El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO IX

El Sendero Directo Y La Sociedad Teosófica

Conocidas son de todos las circunstancias que rodean a la crisis actual de la Sociedad Teosófica, crisis que no vamos a estudiar a fondo en estos apuntes, pero sí decir algo acerca de la íntima relación que ésta puede tener con la doctrina expuesta tan clara y sabiamente por A. David-Neel acerca de las características del «ancho» y del «estrecho» Sendero, examinadas en el epígrafe anterior.

Fuera del campo de la más alta iniciación masónica, heredera de otras iniciaciones tales como la rosa-cruz, la templaria, la pitagórica, la gnóstica, etc. y antes de que diese H. P. B., en el siglo XIX, las incomprendidas enseñanzas de sus obras inmortales, el misticismo trascendente u ocultista era una solitaria e ignorada planta nacida en el ambiguo seno de las religiones positivas occidentales: mosaísmo, cristianismo y mahometismo, planta siempre aplastada bajo el férreo pie de los partidarios de «la letra que mata, en lugar del espíritu que vivifica». H. P. B. mismo, en su misteriosa y accidentada vida, sufrió la ordalía evolutiva de pasar por toda la gamma del psiquismo hasta alcanzar las cumbres de la espiritualidad y del martirio. fue primero una sensitiva, casi una medium al estilo del moderno espiritismo occidental; luego, como ella misma decía, y merced a sus asombros viajes; a su intuición poderosísima y a su conocimiento de múltiples Maestros del Sendero Directo que hubieron de iniciarla, «ya no fue medium, sino mediadora» entre Ellos y el mundo ignaro que jamás supo comprenderla, y como el Sendero Directo se basa en el estudio y nada más que en el estudio, llevado luego virilmente a la práctica de la vida diaria, después de su fracaso de sociedad en el Cairo, fundó con Judge, Olcott y otros la Sociedad que este último (según el mismo cuenta en su Old diary leaves o Historia auténtica de la S. T.), denominó Teosófica, por haber caído su mirada inadvertidamente sobre un diccionario abierto por la palabra Teosofía o doctrina de los gnósticos alejandrinos o neoplatónicos de los siglos III y IV, con el filósofo autodidacto o del «Sendero Directo» Ammonio Saccas, a la cabeza; doctrina que igualmente se denominó de los «filaleteos» o amantes de la Verdad; de los «eclécticos», o que libaban sus doctrinas en la de todas las escuelas, de los «armonistas» o buscadores de la unidad en la multiplicidad y, en fin, de los «analogistas» o «herméticos» por aplicar siempre la preciosa clave de la Tabla esmeraldina de Hermes Trimegisto de que «lo que está arriba es, analógicamente, igual que lo que está abajo, para obrar el misterio de la Armonía o de lo Vario en lo Uno». Ello no era sinó «Sendero Directo», preconizado por Proclo al decir que «las almas grandes se inician por sí mismas, y tales almas se salvan, según el Oráculo de Delfos», eco así mismo de las enseñanzas del divino Platón, el discípulo de Pitágoras, como éste, a su vez, lo fuera del Buddha y de otros Maestros, en serie indefinida.

Consecuentes con esta tendencia ecléctica, armonista, sintética o directa, fue creada en Nueva-York, en 1875, la Sociedad Teosófica, con el fin de estudiar lo que más tarde fuera su tercer objeto, a saber «las leyes desconocidas de la Naturaleza y los poderes latentes en el Hombre», fin para el cual resultó premisa indispensable lo que hoy es el objeto segundo de aquella: «el estudio comparado (analogista, ecléctico o armónico) de todas las religiones, ciencias y filosofías, tanto de oriente como de occidente», en la más típica, salvadora y heroica acepción del «Sendero Directo».

Pero, sabios siempre los Maestros de este sendero al tomar a su cargo la nave de la sociedad naciente, cuidaron muy bien de darle una característica suprema que la salvase de caer en la Magia Negra (caída que ya hemos visto es tan fácil en el Sendero Directo como en el alpinismo), porque entre las dos opuestas ramas del tronco de la Magia, la de la Blanca es «el de la consagración por entero al servicio de la Humanidad («la Viuda», del simbolismo masónico), y la de la Negra, en cambio, el daño, retardo o retroceso consciente de la Humanidad tomando por arma el egoísmo de los vulgares o pequeños. Esto, en realidad, más que «un primer objeto de la S. T.» era un segundo lema o postulado, que bien pudo y debió ponerse al frente de ella tras el conocido lema del Maha-Rajá de Benarés, «diciendo no hay religión más elevada que la Verdad y la suprema Verdad es el servicio de la Humanidad, sin distinción de razas, sexo, credo, casta o color». Tan cierto es que aquel hoy «primer objeto de la S. T.» no es sino un postulado indispensable, un requisito esencial previo tan sólo, para ella, y que es común a la Revolución francesa, a la Masonería, al Cristianismo, y, en general, a todas las religiones positivas, lo practiquen o no, porque no puede considerarse, a diferencia de los otros dos objetos, tónica exclusiva de la S. T., ni merecía por tanto hacerle característico de sólo ésta. Por eso la Sociedad originaria (que quedara en los Estados Unidos al trasladarse H. P. B. y Olcott, quizá equivocadamente, a Bombay y luego a Adyar), bajo la dirección de W. Q. Judge, luego bajo la de Catalina Tingley y hoy bajo la del Sr. Purucker, considerándolo así hubo de titularse a su vez «Sociedad Teosófica y Fraternidad Universal» o como si dijéramos, «de estudio sintético de toda religión, ciencia, arte, etc. hasta aquí conocidas (o poligrafía, tan característica de los genios o jinas humanos), e investigación, o estudio también, de todo lo por conocer», al tenor de aquel sabio párrafo inicial de Isis sin Velo que dice «no creemos en magia alguna que exceda del poder ni de la comprensión del hombre, ni en milagro alguno, sea divino o diabólico que vaya en contra de las leyes naturales establecidas desde la eternidad. La palabra evolución habla por sí sola y si el hombre actual ha evolucionado desde la ascidia o el cieno globerino hasta ser lo que es hoy, racional es pensar que no ha desenvuelto aún toda la plenitud de sus poderes», y la busca de estas leyes aún desconocidas, Sendero directo –añadimos nosotros– no es sino el esfuerzo redentor que el alma humana realiza para retornar a lo Divino, al tenor del «dioses sois y lo habéis olvidado», de Pitágoras y de Jesús.

La exposición que precede evidenciará ante los ojos de todo teósofo libre de prejuicios sectarios o cretinos, que, sea el que fuere el uso que las diversas «Sociedades teosóficas en cisma» hayan hecho de aquellos dos objetos de estudio, de exclusivo estudio, estos dos objetos, segundo y tercero, son en sí título bastante para colocarlas por encima del nivel de cualquiera otra sociedad contemporánea, cuyas finalidades cabrían perfectamente en aquellas como la parte en el todo, cosa que, dicho sea de paso, agrava enormemente nuestra responsabilidad como tales teósofos, y el error, tan frecuente, de que «basta sentir la Fraternidad Universal para ser un buen miembro de la S. T.», es hijo de confundir al teósofo o teosofista (que puede ser tal teósofo sin pertenecer a la S. T., por aquello de «ni son todos los que están ni están todos los que son»), con el miembro de la S. T. que si no acepta o no cultiva los otros dos objetos, tiene sí, derecho a inscribirse en las listas de miembros, pero su labor, sino va más allá, será nula en cuanto a tal miembro, aunque loable y salvadora su actitud, para cuyo desenvolvimiento, o le basta «ser hombre» al tenor del «soy hombre, y nada humano me es ajeno», de Terencio, o bien ser miembro de cualquiera otra de las instituciones mencionadas (iglesias, masonería, etc.), que no han complicado su actuación más o menos provechosa, con pretensiones tan heroicas y excesivas nada menos que de cultivar la poligrafía (segundo objeto), y de las ciencias ocultas (tercer objeto), ciencias ocultas que ciertamente son en sí, como ciencias llamadas «malditas», un seguro peligro de Magia Negra, sino van inspiradas en el lema de la Fraternidad, o del Bien para la Humanidad y en la suprema ley del ocultismo o «reforma de uno mismo por la meditación y el conocimiento», es decir, por la Yoga, ya que, como enseña la Maestra, «las ciencias ocultas son al verdadero Ocultismo como la luz de una luciérnaga a la luz rutilante del astro del día.12

¿Qué más «Sendero directo», pues, que esta valentía en los objetos de una Sociedad: Poligrafía, Ocultismo y ciencias ocultas, bajo un doble lema de Verdad, por encima de todas las religiones y de Fraternidad Universal, sin distinción alguna de lo que este mísero mundo divide a los hombres por la raza, el sexo, los credos, las castas o el color? Hay por consiguiente que convenir en que el mero formulado de estos dos objetos a la faz de una Humanidad que parecía presentir ya los horrores antifraternales de la Gran Guerra, vaticinados también por H. P. B. en 1889, significó sencillamente la proclamación a la luz del día ante el escéptico y egoísta mundo occidental de la superioridad y la posibilidad de un Sendero directo, rebelde y heroico, que ya empezara a través de las «herejías» de todos los tiempos, pero que tomó gran vuelo a partir de la Reforma, el Renacimiento, el método de Carterio, la Enciclopedia y las Revoluciones inglesa y francesa, Sendero, en fin, que en Oriente, siempre estuvo reservado a los pocos. Para prueba también de ello, no olvidemos que, reservado el tercer objeto según los estatutos, «a sólo una parte de los miembros de la S. T. para mejor cumplirle con los selectos, H. P. B. instituyó en sus últimos días una sección Esotérica o Escuela secreta a base de una de las tres disciplinas lógicas al efecto, a saber: la orientalista de la Raja-Yoga; la filosófica pagana del Pitagorismo y la Cristiana o Gnóstica, colocando aun por encima de éstas a la disciplina Hermética, flor y nata del Sendero directo, pues que, más que una disciplina, fue la proclamación paladina de dicho Sendero, ya que en ella el candidato a discípulo había de dirigirse por sí propio, al tenor del Dios Interior de su Conciencia; Cristo en el Hombre, que diría San Pablo y que es el Maestro de Maestros como Rayo encarnado en nuestra alma del Logos o Verbo que anima a todo el Universo.

Esta es, a la luz de una buena hermenéutica, la verdad jurídica e histórica del Estatuto constitucional teosófico, aunque acaso no acertaron a comprenderlo en todo su enorme alcance revolucionador del pensamiento moderno los propios fundadores y los teósofos de primera hora que, procedentes al fin del ancho Sendero religioso, no estaban lo bastante preparados para enfrontarse así tan cara a cara con el peligrosísimo y casi superhumano Sendero directo, llevando con la mejor buena fe, sin duda, a la naciente sociedad los inevitables prejuicios de su religión de origen y olvidando que los cultivadores críticos del estudio de las disciplinas comparadas en religión, ciencia, etc. (2.° objeto) y más aún, los buscadores de leyes desconocidas de la Naturaleza y de los poderes aún ocultos o latentes en el Hombre (objeto 3.°), ya no tenían ningún derecho a conservar, seguir y practicar creencia ni disciplina religiosa alguna concreta, por aquellos objetos superada, como el naturalista que estudia una lagartija no se pone a adorarla. Dogma, es lo contrario de crítica y creencia lo contrario de estudio. Y las consecuencias de tal error no se hicieron esperar. Ellas serán objeto del epígrafe siguiente que pondrá fin a esta indispensable digresión acerca del estrecho Sendero que directamente conduce hacia los Jinas, Superhombres o Shamanos del Gobi: sendero de efectiva Teosofía o «ciencia de los dioses, de los semidioses y de los héroes», las tres clases superiores y complementarias de las otras clases o castas del Código del Manú, a las que pertenecen los hombres, ora talentudos, ora vulgares, que no alcanzan aún el grado de evolución necesarios para comprender y estimar, en su superhumana condición, a los jinas o genios.

CAPÍTULO X

La Sociedad Teosófica Se Ha Apartado Del Sendero Directo.

Un Poco De Historia

Decíamos en el epígrafe anterior que aún los teósofos de primera hora llevaron a la Sociedad Teosófica la inevitable tara de sus respectivas religiones de origen que, constitucionalmente, al tenor del segundo objeto de crítica religiosa y científica o «estudio comparado», ya tenían, como teósofos, que superar en pleno «sendero directo», cual el impúber que se torna púber o como el estudiante que pasa del Algebra elemental donde cada incógnita tiene un valor fijo, concreto y determinado, al Algebra superior, en la que cada incógnita tiene todos los valores en función de los valores de las demás incógnitas.

En efecto, H. P. B. y Olcott dejaron Norteamérica ilusionados por la amistad establecida entre la S. T. y cierta sociedad denominada de la Aria-Samaj cuyos fines no eran precisamente los eclécticos y armonistas de aquélla, sinó «la restauración de las primitivas tradiciones arias», es decir, el Hinduismo, religión que, por pura y elevada que la consideremos, no deja de ser, al fin, una religión positiva cuyos actuales mantenedores, los brahmanes, en general, dejan tanto que desear en punto a los Vedas cuanto los jesuitas modernos puedan dejar de desear también en orden al Evangelio. Primer error y primer tropiezo, pues que con la Aria-Samaj, hubieron de tarifar bien pronto los fundadores.

Y vino el segundo error. Ocurriósele a Olcott un buen día ir a visitar a los buddhistas de Ceilán, no sin que, al saberlo, estallase en justa indignación H. P. B., amenazándole, si tal hacía, nada menos que con expulsarlo de la S. T. cuyo carácter de crítica de religiones la ponían muy por encima de cualquiera de las religiones criticadas. Olcott no hizo caso de las amenazas y aún ocurrió algo peor, a saber, que volvió de su triunfal excursión hecho todo un budista y con los gérmenes ya en su mente de un magnífico Catecismo Buddhista, hoy traducido a todas las lenguas, con el que puso fin al viejo cisma existente entre el Buddhismo del Norte y el del Sur. Una obra tan laudable en suma, aunque siempre «de radio estrecho», como la seudo-teosófica o semiteosófica intentada hoy por Roma de unir o federar a todas las confesiones del tronco cristiano, en lugar de la de unir todas las iglesias, cristianas o no, que sería lo verdaderamente teosófico. Después de esto, el mismo Olcott cuenta en su Historia, que, al volver de su gira triunfal, fue calurosamente felicitado por H. P. B., añadiendo, sorprendido, este comentario: «tal desigualdad entre la despedida y el recibimiento, me habrían hecho perder la confianza en la infabilidad de ésta, si alguna vez la hubiese tenido.» ¡Incomprensión grande la de Olcott, de acuerdo con la ley de que jamás el talento ni el vulgo alcanzaron a comprender al genio! H. P. B. le reprendió muy justamente como teósofo, al cambiar «el oro de la alta crítica religiosa e investigadora de la S. T., por la calderilla de una religión positiva, cualquiera que ella fuese», pero, dentro de este error, no pudo menos de aplaudirle al volver, por su labor teosófica aunque de radio más corto, de unir, bajo un credo común, a dos ramas religiosas en cisma. Oportunista además H. P. B., al tenor de una política de circunstancias y como reacción o protesta contra las gentes cristianas que ya habían empezado a hacer blanco de sus persecuciones, según su costumbre a la S. T., hasta se avino luego a recibir en Ceilán el pansil u ordenación buddhista, y estuvo denominándose a sí propia «rabiosa buddhista» hasta los días de 1888 en que en su proemio a La Doctrina Secreta, explicó muy claramente la diferencia existente entre la palabra Buddhismo, o religión de Sidharta Sakyamuni (uno de los grandes «Buddhas de Confesión» que diría un jaíno), de la palabra Budhismo (con una sola d en lugar de dos), o «Religión de la primieval Sabiduría», tronco cientifico-religioso de todas las demás que no hicieran luego sino adulterarla, o más bien Bodhismo de la raíz sánscrita bod, conocer, es decir, no fe y creencia, sino conocimiento y estudio.

Vino luego Annie Besant, a suceder a Olcott en la Presidencia de la S. T. de Adyar, tras un cisma que hubo de separarla de Judge y de la S. T. originaria neoyorquina, y esta notabilísima mujer, que, deslumbrada como Pablo con Jesús en su primera entrevista con H. P. B., hizo concebir desde su ingreso en la S. T., las esperanzas más halagüeñas, a los cuatro años de ocupar la presidencia, realizó lo que en nuestro modesto pensar y desde el primer momento calificamos de un «golpe de Estado a la Carta Constitucional de la S. T.», puesto que suprimió la disciplina hermética en la Escuela Esotérica, disciplina que ya vimos era fiel reflejo del Sendero Directo, dejando subsistentes las otras tres que, al fin y al cabo, desembocan respectivamente a poco que se retroceda, en el paganismo filosófico, en el hinduismo y en el cristianismo más o menos gnóstico, pero cristianismo siempre. Consagróse la Sra. Besant personalmente con gran solicitud a fomentar, dentro de la S. T., las Escuelas Hindúes y lanzó al mundo, con el escándalo de muy pocos y el entusiasmo de muchos, la aventurada aserción o profecía de que muy en breve iba a volver Cristo a la Tierra, cobijando esta tan excelsa Entidad, a la personalidad de un joven hindú pupilo suyo y del obispo anglicano C. W. Leadbeater, joven denominado Alcione o Krishnamurti, de igual manera que hace 20 siglos el Cristo cobijase a la personalidad de Jesús de Nazareth. Una verdadera hipóstasis, entre la humana figura del chico y la divina entidad del Cristo de las Edades.

En suma, los objetos críticos y de estudio constitucionales en la S. T., venían así a ser dejados a un lado, y en esta misma S. T. nacía un nuevo brote: una superfetación social tan abusiva como la de destinar un edificio, una iglesia o ateneo, por ejemplo, a fines sociales distintos, fuesen los que fuesen. La superfetación hubo de ser llamada Orden de la Estrella de Oriente, y su fin fue el de reunir en una misma comunión religiosa de nuevo cuño a cuantos «esperaban que un nuevo Mesías iba a dar en breve sus enseñanzas sobre la Tierra.» El Mesías venía acompañado de un su hermano (Mizar) que oficiaría con éste de precursor o Bautista, pero que desgraciadamente hubo de ser arrebatado por la Parca a consecuencia de una rápida tuberculosis.

El «nuevo Mesías» y su hermano eran hijos de un pobre hombre hindú a quien, por sus excesos viciosos, la Ley hubo de quitarle la patria potestad, de ambos chicos, la que recibieron, adoptándoles, A. Besant y C. W. Leadbeater. Estos últimos criaron a aquéllos como se crían los jóvenes tibetanos que luego han de ser lamas en los monasterios. Años después, el padre de aquéllos hubo de poner pleito a éstos reclamándoles sus hijos, pleito que ganó ante los tribunales de la India, pero que perdió en última alzada ante los tribunales de la Metrópoli.

¿Qué convencimiento; qué impulso íntimo, revelación o política, pudo mover a la insigne A. Besant al lanzarse y lanzar así a los miles de miembros de la S. T. por tales peligrosísimos derroteros mesiánicos, en olvido o desprecio de los fines constitucionales de esta Sociedad que, como ya demostramos, son todo lo contrario de cualquier creencia o de cualquier expectación redentora de hombres que, al tenor del dicho de Proclo, «deben salvarse por sí mismos»? La cosa es de tal gravedad filosófica que bien merece algunas disquisiciones históricas.

La «psicosis» denominada mesianismo no es de hoy, ni de ayer, sino de todos los tiempos e hija de quien se reconoce pequeño e incapaz para guiarse por sí en la vida. En la sentencia condenatoria de Jehovah contra Adán y Eva, al expulsarlos del paraíso, iba envuelta la mesiánica promesa: «illa condere caput tum» (ella quebrantará tu cabeza). En la sentencia condenatoria de Júpiter contra Prometeo «el divino Titán que alzando su antorcha hasta el Sol, encendió en éste el Fuego del Pensamiento para dársele a sus pequeñuelos los hombres», brota también risueña la esperanza de un Epimeteo, «el hijo amado de un padre enemigo», mesías enviado para romperle y fundirle las cadenas que le mantenían aherrojado en la cima del Cáucaso. Los profetas de Israel, en sus lamentaciones contra «el pueblo de dura cerviz», siempre anunciaron el consuelo de un Liberador, y sus profecías, al decir de los cristianos, viéronse todas comprobadas y consumadas al nacer Jesús «el Cristo Hijo de Dios vivo», aunque la mayor parte del pueblo hebreo no quedase muy convencida de esto último y siga todavía esperando al consabido Mesías… En la época de Fernando IV de Castilla, en fin, es también fama que, durante unos años, corrió por el mundo el vaticinio de una segunda venida del Cristo, por lo que muchos infieles se convirtieron» (Moreno Espinosa, Historia de España, nota a aquel reinado). Datos de esperanzas mesiánicas como éstas fueron recogidos de mil partes y tiempos por las numerosas publicaciones de la Orden de la Estrella donde pueden verse, y casi no quedó nadie por convencer y por esperar entre los confiados teósofos, que así mostraban no haber leído o comprendido el tomo «Religión» de Isis sin Velo (donde se habla con más claridad que en parte alguna acerca de la excelsa y falsificada personalidad del Jesús de Galilea); ni menos la famosa obra del conde de Brossí (Milesbo) de «Jesucristo no ha existido», por lo que, antes de preocuparse de la «Segunda venida de Cristo», había de estudiarse bien, o sea teosóficamente, si vino y cómo vino la primera. Finalmente, tales cobijamientos del Cristo, antes sobre Jesús y hoy sobre Krishnamurti, transcendían a la lengua al más sospechoso espiritismo, creencia en las que las entidades más o menos excelsas, guías o buenos espíritus suelen, dicen, venir solícitos sobre las cabezas de los médiums en trance, por lo que no fueron pocos los espiritistas que, sin cuidarse poco ni mucho de la S. T. que tan terminantemente condena a la fenomenología espiritista como a «un materialismo espiritual», engrosaron las filas de la Orden de los nuevos «reyes magos» seguidores del divino Niño y de su Estrella.

Paralelamente a las actividades de la repetida Orden, se desarrollaron otras, en número indefinido, cual plaga de gusanos en el muerto cuerpo de la S. T.: Orden de la Estrella, Orden de Servicio; Cadena de Oro; Tabla Redonda, etc., Caballerías al estilo medieval, capaces de hacer perder el seso a los más ponderados hidalgos manchegos y no manchegos… Diríase que los arteros «hijos de Loyola» habiánse adueñado de la antes rebelde y crítica S. T. fragmentándola en mil pedazos como la serpiente Tiphon egipcia al divino cuerpo de Osiris, y se habló, en fin, por los propios líderes A. Besant y C. W. Leadbeater (este último obispo sin carácter oficial, que sepamos, en la S. T.), de una Religión Universal y de una Iglesia Católico-liberal, con sus dogmas, ritos, sacramentos, jerarquías clericales, etc., etc., siendo harto sincero nuestro dolor de viejos teósofos librepensadores y críticos al ver excelentes consocios comulgando u ordenando sacerdotes como tales obispos…

Mas, como según el adagio, «no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague» (llegó el momento esperado en que el nuevo «Mesías», –previamente educado en Oxford y aleccionado en conocimientos que un tutelado del Cristo jamás debió necesitar pues que Jesús discutió con los doctores, en lugar de aprender de ellos–, se diese al mundo, y el resultado fue el que menos podían esperar los crédulos de la Orden de la Estrella. En efecto, el Deseado, surgió de improviso, joven, guapo, atrayente, educacador y simpático; dando al traste, por primera providencia, con la crédula Orden; no afirmando ni negando su pretendido mesianismo; rechazando toda sociedad, todo ceremonial, toda jerarquía, toda creencia o dogma, todas las formas, en suma, ya que a su juicio y al nuestro, no son sino otras tantas cadenas o prisiones que impiden la libérrima expansión del espíritu, proclamóse en fin, Krishnamurti «teósofo y no teósofo»; rebelde a toda traba, cual corresponde –en sus cantos, por supuesto, que no en la vida– a un excelente discípulo del gran Rabindranath Tagore, cantando como éste que él es la gota de rocío, el destello del alba, la nota que se dilata por el ámbito aéreo, el perfume, la juventud, la alegría, en una palabra, todo lo grande, todo lo optimista, todo lo estimulante o impulsador de nuestras actividades, porque según sus propias palabras «hay que vivir la vida».

Esto es sublime poesía; conocimiento efectivo de lo que es la esencia de nuestras actividades de aquí abajo y juego natural de los contrarios que a la vida mantienen, al tenor de aquellas frases de Krishna a Arjuna de «yo soy la virtud del bueno y la maldad del perverso; la sonrisa del deva y el puñal del asesino; la luz del Sol y las tinieblas del Abismo», etc., etc.

Pero si la Poesía es el Ideal y lo más excelso y consolador que tiene la Vida, la Realidad pretendida que trae en su fuero interno el simpático y joven naldjorpa Krishnamurti, es que el Hombre según Hermes, es la gran maravilla: la Bestia ligada con el Ángel mediante el collar o lazo del Alma inteligente y razonadora; y el contrapeso de la Realidad exige hacer de ésta la más difícil poesía de adquirir, mediante el estudio, el conocimiento que luego ha de ser racionalmente aplicado a la vida, queremos decir que sin el estudio, nuestra vida es de bestias y no de hombres y que el problema de la Mente y el de la Asociación son los dos problemas fundamentales hasta para poder hacer poesía, la sublime poesía que quiere Krishnamurti.

Tal es, en resumen, el estado actual de la S. T. tras el golpe de Estado, que, al igual que en la política de tantos países, dióse antes mismo de la gran guerra, o sea en 1911, en el seno de aquella, y a consecuencia de ello, como dice un culto escritor amigo, nuestro bajo el seudónimo de Levy Mahim en un popular diario: ventiscas de discordia son las que corren en la actualidad por el mundo teosófico, pues sus adictos afrontan una situación difícil, atravesando la S. T. aguda crisis por dicho conflicto, que, aunque interior, es de vida o muerte para la S. T.
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