El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO VII

Los Seres Superiores Del Gobi Y Del Tíbet

Por chocantes que parecer puedan los asertos contenidos en el epígrafe anterior, nada tienen en sí de «sobrenaturales» en el sentido que puede darse a esta vana palabra en Occidente, porque como dice H. P. B. en su Prefacio a Isis sin Velo, «nada hay sobrenatural en la Naturaleza, sino cosas conocidas y cosas aún por conocer». Criterio mantenido también por A. David-Neel, cuando dijo en una conferencia en el Colege de France10:

«Todo cuanto de cerca o de lejos se relaciona con los fenómenos psíquicos en general, debe ser estudiado como otra ciencia cualquiera. No hay en ello milagros, ni nada sobre natural, ni que deba engendrar ni nutrir a la superstición. El adiestramiento psíquico razonado y científicamente conducido, puede conducir a los resultados deseables. Por eso los datos recogidos acerca de aquel adiestramiento, aún los practicados empíricamente basados en teorías a las que no siempre nos podemos someter, constituyen documentos utilísimos, dignos de toda atención.» Tal es el verdadero determinismo científico, tan distante del escepticismo como de la ciega credulidad.»

La misma autora añade en otro lugar:

«No obstante la ingeniosidad desplegada por los tibetanos en su deseo de encontrar una explicación racional a todos los prodigios, algunos de estos permanecen incomprensibles, bien porque sean pura invención, bien por otras razones. Por ejemplo, ellos admiten que los místicos avanzados no tienen precisión de morir al modo ordinario, sino que pueden, cuando ellos lo deseen disolver su cuerpo de modo que no queden trazas de él.

»Cuéntase que Retchungpa, esposa de Marpa, se incorporó a su marido en el curso de cierta meditación. Semejantes tradiciones cuyos héroes vivieron hace siglos, se nos presentan como leyendas, pero el hecho siguiente es muy apto para interesarnos, tanto más cuanto que en lugar de producirse en un sitio solitario, el prodigio se dice realizado en pleno día, delante muchos testigos. Debo declarar que no me encontraba entre estos, cosa que deploro en alto grado. Mis informes proceden de gentes que me han afirmado unánimemente haber presenciado el fenómeno. El solo lazo que tengo con el milagro es que he conocido al que se dice héroe de él.

»Este último era uno de los guías espirituales del Tachi-lama, guía denominado Kyongbú rimpotché. Cuando residí en Jigatsé, era ya viejo y residía como eremita a algunos kilómetros de la ciudad, sobre la orilla del Yesu Tsangpo (Brahma-putra). La madre del Trachi-lama le tenía en alta veneración y durante el tiempo que estuve a su lado escuché de sus labios multitud de historias extraordinarias respecto del santo asceta. Se decía de él que, a medida que transcurrían los años la estatura del sabio y santo asceta disminuía, hecho al que los tibetanos atribuyen ser un signo de altísima perfección espiritual existiendo numerosas tradiciones de místicos-magos que, habiendo sido en su juventud de elevada estatura, se fueron reduciendo gradualmente a proporciones minúsculas, desapareciendo finalmente.

»Cuando se empezó hablar de la consagración de la nueva estatua a Maytreya, el Trachi-lama formuló el deseo de que Kyongbu-rimpotché procediese a la ceremonia, más éste declaró que él habría ya muerto antes de que la estatua fuese completamente terminada. El Trachi-lama, me dicen, rogó al eremita que retardase hasta entonces el momento de su muerte a fin de que pudiese consagrar el templo y la estatua. Semejante pretensión podrá parecer harto peregrina a un occidental, pero ello está muy de acuerdo con la creencia tibetana de que los grandes místicos pueden escoger el momento de su muerte. El eremita, defiriendo al deseo de su discípulo el Trachin-lama, prometió oficiar el día de la consagración.

»Entonces, o sea un año después de mi partida de Jiyatsé, templo y estatua estaban terminados y se fijó la fecha para la inauguración. Llegado el día, el Trachi-lama envió una magnífica litera y una escolta a Kyongbú-ripotché para conducirle a Trachihumpo. Los hombres de la escolta vieron al eremita ocupar su puesto en la litera, la cual fue cerrada, comenzando la marcha.

»Durante este tiempo, muchos millares de personas se habían congregado en Trachihumpo para presenciar la ceremonia y cuál no seria su admiración cuando vieron todas llegar a Kyongbu-rimpotché solo y a pie. Atravesó el templo en silencio, se adelantó hacia la gigantesca estatua hasta tocarla y fundirse gradualmente en ella. Un poco más tarde los portadores de la litera seguidos de la escolta, llegaron, abrióse de aquélla… pero la litera estaba vacía. Desde aquel momento nadie a vuelto a ver al asceta.»

Fenómenos semejantes a estos acaecieron a H. P. B.

De un interesante relato de Vera P. Jelihovsky, hermana de Blavatsky, copiamos: «Tengo de Helena otra carta escrita en 1881 desde Meerut, más allá de Allahabah, después de una grave enfermedad. Sus amigos iban a llevarla al campo cuando recibieron la orden de dejar los sitios transitados e internarla en la montaña. «Allí, encontraréis ciertos individuos –le dijeron– que os guiaran a los bosques sagrados de Deoband». He aquí un párrafo de la carta que aquella me escribió tres semanas después: «Perdí el conocimiento –dice–, y no conservo recuerdo alguno más que el de que fuí llevada en palanquín hasta una gran cima. Me encontré luego acostada en una estancia espaciosa, tallada en la roca viva y completamente vacía a excepción de algunas de Buddha y de unos pebeteros que esparcían muy agradable perfume. Un anciano completamente blanco, se inclinaba sobre mi dándome pases magnéticos que sumían mi cuerpo en un bienestar indescriptible. Apenas si tuve tiempo de reconocer en él al lama Delo-Durgai, a quien había encontrado en el camino unos días antes y que me había dicho que nos volveríamos a ver. Luego caí en un extraño sueño y cuando desperté me hallé de nuevo al lado de mis amigos, ya sana de cuerpo como de espíritu.» Nunca fue permitido a sus amigos ingleses ni a los naturales que la siguiesen en tales expediciones misteriosas en que se suponía que iba a ver a algún ser superior. A pesar de esta convicción abrigada por los que la rodeaban, nunca nos descubrió que visitaba a sus Maestros. Sin embargo, en una de sus primeras cartas de 1879, relata la participación de uno de estos séres en uno de sus viajes con el coronel Olcott entre restos de antiguos templos.»

Caso análogo en punto a la existencia de los Jinas o Seres superiores citados con ocasión del país del Gobi o Shamano, es el siguiente, que también tomamos de Místicos y Magos del Tíbet:

«Cierto día el príncipe Sidkeong tulku, Daling-lama y yo conversábamos en el bungalow de Kewzing. La conversación recayó sobre los ascetas místicos. Con reconcentrado e impresionante entusiasmo el de ordinario impasible lama nos habló de su maestro, de la sabiduría de éste y de sus poderes supernormales. El príncipe experimentaba también la veneración que irradiaba de las palabras de aquél. Además, a la sazón, acariciaba Sidkeong proyectos de matrimonio con una princesa birmana. «Lamento, me dijo en inglés, no poder consultar a un gran excelso nadjorpa, porque podría darme un buen consejo». Y después, dirigiéndose al gomtchen o lama, añadió: «Es una lástima que vuestro maestro no se encuentre aquí, porque tengo gran precisión de un sabio clarividente como él.» El gomtchen replicó con su frialdad habitual: «¿Es asunto grave…?» «Importantísimo», contestó el príncipe. «En tal supuesto, a caso podáis recibir de él la respuesta que deseáis», terminó el gomtchen.

«Yo imaginé que se trataba de enviarle una carta-consulta por algún mensajero e iba hacer observar la enorme distancia que para ello habría que salvar hasta el Tíbet oriental, cuando víme sorprendida por el aspecto extraño que acababa de tomar la cara del lama. Tenía él cerrados los ojos, estaba extremadamente pálido y su cuerpo se contraía. Traté, alarmada, de acudir en su socorro temiendo un accidente súbito, pero el príncipe me contuvo murmurando: “No os mováis. El gomtchen cae con frecuencia en trance. Si violentamente le sacáis de él, puede enfermar y hasta morir.» Permanecí, pues, quieta, contemplando al hombre que continuaba en su estado de trance. Sus rasgos fisonómicos se habían cambiado, su vista se abrió tomando una expresión para mi nueva y sorprendente. El príncipe hizo un gesto de espanto. En efecto, el que en tales momentos teníamos delante no era el lama de Daling sino otro sér perfectamente desconocido, quien, desplegando con gran esfuerzo los labios y con voz diferente de la del gomtchen exclamaba: «No os preocupéis del caso, pues es problema que no os será planteado jamás». Tras esto, cerró lentamente los ojos; se alteraron sus rasgos y de nuevo volvió a ser el lama de Daling con su fisonomía habitual. Reuyendo nuestras preguntas, se retiró en silencio tambaleándose y como desecho por la fatiga. «Su respuesta carece de sentido», replicó el príncipe. Sin embargo, por casualidad o por lo que fuese, el porvenir demostró que, desgraciadamente, tenía un sentido la respuesta. El problema que en efecto angustiaba al joven maharajá se refería a su prometida y a una cierta ligadura que él mantenía por otro lado con cierta jovencita de la que tenía un hijo, lazo que no quería romper casándose con la princesa birmana. El problema de tal duplicidad se resolvió por si solo: El príncipe murió antes de consumar el enlace proyectado.»

Para finalizar este epígrafe, y aunque no siempre estemos conformes con sus teorías ni su modo de ver los problemas de la Sociedad Teosófica, citaremos los siguientes conceptos de C. W. Leadbeater, acerca de H. P. B. y de los Seres superiores o Mahatmas que con ésta se relacionaron,

«Al principio Mme. Blavatsky no hablaba tanto de los maestros como de los Hermanos, y por este término quería expresar no sólo los grandes Jefes de la Jerarquía, sino sus servidores, los empleados, como si dijéramos, de los diversos departamentos, a quienes ella miraba como iguales, y los trataba más bien como ayudantes y amigos que como objetos de exagerada reverencia. Para su Maestro ella tenía siempre la mayor devoción, y le obedecía inmediatamente, pero había camaradas de niveles subalternos que a veces le ayudaban en la producción de los fenómenos que jugaron tan gran papel en los primeros tiempos de la Sociedad. Había un grave egipcio llamado Tuitit Bey; había un joven discípulo a quien ella llamaba Benjamin «el desheredado», un ser alegre y a veces amigo de bromear.

Yo creo que Mme. Blavatsky empleaba sus términos con menos precisión de que nosotros hemos aprendido a tener; nosotros ahora restringimos el vocablo «Adepto» a aquellos que han pasado la quinta gran iniciación –la de Asekha– que señala el final de la evolución puramente humana; de hecho puede decirse que eleva al Arhat por encima de la humanidad, y que le hace definitivamente un superhombre. Pero yo he oído a Mme. Blavatsky hablar de «adeptos» que habían sido iniciados y adeptos que no lo habían sido –empleando evidentemente la palabra sólo en el sentido de uno bien impuesto en ciencia oculta– de igual modo que se pudiera hablar de un hombre como «adepto» ¡en el arte de peinar!

Nuestros Maestros, cuando nosotros tuvimos el honor de ponemos por primera vez en contacto con Ellos, eran ya Adeptos en el más alto sentido de la palabra –Adeptos Asekha– y por lo tanto, estaban en el nivel donde se les permitía tomar discípulos, si lo deseaban. A la pequeña proporción de Adeptos que tuvieron tal deseo es a los que verdaderamente corresponde el nombre de «Maestros»; y naturalmente, con ellos es con quienes hemos tenido contacto más íntimo. Algo más tarde –en el año 1907, para ser exactos– casi todos los Maestros a los que conocíamos íntimamente, alcanzaron el rango de Chohan, y asumieron la responsabilidad del gobierno de sus respectivos Rayos. El que alcanza ese nivel, generalmente no continúa trabajado con discípulos del plano físico, sencillamente porque no tienen tiempo de atenderles; pero nuestros Maestros, en su gran amor y compasión consintieron en seguir relacionándose con aquellos a quienes se habían educado, y así lo han hecho hasta el presente.

No debemos suponer, sin embargo, que aún los Adeptos que toman discípulos emplean mucho tiempo con ellos. El crecimiento del discípulo depende mucho más del firme e incesante efecto de las vibraciones del Maestro sobre sus vehículos, que de cualquier fragmento de instrucción directa que el Maestro pueda ocasionalmente otorgarle. Debe, por consiguiente recordarse, que los Adeptos, que tan bondadosos son al tomarnos como sus aprendices, hacen eso, no en lugar de su ordinaria labor diaria, sino como adición a la misma. Ellos se ocupan de la humanidad en masa, más bien que de las personalidades.

Podemos imaginárnoslos como tratando de influir en la opinión pública levantando nobles sentimientos de simpatía, piedad o patriotismo. Siempre están vigilando, y vigilando, cada cual en su propia línea, para aprovechar cualquier oportunidad favorable y fortalecer el bien o aminorar el mal. El Adepto brilla sobre un cierto grupo de gente –una nación quizá, o sólo una parte de ella, a la manera, que el sol brilla sobre un jardín– y los corazones de los hombres sensitivos de la nación se vuelven hacia arriba, como las flores hacia el sol, que se abren a éste sin saber de donde viene, pero sintiendo que su acción es buena y ennoblecedora.

CAPÍTULO VIII

El Ancho Y El Estrecho Sendero

La vista de los epígrafes precedentes el lector, crítico o escéptico, tiene derecho a preguntarnos por qué concedemos importancia a una serie de hechos que más bien parecen relatos de Las mil y una noches, a lo que responderemos con la firmeza del que ha realizado sobre estos asuntos un serio y dilatado estudio imparcial que en todos aquellos la realidad va, como siempre, mucho más allá que la más desbordada fantasía porque como dice el propio William James, «se trata de saber si los estados llamados místicos o superliminales son o no verdaderas ventanas abiertas sobre un mundo y superior al vulgar que nos rodea», consignando, desde luego, con Edmundo González Blanco en El universo invisible que lo intuitivo no se opone a lo discursitivo, sino que es superior a él porque es «el más alto sentido estético», que dijo Benlliure y Tuero. «Los materialistas, añade aquél, parten de una intuición traducible al lenguaje físico-químico, y nada es demasiado insólito para ser verdad si no está en contradicción con las leyes de la Naturaleza tan poco conocida todavía por el hombre, y el que, como dice Arago, pronuncia fuera de la Matemática pura, la palabra «imposible», carece de toda prudencia científica. Modelados nuestros conceptos, según Bergson, sobre lo discontinuo de las sensaciones, la imaginación creadora forja el continuo y el historiador contemporáneo del psiquismo no puede menos de preguntarse asombrado, si es sincero, si la humanidad actual al cultivar el llamado espiritualismo experimental no retorna al punto de partida. Intuición y raciocinio además, no son en si antagónicos, consubstancial es y complementados. No representan opuestos hegelianos. El sentimiento y el pensamiento, se abrazan al reñir.»

Se observará, en efecto, el curso que vamos siguiendo en estos sinceros apuntes. Como asunto previo al estudio del Tíbet propiamente dicho, hemos examinado primero la orografía general de Asia, encontrándonos con que la región montañosa central asiática es el verdadero «tejado del mundo» y clave según Argand de toda la geología del Planeta. Al tratar de acercarnos con la imaginación y con el espíritu lleno de amor, a semejante típica región, hemos seguido la célebre Ruta de los Hann, a través de un inmenso desierto: el Tak-lama-kan al oeste y el Gobi, al este. El nombre de Gobi y de Shamo o Shamano, que desde tiempo inmemorial lleva este último, nos ha embarcado en una serie de disquisiciones acerca de unos Seres Superiores al propio nivel de la Humanidad, doquiera conocidos con dicho nombre y con otros cien, y cuyas Individualidades, Historia y Doctrina constituyen el alma de la Sociedad Teosófica, Sendero el más moderno y sin duda el más expedito para acercarse a Ellos y que una heroica mujer, incomprendida mártir de su siglo, nos desbrozó mucho más de lo que buenamente imaginamos con sus libros inmortales.

Semejante Sendero es el de antiguo conocido como «el Sendero Directo» o «estrecho Sendero», el «Sendero de los Jinas» o Jina-yana, a diferencia del ancho y fácil Sendero que sigue la humanidad vulgar a fuerza de siglos y de reencarnaciones, y denominado Maha-yana11 o «gran Sendero». El uno es el sublime Sendero iniciático; el otro es el lento y rastrero de las religiones positivas, desde el viejo Hinduismo hasta los modernos Cristianismo y Mahometismo. H. P. B. nos indicó bien el origen de entrambos en la propia Atlántida, diciéndonos que, a raíz de la gran catástrofe, el sacerdocio explotador, a virtud de aquellas, dijo: «dividamos para vencer» y creó las religiones positivas como «rosados cuentos de niños» mitos y dobles velos o «re-velaciones», a lo cual los grandes Seres respondieron con el lema de «unámonos pera resistir», instituyendo las iniciaciones: las últimas de ellas la masónica y la teosófica.

La fina intuición de Alejandra David-Neel ha sorprendido toda esta verdad al decirnos después de sus catorce años de vida tibetana, estas reveladoras palabras en su Místicos y mágicos del Tíbet :

«De un modo general, el mundo religioso tibetano –e igual puede decirse de los demás paises– se divide en dos grandes grupos. El primero abarca a cuantos preconizan la observancia de los preceptos morales y religiosos y las reglas monásticas –o vedantinas– como medio de salvación. El segundo es de los que prefieren un método puramente intelectual o de estudio –pseudo-ateos o advaityas–, emancipándose de toda regla o precepto religioso, como aquellos librepensadores a los que se refiriera Proclo cuando dijo: «las almas grandes se inician por si mismas, sin necesidad de que nadie las inicie, y estas almas se salvan, según el Oráculo délfico»–. No hay un abismo, sino más bien un grado o matiz entre ambos sistemas. Rarísimos son, en efecto, los hombres religiosos adheridos al primer sistema que no reconozcan que la vida virtuosa y la disciplina monástica –o de la Vedanta, el Código del Manú y los demás códigos religiosos en general–; por excelentes que sean y aún por indispensables que parezcan, no constituyen ellas más que una simple preparación para la vía o la vida superior. En cuanto a los partidarios del segundo sistema, todos, sin excepción, creen plenamente en los efectos bienhechores de una estricta fidelidad a las leyes morales ya las de los códigos religiosos cuanto a las reglas monásticas. Además todos se muestran unánimes en declarar que el primero de los dos métodos –que es principalmente se refiere el Código del Manú–, es el más recomendable para la mayoría de los individuos. Una conducta pura; la práctica de las buenas obras, especialmente la de la caridad –o sea, más bien el Amor en su acepción más universal, sublime y artística–; el despego hacia los intereses materiales, la tranquilidad del espíritu hacia las que la misma vida monástica debe tender a inclinar, conducen lenta pero seguramente a la iluminación, mientras que el otro método, por ellos denominado «el Sendero directo» es considerado como peligroso en grado supremo, cual si, como dicen los maestros que les enseñan, en lugar de seguir el camino que contornea a la montaña en subida graduada hacia la cumbre, se intenta escalar a ésta en línea recta, trepando por las tajantes rocas y franqueando por un hilo extendido, los abismos (el famoso «puente de las almas, agudo como filo de cuchillo» del símil del Corán). Un equilibrista privilegiado, de vigor excepcional y a prueba de vértigos y desmayos, es quien puede lanzarse a semejante prueba y hasta los más aptos no están ciertamente libres de un desfallecimiento repentino que los lance al abismo, cual alpinistas presuntuosos, y los lleve a los grados peores de la perversidad.

»Estas son las enseñanzas de las dos escuelas respectivas, al tenor de letrados y de místicos. Pero tales eruditos y pensadores forman en el Tíbet, como en todas partes, una ínfima minoría, y, mientras que los partidarios del «ceremonial» y de «la regla» se encuentran numerosos individuos llevando una vida puramente vegetativa en los monasterios, bajo la capa aquella de «la libertad completa» se cobijan infinidad de gentes nada apropósito para escalar cima alguna, pero a los que no se les puede negar la calidad de ser harto pintorescos. Toda la gama de hechiceros, adivinos, necromantes, ocultistas y magos, desde los más miserables hasta los que ocupan las más elevadas posiciones sociales, se encuentran entre ellos y nada más divertido que las interpretaciones originales suyas acerca de «la conquista integral», nacidas de sus cerebros desequilibrados. El clero oficial, es decir los monjes de la secta de los Gelupas, vulgarmente denominados «bonetes amarillos», fundada por Tsong-Kapa en el siglo XIV, se pronuncian en favor de «las reglas». Entre las sectas no reformadas o semi-reformadas de los «bonetes rojos» (los Sakya-pas y los Khag-yu-pas), que constituyen la mayoría de los monasterios tibetanos, dan también hoy la preferencia a la vía prudente de las «observancias» o «reglas». No siempre fue, sin embargo, así, porque los fundadores de los Khag-yud-pas: el lama Mar-pa y sobre todo el célebre vate Milarepa, eran decididos partidarios de la «vía directa». En cuanto a los Sakya-pas (¿partidarios de Sakya-muní, ,o «budistas»?), que debutaron por la misma época, fueron en su origen verdaderos magos y las ciencias ocultas fueron especialmente cultivadas, y aún lo son hoy en sus monasterios, pero la filosofía les hace actualmente una gran concurrencia entre la parte más selecta de los religiosos.

»Por supuesto, los verdaderos adeptos del camino directo se encuentran sobre todo fuera de los monasterios y constituyen la población de los tsham-khanhs o eremitas y viven como anacoretas en el desierto o en las cimas nevadas. Los motivos a que obedecen los que así se encaminan al sendero peligroso, son de órdenes diferentes: unos esperan encontrar allí la respuesta a problemas filosóficos que los libros no resuelven más que a medias; otros anhelan poderes mágicos; algunos presienten que por encima de todas las doctrinas, existe un conocimiento más completo y que pueden ser descubiertos otros aspectos de la existencia por aquel que ha desarrollado órganos de percepción más despiertos que los de nuestros ordinarios sentidos, y tratan de intentar el adquirirlos. Ellos han comprendido que todas las buenas obras del hombre son impotentes para libertamos de la prisión del mundo y del ego, y buscan el secreto del nirvana, que es superación. Un pequeño número de curiosos medio escépticos, se ven impelidos por el deseo de experimentar acerca de lo que haber pueda de verdad en las singulares leyendas sotovoce vertidas aquí y allá respecto de ciertos raros fenómenos producidos por los grandes naldjor-pas. Todos estos aspirantes a tales fines, que casi siempre se les dibujan de un modo impreciso en sus mentes, son en su gran mayoría, miembros de una orden religiosa, aunque tal cualidad no sea indispensable. Las ordenaciones monásticas representan poco o nada entre los partidarios de las doctrinas místicas. Para ellos las iniciaciones son las únicas que tienen valor. Una notabilísima diferencia existe en efecto entre el simple monje y el candidato a las iniciaciones. El primero es llevado por sus padres al monasterio a la edad de ocho o diez años y en él continúa más por hábito que por efectiva vocación. El segundo suele contar ya más de 20 años y obedecer a un impulso íntimo, cuando, poco satisfecho de la vida monástica, solicita su admisión como discípulo de un maestro de la vía mística. La elección es decisiva para él.

»He oído, en fin, sostener a un lama letrado que las atrevidas teorías relativas a la libertad absoluta y desprecio hacia todas las reglas profesadas por los adeptos más avanzados de la vía directa, son el eco lejano de una enseñanza existente desde tiempo inmemorial en Asia central y septentrional. Este lama creía firmemente por ello que las doctrinas enseñadas durante el curso de las altas iniciaciones por los más extremistas de aquella vía, concuerdan perfectamente con las del Buddha, quien las ha preconizado en ciertos pasajes de sus discursos. Sin embargo, añadía aquél, el Buddha ha comprendido también que la mayoría de los hombres harán mejor con someterse a las reglas calculadas para subvenir a los malos efectos de su ignorancia y guiarle por un camino en el que no hay por qué temer ninguna catástrofe moral. Por esta razón él dictó códigos de observancia para uso, tanto de los monjes, como de los laicos.»

Cuando tratemos del Tíbet propiamente dicho, ampliaremos las ideas que sugieren la lectura de estos notables tesoros que hemos arrancado de la rica cantera de las obras de David-Neel. Ahora procede una digresión para examinar, a la luz de aquellas enseñanzas, el grave problema del estado actual de la Sociedad Teosófica donde riñen sorda o clara batalla aquellos dos Senderos u orientaciones, cosa que haremos en el siguiente epígrafe sin ánimo de suscitar discusiones a las que no habremos de contestar y guiados sólo por el sentido histórico y crítico que inspiran estos apuntes.
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