: «¿pues qué, habéis olvidado que vosotros juzgaréis hasta a los ángeles?», cosa glosada luego por el Corán en este notable pasaje:

«Cuando Alah, en su infinita sabiduría decidió establecer al hombre en la Tierra para que fuera su símbolo y su divina semejanza, los ángeles o genios le interrogaron «¿Vais a establecer por vicario vuestro en la Tierra a un ser hecho del barro con preferencia a nosotros que somos de tu divina Esencia? «Yo sé bien lo que vosotros ignoráis» respondió el Señor, quien llamando también a Adán y a todos los animales, preguntó seguidamente a los ángeles por los respectivos nombres de estos últimos. A lo que respondieron los ángeles: «¡Señor, nosotros no tenemos otra luz que la que vemos reflejada contemplando tu divino Sér!» «Pues ahora vais a ver de lo que es capaz este hombre del barro a quien así despreciáis», y, haciendo igual pregunta a Adán, éste, sin titubear, los fue nombrando a todos, con su diversas cualidades. Y Alah terminó diciendo: «éste que así ejercita la divina chispa de su Mente, chispa desprendida de la Mía infinita, es por ella vuestro natural Señor… Por eso también consignó Mahoma que «es más preciosa la tinta del sabio que la sangre del mártir.»

«Devoción», en cambio, viene de «deva» o «ángel», y todo acto de devoción, que no es en sí sino un acto de adoración o reconocimiento de inferioridad por parte del devoto, ha de quedar al fin por bajo la divina superioridad del hombre –«el Hombre es de estirpe divina», que enseñaba Pitágoras–, aparte de que, si devoción es amor, siempre nos encontraremos con la premisa del estudio, porque lo que no es conocido no puede ser amado. «Conocimiento», «Libertad» y «Responsabilidad» son esencialmente las características del hombre y también del Sendero directo de su progreso hacia estados superiores.

Pero como la ley de estos nuevos estados evolutivos es ya diferente de la ordinaria ley humana, otro tanto de lo que la última difiere de la animal, de aquí que las características de ese superior Sendero choquen casi siempre con las corrientes de la humana vulgaridad. Por eso el naldjorpa o seguidor de este Sendero ha pasado siempre ante el vulgo de los mortales, por raro, por herético o por loco.

Curiosos ejemplos de esto último nos darán tema para el próximo epígrafe.

CAPÍTULO XII

Las Leyes Vulgares No Rigen Con El Ocultismo

Con razón se ha dicho que el genio o sea el «jina en embrión» está por encima de la Ley, de la ley vulgar se entiende, porque a cada estado una ley –ya que «él sabe, como Alah, en el epígrafe anterior, lo que ignoran los que no son genios. Por eso hánse ellos visto siempre incomprendidos por sus contemporáneos, otro tanto como los animales no pueden alcanzar a comprender al hombre. «Una cosa piensa el bayo y otra el que lo ensilla», que dice el viejo adagio castellano.

San Pablo, como iniciado, conocía esta verdad al decir «cuando conocí el pecado, conocí la ley que lo sanciona». Igualmente la conocía Mahoma según se aprecia en el pasaje coránico que cuenta la iniciación de Moisés por Dhul Karnein (el «Apolo Karneiyo», griego), su maestro en estos términos (sura VXIII) :

«Un día dijo Moisés a su servidor Josué el hijo de Num:

–Te aseguro que no cesaré de caminar hasta que llegue por mi pie a la confluencia de los dos mares, aunque sea emplear más de veinticuatro años. (El «mar de la vida humana» o marevitæ y el otro mar «sin orillas de la superhumanidad shamana, o «ultra-mare-vitæ», que dijeron los místicos medievales).

Partieron, pues, ambos, llevando un pescado tan sólo por alimento (el «piscis», gnóstico-cristiano, y el signo «Piscis» astrológico). Al final de un penoso caminar día tras día, llegaron entrambos a la confluencia de los dos mares, o sea el mar de la ciencia exterior y el de Dhulkarnein que es el océano de la ciencia interior. Cuando se detuvieron, Moisés dijo a su servidor.

–Hemos pasado ya demasiadas fatigas en el viaje: Sírveme pues, de comer.

Josué, obediente, cogió su marmita con agua y puso en ella el pescado para que se cociese, pero no bien el agua empezó a hervir cuando el pez, que llevaba muerto, revivió y saltó de la marmita al mar13. –Este es el signo que yo esperaba. Aquí es donde se me ha dicho que habré de encontrar a Aquél hacia quien se siente atraída mi alma como el hierro por el imán –exclamó gozoso Moisés.

En efecto, un sublime Desconocido se hallaba en pie delante de él. Moisés se prosternó largo rato, lleno de veneración, suplicándole:

–¿Permites que te siga, oh Maestro?

–Si lo deseas, puedes hacerlo –replicó solemne el Desconocido– pero mucho me temo que no has de tener la paciencia bastante para permanecer conmigo. ¿Podrás, acaso, soportar en silencio muchas cosas cuyo verdadero alcance a primera vista no comprendas?

–Si el Señor quiere –contestó Moisés humildemente–, preservaré y te obedeceré.

–Pues bien, si estás decidido, no me interrogues acerca de lo que yo no te haya hablado primero (Silencio del discípulo) –terminó el Maestro.

Maestro y discípulo embarcaron en una barquita, y llegados a la otra orilla, aquélla echó a pique sin más miramiento, a lo que Moisés no pudo por menos de preguntar:

–¿Por qué, Maestro, así destrozas el bote que nos puede servir para volver?

–Noto con dolor –opuso éste–, que careces de la paciencia exigida para mantenerte en silencio, veas lo que veas.

Un poco más allá del lugar del desembarco toparon con un joven de pésimo aspecto. No bien lo advirtió el Desconocido maestro, se arrojó sobre él y lo mató.

–¡Oh Maestro –exclamó Moisés– nada te ha hecho este inocente!

–¡Ya te dije que carecías de la suficiente paciencia para ser uno de mis discípulos –contestó simplemente el Maestro,

Llegaron al fin entrambos a la puerta de una gran ciudad, cuyos habitantes se negaron a recibirles. El Desconocido advirtió a Moisés que los muros de aquélla amenazaban ruina y éste no pudo menos de preguntar:

–Aunque réprobos ¡oh Maestro! ¿cómo consientes que siga así el muro y un día caiga sobre ellos, matándolos?

El Desconocido paró en firme y lleno de severidad dijo a Moisés: –Ha ocurrido como te pronostiqué: ¡Eres un pésimo discípulo! y, pues que ya me llevas preguntado tres veces, en contra de lo convenido, he de dejarte aquí mismo, entregado a tus propios medios. Pero antes no quiero que puedas juzgar mal de mí por lo que me vieras hacer. Sábete, pues, que hundí el barquito porque si de allí a pocas horas lo hubieran tenido sus dueños y se hubiesen hecho con él a la mar, habrían caído de un modo fatal en manos de piratas que los hubieran ahorcado. En cuanto al joven que maté, lo hice así porque él antes había asesinado a otro y se disponía a matar a otros más, hasta caer fatalmente en manos del verdugo, quien le habría causado infinitamente más sufrimiento que yo, aparte de la vergüenza que con aquello habría caído sobre la honrada familia del asesino, a quien Alah en recompensa, dará otro hijo mejor que el que así pierde. Por lo que respecta, en fin, a la muralla, te diré tan sólo que, apoyada en ella, está la casa de unos pobres muslines huérfanos y bajo su suelo no removido yace un gran tesoro allí escondido por su padre y que el Señor no piensa descubrírseles hasta que, ya púberes, se aseguren más en la virtud y no les pueda dañar el tesoro. Si los de la ciudad hubiesen sabido lo del muro, le habrían derribado enseguida para rehacerle; el tesoro depositado entre él y la casa habría sido para otros, o bien les habría llegado a los huérfanos antes de su debido tiempo y ellos habrían cambiado merced a él la senda de la virtud por la del vicio…»

Un hecho semejante al de este pasaje coránico de las rarezas de los seres superiores nos las relata A. David-Neel, apropósito de la reencarnación en la doctrina budhista y lamaista. El hecho es el siguiente:

«Cierto gran lama tulkú había empleado absurdamente toda su vida. A pesar de su nacimiento elevado; de los profesores que tuvo en su juventud y de la valiosa biblioteca heredada, apenas si sabía leer. Al morir el lama, vivía en los alrededores un personaje extraño, taumaturgo y filósofo de gran envergadura, cuyas excentricidades, a veces groseras, aunque muy exageradas, por supuesto, por sus biógrafos, han dado lugar a numerosos cuentos rabelesianos muy del gusto de las gentes del Tíbet. Dugpa Kunlegs, que tal era el nombre de este último personaje, viajaba según sus hábitos vagabundos, cuando, al llegar a la orilla de un poético arroyuelo, tropezó con una jovencita que venía a tomar agua de la corriente. Sin decir palabra, el vagabundo se echó inopinadamente sobre la joven, pretendiendo violarla, pero ésta era muy robusta mientras que Kunlegs era ya viejo y, defendiéndose vigorosa la joven, logró desasirse y escapar a contarle a su madre la aventura. La buena mujer quedó pasmada ante el contratiempo; las gentes del país eran todas de excelentes costumbres y de nadie entre ellas se podía sospechar. El miserable debía, pues, ser un extranjero, y la madre preguntó a la hija por las señas del perverso. Luego quedó perpleja, recordando al fin haber conocido durante una peregrinación al dubtob o sabio mago. Las señas coincidían todas con las de él y la duda no era posible: Dugpa Kunlegs había querido abusar de su hija. La vieja aldeana, tras unos instantes de meditación, tomó su partido. Los principios morales que regulan las conductas del común de las gentes, pensó, no rezan con los que poseen conocimientos supernormales. Un dubtob no está ya sujeto a tales leyes ni a ninguna otra, porque todos sus actos están inspirados en consideraciones superiores que escapan a la mente vulgar.

–Hija mía –acabó diciendo la madre a la hija–, el hombre con quien te has tropezado es el gran Dugpa Kunlegs y cuanto este hombre superior hace, está bien hecho sin duda. Vuelve, pues, al arroyuelo; prostérnate a sus pies y consiente en todo cuanto él quiera de tí.

«Obedeció la joven y volviendo al sitio, halló en él todavía al anciano mago, sentado sobre una piedra y absorto en sus altos pensamientos. La joven se prosternó ante el mismo, pidiéndole mil perdones por haberle hecho una ignorante resistencia y poniéndose incondicionalmente a sus órdenes. El santo por toda contestación se encogió de hombros:

–Hija mía –le dijo–, las mujeres no despiertan ya en mi ningún deseo, más he aquí lo que ha ocurrido: el gran lama del monasterio vecino ha muerto como un necio, después de una vida indigna de su cuna, despreciando cuantas ocasiones tuvo de progresar y de instruirse. Yo mismo he visto a su errante alma en el Bardo (lugar de purificación), arrastrado irremisiblemente a comenzar una nueva existencia, y, por caridad hacia él, he pretendido intentar el procurarle un cuerpo humano para su nuevo nacimiento, pero la fuerza fatal de sus pésimas obras no ha permitido que así sea. Tu escapaste a mi asalto y mientras has ido a tu aldea, ese asno y esa jumenta que ahí ves en ese prado se han unido y el desgraciado lama renacerá bien pronto como un jumentillo…»

El donoso relato que precede trae inevitablemente a la memoria al inestudiado tema ocultista que sirvió al iniciado Apuleyo para su célebre obra El Asno de Oro, obra merecedora de un estudio especial bajo el punto de vista de nuestras ideas teosóficas. También arroja su espíritu una gran luz para una más correcta interpretación de la escena culminante del Baladro de Merlíu que hace referencia al encuentro –esta vez no frustrado– del rey Arthús, fundador de la Tabla Redonda con una bellísima doncella, encuentro del que hubo de nacer, como fruto de bendición, el famoso caballero conquistador del Santo Graal.

Vaya en fin, como epílogo de esta serie de rarezas el siguiente misterioso pasaje de David-Neel, pasaje notabilísimo por lo que él pueda relacionarse con los sacrificios humanos y con la Eucaristía.

«Cierta tarde el lama Tchogs llamó de repente a su criado diciéndole ensillase al instante los caballos para partir y como el doméstico observase que la noche llegaba y sería mejor aplazarlo para la mañana siguiente, aquél objetó:

–¡No me repliques y partamos enseguida!

Los dos cabalgan pronto entre las tinieblas nocturnas hasta que llegan a la orilla de un riachuelo. Aunque la noche era obscurísima, ven flotar sobre las aguas una zona luminosa, brillante como el sol, yen su centro un cadáver remontando la corriente. Pronto el cadáver queda al alcance de los viajeros.

–Saca tu cuchillo corta un pedazo de carne de este cadáver y comételo –ordenó lacónica mente el lama a su criado, añadiendo:

–Tengo en la India un amigo que cada año por esta fecha me envía un obsequio así. –Y, diciendo esto comenzó tranquilamente a comer de la carne del muerto.

Espantado el sirviente, cortó, a su vez, otro pedazo de carne, como se le había ordenado, pero, no atreviéndose a llevársela a la boca lo ocultó en su ambag o saco pendiente del pecho.

A poco retornaron hacia el Monasterio llegando a él al amanecer. Entonces el lama dijo a su servidor:

–Yo quise hacerte partícipe del favor y de los frutos de este banquete místico, pero veo que a él te has hecho indigno, no comiendo el trozo que has cortado y ocultándolo en tu ambag.

El criado se disculpó como pudo de su falta de valor y trató de reparar su yerro sacando el pedazo para comérselo, pero era ya tarde: ¡el pedazo había desaparecido!

A esta historia, evidentemente fantástica, debo aportar detalles que me han sido dados discretamente por ciertos anacoretas de la secta de Dzogstan. Existen, dicen éstos, ciertos seres que habiendo alcanzado el más alto grado de espiritualidad, han transmutado la substancia de su propio cuerpo en otra de naturaleza más sutil poseyendo cualidades muy diferentes de las de la carne grosera. La mayor parte de nosotros, sin embargo, estamos incapacitados de discernir el cambio que se ha operado en aquella carne. Consumiendo un pedazo de tal carne se logra el éxtasis, la comunicación de conocimientos y poderes supernormales.

Otro de tales anacoretas añadió: «Acaece Con frecuencia que llega a ser advertido o descubierto uno de estos seres maravillosos y entonces sus descubridores, suelen suplicarle les informe cuando llegue a morir para poder comerse un trozo de su carne preciosa. Quien sabe si los aspirantes a semejante comunión realista tienen siempre la paciencia necesaria para esperar la muerte natural de aquél que ha de suministrarle la materia impulsora de su progreso y no apresuran el momento?

Se añade que alguno de aquellos superhombres se prestan voluntarios al sacrificio.»

Tamaño problema se presta, sin duda, a las más hondas consideraciones.
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